Escrito por Diablito
Obvio que se me revolucionó el pecho cuando Ary me pidió por Whatsapp quedarse en casa este cuatri que le tocaba cursar. Lo iba a hacer en una facu que queda cerca de mi casa, y yo la llevaría con el auto. Igual, eso no importaba demasiado. No acepté porque quiero que estudie o porque soy una buena tía. Le dije que sí porque, veo fotos de ella, y, ya no es una bebé. No solo porque tiene 20 años, si no porque ahora es más un nene que una nena. Yo seré vieja, o chapada a la antigua, o poco moderna. Pero Ary tiene músculos, usa ropa de varón, su cara es masculina -con las cejas gruesas y la mandíbula marcada. Hasta podría jurar que veo cómo le palpita la nuez cuando habla-. Su voz es grave y tiene modos, en general, de hombre, como tratar de putas a las minas, sentarse con las piernas abiertas, jugar a la pelota y babosearse con tetas y culos con sus amigotes.
Cuando tocó la puerta una tarde soleada, y le abrí, me abrazó con tanta fuerza que no podía respirar. Hasta gemí un poquito por la conmoción, y ella se dio cuenta.
- Mmm, tía, no te apreté tan fuerte! ¿o sí?
- Tenés mucho perfume, pendeja. ¡Perfumito de varón!
- No te creas que salgo con un flaco, eh. Son los perfumes que uso yo. Kevin Spirit, y esa onda mami. ¡Así que, ya sabés qué regalarme para mi cumple!
- ¿Te gusta jugar a ser varoncito a vos? ¿No preferís que te regale un pito de goma? ¡Así podés hacerles cosas a las chicas que mirás, con la carita babeando? ¡Ya vi cómo te comportás con los chicos!
- No me digas así que me caliento tía! Dejá, dejalo ahí... ¡Mejor, regalame un Kevin!, me dijo, media arrepentida de haberse revelado tanto, tirando sus bolsos en el suelo. Pero yo ya había descubierto su secretito. A mi sobrina, además de gustarle la conchita de las nenas, le copa tomar el rol de macho, dominante y controlador. Me daba aires de cogedora, más cuando se peleaba con alguien por teléfono o venía chivada del gimnasio, donde casi siempre alguna se chamuyaba. Ella misma me había contado entre mates que no les da bola, que son pendejas estúpidas, que las calienta y ya está. Me dijo que le excitaba verles los ojitos desbordados de calentura, y que, por ahí, le pellizca la cola a alguna, o le roza las tetitas a otra. Siempre se queja del olor de esas nenas. En especial porque muchas huelen a pis, o a toallitas. Ese día supe, de su boca, que se muere por las cincuentonas, y que, si son profes, mucho mejor... ¿Debía tomar eso como una indirecta? Yo con 55, docente de secundario y dentro de todo en forma, me preguntaba eso, todas las noches, en la cama matrimonial que supimos compartir con mi marido, mientras sentía la tanga metidita entre los cachetes de la cola y me levantaba el babydoll para tocarme las tetas, chiquitas, pero bien paradas y calientes.
Eso hacía una noche, abstraída en los morbos de mi mente, cuando me di cuenta que la puerta de mi cuarto estaba entreabierta, y por el pasillo pasó Ary, en cuero, con un bóxer negro de tira azul, y un bultito que rebotaba con cada paso decidido que daba. Me levanté sigilosamente y la seguí. Iba camino al baño. Asumiendo que ya dormía, no prendió la luz y dejó la puerta entornada. Me asomé y vi cómo desplegaba un pito duro, grande, con venitas hinchadas, y empezaba a mear fuerte contra la loza, así, de parado, como un nene. Me palpitó la conchita. Veía los pelos de su abdomen, de su pubis, su pija imponente y cómo tenía las piernas bien abiertas y el culo apretado. Después la sacudió un buen rato y se la guardó así, mojadita, en el bóxer, que se bebió esas últimas gotitas. Para ese entonces yo ya había rajado de vuelta a mi cama, pero la imagen me quedó flotando en los ojos, como una gigantografía vívida de Ariana que, se sacudía el pito contra mis tetas, o bien pegadita a mi bombacha. Me quemaba la calentura de sentirme degenerada por morbosear a mi sobrina, y no me importó gemir descaradamente, masturbándome a mis anchas; aunque ahora con la puerta cerrada. Si ella me escuchaba, tal vez me preguntaría algo al día siguiente, y esa idea me emputecía aún más.
