La primera vez que esa mujer me voló las cabezas, fue cuando tenía 16 años. Sí, la de arriba, y la del pito. Es que, fue tan inmediata, sorprendente y determinante que, no supe más que obedecer. Además, imponía tanto respeto y postura que, te daba la sensación de terminar abofeteado, o lastimado de alguna forma por sus manos, si no le hacías caso. ¡Y, tenía toda la pinta de palicearte, o de mandarte a la mismísima mierda de un sopapo!
Vanesa es la madre de mi mejor amigo Daniel, y, por lo que sabía, se llevaban más o menos. Pero, siempre le daba plata para que podamos pagar la canchita en la que jugábamos al fútbol hasta altas horas de la noche, o para comprarnos las primeras latas de birra en el kiosco de doña Elena. Él y yo no fumábamos cigarrillos, ni marimba. Pero la mayoría de nuestros amigos sí, y a veces, Daniel también bancaba esos vicios. Nunca supimos del todo cómo hacía Vanesa para tener guita, porque ella no laburaba, y Daniel era el primero de sus 6 hijos. Su marido era camionero, y caía a la casa cada dos semanas, o más. Seguro traía una torta de guita. Aún así, no se daban lujos, ni arreglaban demasiado la casa en la que vivían. Ella, sonreía poco, hablaba todavía menos, y en general vivía mirando tele, tomando mates, casi siempre sola. Algunas veces la visitaba mi vieja, o la Chelu, que es la mamá de Rodrigo y Pablo, los mellizos malditos del barrio, que obviamente también eran parte de nuestra barra de amigos. Parecía caracúlica y desagradable. Pero no era tan así. Tenía el pelo teñido de colorado, ojos de un negro profundo, las uñas siempre mal pintadas, y unas tetas demoníacas. En realidad, de eso me di cuenta, o empecé a prestarles atención desde aquella vez, la primera revolución que esa hembra germinó en mi cerebro vacío de todo concepto.
Fue una tarde nublada, en que los pibes me mandaron a buscar agua a lo de Daniel. El partido en la canchita se había picado a pleno, y la sed apremiaba. La única que estaba siempre en la casa, era Vanesa. Así que golpeé las manos, y tras escuchar su lánguido “Pasá nene, que ya te vi”, entré. Le dije que necesitaba cargar unas botellas de agua. Ella estaba revoleada en su sillón, con sus casi 40 años medio adormilados, tal vez por el calor, viendo una película, ¡Y con las tetas al aire! Cosa que no hizo más que estimularme la verga. Sentí que se me paró como impulsada por un latigazo, y tuve vergüenza. Ella me vio cuando me la acomodé.
¿Andan jugando a la pelota ustedes? ¿O boludeando con pendejas?, me asaltó, justo cuando mi cabeza les había dado la orden a mis pies para cargar agua en la cocina.
¡No, tamo jugando, al fulbito!, le dije, sonriéndole como un estúpido, tratando de no mirarle las tetas con esos pezones hinchados. Ella esbozó una sonrisa.
¿Entonces, se te para la verga cuando juegan a la pelota? ¿O es porque me viste las tetas? ¡Vení para acá!, dijo, bajando la voz, mientras apagaba su cigarrillo. Me quedé inmóvil.
¿Sos sordo nene? ¡Acercate, que no te voy a morder!, insistió, y no me quedó otra que acercarme. Me pegó en las manos para que suelte las botellas vacías y rueden por el suelo mal barrido. La miré extrañado.
¡Bajate el pantalón, y mostrame el pilín!, susurró, disfrutando de mi incredulidad. Y, como no fui capaz de mover un pelo, ella estiró su mano para atraerme hacia sí, tironeándome de la remera, y me bajó el pantalón para manosearme el bulto sobre el calzoncillo. Presionó mi tronco con sus dedos, luego hizo igual con mi glande, y me pellizcó la puntita. Palpó mis huevos, y me tironeó del calzón para pegarme más a sus piernas apretadas en una calza colorinche.
¿Te mamaron la pija, nenito?, me preguntó, ahora pajeándome el glande con dos dedos, mientras me agarraba una de las manos para colocarla sobre sus tetas. No podía siquiera decir su nombre. Por un lado, me avergonzaba, pero no podía prohibirle a mi pija que se haga chiquita, o que se comporte. ¡Al contrario! Se me ponía más dura, más gorda, y notaba que se me llenaba de cosquillas. Y, al fin me bajó el calzoncillo para ensuciarse las manos con todo el sudor de mi verga y huevos, en su afán de masturbarme suavecito, pero esforzándose por apropiarse de los juguitos que me colmaban la cabechota. Incluso, en un momento se escupió la mano para regalarme una sensación maravillosa cuando volvió a pajearme, con más lubricación, y unas fricciones asesinas.
¡Te pregunté algo, bebote! ¿Metiste esta cosita en la boca de una mujer? ¿O de alguna pendejita sucia?, me recordó, ahora pellizcándome la verga y arañándome una nalga. Le dije que una vez mi prima me la chupó, media borracha en la navidad del año anterior. ella, agachó su cuerpo para hacer contacto con mi pija babeada y sus gomas. Fue breve, pero ese roce casi me obliga a largarle toda la leche ahí. Sin embargo, la gorda primero acercó su nariz a mis bolas, suspiró y aspiró profundo, y luego, colocó mi cabecita colorada entre sus labios. Le dio unos sorbitos, se la sacó para escupirla dos o tres veces, y volvió a sorberla entre sus labios calientes, gruesos y sabios. Y de pronto, se la mandó toda adentro de la boca. Ahí, fue una locura. Succionaba, tragaba, mordía, chupaba y le pasaba la lengua a mi glande cuando al fin volvía a oxigenarse un poco. Se atragantaba con los pendejos de mi pubis, o con su propia saliva. Pero parecía no importarle. Cada vez que se la manducaba de nuevo, se aseguraba de llevarla hasta su garganta, por más que tosiera. A veces, creía que me vomitaría de tantas arcadas, eructos y gargarismos. Además, si yo me retiraba un poco, tal vez un poco asustado de que se descomponga o algo, ella me atraía hacia ella clavándome las uñas en el culo para continuar lamiendo, sorbiendo y mamando. Hasta que, fue inevitable. Cuando me dijo: ¡Dame la lechita nene, hacete hombre, dale, quiero que seas un machito lechero!, ahí fue que mi mente me hizo delirar, y la cabeza de mi verga ya no le consentía más paciencias. Así que, mientras le decía que me encantaba cómo me peteaba, empecé a acabar como un conejo, un poco adentro de su boca, y otro en sus mejillas, manos y gomas. Es que, ella se fregaba toda contra mis bolas, y mi pija que todavía largaba gotas de semen, al tiempo que mis pies amenazaban con abandonarme de tantas emociones. Y, cuando quise acordar, estaba en calzoncillos frente a ella, mirándole las tetas, con cara de bobo, livianito y más chivado que antes. Ella, me miraba con su antigua cara de ojete.
