Después de haber sido humillada por mi hermano y el idiota de Javier, de recordarme embarrada, meada, llena de semen en el patio de mi propia casa, mientras me duchaba en la soledad del vapor de mis elucubraciones, me prometí no volver a ser su juguete, nunca más. Sentía que el chorro de agua caía inexpresivo sobre mi espalda, y que no tenía fuerzas ni para enjabonarme. Me dolían las piernas, la mandíbula, las tetas, me ardía la vulva, y me invadía el aroma del sexo más desenfrenado que recordaba haber tenido. Pero, ¿Había sido totalmente forzado? ¿Podía culpar a Pablo de no haberle puesto límites? ¿Era justo que lo culpe de mis sentimientos? ¿Acaso yo le había confesado que me tenía calentita desde que éramos chiquitos? No. Pero obviamente lo sabía. En el fondo, Pablo era un animalito salvaje, sí. Pero no era estúpido. Los machos y las hembras sabemos cuándo el celo nos enlaza, nos confiere las mieles de sus designios, y nos conduce al pecado, como si nos deslizásemos por arenas movedizas; y aún así, advirtiendo el peligro, seguimos eligiendo esos caminos pedregosos. Sin embargo, no tenía por qué incluir a Javier en nuestros asuntos. ¿Cómo podía estar tan confiado que, el muy imbécil no se lo contaría a Dios y a María Santísima? ¡Bueno! ¡Pero, tampoco tuvo tacto al poseerme frente a mis primas, y a nuestra propia hermana! ¿Cómo era que ninguno tenía el valor de parar las cosas? ¿O, por lo menos de charlar de lo que nos pasaba? Es que, todo lo que sentíamos, y ya no me podía hacer la boluda, era que estábamos alzados, nos necesitábamos, queríamos nuestra saliva, pieles, cuerpos, fluidos y olores para nosotros. Solo que, él era quien ponía las reglas del juego. Yo, no tenía más que obedecer, y adaptarme a sus planes.
Así fue que, una tarde tuve que ir a visitarlo, forzosamente. Es que mi vieja necesitaba que pase por su taller para llevarle un dinero por la reparación del auto de mi abuelo. Le reproché el hecho de que me mande a mí, sabiendo de mi pésima relación con mi hermano. Ella, me recordó que debía madurar, crecer, dejar aquellas peleítas infantiles de lado… por supuesto que, desconociendo todo lo que me hizo, y lo dejé que me haga. No me quedaba cerca, ni a mano. Pero acepté pasar por allí, antes de ir a lo de una amiga. Era un sábado en el que el cielo no se definía si llover o si calcinarnos con el sol a toda máquina. Yo tenía calor. En la calle, algunos andaban en short y musculosa. Demasiado para una tarde de invierno. Así que, me puse una remera azul, me perfumé, y salí a la pesada calle, con el fajo de guita en el bolsillo del short apretado que escogí. Tenía que tomarme dos colectivos para llegar hasta el taller de Pablo. Él no sabía que sería yo quien le llevaría el dinero. En teoría, iba a hacerlo mi vieja. Pero como decidió quedarse en casa por su trombosis en la pierna, yo fui quien tuvo que sacrificarse en el micro, sintiendo toda clase de paquetes apoyándose en mis nalgas, y miradas indiscretas atravesándome el corpiño. Cuando logré sentarme en uno de los asientos libres, ya faltaba poco para bajarme, y eso no mejoró mi humor. Aún así, tenía una sensación extraña. Sabía que me dirigía a la boca de un lobo hambriento, y no me daba miedo, ni le temía a sus colmillos. Aunque también me había prometido no doblegarme ante él. Después de todo, solo tendría que entregarle el dinero y tomarme el palo. Casi que ni necesitábamos hablarnos.
Cuando ya estaba a media cuadra del taller, lo vi fumando un cigarrillo, parado en la puerta, charlando con un pelado barrigón que, no parecía muy conforme con lo que mi hermano le explicaba. Caminé más lento para no interrumpirlos. Pero Pablo ya me había visto, y me hacía señas para que me apure. Ahora el sol aflojaba el cemento de las veredas, y ya sentía algunas gotas de sudor en mi espalda. Apuré el paso, vi en mi celular que ya eran las 4, y tomé un trago de agua de mi botellita. Me tropecé con una baldosa rota de la vereda, y Pablo se rio con ganas. A esa altura ya podía escucharlo, ya que no me faltaba nada para llegar.
¿Qué hacés vos acá? ¿La má te mandó? ¡Qué raro verte por estos lados! ¿No se habrá muerto alguien? ¡Digo, porque nunca se te canta pasar por estos lados!, disparó el muy idiota, extendiéndome una mano callosa para saludarme. Cuando le extendí la mía, la llevó a sus labios y me la besó, dejando que un trocito de su lengua bandida lama mi piel. Yo le llegué a rasguñar la cara, mientras le decía con la mirada que era un estúpido.
¡Ella es mi hermana don Atilio! ¡Se llama Gabriela, como su hija! ¡Es terrible gata! ¡Pero no la comparto! ¡Así que, mírele las tetas nomás, pero no se haga ilusiones!, le dijo al tipo, sonriéndole con malicia, mientras le convidaba un cigarrillo. Yo volví a rebajarlo con la mirada, aunque intenté ser amable con el hombre, y lo saludé. Después de todo, él también se mostraba incómodo.