Cuando se hizo mediodía, me preparé para llevarla a la facu. Podía sentir su mirada todo el tiempo mientras manejaba. Qué pendeja pajera. Ni hablar cuando me puso la mano en el cuello y me dijo: - No sabés tía, hay una ayudante que me tiene... Ufff. No sabés todo lo que le haría a la hija de puta!
- ¿Qué le harías?, le pregunté, haciéndome la tontita, cerrando las piernas con fuerza para rozarme, mientras me sentía totalmente dominada, por su postura de calma y, en cualquier momento, agresividad.
- Y, no sé… Me imagino tenerla en 4, con el culo paradito, mirándome a mí, diciendo "me gusta, pegame más, sí, así", se expresaba, metiéndole un poco de presión a sus dedos sobre mi cuello. Veía su expresión de macho malo cuando hablaba, y el bulto que se notaba bajo el jean y me calenté como una pava, sabiendo que se me chorreaban las piernas. Hacía muchos años que no me sentía así. Creo que me puse colorada y no le dije nada, pero la sonrisita de degenerada me evidenció. ¿Por qué me contaba eso? ¿Me estaba dando ideas? ¿Era consciente que le calentaba la chocha a su tía?
Otro día, cuando volvimos de la facu las dos, mateamos en mi cocina. La llamé cuando serví la mesa y salió de su cuarto, todavía en bóxer, re caliente. Echaba chispas por los ojos, y pisaba fuerte, como a punto de declararle una guerra civil al universo.
- La hija de puta esta me puso un 7, qué hija de puta, yo no te puedo creer. ¡Para eso poneme un 4 cornuda!, recuerdo que dijo, arrastrando la silla para sentarse con bronca.
- Pará! Tranquilo... ¡No te manijees!, intenté serenarla mientras le pasaba el primer mate. A Ary le cambió la expresión. Pasó de una bronca terrible a tener carita de haber escuchado una travesura, pero no me contestó... Se sentó, trató de calmarse y sorbió el mate con rudeza. Miré su bultito apoyarse en la silla, ahora más suelto, sin pantalón. El bóxer era negro. La pija se le marcaba toda. Claramente no me pude contener. Esta vez le toqué yo el muslo, subí despacito, con un par de dedos, y volví a bajar, sintiendo todos sus pelitos. Ella no se resistía a las caricias de su tía, mientras, yo tenía flashbacks de cuando era chiquita. Nunca quiso usar vestidos, ni pintarse las uñas, ni usar el pelo largo. De hecho, en el jardincito, se escondía el pelo detrás del uniforme escolar. Le cabía el hombre araña, hacer pis de parada en el patio, eructar frente a sus abuelos, escupir como un nene guarango, y tener tiempo a solas con alguna nena, en algún cuarto. Me la imaginé oliéndole la bombachita, haciendo que juegue con su pito, o pidiéndole que se lo chupe, y me encendí todavía peor. Además, era contestadora, y no le importaba oler a pis; aunque sí le gustaba bañarse. Así que le pregunté, ya sin querer controlarme: - ¿Así que mi sobri tiene un pitito? Mirá qué travesura, andar con esto duro por la casa. ¿Te gusta que te trate de varón?