¡Andá a jugar al fulbito nene! ¡Ya te desleché! ¿Te gustó? ¡Y nada de botonearme con mi hijo! ¿Tamo? ¡Si, uno de estos días te quedás a dormir, por ahí, quién te dice! ¡Tratá de que no se te pare adelante mío! ¡Y rajá de acá, que me voy a dar un duchazo!, me iba diciendo a medida que levantaba el culo del sillón, y me señalaba las botellas vacías en el suelo. ¡Ni yo podía creer en mi suerte! ¿Y cómo se supone que podría guardar semejante secreto? ¿Daniel sabría de lo que es capaz su mamá? Aunque, sentía que debía ser un caballero, y no ventilar nada de todo lo que acababa de vivir. ¡Además, me convenía!
No obstante, a la semana siguiente se dio. Me quedé a dormir en lo de Daniel. Teníamos que hacer unos mapas para geografía, y afuera se había largado a llover con toda la leche. la verdad, en su casa no existían muchas comodidades, y los hermanitos de Daniel eran re hincha pelotas. Vanesa no les ponía límites con palabras, pero sí los cacheteaba, o les arrancaba el pelo o las orejas si no le obedecían. Lo que significaba que había llantos y reproches a cada rato. En especial con el Brian, que se la pasaba abriendo la heladera, escupiendo a sus hermanos más chicos, o pegándole a todo con la pelota. Así que, cuando llegó la noche, una vez que todos cenamos, Vanesa armó un colchón al lado de la cama de Daniel, que compartía la pieza con el Coqui y el Brian. Los más chiquitos dormían en la piecita de al lado. La lluvia no paraba, y ahora el viento rugía peor que nunca, cuando la noche se había tragado a cada sonido de la casa. Yo, ya estaba acostado, cubierto con una manta que olía a encierro, rendido de cansancio, pero, con el pito demasiado intranquilo. Me acuerdo que me pajeé un ratito, pero, me dio miedo acabarme encima, y que la leche desborde mi bóxer y pegotee la manta, o la sábana que Vanesa se había esforzado en alisar para que yo pueda dormir. Y, la cosa es que, cuando pensé que el sueño me vencería, unas manos atravesaron el calor de la manta, y alguna de ellas me bajó el bóxer hasta las piernas. De inmediato, sentí una cabellera sobre mi piel, una respiración insolente contra mi pija, y una boca que comenzaba a besarme la panza, el tronco y las bolas. Al toque, casi sin darme tiempo a nada, la voz de Vanesa se posó en mi oído para susurrarme: ¡Calladito, y quietito con las manos! ¡Ahora te la voy a chupar, hasta que me largues la leche en la boca! ¿Tamos? ¡Los pendejos como vos, viven alzados, y hay que deslecharlos!
Acto seguido, mis nalgas flotaban en ese colchón vencido por el paso del tiempo, mientras la boca de la gorda se tragaba mi pija, la succionaba, la roía y arañaba con sus dientes, la azotaba contra su cara, la escupía y volvía a tragarla. Sentía que me la quería arrancar del pubis, y que me olía con fascinación. De pronto, sus tetas sobre mi cara eran el mejor cielo que un adolescente podía pedirle a la vida.
¡Chupalas mocoso, ahora!, me dijo, sin dejar de pajearme la verga con una mano, ni de jadear bajo las rudas gotas de lluvia en el techo de chapa. Incluso, había una gotera justo a los pies de mi colchón. Yo, como pude, y sin la mínima experiencia, se las baboseé todas. Mordí y estiré sus pezones, se las amasé, me las froté en la cara, y trataba de reunir ambos pezones hinchados en mi boca. Y luego, Vanesa volvió a ocultar su cabeza bajo el fragor de mi sexo, como un avestruz. Esta vez me la mamó con unas ganas que, no tuve forma siquiera de prevenírselo. Fue después de que hurgó con su lengua en el clamor de mi prepucio empapado de presemen, y en el momento en que decidió metérsela con todo en la boca. Se la largué, y no paré de escupirle mi leche en la boca, sabiendo que tosía, que tenía algún que otro atracón, y que le estaba tironeando el pelo. Pero ella no decía nada. De hecho, tragaba y tragaba, olía y lamía, sorbía cada partícula de mi semen, y luego, mientras terminaba de limpiarme el tronco con su lengua caliente, me subió lentamente el calzoncillo. Cuando lo hubo colocado como corresponde, me mordió el pito sobre la tela, y luego el aroma del calor de sus mejillas se apostó sobre mi cara para decirme: ¡Tenés olor a pañal bebé! ¡Pero me encanta! ¡Cuando hagas pis, no te sacudas el pilín! ¡Dejá que se te moje el calzón! ¡Bah, como seguramente lo hacés! ¡Y calladito! ¡Nada de pajita! ¿Tamo de acuerdo?
Si bien esa noche no fue una sorpresa para mí, sabía que no era normal lo que estaba viviendo con esa mujer. Ahora me calentaba su olor a hembra, sus tetas, y sus labios. ¡Quería mirarle la boca llena de semen! Ahora soñaba con ella, me pajeaba pensando en ella, y no era capaz de mirar a otra pendeja. Pero seguía firme en mi pacto de no buchonearla, a nadie. Ella no merecía mi traición. Sin embargo, otra tarde cualquiera en la que también andábamos jugando a la pelota, yo aparecí por la casa de Daniel para ir a buscar mi celular, puesto que lo había dejado cargando allí. Y entonces, vi que la gorda estaba arrodillada, con una bombacha rosada, y nada más que eso, ¡mamándole el pito al Facu! Ese nabo era otro de nuestros amigos, aunque entre nosotros no había la mejor de las ondas. En especial, porque yo estaba podrido con que siempre me bardee con eso de que River se había ido a la B. no entendía que me pasaba. Era como si, algo se hubiese quebrado en el fondo de mi pecho.