¡No me va a decir que no tiene unas tetas como para que se las mamen todos los huérfanos del barrio! ¡Mire, mírela bien!, dijo luego, mientras me levantaba la remera a lo bruto, aunque solo logró exhibir mi abdomen. Yo le di un codazo, y el hombre le pidió que se calme, que no era necesario que yo le muestre nada, que ya se notaba que tenía un buen par de tetas.
¡Sí, disculpe don! ¡Pasa que, vio cómo son las hembras! ¡Y no es porque sea mi hermana! ¡A veces hay que poner cara de malo, pa’ que no se descarrilen! ¿Vio?, explicó Pablo con cara de sabiondo, mientras me estiraba la remera, apoyando mi cuerpo sobre su ropa mugrienta, respirando muy cerca de mi nuca. Pasaban autos, aunque ignoro si había gente caminando por alguna vereda. El hombre me miraba las tetas con pena y calentura al mismo tiempo.
¡Bueno, pero que no se le vaya la mano hombre! ¡Vio que ahora está todo jodido! ¡Aaah, y espero que no le haya mirado demasiado las gomas a mi hija!, zanjó don Atilio, y le devolvió el cigarrillo a mi hermano, que enseguida me dijo: ¡Mandate pa’ dentro, que ya arreglamos lo nuestro!, mientras me palmeaba el culo.
¡Sos un pelotudo! ¡Sabelo!, le dije, lo bastante audible como para exponerlo. Él, por toda respuesta me pisó un pie, me sujetó del hombro derecho, y mientras me olía el pelo murmuraba: ¡No te hagas la picante conmigo, pendejita! ¡Y entrá, antes que te perfore el pantalón y la tanga con la verga! ¡Imagino que no andarás sin bombacha!
Yo ni me moví del lugar. Lo miré con mi mejor cara de mala, le saqué la lengua, le di un codazo en las costillas, y le dije, sabiendo que su cliente no se perdía detalles de nuestro trato: ¡Sabés que no salgo a la calle sin bombacha! ¡No soy como las minitas con las que te revolcás!
¿Vio cómo son? ¡Todas necesitan mano dura! ¡Bueno, y otras cosas duras también!, dijo Pablo, dirigiéndose al hombre, que volvía a clavarme los ojos en las tetas. Entonces, el muy forro, le dijo: ¡Venga, mándele mano nomás, para que vea que son reales!, y el tipo introdujo una tosca mano por debajo de mi corpiño, casi sin darme tiempo a reusarme, o negarme de algún modo. Rodeó mi pezón con dos dedos, me lo pellizcó y sobó, murmurando algo como: ¡Qué nenita suave! ¡Las debe tener re dulces!
¡Bueno, bueno amigo, creo que ya tamo! ¿No?, dijo mi hermano, mientras yo sentía que se me desprendía un mar de jugos sobre mi bombacha. Palpitaba con los ojos cerrados, sentía que las piernas no me respondían, y hasta estuve a punto de pedirle a ese hombre que me arranque la ropa y me pegue flor de violada ahí mismo. Pero Pablo me zamarreó para que entre de una vez a su taller, mientras él le recibía un fajo de billetes a don Atilio. Entonces, ya entre autos, motores desarmados, herramientas y un olor a grasa inaguantable, intenté buscar un lugar en el que sentarme. Descubrí una puertita a la derecha de otra que decía “Baño en reparación”, y me mandé. Era un cuartucho bastante amplio con una ventana tableada, con poca luz, en el que había una cocinita, una heladera, un televisor, una mesita con dos sillas, y una cama armada a las que te criaste. Sobre ella, estaba sentado mi sobrino Matías, con sus 17 años de puro músculo, aunque con su cara de nene, poca barba y ojos de sorpresa. Supongo que se debió al impacto de verme de repente. Estaba en cueros, con un bóxer negro y unas ojotas, con su celular en la mano. La verdad es que, a Mati casi no lo conocía, por decirlo así. Por desgracia, el pendejo fue fruto de una relación casual de mi hermano con una pendeja de la escuela, a la que se encontró media borracha en un boliche. Obviamente, la cosa no funcionó. Pero, por lo que sabíamos, Pablo siempre se había hecho cargo del pibe. O al menos, eso nos hacía creer. A la madre, no la vimos más. Cosa que, a mi madre no le hacía ni pizca de gracia.
¡Tía! ¿Qué onda? ¿Todo bien?, balbuceó al fin, cuando me senté en una de las sillitas.
¡Hola! ¡Perdón que entré así nomás! ¡No sabía que estabas! ¡Hace mucho no te veo!, le dije, mientras me levantaba para darle un beso fugaz en la mejilla, explicándole que había venido a traerle un dinero a su padre. Olía a hombre, a restos de desodorante; miraba su celular como sin darle bola, y buscaba las palabras para entablarme charla, mientras se le inflaba el bóxer, porque el pito se le paraba. Él notó que yo se lo miraba, y se hizo un poco para atrás, de modo que su espalda se aplaste contra la pared, y se cubrió el bulto con los brazos.
