Los culos y las tetas de las minas siempre fueron mis debilidades más dulces. Ahora tengo 40 años, y una mente un poco más lúcida a la hora de elegir mis víctimas. No me la voy a dar de seductor, ni de langa ni de cafiolo. Pero, por alguna razón, he recibido menos cachetazos, puteadas o deliradas femeninas de las que tal vez merecí. En el fondo, también me hacía fuerte en la teoría de las terribles necesidades que afrontaban ciertas mujeres, y me servía de ellas. No buscaban amor, ni romances de novelitas, ni paseos de la mano por Costa Salguero, o Puerto Madero, ni flores o bombones caros. ¡Nada de eso! Buscaban sexo, y yo estaba a disposición, siempre por los mismos lugares, apostado en el camino de esas hembras para que me descubran casi sin esforzarse. En el subte no me iba tan bien como en el colectivo. Supongo que, por la maraña apretujada de gente incapaz de moverse, o por la histeria de ciertos fóbicos al encierro, o a la humedad que reina en esos túneles, o por parecer más peligrosos en la oscuridad. Por eso elegí los colectivos, casi sin cuestionármelo.
Tuve muchas historias fuertes, tan solo bajo el lema de viajar parado y apoyar mi pija en los culos que me parecían más necesitados. No siempre eran los más lindos o explosivos. También me las ingeniaba para apoyar mis brazos en sendos pechos voluptuosos, sin la necesidad de disculparme siquiera. Ellas sentían mis roces, mi contacto, mi respiración atribulada. Y estaba claro que les daba igual, o lo disfrutaban a su forma. Pero las mejores apostillas que tengo para compartirles, transcurrieron a lo largo de este año. ¡Y todo gracias a lo caro que se fueron las playas de estacionamiento! Casi que, a todos, abogados, oficinistas, médicos, funcionarios públicos o bancarios, no nos quedaba otra que usar subtes o micros. Yo, no podía quejarme.
Un jueves por la noche, volvía a mi casa luego de configurar una antena inalámbrica de una empresa de internet. (De alguna forma trataba de hacerme unos manguitos extra reparando computadoras, o sistemas, ya que mi sueldo municipal no es la gran cosa). El colectivo venía lleno, hasta las manos. Había charlas cruzadas, música, calor, bebés llorando, perfumes rancios por el peso de todo el día en la ropa, y olor a cigarrillo impregnado en las pieles de los fumadores. Yo viajaba parado, como de costumbre. No pensaba en nada, aunque de a ratos la panza me rugía de hambre. Ya eran las 11 y pico, y algunos parecían nerviosos al bajarse. Bueno, era cierto que había cierta inseguridad. Pero, de repente me distraje mirándole la boca carnosa a una minusa de unos 16, o tal vez 17 que, tenía los ojitos amables y tiernos. No tardé en ponerme detrás de ella, y percibir un dejo de olor a cerveza. Enseguida ella misma me enteró de todo, gracias a los audios de WhatsApp que se mandaba con sus amigas. Una tal Belén le decía que no se olvide de avisarle cuando llegue a su casa, y la cargaba por haberse tomado como 5 latitas de Quilmes. Su perfume era penetrante, y cada vez que movía su cabellera, o estiraba un brazo para aferrarse al pasamanos, su aliento delataba que su amiga tenía razón. ¡Siempre me calentó el olor a cerveza en la boca de una mujer! Sin embargo, la pendeja era una decepción en cuanto a las curvas. Era delgadita, sin nada de cola ni de pechos. Pero, algo en ella me atraía. Tal vez era por cómo se veía con su pantalón ajustado y su suéter bien cortito de color rosa suave. ¡Sí, por ahí era eso! ¡Se le veía un trocito de piel de la pancita! O quizás, era porque no se resistía a mis repetidas apoyadas. Tampoco dijo nada cuando le acaricié una nalga con mis dedos, deliberadamente. Nadie me veía, porque cada uno venía en la suya, y cada vez más apretados, porque no paraba de subir gente. En un momento giró la cabeza y me miró con una picardía de la que no la creía capaz. Ahí sus labios se me volvieron más apetitosos. Enseguida los imaginé rodeándome el glande, besando mi tronco, tatuándose en mis huevos, y la pija se me paró de inmediato. Se la restregué en el culo, y ella se balanceó hacia los costados. Después, una vez que el micro frenó de golpe, ella desafió a la gravedad para no separar su colita de la erección rabiosa de mi pija. Y, de pronto, Sofía miró por la ventana con cierta desesperación.
¡Uy, me re pasé de la parada! ¡Bue, tendré que bajarme acá, y patear unas cuadritas!, dijo para sí. Yo pensé que le estaba enviando un audio a alguien. Pero ya no tenía su celular en la mano. Entonces, ni bien la vi descender por la puerta del medio del colectivo, tomé la decisión de bajarme. Teniendo en cuenta la hora, ella caminaba con cierta pasividad, como si no estuviese apurada por llegar a su casa. Yo la seguía, intentando no incomodarla. Pero, en cuanto me di cuenta que estábamos cerca de un terreno baldío plagado de árboles altos, muy juntos entre sí, primero me nació acercarme para prevenirle que tenga cuidado.