¿Qué pasa bobo? ¿Tás celoso? ¿Creías que a vos nomás te chupaba la verga? ¡Dale, bajate el pantalón, y sentate al lado de él!, me dijo la gorda al notar que yo la miraba con cara de enojado. No me moví a la primera. Solo fue cuando ella me insistió al tironearme la remera. Me senté a la derecha de Facu, y por un momento me deleité observándola tragar, lamer y chupar esa verga larga y delgada. Se me hizo que tal vez, ella no estaba disfrutando del todo de ese ejemplar. No paraba de escupírsela, ni de pajearla con una de sus manos antes de volver a la carga con su boca. Y, cuando al fin me bajé el short, ella, como en un acto de pura desesperación arremetió con mi calzoncillo para dejarme directamente en bolas de la cintura para abajo. No necesitó demasiado para ponérmela dura como un ladrillo.
¡Dale, agarrame de las mechas, y encajámela en la boca bebé!, me ordenó, mientras pajeaba a Facu, clavándome sus ojos en cada espora de mi mente atribulada. Dudé. Pero gracias a mis celos imbéciles, la manoteé del pelo y frote toda mi verga hinchada en su cara. Hasta que lo inevitable comenzó a hacerme delirar de calentura. La gorda volvía a saborear mi verga, a morderme el tronco y el glande, a lamerme todo. Aunque, de pronto me la soltaba para probar el pito de ese pelotudo, que le miraba las tetas como si le desagradaran. Lo odiaba por eso. Pero a ella le daba igual. Incluso, lo dejaba que se las pellizque, que le las cachetee, y que le estire los pezones. Ella misma lo envalentonaba con mi pija en la boca cuando intentaba decirle: ¡Apretalas así, cacheteame las tetas, pellizcalas, asqueroso!
Después, se levantó del suelo con una agilidad sorprendente, teniendo en cuenta sus kilos, el calor que hacía, y el rato que había estado arrodillada. Primero le agarró la cabeza al Facu y la llevó a su entrepierna. De inmediato lo soltó en cuanto éste empezó a toser. Conmigo, no tuvo ese problema, porque, en cuanto sus manos se apropiaron de mi cabeza, no paró de fregar mi nariz, boca y mentón contra su concha envuelta en aquella bombacha húmeda. En cuanto me soltó, justo en el momento en que Facu le había asestado un chirlo en el culo, volvió a hincarse para petearnos. Primero a él, logrando que su semen estalle como una estrella fugaz en su boca. La vi saborearlo, y luego escupírselo en el pubis, mientras le subía el calzoncillo.
¡Bueno, si ya no tenés más nada para darme, vestite, y tomatelás nene!, le dijo con su malhumor de siempre a Facu, que por primera vez pareció desconcertado. Aunque, acató aquella orden como si nada, y en menos de lo que esperé, ya estaba al otro lado de la ventana, gritándole a un pibe que pasaba en bici. Vanesa no desaprovechó ni un segundo más en apropiarse de mi pija con su boca. También me refregó las tetas por las piernas, el pecho y la panza. Mientras me lo hacía, me masturbaba con ansias. Hasta que me pidió que me arrodille sobre el sillón, y allí sí que casi me arranca la pija del cuerpo con su boca que, me la succionaba, mordisqueaba y estrangulaba.
¿Cogeme la boca bebé, dale, que quiero leche! ¡Me gusta que los varoncitos como vos me cojan la boca!, me dijo con su voz grave entre toses, chupadas y atracones. Me hacía jadear de alegría, me apretujaba el culo y me subía el calzoncillo para que la parte de atrás se me pierda entre las nalgas, generándome una presión deliciosa en el ojete.
¿Te gustó el olor de mi bombacha? ¡A tu amiguito parece que no! ¡Ese, es el olor de una mujer caliente, de una hembra que necesita un macho que se la coja! ¡Las guachas de tu edad, no huelen así! ¿Sabés? ¡Y vos, tenés olor a bebé todavía! ¡Olés a pañal, a pis, y a lechita de muchas pajas! ¡Dale bebé, acabá, así te vas a jugar con los chicos! ¡Llename la boca de leche, ahora, que la gorda tiene hambre!, me decía cuando me pajeaba la pija bien apretadita en sus labios, y luego se babeaba toda para ensalivarla, y de esa forma introducirla con todo en su boca de fuego. No podía soportarla más. Empecé a regalarle mi esperma en el momento en que me pellizcaba la bolsita de los huevos, y mi glande le cabeceaba la campanilla supongo, de tanta fuerza, y de tan profundo que podía llegar. Al punto que, ella tenía los ojos lagrimosos, la cara congestionada y la mandíbula tensa cuando al fin se la sacó. Pero se tragó todo, y lo que cayó en sus tetas gordas, lo lamió con esa lengua bandida frente a mis ojos impávidos. ¡Fue hermoso ver cómo subía sus tetotas hacia su boca para chuparse los pezones, y mordérselos! Pero, alguien golpeaba las manos afuera, y me llamaba, mientras Vanesa me subía el pantalón, y me decía al oído: ¿No te laves el pito! ¿Sabés? ¡O, al menos cuando sepas que venís por acá! ¡Quiero que huelas a semen, y a pichí! ¡Ahora, rajá nenito, que te esperan para patear la pelotita!
Todo lo que pasó ese día hasta la noche, para mí fue intrascendente. Recién en la madrugada, cuando caí rendido y a solas en mi cama, tuve tiempo de pensar en lo que había vivido. El olor de la bombacha estirada de esa gorda navegaba en mis sentidos, y el recuerdo de los pelos negros de la concha que se le escapaban por el costadito me obligaba a pajearme con todo, a extrañarla, a necesitar su boca, el aroma de sus tetas, y el desánimo de su voz, que me calentaba como nada en la vida. Así que, ni siquiera me importó lechear el calzoncillo una vez que acabé. Después de esa paja, hubo otra, y más leche en mi ropa y sábanas. Creo que me acabé unas 4 veces, y nada de cambiarme, fiel a lo que ella me había pedido. Yo no era quién para cuestionarle nada. Es más… si llegaba a tener ganas de mearme encima, lo habría hecho, pensaba mientras me volvía a encremar la mano de guasca, gracias a la última paja que pude conciliar, ya con el pito dolorido de tanto cogoteármelo en su nombre.
