Mamás en celo


Con mi amiga Analía habíamos decidido juntarnos para comer unas pizzas, o algunos panchitos en casa. Cualquier cosa nos daba igual. Teníamos que celebrar que al fin las dos nos separamos de nuestros respectivos maridos. En su caso, él le metía los cuernos con su hermana. ¡Cuando me enteré, me quedé tan pasmada que no supe cómo consolarla! En cuanto a mí, la verdad, fue un desgaste inevitable. No estábamos dispuestos a bancarnos más nada del otro. Me tenía cansada con el fútbol, con sus impostergables asados entre amigos los fines de semana, y con su manía del coleccionismo de cosas antiguas. Seguramente, yo también lo había cansado con mi obsesión por las dietas, las comidas saludables, el ejercicio físico, y con mi intolerancia al cigarrillo. Pero, la vida se vive una sola vez, y creo que los dos entendimos que no estábamos obligados a seguir juntos, hasta que la muerte nos destruya por igual. Por lo tanto, estábamos felices de recuperar nuestras vidas. Pero, el caso de Ani era terrible. ¡El turro se encamaba con su hermana!

¡Te Juro nena, que, cuando entré a casa, y los vi, en bolas y comiéndose a besos en mi propia cama, pensé que me moría ahí nomás, parada como una pelotuda, y tan shockeada que, ni pude reaccionar! ¡Hubiese preferido que se revuelque con mi hermana, mi prima, o con cualquiera de mis vecinas! ¡Qué sé yo! ¡Pero el muy idiota, se estaba culeando a su propia hermana! ¿Entendés la gravedad del asunto? ¡Es la tarada que baila tango! ¿Vos la conociste! ¡Me acuerdo que te caía re densa! ¿Cómo no lo vi? ¡Yo, sabía que eran re cariñosos y todo eso! ¡Además, la pendeja había sufrido bulling en el colegio, y toda la pelota! ¡Por eso nunca dudé del cariño que se tenían, y de la forma que tenía el gordo de protegerla! ¡Pero no! ¡El turro se la fileteaba!, me dijo desconsolada esa tarde cuando la llamé para preguntarle si quería que hagamos un viajecito para despejarnos un poco. No fue fácil sacarla de todo ese enredo. Pero, en definitiva, nos juntamos ayer para comer algo, tomar algún vinito, mirar una peli si pintaba, y entonces sí organizar alguna escapadita para córdoba o Salta. Total, mi hijo podría quedarse con su padre, o sus abuelos. El hijo de Ani ya tenía 18, y se manejaba solo.

La esperé con unas pizzas, dos vinitos en la heladera, y un flan de dulce de leche. estaba todo OK para darnos una linda noche de charla, risas y planes. Por eso le pedí a mi hijo Iván que, a eso de las 8 de la noche se mande a mudar a su pieza para jugar a la Play, así nos dejaba el living liberado. Entonces, me enteré que Ani vendría con Santiago, porque al parecer se había peleado con su novia, y andaba re bajoneado. Por eso, Iván lo había invitado a jugar un torneíto de FIFA.

¿Hoy tenía que ser hijo? ¿Y por qué, mejor vos no vas para su casa? ¡Teníamos cosas que hablar con Analía! ¡Siempre igual vos! ¡Mandándote solo, y sin consultarme nada!, le rezongué, arrepintiéndome al mismo tiempo, ya que su acción había sido noble y de buen corazón. Lo cierto es que, al rato llegó Ani con Santiago. Evidentemente ella tampoco se mostraba feliz de su compañía. Sin embargo, mientras nos saludábamos, y nuestros hijos se palmeaban con cierta complicidad, ella deslizó: ¡Tan chiquitos, y bajoneados por una guachita de mierda!

¡No seas tan mala nena! ¡Yo creo que, la yeta es, esa remera, y ese pantaloncito de River que trae! ¡Por eso te va mal Santi! ¡Tenés que hacerte del rojo, como tu tía, y tu amiguito!, le dije al nene, señalando a Iván y a mí, cargoseándolo un poco, haciéndolo reír.

¡Naaah! ¡No es eso Ma! ¡Es que las pibas están zarpadas en trolas! ¡Lo único que quieren, es garcharse a cuanto guacho se les cruce!, declaró Iván, fiel al momento que atravesaba su amigo.

¡Y, sí Muriel! ¡Tiene razón! ¡Esa pibita, si la ves nomás, le sacás una radiografía de la cantidad de pibes con los que se chuponeó! ¡Yo le dije a este cabeza hueca! ¡Pero nunca me escucha!, Dijo Analía, mientras me seguía a la cocina para tomar algo, y los pibitos se acomodaban en el sillón del living, dispuestos a batallar con los joysticks. Fulminé a Iván con la mirada, como recordándole que lo había mandado a jugar a su pieza. Pero como no recibió mis señales, se lo recordé con palabras.