- Tía..., me dijo inmediatamente, excitado, pero sin poder entender o creer la situación. No me vencí, repitiéndome que la vida es una sola. Le agarré el bultito y me acerqué más a su cara, fascinada con la perspectiva de la sombrita de barba que se deja, sus patillas y bigotito apenas visibles, y le solté: - Te vi meando parado, la otra noche, pendejo... La tía está calentita de este pito que tiene ahora en su casa, ¿sabés? Y yo pensando que eras mi sobrinita, pero no, mirá qué lindo sobrino varón que tengo... ¿Y sabés qué? ¡Soy profe, y tengo más de cincuenta! ¿Eso te ratonea? ¿Te calienta la poronga que tu tía ande alzada con su sobri?
Ella se levantó de la silla y me comió la boca, fuerte, contra la mesa. El mate y el azucarero se cayeron al suelo. Nos llevábamos no menos de 15 kilos. Su cuerpo grandote me apretó toda, la nuca, la cola, y yo, sumisa, poniéndole una mano en el pecho, sintiendo su bulto duro frotarse en mí.
- Sí tía, decime guacho, sobrino, lo que quieras. Te parto toda. Cómo te gusta que sea un buen macho para vos? ¡Yo puedo hacerte gozar, y dejarte los ojos en blanco! Qué buena que estás… ¡Y obvio que me calentás la verga, putona!, me decía, marcando sus brotes de saliva por toda la cara, apretándome la verga en el costado, o en el culo, y pellizcándome las tetas por debajo de la remera de andar por casa que llevaba.
- Dale, sacate el calzoncillo. ¡Quiero ver ese pitito duro!, le dije, ya más en modo madre, jadeando suavecito en su oído, porque sus apretadas y sus besos me mataban. Quería esa pija abriéndome toda. Cuando me la mostró, se la empecé a pajear, bajando y subiendo esa "pielcita" y muriéndome de ganas, como una pendeja. Ella sola me fue llevando la cabeza hacia abajo, y se la empecé a chupar como si fuera real. Lamí la cabecita y las venas con la punta de la lengua y después, con Ary sujetándome fuerte fuerte las muñecas, se la mamé sin usar las manos. Solo mi boquita, que disfrutaba un montón de ser usada cuando me la cogía. Aquel cilindro masculino me llegaba hasta el fondo. Lloriqueé tanto que se me corrió el rímel y tenía hilitos de saliva cayéndome del mentón, mientras iba dejando besitos en su poronga con los labios pintados y haciendo mucho, mucho ruido a chupeteo y a beso baboso, como le gustaba a mi sobrina. Además, le permitía que me arranque los pelos, manosee mis tetas a voluntad, me pervierta con el olor de su calzoncillo, y que me diga a cada Rato: - Chupá tía, comete toda mi calentura, que soy tu nene, tu bebote, tu perro, tu macho caliente… Y a vos te re cabe pajearte cuando sabés que me quedo en tu casa ¿No cierto que te calienta la argolla que te amase las gomas así? Chupala toda, putona chancha-.
- Agarrá un texturado, que estoy calentita, mojadita, con ganas de pija, sobri!, le dije, en un intento por recuperar mi voz, sabiendo que todo por dentro me quemaba. En cuestión de minutos estábamos en la cama, su pija se frotaba sobre mi conchita cubierta por la bombacha roja, chiquita, que se me metía en la colita. Me la bajé rápido, y ella me la puso, con firmeza. Me la dejó adentro un ratito mientras me chupaba el cuello y las tetas; y después, con ese empuje de los dioses, empezó a sacar y meter, moverse y profundizar, a golpear su pubis en mi concha, a meterla con todo, a sacarla y luego volver a bombearme. Yo le apretaba la cola cuando lo quería bien adentro y le clavaba las uñas en la espalda cuando me ardía, pero no lo dejaba detenerse. Igual, ella, o "él" como lo sentía más ahora, tampoco pensaba en quedarse con las ganas. Me mordía la quijada, la clavícula, los brazos, los pezones… toda enterita. Sin embargo, el punto cúlmine llegó cuando se salivó la puntita de la pija y así, con la mano húmeda me dio una cachetada, con ruido, que me dejó colorada, y ardiendo.
