Brisa había venido a pasar unos días a casa. Tanto mis viejos como sus padres, o sea mis tíos, insistían que a las dos nos venía bien estar juntas, porque nos llevábamos súper. La verdad es que, ella tiene 14 años, y es una pesada. Se la pasa hablando de novelitas coreanas, de música de mierda, del Dibu Martínez, (Porque se hizo re fana de la selección), y de bobadas de su edad. No es que yo sea más grande con 17. Solo que, tengo otros gustos, y soy mucho más rockera, por ejemplo. Creo que, en realidad a mis tíos les viene de maravilla depositarla en casa para irse de joda, o para descansar de ella. Pero de última, es mi prima, y en el fondo no me caía tan mal. Excepto que a veces no sabía cerrar la boca, o no entendía cuándo era el momento de parar las discusiones. Ese fue justo el tema, en el mediodía. De repente mi tía le corrigió unos modales a Brisa porque, no sabía cómo enrollar los tallarines para no desaprovechar la salsa al comerlos a lo bruto.
¡Una nena como vos, tiene que aprender a ser una buena señorita! ¡Ya demasiado con que no rezás para agradecer los alimentos! ¿No te enseñó eso mi hermano? ¡Bueno, por ahí, como su esposa es medio tiro al aire, no te habló mucho de Dios! ¿Vas a una escuela religiosa por lo menos?, dijo mi mamá, orgullosa de que Brisa pudiera comer los fideos como Dios manda. Yo la miré como para frenarla un poco, y mi tío le dijo que no opine tan a la ligera de lo que por ahí no sabe. La cosa pudo haber quedado ahí. Pero Brisa se sintió ofendida, y no podía culparla del todo.
¿Y usted qué sabe tía? ¡Aparte, ese Dios, en el que creen ustedes, no existe! ¡Es pura mierda! ¿No ven los noticieros? ¡Hay chicos que se mueren de hambre! ¡Políticos asesinos en libertad! ¿Qué es la justicia? ¡Si ser una buena señorita es creer en Dios, prefiero ser una roñosa, una, no sé, cualquier cosa!, se reveló, tal vez hablando más fuerte de lo que pretendía. A mi vieja se le borraron los colores de la cara.
¿Te das cuenta nena? ¡A vos habría que haberte dado una buena paliza de chiquita! ¡Clavarte el crucifijo en el pecho, enseñarte a rezar, arrodillada, hasta que te sangren las rodillas! ¿Qué tiene que ver todo eso que decís con Dios? ¡él no puede hacer justicia como los hombres! ¡No seas tan boluda, o ingenua!, le jetoneó mi tía, golpeando inconsciente un tenedor en la mesa. El tío le pidió que baje el volumen, y yo, acaso un poco harta de esas discusiones que no llevan a ningún lado, les pedí que paren. En el fondo, mi mamá estaba siendo injusta con ella.
¡Basta las dos che! ¿Siempre lo mismo?, alcancé a decir como una autómata sin empatía. Pero Brisa siguió.
¡Los grandes son todos iguales! ¡Unos hipócritas! ¡Se la dan de buena gente, de solidarios y toda esa cagada, van a misa, confiesan las mierdas que hacen, y después siguen haciéndose los fieles, leales a Dios, a las Malvinas, y andá a saber qué cosas! ¡Perdone tía, pero usted y su marido son dos hipócritas! ¡La vida no se arregla con rezar, arrodillarse y besar cruces!, picudeó con verdadero enojo, acaso también bastante molesta de los comentarios de mi vieja. Es que, a menudo hablaba mal de mi tía, vaya a saber por qué razones.