¡Disculpame, pero, por las dudas, hay que andar con cuidado por acá, a estas horas! ¡Los chorros se esconden siempre por ahí!, le dije, caminando prácticamente a su lado. Ella ni se inmutó, ni se asustó. De hecho, después de suspirar y mirar hacia la calle, me clavó los ojos y me dijo: ¿Y vos? ¿No sos peligroso? ¡Vi cómo me mirabas la boca! ¡Y, además, te la pasaste todo el viaje apoyándome la cola! ¡Y la tenías re dura encima!
¡En mi defensa, lo único que te puedo decir es que, no soy peligroso! ¡Y vos, por lo que escuché, te tomaste varias latitas de Quilmes! ¿Te parece bien? ¡Digo, si te mamás, no deberías viajar solita, a estas horas de la noche!, le dije, colocando una de mis manos en su hombro. Ella seguía sin retroceder. De repente, hubo un par de hechos sin sincronía, pero sí en consonancia con nuestras necesidades. Ella se me tiró encima, me manoteó el pedazo, y yo busqué sus labios para morderlos. De modo que, durante un instante parecíamos dos tortolitos reconciliándose.
¡Me encanta el olor de la birra en tu boca, pendejita!, le susurré al oído, y su cuerpito se estremeció.
¡A mí, me gusta mucho más cuando tengo la boca con olor a semen!, dijo luego, mordiéndose el labio inferior, sin dejar de rozarme el glande con un dedo, como si supiera cómo encender a los ratones de mis perversiones. Y no hubo mucho más por hacer. De pronto le agarré la mano y se la metí de lleno por adentro de mi bóxer, y ella recién ahí pareció tomar aire para gritar, pedir ayuda, o para mandarme a la mierda. Sin embargo, la guacha buscó mi nariz para inhalar y exhalar todo su aliento, mientras le hacía algo parecido a una paja a mi pija. Más que nada por lo incómodos que estábamos, sabiendo que cualquier curioso podía llamarnos la atención.
¡Dale guacha, date la vuelta, y metete por ahí! ¡Bajate el pantalón, así te como la concha!, le dije, ya fuera de mis cabales, señalándole el oscuro sitio que había entre unos árboles especialmente altos. Ella me dijo que no, pero sus ojos no estaban de acuerdo con sus palabras. Le manoseé el culo, y ella me dijo al oído: ¡Sos un pajero de mierda! ¡Y te calientan las guachitas borrachas! ¿No? ¡Me dejaste tu olor a pija en la mano! ¡Así que, ahora me voy a mi casa, forro!
¡Ni en pedo te vas a ir! ¡Ahora, te voy a dejar toda mi lechita en la boca!, le decía, mientras yo mismo conducía su cuerpo hasta el lugar indicado, sin saber a ciencia cierta si alguien nos miraba. Y de pronto, mis manos le ganaban la batalla a las suyas que no me permitían bajarle el pantalón. En cuanto lo hice, le sobé la concha, y noté que tenía la bombacha empapada. No iba a perderme semejante deleite. Así que, la apretujé contra uno de los árboles, me agaché con más agilidad de la que me reconocía, y empecé a sobarle la conchita con mi cara, a desprender mi lengua para que se pierda por entre esa tela húmeda, y a sorber poco a poco los jugos que emanaban de su interior. Ella gemía, y se apretaba las tetas. Lo supe por el movimiento de su abdomen, y por el ruido de los breteles de su corpiño de encajes. Para eso yo mismo le había quitado el suéter. En cuanto le toqué el clítoris con la lengua, la guacha parecía que se me iba a desarmar en la boca. Se mojaba, arqueaba la espalda, intentaba abrir más las piernas, y reunía algunos dedos para pajearse ella misma, cuando mi lengua nadaba en la oscuridad de su vagina. Me volvía loco el sabor de sus líquidos calientes, su olor a hembra, su perfume a deseo, y las ganas de gozar que ardía en su piel. Pero también sabía que, si la hacía acabar, ella no terminaría conmigo. Bueno, al menos era una de las opciones. Por eso, en un arrebato de júbilo me incorporé del encierro húmedo de sus piernas, y mientras nuestros labios se convertían en babosas prehistóricas, le dije: ¡Arrodillate ahí, y chupame la verga, nenita! ¡Y ni sueñes con subirte la bombacha, ni el pantalón! ¿Me entendiste?
Para mi sorpresa, Sofía hizo exactamente lo que le pedí. Incluso, ella misma me bajó el pantalón y extrajo mi pija dura de mi bóxer, primero para mordisquearme el tronco, y luego para pegarse con ella en las tetas, salpicándose todo el corpiño con sus jugos preseminales.
