Escrito por el Griego
Me llamo Damián, y el año 2015 fue uno muy raro en mi vida. Tenía 13 años, mi vieja había fallecido cuando yo tenía 11, y un día, casi de la nada, mi viejo me "propuso" probar algo. Vivir solo. Según él nos íbamos a ver seguido. Además, no debía comportarme como un maricón, o un desagradecido. La Juli, la piba que limpiaba, iba ir a hacer su trabajo, a cocinar al mediodía y a dejarme algo para la noche. Y él, claro, me iba a pagar las cuentas, la ropa, las cosas. Pero no íbamos a vivir juntos. Supe luego que era porque se quería ir a vivir con la novia y yo era claramente un estorbo. Él quería recuperar su vida. En el fondo, nunca me sentí muy querido por mi padre. Le tuve que decir que sí. Protesté. Me negué. Le dije que no iba a funcionar. Y al final, no me quedó otra que resignarme. Después de todo, la decisión ya estaba tomada.. Mi escuela quedaba a 3 cuadras de mi casa, no tenía amigos, no practicaba deportes, no nada. Supongo que eso se lo hizo más fácil. Obviamente, solo gastaba para pagarle a la Juli, para que no me quede sin comida, ropa o medicamentos por si acaso.
El primer mes fue complicado. Me
fui acostumbrando de a poco. La Juli medio que empezó a tratarme más como a un
nene, de nuevo. Ella tenía 26 años y nos conocíamos hacía tres. Era una rusita
petisa, con buen culo y tetas chicas que adoraba andar con calzas que estaban a
punto de reventar. Me enseñaba a cocinarme muy de a poco. La casa no era muy
grande, así que solía limpiar dos piezas cada día, cocinar e irse, todo en un
poco menos de dos horas.
Ese mes, después de la escuela, yo había empezado a agarrar la maña de irme a
caminar por ahí. Nunca me pasó nada, pero intuyo que habrá sido mera
casualidad. O quizá, inadvertidamente, sólo tomé caminos particularmente
seguros. La cosa es que esas vacaciones de invierno coincidieron con dos
furiosas semanas de paro que me dieron un mes sin clases. El fin de semana
previo al primer día de paro ocurrió algo interesante.
Yo había tomado la costumbre de pasar por abajo de un puente poco transitado. Y ese día, algo me distrajo. Un sollozo. Seguí el sonido hasta un rincón. Estaba casi escondida. La Chuni. Piel bastante oscura, tetas muy firmes, delgada, culo bien puesto. Usaba una calza gastadísima, ojotas, una remera con manchas. Y tenía la cara bastante inflamada, de tanto llorar. Luego supe que tenía 14 años, aunque parecía un poco más grande. Me arrimé, sin saber bien por qué. Y me senté a su lado. Estuvimos en silencio unos minutos hasta que ella habló.
—Está divertido el espectáculo, ¿guacho? —me
dijo
Negué con la cabeza.
—Yo también tengo ganas de llorar, hace rato, pero no me sale. Le dije al toque, cuando se frotó los ojos con fuerza. Me preguntó por qué. No quise responder.
—¿Y vos? —le pregunté.
Ella me vomitó todo. Que se había quedado sola con la hermana de chiquita. Que la hermana había quedado embarazada y decidió llevar al chongo a vivir al ranchito que tenían. Que arriba usaba sus remeras para amamantar al bebé y se las manchaba con leche materna. ¡Y tenía cuatro, nada más! Que el cuñado la cagó a palos un par de veces, pero que ahora directamente la había echado del rancho, sin importarle nada. Me mostró su bolso. Y si bien tenía un par de marcas, no parecía que le hubiesen pegado de verdad. La dejé desahogarse. Calmarse. Hasta que volvimos al silencio. Entonces hice algo que ahora, o un año después de ese día, no hubiese hecho: la invité a mi casa.
—Yo ya me voy a comer —le dije—. ¿No querés comer conmigo? Después te podés quedar a la noche, un día o dos. Yo vivo solo. Al menos hasta que encontrés algo más fijo, o seguro.