¡Sos una mal educada de mierda hijita! ¡Debería darte vergüenza comer en nuestra mesa! ¡Nos estás faltando el respeto! ¡Así te va siendo una atea, o una rebelde, o como te definas! ¡Ni siquiera tenés la decencia de rezar antes de comer!, insistió mi vieja. Brisa fue un poco más lejos. Por eso mi viejo tuvo que castigarnos sin reservas. Es que, en el mismo momento en que Brisa escupía sobre su plato de fideos, y golpeaba repetidas veces su vaso de coca en la mesa, salpicando todo el contenido, yo le grité directamente a mi vieja: ¡Basta ma! ¡Ya me tenés podrida tratando de adoctrinar a todo el mundo! ¡Si ella cree o no, son cosas de ella! ¡Pero enseñar no es lo que hacés vos! ¡Te vas a la mierda siempre! ¡No entendés nada! ¡Sos tan cerrada como el culo de un muñeco! ¡Porque, los curas y las monjas que tanto defendés, seguro los tienen bien abierto! ¡Se la pasan fifando en las iglesias! ¿Qué tenés que decir de eso? ¡Sos insoportable!
Mi vieja pareció perder el hilo cerebral que la conectaba con el mundo. No dijo nada. Pero la ira de su rostro era un pesado libro de confesiones y castigos, uno más cruel que el anterior. Mi viejo, en cambio, no tuvo que elevar la voz, ni golpear cubiertos, ni delirarnos con palabras hirientes.
¡Perfecto chicas! ¡Ya fue suficiente me parece! ¡Apenas terminan de comer, se van a dormir la siesta! ¡No quiero escuchar reproches, ni nada! ¡Acá, cada uno cree en lo que quiere! ¡Pero no hay que llegar a estos extremos! ¡Y vos, Graciela, mejor que nadie deberías entenderlo! ¡También vamos a tener unas palabras! ¡Y espero que sea suficiente!, recitó levantándose con parsimonia para servirse otra copita de vino. De modo que, en cuanto yo terminé de comer, porque Brisas no volvió a probar bocado, nos levantamos de la mesa, y fuimos a mi cuarto. La verdad, quería matar a todos. Pero más que nada a Brisa. La defendí, sí. Pero, ahora, gracias a ella y a mi madre, no podía ver la película que quería para disfrutar de mi sábado. No teníamos internet, porque nos lo habían suspendido después de la última tormenta, y hacía un calor de locos. No había aire acondicionado en mi cuarto, que era el que compartía con mi prima. Y, de acuerdo a cómo nos castigaba mi tío, tampoco debíamos usar ventilador. Así que, solo podíamos dormir la siesta, con toda la bronca adentro, en silencio, y tratando de dormir para que todo pase rápido. En el pueblo, la siesta no podía durar menos de tres horas. ¡Y pobre de nosotras si mi viejo nos escuchaba, o mi vieja!
Ni bien nos acostamos, Brisa empezó a murmurar cosas como: ¡No vuelvo más a esta casa de mierda, no vuelvo ni en pedo!, entre otras puteadas. Yo me reía de su berrinche, y ella, en cuanto lo notó, me revoleó una pequeña almohada en la cara. La reté por limpiarse los pies en la sábana de la cama, puesto que ella solía andar en ojotas, y su respuesta fue chicotearme la piel con el elástico de mi tanga color carne.
¡Mirá las cosas que le compra la mami creyente a su hija! ¡Está re linda! ¡Pero, medio que es de putita esa tanga!, me dijo entonces, todavía con resabios de su enojo.
¿Qué decís nena? ¡Mi vieja no me la compró! ¡Y nada que ver! ¡No es de putita! ¡Si no querés volver más, por mí ni vuelvas! ¡Pero no me delires!, le largué, riéndome de todas formas. Me gustaba verla enojada.
¡Entonces, te la compró algún chico! ¿No? ¿Ya tenés novio Pau? ¡Seguro si te vio con esa tanga, te hizo algunas chanchadas, me imagino!, aventuró, aunque ahora con una sonrisa curiosa en sus labios chiquitos.
¡Me la compré yo nena! ¡Porque Dios te hace rico! ¿Sabías? ¡Y, además, no voy a contestarte todo! ¡Sos muy chiquita para ciertas cosas vos!, le dije, un poco más blanda de reacciones. Ella volvió a estirarme el elástico de la tanga, y me murmuró: ¡Y encima con esa puperita! ¡Fuaaa!
¿Qué querés decir? ¡Vos también tenés una puperita, idiota!, le dije, viendo cómo se paseaba la lengua por los labios. ¿Qué le pasaba a mi prima?
