Upa a la gordi

 

Gisella es una nena hermosa, gordita, amante del chocolate, las tortas con crema, sonriente y bastante obediente. Hoy tiene 14 años, y lo que les narraré comenzó más o menos hace tres, a meses de haberle festejado sus 11 añitos, en vista de lo que, al principio, solo eran sospechas. Digamos que, es morochita, de tetas bien formadas, chiquitas y blanquitas, (Porque no le gusta tomar sol), con una cola mucho más atractiva, paradita y pulposa, unos ojos verdes repletos de picardía juvenil, una vocecita sugerente todo el tiempo, una boquita celosa del aleteo de las mariposas en primavera, y unas manos casi tan curiosas como su mente precipitándose a cada paso que da a los infortunios menos cerca de la ética y la moral. Siempre fue buena alumna en el cole, aunque nada sobresaliente; tiene pocas amigas, y no le atraen las redes sociales. Con su madre se lleva bien, aunque entre ellas se tiran la bronca por el orden de la pieza, o porque a mi esposa no le gusta que ande sueltita de ropa, o en paños menores por las noches. De modo que, me acostumbré a ver a mi hija en bombachitas y remeras, descalza, con el pelo enredado, manchada de cualquier cosa que comiera mientras veía tele, o haciendo gimnasia en el patio de casa.

¡Fede, andá a decirle a tu hija que se vista! ¡Hace rato que está sentada a upa de tu hermano! ¡Le va a dejar la camisa toda manchada de helado, y después, a tu cuñada no hay quién la soporte!, me dijo una vez mi esposa, mientras los grandes jugábamos al truco en la cocina, y mi hermano se divertía con los más chiquitos en el patio, en uno de esos fines de semana que nos juntábamos a disfrutar en familia. Era cierto que Gisella estaba en bombacha, y con un vestidito medio cortón, tomando helado, sobre las piernas de mi hermano. Pero no me pareció tan grave. Esos comentarios volvieron a mis oídos al sábado próximo, cuando nuestra hija bailoteaba con mi cuñado, sus primos y primas, algunos amiguitos del barrio y su tía en el patio, también en calzones, una remerita larga, y descalza. Se suponía que estaban jugando a algo que conllevaba quitarse prendas, y Gisella venía perdiendo categóricamente. Sin embargo, las alarmas se encendieron al fin en mi cerebro iluso cuando, otra tarde Miriam me dijo con el rostro serio: ¡Cuchame, pedile a Gisella que se baje de las piernas de tu hermano! ¡Ya no tiene edad para hamacarse, o que le hagan caballito!

¿Qué decís Miri? ¡Es una nena, y el Félix, es su tío!, le dije, quizás más pendiente de no levantarme del sillón y perderme el partido que veía en la tele.

¿Vos la viste bien a tu hija? ¡Tiene 11, pero las tetitas ya se le calientan, y ya se moja la cama, y las bombachas! ¡Y no es que se haga pis! ¡La nena está creciendo Federico! ¡No puede andar en calzones a upa de los grandes! ¿Entendés lo que te digo?, sentenció mi esposa, y tal vez, presa de sus propias palabras, me pidió perdón por haber llegado tan lejos con un beso en la boca. Aquel beso me encendió al toque. Fue extraño tener esa sensación de ese beso húmedo, caliente y prometedor en los labios, mientras unos segundos más tarde hablaba con mi hija, quizás, mirándola como no lo había hecho hasta entonces. Pero todo aquello se diluyó, naturalmente, con el fragor del día, el partido, el truco posterior con mi hermano, y las cervecitas que compartimos.

Cuando se hizo de noche, Gisella se me sentó encima mientras yo veía una pelea de boxeo. Miriam descansaba, tras quejarse de todo el itinerario de actividades del día siguiente. Al parecer, la gordi sólo pretendía convidarme un pedacito de alfajor. Le dije que no quería. Pero ella llevó el alfajor a mi boca, y me obligó a morder un pedacito.

¡Dale Pa! ¡posta que te va a re gustar! ¡Tiene frutos rojos!, me insistía, y al fin le di una mordidita. Fue curioso sentir su dedo en mis labios, a preciados segundos de que su vocecita me asaltara, sin más: ¡Papi! ¿Por qué me retaste por estar a upa del tío? ¡Todavía no lo entiendo!

Volví a explicarle que está creciendo, que debe comportarse, guardar las formas de su vestimenta, y otros elementos más. Entonces, ella repiqueteó con sus palabras: ¡Pero, a mí me gusta que el tío me haga caballito! ¡Es divertido! ¿Me lo hacés? ¡Sólo, tenés que mover la pierna, como si fueses un caballito! ¡Y yo, bueno, me agarro de tu remera! ¿Dale?

Yo lo hice, mientras ella se deglutía lo que quedaba de alfajor, y luego chasqueara la lengua al ritmo de mi galope. Lo vi inocente, y hasta estúpido. Era cierto que nunca se lo había hecho. Pero Gise y yo, no necesitábamos ese tipo de contacto para llevarnos bien. ¿O sí, y jamás me lo había planteado? La cosa es que, no podía explicarme el porqué de la erección silenciosa de mi verga. ¡Solo le hacía caballito a mi hija! Sí, pero, estaba con un shortcito, y era cierto que sus tetitas se desarrollaban a pasos agigantados. De hecho, su espalda parecía no contenerlas demasiado. Pero su olor era el de una nena inquieta. Incluso, me pareció detectar una pizca de olorcillo a pis. Se lo dije, y ella se me burló, diciendo que estaba grandecita para eso. Aún así, esas palabras, y su aroma disuelto en el aire, lograba que mi pija siga creciendo, sin una respuesta clara, ni lógica.

Y entonces, a días de haber terminado el colegio, mientras todos encendían las luces de sus arbolitos navideños, me puse a desarmar una moto en el patio de casa. Mi esposa había salido, y mi hermano tenía que venir a darme una mano. Después de todo, la moto era de él. Y ya había comenzado con las actividades, cuando escucho una bocina en la calle. Esperé, porque Félix solía entrar por la puerta del garaje, que estaba abierta. Y de repente, escuché la voz de Gisella, diciendo, con toda su alegría saltarina: ¡Tío Féeeeliiiix! ¡Qué bueno que viniste! ¿Me trajiste un helado? ¡Si no, no te dejo entrar, ni ver a mi papá!

Los escuché reírse, y a él darle un beso. Después, hubo como un silencio mayúsculo. Supuse que mi hermano había pasado por el baño. Pero la tardanza era cada vez más llamativa; por lo que preferí mandarme a la cocina. ¡Y entonces, lo que vi, casi me infarta el cerebro! Félix permanecía sentado en la silla, a la punta de la mesa, y Gisella estaba sobre sus piernas. Más precisamente, abrazándole una de las piernas con las suyas, apenas con una bombachita blanca, descalza, y una musculosa rosada. Y, por si esto fuera poco, el amigo de mi hermano, Guillermo, que seguro había venido para ayudar, le daba cucharitas de helado de chocolate de un potecito, mientras Gise simulaba arrear al caballito en el que se había convertido mi hermano. Él le movía la pierna, y su vulva se frotaba allí.

¿Qué hacen ustedes?, intenté decir naturalmente, para no quedar como un depravado.

