Cuentos chanchos para mi hermano

 

Gabriel tiene 16 años, y, digamos que es mi debilidad. Y no es cierto que es por su discapacidad, o por sus limitaciones, como tantas veces lo remarca mi viejo. En realidad, Gabi padece de un retraso madurativo agudo, que no le permite progresar como cualquier otro chico de su edad. Posee la mentalidad de un nene de 10 años, y a pesar de los esfuerzos del centro educativo al que asiste por las mañanas, y a todo el empeño que le ponga él mismo, aquello es irreversible. Aún así, se da mañas para las manualidades. Lo que lo mantiene ocupado durante las tardes, haciendo desde portarretratos hasta canastitas para las macetas, atrapasueños, billeteras, señaladores, y hasta estuches para anteojos. Todo e forma artesanal, y con materiales reciclables, inofensivos y sencillos de conseguir. Además, le encanta que le haga pochoclos o tortas fritas para acompañar a sus películas de acción, que hagamos carreras de bici en la placita del barrio, que le haga masajitos en el pelo cuando se siente medio triste, y que juguemos a las cartas cuando llovía mucho. En especial, los domingos. Pero, lo que más le gustaba, era que le cuente cuentos por las noches. Como su hermana mayor, me encomendé a esa tarea con mucho gusto. Además, él disfrutaba de la imaginación de mis historias repletas de superhéroes, villanos, animales fantásticos, mujeres valientes, y ciudades en llamas, o inundadas, o destruidas por titanes monstruosos, o catástrofes inentendibles. A veces debía tener cuidado, por si le daban pesadillas.

Sin embargo, sucedieron dos cosas que, modificaron a los cuentos inocentes y fabulosos por cierto realismo sexual. La primera fue que, en medio de una de las historias que le contaba, se me ocurrió agregar que la villana, una bruja indeseable que amenazaba con colgar a unos esclavos de un pueblo fantasma, se había desnudado ante ellos para demostrar que era la mujer más linda de esa aldea, y de cualquiera que rodeara las montañas de aquel mundo distópico. Gabi empezó a preguntarme detalles de la chica, mientras la respiración se le aprisionaba en el pecho. Quería saber cómo era de largo su pelo, y si le llegaba hasta la cola. Me preguntó si tenía tetas grandes, y si los esclavos le miraban la cola. También quiso saber si sonreía, o les sacaba la lengua, o si ella se fijaba en alguno de esos hombres, como para darle un beso, o hechizarlo con su cuerpo. A pesar que a Gabi le costaba hablar de corrido, o hilar sus frases con precisión, al menos yo le entendía perfecto.

¡Sí Gabito! ¡La chica, tenía unos pechos interesantes! ¡Más o menos como los de la prima Euge! ¡Y, como se había desnudado para hechizar al más valiente de los esclavos, todos la miraban, como si, estuviesen cegados por un rayo, como atontados por su belleza! ¿Entendés? ¡Y, ella miraba a los hombres, pensando que, podría enamorarse de alguno! ¡Pero sí, la bruja, aparte, les movía la cola, como si les perreara, y se les hacía la linda! ¡Les pegaba en la cara con su cabellera, y les marcaba la piel con un látigo especial! ¡Ellos, digamos que, estaban con un pequeño calzoncillo, y a ella le gustaba mirarlos! ¡Incluso, a uno de ellos, le mordió los labios, mientras le prometía que solamente se le acercaría para robarle un beso!, le describían mis palabras, mientras yo escuchaba cómo se estremecía entre fascinado y ansioso. Allí Gabi tenía 14 años, y evidentemente le excitaba aquella cadena de detalles. Era de noche, y yo permanecía sentada en una pequeña silla, frente a su cama. hacía calor, por lo que, la inocente sábana no podía ocultarme la erección de mi hermanito, ni los desesperados intentos de sus manos por tocarse el pilín. Yo disfrutaba mirándolo, y por dentro, me calentaba, incomprensiblemente. Por ese entonces tenía 17 años, y todavía no había tenido relaciones sexuales; aunque sí me había besuqueado con miles de pibes en el colegio, y en las matinés que pude asistir. Por eso, no me parecía tan extraño que se me humedeciera la bombacha de esa forma, al narrarle esas cosas. Incluso, llegué a tener cosquillitas en la vagina, y los pezones.