¡Sí, pero vos, o sea, digamos que, a vos se te explotan un poco más las tetas! ¡Aunque tampoco te agrandes, que no tenés nada nena! ¡Pedile a Dios que te las haga crecer!, me dijo, cruzando las piernas para luego apoyar sus talones en la cola, pegándome sin querer con su rodilla. Pero yo se lo reproché, solo para tirarle el pelo.
¿Qué hacés mogólica?, me gritó. Yo la chisté para que baje la voz.
¡Vos me pegaste un rodillazo primero! ¡Y bajá la voz, porque mi vieja odia los ruidos en la siesta!, le dije, poniéndole una mano en la boca. ¡Y la chancha sacó la lengua para lamerme la palma de la mano! Pero no se lo reproché. De la nada empezamos a pegarnos con las almohadas que teníamos, tratando de hacer el menor quilombo posible. Y de repente, Brisa se empezó a reír porque a mí se me bajaba un poco la tanga.
¿De qué te reís, imbécil? ¡Por qué no te bajás el pantalón, y vemos qué tipo de bombachita usa la nena rebelde?, le decía, al tiempo que con una mano le quitaba la remera, y con la otra le bajaba yo misma el shortcito de jean apretadito que tenía. Pero ella me dio un codazo, se puso de pie sobre la cama, y simuló hacer una especie de striptease, quitándose definitivamente el pantalón para arrojármelo en la cara. Yo la mandé al carajo, pero mis ojos le recorrían la tierna bombachita de encajes roja que traía, haciendo juego con el corpiñito, en el que apenas se formaba un triangulito entre sus tetitas. Aquel vestuario combinaba a la perfección con sus labios chiquitos, sus ojos claros y pelo negro con ciertas ondas un poco descuidadas.
¡Dale boluda, y dejá de mirarme la bombacha como si te hipnotizara! ¡La tuya es más linda, aunque sea de puta! ¡Y sacate todo, que hace un calor de muerte!, me dijo luego, mientras se desabrochaba el corpiño, se sacudía las tetas, y se lo volvía a abrochar. Después me arrojó un peluche, colocó uno de sus pies descalzos en mi entrepierna, diciéndome que me iba a pisar la concha para sacarme todo el jugo, y luego se puso a dar un par de saltos sobre la cama, moviendo la cola, y nalgueándosela con la puperita que antes tenía puesta.
¡Basta nena! ¡Dejá de joder! ¡Te llegás a caer, y nos van a cagar a patadas en el culo! ¡Quedate quieta Bri!, le dije, aunque no podía parar de mirarla. Pero, entonces reparé en que sus ojos también me fotografiaban la tanga, descaradamente.
¿Querés que te regale una de estas para Navidad, primita?, le largué, como para ver qué decía.
¡Esa tanga quiero Paupi! ¡Esa misma, la que tenés ahora! ¡Usadita y todo!, me dijo la muy salame, paseando su lengua por sus labios semi abiertos. Me descolocó. Pero le respondí con una zancadilla que la hizo derrumbarse sobre la cama, justo cuando ella intentaba reanudar su baile para seguir moviendo la cola. El tema es que, cayó prácticamente sobre mi cuerpo, y entonces, empezamos a hacernos cosquillas, a mordernos y clavarnos las uñas. Nos cagábamos de risa. Ella en un momento me escupió, y yo se la devolví. El brillo de sus ojos pareció volverse del color del diablo cuando mi saliva impactó sobre su pancita. Pero le dimos a las cosquillas, mordiscos, rasguños y tirones de pelo durante un rato. Ella, trataba de hacer todo lo posible para sacarme la tanga, y yo, también quería bajarle la de ella, o desprenderle el corpiño. Ninguna de las dos teníamos suerte.
¡Tenés un perfume horrible enana! ¿Sabías? ¡Y aparte, sos malísima mordiendo!, me decía al oído cada vez que encontraba mi oreja, y luego seguía mordiendo los pedacitos de mi piel que se le cruzara.