- Pegame más, más fuerte... Hacete hombre pendejo!, le repetía para llevarlo al máximo de su fuego sexual. El guachito de mierda, todo chivado, peludito y bronceado como me calienta, me dio vuelta la cara de un bife, luego otro, y otro más, mientras me la ponía y sacaba de mi conchita con un ritmo frenético. Cuando me apretó del cuello y me escupió en la boquita, pidiéndome emocionado que trague y le muestre la lengüita vacía, sabía que podría pasarme. Acabé meándome toda, gimiendo su nombre, mordiéndole los dedos con los que intentaba silenciarme, sintiendo que se me aflojaban las rodillas, y que las nalgas me ardían de un calor inusitado. El colchón quedó todo chorreado de pis, calentito, amarillo, con olor fuerte. Nunca me había pasado algo así. Generalmente, empezaba a acabar, y luego salía corriendo como pudiera para ir a hacer pichín, histérica y temblando como una pelotuda. Y, al mismo tiempo, la abrazaba con las piernas para que no me suelte, que me rompa toda con esa pinta de tipo y esa pija grandota, mientras sentía que ya no tenía una sobrina. Tenía un sobrino varón. El mío. Y cada vez que lo veo, me muero de ganas de que me vuelva a coger como esa primera vez. A Ari parecía no importarle que me haya meado. Al principio, pareció no haber reparado en ello. Sin embargo, se mostró complacido por eso. No se me burló. Al contrario. Me dijo algo como: ¡Hasta te meás encima por tu sobri tía!, y me comía la boca con toda la pasión que jamás había sentido sobre mi piel.
Sin dudas, aquello debió ser un sueño. Un fatídico trozo de neurosis, o el efecto de la botella de vino que me tomé en la noche. No entendía nada cuando desperté a las dos horas. ¿Cómo pude quedarme dormida? Debajo de mi cuerpo desmadejado ardían sensaciones inexplicables, y un torbellino de pis, sudor, voluntades compartidas, y una ausencia que no podía ignorar. ¿A dónde se había metido la pendeja esta? ¿O, este pendejo mal educado? ¿En serio me había hecho todo eso? ¿Y yo había sido la que le encendió la mecha? Todas esas preguntas tuvieron sus respectivas respuestas cuando bajé a la cocina, y lo vi, estudiando algo para la facu, apenas consciente de mi presencia. No me habló, ni me pidió nada. El mate y el azucarero reposaban impolutos en su lugar, y el piso estaba impecable. No tenía el valor para acercarme, ni para preguntarle nada. Así que, sabiéndome mareada, transpirada y sensible por todos lados le dije: -Che, me voy a bañar. Cuando vengo, si querés pedimos unas pizzas-.
-Sí tía, no pasa una. Después de vos, me doy una ducha… y, si querés te ayudo a cambiar las sábanas-, me dijo sin distraer sus ojos de los apuntes. Desde entonces, la noche transcurrió así de irreal, terrenal, o desesperante.
Todo hasta el día siguiente. Más precisamente a eso de las 8, cuando Ari llegó de la facu, tomó un vaso de gaseosa y se mandó a su cuarto. Yo solo la escuchaba andar por la casa, desde mi habitación. Me sentía consternada, confundida, y acaso dominada por el pánico, vaya a saber de qué.