¡Yo tampoco te veía hace mucho! ¡No me acordaba que tenías mansas tetas!, dijo al fin, después de preguntarme si quería tomar agua fresca de la heladera.
¡Aaah, entonces, por eso te hiciste para atrás! ¿Me mirabas las tetas? ¿Por eso se te puso duro el pito nene?, le dije irreflexiva, con un fuego en la concha que no me permitía volver a sentarme. Sentía que, si lo hacía, incendiaría la silla con el contacto de mi entrepierna. Él se rascó la nariz, miró para la ventana, y separó los brazos de su cuerpo. Ahora sí que su erección amenazaba con transgredir el elástico ancho de su bóxer. Y entonces, la puerta se abrió con la violencia típica del único hombre capaz de abrirla de esa manera.
¡Aaah, estabas acá boluda! ¡Te llamé tres veces! ¿Y vos? ¿Pensás seguir rascándote las bolas?, iba diciendo Pablo mientras se encueraba el tórax, sacaba una botella de agua de la heladera para mandarse varios tragos, y luego encendía un cigarrillo. Matías le recordó que era su tarde libre.
¡Qué tarde libre pendejo! ¡Hay que ir a comprar carne! ¡Hoy hay juntada y asado con los mecánicos! ¡Así que, en un rato vestite, así te echás un pique al chino! ¡Pero, ya que estás, aprovechá que está tu tía! ¿Te acordás que te dije que es re putita?, decía el muy zarpado, manoseándome una goma al sentarse a mi lado, en la silla que quedaba vacía. Matías abrió y cerró la boca, mientras se sobaba el pito, involuntariamente.
¡Cuchame, no metas a tu hijo en tus boludeces! ¡No le metas ideas raras! ¡Nada que ver Matu! ¡Tu viejo está re chapa!, empecé a decirle, mientras Pablo me alzaba de las caderas para sentarme sobre sus piernas. Y, casi que ni me enteré cómo llegué a mostrarme ante el pendejo con las tetas desnudas. Pablo me las amasaba, sobaba y hacía saltar en sus manos, diciendo: ¡Mirá nene, mirá cómo revotan, cómo le explotan las tetas a tu tía! ¡Aparte, sabés que le encanta que se las pellizquen, muerdan, y escupan! ¿No bebota?
¡Basta Pablo, soltame, o empiezo a gritar!, le dije, sin las mínimas fuerzas para defenderme, mientras sentía que su verga se refregaba en mi orto, porque él mismo hacía que mi cuerpo dé algunos saltitos, o se menee hacia los lados.
¡Por mí, gritá todo lo que quieras nena! ¡Pero, primero dame la guita! ¿La tenés en este bolsito?, decía mientras me quitaba mi pequeño bolso, en el que solo tenía el celular, mis documentos y algunas pocas cosas más, para revolearlo lejos de mi alcance. Entonces, me aferró con su pecho, manos y piernas para apretarme toda contra él. Me pareció extraño que no diera con él, en cuanto me sentó a upa. ¡No era fácil de palpar un fajo de 60 billetes de diez mil pesos! ¿Por qué no lo había encontrado? Me puse nerviosa al toque, e intenté pararme. Estiré mis manos para buscar en los bolcillos de mi short, y me entré a desesperar.
¡Pablo, te juro que, los tenía ahí, en el bolsillo del culo! ¿Posta no los agarraste?, le dije, al notar la tela tan vacía como sus palabras huecas cuando me dijo: ¡No nena! ¡Yo no te voy a tocar el culo para sacarte la plata! ¿Viniste en bondi? ¿Qué tal si, te pusiste la guita ahí, y alguno te la choreó? ¡No me digas que sos tan pelotuda que te dejaste apoyar, como siempre en el bondi! ¡Qué pendejita de mierda que sos! ¡Seguro pasó eso! ¡Te dejaste toquetear, y te afanaron! ¿Y sabés qué? ¡Era guita mía!
No salía de mi asombro. No podía entender cómo me había pasado, ni por qué mierda no guardé esa guita en mi bolsito para tenerla a mejor recaudo. Estuve a punto de largarme a llorar, de entrar en una crisis de nervios. ¡Yo ni en pedo podía devolverle esa plata! Y, después de todo, tenía razón. ¡Ese era su dinero!
¡Ahora, por pelotuda, te vas a agachar, y le vas a ordeñar la mamadera a tu sobrino! ¡Dale, y dejalo que te acaricie las gomas, que en su vida debe haber tocado una teta!, me ordenó Pablo, levantándome de sus piernas como si me tuviese asco, nalgueándome unas cuántas veces. Estaba tan aturdida y enojada conmigo que, no tenía fuerzas para retrucarle. Aún así, cuando me arrodillé, vi que el guacho se corría el calzoncillo para tomar una de mis manos para colocarla sobre su pija, y decirme bajito: ¡Pajeame tía, que me re alcé con tus tetas!