A ella se le iluminaron los ojos. Me abrazó. Empezó a sonreír. Y entonces me empezó a parecer atractiva. Llegamos a mi casa mientras anochecía. Comimos. Era re temprano, pero me di cuenta que tenía hambre. La Juli me había dejado la cena lista para el microondas, así que fue rápido. Me pidió permiso, luego, para ir al baño.
—Me baño rápido —dijo—. Y
vo' no toqué' nada acá, ¿eh? Yo vengo y lavo los platos.
Le dije que sí, aunque generalmente la Juli lavaba al día siguiente. Y sí que
fue rápida. De hecho, me asusté cuando la vi. Salió a los cinco minutos,
sequita, con una remera distinta, que le quedaba grande, y las mismas ojotas. Y
en bombacha.
—¿No te molesta que ande así, ¿no? —preguntó. No. No me molestaba. Me hacía el
boludo, pero miraba de reojo. Levantó los platos. Se puso a lavar. Prendió una
radio que teníamos en la pared. Puso una cumbia. Movió las caderas al compás.
Su culo, por favor. Yo nunca había visto uno así, en la intimidad. Las minas en
bikini en la playa eran una cosa. Y ella, claro, lo había planeado. Ni siquiera
sabía si me fijé tanto tiempo en una pendeja.
—¿Me estás mirando el culo,
nene? —preguntó, dándome la espalda. No sé qué le contesté.
—Bueno, si te gusta mirá, ¿eh? Pero no me vayas a tocar sin permiso.
Terminó de lavar en minutos, claro, y vino a sentarse conmigo. Soltó una risita al ver mi erección.
—¿Qué te gusta hacer después de comer? —Estaba pegada a mí— ¿Mirás tele o algo? ¿O en la compu? ¿O qué?, me preguntó con brusquedad. Me gustaba su tono duro.
—Sí... a veces algo en la compu... —musité.
—¿Mirás porno? —dijo en tono confidencial— Porque yo apenas vi un poquito, y así, medio escondida. Siempre quise mirar tranquila... ¿dónde tenés la compu?
En el dormitorio. Me agarró de la mano y me llevó ella misma.
—Dale, poné algo copado —me dijo—. Alguno que te guste a vos. Miró alrededor mientras yo me sentaba.
—Y bueno, si tené' una silla sola, me las tengo que arreglar, ¿no?
Se me sentó a upa, sobre mi verga. Y mi pija seguía dura. Y la negra estaba bárbara. Y yo no sabía qué hacer. Puse un video de dos lesbianas. El primero que encontré.
—Uh, qué buenas que están esas dos, ¿eh? —comentó la Chuni—. Me gustan las tetas de la rubia, son inmensas.
Se apretó las suyas, frotó su culo en mi bulto y me lamió un dedo.
—Ojalá yo las tuviera así. No sé,
¿vo' qué opiná'?
Se sacó la remera y peló las gomas. De golpe las tenía en la cara. No eran
inmensas, claro, tenía la edad que tenía. Pero la calentura me estaba matando.
—¿Te hacés mucho la paja? —me preguntó al oído. Yo asentí. Ella se bajó de mi falda. Sacó mi pija. Me empezó a pajear, despacito.
—Si aguantás hasta el final del video sin acabar, ¡te la chupo!, me dijo con restos de saliva en la boca. Ella miraba la película porno, como poseída. Noté, incluso, que se calentaba cuando las minas se mamaban las tetas entre ellas, mucho más que con cualquier otra de las, admitámoslo, pocas cosas que ocurrían. Y aunque su mano iba despacio, aunque no me apuraba, yo aguanté bien poco. Y ella lo presintió.
—¿Qué pasa, guacho? ¿Ya viene toda la lechota? ¿No te la vas a bancar? ¿O es que no querés que la Chuni gauchita te chupe la verga?
—Sí quiero!! —dije, re agitado. Y entonces me saltaron dos chorrazos de leche que cayeron en sus tetas. Ella soltó otra risita. me dio un pico, y hasta me clavó los dientes en la boca.
—Ya vas a aguantar más!, me dijo como con desprecio. Fue al baño y se limpió la leche. Volvió poco después.
—¿Me dejás dormir con vos? ¿O duermo en el piso?