¡Qué hacés Fede! ¡Pasamos por acá, porque le trajimos Helado a la Gise! ¡Y, al parecer, la agarramos en plena siesta, porque apareció así, en bombacha por la puerta! ¿Ta rico bebé? ¡Eeeesooo, hico hico! ¡A esta nena le van a gustar más los caballos, que las motos, por suerte! ¡Las motos se paran, y te dejan a gamba! ¡Los caballos, siempre van para adelante!, decían los muy pelotudos, mientras Gisella no abandonaba en absoluto el galope de la pierna de Félix.

¡Gise, por favor, te levantás, y vas a tu pieza! ¡Después charlamos!, le dije sin alterarme, pero con autoridad. Mi hija me hizo caso, aunque se llevó el helado. Los tres le vimos la bombacha, en silencio, la forma en que se le metía en la cola, y nos convertimos en cómplices de la misma estupidez cargada de un morbo insuperable.

A los doce, ya había empezado a invitar amiguitos a casa. En general aprovechaban bastante el inmenso patio, ya sea para hacer los deberes, para empacharse con chocolatadas, tortas y golosinas, o para chusmear mientras jugaban a todo tipo de juegos de mesa. Cuando las que venían eran todas chicas, Mirian parecía no incomodarse con que Gise esté con ellas en paños menores. Pero, si había algún chico, se escandalizaba. Tenía sus razones. Pero, yo no podía verla más que como a una nena. Hasta que, cierta tarde, mientras reparaba un motor de heladera comercial en mi taller, casi que sin querer miré por la ventana que da al patio. No recuerdo si fue que algo llamó mi atención. Lo claro es que, Gise, estaba a upa de un compañerito, con un vestidito que le dejaba las piernitas expuestas, mientras una chica intercambiaba su chupetín con ella. Se lo metía en la boca un ratito, lo lamía, y pronto se lo ponía en la boca a Gise, luego de decirle: ¡Dale, te toca chuparlo a vos! Y luego, la secuencia se repetía a la inversa. Solo que Gise no le hablaba. Y de repente, las dos le daban besos en la boca al chico. Al toque, quizás cuando pensaba en salir del taller para asustarlos, hablarles, o detenerlos de algún modo, vi que Gise se acomodó frente a frente con el chico, y que éste empezó a subir y bajar rapidito con su pierna, bien pegada al sexo de mi hija, mientras la otra chica seguía dándole de su chupetín. Para colmo el vestidito se le subía, y se le veían trocitos de la cola, ¡y de su bombacha amarilla! Me sentí un idiota. ¡Cómo experimentan los chicos de hoy en día! ¿Por qué antes éramos tan estúpidos? ¿O, será que el comportamiento de estos chicos era antinatural?

A los días, recuerdo que le regalé un chupetín a Gisella, y cuando lo vi metérselo en la boca, con una sonrisa radiante en las pupilas, sentí que la pija se me moría y resucitaba de muchas emociones encontradas. Para colmo, ese día se sentó sobre mis piernas, y mientras saboreaba el caramelo me dijo, cerquita de los labios: ¿Querés papi? ¡Ta riquísimo!

No esperó mi respuesta. Se lo sacó de la boca, me rozó los labios con él, y al sentirlo caliente, dejé que mi lengua emerja de mi boca como un designio fortuito. Después de eso, la reté, diciéndole que era una asquerosa, que no debía hacer esas cosas por todo aquello de los microbios, etc. No me cabía en el pecho la idea de que, había saboreado el interior de su boca en aquella golosina. Ella, sin pensarlo replicó: ¡Pero, con la Yani lo hacemos siempre! ¡En la escuela, las que somos amigas nos convidamos chupetines pa! ¡por lo menos, yo no hago lo que hacen otras! ¡Hay pibas que se comparten a los chicos! ¡Pero, la Pili, a veces, deja que los chicos le metan la lengua en la boca! ¡Casi todos los pibes se la meten!

Esa confesión devino en quizás el primero de mis desatinos como padre, como hombre, y como ser humano. Es que, sus palabritas actuaron como una inyección de hormonas indignas, pero repletas de polen, que le coincidía perfectamente a su aroma de florcita curiosa. La aprisioné en el pecho, y mientras ella agarraba su chupetín con los dientes, empecé a fregar su culito redondo contra el crecimiento sostenido de mi verga húmeda, al tiempo que le balbuceaba: ¡Uuuuf, ¡qué chancha esa Pili! ¡Pero, me parece bien, que a mi nena no le guste que se la metan en la boca! ¡Ni en ningún lado! ¡Así chiquita, comete todo ese chupetín, que te encanta! ¡Y, no dejes que te metan nada!¡Ni lenguas, ni caramelos, ni chicles! ¿Entendiste? ¡No quiero que a mi hijita hermosa le metan cosas en la boca! ¡Ni en otro lado! ¡Aaaaay, así bebéeeé! ¿Te gusta el caballito que te hace papi?

Claro… en la revolución de mis lamentables confusiones, había empezado a moverla hacia arriba, a hacerla saltar poco a poco contra mi pija, aprisionándola aún más contra mi pecho, oliéndola como al desconcierto que me invadía, y a sentir que mi semen trepaba por mi inflamada poronga, hasta verter un fuerte chorro en mi ropa, mientras ella se reía con inocencia, segregaba su aroma, lamía su chupetín, y me pedía que la haga saltar más alto. Entretanto me decía que ella jamás se dejaría meter la lengua de ningún pibito en la boca. Al menos, no en el colegio. Y de repente, la vergüenza me llenó de interrogantes. Sostuve a mi hija sobre mis piernas durante unos minutos, sintiendo cómo el bóxer se me empapaba de semen, cómo las bolas se me pegoteaban, y el olor de la ropita de Gisella conseguía una vez más llevarme a un camino sin retorno. Entonces fue que le pedí que me diera un beso, que se lave los dientes y se acueste, porque al otro día el colegio la esperaba. Ella, como siempre, obedeció, y recién allí tuve tiempo de ponerme a pensar en lo que había vivido. ¿Cómo podía ser que la verga se me hubiese explotado así por tener a mi nena a upa? Bueno, es que, en el fondo, no deja de ser una hembrita, que empieza a desplegar todas sus armas de seducción. Aunque lo hiciera involuntariamente. Recuerdo que, esa noche, Miriam fue la destinataria de un polvo impresionante. Tuve que despertarla para hacernos feliz. Pero dio resultado. Además, la bruja jamás ponía resistencias si la despertaba para pegarnos una buena revolcada. Aunque, no le mencioné ni una palabra de lo que sucedió con Gisella.

Al tiempo, una tarde normal y corriente, yo llegué a la siesta a casa, dispuesto a ponerme con la reparación de un nuevo motor de heladera comercial. Estaba a punto de largarse a llover, y sabía que mi esposa había salido a lo de su madre. Gisella, debía estar en el colegio. Pero, no fue así. Me enteré de ello en cuanto asomé mi cabeza por el patio. ¡La señorita estaba a upa de un chico de por lo menos 18 años, meta fregonearse en sus piernas, con un shortcito azul que medio se le caía! ¡A cada lado de ellos, izquierda y derecha, había otros dos chicos que, le ofrecían cosas a su boquita! El de la derecha le hacía morder un alfajor, y el otro, les daba yogurt a cucharadas. No entendía a qué carajos estaban jugando. Pero, Gisella tenía las piernitas cada vez más abiertas, y dejaba que el grandote le sobara la vagina sobre la ropita. Pensé en mil maneras de reaccionar. Sin embargo, todo lo que pude hacer fue cargar mis pulmones de aire, y vociferar: ¡Hola Giseeeee! ¡Llegó papáaaaaá! ¿Qué pasó que no fuiste al colegio? ¿Y, quiénes son estos chiquilines?