¡Y vos, no sé de qué te la das! ¡Usás perfumito de nena! ¡Y esa bombacha debe oler a pichí! ¡Sos una tonta!, le decía yo, cada vez más caliente. ¡Sí! Aquellos jueguitos con mi prima me calentaban poco a poco, sin terminar de comprender por qué me pasaba, y cómo habíamos llegado a jugar como si fuésemos nenas, pero con la consciencia de dos hembritas alzadas. ¿Sería el calor que nos confundía? ¡Y en el fondo, Brisa tenía olor a pis en la bombacha! ¡Eso era cierto!
¡Dale Pau, levantate la remerita, así me das la teta! ¿No se nota que tengo hambre?, me susurró de pronto la pendeja, actuando como si fuese una bebé incomprendida, con los labios salivando y los ojitos entrecerrados.
¡Callate enana! ¿Qué decís? ¡Sos grande para tomar la leche de las tetas vos!, le dije, más por seguirle el juego que otra cosa. Pero le arañaba las manos cada vez que ella intentaba subirme la pupera. Hasta que la escuché ronronearme: ¡Pero vos también sos una grandulona para tomar la leche! ¡Y seguro que le pedís la mamadera a cuanto pibe se te ponga en el camino! ¡Y más con esa tanguita mamu! ¿Tenés muchas de esas?
Esas palabras sucias, el roce de su piel sobre la mía, sus intentos por tocarme la conchita, ya que yo tenía las piernas cruzadas y apretadas, y el olor de su sexo, más la irresponsabilidad de sus actos, me llevaron a decirle: ¡Ahí tenés mis gomas, pendeja chancha! ¡Chupalas si querés!, mientras me levantaba la remerita y la cazaba de los pelos para colocar directamente su boca sobre uno de mis pechos. Brisa no se hizo rogar. Luego de reírse sarcásticamente, atrapó uno de mis pezones con sus labios ardientes, y se dio a la tarea de chupar, succionar y mordisquearlo. A ese, y luego al otro, mientras casi sin quererlo, yo le daba chirlitos cada vez más agudos y ardorosos en la cola.
¡Chupá, enana de mierda! ¿Te calienta chuparle las tetas a tu prima? ¡Sos una lesbianita cochina! ¡Dios te va a castigar, haciéndote comer tetas, conchas, y hasta los culitos de las monjas!, le decía, entre divertida y tan excitada que, ni me había dado cuenta que abría mis piernas como un amanecer receloso para que el tacto de sus dedos juguetee con mi tanga.
¿Querés pajita nena? ¡Dale, abrí las piernas, y seguí chupando así, conchudita!, le decía, mientras mis propios dedos le sobaban la concha sobre su bombacha que se mojaba ligera y despreocupadamente. Ella gemía, me chupeteaba las tetas con unos sorbetones que sonaban por todo el cuarto, y abría más las piernas para que yo la toquetee toda. Yo, de repente le metí una de las manos por debajo de la tanga, y le dije: ¡Pajeame nena! ¿Vos te pajeás en la camita? ¡Bueno, pajeame como te pajeás vos, nenita pajera! ¿A ver si lo sabés hacer?
Mi clítoris ya estaba hinchado, fragante, húmedo y caliente cuando sus dedos lo rozaron, y otros comenzaban a revolver el mar de jugos que se había instalado en mi conchita salvaje. Se me antojaba una pija enorme, o, mejor dicho, una en la concha y otra en la boca. Pero, también habitaba en mis instintos unas desesperadas ansias de lamer, oler y chupar la conchita de mi primita. Nuestros gemidos se agudizaban, el sudor nos enlazaba entre nubes de seducción y juegos inocentes, y los olores de nuestras hormonas se colaban por las cortinas de las ventanas, ¿Abiertas? Yo me volvía loca con la boca de Brisa en mis tetas, y con sus deditos torpes en mi sexo. Ella, me pedía más chirlos en la cola, más sobaditas en la vagina, y que le pellizque las tetitas por entre su corpiño todo babeado por nuestras escupidas anteriores. Y de repente, como si el tiempo se hubiese frotado las manos ante un gran descubrimiento, las dos escuchamos el mismo e inconfundible sonido. La puerta de nuestra pieza abriéndose con estrépito. Era demasiado tarde para ocultar cualquier cosa que estuviésemos haciendo. Ninguna levantó la mirada. Ella siguió con su boca en mis tetas, y yo, mirando al techo, sin poder evitar exclamar un suave: ¡Auchi, bebé!, en el momento en que Bri me frotaba el clítoris una vez más, bajo la presión de mi tanga. Lo que hacía aquellas fricciones mucho más excitantes, peligrosas y pasionales.