¡Si querés que te la mame, pedilo, pajero! ¿Te la chupo? ¿Por eso me mirabas la boca? ¿Te gustó comerme la conchita, perro?, me decía, mientras me olía la pija y se la pasaba por cada centímetro del rostro. Yo no le contestaba. La agarré del pelo y empujé un par de veces con mi glande en sus labios apretados. Ella gemía y negaba con la cabeza, dispuesta a jugar a la chica violada. Pero de pronto mi verga traspasó la guarda real de sus dientes perfectos, y estuvo al borde de desintegrarse por el fuego de su saliva y el jugueteo de su lengua. ¿Cómo podía ser que supiera jugar tan bien? La cosa es que, empezó a dar arcadas cuando mi dureza llegaba a tocarle la garganta, a eructar cuando yo se lo pedía, que era cuando la privaba de mi pija por un ratito para que tome aire, y a escupirme los huevos. Además, en un momento colocó mi pija entre su corpiño y sus tetitas, y empezó a frotarse con todo, mientras me decía: ¡Me encantan los maduritos, los que apoyan a las guachitas como yo! ¡No me dijiste si te gustó chuparme la concha! ¡Quiero más, quiero que me hagas acabar, cuando te saque la lechita!
Pero una vez más, mis diabólicos instintos me llevaron a tomarla del pelo para encastrarle la verga en la boca, y esta vez no paré hasta llenarla de leche. Fue tal vez más rápido de lo que imaginé. O tal vez duró mucho más. Pero, en cuanto ella empezó a ahogarse, a morderme los costaditos del tronco para volver a petearme, y cuando sus toses profundas se confundían con la sopapa de sus labios, los gargarismos de su campanilla y los excesos de saliva desbordándola por todos lados, no pude más que gritarle: ¡Abrí la trucha pendejita! ¡Ahí te va la lechitaaa, para que no te andes mamando con birra! ¡Tragate todas las leches que quieras, mamate con semen, putita de mierdaaaa, asíii, tragala toda, cerdita putaaa! ¡Y sí, me re calentó tu olor a concha, y tu bombacha mojada, putita barataaaaa!
Y luego, los temblores de mi cuerpo, los crujidos de algunas ramas pisadas por nuestra adrenalina, mi espalda acusando roces de aquel árbol mugriento, y la boca de Sofía repleta de mi blanca descarga, como si no quisiera tragarse todo. De hecho, la vi escupirse algunos hilitos de semen en las tetas, haciendo a un lado su corpiñito. Me sonreía, y entonces advertí que ella sola se dedeaba la vagina. Me miró como diciéndome: “Ahora te toca a vos”. Pero, la verdad es que cuando vi hacia la calle, había varias personas que empezaban a movilizarse. Incluso, había unos policías hablando con una mujer, a la que evidentemente le habían robado la cartera.
¡Arreglate la ropita nena, que tenemos que rajar de acá!, le dije, acariciándole las tetitas.
¿Y qué pasa si me pongo a gritar acá, y te denuncio?, me dijo, aunque sin tomarse enserio sus propias palabras.
¡Ok, ya entendí! ¡Ustedes son todos iguales! ¡Una vez que les sacan la leche, no quieren más nada! ¡Pero, apenas te vuelva a cruzar en el colectivo, nos vamos a tener que bajar para que me saques la leche de la concha! ¡Si no, te denuncio! ¿Hecho? ¡Aparte, te filmé con mi celu!, me decía, ya prácticamente vestida, aunque con la boquita sucia. Una vez más me sonrió, y se perdió en la oscuridad de la noche. Nunca más me la volví a cruzar. Por lo que, tampoco supe si de verdad me había filmado.
Al mes siguiente, fue el turno de Luna. En esta ocasión, no había mucha gente parada. Pero ella sí, y eso era más que suficiente. Me llamó la atención al toque. No entendía por qué viajaba parada, si había asientos libres. Entonces, divisé que tenía una calza súper apretada. Tanto que, podía leerse sin demasiados esfuerzos el dibujo de su conchita prominente, casi tanto como el culazo que la escoltaba. Era obvio que trabajaba su cuerpo en el gimnasio, porque mostraba toda la postura de una profe de gimnasia, o de alguien que se preocupa por estar bien. Tenía unos auriculares, lo que por ahí explicaba el bailoteo de sus caderas, ya que en el micro no había música. Al menos hasta el momento en que el conductor puso un programa deportivo. Eran las 10 de la noche, y eran muchos más los que bajaban que los que subían. Pero el tránsito estaba pesado, muy cargado, y con varias calles cortadas. Tenía que acercarme a esa morocha. Hasta que, de repente se le cayó el celular, y rápidamente me dispuse a levantárselo. Cuando se lo di en la mano, ella me miró y me sonrió, pero no articuló palabras. Así que, aprovechando el momento para quedarme parado cerquita de ella, comencé con mis formas de apoyarla. Con todo el sigilo en principio. Solo que, en una frenada fuerte, seguida de una sacudida violenta, mi pija hinchada colisionó sin reservas contra su culito apretado, con una hermosa división en el centro de esa calza sudada. Fui consciente de su perfume, del enjuague de su pelo, y también de que tenía los auriculares muy fuertes. Pero ella no parecía reparar en el dedo que le dibujaba corazones en la nalga derecha, ni más tarde en el dedo que le recorría la zanjita del culo, ni luego, en la dureza de mi poronga contra esos globos comestibles, mientras su cuerpo seguía bailando con movimientos cortitos, el tema que extasiaba a sus oídos. Y de golpe, otra frenada monstruosa. Esta vez sí que mi pija pudo haberle perforado la calza por la forma en la que me derrumbé sobre ella.