Lo curioso, además, fue que ella sonrió. Después, sus facciones hermosas se convirtieron en un gesto muy suyo, como haciéndome pucherito, y enseguida, mientras los dos satélites humanos se le alejaban, y el grandote no sabía cómo sacársela de encima, ella balbuceó: ¡Papi, perdón! ¡No fui al cole porque, estaba media triste! ¡Por eso, invité a los chicos! ¿Me perdonás?

Como casi no me salieron las palabras, agregó, un poco más animada: ¡Ellos dos, son Lucas y Thiago! ¡tienen 14, y son re buenos amigos míos! ¡Son primos de la Pili! ¡Y, este otro, es hermano de Lucas! ¡Se llama Luciano, pero le decimos Paul!

Luego de señalar a los aludidos, volvió a ensombrecer su sonrisa, y se levantó lentamente de las piernas del grandote, al que, fue inevitable no observar que tenía el paquete a punto de reventarle el short. Corrió hasta mí, me abrazó, y no se puso a llorar porque yo misma la calmé con una sobadita en la espalda, mientras le decía al oído, lejos de la presencia de los demás: ¡Tranquila mi amor, que papi te perdona! ¡Espero que, ninguno te haya metido la lengua en la boquita! ¿Te hicieron eso? ¡Porque, si te chupetearon, los cago a trompadas!

Ella largó una carcajada para nada convincente, relajando su cuerpo a mis sobadas, o caricias imperfectas, y mientras yo notaba que bajo su short no había rastros de elástico de alguna bombachita, me decía: ¡Aaaay, no paaa! ¡Nada de eso! ¡Solo que, a mí me encanta que me hagan upita, y me den de comer en la boca! ¡Chupetines, o alfajores, o yogur!

¿Y a vos te parece que son juegos para una nena de tu edad? ¿Te parece bien faltar a la escuela para hacer esto? ¡Si mamá supiera que estás con estos chicos, te mata! ¡Y, además, Gisela, creo que, andás sin bombacha! ¿Me equivoco? ¡Porque, eso sí que es serio!, le dije al oído, haciéndome el enojado, pellizcándole una nalga, casi que involuntariamente. Ella, ahí sí casi que larga el llantito. Pero, enseguida rectifiqué, y le dije que más tarde hablaríamos de esto, aflojando mis brazos para que se despegue de mí, y vuelva lentamente con sus compañeros. Esta vez, la vi sentarse a upa de Thiago, y mientras se terminaba de comer el yogurt, advertía que su cuerpo necesitaba frotarse sobre las piernas de ese pelirrojo con cara de nabo. En especial, por los espasmos de sus piernitas, y por cómo lamía la cucharita con restos de yogurt al frente de los otros dos. Entonces, dije en voz alta: ¡Gise, portate bien! ¡Voy a estar en el taller, cualquier cosa! ¡Y, en cuanto a ustedes, no se hagan los vivos! ¡En un ratito se me mandan a mudar de acá! ¿Estamos?

Todos asintieron, y entonces me dirigí a mi lugar de trabajo, acomodándome como podía la verga adentro del pantalón. ¡Tendría que haberla retado, o haberla dejado en evidencia ante esos pavos! ¿Cómo podía ser que se estuviese refregando así? ¡Y, no me negó que anduviese sin calzones! ¿Qué bichito le había picado? ¿Y qué carajos harían, ahora que sabían que yo estaba en el taller, a poca distancia del patio, ventana mediante?

Lo cierto es que, luego de un buen rato de ajustar tornillos, revisar cañitos y soldar, tuve la curiosidad de saber qué demonios hacía Gisella, porque aún oía sus risitas en el patio, y las voces de los pibes; aunque sin claridad. De modo que me acerqué a la ventana, ¡Y una vez más pensé que podría infartarme, y jamás escribir estas memorias! La guacha volvía a estar a upa del grandote, frotándose toda, y esta vez enfrentada a él. Sus manos, las manitos de mi hija, seguramente pegoteadas de yogurt, ahora se ocupaba cada una de un pito diferente. Con la derecha le apretaba el pito a Lucas, y con la izquierda se lo hacía con más entusiasmo a Thiago. Los dos parecían mirar a un horizonte plagado de sirenas desnudas, porque tenían la boca abierta, e igual expresión de gozo en los ojos. No abrí la ventana, ni pensé en gritarles. Preferí seguir mirando. Sabía que no podía llegar muy lejos. ¿O no? Y, de repente, Thiago empezó a sobarle la cola, al tiempo que Gisella comenzaba a saltar sobre las piernas de Paul. Decidí abrir la ventana con todo el sigilo del mundo. Necesitaba escuchar, o distinguir algo más de todo lo que sucedía. Fue entonces que oí gemiditos, los primeros que le oí a mi nena, que, sin privarse de nada, y sabiéndose libre, decía: ¡Me encantan sus pitos! ¡El tuyo Más Thiagui! ¡Y, siempre quiero que me hagan upita! ¡Porque son re buenos conmigo!

Allí fue que el grandote farfulló, tal vez muerto de calentura a esas alturas: ¡A mí me re cabe hacerte upa, gorda chancha! ¡Y más, cuando te ponés estos shores!

¡Ay, a mí también me gusta ponerme este! ¡Porque, medio que se me cae! ¡Y, aparte, ando sin bombacha, como la Pili!, dijo Gisella, fregándose cada vez más, y abriendo sus ojitos como un amanecer al descubrir que Tiago se había parado con su pija al aire, desnuda, gorda y llena de cosquillas. Aquello era evidente, porque le pedía a Gise que no pare de tocársela. Y de repente, la guacha bajó unos centímetros su cabeza, y el atorrante ese le rozó los labios con el glande. Ella, ni siquiera se lo pensó. Después de decirle algo como: ¡Qué chancho que sos nene!, abrió la boca, y se la lamió despacito. Luego, la vi inflar los cachetes, mover la cabeza y apretar los ojos, sin dejar de fregarse sobre las piernas del grandote, que también le acariciaba la colita, prácticamente con el short trazándole una inmaculada línea prohibida entre la parte alta de las nalgas y su agujerito. ¡Evidentemente, andaba sin calzones la atrevida! Al fin, y como no podía ser de otra manera, Gisella comenzó a toser, a ahogarse con una expresión que mezclaba sorpresa, asco y emoción en la cara. Y al toque, fue palpable el resultado en la mirada de mi niña. ¡Ese pendejo pelotudo le había largado la leche, un poco en la boca, y otro en la remerita!

