Ella quería leche

 

Fue una locura. Nadie planeó nada, ni pensó en que las cosas podrían tener tamaño desenlace. Y, si así hubiese sido, las cosas no se habrían dado de la misma manera. Y lo extraño fue que ninguno supo ponerle frenos a nada. Ni siquiera mi novia. Ella, que tenía conceptos morales bien arraigados. O al menos, eso creíamos mis hermanos y yo.

Maira y yo habíamos terminado de almorzar con mis viejos, un tío y un par de amigos de la familia, en el patio de la casa que tanto trabajo le costaba mantener ordenado a mi vieja. Hicimos una ronda de truco, tomamos un cafecito que preparó mi vieja, y al toque noté que la mano de mi novia empezaba a cargosearme la pierna, buscando hacer contacto con mi pija, de una forma irrevocable. Hacía un mes por lo menos que no teníamos sexo, gracias a mi carrera de contador, y sus obligaciones en su trabajo. Era un domingo soleado, plagado de jazmines y primavera, y con toda la alegría de saber que se nos aproximaban las fiestas de fin de año. Entonces, cuando al fin logramos zafar de las charlas familiares, me levanté, y Maira hizo lo mismo. Les pedimos permiso para ir a ver un poco de tele, bajo la condición de volver al rato para una nueva partida de truco. Mi viejo tuvo que frenar los comentarios obscenos de mi tío, que intentó decir algo como: ¡Claro, con ese par de tetas se van a a mirar la tele, pajarón! ¡No creas que yo me chupo el dedo! ¡Aprovechá campeón! ¡Así le arrancás otras sonrisas!

Maira se sonrojó, yo quise replicar, y mi madre abría un nuevo vino para la sobremesa, mientras al toque dejábamos que la oscuridad de la casa vacía nos trague por completo. Nos re chapamos en el living, y pensamos en hacer una pequeña previa de besos con lengua, chupaditas y manoseos en los sillones. Pero desde allí la música y el quilombo de las conversaciones se escuchaban como amplificadas por el aire. Además, no queríamos que nadie nos vea si entraban a la cocina por hielo, más vino, birras o postres. Así que, nos mandamos a mi pieza. Casi no hablamos. Extrañábamos más nuestros cuerpos que nuestra vida social, anécdotas o formalismos. Ambos teníamos 23 años, y la piel desaforada. Ni bien empecé a recorrerle el cuello con los labios, la lengua y los dedos, ella me bajó el jean y el bóxer para desatar una paja frenética en mi verga dura como un pepino. Se la apretó contra la concha, luego se dio la vuelta para pegar sus manos en un trozo de pared que encontró, y me dijo: ¡Fregámela toda en el orto, guachito!

Ya eso me pareció raro, porque, en los casi dos años que llevábamos de relación, no se nos daba por usar un lenguaje sucio, digamos. Pero, a mí casi se me explota la verga al escucharla así de desinhibida. Entonces, ni bien se bajó un toquecito la calza beige, la agarré de la cintura y le froté la verga desnuda contra las nalgas, mientras le manoseaba las tetas por adentro de la remerita y el corpiño, y ella repetía con la voz mojada de gemidos: ¡Apretame los pezones, que me re calienta eso! ¡La siento re dura en el culo! ¡Así, apretala más!

De repente, la sentí agazaparse sobre mí como una gacela en celo, en tetas, con el corpiño en una de sus manos como si se tratase de un látigo, y con mis piernas torpes, intentando dirigirnos a mi cama. allí, tuve la sensación que las paredes podían arder tanto como nosotros. Sobre todo, cuando Maira se arrodilló sobre el revoltijo de ropas en el suelo para lamerme, olerme y chuparme la pija como nunca lo había hecho.

¡Estás re desatada mi amor!, le dije estúpidamente, sin comprender si debía ser dulce, romántico, guarro, o si llevar todo al extremo. Ella, luego de verter una catarata de saliva sobre mis huevos, y de pegarse con mi glande en la cara, dijo: ¡Sí, estoy calentita nene! ¡Quiero tomarte toda la leche! ¡Y más todavía, porque estoy en la casa de mi suegrita! ¡Ella no sabe que la Mairita ahora le va a sacar toda la lechita a su hijo! ¿Me la vas a dar?