¡Che, me parece, que por cómo está manejando este bobo, sería mejor que nos sentemos! ¿Te parece?, le dije, quizás más bajito de lo que imaginé. Creí que no iba a escucharme por sus auriculares. Pero la morocha dio vuelta la cara y me dijo: ¡Sí, es cierto! ¡Ahí atrás hay lugar!
Fue inmediato. Los dos nos dirigimos al anteúltimo asiento libre. Había dos juntos. Así que, yo me puse del lado de la ventanilla, para que ella tome el contiguo. Pero, la pibita prefirió sentarse sobre mis piernas. ¿Qué onda? ¿Seguro que sabía lo que hacía? ¿O ahora me reclamaría por apoyarla todo el viaje?
¡La verdad, con esa campera de cuero, te ves muy sexy! ¡Pero, no te ilusiones, porque tengo novio! ¡Bue, digamos que por ahora tengo! ¡Es re cornudo el pobre! ¡Pero yo, seguro que también! ¡Es un baboso, y un pajero, como todos los hombres! ¡Incluso como vos! ¿Tenés hijas? ¿Te gustaría que, a una de ellas, o a tu esposa, un degenerado le apoye la pija en el orto, y la desnude con la mirada?, recitó casi de un tirón, mirándome como para asesinarme con sus pupilas más que expresivas. Se había guardado el celular y los auriculares.
¿Y vos pensás que, si a mi mujer la apoyan, me lo va a venir a contar? ¡Y, por suerte, hijas no tengo!, le dije, entre confundido y muerto de curiosidad por saber qué había debajo de esa calcita sugestiva.
¡Mmm, yo creo que a tu mujer se la re apoyan, y le aprietan las tetas! ¡Cuando coge con vos, seguro que piensa en otro!, me dijo luego, arreglándose un mechón de cabello como para que la estela de su perfume lo inunde todo con su presencia. Al mismo tiempo, notaba que frotaba lentamente su culo contra mis piernas.
¿Vamos a seguir hablando de mi novio, y de tu mujer? ¿O querés divertirte un rato?, me largó entonces, prácticamente poniéndome su par de tetas en la cara, convidándome del aroma del sudor que le embebía el topsito deportivo que traía bajo su remera lila, también apretadita.
¡No sé cómo querés divertirte conmigo, arriba de un colectivo!, le dije, más para ganar tiempo que para otra cosa. Jamás, hasta ese momento había experimentado una propuesta semejante, y nunca había hecho algo más que apoyar culos o rozar tetas en un bondi. Bueno, salvo la vez que, le acabé en el culo a una bolivianita que viajaba pegada a mi erección descomunal. Tanto que, no tuve problemas en liberar mi pija, apoyarla con tozudez sobre sus nalguitas preciosas, moverme con unas frotadas fuertes, y al fin llenarle todo el pantaloncito de semen. Al ratito bajé, y la bolivianita tuvo que haberse dado cuenta de todo. Pero, eso había sido lo más osado que pude conseguir en un micro, y de noche.
¿En serio me lo preguntás? ¡Mirá que tenías cara de boludo! ¡Pero no de perdedor! ¡Si no pelás la verga ahora, yo no me bajo la calza! ¿No era que te gustaba mi culo?, dijo sin más, dirigiendo una de sus manos a mi bulto. En un momento pensé que me quería robar el teléfono, y hasta se lo dije. Pero ella no mudó el gesto, ni dejó de mimosearme el pito. Por lo tanto, casi sin darnos cuenta, y justo cuando un vendedor de caramelos y chicles se bajaba al borde de pegarse un porrazo, sentí la astucia de las manos de Luna ocupándose del botón y la bragueta de mi jean. Apretó mi glande con sus dedos, buscó mi boca para tocarla con su lengua, me re franeleó la cola en las piernas, subiendo poco a poco para hacer contacto con mi verga todavía adentro del bóxer, y se bajó la parte de atrás de la calza, mostrándome que no tenía ningún tipo de ropa interior. ¿Cómo podía ser que todo aquello se me diera tan fácil?
¡Amo que me nalgueen! ¡Pero, si me empezás a nalguear acá, se van a dar cuenta! ¡Así que, tranquis!, me dijo entonces, mientras mis manos le palpaban, amasaban, moldeaban y pellizcaban ese culo precioso, fresquito por el sudor de su ejercicio físico. Ella misma me agarró una de las manos para que le sobe la concha sobre la calza, y entonces descubrí que allí el calor era intenso, abrazador, y tan peligroso como la forma en la que su culo conseguía bajar mi bóxer. De esa forma, a mi pija dura como una piedra no le quedó otra alternativa que rozarse con esa piel tersa, encontrar el canal que dividía a esas redondeces hermosas, y deslizarse poco a poco hacia un objetivo que, jamás se me había hecho realidad en un espacio público. De hecho, no había tenido la suerte de romper más de tres culos en mi vida. Y de pronto, la guacha empezó a pajearme la verga en medio de su culito, la presión de su calza toda corrida y el rugido incesante del micro, que casi ya no subía ni bajaba a nadie.