Ahí sí que me rendí ante las opciones que me ofrecía el universo. No sabía siquiera por qué me había excitado tanto ver a mi hija convertida en una trolita desacatada, cuando en realidad, tenía que atravesar el patio, cazarla de las mechas y darle una buena paliza. Sin embargo, mientras escuchaba que Lucas le decía, rozándole la naricita con los dedos: ¡Dale gordi, ahora peteame a mí che! ¡Te lo re peteaste al Thiago! ¡Ahora me toca! ¡Manso pete le hiciste! ¿Te la tragaste? ¡Fooo, igual te re manchaste la remera!, se me ocurrió una idea para separar las aguas, bajar la calentura y ponerlos en situación de peligro.

¡Gisellaaa! ¡Tu madre acaba de llegar! ¡Está por entrar a la casa! ¡Así que, esos chicos se me las toman ya, si no quieren problemas! ¡Salgan por la puerta de atrás! ¡Y vos, mandate a la pieza, y hacete la descompuesta! ¡Yo le explico que no fuiste a la escuela porque, te dolía la panza! ¡Vamos, apuren, que no hay tiempo!, grité desde un huequito de la ventana entreabierta, haciendo de cuentas que no había visto nada de nada. Llegué a escuchar que uno de ellos, entre nervioso y agitado dijo: ¡Che gordi, es re piola tu viejo!, y enseguida, mientras Gisella los echaba, más divertida que asustada, los tres desaparecieron por la puerta trasera del patio que daba a la calle lindera de casa. Gisella, sin reparar en el desorden, ni en que se le resbalaba el pantaloncito, corrió a su pieza. Saboreé brevemente mi plan, aunque ni siquiera tenía en claro lo que haría a continuación. Solo sé que, en un impulso, me lavé las manos, apagué el ventilador, y salí del taller con rumbo a la pieza de Gisella. No pensaba en nada. Casi que no supe si me choqué algo, o si mi rostro mostraba lo que ardía en mi poronga súper erecta. Llamé a la puerta, murmurándole bajito un tímido: ¡Gise, soy papá!, y abrí. Ella, permanecía acostada en la cama, con la vista clavada en el techo, respirando agitadamente.

¿Y mami? ¿Hablaste con ella? ¿Ta enojada?, me preguntó, como temiendo lo peor. Yo cerré la puerta, me reí con malicia, y le dije: ¡No vino mami, gorda chancha! ¿Así te dijo ese chico? ¿te parece lindo lo que, hiciste? ¿Cómo es que, llegaste a, manosear a esos chicos Gise? ¡Me habías prometido que, nadie te iba a meter nada en esa boquita de nena hermosa que tenés!

Entretanto, me iba sentando en la cama, acariciándole las piernitas desnudas. Ella, tal vez por puro reflejo, se metió un dedo en la boca y se lo chupó.

¡Aaaah, mirala vos a la grandulona! ¿También te gusta chuparte los dedos?, le dije, ahora acariciándole la pancita, bajándole la remera para admirar las gotitas de semen que ese guacho le había estampado a la altura de las tetitas.

¡Perdón papi! ¡Es que, yo te dije que ellos son mis amigos! ¡A ellos, sí los dejo que, me den cosas para comer, o que me den besitos!, confesó, limpiándose el dedo babeado en el pantalón.

¡No hagas eso, cochina! ¡Entonces, esos chicos te dan besitos! ¿Y? ¿Es la primera vez que, un nene te mete su pito en la boca? ¿Asquerosa? ¿Sabés que eso, son cosas de grandes? ¿La Pili también anda lamiendo pitos? ¡Gise, ese nene, te dejó semen en la remera! ¡Y por lo que vi, también, adentro de la boca! ¡Eso está mal bebé! ¡Sí, vi todo Gisella! ¡No me podés mentir!, me despaché, con todos los detalles que pude proporcionarle, tal vez intentando justificar las caricias de mis manos que, ascendían hasta sus muslos calientes, por debajo de su short.

¡Bueno pa, pero, vos sí que me mentiste! ¡Mami no vino al final!, me dijo, con una risita burlona, mientras volvía a lamerse un dedo. Yo le agarré esa mano, y mientras le decía: ¡Cortala, chanchita! ¡Dejá de babearte los deditos bebé!, me la acerqué a la cara, y se la olí. Luego, introduje sus dedos en mi boca y se los succioné, mientras le sobaba la vagina con la otra mano, repitiéndole: ¿Esto te calma? ¿Chancha de papi? ¿Te gusta andar a upa de los chicos? ¿Cuántos pititos lamiste nena? ¡Contale a papi!

¡Síii papi, me gusta que me toques ahí! ¡Solo el de Thiago, posta! ¡Me, me pareció rico, eso que largó! ¡Los varones dicen que es su leche!, decía la atrevida, conduciéndome a un paraíso entre idílico y pantanoso, mientras mis dedos temblaban sobre su sexo, notando la humedad que ardía en su pantaloncito. Hasta que, casi que, sin proponérmelo, le dije: ¡Ahora papi te va a hacer upita, y te hace un caballito! ¿Querés, chancha? ¡Y que sea la última vez que te metés un pitito en la boca!, mientras mis brazos la separaban de la cama para sentarla sobre mis piernas. Ahí no me anduve con chiquitas. Me acuerdo que pelé la verga, se la acomodé entre las piernas, y empecé a frotarla con todo, a aferrarla de la cintura para hacerla saltar cada vez más rapidito sobre mí, y a olerle el cuello, lamerle los deditos y, a tocarle los labios de su boquita con la lengua, mientras le decía: ¿Te gusta así bebita? ¿Tenés cosquillitas en la vagina con esto? ¿Te gustó ese pilín en la boca? ¿Mucho? ¿Cuánto te gustó bebé? ¡Tenés el pantaloncito mojado! ¿Te hiciste pichí? ¿Eee? ¿Por qué andás sin bombachita? ¿La putita de la Pili te dijo que no te pongas, cuando te juntes con los nenes, a lamer pitos?

Gise solo jadeaba, agudizaba sus respiraciones, balbuceaba cosas que no entendía, y me juraba que no se había hecho pis. Yo le creía, puesto que no olía a pis; sabía perfectamente que estaba caliente, y que se había mojado toda con esos pelandrunes. Sus piernas presionaban mi verga con fuerza, calor y esmero. Y cuando me abrió la boca, sacó la lengua y tocó la mía, me convertí en un amante impúdico al deslizar mi daga de saliva en su boquita casi tan caliente como su cuerpito. Ella gimió, abrió los ojos como un trozo de cielo revuelto, y empezó a fregarse aún más sobre mis instintos desbordados, mientras yo le decía: ¡Qué linda mi chiquita! ¡Cómo le gusta fregarse arriba de los chicos, y los hombres! ¡Debería llenarte la cola de chirlos!, y le asestaba alguna que otra nalgadita. Hasta que, su lengua chiquita entró en mi boca, y un gemidito la hizo temblar en mis brazos, en el preciso instante en que mi semen estalló como pólvora entre sus piernas, empapándola por completo, en medio de unas sacudidas que nos hizo mover la cama de lugar, jadear al unísono como dos animales hambrientos, y apretarnos fuerte el uno contra el otro, mientras mi glande se resbalaba todo en sus piernas, y el pantaloncito prácticamente dejaba sus nalgas desnudas ante mis manos, que ahora se lo tamborileaban repetidas veces.