Sin embargo, tal vez pasados unos meses, Daniel estaba preocupado, y con un humor de perros, mientras armábamos los equipos para jugar un picadito en la cancha de siempre. Yo llegué cuando él intentaba explicarle a Iván, al Colo y al Checho lo que pasaba.
¡Pasa que, ustedes tienen madres normales, giles! ¡Mi vieja, no sé qué tiene en el bocho! ¡Tá preñada de nuevo! ¡Mi viejo, cada vez que vuelve a la casa, le hace un pibe! ¡Y ella, como anda con la concha caliente, se re deja! ¡A veces no tenemos ni para comer! ¡Posta que, yo, en cualquier momento me las piro! ¡Todavía la Luciana usa pañales, y ya
tiene otro guacho en la buzarda! ¿Por qué no se deja de hinchar las pelotas?, se descargó, bajo las miradas de pena de los pibes. Luciana era la hermana menor de Dani, que no llegaba a los dos años. Me pareció raro, pero, no podía ser una ilusión de mi mente. ¡El Checho se había sobado la verga mientras Daniel contaba las penurias de su madre!
¡Che boludo, pero no seas tan forro! ¡Es tu vieja chabón! ¡Imagino que, si quedó embarazada, es porque lo buscaron! ¿No?, intervine, poniéndome un poco de bloqueador en la cara, porque el sol estaba a pleno. Daniel me miró como si me tuviese lástima.
¡Naaah, zafá gordo! ¡A mi vieja le gusta la verga, y llenarse de guachos! ¡Parece que disfruta de tener pendejos colgados de las tetas! ¡Pero, si seguimos así, se le va a pudrir todo! ¡Así que, mejor juguemos! ¡Ya fue! ¡Que se las arregle con el culo!, sentenció, intentando sonreír, haciendo picar la pelota unas cuántas veces. Entretanto, mientras a mí me tocaba jugar como defensor en el equipo de Dani y el Checho, no dejaba de pensar en la gorda Vanesa, en cómo podrían explotar sus tetas cargadas de leche materna, en su afán de apretarme la verga para regalarme cosquillas, erecciones y, en definitiva, un nuevo lechazo. Bueno, y no solamente a mí. Al menos, por lo que le había visto hacerle al tarado del Facu, que ahora nos marcaba el segundo gol. Me comí la bardeada del Dani, y del gordo Leandro, nuestro arquero, por no bajarlo cuando tuve la oportunidad. Es que, mis mentes, en especial la de abajo, estaban flasheándola con la gorda, sus mamadas, sus tetas hinchadas, y el olor de aquella bombacha húmeda. Y entonces, Daniel lo cruzó feo a Iván, y se armó la cagada. Creo que ahí el chabón se fue de boca, sin siquiera aceptarle las disculpas, cuando le dijo desde el suelo: ¡Sos un flor de forro, pelotudo! ¡Mejor, decile a tu vieja que, en un toque voy para que me tire la goma, así le tiro unos mangos, para tu nuevo hermanito, la concha de tu tía! ¡Por lo menos, ayudame a levantarme, pedazo de trolo!
Daniel le tiró una patada, aprovechándolo derrumbado, agarrándose el tobillo. Al toque, como si hubiese recibido una noticia de muerte, prefirió mandarse a mudar. Nos miró con cara de orto a todos, se puso su mochila y se fue, a pesar de que le insistimos para que se quede. Pero al flaco, una vez que se le volaban los patos, fuiste. Y entonces, cuando al fin el partido terminó, y todos nos apiñamos en la única canilla oxidada que teníamos a mano para hidratarnos, Iván dijo, como al pasar: ¡Igual, es un gil el Dani! ¡No sé cómo no se da cuenta que la gorda es re puta! ¡Por ahí, no todos los pibes son del mismo padre!
¡No sé chabón! ¡Yo no me bancaría que mi vieja sea una atorranta! ¿A ustedes nunca les miró el bulto?, dijo el Checho, secándose la transpiración con su propia remera.
¡Sí, es re mirona! ¡A mí, por lo menos, hasta me rozó la pija un par de veces! ¡Una, fue cuando me alcanzó un vaso de agua, mientras yo jugaba a la play con el Dani! ¡Según ella, se resbaló por andar descalza! ¡Y, la otra, cuando fui a la cocina a buscar pan! ¡El Dani me había mandado!, nos reveló el Colo, poniéndose más rojo de lo que ya lo ponía el sol, y sus genes.
¡Yo les digo, posta, no puedo parar de mirarle las gomas! ¡Se me re calienta la chota mirándoselas! ¡Soy un hijo de puta!, dijo el Juancito, sabiendo que todos aprobábamos su comentario. Yo no sabía si el Facu se atrevería a desembuchar lo que aquella mujer le hizo, en aquel sillón que compartimos. Dudaba si alguno de ellos pudo haber pasado por la boca de la mamá de Daniel. Y, para colmo, la verga me pedía a gritos de terror que atienda a las necesidades de mi glande. ¡Era como si el cerebro se me hubiese atascado en las mieles de esa hembra indecente!
¡Y ahora, preñadita la loca! ¡Yo creo que, el marido debe tener mansa fuerza para ensartarla! ¡Aunque, supongo que la gorda, ni bien llega el vago, se le abre de piernas donde sea, y le pide matraca!, decía el Gonza, que ya en ese tiempo tenía una relación con una mina mayor que él. Solía fanfarronearnos algunos detalles de lo que hacía con la fulana, y eso, a casi todos les caía como el culo. Yo no le daba mucha bola.
¡A mí, siempre me mira el bulto! Una vez… ¡Bue, mejor, ya fue! ¿Pero, Sí, el Dani es manso pibe! ¡solo que, le tocó una mami luchona!, dijo el Checho, tal vez metiéndole más suspenso a la cosa. ¿O es que, a él también se la había chupado? ¿Sería cierto que yo no había sido el único?