En medio de la angustia que me atravesaba el cuello, los músculos y la sangre, noté que Pablo me acariciaba la cola, que jugueteaba con el elástico de mi short, y me olía las piernas. Supongo que eso, más el aturdimiento y el encierro que me asfixiaba, fue que le dije: ¿Aaah sí? ¿Te alzaste con las tetas de tu tía, pendejito? ¿Por eso pelás la chota así? ¿Querés que te la pajee? ¿O que te la toque con las tetas? ¿O preferís que te lama las pelotas? ¿Alguna hembra te hizo un buen pete?
¡Uuuf, escuchala cómo te habla hijo! ¿Viste? ¡Te dije que está zarpada en trola, en atorranta! ¡No sabés qué rico olor tiene en las gambas! ¡Sí hermanita, comele el pito a tu sobri, que seguro te calienta la argolla! ¡Aparte, nos vas a tener que pagar, por dejarte chorear así! ¡Qué pendeja boluda que sos!, me decía Pablo, pellizcándome el culo, olfateándome toda, y sobándome la espalda, mientras mi mano empezaba a pajear al nene que, apenas me tocaba las tetas con las yemas de sus dedos temblorosos.
¿Agarrá nene, así, apretalas, tocalas así, sobalas, estirame los pezones, y pellizcame! ¡Tu viejo tiene razón! ¡Me robaron por boluda! ¡Así que, ahora, supongo que voy a ser tu juguetito! ¡El tuyo, y el de este hijo de puta!, me escuché decirle con la voz tomada por una calentura distinta, forzada y merecida. ¿Cómo podía ser tan imbécil?
¡Fuaaa tía, qué tetas de putona tenés! ¡Me encantan! ¡Sos re buena pajeando verga!, dijo el guacho, mientras poco a poco hacía contacto con mis tetas y su glande, lo pajeaba entre ellas, y dejaba que varios hilitos de saliva comiencen a embeber su tronco venoso, cada vez más cargado de latidos. Pablo, entretanto me besuqueaba las piernas, subía y bajaba con uno de sus dedos mugrientos por la zanja de mi culo, y no paraba de olerme, abriéndome las piernas con sus pies. Cada tanto decía: ¡Qué culo te echaste hermanita! ¡Hasta parece que estás más gordita! ¿No te habrán hecho un pibe? ¡Qué apoyada se habrá pegado el que te choreó!
Y casi que, al instante, empecé a pegarme con la verga de Matías en la cara, a enredármela en el pelo, y a soltar chorritos de saliva para mojarle las bolas. Pero Pablo, justo cuando tal vez pensaba en devorársela de un solo bocado, me apartó del mocoso, y me sentó en la silla de prepo, para descalzarme y arrebatarme el short. De modo que, quedé en bombacha frente a ellos, y con las tetas más calientes que antes.
¡Ahora, vas y le mamás bien el pito, y le sacás la calentura de las bolas! ¿Cuchaste, pendeja chancha?, me decía enseguida, mientras me chupaba una teta y me pellizcaba el pezón de la otra, y el pibe murmuraba algo como: ¡Cómo se te mete la bombacha en la zorra tía! De modo que me levanté como pude, me arrodillé, y dejé que el propio Pablo le manotee la pija a su hijo, y me la calce en la boca con todo. Desde entonces, el guacho no dejó de presionarme la cabeza, haciendo que mi garganta se llene de gargarismos, burbujas de baba, toses entrecortadas, eructos prolongados, y gemidos desprovistos de piedades. Las que, desde luego, yo no merecía. al mismo tiempo, Pablo me azotaba el culo tras intentar que se lo pare y se lo menee, me subía y bajaba la bombacha, y me pedía que yo misma me dedee el clítoris. Cosa que no era sencilla por la posición en la que estaba, un poco apretada, y con el aire viciado por el encierro. Creo que fue cuando decidí privar a ese glande de mi boca un momento que Matías empezó a pedirme: ¡Así tíaaa, dale, apretame la verga con esas tetotas! ¡Sacame la leche con las tetas, y no te las laves, hija de puta, cochina de mierda! ¿En serio tás preñada tía? ¿Te gusta coger mucho, y que te la larguen adentro? ¡Chupeteame las bolas, y tragate toda mi verga, y quebramelá con las tetas! ¡Sos re puta, como dice el viejo!
De modo que, durante un rato, Pablo detuvo su chirloteo en mis nalgas, y se sentó a observar cómo mis gomas exudaban vapores con las fricciones asesinas que le prodigaba a la verga erecta de ese macho, que cada vez olía mejor para el celo de mi instinto. Le chupé las bolas mientras le apretujaba el glande, y ahí era cuando el bebote se ponía más loquito, porque aullaba de calentura, me pellizcaba, me arrancaba el pelo, me metía algunos dedos para que se los ensalive y se los trague con unas succiones por demás ruidosas, y me decía: ¡Así tía, uuuy, qué perra, qué putita chancha, qué lechera que sos! ¡Te re cabe la leche, y la verga en la garganta!