¡Muri, quedate tranqui, que estos ni nos van a dar bola! ¡podemos desnudarnos frente a ellos que, con esos jueguitos ni lo van a notar!, dijo Ani, que siempre supo cómo distender las situaciones. Así que, al toque las dos estábamos sentadas en la cocina, tomando una copita de vino, y degustando unos pancitos saborizados que ella misma había horneado para la ocasión.

¡Che Ani! ¡La verdad, te viniste re potra! ¿No te dijeron nada en el colectivo? ¿O por la calle?, le dije, después de advertir que ya había entrado en calor por el vino, tal vez. Es que, parecía que hiperventilaba cuando se reía por alguna ocurrencia, o cuando le insinué que uno de los pancitos tenía forma de una pija parada, y con un glande a punto de explotar. Siempre nos hacíamos chistes referidos a pijas, huevos, hombres, y todo lo relacionado a lo sexual. Pero esa tarde, Ani estaba hecha una diosa, honestamente. Tenía una remera de breteles finos color salmón, una pollera engomada bien cortita, y unas botas negras por arriba del tobillo. El corpiño de encajes que podía descubrirse le afirmaba re bien las tetas, y el pelo recogido al estilo cola de caballo le quedaba ideal. Es delgadita tirando a petiza, tiene una cola firme, lindas piernas, y al ser de tez blanca, su rostro apenas necesitaba maquillaje en la tenue luz que nos abrazaba.

¡Qué onda amiga! ¡No me digas que ahora ves pijas hasta en el pan! ¿Cómo se te ocurre? ¡El pan es el alimento sagrado! ¡No lo olvide hija! ¡O voy a tener que hablar con la madre superiora!, me decía, adoptando un tono místico, y luego las dos nos reímos para hacer chinchin con nuestras copas, a punto de vaciarse.

¡Pero no Muri! ¡No tengo levante, ni en el bondi! ¡Pasa que, salí con Santiaguito! ¡Más de uno, me habrá tomado por una shugar mami platuda! ¡El guacho pegó tremendo estirón!, me dijo luego, mientras la voz del relator del partido que jugaban los pibes se hacía eco en toda la casa. Les pedí que bajen el volumen. Pero Ani me pidió que no los joda, que de esa forma podíamos hablar de nuestras cosas sin molestarlos, y sin que paren la oreja.

¡Aparte, negri, vos no te hagas la boluda, que también tenés lo tuyo! ¿No te apareció ningún chonguete? ¡Siempre fuiste más chamuyera que yo!, me consultó, mientras volvía a recargar sendas copas de vino. La verdad, yo nunca me sentí atractiva. Pero, también era cierto que no me faltaban candidatos. Aunque, estaba claro que era más deseada cuando me conservaba en matrimonio.

¡Siempre pasa eso nena! ¡Cuando estamos casadas, nos buscan para que nos acostemos con ellos! ¡Cuando estamos solas, salen rajando! ¡Para mí que, sospechan que, si estamos solas, es porque somos unas histéricas, infumables, psicóticas, o unas salvajes peludas, o cosas por el estilo!, opinó con cierta sabiduría del mundo, y se fijó en un SMS del celu. Al toque lo puso en silencio.

¡Hey, no amiga! ¡Ni loca! ¡Aunque, creo que el chico que trabaja en la panadería, me hace ojitos! ¡Imagino que es porque, siempre le pago en efectivo, y habitualmente, ando con los billetes en las tetas!, le confié para que se destornille de risa, diciéndome que estaba del tomate.

¡Aaah, bueeeeno! ¡Sí nena, el pibito debe andar con ganas de mirar un poco más! ¿Y por qué no lo invitás a tu casa un día? ¡Por ahí, viene y te moja el pancito!, decía, tratando de recuperar el aliento.

¡Nena! ¡Qué decís! ¡Tiene la edad de nuestros pibes! ¡Antes que hacer algo con un mocoso, me hago monja!, le dije, sin poder creerme del todo mis palabras jocosas.

¡Sí, dale! ¡Vos monja! ¡Te vas a querer curtir a las velas del confesionario amiga! ¡,O, ¡te vas a tunear a cualquiera de esos santos! ¡O te vas a hacer la descompuesta para que algún curita te manosee un poquito! ¡Dejate de joder nena! ¡En épocas de pan duro, hasta un bebito todo lleno de granos, con olor a chivo y el bóxer meado nos sirve!, dijo Ani, acomodándose mejor en la silla, haciendo que el bamboleo de sus tetas me produzca una extraña excitación.