¡No es la primera vez que me apoyás! ¿Sabías? ¡Por ahí, apoyaste a tantas minas, que ya ni te acordás! ¡O se te confunden! ¡Dale guacho, tirate un poquito más para atrás, así me la metés de una! ¡Amo que me rompan el culo!, me dijo de repente, sacudiendo su pelo mojado, acaso por la adrenalina, el sudor, o la indecencia. Yo le hice caso, y ella me pidió que le apriete los pezones por encima del top, al mismo tiempo que mi verga encontraba sin temor a equivocarse, el portal directo al paraíso. Tenía el agujerito caliente, como con fiebre, y súper lubricado. Además, mi pija también había estado babeando juguitos desde que empecé a apoyarla. Tal vez desde que la vi con ese culo comecalzas. Y entonces, sentí cómo sus piernas entraron en una conmoción desvergonzada y perversa. Fue justo cuando advertí que mi glande había traspasado su cráter negro, y un ritmo suave comenzaba a impulsarnos a darnos más, a querer meterla más, profundizar todo lo que se pudiera. Pero no podíamos enloquecernos, ni evidenciarnos. Había gente, y cualquiera podía mirarnos, por más que a esas horas, cada uno estaba en la suya. Incluso, algunos hablaban por teléfono, y otros jugaban a juegos online para matar el tiempo. Había dos tipos discutiendo por la eliminación de Boca de la copa libertadores.
¡Dale pajero, metela toda, y acabame en el orto, si tanto te gusta! ¿Alguna vez le acabaste en la calza a una guacha? ¿O en la pollerita a una colegiala? ¿Te calientan las nenas con olor a colegio, a chicle, y a pichí? ¡Cogeme perro, dale, abrime el culo con esa pija!, me decía al oído cuando lograba estirar su cuello perfumado, y mi pija se deshacía en convicciones por someterse a sus órdenes. El sexo, los movimientos lentos de nuestros cuerpos, el fuego que nos envolvía y las ganas de devorarnos como bestias salvajes, nos exigían acelerar el ritmo, hacer que cada envestida de mi verga la obligue a gritar de celo, y que sus tetas sean despedazadas por mis labios y manos. Pero debíamos contentarnos con sentirnos así, cogiendo despacito, aunque cada vez más profundo, apretadito y con mayores precisiones. Ella estaba súper húmeda, en especial porque no paraba de sobarse la concha. Pero mi verga no se quedaba atrás. Cada gota de líquidos que se emperraba por colaborar con mis arremetidas, parecía alegrarle más el corazón y la sangre a esa morocha, que se llenaba toda con mi dureza. A pesar que tenía experiencia con que le den por el culo, a mi pija se le antojaba apretadito y estrecho aquel recoveco oscuro y afiebrado. Y de pronto Luna comenzó a moverse con determinación, buscando que mi pija se estire hasta sus entrañas, si le fuera posible.
¡Dale hijo de puta, llename el culo de lechita, largala toda, acabame ahora, daleee, que estoy re calienteee, y quiero llegar enculadita a mi casaaaa!, me dijo en medio de un profundo colapso de suspiros y gemidos atragantados. Su piel parecía cambiar de colores y texturas, al tiempo que mi pija no lograba contenerse ni un minuto más. Se sintió como que fueron dos o tres estornudos de mi glande en el ajustado culo de esa hembra divina, y al fin fui consciente de sus dientes mordiendo mis labios, tal vez para acallar el desenlace del orgasmo que la colmaba. Yo sentí que mis huevos se vaciaban de lujuria y felicidad en su culo grandioso, y que sus tetas olían a flores primaverales. Y al toque, casi como si el destino hubiese encendido las luces, el peso de su cuerpo desapareció de mis piernas. La vi arreglándose la calza, sobándose el culo y buscando algo en su bolsito deportivo.
¡Tomá, te doy mi tarjeta! ¡Por si te interesa, doy clases de todo lo que tiene que ver con ejercicios físicos! ¡Soy profe de gimnasia! ¡Si querés tener un cuerpo saludable, me llamás, y arreglamos!, me iba diciendo mientras con una mano pulsaba el timbre para que el conductor abra la puerta de descenso, y con la otra me daba una tarjeta color púrpura con su teléfono, su mail, su nombre, y todas sus especialidades. Por eso supe que se llamaba Luna. Entonces, vi como su culo desaparecía todo llenito de leche a través de la puerta, y caí en la cuenta que aún no me había subido la bragueta, ni guardado mi pija en su lugar.