¡Un poquito más de respeto Matías, que es mi hermana la que te está comiendo el ganso!, dijo Pablo, en medio de una atronadora carcajada, volviendo a retomar sus nalgadas. Aunque ahora me pegaba con algo más que con sus manos pesadas y grasientas. Al punto que sus azotes ahora me hacían chillar, y pedirle que se calme un poco. Obviamente, a el le daba igual. Y de repente, el guachito me manoteó de la mandíbula, fregó toda su chota por toda mi cara, y me hizo abrir la boca, agarrándome de las manos para que solo me impulse a tragarle la leche. ¡Sí! El muy alzado no pudo resistirlo más, y empezó a eliminar toda su hombría ardiente en mi garganta, sin anunciármelo, gimiendo como un loco, y haciendo que mis lágrimas, saliva, mocos y ganas de morir para resucitar empalada en esa misma verga, se me escape por todos lados. Pablo me gritaba algo que no tenía sentido en mi cerebro, y mi paladar casi no llegaba a saborear ni una gotita de mi sobrino, que, hasta se dio el gusto de bombearme un ratito la garganta, con su leche aún emergiendo de sus bolas apestadas de calor y hormonas agradecidas.
Ni bien me separé de él, con la cara hecha un carbón, Pablo me ayudó a incorporarme del suelo. No por amabilidad, o para agradecerme. Me sentó sobre sus piernas desnudas, y empezó a colocar su verga hinchada entre las costuras de mi bombacha para frotar su glande en la entrada de mi concha, diciéndome al oído: ¿La querés, putona? ¿Querés pija? ¿Querés lechita adentro de esa zorrita caliente? ¡Dale, así el guacho te ve coger, y aprende! ¡Vos sos una maestra con una pija en la concha, o en la boca! ¡Sos una Venus caliente nena! ¡Y más cuando tenés la bombachita así de apretada, y humedita! ¡Encima no te la depilaste como el otro día bebé! ¿Te gustó la pija de tu sobri? ¡Para vos, debe ser un chupetín más!
¡Matías, tapate los ojos, y andate! ¡Vestite y rajá nene! ¡Ya está! ¡Ya me la mandé con vos!, dije, entre confundida, extasiada y desordenada por todos lados. Pero Pablo me zamarreó de las tetas mientras pronunciaba entre dientes: ¡Mi hijo no se va a ningún lado! ¡Vos no le das órdenes! ¿Tamo? ¡Quedate Mati, así la tía te muestra lo que hace! ¡Aparte, vas a ver que al toque se empala de nuevo tu cachorro!, y entonces, me agarró de las axilas para hacerme saltar sobre sus piernas, con su glande comenzando a resbalar en mi vagina. Y, en el exacto momento en que casi me la clava con todo, el muy turro me sostuvo durante unos segundos sobre sus manos bajo mis nalgas, para decirle a Matías: ¡Vení nene, sacale la bombachita a tu tía! ¿Querés? ¡Mirá qué hijo de puta! ¡Ya sete puso como un cascote de nuevo! ¡Dale, así aprendés a sacar tangas! ¡Aunque, tu tía se hace la nena, y se pone bombachas de ositos! ¿Viste? ¡Vos, quietita nena, así tu sobri mira bien la concha que tiene su tía! ¡Esto te pasa por forra, por perder la guita, y por no visitar a tu sobrino!
El pendejo, ni lerdo ni pavote, se levantó como pudo, puso sus manos sobre mis piernas, y titubeó cuando uno de sus dedos rozó la puntilla de mi bombacha.
¡Dale, hijo e tigre, sacale el calzón a tu tía, así ves cómo me la ensarto! ¡Vos también te la vas a clavar un ratito! ¿O querés que te lo pida ella? ¡Dale sabandija, pedíselo, con esa voz de putita cochina que tenés! ¡Pedile a tu sobri, y mostrale bien la concha!, me decía Pablo, sostenteniéndome con un equilibrio admirable, mientras yo me debatía entre hacer algo incorrecto, o dejarme llevar. Hasta que entonces, se me escapó, en medio de sus piros y un gemido cargado de calentura: ¡Dale bebé, sacame la bombacha, así la olés, y te pajeás ese pito hermoso!
Matías, esta vez tironeó de los elásticos de mi vedetina, y me la sacó casi sin esfuerzos. No esperó nada para olerla, ni para fregársela en la chota, volviendo a sentarse en la cama, en el mismo instante en que mis nalgas volvían a revotar en las piernas de Pablo, que ahora vociferaba exultante: ¡Ahora se la meto Mati, Mirá, mirá cómo se come toda la verga con esa concha! ¿Te gusta el olor de la bombachita de la Gabi?, y de golpe, justo cuando alguien frenó con todo afuera, tal vez al borde de chocarse con un árbol o una casa, la pija de mi hermano me abrió en dos para comenzar a aparearse con mi sexo con violencia. Me sacudía con todo, me escupía la cara una vez que me exigía que me gire para hablarme, me machucaba las tetas, me rasguñaba las piernas, me abría las nalgas para ensartarme más, y me mordisqueaba las orejas, diciéndome putita cochina, trolita de mierda, y guacha pijera. Yo, no podía más que gemir, observando cómo Matías se cogoteaba el pito con mi bombacha, cómo absorbía del aire el perfume de mi sexo, y murmuraba cosas que no llegaba a entenderle por el fragor de la garchada que me pegaba mi hermano.