¿Viste mi amor? ¡Ahora papi te ensució las piernas con su lechita mi bebé! ¡Aaaaay, mi nenita asquerosa, cochina, y la más hermosa de todas las nenas! ¡Síiii, así bebéeeé, sacá esa lengüita para papi!, le decía, mientras se la atrapaba para succionarla con mis labios, para olerle la boquita, y seguir eliminando chorros de semen en su piel desnudita. Aunque no permití que el pantalón exponga su sexo. Ella, no entendía los ademanes de mi comportamiento. ¿O sí? Era extraño la forma en la que correspondía a mis movimientos, besos, apretujes y gemiditos. Y, de repente, empecé a notar el abatimiento, el horror, la vergüenza, y la decadencia de mi ser. Para colmo de males, esta vez sí Miriam andaba por la cocina, y buscaba a Gisella por algún lugar de la casa. Es que, yo le había enviado un SMS para avisarle que faltó al colegio. De modo que, para evitarnos problemas, yo le grité que estaba conmigo, que no se preocupe, y que vaya poniendo el agua para tomarnos unos mates, mientras le contaba los pormenores de la descompostura de nuestra hija.

¡Y vos, ahora, te sacás ese pantalón, te vestís como una nena buena, y lo llevás a lavar! ¡Pero, primero, mojalo todo en la ducha, o en el lavamanos! ¿Sabés? ¡Así, mami no se entera que, esas piernitas le sacaron la lechita a papi!, le dije mientras me arreglaba la ropa, el corazón y las obsesiones, volviendo a sentarla sobre la cama.

¡Papi! ¿Me vas a volver a hacer upita como hoy?, me preguntó con un dedo en la boca, antes que mi mano accione el picaporte. Yo la miré, le tiré un beso, le dije: ¡Sos una nena muy chancha vos! ¡Portate bien, que mañana charlamos! ¿Sí?, y me di a la tarea de encontrarme con Miriam que, como siempre, no sospechó nada. Aunque sí estaba enojada porque Gisella había dejado tres bombachas meadas en el cesto de la ropa sucia. Pero, de igual forma agradeció los mimos que le regalé en la cocina mientras terminaba de preparar el mate, los chupones en el cuello, y las manoseadas furibundas que le dediqué a sus tetas. Ella no entendía por qué estaba tan encendido; y obviamente, entre mate y mate, terminamos garchando de lo lindo. Primero de parados sobre la mesada, y luego en la silla, ella cabalgándome como una verdadera tormenta de pasiones incisivas.

Los días iban pasando, y cada tanto encontraba a Gisella a upa de un chico nuevo, o de cualquiera de estos tres conocidos. El grandote era el que más la manoseaba, y al que ella más se le refregaba. Una vez, la vi meta saltarle, aunque esta vez golpeando su vulva contra la pija endemoniada de ese cabroncete. En otra oportunidad, la pillé arrodillada, fregándole la carita en el bulto a Lucas. Pero por lo menos tres veces más la vi enamorada del glande de Paul, haciendo exactamente lo mismo. O sea, franeleándole el bulto con su cara, oliéndolo, sacando la lengua, y hasta comiendo un chupetín sobre el short encarpotado del sortudo de su amiguito. Otra de esas vueltas, Thiago le hizo frotar toda su cara en su bulto, encima de un bóxer rojo repleto de calaveras. También la vi metiéndose el pito de Thiago en la boca, al menos tres veces. Una de ellas, abajo del árbol que le daba sombra a la parrilla. Otra, en el sillón del living, mientras simulaban mirar una película. Y la otra, los vi en el baño; a él sentado en el inodoro, y a ella arrodillada, llenándole el pito de besitos babosos, lamiditas y gemiditos, porque él le decía: ¡Así gordita, peteame el pito, comete todo el pito de tu mejor amigo! ¡Chupala nena, dale que te gusta la lechita a vos! ¡A vos, y a la trola de la Pili! ¡Tenés que dejarte abrir la concha nena! ¡Así como ella! ¡Peteá, dale, peteala toda nena, mamala!

Yo, me llamaba a silencio, en una y otra ocasión. Sabía que por la noche la encaraba, y le sacaba verdades y mentiras, casi siempre a upa, mientras compartíamos algún alfajor, chupetín, flancito, heladito bombón, o algunas gomitas. Sin embargo, la única vez que le llené las piernas y el pantalón de semen, había sido la que mencioné anteriormente. Todas las demás, procuraba acabarme encima, frotándomela, apretujándola toda, oliendo su cuello, sus tetitas cada vez más desarrolladas, y amasando su culito esplendoroso. Ya tenía 13, y su olor era más inquietante. Incluso, una vez se hizo pis encima mientras yo le chupaba la lengüita, mi semen se derramaba en mi ropa interior, y su culito golpeaba mi verga con unos saltitos pronunciados, los dos jadeando como locos. Esa vez nos quedamos en mi taller, lejos de la mirada indiscreta de mi esposa.

Todo hasta que, a días de haber cumplido sus 14, y luego de haber cargado en su haber un castigo grande, (Ya que Miriam la había encontrado besuqueándose con Lucas, ambos en ropa interior en su pieza), ocurrió el plato fuerte de toda esta historia.

Era viernes. Miriam se quedaba a comer en lo de sus padres, y yo había planeado hacer un asado con mi hermano, mi viejo amigo Daniel, y un par de amigotes más del taller. Los que a último momento avisaron que no podrían asistir. Gisella prefirió quedarse conmigo, porque le deprimía mucho ver a su abuelo enfermo, y no se lo podíamos reprochar. Así que, a eso de las 8, una vez que llegaron los invitados de honor, Gise me anunció que no tenía muchas ganas de bañarse. Le dije que por mí estaba bien, siempre que después no se quejara de que ni siquiera los mosquitos quisieran picarla. Nos reímos, y en ese breve momento, los dos solos en la cocina, nos abrazamos, y ella me dijo: ¡Papi, quiero una lengüita en la boca! ¡Ando, como con cosquillitas en la vagina!

Fue instantáneo. Los dos sacamos las lenguas, y empezamos a chaparnos de la forma más obscena que pudimos encontrar. Ella con el culito apoyado en la mesa, y yo, fregándole la chota parada en las piernitas, mientras nos babeábamos, ella se estiraba la remerita hacia abajo para que le salten las tetas que, a esa altura eran dos pomelitos imposibles de no admirar, y diciéndonos chanchadas. Fundamentalmente ella, que me pedía todo el tiempo: ¡Papi, decime asquerosa, chancha, cochina, decime que soy una lamepitos, una sucia, una gordita lechera!

Entonces fue cuando le dije: ¡Venga, así le hacemos upita a la gordita de papi!, y me la senté encima para tranzármela a mi antojo, haciendo que una vez más su colita pomposa se restriegue en mi verga al palo. Y en eso, tal vez cuando menos gemidos se nos escapaban, entró mi hermano. Gisella saltó despedida de mis piernas, y se le colgó de los hombros, bicha como una trolita experimentada, para decirle: ¡lame pitos, tío Fefeeeee! ¡Qué lindo que viniiiisteeee! ¡Tenés un rico perfume! ¿Sabías? ¡Mi viejo me tenía a upa porque, me estaba retando, porque no tengo ganas de bañarme! ¡Y él me jode con bañarme! ¡Decile algo tío!