¿En serio? ¿Vos te acostarías con un bebote? ¿O, dejarías que alguno de estos pendejos del Country de acá cerquita te tire unos pesos para fifar?, le pregunté, quizás con una curiosidad exagerada.

¡Obvio Muri! ¡Por plata baila el mono! ¡Y la mona ni hablar! ¡Y, si me apurás, con una bebota también me re encamo! ¡Tenemos que tener la mente abierta amiguita! ¡Además, hoy hay cada nena que, dios mío! ¡Y si no, preguntale a Santiaguito! ¡Salía con una potranca de 15 añitos, que si te agarra te pasea ida y vuelta alrededor del mundo! ¿Queda más vino? ¿Qué te parece si, ya vamos poniendo las pizzas en el horno? ¡Siento que, si seguimos tomando vino, nos vamos a empezar a chuponear entre nosotras! ¡Por ahí, los chicos también tienen hambre!, dijo Ani con descaro, sonrojada y dispuesta a levantarse de la silla para ayudarme con los preparativos. Le dije que tenía dos vinos más en la heladera, y que también había cerveza. Ella me recordó que lo mejor sería no mezclar, y juntas nos pusimos a poner las pizzas en sus fuentes correspondientes para luego llenarlas de queso, jamón, morrones, huevos y aceitunas picadas. Cuando me agaché a encender el horno, noté que Ani apoyó sus manos en mis hombros, y ese contacto me generó una electricidad desconocida, pero placentera.

¿Tan buena estaba la pibita esa? ¿Pero por qué se enconchó tanto con esa chica? ¡Ya sé que, en la adolescencia el amor les pega fuerte, y parece que es un drama, y todo eso!, le pregunté como para salir de mis propias confusiones.

¡Si la hubieses visto, te caés de culo! ¡Tetona, rubia, seductora para hablar y sonreír, tremendos ojazos celestes! ¡Y más de una vez, la vi saliendo de la pieza de Santi, toda colorada, despeinada, y arreglándose las gomas! ¡O mi hijo es un toro, o ella lo exprimía a más no poder! ¡La escuché gemir y todo! ¡Y aparte, exigente la chirusa! ¡No sabés cómo pedía chirlos, bomba, y leche!, me confiaba luego, cuando las dos habíamos armado la primera de las pizzas. Yo la chistaba como para que baje la voz, por si nos escuchaban los pibes, y ella se me reía.

¡Aaah, nooo! ¿No se te habrá subido la onda liberal a la cabeza muy rápido, nena? ¿Cómo es eso? ¿Cogieron en tu casa? ¡Pero si tu hijo es un bebé!, le dije, entre escandalizada y llena de dudas, por la forma en la que manejaba las situaciones.

¡Nena! ¡El tuyo será un bebé en todo caso, que todavía no llega a los 17, si no me equivoco! ¡Y, no es que sea liberal amiga! ¡Yo prefiero que hagan la chanchada en casa, a que anden pagando lugares mugrientos, llenos de ratas, y caros al pedo! ¡Pero sí! ¡Esa mocosa es terrible! ¡A mí, nunca me dio buena espina! ¿Tu nene, todavía no trajo a ninguna nena a tu casa?, me preguntó Ani, volviendo a posar sus manos en mi espalda, llenándome de un desconcierto que me superaba. Pensé que era el calor del horno, o el efecto del vino; por lo que preferí abrir la ventana. Ella no podía evitar mi incomodidad, y eso me desesperaba más.

¡No, al menos que yo sepa! ¡Bah, alguna que otra pibita entró a la casa! ¡Pero nunca a su pieza! ¡Nunca, lo vi siquiera rozarle una goma a ninguna piba! ¡Igual, tenés razón amiga! ¡Es mejor que coja en tu casa!, me animé a decirle, sabiendo que yo no solía dirigirme de esa forma.

¿Cómo, cómo? ¿Dijiste, que coja en tu casa? ¡No te sueltes demasiado amiga! ¡O te vas a volver liberal, como yo!, dijo, haciendo estallar un chirlo en mi nalga derecha. Tuve la tentación de sacarme algo, porque me moría de calor. Y casi lo hago, pero me detuve al recordar que solo tenía una remera estampada beige, Por más que Ani fuese mi mejor amiga, no iba a quedarme en corpiño frente a ella. ¡Además, estaban los pibes!

¡Sacate esa remera nena! ¡Dale, si estás transpirando mal!¡Me parece que te pega el vino, o las ganas de que, entre un macho por esa puerta, te revolee arriba de la mesa, y te la ponga toda!, dijo la guacha, quitándome ella misma la remera en medio de nuestras carcajadas alocadas. Y, como si eso no fuera demasiado, la atrevida me palpó las gomas por sobre mi corpiño de encajes color té con leche, acercando su nariz para olfatearme.