¡Se puede saber qué carajos están haciendo? ¿Qué es todo este alboroto? ¡Hija! ¡Por favor! ¡Y, vos también!, dijo mi papá con un tic en el ojo y un tartamudeo difícil de controlar, que por un instante estuvo al lado de la puerta sin poder articular palabra, encontrándose de lleno con la escena vívida y sin retoques, ya que la cama estaba a 20 centímetros de la puerta. Pero luego recapacitó, y cerró la puerta con pasador. Nosotras nos detuvimos.
¡No pasa nada Pa! ¡Solo, jugábamos un rato! ¡Cosas de chicas! ¡Ella, quería aprender a besar a un chico, y, bueno, nada! ¿Ya se levantó mami? ¿Qué hora es?, tiré a la desesperada, intentando sacar a Brisa de mis pechos, que no paraba de chuparlos, como sin medir consecuencias. Aunque, parecía haber perdido todas mis fuerzas, o bien, no tenía intenciones de apartarla.
¡Tío, son juegos de chicas! ¡Andamos calientes! ¡Pasa que tu hija no se anima a decirlo! ¡Por eso, nos estábamos haciendo, bueno, jugábamos un rato, a calentarnos!, dijo Brisa, para que la respiración de mi viejo flote en el aire como un presagio divino de la promiscuidad más afrodisíaca.
¡la bruja ya se levantó! ¡Ya son las 5 de la tarde! ¡Por eso venía a despertarlas! ¡Pero, escuché gemiditos! ¡Nunca imaginé que mi hija, sería una tortillera! ¡De vos, chilindrina, puedo esperar cualquier cosa!, dijo mi viejo, mirándonos como sopesando opciones, pero sin pedirnos que nos separemos.
¿Y así dormís con ella vos, cada vez que viene a casa? ¿En tanga, y en tetas?, me preguntó luego, rozándome la pierna con un dedo acusador. Yo le dije que no, pero que ahora teníamos mucho calor. De inmediato, Brisa me comió la boca de un beso húmedo, en el que me hizo sentir el ataque furioso de su lengua, y mi viejo suspiró como si recordara, después de mucho tiempo lo que era suspirar por algo extremadamente hermoso.
¡Che Paupi, a tu viejo se le paró la pija mal! ¡No entiendo por qué a los tipos les encanta ver chicas besándose, lamiéndose las tetas, o haciendo tijerita con las conchas!, dijo enseguida mi prima, mirando directamente al objetivo principal de su observación.
¡Parece que mi sobrinita, la que no cree en nada, les tiene mucha fe a las cosas grandes!, dijo mi viejo en medio de una risa que amenazaba con iluminarnos como un rayo cegador. Le dio un chirlo en la cola a Brisa, a mí me pellizcó una teta, y enseguida susurró, como si le costara trabajo: ¿Y qué pensás Bri? ¿Por qué a los hombres les gusta ver a las chicas lamiéndose, oliéndose y todo eso?
Mi prima no le respondió. Pero me chuponeó la teta y me mordió el pezón, haciéndome gemir una vez más. Por algún motivo, no tenía miedo del castigo de mi viejo. Algo me decía que, él estaba totalmente imposibilitado de hacerlo. Y de pronto, le agarró una mano a Brisa para posarla encima de la dureza que se ocultaba bajo su short azul marino.