Mientras le mentía descaradamente, veía cómo sus piernitas se abrían para que su vagina haga contacto con la pija de mi hermano, que no soltaba a mi hija, ni le prohibía movimientos.

¡Dejate de joder flaco! ¡Dejala que ande así a la nena! ¡Aparte, no se la ve sucia! ¡Nadie le va a oler la bombachita, si eso es lo que te alarma!, dijo Félix, y al fin, el hechizo se desvaneció. No sé quién soltó primero a quién. Pero Gisella salió corriendo al patio, y Félix abrió dos latas de birra, me puso una en las manos, brindamos, y también salió al patio, diciendo que quedaba poco carbón. Me ofrecí a ir de una escapada con el auto al kiosquito que teníamos a unas tres cuadras, y él no rechazó la propuesta. Cuando volví con dos paquetes de sucio carbón, llamé a alguno para que me den una mano. Pero la música estaba un poquito alta. Así que, me mandé al patio. Esta vez, ya no había dudas. Gisella necesitaba pija urgente. Cuando la vi, estaba a upa de Daniel, aquel viejo amigo, diciéndole: ¡Sí Dani, me encanta que me hagan upa, y me hagan caballito!

¿Te gusta el caballito? ¿O te gusta sentir cositas duras en la cola?, le preguntaba mi hermano.

¡En la cola, y en la conchita también! ¿Y a vos tío? ¿Te gusta hacerme caballito?, dijo Gisella, que enseguida fue raptada por las manos de Félix para sentársela encima, al lado de Daniel.

¿Y a vos qué te parece? ¡Tu papi, no se debe dar cuenta del pedazo de hembrita en el que te estás convirtiendo! ¿O no negro? ¡Mirale las tetas!, le decía el forro de su tío, mientras Gise se metía un dedo en la boca, y balbuceaba cosas que no entendía.

¿Tenés hambrecita bebé? ¡Mirá qué linda la nena! ¡Le gustan las cositas duras en la cola, y en la conchita!, se expresaba mi hermano aflautando la voz, como la de un dibujito animado, haciendo que su cuerpito comience a saltar despacito.

¡Mirá cómo se muerde los dedos! ¡Esta bebé, quiere upita, quiere cositas en la cola, y creo que también, quiere un chupete! ¿Usabas chupete cuando eras bebé vos? ¿O tomabas mamadera? ¿Te chorreaba la lechita cuando chupabas? ¿Eructabas cuando te hacían provechito, y te tomabas toda la lechita caliente?, decía Daniel, a esa altura de pie, acariciándole las tetas a Gisella que gemía, se babeaba escandalosamente las manitos, y le tocaba la cara a mi amigo, que le decía: ¡Sí chiquita, babeame la cara con esa baba de nena! ¡Si no fueses la nena de mi amigo, te abro las piernas, y te saco hasta las ganas de hacer pichí!

¡Síii, pero la nena no le va a decir nada a papá! ¿Cierto bebota? ¡Además, ya te vi atorranteando a vos! ¡Andás a upa, alzada con todos! ¿Te gusta lo dura que la tenés en la cola bebé? ¡Dale, abrí las piernitas, que se te dibuja re bien la zorra en ese short, guacha atrevida, bebé chancha!, le decía su padrino, haciéndola brincar más, fregarse, babearse y gemir cosas cada vez más inteligibles, de las que apenas se desprendían cosas como: ¡Nooo, no le digo nada a mi papi, nada, pero, ustedes, tóquenme toda, apretame las tetas tío, asíiii, quiero la lecheee!

Tal vez esas palabras hicieron que los dos tremendos hijos de puta tomaran la decisión más irritante, condenable, y deliciosa para mis ojos espías, anonadados y enfermos de tanto celo. Daniel peló la chota ahí nomás, la meneó a pocos centímetros de la cara de Gisella, se la hizo tocar, y luego, le dio tres vergazos secos en la mejilla derecha.

¿Querés pito nena? ¿Querés lechita?, fue lo que le oí decirle. Gisella abrió la boca, se la besuqueó, le lamió desde el tronco hasta el glande, y se lo metió sin chistar. Daniel jadeó de frenesí, la puteó, le dijo que era una cerdita comilona, y buscaba algún signo de repudio en los ojos de mi hermano, que se había quedado quieto.

¡Tío, dale, vos también pelá la tuya! ¡Ponémela entre las piernas! ¿Quieren que me baje la calza?, dijo la guacha en cuanto Daniel le sacó su verga de la boca con la intención de darle un poco de oxígeno. Pensé que Félix la iba a retar de algún modo. En realidad, primero le dio una cachetada, justo cuando Daniel volvía a llenarle la boca de pija, y, al tiempo que le decía que era una malcriada, él mismo procedió a bajarle la calza. Al menos un poquito. Desde mi posición ni siquiera podía ver si tenía bombacha. Pero sí vi que su padrino acomodó la pija entre sus piernas, y que le gritó: ¡Tu padre tiene que enterarse de la putita que tiene en casa! ¿No le mostrás las tetas a tu papi? ¿No te paseás en tanga para él?

¡Sí, mi papi me hace upa, y yo le saco la leche con las piernas! ¡Soy su gordita lechera!, dijo, en el momento en que Dani le pedía que abra la boca para darle chotazos, salpicándole la carita. Entonces, mi nena empezó a estrangularle la pija a mi hermano con sus piernitas gordas, mientras el otro le volvía a estrolar su glande contra su campanilla, una y otra vez.

¿Así que mi nena es una hembrita? ¿Les gusta tener a mi nena a upa, hijos de puta? ¡Son unos forros, unas basuras, unos perversos de mierda! ¡Y vos Gisella, una asquerosa, una gordita lechera!, empecé a gritarles, apareciendo poco a poco ante sus ojos azorados, sus rostros demacrados por la sorpresa. La única que trataba de hacer contacto con la pija de Daniel, era Gise, ya que éste se apartó de ella en cuanto me vio. Mi hermano, no podía sacarse a mi hija de encima. Pero yo, no me atemoricé ante sus reacciones. No quería pelear con ellos. Quería que terminen lo que habían empezado. Así que, di órdenes precisas para que sienten a Gisella, así como estaba en la mesa jardinera de mármol del patio. Dudaron en si obedecerme, o llamar al manicomio.

¡O me hacen caso, o a ustedes dos los denuncio! ¡Y a vos Gisella, se te corta todo! ¡Vamos, Daniel, alzala, y sentala ahí, ya! ¡Vos Félix, sacale las zapatillas, y la calza!, les grité, mientras revoleaba el parlante que reproducía música. Daniel hizo el honor de sentarla, y mi hermano le sacó la calza. Entonces, una vez que mi nena apenas estaba con una remera, sin corpiño, y en bolas de la cintura para abajo, les dije: ¡Vamos, primero vos Félix! ¡Olé a tu ahijadita! ¡Olele la conchita! ¡Dale forro, a ver si te hacés cargo alguna vez de su educación! ¡Y vos gordo, entrá las bolsas de carbón que dejé en la entrada de la casa!