¡Che, olés re rico amiga! ¿Es tu perfume natural? ¿O te mandás aceititos raros?, me dijo, y acto seguido, me mordió levemente la lola derecha. Yo, le arranqué las mechas, intentando separar las aguas. Pero ni yo me lo creía. Algo se derrumbaba en mi interior, y no entendía qué era. Ani, no me atraía. Pero sí sus roces, chirlos, su forma de olerme las tetas, y su voz cargada de alcohol.

Al rato, le llevamos las pizzas a los pibes, y yo, en el afán de no demorarles más la huelga de hambre, ni me di cuenta que me aparecí ante ellos en corpiño. ¡Ani casi se infarta de risa al ver mi cara cuando por fin lo descubrí. Iván no me decía nada, pero el otro pendejo, no apartaba sus ojos de mis tetas.

¡Pará hijo! ¡Le vas a hacer una radiografía de tanto mirarle las tetas a la Muri!, le advirtió su mamá a Santi, que ni tenía el tupé de mirar hacia otro lado. Aún así, no entendía por qué carajos no iba a ponerme algo para cubrirme. Estaba sin hablar, con la mirada perdida en el pantalón corto de licra inflamado de Santiago. Era de River, al igual que su remera, y estaba claro que su pija latía con severidad en sus adentros. Y, enseguida reparé en que Iván también se fijaba en Analía. Le re miraba el culo por los huecos de su pollera, cuando ella se agachó para acomodarles los vasos con coca encima de la mesita ratona, ¡Porque los nenes ni se iban a mover para nada!

¿Y vos? ¿Qué hacés nene? ¿Te gusta mirotear por adentro de las polleras de las mujeres? ¡Analía podría ser tu tía, asqueroso!, le recriminé a Iván, y de inmediato Ani se puso en pie para clavarle los ojos a mi hijo, y luego sonreír ampliamente mientras iba y venía de mis tetas a, ¿La entrepierna de Iván? ¡No podía ser!

¿Viste amiga? ¡El tuyo también la tiene parada! ¡Me re mira la cola el chiquitín! ¡Y mi nene, te mira las gomas! ¡Me parece que, los nenes andan calentitos! ¡A lo mejor, no tuvieron su dosis diaria de paja!, recitó Ani con dulzura y audacia, subiéndose la pollera y dando una vueltita en el mismo lugar en que sus pies la sostenían.

¡Y pobre de vos con que yo sea su tía! ¡Tenemos más o menos la misma edad! ¡No te hagas la péndex!, dijo luego, soltando su pollera, mientras se chupaba un dedo. Los nenes, de pronto no eran capaces siquiera de controlar sus joysticks. Iván permanecía con una porción de pizza en la mano, y no se la llevaba a la boca. Respiraba lento, y evitaba contacto visual conmigo. El otro, tenía una cara de bobo que irritaba, y seguía mirándome las tetas.

¡Muri, para mí que estos nenes no quieren pizza! ¡Quieren comer otra cosa! ¿No chicos? ¿Ustedes, quieren comer conchita? ¿Quieren teta? ¿Quieren morder culos?, empezó a decir Analía, mientras hacía volar por los aires su remerita salmón, quedándose en corpiño como yo. No me dejó siquiera opinar cuando, se subió la pollera y se exhibió ante los chicos, aunque a poquita distancia de Iván con su minibacha color piel, moviendo las caderas para que su culito precioso le arranque un murmullo, y luego para que los dos vean cómo esa conchita se dividía en dos, comiéndose la tela, y evidenciando que, tal vez no tuviese ropa interior.

¿Qué te parece si nos divertimos un rato, amiga? ¡Estos nenes, necesitan aprender! ¡Y tienen hambre! ¡Dale, sacate ese corpiño, para que Santi te mire bien las tetas, y se las acercás de a poquito a la cara!, me decía luego, tomándome de la mano para dirigirme lentamente hasta el sillón en que se aplastaba su hijo. Estaba sin reacción, pero con todas las intenciones de sentir, palpitar y hacer cualquier locura para calmar el fuego que me invadía. Ani siempre fue más valiente que yo. Además, sabía que, si me detenía a pensarlo, terminaría discutiendo con ella. ¿Qué se traía entre manos? ¿Siempre había querido hacer esto? ¡No! Sencillamente, esa noche, las dos estábamos muy calientes, y había dos machitos en la casa. Su hijo, y el mío. Pero… ¿En qué cabeza cabía todo aquel desatino? Y, de todos modos… ¿A quién le importaba ahora?