En eso estaba, pensando en cómo le habría ido, cómo vendría de humor, y si acaso quisiera volver a someterme, cuando me di cuenta que la puerta del cuarto permanecía entreabierta, y que por el pasillo se paseaba Ary, otra vez en cueros, con un bóxer rojo fuego de marca, y con el mismo bultito adentro, que le rebotaba con cada paso decidido que daba. Ahora canturreaba un tema de moda, y se cacheteaba la cola, como si estuviese feliz. Seguramente tuvo que llamarle la atención que la luz grande seguía prendida a esa hora de la noche; a tal punto que entró sin preguntar y me vio, vestida como una atorranta, con las mejillas coloradas, y más ganas de pija que cuando ovulaba. Es que, tenía pensado encontrarme con alguien, para intentar descubrir si lo que habíamos hecho con Ari estaba bien, y al fin ese encuentro no se concretó. Entonces, mis ojos brillosos se fueron a su carpota tan intrigante, como a sus abdominales marcados, su bronceado y los pelos en sus axilas, su pubis y sus piernas. Y ella, se quedó con la boca abierta, mirándome de arriba a abajo, con su instinto casi animal, mientras me contaba que había aprobado alguna materia onda seminario, o algo así.
-No me digas nada, ¡Ahora que aprobaste, querés festejar, revolcándote con tu tía! Espero que tengas ese pitito listo, caliente y con ganas de abrirme toda, como ayer-, le dije yo, súper morbosa y calentita, y Ary no se controló. Casi no pronunció palabras, mirándome como si quisiera masticarme antes de saborear mi esencia. Cerró la puerta, aunque en casa no había nadie, apagó la luz y nos dejó con la que entraba por la ventana. Despacito se fue metiendo a la cama conmigo, luego de desnudarse prácticamente sin hacer ruidos, para subirse ansiosa a mi cuerpo, que instintivamente, le abrió las piernas. Ella no decía nada, y yo seguí su ejemplo. Pasó un brazo por detrás de mi cuello y me empezó a morder y chapar despacito, mientras su bultito se frotaba insistentemente en mi bombacha blanca. Me atreví a tocárselo, con un dejo de culpa. ¿Acaso había elecciones? ¡Ya lo habíamos hecho! Pero sí, era el mismo pito gordito, cabezón y con venitas gruesas que tuve el honor de recibir en mis profundidades vaginales. Empecé a jadear suavecito en su oído, mientras notaba que se me ponían duros los pezones, y sentía que me mojaba, aunque pareciera imposible. Con Ary, mi sobrina, era como tener un hombre devuelta en casa, pero un hombre joven, lleno de energía y ganas de coger, como tanto lo necesitaba mi sed de mujer insatisfecha.
- Mmm, qué lindo guacho, qué rico me vas a coger… te vas a coger otra vez a tu tía, cochino-, le dije yo, sacando su pija por el huequito del bóxer y empezando a hacer que se la pajeaba.
- ¿Sí, tía? ¿Te gusta que sea bien macho para vos? ¿Querés que te la ensarte? ¿Vas a gemir con mi verga adentro?, me preguntaba agravando aún más su voz y sus suspiros.
- Dale, ponémela-, le ordené, sin nada de paciencia (quizá intentando no arrepentirme), abriéndome la conchita con los dedos y con la tanga corrida para un costado. Entonces, me movilizó que extraiga de la cajonera de mi ropero un forro texturizado que tenía, como si siempre hubiese sabido lo que hay en mis cajones, y se lo ponga. Quedó más hombrecito que nunca, con esos brazos explotados, ese bóxer en lugar de una bombachita, y la actitud decidida: la misma que la llevó a ponerme una almohada debajo de la cola y subir mis piernas a sus hombros, para luego frotar la cabeza del chiche en mi clítoris y hacerme morder los labios y reírme, como una tontita, como si cogerme a mi sobrinita fuera una travesura acaso. La conchita me palpitaba de un deseo ensordecedor, hasta que la calzó, y al fin la hundió. Ahí fue que, seguí mirando los pelitos de su cara, y, me vino el recuerdo de cuando era una nena… Ahora, con su pito de mentira adentro mío y esa sombrita de barba, entendía todo. Tenía un empuje pélvico bien de macho, como practicado, ejercitado a la perfección. Me preguntaba si antes había estado con otra mujer. Y, quería celarla, ser cornuda de mi nena.