Daniel salió rajando. Pero Félix no parecía dispuesto a mover un músculo. De modo que volví a pedírselo, y ya no se reusó. Lo vi abrirle las piernas a mi hija, acercar su nariz a su vulva húmeda, brillosa de flujos, y luego olerla. En ese momento, caminé despacio hacia Gisella y le dije al oído: ¿Querés una lengua en la concha? ¿Asquerosa de papi? ¿Querés que el tío te lama la vaginita bebé?, al mismo tiempo que le agarraba una mano, le pedía que se la escupa toda, y que me la meta adentro del calzoncillo. La tanguita blanca no bastaba para ocultar el celo que embriagaba a mi niña.

¡Pajeame nena, vamos! ¡Y vos, lamele la concha! ¡Pero no se la penetres! ¡Volvela loca! ¡Que te mee la cara si quiere! ¿Querés pis Gise? ¿Querés hacerte pis en la cara del tío Fefe?, me escuchaba tronarles como un desquiciado, sintiendo que los dedos de mi hija me trituraban cada rinconcito de la verga. El anillito que le hacía a mi glande era perfecto. En especial por su saliva, y la fecunda cantidad de jugos que me había generado semejante panorama. Félix olió, lamió y paseó toda su burda lengua en la concha de Gisella, murmurando cosas que no eran del todo claras. Pero, a cada rato se le escapaba ¡Qué conchita de bebé tenés mi gorda!

¡Pajeame, gordita de papi, apretá bien esa mamadera mi amor, que te encanta! ¿Te gusta que el tío te lama ahí abajo? ¿Asquerosa? ¡Sos una gorda piojosa, una alzada de mierda mi bebé!, le decía, dejando que sus dedos amasen y estiren el cuero de mi verga, que sigan jugueteando con mi glande y humedeciéndome de felicidad, mientras ahora mi hermano le besuqueaba la zorrita, y le levantaba un poco el culo para sacarle la bombachita. Cuando al fin la tuvo en su poder, se bajó los pantalones, y lo observé enredársela a la chota. La tenía empaladísima, venosa y chorreante de jugos espesos, viscosos y agradecidos por el aroma febril de mi hija.

¿Querés que te dé unos chuponcitos mi gorda? ¿Querés pintarle los labios a mi nena? ¿Hijo de puta?, le dije a Félix, ya no con el peligro de un hombre abatido por el terror. Me escuché hablarle como un psicópata del sexo, enamorado de la desnudez de mi hija, y de su deliciosa exposición.

¡Sí tío, dame ese chupete grandote en la boca!, le dijo Gisella, sacando la lengua y apretándose una teta, sin dejar de pajotearme con la otra mano. Yo le di una cachetada, y ella me lamió la mano. Tenía la lengua hirviendo, y la boca lena de saliva aún más caliente que sus mejillas.

¿Querés el chupete mi bebé? ¡Dale padrino, dale lechita a la bebé! ¿No ves la carita que te pone? ¡Mirale las tetitas! ¡Le falta leche para que le crezcan un poquito más! ¡Es puro culo la gorda! ¡Por eso le gusta que le hagan upita!, le dije a mi hermano, que de a poco le acercaba la pija a la cara, y ella trataba de tocársela con la lengua.

¡Sí flaco, es tremenda tu nenita! ¡Nos dijo que le gusta sentir cositas duras en la cola! ¿No cierto, pendeja cochina?, le dijo al fin Félix, rozándole los labios con el glande, cuando ella no le hacía tan sencilla la entrada a ese paradisíaco placer. Pero, una vez que su boquita cedió, arrancaron sus tosecitas, atracones y engullidas. ¿Cómo lamía mi bebé! ¡Y encima, ahora me pajeaba más rápido, frenética y escurridiza! ¡Incluso, hasta me pellizcaba las bolas!

¡Pará mi amor, no te envicies tanto! ¡Si te tomás la lechita ahora, no vas a comer nada de carne!, le dije, totalmente encaramado a la experiencia que nos mantenía a fuego. Mi hermano se rio con ganas, y logró que Gisella eructe largamente una vez que le quitó el juguete de la boca. Pero volvió a darle más y más pito, y ella se frotaba toda en la mesita, apretándose una teta, casi hasta moreteársela con gravedad.

¡Igual, ahora tiene toda la boquita llena de carne tu gordi! ¡Me parece que, quiere que el papi le haga upita, y le pegue con la pija en la chochita! ¿No querés eso mi amor? ¡Dale, y mientras tu papi te encrema toda, yo te sigo dando lechita!, dijo Félix, desordenando aún más a las perversiones que nos espiaban desde el cielo, o desde el infierno que pisaban nuestros pies enfurecidos. Entonces, mientras Daniel reaparecía con las bolsas de carbón en los brazos, y los ojos hipnotizados por lo que registraban a cada paso que daba, yo me senté en una silla, me golpeé las manos contra las piernas, y esperé a que mi nena hermosa acate mi orden, la que repetía como un padre a su bebé de dos añitos: ¡Venga con papi mi bebé, asíii, upita a la gordita chancha! ¡Vamos mi cielo, así te echo el talquito en la conchita, y el tío te sigue dando pitito en la boca, como te gusta!

En cuanto Gisella se desplomó sobre mi ser, empezó a frotar con ganas su culito desnudo contra mi verga parada. Ya me había bajado pantalón y bóxer. No me importaba nada. Félix volvía a llenarle la boca con su chota, a cazotearla del pelo, a pedirle que trague, que se la escupa y se ahogue de verga. No le teníamos piedad. Hasta Daniel se acercó primero para manosearle las tetas, y luego para chupárselas.

¿Me dejás olerle la conchita a tu nena, negro? ¡Es un poquito nomás! ¡Siempre quise oler a una pendeja! ¡Y si tiene olor a pichí, mejor!, rompió el silencio Daniel, el más cuerdo de todos, en teoría. Mi hermano se le rio irónicamente, diciéndole: ¡Esta, ya no usa pañales, querido! ¡No huele a pis! ¡Tiene olor a calentura en la zorra! ¡A semen! ¡Para mí que ya te la desvirgaron, hermanito!

¡Vení boludo! ¡Dale, olela toda, pasale toda la nariz por la concha a mi gordi!, dije al fin, ofreciéndole mi hija a mi amigo, abriéndole bien las piernas, sin dejar de frotarle la verga en las nalguitas, ni mi hermano de darle más y más pija por la boca. Ella solo gemía como podía, se babeaba, se retorcía, pataleaba, trataba de pellizcarse las tetas, y colaboraba para abrir sus piernitas todo lo que le fuera posible, cuando ya Daniel le descargaba chupones, mordidas, lametazos y besos ruidosos en la concha. Hasta que, mi bebé empezó a estremecerse cada vez más, justo cuando mi glande le rozó la entrada del culito, y Daniel le chupaba el clítoris. fue tanta la adrenalina que, todos pensamos que la nena se había meado encima. Pero, la realidad era que había tenido un flor de orgasmo. Tanto que, tuvimos que permitirle gritar. Más que nada mi hermano, que le penetraba la garganta, haciéndola eructar y abrazarse a las arcadas más asquerosas que había escuchado en una hembra. De modo que, las piernas Gise se estiraban con la agilidad de una bailarina, la lengua de Daniel bebía toda la sabia que surgía de su vientre, mi hermano le seguía colapsando la garganta con su verga, y la mía, estaba cada vez más cerca de cometer un culicidio.