¡Creo que, porque son unos chanchos! ¡A los chicos les gusta ver cómo nos chuponeamos!, dijo mi prima mientras posaba sus labios sobre los míos para comérmelos con unos besos ruidosos, profundos y babosos. Al mismo tiempo, mi viejo frotaba la mano de Brisa en su pija, y apenas ella terminó de hablarle, le respondió: ¡Puede ser que seamos chanchos! ¡Pero ustedes, son unas provocadoras por naturaleza! ¡Lo llevan en la sangre! ¡Se coquetean y bebotean todo el tiempo! ¡Además, los perfumes de las adolescentes, son deliciosos! ¿Te gusta el olor de las tetas de tu prima? ¿Y comerle la boquita así? ¡Dale nena, comela toda, metele la lengüita, y mordele los labios despacito!
¡Y la hija de puta le obedecía en todo! ¡Qué mal que besaba! ¡Pero cómo me calentaba cuando me sorbía la lengua, o me estiraba los labios con los suyos, o me olía la boca, o me frotaba los pezones con sus tetitas! Y al mismo tiempo, mi viejo empezaba a jadear cada vez más empalado, metiendo la mano de brisa por adentro de su short. Entretanto le decía, sin dejar de frotarle la cola con la otra mano, o de darle algún que otro chirlo: ¡Así chiquita, apretá, pero no te hagas la viva! ¡Solo por arribita del bóxer! ¿Estamos? ¡Así se nos pone la verga cuando vemos a nenas chuponeándose! ¡Dale, apretala más, así la calentás bien! ¡Es como calentar una mamadera! ¡Aparte, tenés las manos calientes bebé!
¿Qué le pasaba a mi viejo? ¿Desde cuando era tan pervertido con mi prima? ¿O era la primera vez que le pasaba? ¿Tanto lo habíamos excitado? Igual, yo no podía razonar con claridad. Brisa seguía chupándome las tetas, y la sola idea de imaginar lo que su manito le estaría haciendo a la verga de mi viejo, me ponía re loquita.
¡Vamos nena, andá bajando con esa boquita, y lamele la panza a tu prima! ¡Y, después, volvé a subir para comerle las tetas de nuevo! ¡Y seguí apretándome así! ¿Viste cómo se endurece? ¡Te digo que, antes de la merienda, me parece que te vas a tomar flor de mamadera!, dijo mi viejo, mientras él mismo asía la cabeza de Brisa para conducir sus besos babosos hasta mi abdomen, mi ombligo y los costados de mi pancita, y luego volver a colocarla sobre mis tetas, donde su lengua seguía lamiendo, sus dientes mordiendo, y su saliva regalándome un montón de mariposas en la concha. ¿Por qué mi viejo no le pidió que me la chupe?
Y entonces, casi sin darme cuenta cómo pasó, mi prima estaba arrodillada sobre la cama, a mi lado, con sus dos manitos envolviéndole la pija desnuda a mi viejo, con una carita de trola que, jamás hubiese creído que pudiera pertenecerle. Él se acercaba para manosearle las tetas, y también para frotarle la conchita y luego ponerle la mano en la cara.
¿Te gusta tu olorcito bebé? ¡Dale, oleme la mano nena, que tenés la bombacha hecha un río! ¡Se ve que te mojás mucho cuando te alzás! ¡Y vos hija, no me mires la pija, que soy tu padre! ¡Está mal que nosotros, o, mejor dicho, que, entre nosotros, lo que sea! ¿Me entendés?, decía mi viejo, sumido en un torbellino de emociones que podían leerse en cada tramo de su piel. Yo no salía de mi desconcierto. Pero aún así empecé a pajearme, sin importarme que me miren o me escuchen. Mi viejo, me pegó en las manos y me pidió que me saque la tanga.
¡Dale Pau, sacate eso, y después, sacale la bombachita a tu prima! ¡Hay que darle un poquito de aire a esa conchita! ¡No sabés cómo la tiene la pendeja!, dijo mi papá, mientras apoyaba su pija en las tetas de Brisa, sin moverse ni hacer el menor esfuerzo por recibir estímulos. La sola idea de tocarle los pezones con el pito parecía motivarlo demasiado. Al fin, cuando estuve totalmente desnuda, mi viejo me quitó la tanga de las manos y se la acercó a la cara a mi prima. Le dio un par de cachetadas con la pija y luego con las manos, mientras le decía: ¡Olela nena, vamos, decime si te gusta el olor de tu primita! ¡Es mi hija también! ¿te calienta su olor a conchita?