Supe que no me quedaban opciones. Empecé a sofocarle la boca con mi caño hinchado, a asfixiarla como sus ojitos me lo pedían, a prometerle que le iba a maquillar la cara cuando la leche me salte como un torpedo, y a ordeñarle las gomas desnudas, calientes y con sus pezones como dos frutillas. Ella tosía, se ahogaba con su saliva y mis vellos, se metía mi glande en sus fosas nasales como drogándose con su aroma, y cuando volvía a sumergirla en su garganta, parecía que un tobogán suave y caliente me la deglutía con ansias, colmándola de arcadas, eructos y más chorros de saliva espesa. Las palabras se perdían en cada corcovo impreciso, jadeos entrecortados y gemidos como mil gotas de una llovizna perversa. Hasta que, harta de tragar, lamer, succionar y mamarla cada vez más hasta el fondo, mi novia le regaló el tacto suave de sus tetas a mi pecho desnudo, a mi boca, mi abdomen, y al fin a mi pija expectante. Cuando la atrapó en el calor de su maternidad, me la estrujó con violencia, desesperación y una felicidad que le hacía salivar la boca. Su bombacha también mostraba signos de debilidad, de un fuego sagrado ardiendo en su vientre. Supongo que fue cuando le dije algo como: ¡Ya me viene la leche guachita! ¿A dónde la querés? ¿En las tetas? ¿O querés que te llene bien la conchita?, que ella se me tiró encima, y, mordiéndome la boca como una virgencita inexperta se corrió la bombacha, frotó su concha mojada en todo lo largo de mi verga, y no paró de frotarse hasta que mi glande la atravesó en medio de un cosquilleo tan intenso que, nos hizo gemir al mismo tiempo. Sus chillidos, jadeos y palabritas cada vez más sucias me conducían a clavarla más, a profundizar en sus jugos, a chuparle las tetas con pasión, a nalguearle el culo sin importarme el sonido de sus estruendos. Todo nos enloquecía, nos enredaba y encendía peligrosamente. Ni siquiera habíamos sido conscientes de cuidarnos, ni de preguntarnos nada. Incluso, tampoco habíamos tenido el recaudo de cerrar la puerta como corresponde. Me enteré cuando ella me pellizcó un brazo y me clavó un codazo en las costillas para que detenga el galope de mis envestidas. Por un momento me asusté.

¿Qué hacen ahí, manga de giles? ¡Cierren la puerta!, dije impávido, sin dejar de aferrarle el culo a mi novia, a quien de pronto observé que le brillaban los ojos como de una picardía que jamás le había visto. Entonces, sí traté de serenarme. Es que, no podía entender cómo era que mis hermanos, Pablo de 20 y Patricio de 26 estaban cada uno a un lado distinto del marco de la puerta abierta, mirándonos alucinados. Pablo ni siquiera disimulaba la erección que le marcaba el pantalón. Patricio abrió la boca, pero no supo qué decir.

¡Bueno chicos! ¡Hey, perdonen! ¡Pasa que, con Feli estábamos, un poquito quenchis! ¡Prometo que, nos vamos a cuidar la próxima!, balbuceó Maira, sin cubrirse absolutamente nada.

¡Che, boludos, ya la escucharon! ¡Tómense el palo! ¡Estoy con mi novia!, les dije, sin entender si estaba nervioso, enojado, intimidado, sorprendido, y mala onda por haber cortado con el fuego que nos guerreaba en la sangre.

¡Che gordo, no los trates así! ¡Después de todo, yo soy la desubicada!, dijo Maira, parando las tetas, y retomando el franeleo de su culo contra mis piernas; lo que conciliaba nuevos deslices de mi pija en el interior de su vulva, de donde aún no había salido.

¿Qué decís Mai? ¡Ellos son los pajeros que, encima, se quedan mirando!, dije, esta vez sí con cierta antipatía.

¡Y bueno! ¡si vos querés, pueden pasar! ¡Ando re alzada hoy Feli, posta! ¡Necesito, no sé, más lechita! ¿Ustedes, quieren? ¡Vos Pablito, sos un bebote! ¡Pero, Patito, vos, ya vi que tenés lo tuyo!, se expresó Maira, totalmente desconocida para los sentidos de mi cuerpo. Pero, acaso, cegado por el néctar de su concha rodeándome la pija, el olor de sus tetas en llamas, o el roce de su lengua en mi cuello, no me dejaban tomar ninguna decisión que no fuese la de satisfacerla con todo lo que tenía. No pude detenerme a pensar en que, mi novia, el amor de mi vida, ahora estaba tan caliente que, quería enfiestarse con mis hermanos. ¡Y para colmo, los guachos entraron como si nada! Patito cerró la puerta con pasador, mientras explicaba que hace un ratito habían llegado los abuelos, justo unos minutos antes que ellos.