¡dale pa, romepelá ahora! ¡Metela toda en el culo, yaaa, daleee, abrime la cola! ¡Quiero pija en el culo! ¡Y quiero que alguien me la meta en la concha!, gritó Gisella, como si su voz estuviese poseída, su cuerpo sujeto al pecado más indescriptible, y sus ojos absolutamente extraviados. Félix le cedió el paraíso de su boca a Daniel, que no dudó en pedirle que se la muerda, que le chupe los huevos, y le trance bien el glande. Por lo tanto, casi que, al mismo momento, Félix y yo atravesamos cada uno la porción de Gisella que nos correspondía. Él, con un solo empujón, se la calzó en la concha y empezó a bombearla toda, diciéndole: ¡Foooo, asíii, te cojo toda mi nena, te doy pija en la conchita! ¡Cómo te mojás, hija de puta! ¡Qué apretadita la tenés, bebota del tío!

Eso, por obvio, decantó en que mi verga no tuviera problemas en trascender en el hueco afiebrado de su culo en llamas. Gisella gritó un par de veces. Pero al toque empezó a llevar el ritmo del galope, como si fuese un caballito, y su vagina, una boca que succionaba agua de una manguera caliente. Además, Daniel la atragantaba de pija, le presionaba la nariz, le daba cachetadas, y le pellizcaba los pezones, diciéndole: ¡Chupá, gordita chancha! ¡Las veces que te vi a upa de los guachos, apretando, mostrando la bombacha, la zorrita, la cola! ¡También vi cómo te dejabas mamar las tetas! ¡Sos una terrible hembrita! ¡Y vos, boludo, ni sabías lo que tenías en casa!

¡Nooooo! ¡Yo no puedo creer que mi nena ande a upa de todos! ¡Ella me prometió que los nenes no le metían la lengüita en la boca! ¡Pero, me parece que hizo cositas más sucias, la muy mentirosita! ¿Es cierto mi amor? ¿Le mostrabas la bombacha y la cola a los guachos? ¿Te gusta cómo papi te la entierra en la colita? ¿Te gusta que te limpie la caquita con la pija mi bebé?, le decía, cada vez más desquiciado a mi hija, mientras Daniel empezaba a gimotear como loco, dándole con la pija en la cara, y por momentos clavándosela en la garganta. Hasta que, en uno de esos certeros boquetes, su gimoteo se convirtió en un alarido feroz, mientras su semen hacía toser y eructar a mi chiquita, que seguía saltando con mi pija en el culo, y la de su tío en la concha.

¡Y, me parece que me vas a tener que castigar más seguido papi! ¡Porque, me gusta subirme a upa de los grandes, y que me apretujen toda, me manoseen las tetas, me miren la bombacha, me pellizquen, y me metan pitos en la conchita, y en la cola! ¡Mirá cómo tengo la boquita papi! ¡Toda llena de semen! ¡De la lechita de tu amigo!, decía Félix, aflautando la voz como si fuese la de mi hija, mientras empezaba a darle más duro, a zamarrearla, zarandearle las tetas, frotarle su bombachita roñosa en la cara, y a meterle dedos en la boca, haciendo que se le esparza toda la leche que mi amigo le había ofrendado. Esos movimientos, lograban que mis ensartes sean más profundos, y que los grititos de Gisella nos pudieran causar algún quilombito, si algún vecino estuviese curioseando por allí. Supongo que ese punto, más el olor a sexo que irradiaba su cuerpito lleno de pija, el contacto de su piel suave y blanca, los hilos de saliva que le goteaban por todos lados, la forma en la que abría las piernas, como si se las quisiera arrancar de las caderas, y el calor de sus agujeritos apretados, fue lo que nos hizo apretarla fuerte, clavarle nuestras vergas con todo, y empezar a largarle toda la leche, mientras la besuqueábamos toda, la mordíamos, pellizcábamos y arañábamos como animales fieros, primitivos, en celo, presurosos, preocupados por preservar la especie con la primera hembrita que se nos mostrara sin taparrabos. El tío Fefe le mordía las orejas, y le gimoteaba en el oído, diciéndole: ¡Te reviento de leche, putita del tío, gordita cochina! ¡Asíii, abrí bien la cotorrita bebé, así te doy la leche calentita!

Yo, le abría bien los cantos para que mis bolas golpeteen con su piel sudada, para que sienta cada centímetro de mi hombría machacada por tanta belleza juvenil, y para que ella misma me pida más adentro, más fuerte, más leche en la colita, más chirlos, y más upita.

¡Aaaaah, cómo le gusta la leche a la gorda! ¡Por eso se arrastra para que le hagan upita! ¡Porque le gusta tragar, lamer, mamar, chupar y comer pito por el culo, y por la concha! ¿No amor?, le gritaba entonces, sintiendo que se desprendían témpanos de semen de mi árbol genealógico, que le oprimía las costillas de tanto aferrarme a ellas, y que mis huevos se convertían en partículas ínfimas de un calvario del que, todavía no éramos totalmente conscientes.

Cuando al fin, poco a poco, intentando tomar el mayor aire posible, empezamos a separarnos de su sexualidad enchastrada de nosotros, Gisella cayó al pastito, frotándose las tetas, masajeándose las nalgas, y chupándose los dedos luego de hundirlos en su vagina. También la vimos colarse dedos e n el culo, y entonces, se lamió todo lo que pudo escoger de nuestros lechazos. Estaba divertida, risueña, como si todo su cuerpo irradiase el elixir de los niños en un parque de diversiones. Daniel estaba apostado sobre un árbol, mirando todo, sin perderse el más mínimo detalle. No pudimos hacer otra cosa que aplaudirla con vergüenza, admiración y regocijo.

¡Bebé, levantate despacito, si podés! ¿O te ayudamos?, le dijo el padrino. Yo, le extendí las manos. Pero ella, prefirió levantarse solita, entre un mareo inocultable, unas palpitaciones que sonaban en la tensión de la noche, y unos chorros de pis que ya no supo contener.

¡Aaah, bueno! ¡Lo único que le faltaba a la cachorra! ¡Mearse toda delante de nosotros! ¡Si la nena todavía se hace pichí, no va comer asadito!, dijo Dani, recobrando algo de su tono normal, gracioso, amable y, en cierta forma, protector para con Gisella. Todos nos reímos, y acordamos darle tiempo a Gisella para que se bañe, si lo deseaba, y entonces nos pongamos a la tarea de preparar el asadito. Gisella volvió a los dos minutos, apenas envuelta en un vestido transparente, y una bombachita rosada. Empezó otra vez a pedirnos que le hagamos upita. Pero, al fin la convencimos cuando, le dijimos que lo mejor, se lo íbamos a dar en el postre… siempre y cuando se coma todo lo que hubiese en su plato.    

Fin

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Comentarios

  1. Anónimo19/3/26

    Que rica nenita, que ganas de tener una hija y hacerla mi putita desde los 9 añitos.

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    1. Y, que sea así? Gordita y bebotera? Jejeje!

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  2. juani20/3/26

    excelente relato ambarrrr muy bueno chanchi!!!!

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    Respuestas
    1. Gracias neneeeeee! Dentro de poquito sale el tuyo! No me odies! Jejeje!

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