¡Mirá San, mirá las tetas que te vas a comer! ¡No me digas que no son un buen par de tetotas! ¡Mirá, mirá cómo estallan, y cómo te miran esos pezones! ¿Te gustan?, decía Ani, al tiempo que sentía que sus manos desabrochaban mi corpiño, y mis tetas salían disparadas, como si nunca hubiesen estado desnudas. Ani dirigía mis pasos hasta él, y también fue guiando su cabeza hasta unos poquitos centímetros de mis pechos.

¡Primero, olelas, y admiralas bebé! ¡Dale, olelas, que huelen exquisitas!, le ordenó, mientras el pibito ardía en ganas de sacar la lengua. Lo sé porque veía cómo se le escapaba la puntita por los labios, al tiempo que sus fosas nasales se expandían.

¡Y vos, tocale esto, dale! ¡Agarrásela, y pajealo por encima de la ropita! ¡Y cuando quieras, bajale el pantalón, y el calzón, y pajealo más! ¡Comele la verga amiga! ¡Mirá cómo se la pusiste, mala! ¡Sos una tetona mala, que calienta a mi nene!, me dijo al oído, dejándome destellos de su saliva, mientras juntaba una de mis manos a su pija larga y gruesa, un tanto curva, y bastante caliente.

¿Vos querés eso Santi? ¿Querés que te la chupe?, le dije envalentonada, una vez que el mocoso empezó a chuparme una teta, mandándome manos por donde quisiera, intentando frotarme la concha sin éxito, y comenzando a gimotear con cierta desesperación. Él decía que síiii, que obvio que necesitaba una buena chupada, y permitía que mis manos le bajen el pantalón para, entonces, hincarme a lamerle su bóxer repleto de donas dibujadas. Hasta que se lo corrí, y en cuanto su verga húmeda de adolescencia rozó mi boca, no pude hacer otra cosa más que pajeársela bien pegadita a mi rostro. En consonancia con aquello, oía besos que provenían del sillón donde Iván le chupaba las tetas a Ani, y, a juzgar por sus auchis enloquecidos, también le chirleaba la cola. Entonces, sin dejar de pajear al nene, ni de encenderme con su olor a machito, vi que Ani se había bajado la minibacha, y que Iván le besuqueaba el culo y se lo nalgueaba, además de chicotearle la piel con la tanguita negra que traía.

¿Viste cómo me huele el culo tu nene? ¡Le encanta nalguear a las chicas! ¡Y, usa re bien la lengüita! ¿Y a vos? ¿Te gusta la pija de Santi, putona?, vociferó Ani, mirándome con un hilo de saliva en la boca, incorporándose para sentarse en las piernas de Iván, y así ofrecerle el sabor de sus tetas, ahora desnudas, y con los pezones tan hinchados que, parecían los de una embarazada.

¡Síiií mi amor, tiene una linda verga tu bebé! ¡Y, ahora se la voy a mamar toda! ¡Mirá, mirá cómo se la escupo, y me atraganto con ella!, le dije, con una voz que no parecía provenir de mi personalidad, al tiempo que me la metía entera en la boca, y dejaba escapar la primera de miles de arcadas. Pensaba en que ese pendejo bien fornido, alto, de ojos celestes, pelo castaño, brazos grandes y piernas de gimnasio, con la piel parecida a la de Ani, y una voz bien masculina, podría haber terminado en mi cama mucho antes. Bueno, él no… pero cualquier pibito parecido a él. Pero yo no me animaba a encararlos. En el gimnasio al que asistía, había millones como él, con su porte y su potencia sexual.

¿Te gusta cómo me la trago bebito? ¿Síiii? ¡Me vas a coger guachito? ¡No sabés cómo tengo la concha de las ganas de una buena pija!, le dije, mientras oía a Ani que exclamaba, en medio de un besuqueo intenso: ¡Uuuuf, la siento dura en el orto nene! ¡Mamame las tetas, y frotame así la concha, dale! ¡Y ojo con los deditos! ¡Llegás a meterme uno adentro, y te cago violando! ¿Me escuchaste? ¡Me encanta que los nenes anden con el pito parado!

Y de pronto, Ani estaba arrodillada, con el pelo suelto al igual que yo, atragantándose con los sabores, olores y expresiones sexuales de Iván, que le decía putita chancha a cada rato.

¡Hijo, no le digas eso a la Muri! ¡Encima que te ayuda para que se te pase la calentura! ¡No seas malo, que yo no te eduqué así!, le dije a modo de broma, cuando Ani lograba al fin quitarle la remera verde militar para chuponearle el pecho. Luego la vi sacarle el jean amplio repleto de bolsillos a los costados, y las zapatillas negras.