¡Sí, luchona, y lechona!, agregó el Iván.
¡Y re mamona!, confirmó Lucas, que es el más tímido del grupo. En ese momento, se hizo un silencio de cementerio. Nos miramos, y al toque el Colo se le cagó de risa a Lucas, mientras le decía: ¡Aaah, bueee! ¿Ahora la vas a flashear con que la gorda te chupa la verga?
¡Sí boludo! ¡que me perdone esa gorda guanaca! ¡A ustedes no se los puedo ocultar! ¡Sí, me hizo un pete en el patio! ¡Esa tarde fui a buscar al Dani, y ella estaba en gomas, mirando algo en el celu, sentada en la medianera! ¡Se re sorprendió cuando le hablé!, nos empezó a contar el pibe, sin ahorrarse detalles, ni ponerse nervioso. Creo que ninguno quería interrumpirlo.
¡Y bueno, la onda es que, cuando le pregunté por el Dani, me dijo que no estaba, y se agarró las tetas para sacudirlas! ¡Las hizo saltar en sus manos y todo! ¡Me puse como loco! ¡Y, de una me encontré parado al lado de ella, dejando que me manosee la tripa! ¡Hasta que, me bajó el lompa y el bóxer! ¡Les juro que, taba re cagado en las patas! ¡Pero, en cuanto la putona esa me rozó la chota con la lengua, no pude pensar más! ¡De última, si el Dani llegaba a entrar, y bue, se me pudría la momia! ¡Pero, no podía parar de atravesarle la geta con la verga! ¡Y ella, se tragó toda mi guasca!, dijo al fin, con la respiración pendiendo de un hilo de emoción inocultable. Yo, me esforcé por mantenerme fiel a la promesa que le había hecho, y no solté una palabra. Me sentía decepcionado por ella, tal vez celoso, ridículo, y hasta usado. Pero no me importaba. En todo en lo que podía pensar, era en ir a su casa con cualquier excusa, y mirarle las tetas. Quería que sepa que todos mis lechazos terminaban chorreándome el bóxer, y que era la musa de mis mejores pajas. ¿Y qué onda si pasaba por su casa para felicitarla por lo de su bebé? ¡No! Eso había sido lo que de peor humor ponía a Daniel. Y de repente volví a la canchita, donde Lucas seguía alucinado por la forma que tiene la gorda de mordisquear el pito. Algunos ponían cara de asco. Pero todos, a esa altura teníamos los shores abultados por las terribles erecciones que nos cargábamos. ¡Y para colmo, el cielo se nublaba y comenzaba a tronar!
Al día siguiente, un viernes lluvioso y húmedo, el Dani me pidió que vaya a su casa para prestarle mi bicicleta. Tenía clases de guitarra, y no le quedaba saldo en la SUBE. Me mandé para allá, y le dije que de última me quedaba un toque en su casa. Además, tenía que ponerme a estudiar para geografía. Aunque, en realidad, en mi mente se hamacaban otras intenciones. ¿Pero, en qué pensaba? ¿Cómo yo iba a impresionar a esa mujer? ¡Aquellos dos episodios, solo fueron el resultado de la casualidad, la fortuna, o vaya a saber qué!, me repetía para convencerme de no mandarme una cagada. ¡Pero, también se la mamó a lucas! Bueno, evidentemente, Dani tenía algo de razón. A la gorda le gustaba mucho la leche.
Ni bien llegué a su casa, Dani me esperaba con la guitarra en la espalda, y su malhumor habitual, haciéndome señas desde la puerta para que me apure. Le di la bici, nos saludamos con unas palmadas, ahí nomás en la vereda, y entré a la casa. Parecía que no había nadie. hasta que escuché que la voz de Vanesa reparó, desde algún lugar invisible: ¡En la heladera hay agua fresca, por si tenés sed, bebé!
La verdad era que tenía la boca seca. Me serví un vaso de agua, me senté en el sillón, y entonces observé que había un montón de bombachas, corpiños, medias y slips colgados en un tender rudimentario, entre un lavarropas medio destartalado y unos cajones de cerveza, repletos de envases vacíos. Había miles de bombachas de nena, porque Dani tiene tres hermanas, y otras 4 mucho más grandes, estiradas y percudidas.
¿Qué hacés mirando bombachas, nene? ¿Es la primera vez que ves bombachas limpias?, susurró de golpe la voz de Vanesa, que me sorprendió embobado, parado con el vaso vacío en la mano, con la mirada fija en sus bombachas. Apareció casi sin hacer ruidos, y traía a Luciana a upa, amamantándola. Estaba descalza, con un short negro apretado, y con una remera súper estirada, en la que sus tetas ni se sostenían. Ni sé qué le respondí. Le conté que Dani ya había salido a su clase, que afuera estaba todo inundado, que mi vieja le mandaba la plata de unos cosméticos, y no mucho más. Me senté con la intención de buscar mis apuntes de geografía en mi mochila y empezar a leerlos, mientras afuera empezaba a llover de nuevo. Ella se sentó a mi lado, a esperar que Luciana se duerma de una buena vez, de tanto mamarle las tetas. Pero no me era fácil concentrar mi atención en los apuntes, ni pensar con la imagen de esa mujer embarazada, de mirada torva y desafiante, con su bebé en pañales encima, cada vez más pegoteada de saliva y gotas de leche que no llegaban a buen puerto. Y, al fin, cuando Luciana se durmió, Vanesa la recostó en un sillón más pequeño, y le olió el pañal.
¡A veces, se mea encima después de tomar la leche, mientras se va quedando dormida!, me explicó al notar que tal vez mi mirada la acusaba sin tener demasiados fundamentos. Yo me reí, y Vanesa se me acercó para ponerme sus tetas desnudas en la cara.
¿Vos también querés un poquito de leche? ¿Tomaste la leche en tu casa? ¿O querés que la Vane te dé lechita, bebote?, me decía bajito, mientras yo le olía las tetas, las presionaba contra mi cara, atrapaba sus pezones en mis labios y se los succionaba.