La tercera de mis experiencias, fue la semana pasada, y esta vez fue con una mami que tenía las mejores tetas que pudieran habitar en mis sueños plagados de ratones sexuales. Ella, como yo, laburaba en una oficina. Solo que su pinta era evidente. A esa altura yo ya tenía mi atuendo habitual. O sea, campera de cuero, remera de alguna banda de rock, (En este caso una de Nirvana), un jean y unas zapatillas deportivas. La verdad, nunca me destaqué por la facha, ni otro atributo. Mis amigos decían que era mi campera de cuero lo que las volvía locas. Pero, esa mujer, lucía su trajecito típico, saquito y pollera de oficina, con una camisa negra desprendida en el primer botón, lo que le hacía resaltar las tetas, como si esperase que una docena de bebés hambriento se alimente de ellas. Viajaba de pie, a pocos centímetros de mi dudosa moral. Yo me acercaba cada vez más para ver sus pechos bien de cerca. Entonces, empecé a pegar mi bulto a su culo no tan abundante, pero confortable. Ella no tenía auriculares, ni un teléfono para distraerse. Parecía agotada. Incluso, bostezó un par de veces. Hubo frenadas, y, por ende, arrimones más violentos entre mi pene y su culo. En otro de los momentos tuve que pedirle perdón, porque me zafé sin querer del caño en que sostenía mis manos, y con una de ellas le toqué las tetas. Ella me sonrió, y dijo que no había problemas. ¡Hasta me preguntó si me sentía bien, porque me veía pálido! Apenas le dije que estaba cien puntos, tomó una de mis manos y se la apoyó durante unos breves segundos en su escote, mientras me pronunciaba bajito: ¡Dale, apretalas, si eso es lo que querés!
¡No señora, no se preocupe! ¡No quiero tener problemas con usted! ¡Fue un accidente!, le dije, suponiendo que con una mujer de su naturaleza podría llegar a tener algún conflicto. Y más con todo el poder que tienen hoy en día las mujeres.
¡Mirá vos! ¿Y también era un accidente tu pija contra mi culo? ¡Dale, jodeme que pensaste que no lo noté! ¡La tenés muy dura al parecer! ¿Qué pasa? ¿No cogés hace mucho?, me descolocó su voz calma, mientras el brusco movimiento del bondi volvía a juntar mi virilidad con la generosidad de sus caderas. La mina empezó a mecer las nalgas, intentando descubrir alguna reacción en mí, aparentemente, o solo dejarse llevar por lo que sentía.
¡Sí, hace mucho que no cogés! ¡Se te nota! ¿Y por eso andás apoyando a las mujeres? ¿Sabías que sos un depravado? ¿Un asqueroso, cochino, y pajero?, me dijo luego, acentuando cada palabra con un guiño de sus ojos almendrados. Hasta la prolijidad de sus bucles me maravillaba, y mucho más la forma en la que controlaba hasta los silencios que había entre nosotros, y el contacto de mi pubis contra sus glúteos.
¡Me llamo Romina, y tengo 40, recién cumplidos! ¡Y, si no querés que empiece a gritar como una loca, ni bien veas que yo me acomodo para bajar, me seguís! ¡Y no me importa si estás de acuerdo, o tenés otra cosa que hacer! ¿Me entendés?, y Seguime apoyando esa cosa dura en el culo!, me retó a duelo, antes de darse vuelta y dirigir sus mejillas ardientes a la ventanilla. El teléfono le vibró en el maletín. Pero ella no le dio importancia. Yo seguía meciéndome hacia un lado y el otro, pegándome cada vez más a su ojete, y ella suspiraba. Hasta que se me despegó para tocar el timbre, y entonces, muerto de miedo y de una intriga inaudita en mi ser, decidí que lo mejor era bajarme con ella. Una vez en la vereda, exactamente al frente de una casa con un baner magnífico que rezaba: ¡Clases de yoga, reiki, y autosuperación personal!, Romina me dijo: ¡Es acá! ¡Seguime, que no hay problema! ¡Esta es mi casa!
¡Mirá, no quiero generarte ningún lío, ni que vos me cuestiones por lo que pasó!, empecé a enhebrar una especie de disculpa, pensando en tomarme el palo. Pero Romina sonrió con los ojitos brillosos, mientras decía: ¡Ahora me tenés que sacar la calentura que me hiciste agarrar en el micro, pajerito! ¡Y entrá, antes que te demande! ¡No te preocupes, que, a lo sumo, debe estar mi hijo! ¡Pero se la pasa jugando a la Play! ¡Nunca me escucha!
Y de golpe ya estaba de pie en una estancia que olía a sahumerio, que tenía infinidad de cuadros colgados, y un espejo re cheto cerca de unos candelabros. Romina me hizo señas para que la siga, en absoluto silencio. Subimos una escalera, y cuando estuvimos en un rellano con poca luz, ambos escuchamos una música de batalla, tiros, gritos y otros sonidos que provenían de alguna consola de videojuegos.
¡Enzoooo, ya llegué! ¡Me voy a recostar un ratito! ¡No me interrumpas, a no ser que se prenda fuego la casa! ¿Estamos?, dijo Romina pegada a una de las 5 puertas que había en el rellano. Una voz de adolescente pronunció algo que solo su madre pudo comprender. Y entonces, casi sin imaginármelo, ya estaba sentado en la cama matrimonial de esa mujer que me sonreía, desprendiéndose la camisa, y quitándose el corpiño con una velocidad que, daba la sensación que estaba súper ansiosa por perder la virginidad.