¡Sí tío, me encanta! ¡Tu hija, tiene olor a puta, a re putita! ¡Se ve que se la pasa cogiendo! ¡Además, es re linda su tanguita!, dijo mi prima, con la voz cada vez más tomada por la calentura que le hervía en la sangre. Entonces, mi papá me ordenó que le saque la bombacha mientras él la sostenía de pie sobre la cama, y que luego le pegue con ella en las nalgas. En ese momento, mientras los azotes sonaban en el cuarto, y los chillidos de Brisa me taladraban el cerebro, vi que mi viejo le apoyó un dedo en el orificio de la vagina. Pero luego volvió a arrodillarla con cierta violencia sobre la cama, y le acercó el pito a la boca, mientras le decía: ¡Abrí nena, dale, tomá la mamadera, que se hace tarde, y la lechita se enfría!
Lo próximo que escuché fue una especie de arcada que provino de la boca de mi prima. Pero luego, empezaron los besos, chupones, sorbetones, lamidas, escupidas y algunos eructos. También algunas toses, y una risita cantarina de vez en cuando, en los momentos en que mi viejo le sacaba el pito para mirarle la boca, o para pedirle que se la sople, o respire bien pegadita a su glande. Yo, no podía parar de oler la bombachita de Brisa, de pasármela por las tetas, ni de pegarla a mis labios para besarla. ¡Jamás me había pasado eso con una chica! ¡De hecho, siempre me consideré amante de la pija! Y entretanto, los ruiditos de la boca de mi prima llena de la pija de mi viejo, y los propios de mis dedos en mi conchita me desesperaban. ¡Necesitaba hacer algo! ¡O que me hagan lo que quieran!
¡Y? ¿Qué onda eso Paupi? ¿A qué huele la bombachita de tu prima?, me preguntó mi viejo, articulando algunas palabras después de mucho tiempo de apenas balbucear o gimotear.
¡Es una roñosa papi! ¡huele a pis! ¡No se sabe limpiar la concha la nena! ¡O, por ahí, ni siquiera se baña! ¡O se pone siempre la misma bombacha!, dije, con el pecho a punto de salírseme del cuerpo, pajeándome con mayores fricciones, y oliendo especialmente el trozo de bombacha que se fundía en la vagina de Brisa.
¡Entonces, no me equivoqué con esta nena! ¡Huele a pis, porque es una petera! ¡Las peteras se mojan, y a veces se hacen pis! ¿No cierto bebé? ¡Dale, exprimila toda, sacame toda la lechita!, decía mi viejo, sin detener las penetradas de su carne erecta en la garganta de Brisa, que ahora ya no emitía otro sonido de el de feroces atracones, eructos y escupidas. Y luego, mi viejo le devolvió el aire tras un terrible siglo en el que permaneció con su pija clavada en el esófago de mi prima, con la decisión de separarle las piernas y olerle la conchita. Eso lo llevó a una más urgente y despiadada. Pero no se lo podíamos reprochar. Agarró a mi prima de las caderas, la ubicó con sus ojitos extraviados al centro de la cama, y casi que acomodándola en cuatro patas le mordió el culo, y le pasó la lengua por toda la concha. No había vuelta atrás, ni juramentos, ni un castigo posible, ni rezos, ni libertades más cercanas a la divinidad. Ni bien mi viejo la aferró de las caderas, Brisa evidenció que la pija durísima de mi viejo había entrado en su conchita, y que comenzaba a colmarla de terremotos, placeres, cosquillas y volcanes.