¡Dale nene, mamalas, que yo también quiero leche! ¡A mí, me encanta la lechita de los varoncitos pajeros como vos!, me dijo luego, entre unos gemiditos y suspiros que me hacían perder los estribos. Mis manos arremetieron contra esos globos de carne para amasarlos, sobarlos, pellizcarlos y adorarlos con toda mi adolescencia a sus pies. Le salía lechita tibia, y todavía podían distinguirse restos de saliva de Luciana. Eso, en el momento me dio un poco de cosita. Pero en cuanto sus uñas empezaron a rozarme la espalda, por encima de la remera, supe que debía mamárselas con mayor determinación. Y así lo hice. Al punto que, ni me di cuenta cuándo fue que ella empezó a pajearme la pija, ni cuándo logró bajarme el pantalón. Al toque se agachó, fregó sus tetas en mis piernas, me olió el bóxer sin dejar de presionarme el glande, y le permitió a su lengua que recorra mi tórax, desde mis tetillas hasta mi ombligo. Yo gemía como un boludo, sin saber qué hacer con las manos, ni con el cerebro. Oía algunos berrinches de Luciana desde el sillón en el que, tal vez intentaba dormirse, o pedirle más leche a su madre. Pero ella, seguía entretenida con las distintas partes de mi piel en llamas.
¿Es verdad que estás embarazada?, le dije al fin, venciendo las barreras de mis propias ansiedades. A ella ni le sorprendió la pregunta. Por toda respuesta, empezó a pajearme más rápido, y a lamerme los huevos, abriéndome las piernas todo lo que ese apretado sillón me permitía.
¡Sí bebé, toy embarazada! ¿Te da asquito eso? ¿O te calienta? ¿El Dani te lo contó? ¡Dale bebé, hacete hombrecito, mientras te refriego así las tetas en el pito! ¿Te gusta? ¡Dale, que la Luli quiere lechita! ¡Y yo también! ¡Largame la leche en las tetas! ¿O me la querés dar en la boca? ¡Mmmm, qué olorcito a pajero, y a pipí tenés pendejo!, me decía, mientras me daba tetazos en la verga y las bolas, salpicándome con algunas gotas de leche y su propia saliva. Luego, volvió a engullirme los huevos al tiempo que me estrangulaba la pija, me mordisqueaba el glande, o me arañaba el tronco para que la leche me suba escandalosamente. La sentía calentarse, quemarme las venas de la chota, punzarme el vientre como si algo me hubiese caído mal, y me aturdía el eco de sus lamidas, atracones y escupidas. Porque, desde que se la introdujo en la boca, no paró de petearme con ganas, de clavársela ella misma en la garganta, y de pedirme que le apriete la nariz.
¡Dame verga nene, dame tu verga, llename de leche, que la gorda conchuda tiene hambre!, decía cada vez que podía, con las mejillas calientes, las tetas estremeciéndose en mis manos, y los ojos extraviados de placer. Hasta que, justo antes de que mi verga se desintegre en las profundidades de su paladar, ella se levantó del piso como un relámpago, se bajó el short, subió las rodillas sobre los apoyabrazos del sillón con una agilidad tan colosal que, ni siquiera llegué a ofrecerle mi ayuda. Entonces, arremetió su pubis contra mi cara, y empezó a gruñir cosas como: ¡Mordeme la bombacha, pendejo chancho! ¡Dale, oleme, mordeme y escupime toda! ¿Te gustó mirar mis bombachas colgadas? ¡Ahora tenés una bombachita usada en tu boca! ¡Dale nene, calentate bien la chota con mi olor a hembra alzada!
En realidad, no sé si fui capaz de olerla todo lo que hubiera querido. Pero me esforcé en lamerla, morderle la concha, arrancarle los pelitos con los dientes, sobársela con las manos, y propinarle un par de incómodas nalgadas. A ella pareció satisfacerle mi poca experiencia. Al punto que, de la nada, se bajó con el pelo revuelto, me dio otro par de tetazos en la cara, se las retorció para mojarme el cuello y la remera con sus gotones de leche, y volvió a mamarme la verga. Esta vez, casi no tuvo que clavársela en la garganta como antes. Apenas me besuqueó los huevos, me pajeó con dos dedos mientras mordisqueaba mi tronco, y luego se colocaba mi glande en sus labios succionadores, le dije que no aguantaba más, y luego, estallé en semen como un nene que no tenía formas de retener el llanto, la risa, o el pis después de un viaje eterno. Empecé a acabar y acabar como un demonio, y ella, solo gemía, lamía, tragaba y dejaba que algunas gotas le mojen las tetas. Ni siquiera se había subido el short. Por lo que, el aroma de su bombacha celeste me martirizaba, casi al borde de la locura. Y luego, silencio. Solo ella intentaba calmar las ansias de su respiración, y yo, que no sabía si subirme la ropa o salir corriendo a esconderme donde sea.
¡Cuchá nene! ¡Ahora, que estoy preñada, es posible que necesite más leche de varones como vos! ¡Así que, no te olvides de venir a visitarme! ¡Cuando tengas 18 años, vas a poder tirarme unos pesos! ¡Pero, si no conseguís un laburo, igual vení, que te saco la leche! ¡No me gusta que a los nenes lindos como vos les duelan los huevos!, me dijo luego, mientras alzaba a Luciana y se la sentaba encima, en el sillón más alejado de mi cuerpo en trance, apestado en sudor y lleno de incertidumbre. Ella no sonreía. Aunque, yo no podía tomar sus palabras como absolutas. Entonces, en un arrebato de rabia que no parecía del todo mía, le pregunté: ¡Che! ¿Vos se la chupaste también a Lucas?
¡Sí nene, a Lucas, al Facu, y a un par de pibitos más! ¡Pero, quedate tranquilo! ¡Solo, les regalo un pete, y listo! ¡A vos nomás te dejé olerme la concha, y la bombacha! ¡Así que, el bebé no es de ninguno de ustedes! ¡Es de mi marido, por si tenías alguna duda! ¡Y ahora, subite eso, antes que llegue Daniel! ¡O antes que me vuelva a dar hambre!, respondió como con aburrimiento, mientras le daba la teta a Luciana, y con una mano se sobaba la concha. Ni siquiera se había subido el short, y eso me obligaba a desviar mi mirada a su bombacha celeste.