¿A ver, cosita de mami? ¡Quiero sentir cómo me mamás las tetas! ¡Chupalas, hacelas mierda, mordelas, olelas, pasátelas por todos lados, y lameme bien los pezones!, me exigió, ahora con su aliento como el de una gacela en llamas, poniéndome deliberadamente las tetas desnudas en la cara, mientras con sus manos buscaba por adentro de mi pantalón, y encontraba mi pija dura para empezar a pajearla. Le arranqué varios gemidos y jadeos con mi lengua, boca y dientes en sus tetas, que estaban perfumadas, olían rico, sabían a una piel tan dulce que me extasiaba cada partícula del cerebro. Sus dedos se esforzaban para arrancarme hasta la última gota de hombría, presionando mi glande con astucia, pellizcando el cuero de mi verga y la bolsita de los huevos, y humedeciéndose la mano completa para deslizar toda mi pija contra su palma. Pero, de golpe se separó de mis jadeos intermitentes, y la vi quitándose la pollera, el portaligas y los zapatos de taco alto que la hacían más que presente cuando caminaba. Fue tan rápida como la velocidad de la luz cuando, una vez más tomó el control de la situación.
¡Ahora vas a ver lo que es bueno! ¡Odio a los pajeros que manosean a las minas en los colectivos! ¡Pero también me calientan! ¡Creo que me calientan tanto que, ahora te voy a tener que coger acá, mientras mi nene juega la Play, y mi marido trabaja! ¡Sí bebé, estoy casada! ¡Bien atendida por suerte! ¡Pero las mujeres siempre queremos más! ¡Nunca se lo preguntaste a la tuya?, me decía, al tiempo que su cuerpo subía sobre la cama con toda la elegancia que supo crear para su propia satisfacción, más que para la mía. Y sin previo aviso, empujó mi pecho sobre la cama, se subió sobre mi cuerpo, y comenzó a golpear mi pija erecta, desnuda y ardiente con su pubis. No se había quitado la bombacha negra de encajes que la rejuvenecía aún más, y seguía obsesionada con que le chupe las tetas, le muerda los pezones, y se los escupa en cuanto tuviese la oportunidad.
¿Te gusta, hijo de puta? ¡Me encanta darle conchazos a los pajeros que se portan mal! ¿A cuántas manoseaste ya? ¿Te descubrieron? ¡Seguro que más de una te tocó esta pija en el micro! ¿les apoyás el culito a las nenas también? ¡Más vale que no te hagas el vivo, porque ahí sí que te voy a tener que denunciar, con todas las de la ley! ¿Me escuchaste? ¡Sos un asqueroso, un pervertido, un maniático obsesivo, un chancho! ¡Pero tenés una linda pija, bien gruesa, como me gusta! ¡Amo las pijas gruesas, no tan largas, y que sepan coger bien! ¿Me vas a coger bien, pelotudo?, me decía Romina, al tiempo que apretaba sus tetas en mi cara, continuaba golpeando mi verga con su vulva aún vestida, y me exigía que le cachetee el culo, ya que tanto me gustaba. Y de pronto, la cama se convirtió en un parque de diversiones. Había sonidos, luces, mareo, vértigo, una felicidad imposible de silenciar, gritos, resbalones, malas palabras y una ansiedad por entregarlo todo que, por momentos nos asfixiaba. Romina afirmaba cada vez que la nalgueaba que necesitaba más. Un chirlo, y uno más, y más cachetadas, al tiempo que mi pija comenzaba a burlarse de su bombachita, y poco a poco hacía contacto con su orificio voraz. Y entonces, un calor abrazador como el de una parrilla ardiendo me consumió por completo, en cuanto mi glande entró todo en su concha súper jugosa. Tantos líquidos almacenados allí comenzaron a resbalar por mis piernas, y a resonar con cada bombazo que pude detonar en su interior. La muy zorra gemía, y yo, recordando que estaba su hijo en una habitación cercana, trataba de calmarla un poco.
¡Callate, y cogé nene, preocupate solo por cogerme toda! ¡Aparte, ese guacho ya conoce cómo gime su mami cuando está ocupada! ¡Lo que no sabe, es que de vez en cuando me traigo algún machito, para que me haga feliz cuando mi marido trabaja! ¿Te gusta cómo me muevo, hijo de puta?, me decía sin razonamientos, con la garganta repleta de jadeos, mientras ahora ella movía su vientre y caderas sobre mi humanidad, al borde de arrancarme la verga con su sexo embriagado de lujuria. Hasta que, en un momento me agarró del cuello y me pidió que me levante de la cama. Aunque casi que no hacía falta, porque ella misma me zamarreó como para que no tenga otra alternativa. Entonces, ella se quitó definitivamente la bombacha, puso sus codos sobre la sábana cada vez más arrugada y enchastrada de nosotros, y comenzó a mover el culo de un lado al otro, a nalgueárselo con excesiva fuerza, y a pedirme con un hilito de voz: ¡Culeame perro, dale, montame y clavala toda! ¿No me querés hacer el culo? ¿A cuántas de todas a las que manoseaste les pudiste hacer el culo? ¡Dale boludo, cogeme ya, y no pares, hasta que me acabes en el culo! ¿Me entendiste bien?