¿Querés que te cambie el pañal también nene? ¡Sos re cómodo che! ¡Se nota que todavía no estuviste con una chica! ¡En esos casos, tenés que desvestirte solito!, la escuché decirle, cuando yo ahora le restregaba las gomas en la pija a Santi, y él me las cogía sabiendo exactamente cómo colocarla. Me pedía que se la babee toda, y que le gustaba que las tenga tan calientes y grandes.

¡Uuuy, qué cosita! ¡Mirá cómo tenés la pija nene! ¡Creo que, si te la toco con la lengua, se te desarma en leche! ¡Mmmm, te la voy a chupar toda, guachito insolente! ¡Pero, decile a mami que te lave el bóxer! ¡Tenés olor a pichí nene!, decía Ani con el sarcasmo de siempre, sonriente, y lamiendo cada rincón de los genitales de mi hijo. Tenía un bóxer verde medio viejito, y ninguna vergüenza en pedirle que se meta su pija de una vez en la boca, ya que Ani continuaba llenándolo de besos y lamiditas en las bolas. También le hacía pajas cortitas, y se castigaba la cara al pegarse repetidas veces con ella.

¡Hey, que yo soy su madre, y no su sirvienta! ¡Si no se lava los calzones, que se joda si pasa vergüenza!, dije yo, mientras seguía fiel al mandato de ordeñarle la pija a Santi, mientras me las ingeniaba para frotar mi vulva en una de sus piernas estiradas. Las risas se mezclaban con nuestras toses alteradas, los eructos y escupidas de nuestras bocas enfiestadas de pija, los gemidos y las palabras incompletas de esos bebotes alucinados, y con las frotadas de tetas, manos y lenguas cada vez más endemoniada sobre sus pieles en celo. Y, casi sin darnos cuenta, o tal vez por atropelladas nomás, de pronto nos encontramos una al lado de la otra, arrodillada frente a nuestros niños. Ella, todavía con la pija de Iván, y yo atragantándome con la de Santi, que por momentos lograba arrancarme algunas lagrimitas. En un momento, la guacha me acarició la espalda, y sosteniendo el glande de mi hijo con su boca me dijo: ¿Te la paso, así la probás? ¡Te juro que ya no huele a pis, como cuando era tu bebé!

Le dije que era una depravada, que hasta allí no pretendía llegar. ¡Chuparle la pija a mi hijo, ya sería demasiado! ¿Qué tipo de daño estaría proporcionándole a su psicología? ¿Y ella, habría aceptado mamarle la verga al suyo? En todo eso pensaba, mientras no paraba de sentir la ferocidad de ese miembro altivo, elegante, ardiente y cada vez más lubricado con sus jugos y mis babas. Ani, ante mi negativa, empezó a pajearle la pija a Iván, mientras le deglutía las bolas, se levantaba furiosa para entetarle la cara, y lo cazaba del pelo para apoyarle su carita inocente junto a la tela de su tanga estirada, para que descubra el aroma de su sexo. ¡Y casi me da un ataque de histeria cuando le gritó: ¡Y ahora, te toca probar mi concha, nenito pijón!

Tal vez en ese momento fui que me percaté que tenía la argolla sedienta de semen. ¡Quería la lechita de ese pendejo, y la quería ya! Por lo tanto, me bajé el chupín azul, le froté el culo y la concha en la cara al guacho, que de pedo si le salían los gemidos, sin bajarme la vedetina transparente, y luego me le senté en las piernas.

¡Ahora, le voy a enseñar a tu machito, lo que es tener encima a una hembra de verdad!, le dije a Ani, que estaba a punto de hacer acabar a mi hijo. Eso la hizo reír. Al punto que, soltó la pija de Iván, ganándose la indignación de sus gestos y su voz suplicante, para desatarme y quitarme los borcegos negros junto con el pantalón, reírse de mis medias con dibujitos de capibaras, y decirme: ¡Ahora sí sos una hembra de verdad, con esa bombachita súper empapada! ¿Viste cómo la tenés hijo? ¡Se re moja por vos mi amiga! ¡Bah, en realidad, por tu pija! ¡Cogela hijo, dale, clavale la verga en la concha, y acabale adentro, que es hermoso que los nenes nos acaben adentro! ¿No cierto, cosita hermosa? ¿Vos también me vas a largar la leche en la concha? ¿Me vas a llenar con tu semen, pajerito?