¡Así bebé, así, tomá, cogé, así, toda bebé, bien abiertita, así te quiero sentir, toda húmeda, sucia, bien puta, bien salvaje, salvajita como eras de pendeja! ¡Así, uuuy, asíiii, tirate pedos si querés, así, que ya te voy a llenar el culo de pija nena!, me decía Pablo, marcándome algunos de sus dedos en el cuello, arremetiendo contra mi sexo, impulsado por el ritmo de sus movimientos. Hasta que Matías se paró, e inesperadamente dejó que su boca se encuentre con mis pezones para chupármelos de una forma tan indecente que, yo misma le pedía: ¡Mordeme las tetas, boludito, así, comeme las tetas! ¡Aprendé a chupar tetas, asíii, y a coger, como me coge tu padre! ¿Cogiste vos ya? ¡Con esa carita de virgo, me parece que no! ¡Aaaay, así, vos cogeme más! ¡Metela más adentrooooooo, haceme un hermanito para el Mati!
En ese preciso momento, justo cuando sentía que el grosor de la verga imponente de Pablo empezaba a hacerme gozar, sus acciones tomaron un viraje distinto. Lo odié por cortarme el mambo así. Pero, no estaba en condiciones de exigir nada. Así que, en cuanto me vi rodeada por sus brazos y los de mi sobrino, de pie, pegada contra una de las paredes, me dejé manosear, colar dedos por todos lados, y chuponear toda. Eso solo duró un suspiro en el agua, porque enseguida Pablo le pidió a Matías que se siente en la silla que antes ocupábamos nosotros, y casi sin mediar palabras, una vez que Mati obedeció con su pija majestuosa, Pablo me sentó encima de él, sin dejar de repetir: ¡Ahora se la vas a meter en la zorrita! ¡Vas a ver que la tiene calentita y resbalosa! ¡Es como una babosa que te aprieta la verga! ¿Entendés? ¡Y, cuando la tengas bien clavadita, yo se la voy a dar en el culo a esta guachita sucia!
Y aquella sentencia se convirtió en un pacto irrompible, en un concierto de cachetadas, alaridos y fregoneadas fatales. Es que Pablo me chupaba las tetas y me nalgueaba, mientras sentía que la pija de mi sobrino entraba en mis jugos, y comenzaba a moverse como un pececito. Al principio, no me hacía ni cosquillas. Pero, en cuanto empecé a morderle la boca, diciéndole cosas como: ¡Cogé pajerito, dale, usá esa pijita, y rompeme toda, abrile la concha a tu tía, hacela gemir, gritar, así se te calienta bien la leche para mí!, sus sacudidas, temblores, apretujes, sobadas y palabras sucias me calentaban como una loca. Su pija había multiplicado su grosor, y eso se notaba en los roces frenéticos contra mi clítoris. Al mismo tiempo, Pablo me hacía pajearle el pito, me obligaba a oler el bóxer de su hijo, me nalgueaba con crudeza, me zarandeaba las tetas, me arrancaba el pelo para que lo mire a los ojos cuando al fin la pija de Mati se había vuelto respetable y me hacía chillar, y me pellizcaba lo que encontrara de mi piel.
¡Uuuuf, viejooo, cómo coge esta puta! ¡Perdón que sea tu hermana, y mi tía! ¡Pero está zarpada en puta! ¡Es re trola! ¿No te la cogías cuando eran chiquitos? ¿No le mirabas las gomas?, empezó a preguntar Matías, con su pija cada vez más radiante adentro de mi sexo, mientras la de Pablo ya empezaba a frotarse en mis nalgas, y a separarlas poco a poco.
¡Sí nene, obvio! ¡No sabés cómo me le subía arriba, le apoyaba el pito en la cola, y le guasqueaba la bombachita! ¿te acordás putita? ¡Aparte, la putona se hacía la dormidita, y me pedía que le coma la boca, que le apriete las tetitas! ¡Se re meaba la bombacha tu tía! ¿No tenía olor a pis la bombachita que traía hoy? ¡Porque, posta que se hacía pis, cuando mamaba, o le amasabas bien las gomas! ¡Qué ricos polvitos le regalé a tu culito nena!, decía Pablo, colocando su glande en la entrada de mi culo, casi con la misma premura con la que me mordisqueaba los hombros, me hacía morder sus dedos, y me pasaba la lengua por toda la cara.
¡Dale hijo, mordele las tetas, y no tengas miedo de largarle la leche en la concha! ¡En un toque, ya, ya se la ensarto en el orto!, dijo Pablo, exactamente en el segundo en que un desgarro me hizo gritar con fuerzas, aturdir a Matías, y perder la noción de mi vista, oído y olfato por un rato. Solo sentía que dos pijas me llenaban, me sacudían, forcejeaban en mi cuerpo, que me abrían y me desfloraban. Oía el choque del pubis de Pablo en mi culo, sentía el desliz violento de su verga en mi ojete, los jugos de mi concha enamorada del pito de Matías, y los ríos de saliva que se me acumulaban en la boca. También noté que el olor a grasa se intensificaba, y que un viento de andá a saber dónde había abierto la puerta que nos conectaba con el taller. Pero no le di la mínima importancia. Solo tenía resto para gozar, pedir más, para dejarme babosear por mi sobrino, perforar por mi hermano, y para saltar sobre la carne de ese nene alzado, que no paraba de decirme: ¡Así que ustedes se cogían de chiquitos! ¡Qué puta que eras tía! ¡El viejo te lecheaba la bombacha, y vos te meabas! ¿Hoy también te meás? ¿Le mamabas la pija a mi viejo antes? ¿O él, te comía la zorra? ¡Faaaaa, te voy a dar la leche tía, te voy a largar todo adentro, y te voy a dar toda la pijaaaaa! ¿Te gusta mi pija?