Más adelante, cuando Vanesa ya estaba al menos de 6 meses, entré al patio para buscar los botines de Dani, una pelota y unos toallones que yacían colgados en la soga de la ropa. Según el Dani, ella había salido a comprar. Daniel, el Facu, el Checho y Martín, uno de nuestros nuevos amigos, estaban en el comedor jugando a la play, haciendo tiempo para esperar a otros pibes. De ahí, nos íbamos todos juntos a la canchita. Me mandé, seguro de que no había nadie. Hasta que, justo cuando estaba por guardar los botines en una bolsa, escucho un chistido, y luego un tenue, “Acercate bebé”. Me quedé inmóvil, y con flor de cagazo.
¡Dale, que seguro andás con el pitito parado, con ganas de unos mimitos!, insistió la voz de Vanesa, la que, al principio no sabía bien de dónde provenía. Y entonces, cuando dejé la bolsa sobre una silla destartalada, la vi. Estaba sentada en una especie de tarima manchada de aceite de motor, en bombacha y con una remera estirada, con un balde lleno de broches para la ropa a su lado, y sacándome la lengua, como si saboreara el aire con sus ganas de llover una vez más.
¿Se van a ir a jugar a la pelota, a pesar de que se viene el agua?, me dijo en cuanto di unos pasos hacia ella. asentí con la cabeza, y le dije por lo bajo que estaba re loca.
¡Está el Dani, y varios de los pibes en el comedor! ¡Te van a ver!, intenté advertirle, aunque no le hacía falta. Ella sabía perfectamente cuál era su situación. Entonces, casi sin alterarse, me manoteó del pantalón para traerme hacia sí, me lo bajó y empezó a fregar su cara en mi calzoncillo, mientras me pedía: ¡Pellizcame las tetas, asqueroso! ¡Te extrañé bebé! ¡Extrañaba tu olor a machito!
Creo que involuntariamente buscaba rechazarla, acaso por el temor a ser descubierto por Daniel, o cualquiera de los otros. Pero, entonces su lengua atravesó el borde de mi calzón, rozó mis bolas, mi tronco, y lamió todo mi glande, con una obsesión tan lacerante como imposible de soportar. Así que, en cuestión de segundos mi pija se endurecía en su boca, se cubría de su saliva, sus atracones y glotonerías. Me mordía el escroto mientras me la pajeaba con ganas, y se la metía de prepo en la boca, diciéndome cosas como: ¡Vas a tener que venir a cantarle a la bebé cuando nazca, mientras me das tu pito en la boca! ¡Le vas a cambiar los pañales, y le vas a enseñar a ser una gorda putita, como su mami! ¿No cierto? ¡Sí, va a ser Nena, como la Luli! ¡Espero que le guste tomar la teta como a ella! ¡Dame leche nene, toda la leche! ¡Quiero morirme con una pija de nene alzado en la boca, como la tuya!
Sentía sus manos amasándome el culo y abriéndome las nalgas, mientras sus arcadas nos hacían temblar casi que al mismo tiempo. Notaba que mi tronco renacía y se calentaba cada vez peor con sus chupones y besos ruidosos, y que me costaba mantenerme en pie. Hasta que, de repente veo que el Checho nos miraba, parado en el umbral de la puerta, congelado y empalado, como no podía ser de otra manera. La gorda le hizo señas para que cierre la puerta y se nos acerque, sin decir nada.
¡Qué hijos de puta que son!¡El guacho está ahí adentro!, farfulló el pendejo mientras sus pasos lo traían a las fauces de la boca de Vanesa, que no tardó en bajarle el short y el bóxer, para pajearlo con ganas, todavía con mi pija en la boca. En un momento le dijo, siempre con sus labios ocupados: ¡Mirá qué dura se te pone bebito! ¿Le vas a ir a contar a tu amiguito? ¿O preferís soltar toda la lechita ahora?
De repente, empezó a pajearme la pija con las tetas, al mismo tiempo que atrapaba la del Checho para darle los primeros chupones. El loco estaba tan cebado que, ni se apiadó de su estado. Casi que al toque se la enterraba en la garganta, apretándole las fosas nasales y dándole algunas cachetadas, diciéndole: ¡Tragala toda gorda puta, que te encanta la verga sucia! ¿No? ¿Querés que te mee la boquita? ¿Este no te meó la boca, o las tetas todavía?
De nuevo, la furia de no sentirme único y privilegiado para ella me hizo sentir un idiota. Supongo que eso me llevó a poner mis manos bajo su mandíbula para apropiarme de su boca. Esta vez no le tuve piedades ni concesiones, aunque eso parecía fascinarle la gorda. Me di a la tarea de cogerle la boca, sin dejarla respirar por momentos, ni ofrecerle el jugueteo con el que su lengua criminal nos encendía. Se la metía y sacaba, estrellando mi pubis contra su mentón, y dejándosela un buen rato clavada en la garganta, mientras el Checho gruñía con la paja que le hacía la gorda, sobándole las tetas con desprecio.
¡Todavía no me meó las tetas como vos, cerdo! ¡Pero, a él le gusta el olor de mi bombacha! ¿No bebé?, nos dijo de repente, cuando tuvo una tregua lo suficientemente larga como para oxigenarse. El Checho se me cagó de risa, y en un periquete, los dos disfrutábamos de la espaciosa boca de Vanesa, ya que, se atrevió a meterse nuestros glandes, al menos hasta el inicio de su paladar. Se cubría de una saliva espesa, de lágrimas y algunos mocos. Pero no quería dejar de lamer, oler y succionar por nada del maldito mundo.
¿Así que este guacho te mea las gomas? ¿Y a vos te cabe? ¡Sos una roñosa!, le dije, mientras le apretaba la nariz, sosteniéndola de los pelos y clavándole aún más mi chota en la campanilla. Ella me miró suplicante. Entonces, la dejé hablar, solo para oírla decirme: ¡Sí, soy una roñosa! ¡Y ustedes, unos pajeros de mierda, que se aprovechan de una mujer embarazada!