No necesité volver a escucharla. Primero, le asesté un par de chirlos que la hicieron vibrar, le separé las nalgas para escupirle el agujero, el que se veía con cierta experiencia, y acerqué la punta de mi chota a tanta desesperación convertida en ese túnel sinuoso. Ella me gritó para que se la clave de una vez. Pero yo, primero me pajeé un ratito, bien pegado a su ojete. En un momento hasta me clavó las uñas en una pierna para apurarme. Yo, de paso, le estimulaba el clítoris y hacía que su concha peluda y gordita siga expulsando jugos, y más jugos. Y al fin, cuando yo mismo creí que no lo soportaría un segundo más, tomé aire y coloqué mejor la cabecita de mi verga entre sus nalgas, y empujé. Una vez, dos veces, y una tercera. De modo que, en medio de sus gritos amortiguados por la almohada que mordía, sentí que se la había enterrado todita, por completo, y entonces, solo me quedaba danzar, bombearla toda, martillar y penetrar ese culo que tanto me había calentado.
¡Sabés cómo se me calentó la leche mamita, desde que te vi el orto! ¿Querés más, perra? ¡Pedime pija, puta de mierda! ¡Te gusta hacerte la interesante, la superada, la minita de mente abierta! ¡Y seguro que te la pasás garchando! ¿Tu marido también te mete los cuernos? ¿A él le pedís que te ortee así, guacha? ¡Sentila toda putita, pedila, pedime más, pedime la leche, cochina! ¡Seguro te re calienta que tu hijo te escuche gozar! ¿No perra?, le decía, mientras el choque de nuestros cuerpos nos estremecía por igual. Ella gemía, y me decía cosas que no podía entender, y menos podría recordar. Mi verga le abría más y más ese culo hermoso, y yo sentía cómo me la apretaba, me la devoraba y le enajenaba cada resto de humedad que había logrado adentro de su argolla caliente. El ritmo crecía, la temperatura nos elevaba a las nubes, la cama tronaba contra el piso, y mis huevos le golpeaban la concha, mientras mis manos le deshacían las gomas de tanto apretárselas. Ella quería que le muerda los dedos, que le escupa las tetas, le pase la lengua por las orejas, que le mordisquee la nuca, le chuponee el cuello, y que la siga montando. Incluso, en un momento me pidió que le apriete el cuello como si quisiera ahorcarla.
¡Dale hijo de puta, matame con esa pija, destrozame el culo, llename de leche caliente, quemame toda cuando me acabes, y decime que soy una puta de mierda, que me encamo con mi jefe, que me gusta la pija de todos en la oficina! ¡Me encanta ser la puta de la AFIP! ¡mordeme toda, haceme mierda las tetas, violame forro, daleee, y acabáaaa, que no aguanto máaaaás!, empezó a gritarme, tan sudada y movediza como el mismo infierno en el centro de la Tierra. Y entonces, justo cuando sentía que una electricidad me separaba del suelo, que un calor hiriente me prendía fuego los testículos, y que su voz incansable de gemidos y puteadas empezaba a irritarme, una sacudida feroz me obligó a gruñir, aullar, delirar, flotar por los aires, y clavarle mis dedos en las tetas con demasiadas ganas. Al mismo tiempo, mi leche parecía desintegrarme la verga mientras borboteaba de su interior para colonizarle el culo a esa hija de puta, que no paraba de pedirme más y más leche. Mientras tanto, pensaba en que me habría encantado embarazarla, o llenarle la boca con mi pija aventurera, impregnada de la esencia de su culo comecalzas. De igual manera, sentía que no podía dejar de bombear y arremeter contra esos globos perfectos. Y peor aún, parecía que mi semen era inagotable. Estuvimos un largo tiempo esperando que la verga se deshinche un poco, para que al fin su culo rebosante de mi masculinidad la suelte, agradecido por mi ofrenda. Ella, solo jadeaba, respiraba cada vez más pausada, se quitaba la almohada de la cara y se palpaba las tetas, casi sin moverse de la misma posición.
¡Bueno guacho! ¡Gracias por encularme así! ¡La verdad, me hiciste mierda, y largaste mucha leche! ¡Así que, por hoy te voy a perdonar que me hayas apoyado en el micro! ¡Pero la próxima, pobre de vos! ¿Queda claro?, me decía luego, mientras se ponía la bombacha y el corpiño, señalando mi campera de cuero y mi remera para que me vista. Ahora teníamos que buscar una forma de escapar. Así que, tuve que esperar a que ella se cerciore que su hijo no estuviese en algún lugar visible de la casa. ¡Si me llegaba a ver, sería un escándalo!
¡Ahora sí que tendría que andarme con cuidado por el micro!, pensaba, mientras me preparaba unos bifes y una ensalada de tomates, unas horas más tardes bajo el techo seguro de mi casa. ¿O no? ¿Acaso debía ser imprudente con esa mujer? ¡Bueno, pero no todas serían como ella! Sin embargo, no podía ser que todavía mi verga tuviese ganas de volver a entrar en ese culo maravilloso. ¡Ojalá, algún día de estos, Romina vuelva a prestarle su auto a su marido, para que pueda abordar el colectivo!
Fin
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