¿Viste qué rápido aprende el mocoso? ¡Ya anda calentito con la tía! ¡Así perra, movete así, que te rompo el culo, y te hago pagar toda esa guita que dejaste que te roben, pelotudita!, decía Pablo, sumido en el más desquiciado de los placeres, permitiéndole saber a su hijo de nuestra historia. ¿Le habría contado algo con anticipación? ¿O todo se dio con la naturalidad con la que él solía resolver las cosas? Y, entretanto mi sexo se llenaba de jugos, y mis orgasmos se multiplicaban en ramilletes de pura lujuria, cada vez más abierta, transpirada y despeinada.
¡Aaaah, bueno! ¡Así los quería encontrar! ¡Tiene razón don Pablo! ¡Su hermana es una verdadera adicta a la pija!, dijo de repente una voz conocida para mi cerebro. No le di crédito a mis ojos de inmediato, pese a mirarlo varias veces. ¡Era don Atilio, en cuero, y en bóxer! ¡Estaba lo más pancho, sobándose el paquete, mirándonos con los ojos desorbitados! No tuve tiempo de decirle nada. De un momento a otro, el tipo se subió sobre un banquito, y medio que, agarrándose de la pared, me cazoteó del pelo y me hizo fregar toda la cara en su bulto.
¡Dale gorda cerda, comé, comete esa leche, que cuando Mati y yo te embaracemos, vas a necesitar lechita para el bebé!, dijo Pablo, que una vez más, evidentemente había planificado todo. ¡No podía ser casualidad que Atilio aparezca de la nada! Aún así, empecé a mordisquearle el bóxer hasta bajárselo, y sin más, me di a la tarea de mamarle esa verga cortita pero repleta de jugos espesos.
¡Eeeeeso bebéeeé! ¡Mirala vos a la gordita tetona! ¡Se coge con el hermano, y con el sobrino! ¡Sí que era cierto que a las hembras hay que clavarlas bien clavaditas! ¡Si no, se alzan con otros, y se las toman por ahí! ¡Mamala nena, dale, que me re calentaste la verga en la vereda, con esas tetitas!, me decía Atilio, haciendo revotar sus bolas grandes en mi mentón, mientras los gemidos de Matías presagiándome su acabada me emputecía como poseída por una enfermedad impura.
¡Así tíaaa, tomate la mema, comete mi pija, y dejá que el viejo te llene el culito de leche, como cuando eras chiquitita! ¡Te imagino en bolas, con la bombachita sucia, meada en tu camita, y con el pito de papi en la boca, y te la largo todaaaaaa!, me decía el nene, desencajado y al borde del colapso.
¿Vio que le dije? ¡La mama re bien mi hermana! ¡No le deja ni una gotita! ¡Sentila putita, asíiii, te voy a dejar sin ganas de hacerte la viva! ¡Ni cagar vas a poder!, decía Pablo, al mismo tiempo que Matías empezaba a tener algo parecido a un ataque de epilepsia. Sentía que su verga se desintegraba en llamas adentro mío, y que su semen apenas podía contenerse. Obviamente, ni bien Pablo lo supo, lo reemplazó de inmediato. De modo que, ahora yo estaba tumbada boca abajo en la mesa, con su verga en el culo, haciéndome gritar aún más fuerte, y con la pija de Atilio en la boca, que hacía lo imposible por silenciarme. El viejo se había sentado para disfrutar mejor del pete de mi boca grosera, y para tomar posesión de mis tetas. Me las re pellizcaba. Yo no sentía dolor. Pero aquello, sumado a la culeada de mi hermano, me estremecía hasta los huesos. Hasta me hice pis de tanto sostener el fuego de mi vulva. Pensaba en el semen de mi sobrino nadando en el interior de mi sexo, y me sentía más puta, más hembra y más sucia que nunca.
¡Nene, mandate para el chino, antes que cierre todo! ¡Aaaaay, la puta que te parió pendeja! ¡Te largo la lecheeeeee! ¡No me digas que te measteeeee! ¿Te measte Gabriela? ¡Tan sucia y cochina podés ser? ¡Tomáaaaa, puta de mierdaaaaaa! ¡Te encremo todo el ojeteeeee, para que te curtas, putitaaaaa!, empezó a gritar Pablo, mientras su pija se convertía en un sable milenario con balas de semen que no hacían más que calentarme por dentro, humedecerme, preñarme de felicidad, y gritarle: ¡Síiii, me hice pichí, porque estoy re alzadita! ¿Matame así el orto pendejoooo, haceme bien el culoooo, culeame bien culeadita, como te gustaaaa!, le gritaba yo, cada vez que Atilio me ofrecía una pausa para tomar aire. Y, Pablo, fue una llamarada de esperma furiosa descargándose de a poco, sin retroceder ni atreverse a abandonar su posición. Era como si su pija no quisiera dejar el confort de mi culo apretado, colorado, dolorido y masacrado. Y, en cuanto su pubis le devolvió a mi piel la temperatura del ambiente, don Atilio le pidió permiso a mi hermano.