¡Uuuy, qué apretadita la tenés mi amor! ¡Así, al fin, se la meto en la conchita a una pendeja mal educada, estrechita y mal vestida! ¡Sos una atorranta! ¿Sabías? ¡Te encanta la pija en la boca, y en la concha! ¡Te lo vi en esos ojitos de gata que tenés! ¡Y vos Paupi, dejate de joder! ¡Levantate de ahí, y ponele la concha en la boca a esta gritona!, dijo mi viejo, justo cuando Brisa empezaba a cargar sus pulmones con más aire para gemir a sus anchas, sin importarle que esto no era la ciudad donde ella vivía, que a nadie le importaba nadie. Acá, era un pueblo, y cualquiera podía escucharnos. Incluso la tía, ¡Y ahí sí que se armaba! Así que, enferma por los aromas de mi prima, impulsada por una obsesión que me desconocía, me hinqué al frente de la humanidad de esa mocosa engreída. Enseguida acallé sus gemiditos con mi pubis, ni bien la agarré del pelo para dirigirla allí. Le hice chupar los dedos que yo misma me frotaba, y luego le pedí, sin mesura ni vergüenza: ¡Dale pendeja, pajeame, chupame la argolla, mordeme la concha nena, esta concha de puta que decías que tengo! ¡
¡Así se habla hija! ¡Pedile que te haga acabar! ¡Quiero que te meta los dedos en el culo también, y que te encaje la lengua bien hasta el fondo, y te la revuelva con esos deditos de mocosa villera que tiene!, se sumaba la voz de mi viejo al escandaloso ritmo de sus pubis pegándose como espadas sagradas, mientras la babita de Brisa me producía una electricidad en el clítoris que jamás había alcanzado. Y, obedecía casi que al pie de la letra. Sus deditos inspeccionaron mi culo, y sus pellizcos por mis nalgas me revelaban nuevas sensaciones. Casi tanto como sus rasguños, sus chupadas violentas a mi clítoris, y el estremecimiento que la embargaba cada vez que le retocíamos los pezones con mi viejo. Él, seguía bombeando con rtodo en el interior de su vagina, insistiendo con que le encantaba lo estrechita y caliente que la tenía. Hasta que creímos, o tal vez sucedió de verdad, que la tía golpeó la puerta. Y al fin, todo se desencadenó al mismo tiempo. Mi viejo la agarró de la cintura, y le apretó bien fuerte una teta, y mientras le decía: ¡Sacá bien el culito para atrás, perrita sucia!, comenzaba a sudar como si tuviese un tsunami de infiernos desbocados que solo podían traducirse en una cosa. ¡Le estaba llenando la conchita de leche a mi prima! Y casi que, al mismo tiempo, una sacudida conocida me palpitaba en el pecho, obligando a mis huesos a volverse como de gelatina, mientras yo misma me frotaba la cara de Brisa en la concha, y se la empapaba como si una lluvia bendita emergiera de mis entrañas. Yo no grité, ni gemí. Y por suerte Brisa tenía mi sexo en la cara cuando su orgasmo no la dejaba silenciarse ni por un instante, mientras toda la leche mi viejo estallaba en sus recovecos de nena rebelde.
¡Ahora, vos Paupi, te ponés esa tanga, la remera, y algo abajo! ¡Tu mamá ya debe estar armando el mate para irnos al patio! ¡Seguro que debajo de la parra! ¡Y a vos, nena, ni se te ocurra lavarte la cara, ni la conchita! ¡Te ponés la bombacha, el short, y remera, sin corpiño! ¡Yo voy a salir! ¡Más o menos calculen unos 10 minutos antes de aparecerse en el patio! ¿Estamos?, dijo mi viejo, ya vestido, con una mano en el picaporte, despeinado y con un brillo distinto en la mirada.
Fin
Recordá que este, o cualquier otro relato del blog, podés pedírmelo en audiorelato, a un costo más que interesante. Consultame precios y modalidades por mail.
Este es mi correo ambarzul28@gmail.com si quisieras sugerirme o contarme tus fantasías te leeré! gracias!
Acompañame con tu colaboración!! así podré seguir haciendo lo que más amo hacer!!
→ Cafecito nacional de Ambarzul para mis lectores nacionales 😉
→ Ko-fi mundial de Ambarzul para mis lectores mundiales 😊
Te podes enterar a través de X de todo lo nuevo que va saliendo! 🠞 X
sin duda uno de los mejores relatos de incesto que escribiste!!! ni te cuento como tengo la pija desp de leer esto jajaj buenisimo!!!
ResponderEliminarJejejeje! Bueno, muchas gracias por leerme! Por aquí estaré, con más historias incestuosas!
Eliminar