Esas últimas frases las iba articulando a medida que volvía a encajetarse con Iván. Solo que ahora se le sentó encima, corriéndose la tanga, y colocando la punta de su chota en la puerta de su conchita peluda, que olía a sexo salvaje, y goteaba unos vapores más que apetecibles. Yo, por mi parte, borracha de celo, le pasé toda la lengua por la cara a Santi, mientras su pija cruzaba solita la costura de mi bombacha, y entraba de un solo empujón en mi argolla en llamas. Casi que, al mismo tiempo, las dos empezamos a saltar, gemir, arder, desprender gotas de sudor y saliva, y a decirnos chanchadas, fulminándonos con miradas criminales, acusándonos de madres robacunas, de pervertidas, de inmorales, putas reventadas, de perras alzadas, y un montón de otras cosas. Ella no besaba a Iván. Pero, yo no pude resistir la tentación de comerle la boca a Santiago, mientras su pija seguía ensanchándose a tope entre mis paredes vaginales, y mis tetas eran machucadas por la violencia de sus dedos, y sus chupones que me enfermaban de tan intensos y profundos. Además, el nene no paraba de decirme: ¡Qué tetas de putona tenés Muri, me encantan tus tetas! ¡Taría bueno que te las bañemos en leche, con todos los pibes de mi escuela! ¡Vos te la re bancás guacha! ¡Y más con esas tetas! ¡El Iván se debe clavar doscientas pajas mirándote las tetas! ¡Yo, de bebé, me re acabaría en el pañal si tuviera que chupar tetas como estas!, y me las apretaba, amasaba, pellizcaba y arañaba a voluntad.

¡Qué puta te ves amiga! ¡Abrile bien las piernas a mi nene, que te vas a sorprender de cómo te coge! ¡Seguro que fantaseó con vos el turrito! ¡O con Andrea! ¡Esa siempre muestra un pedazo de bombacha, y deja que se le arme la empanada de conchita en las calzas que se pone!, decía Ani, en medio de gruñidos, una ola feroz que le hacía saltar las gomas, y las arremetidas de Iván a su sexo. Él también jadeaba entre anestesiado y sorprendido de tanta entrega. (Andrea es otra de nuestras amigas, que no tiene hijos, pero sale con tres hombres a la vez).

¡Y vos, sacale la leche a mi bebé, así no se mea el calzoncillo, de tan alzadito que anda el pobre! ¡Cogelo bien, perra sucia, sacale la leche, y que te muerda las tetas, como tu nene me las muerde a mí!, le devolvían mis palabras aturdidas de goce, con la pija de Santiago haciéndome delirar, hamacarme como nunca, y sentir cada centímetro de mi intimidad como tanto necesitaba sentirlo. ¡Hacía mucho que no cogía así! ¡Y mucho menos, con una pija tan gruesa y aguantadora!

De repente, vi que Iván agarraba a Ani de los pelos, que le mordisqueaba el cuello, le pegaba cachetadas y le pellizcaba las tetas, mientras le decía: ¡Sacame la leche puta, toda la leche, quebrame la verga a conchazos, que sos re perra, y tenés terrible orto! ¡Me volví loco cuando te vi el orto, agachadita, como una petera!

Yo, hice lo mismo con Santi. Empecé a clavarle besos, mordidas y rasguños en el pecho, a darle tetazos, a escupirle la cara, arañarle el cuello, chuponeárselo con ansias, y a fregarle mi corpiño en la cara. Solo que, yo le gritaba cosas como: ¡Dale perro, acabáaaá, largame toda esa leche! ¿Te gusta cogerte a la mami de tu amigo? ¿Te gustaría enfiestarme con tus compañeros? ¡Deciles, que acá, hay una putona que se la aguanta, y que ama la verga de los guachos alzados como ustedes!

Y al poquito rato, Santiago había logrado acomodarme sobre el sillón, con los codos sobre el respaldo. De modo que su pija dura y caliente como un torno de lava milenaria penetraba mi concha con rudeza, haciendo que se oiga cada embate, que salpiquen jugos y sudores, que nuestras lenguas se encuentren varias veces, y que sus dientes me dejen cicatrices indelebles en los labios. Sentí que de pronto su cuerpo era un torbellino de carnavales desatados, una montaña rusa que amenazaba con abandonar a su alma, como una irrevocable tormenta de meteoritos sobre mi piel encendida y mojada. su semen me infestaba de pasiones y posibles bebés, me enardecía las paredes de la concha, y me obligaba a pronunciar mi orgasmo telúrico a mi amiga.

¡Uuuy, así bebéeeé, me estás enlechando todaaaa, qué ricooo, asíiii, mojame toda de semen guachooooo!, me escuché gritar y desafinar, casi hasta no sentir la garganta, mientras el pibe me apretaba la espalda contra su pecho, sosteniéndose con fiereza de mis tetas.