¡Suya don! ¡Hágale lo que quiera! ¡Espero que no le joda que se haya meado! ¡Dicen que las gordas andan con el cuerito flojo!, le respondió Pablo, una vez más con su cínica sonrisa, intentando recuperarse del shock de haberme largado su leche en el culo, al frente de su hijo. Matías ni siquiera parecía apurado para vestirse. ¡De pedo si se había puesto el bóxer! Entonces, Atilio me alzó en sus brazos, me arrodilló sobre la cama en la que antes estaba sentado el pibito, me hizo fregarle las gomas en la pija, y buscó mi oído para decirme: ¡Siempre quise garcharme a una gordita tetona, con olor a pis! ¡Me volvés loco, putona! ¡Igual, tranquilita, que apenas te la meto, te la largo toda! ¡Toy re caliente bebé! ¡Y tu olorcito a nena, es mucho para un viejo como yo!
No tuve tiempo para prohibirle nada, ni para pensar en escaparme de ninguna forma. Solo, lo dejé que me aprisione contra la pared, ni bien se arrodilló pegado a mi cuerpo, y que coloque con entusiasmo su pija en la entrada de mi concha. Allí, puso una de sus manos en mi boca, y con la otra empezó a pellizcarme las tetas, mientras me bombeaba, y murmuraba en mi oído: ¡Qué putita, sos una chancha! ¡Te cogés a tu hermanito! ¿No te cogiste a papi? ¿Tenés hijitos vos, gorda putita? ¿Eeeee? ¡Me la pasaría cogiéndote todo el día si yo fuese tu abuelo! ¡Abrite nena, dale bebé, mordeme la mano!
Durante ese momento, que tal vez duró un minuto, estuve entre asfixiada, ahorcada y humillada por su forma de cogerme. Era más bien, o yo lo sentía así, como si me estuviese violando. De hecho, me dijo que era un pedazo de carne con tetas, y que para lo único que servía, era para llenarme toda de leche.
Y fue cosa del destino, o de las causalidades de nuestras vidas. Matías, que había desaparecido un momento, vino a decirle a don Atilio que su esposa lo buscaba en la carnicería de al lado. Por lo que el viejo, se las tomó casi sin despedirse, obviamente dejándome todo su semen en las piernas, porque no llegó a acabarme adentro, como tanto lo deseaba. Y fue allí que, gracias a que escuché sonar mi celular en la mesa, que mi mirada se encontró con la crueldad más absoluta. ¡Todo el fajo de billetes que siempre había estado en el bolsillo de mi short, reposaba sobre la maldita mesa, al lado de mi bolsito! Exactamente a pocos centímetros, todavía persistían gotas de mi accidente urinario, mientras Pablo me culeaba como a una yegua. La ira no me dejó pensar. Creí que me desbordaría, o estallaría en lágrimas, o me pondría histérica de algún modo. No me faltaban ganas de cagar a trompadas a mi hermano, y de insultar a Matías con toda mi enjundia. Caer en la cuenta de que nunca me habían robado, que jamás perdí el dinero en el trayecto, y mirar sus caras de satisfacción, me enardecía la sangre. Pero, una vez más me dejé besuquear por Matías, y oler por mi hermano, quienes me susurraban, en modo canción de cuna, una vez que lograron tranquilizarme y recostarme en la cama deshecha: ¡Yo que vos, tendría más cuidado a la hora de guardar la platita nena!
¡Sí tía, es cierto! ¿Mirá si te la choreaban de verdad? ¡Yo, igual, te iba a esperar empijado, y en bóxer!
¡Pero, como mi hermanita es una gordita lechera, ni pensó que yo podía esconderle la guita! ¡Igual, no pongas carita de perro mojado, que bien que te divertiste, putona! ¡Sos flor de putona nena! ¡Y, ya le vas a contar vos al Mati, cómo jugábamos, y nos alzábamos de chiquitos!
Fui a la casa de mi amiga, sin la bombacha, porque no quisieron devolvérmela. Estaba hecha un asco. Olía a semen, a pis, a sudor, a grasa, a encierro, y encima, cargaba con la absurda culpa de haber perdido algo que, nada que ver. Conociendo a Delfina, seguramente se dio cuenta de mi aspecto. Yo no quería compartírselo, porque estaba toda su familia en la casa. Además, ella es una de las pocas que no sabe de mis relaciones incestuosas. Aún así, no podía dejar de gemir por dentro, de ronronear como una gatita caliente, deseosa de trepar a los techos para encontrarme con más pijas duras para mi conchita. ¡Cómo fue capaz de hacerme esto el turro de mi hermano!
Fin
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¡Faaaaa! Síii, dale, forzada! Te re cabe coger nena! Te encanta que tu hermano sea tu macho, y te entregue así! Ojalá sigas pasándola así de rico, bebé!
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