¡Boludos, posta! ¿Qué carajos hacen acá? ¡No se coman cualquiera! ¡Mejor, dejemos todo acá! ¡Aparte, ya hablamos con vos Pato! ¡Te dije que la próxima vez que le mires las gomas a Mai, se te pudre todo! ¡Dale, váyanse, que la Mai está re loca!, dije, tratando de encontrar algo de realidad en el desconcierto que me metí, solo por escuchar a las palpitaciones del clítoris de mi novia. Pero ella, sorprendida por mi confesión, o por saberse admirada por mi hermano, empezó a moverse más rápido, a pedirme la pija más adentro, y a sacarle la lengua a Pato, mientras se retorcía las tetas. El gesto fue más que claro. Por eso, enseguida, mientras yo seguía penetrándola cada vez más cebado, Patito se acercó para tocarle las tetas, y no tardó en mamárselas. Se las refregaba en la cara, gimoteaba entre ellas, y les decía: ¡Fuuuuf, qué tetas tiene mi cuñadita! ¡Qué ricas tetas mamu, por dios, qué pedazo de gomas te echaste nena!

¿Te gustan, pajero de mierda? ¡Chupalas más entonces! ¡Comeme las tetas! ¡Y vos amor, dame pija! ¡Llename la concha de pija! ¡Y vos, pajeate bebé! ¡Dale, bajate todo, que quiero mirarte la pija! ¡Aaaay, síiii, siempre quise cogerme a tres hermanitos!, dijo la desfachatada de Maira, dejándonos atónitos, pero llevándonos a un lugar en el que no parecía haber un retorno lógico. Afuera el jolgorio seguía, y al parecer, alguien rompió una botella de algo, o una copa. Yo, así como estaba, sentía que la leche se me había evaporado de las bolas. Pero no podía parar de envestirle la conchita, de nalguearla, de presionarle el cuello diciéndole que estaba loca de remate, y delirando con los chupones que mi hermano le tatuaba en las tetas. Hasta que Pablo empezó a hacer ruiditos con su pija. ¡El asqueroso se masturbaba oliendo el corpiño de Maira, antes de fregárselo por la chota! Cuando Maira lo vio, esbozó una risita de trola que derritió al poco oxígeno que había en el cuarto, y le tiró su bombachita para que se le anestesien los sentidos con su aroma. Y, entonces, apenas deslizándose por mis piernas, ayudada por todo el sudor y las humedades que exudaban nuestras pieles, Maira se levantó de mi cuerpo, revoleó su melena rubia con satisfacción, se arrodilló lentamente sobre la cama, y mientras Patito y yo le obsequiábamos algunos chirlos en el culo, ella me decía: ¡Quiero que me des en cuatro, amor, como a una perra en celo, porfis! ¡Y, bueno, voy a necesitar un chupete en la boquita, para no gritar! ¿A quién querés que le saque la leche más rápido?

¡Estás hecha una puta Maira! ¿Qué te pasa gorda? ¡Te desconozco!, le dije, luego de un azote especialmente crudo, que la hizo chillar con ganas.

¡Bueno gordo, por hoy, desconoceme! ¡Después de esto, te prometo que soy tuya para siempre! ¡Es más, puedo hablar con mi prima Silvana, para que te la cojas! ¿No te gusta la coloradita esa?, ironizó, sabiendo que nos repelíamos a instancias inimaginables. Entonces, me acomodé tras ella, me aferré a sus caderas, y aún con los pies en el suelo logré ensartarle la verga en la concha, que seguía latiéndole con vehemencia.

¡Elegí vos, al que quieras, zorrita! ¡Total, seguro que los tres te vamos a lechear toda!, se me ocurrió decirle, en el momento en que la matraca de mi pubis me envalentonaba a darle y darle. Ella gemía suavecito, y dejaba que Patito le amase y ordeñe las tetas, y se apropiaba de la dureza de su verga para pajearlo escandalosamente. Fue una sorpresa descubrir que, casi sin darnos cuenta, Pablito le acercaba la pija a la cara, aún sin bajarse el calzoncillo.