A nuestro lado, Ani había logrado que mi nene introduzca su verga en su culito precioso, y que la bombee lentamente, pero con certeza, haciéndole vibrar el corazón, y chupándole las tetas cada vez que podía para enamorarla eternamente.

¿Culeame pendejo, así, dale, como te culearías a cualquier guacha villera que te caliente la verga! ¿Te culeaste a una nena ya? ¿Y a una mami como yo? ¿Te gusta esto? ¡Te va a salir el pito con caca de mi culo, y lleno de leche ¡Y yo, así sucio como salga, me lo voy a meter en la boquita, y entre las tetas! ¿Querés chiquitín?, le decía una desconocida Analía a mi hijo, envuelta en un oasis de gargarismos, gemidos y de un golpeteo incesante de su cuerpo contra sus piernas. Y, de golpe, un alarido estrepitoso, en ascenso y con notas cada vez más prolongadas, entre palabras como: ¡Aaaaaay, qué calentitooooo, me rompiste el culo bebéeeé, asíiii, me enlechaste la colitaaaa, guacho de mierdaaaa!, Ani se apropiaba del semen de Iván, que no cabía dentro de sí por lo que había vivido. Sus ojos permanecían igual de extraviados que los de Santiago, una vez que las dos nos separamos de sus cuerpos apestados de sudor. Ni entre ellos podían hablarse, aunque se dedicaban miradas obscenas, con desconcierto, y tal vez de admiración para nosotras. Incluso nosotras no supimos qué decir, una vez que yo me levanté mareada del sillón, y ella, o mejor dicho su culo soltó el pito de Iván, para luego ser nalgueado por sus propias manos, como si le estuviese agradeciéndole por portarse así de bien. Ella, antes de romper el silencio con una risita nerviosa, cumplió con lo que le prometió. Le besuqueó el pilín que retrocedía como con miedo, y frotó ambas tetas desde su abdomen hasta su escroto pálido, sudado y tembloroso, abriéndole bien las piernas.

¡Chicos, bueno, me parece que, habría que explicarnos un poco! ¿Quieren ir comiendo mientras? ¡Ahora calentamos las pizzas!, dije al fin, una vez que logré subirme la bombacha. Ani me miró, y continuó por mí: ¡Pero, mejor pónganse al menos los bóxers! ¡Por si no se dieron cuenta, sus mamis están en celo, y hoy, con ustedes y sus pitos hermosos, es como si hubiese luna llena!

Al rato, mientras nosotras intentábamos dominarnos, en ropa interior, comiendo algo en la cocina, veíamos cómo Iván y Santi se comentaban lo ocurrido, y cómo, acaso sin querer, se manoteaban las vergas mientras hablaban. Y, entonces, Ani, luego de mirar su celular, de tomarse una copa de vino, y de al fin felicitarme por el pedazo de pija de mi hijo, se levantó como para terminar de vestirse, mientras me iba diciendo: ¡Muri, perdón amiga! ¡Pero, posta, no aguanto más! ¡Me parece que, me voy a ir yendo, con Santi! ¡Me muero de ganas de cogérmelo! ¡No me digas que estoy loca! ¡Es más! ¡Vos, teniendo a semejante nene, deberías hacer lo mismo! ¡Y, por lo menos a mí, me voló la cabeza su olor a pis en el bóxer!

La miré con desconfianza, como si la desconociese totalmente. Le dije que ahora sí que se había vuelto loca.

¡Santiiii, preparate que nos vamos! ¡Ya se hizo re tarde! ¡Además, creo que Muri, tiene que ajustar cuentas con Iván! ¡Se portaron muy mal hoy ustedes! ¡No se les hace cositas chanchas a las mujeres grandes!, decía luego mi amiga en voz alta. Santiago refunfuñó, pataleó, y hasta le soltó una palabrota. Sin embargo, a los 30 minutos ya estaban listos para tomar el taxi que me habían pedido que les llame. En cuanto la noche se los tragó de mi casa, y el perfume de Ani se mezclaba con el olor a sexo del living, vi que Iván seguía en bóxer, confundido, y sin mirarme.

¡Hijo! ¡Cuchame! ¡Lo de hoy, bueno, fue una locura! ¡Pero, Te doy permiso! ¡Digo, si querés tener sexo con Ani, podés! ¡Tanto como, Santi puede cogerme! ¿Te parece?, le dije resuelta y alocada, mientras me sentaba a su lado para masajearle el pito, y sentir cómo de a poco se iba parando en mi mano, desnudo, caliente y pegoteado por todo lo que había derramado en el culo de mi amiga. No le había participado esa idea a Analía. Pero, estaba híper confiada en que le encantaría mi propuesta.   

Fin

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