- Tía, tía... ¿Cómo te vas a poner esa ropita de leopardo? ¡Si sabés que me puede la conchita! Encima vos tenés un olor a hembra caliente en las tetitas que no das más... ¡Dios!, me decía, salpicándome con sus hormonas revolucionadas.
-Ay, qué alzado, pendejo. A mí me encanta tratarte como varón. ¿Se te para si te digo que sos un guacho? ¿Nunca te sentiste nena? ¿Querés romper una cola, bebote, calentón?, lo envalentonaban mis palabras agudas. Su respuesta fue, otra vez, más práctica que larguera -como buen machito que se creía-. Así fue que en dos segundos me dio vuelta, me puso culo para arriba y me separó las cachas con las manos. Ahí fue que me cayó un hilito de su saliva, justo en el centro de mi ojete. Sentí un escalofrío, y después, su lengua gruesa, larga y caliente recorrerme toda, desde la concha hasta la colita
- Miré tus fotos en Instagram nene. Dejá de hacerte el lindo con ese pito. Mostrando el calzoncillo y no sé qué mierda... Y soñé con vos, ¿sabías? Yo estaba así, en 4, cogías y me... Bueno, me da vergüenza, pero, ¡me hacía pis en tu pija!, le confiaba, sintiendo sus lamidas, roces, escupidas y pellizcos en mis nalgas.
- La tenés re cerradita tía, esto voy a subir a Instagram, eh, cómo te doy pija, a ver si es bancadora o te hacés pipí con la cabeza nada más-, me verdugueaba para sacarme del eje de mis emociones. Y sí, me hice la puta, pero, cuando probó entrarme por atrás, entró la cabecita apenas. Y eso que estaba bien dilatada de sus besos, mordidas y chupadas riquísimas a mi colita, además de sus dedos sabios, que sabían tocar.
- ¡Sacá, sacá que me duele! Si te vas a garchar a tu tía nene hacelo despacio. ¿Te olvidás que tengo 55 pajerito? Escupime más el culo antes de ponerla. ¡Degenerado, enfermito hermoso! ¡No dejes de cogerme, aunque hagamos algo chancho!, le gritaba enajenada de mí misma. Ya lo último se lo dije loca, desquiciada, mientras se escapaba mi pis de a chorritos, quizá, porque su pija en mi culito golpeaba mi vejiga, ya llenita... Pero me hice toda en la cama, cuando empezamos a hablarnos sucio.
- Ay Dios, ¡cómo me emputece que me des por el culo, pendejo de mierda, cómo cogés, qué ricooo!
- ¿Te gusta yegüita? Dale, abrite bien ese orto, mirá que te fajo sino, ¿querés que te surta, hija de puta, te muelo a golpes?
- Dame un bife, hijo de puta, dale cagame a piñas y haceme el culo, cómo me calentás, vos, ¡con esa pinta de tipo y esa pija enorme y dura que tenés! ¡Dale cogeme meada ahora! ¡Y seguime pegando!
- Sí, decime pendejo, tratame de guacho... yo te preño tía, te violo toda, qué rica que estás, sos una milfota, decile al Joaco, que tiene una vieja re puta... ¿O ya sabe? Cómo te cacheteo reventada... ¿Querés un papá para el vago? ¿Eh? ¿Querés un marido tía?
Durante ese intercambio me le senté encima -empalada de pija-, le toqué ese bigotito y esas patillas oscuras que le nacían en la cara -llena de morbo-, ella, mientras tanto, con su mano en mi cintura, guiándome el ritmo, yo, gritando, histérica, como le calentaba...
Mi sobrinita, mi sobrino, el varón... No sé cómo decirle...
Pero le encantó que le moje el calzoncillito de pis, y yo, sentí que la marcaba, que era mía, que no iba a tener ninguna novia más que su tía. Fin

Amé esta historia! Fresca, chancha, con mil revoluciones! GRAAAAACIAAAAAAAS, porque me siento identificado-a!
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