Y al toque, yo estaba arrodillado con la cabeza perdida entre las piernas de la gorda, inundando a mis pulmones con la fragancia de su concha y su bombacha mojada, mientras el Checho le frotaba la verga en las tetas, y le pegaba con ella cada vez que la gorda se la escupía. Vanesa, en un momento se bajó la bombacha, y tomó una de mis manos para que la ayude a masturbarse, mientras ahora le mamaba la pija al Checho, y, tal vez sabiendo que no tardaría mucho tiempo más en acabar, también le había sumado algunos chirlos en el culo. Y, entonces, en medio de un desconcierto desmesurado, la gorda empezó a chorrear una banda de jugos espesos de su concha, mientras el Checho vociferaba palabrotas, pellizcos a sus tetas, y un torrente de semen en la boca de la gorda que, luego de toser algunas veces, comenzaba a relamerse, saborear y tragar cada gotita de leche que encontrara en su cara. También se untaba los hilitos de leche que le cayeron en las tetas.
¡Levantate bobo, si no querés que el resto de los guachos te saque el lugar, y te quedes sin vaciarte las pelotas!, me gritó como presa de un fastidio incomprensible, cazándome de los pelos para incorporarme del suelo, mientras se quitaba la remera ancha y se arreglaba de cualquier forma la bombacha. Esta vez, me sorprendió al darme vuelta. Pensé que solo me iba a nalguear, y a pajearme con la furia de siempre, con la que me tenía acostumbrado. Pero, al mismo tiempo que el Checho se subía la ropa y se apostaba contra uno de los árboles enclenque de la casa para mirotear, la gorda hundía su lengua larga, caliente y babosa en mi culo, y empezaba a chupármelo con un peligro tan obsceno como excitante. Al mismo tiempo me rasguñaba el tronco de la verga, y trataba de fregarme las tetas en las nalgas. Notaba que me lubricaba con algunas gotas de leche que le salían de las tetas, y también con algunas escupidas.
¡Qué rico culito tiene el nene! ¿Te da asquito que te coma la cola, pendejo? ¡Me vas a dar la lechita más rápido así! ¿Sabías?, dijo, como si una mueca de risa le iluminara el rostro; o, al menos así me la imaginaba. Escuché la risa burlona del Checho, y temí desbordarme de bronca. Ni siquiera sabía bien por qué me sentía así. El caso es que, Vanesa empezó a ir y venir con su lengua por los recovecos de mi culo, a olfatearme con su histeria embravecida, a sorber con sus labios ardientes, y a jadear como si un ronroneo milenario tomara posesión de sus cuerdas vocales. Al mismo tiempo me presionaba el glande, me lo sacudía, se pegaba con mi pija en una de sus manos, o más bien me la cacheteaba con todo, diciéndome cosas como: ¡Dame lechita, asqueroso de mierda! ¡Dame la leche, y ponete loquito con mi lengua en el culo!, y también se las ingeniaba para ensalivarme las bolas con tanta abundancia que, sentía que se me empapaban las piernas y el calzoncillo. Y entonces, también empezó a rozarme el ojete con un dedo, mientras me pajeaba con una de sus manos repleta de sus propias escupidas. Eso sí que logró hacerme gimotear, e incluso putearla. A ella no le importaba. De hecho, me pedía que la basuree, que le diga que era una putona lechera, la más puta y gorda del barrio, y que le encanta embarazarse para sacarle la leche a los varoncitos alzados. Hasta que, lo inevitable sucedió, quizás cuando más me costaba mantenerme en pie. La gorda me dio vuelta casi sin esforzarse, y se encajó mi verga en la boca para que mi explosión la obligue a toser, ahogarse y a colmarse de unos gruñidos tan feroces que, no sabía si se trataba de una mujer, o de una pantera en celo. Entonces, empecé a irme en leche adentro de su garganta, con el tronco corroído por sus dientes perversos, y con el culo tan dilatado que, tal vez nunca me habría dado cuenta que la gorda me lo culeaba con uno de sus dedos, al mismo tiempo que mi prepucio ardía de tantos chorros de semen. El Chechu aplaudía por lo bajo, balbuceaba cosas que no entendía, y no paraba de mirarle las tetas moreteadas a la Vane. Ella, una vez que se tragó lo que más pudo de mi acabada, empezó a lamerse los labios, y luego mi escroto, mientras me decía, intentando serenar el fuego de sus ansias sexuales: ¡En cualquier momento me van a empachar de leche todos ustedes! ¿O no? ¿No te gustaría que petee a todos tus amiguitos? ¡Podría hacerles oler mi bombacha a todos!¡Es más, por ahí, hasta me la saco, y les entrego la zorra! ¿Qué te parece nene? ¡Ahora, andate a jugar! ¡Llevale las cosas a Daniel, y llevate a ese tarado! ¡Y seguí acabándote encima, que eso me vuelve loca! ¡Y, si querés mearme las tetas, un día, me lo pedís, y me meás toda! ¿Querés?
No sé cómo fue que ni el Checho ni yo tuvimos las agallas para contarles nada a los demás. Lo cierto es que, al rato estábamos jugando en la canchita, bajo una lluvia torrencial, patinando en el barro, tratando de hacernos los Maradona, cada vez más competitivos. Aunque, yo no podía alejar mi mente de esa gorda lechera, preñada, sucia, impune y con la fragancia más rica que olí en una mujer, hasta ahora. Soñaba con arrancarle la bombacha y meterle la verga, los dedos, y hasta un pie ahí adentro. Quería amamantarle las tetas, mientras mi verga se deshacía en su boca tan prohibida como pública. ¿Cómo podía ser que Daniel no sospechara nada? ¿Y, si a él también se la mamaba? ¿Acaso, tal vez se la garchaba? En todo eso pensaba, mientras convertía un gol de cabeza. Esta vez con la de arriba, puesto que la de abajo permanecía relajada, repleta de la saliva de Vanesa, con una calentura de muerte, y expectante por si otra tarde su boca quisiera servirse de mi semen enamorado de sus tetas.
Fin
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Hooooliiiis! la verdad, este relato es terrible. esa gorda chancha es una adicta a los nenes asquerosos que viven pajeándose por las maduritas. aquí, hay una, y muy insaciable... me encantaría hacer lo mismo con los amiguitos de mi hijo! Gracias diosa, por semejante historia!
ResponderEliminarEste relato me volo la cabeza, como chupa la pija esa gorda hdp y le saca la leche a esos pendejitos virgos.Increible blda 10 puntos!!!
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