¡uuuy, bebé! ¡Se nota que sos el más chiquito, el más tímido! ¡Ni te animaste a bajarte el calzón bebé! ¡Dale, pelá esa verga, cacheteame la carita! ¡Dale, que la tenés re dura! ¡Apurate, o se la chupo a Patito!, le decía Maira, cada vez más al borde de gritar por el ritmo de mis arremetidas, y pajeándole la poronga a Patito que, le pellizcaba las tetas, diciéndole cosas como: ¡Así nena, llorá, así te pellizco estas gomas hermosas! ¡Y mamale la pija al chiquito, dale, que es flor de pajero ese boludo!

¡Dale forro, moreteale las tetas, hacela llorar a la putita! ¡Y vos enano, enguascale la cara de leche! ¡Dejala que te la chupe, que te la mame bien mamada! ¡Es re salvaje la Mai con una pija en la boca! ¡Siempre fue re petera! ¿No mi amor?, me escuchaba decirles, como una proclama imposible de cuestionar, mientras seguía taladrándole la concha a Maira, cada vez más seguro de hacer lo que ardía en mi interior. Así que, luego de ver cómo Maira se atragantaba de las pijas de mis hermanos, (Porque enseguida Patito quiso conocer de sus habilidades mamatorias), y de disfrutar de sus gemidos cuando entre los dos le mordisqueaban y mamaban las tetas, mientras yo continuaba desflorando su sexo, tomé las riendas del asunto, y al fin exclamé: ¡Basta gorda, cortala, que ahora, te la quiero dar por el culo! ¿Te la aguantás? ¡Yo te la doy en el orto, y el Pato, por la concha!

Maira dejó que sus ojos se llenen de lágrimas, y de inmediato se acomodó en el centro de la cama. Patito y yo nos arrodillamos, él al frente de ella, y yo por detrás. Fue una suerte de jueguito previo entre chupones a sus tetas, cuello y hombros, más varios chirlos y apoyadas deshonestas… hasta que al fin la pija de mi hermano le atravesó la conchita, y casi al instante, la mía se ubicó en su agujerito caliente, presionado por ese buen par de nalgas. Pablito intentaba ponerse de pie sobre la cama con todo el equilibrio posible, y Maira lo recompensaba comiéndole la pija como una verdadera sedienta de semen. No me animaba a penetrarla del todo. Pero el ritmo que pronto Patito empezó a ofrecerse a su conchita, me obligaba a hundirme cada vez más. Y al fin, escuchamos el quejido de Pablo cuando mi verga le llenó el culo por completo, porque Maira, sin querer le mordió la pija. Pero ni eso le importaba al guacho, ni a ninguno de nosotros. Además, era una delicia escucharla decirle al nene: ¿Te gusta que te escupa la verga? ¿Te calienta cómo te la babeo, me la trago así, y le paso la lengüita por la cabecita? ¿Me la vas a dar toda en la boca, chancho? ¿Quiero pija de nene, quiero lechita de nene pajero!

Entonces, Pato empezó a darle con todo, a decirle que la iba a embarazar, a cachetearle las tetas, y a soportar que él le diga todo el tiempo, cuando no se atragantaba con la pija de Pablo: ¿Pegame forro, así, que te encanta pegarle a la hembra de tu hermano! Y entonces, hubo un instante de silencio de aquella voz de seda y calentura, mientras Pablo gimoteaba como al borde de sufrir un ataque de identidad. Eso era porque, la lengua de Maira había hecho un excelente trabajo, y ahora su garganta se lubricaba con toda la leche que ese pendejo le preparó como el mejor de los regalos a tanta sed de mujer desenfrenada. Cuando al fin terminó de tragar, siguió lamiéndole la verga y las bolas, aún con mi pija enterrada en el culo, y con la de Patito tomándose un descanso, aunque abriéndole bien la concha porque, el zarpado se la fregoneaba contra el pubis, sabiendo que su clítoris se lo agradecía fervientemente.