Conmigo, por supuesto. EN ese momento le hubiese dicho que sí a cualquier cosa. Nos acurrucamos en mi cama. Ella se puso atrás mío y me hizo cucharita. Me dio unos besitos en la cara. Y no sé qué me pasó, pero me quedé dormido casi de inmediato. Y eso que era temprano. Aquello tuvo su ventaja, nos despertamos temprano. Lo suficiente como para que le explique que era mala idea que la Juli la viera.
—Mejor date una vuelta por algún lado, pero volvé —le dije—. Pero después del mediodía ya está todo bien.
ella se lo tomó bien. Se fue un rato antes que ella llegara y volvió cerca de la una. Hoy, pensándolo, todo aquello fue una pésima idea. Pero todo hay que decirlo: no me faltó nada. La Chuni era trola, petera y pervertida, pero no chorra.
Pasamos los siguientes dos días así. La Chuni se iba antes que llegase la Juli, volvía después que se iba, me hacía dos o tres pajas con la promesa que, si llegaba al final me peteaba, nunca lo lograba, comíamos juntos, la veía bailar cumbia sola, dormíamos en la misma cama, ella se paseaba en bombacha y me dejaba manosearla cuando tenía ganas.
El tercer día, cayó mi viejo, como hacía una o dos veces por semana. La Chuni tuvo tiempo para esconderse. Al pelotudo le daba culpa dejarme solo, supongo, por lo que solía llenarme el bolsillo con plata. Igual, se quedaba poco. Y ese día no fue la excepción.
Lo cierto es que yo tenía casi toda esa plata ahorrada, sino sabía en qué gastarla. Pero ese día sí.
Te quiero regalar algo —le dije a la Chuni una vez que se fue mi viejo. —¿Qué te gustaría?
—Y... algo que sea pa' los dos. ¿Cuánto hay? —dijo. Le mostré la plata, y a ella se le desenfocaron los ojos.
—Dame. Y esperame acá. Yo me encargo.
Y le di la plata. Apenas se fue, me arrepentí. Creo que fue mi primera experiencia adulta: darme cuenta que no podés confiar en cualquiera que te caiga bien. A medida que pasaban los minutos, las horas, me empezaba a mentalizar a que ella no iba a volver. Cerca de las 7 me tapó la boca cuando volvió. Habían pasado 3 horas, pero no dije nada.
—Después de comer te muestro —me dijo. La hija de puta me hizo esperar casi hasta las 10 de la noche para comer. Una vez que comimos, y que ella terminó de lavar los platos, me dejó esperando en el living otros 40 minutos. Sólo se fue a mi dormitorio. Cuando al fin emergió, mi mandíbula quedó por el piso y mi verga por el techo. Se había comprado una tanga y unas medias bucaneras como las de las actrices en las películas porno que veíamos.
—¿Y? —dijo— ¿Te gusta cómo me queda?
Yo sólo asentí.
—Má' te va a gustar esto!, dijo con actitud. Se arrodilló, me sacó el pito y
yo, admito, ya esperaba la paja habitual. No fue eso. Al fin, sentí su boca
cálida alrededor de mi verga, su lengua juguetona, sus ojos penetrantes
encontrándose con los míos, con esa mirada de pendejita chupapija que tenía. La
Chuni cabeceaba con destreza, pasaba la lengua por el tronco, se metía una bola
y luego la otra en la boca. Cuando podía, murmuraba: —Quiero lechita. Quiero
que me llenés el hocico de lechota así me la trago, debe estar riquísima. Yo
allá en el barrio peteo casi todo' lo' día', ando con hambre, guacho. Pero vo'
so' re güeno, ¿no? ¡Me va’ a dar la leche!
No duré mucho. Acabé en su boca en menos de 10 minutos. La llené posta. un poquito se le escapó por las comisuras de los labios. Me mostró como tragaba. Abrió la boca y me dejó ver que no quedaba nada.
—Qué rica lechita! —exclamó. Me limpió la cabeza a lengüetazos, lamiendo despacio como una cachorrita. Después se echó conmigo en el sofá. Me comió la boca. Tenía gusto a mi leche, pero no me importó. Nos acurrucamos y nos quedamos dormidos. Y al otro día, me despertaron los gritos de la Juli, que me encontró en pelotas, abrazado a una villerita en tanga. Fin

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