Luego, nos pareció escuchar gente adentro de la casa. Pero Pablo nos tranquilizó al recordarnos que la puerta estaba cerrada, mientras trataba de bajarse de la cama, aún con la mano de Maira en su pija todavía tiesa, cubierta de baba y restos de semen. Y entonces, fue el momento en que Maira tuvo su primera ola de orgasmos. Fue mientras Patito la tenía bien empijada por la concha, y se la fregaba como siempre, al mismo tiempo que yo le daba duro por el culo, le mordisqueaba el cuello y le pellizcaba los pezones. Ahí fue cuando tuvimos que taparle la boca. Incluso Patito le presionó el cuello, y eso, a Maira le hizo largar su primer chorro fuerte. Patito medio que se horrorizó al principio, pensando que Maira se había meado encima. Pero, había tenido un squirt apoteótico, un orgasmo profundo y repleto de alaridos, ya que su pija seguía adentro de su concha, y su pubis se fregaba en su clítoris. Además, el turro se lo frotaba con algunos dedos, y le mordía la boca. Cosa que a Maira le calienta en grado sumo.

¿Qué pasó Pato? ¿Ninguna guacha te hizo pis en la pija en el boliche? ¡Tenía mejor concepto de vos! ¡Según mis amigas, te volteás a unas cuántas nenas en los reservados del boliche de Escobar!, le refirió Maira, mientras mi pija seguía penetrándole el culo, y otro orgasmo le sacudía las entrañas, encharcaba el colchón en la cama, y se estrellaba en el pubis de mi hermano. Hasta que entonces ella recordó que estábamos cerca de la hora de la merienda. No recuerdo cómo fue, pero, al toque estaba arrodillada en el suelo, con su boca yendo y viniendo de mi pija a la de Patito. Incluso, durante algunos tramos de su peteada asquerosa, ruidosa, repleta de baba y mocos, se metió ambos glandes en la boca. Ahí fue cuando yo no aguanté más, y le largué toda la leche por todos lados. Le hice lamer el piso para que no desperdicie ni una gota, el acolchado, y hasta su propia calza que también se había visto involucrada entre tantas salpicaduras. La pendeja me miraba a los ojos mientras la saboreaba y la tragaba, y Pablo volvía a estar empalado, mirándola con devoción. Y, casi sin darnos tregua, Patito se la sentó encima. O, mejor dicho, yo la empujé para que cayera sobre las piernas de mi hermano, quien, casi sin esforzarse se la calzó en la concha, y luego de un par de buenas cabalgadas de las caderas de mi novia, Patito empezó a verter toda su leche en el interior de su conchita, haciéndola alcanzar un nuevo orgasmo. Pablo le tapó la boca con su propio corpiño, mientras le re manoseaba las tetas. Patito le decía que era una putita de mierda, una regalada, una viciosa… pero también que tenía una concha re caliente, y que nadie le había mamado la verga como ella. todo mientras su semen espeso le colonizaba el vientre, le chorreaba un poco por los muslos, y le ofrecía a la mente de mi novia un sinfín de nuevas oportunidades de disfrutar del sexo.

Luego, cuando los jadeos cesaron, el olor a semen, a concha y a pieles satisfechas flotaban por el aire, cuando las miradas no querían encontrar receptáculos, cuando nadie quería oír palabras, cuando nunca había sido tan urgente vestirnos para ocultarnos de tan tremenda aventura, Maira rompió el hechizo cuando dijo: ¡Chicos, solo lo aclaro porque, no quiero mambos! ¡Hoy, andaba re alzada! ¡Felipe lo sabía! ¡No planeamos nada, y no lo vamos a hacer nunca más!

¡Tranqui Mai! ¡Fue esto, un toque! ¡Vos sos la novia de mi hermano!, dijo Patito, adelantándose a mis palabras torpes, las que aún no se acomodaban en mis labios.

¡Bueno, sos la hembra de Feli! ¡Estás tremenda nena! ¡Ojalá me toque una minita así!, dijo Pablo, con su forma tan natural de tomarse las cosas, mirando hacia la ventana, donde había ido a parar la bombacha de Maira.

¡Bueno che, o sea, ya fue! ¡Todo aclarado! ¡Así que, no se hagan los boludos con la Maira, porque se les pudre!, dije, poniendo mi mejor cara de asesino.

¡Todo aclarado amor! ¡Pero bueno, por las dudas, no dejemos la puerta abierta cuando, cuando yo esté así de alzada! ¡Porque, va a ser nuestra culpa! ¡Igual, me gustó quedar así, toda agujereada!, encendió la mecha mi novia, meneando sus tetas desnudas, agarrándoselas con las manos, como ofreciéndonos su fertilidad una vez más.     

Fin

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