La segunda cosa que pasó fue que, una siesta, escuché que mi madre se escandalizaba porque, Gabito tenía toda su atención en la pantalla de mi celu, el que yo le había ´restado para que juegue un ratito. El tema es que, estaba viendo un video porno, y se tocaba el pito por adentro de su bóxer, totalmente destapado, expuesto y sin recelo. Claro, es que, para él, debió haber sido una sensación muy excitante. Ignoraba hasta ese momento si mi hermano se pajeaba, o si tenía estímulos sexuales; por más que lo había pescado mirándole las tetas a nuestra prima, y también a la tía Irene. En el fondo, no deja de ser un adolescente, con la mente de un niño, pero con las hormonas al palo. Esa tarde, yo misma intenté serenar a mi madre, explicándole algunas cosas que tienen que ver con el desarrollo de cualquier varón, y jurándole que yo me haría cargo de hablar con él. Pero no lo hice. Solo me remití a seguir contándole historias, en las que el sexo era cada vez más protagonista.

¡Sí amor, la chica se iba a casar con el hijo del rey! ¡Lo que pasa es que, en el baile que organizaron en el palacio, la chica se sentía atraída por otro chico, un poco más grande! ¡Bailaron, y tomaron un vino de elfo! ¡Muy típico en esas tierras! ¡Y, ese vino es afrodisíaco! ¡Eso, significa que, a la chica, después de tomar el vino, le daban ganas de besar a ese hombre, y de, bueno, de mostrarse desnuda para él!, le contaba otra noche, con las mejillas tan calientes como el aire del verano que nos angustiaba por momentos. Gabi escuchaba, y me preguntaba cosas, tales como si, al chico le pasaba lo mismo al tomar el vino, si la chica era linda, y si tenía las tetas de la prima, o parecidas a las de la tía.

¡Sí, a él también le daban ganas de besarla, de bailar toda la noche con ella, y de sacarse la ropa para que ella lo mire! ¡Es como que, ese vino te da ganas de hacer bebitos! ¿Entendés? ¡Y, las tetas de la chica, eran tetitas, pequeñas! ¡Era más bien culona! ¡El muchacho se la tocaba, y a veces se agachaba para darle besos!, se atrevía mi lengua, sin limitarse, mientras sentía que yo misma necesitaba un poco de ese vino de elfo.

¿Y tenía alguna bombacha puesta? ¿Se parecían a tus bombachas Pauli?, me preguntó de golpe, con una claridad que costaba reconocerle. Entonces, vi que tenía una mano en el pito, por más que la simple sábana lo cubriera.

¡MMM, no Gabi, la chica, no tenía bombacha! ¡Solo, un vestido colorinche, con algunas joyas en el escote! ¡Así que, el hombre podría levantárselo, y tocarle la cola, si lo quisiera! ¿Y, vos? ¿Sabés cómo son mis bombachas? ¿Te metiste a mi pieza enano?, le pregunté, sabiendo que le molestaba que le diga enano. No solo porque no lo era en absoluto. Recuerdo que, como no le contesté, le tironeé la sábana, y él, instintivamente se dio vuelta en la cama, colocándose boca abajo. Lo intimidé, aunque sea por un rato. Pero, ni bien le devolví la privacidad al taparlo nuevamente, se reacomodó como antes, y me dijo: ¡Siempre te veo la bombacha nena! ¡Me gusta! ¡Te quedan re lindas! ¡Vos, por ahí, sos la chica culona que bailaba con el hombre ese!, y enseguida estalló en una carcajada tan ruidosa que, tuve que ponerle la mano en la boca para silenciarlo. Ya eran las dos de la madrugada, y a mi vieja no le gustaba que trasnochemos tanto con los cuentos. Sin embargo, el guacho le pasó la lengua a mi mano, y en cuanto lo reté por hacerlo, me mordió un dedo. Ese simple tacto con su saliva, sus labios gruesos y sus dientes, me aceleró el corazón de tal manera que, se me escapó decirle: ¡Sí Gabi, yo soy parecida a esa chica, y necesito pija, igual que ella!

Él no entendía tanto esas palabras groseras. De hecho, se quedó como de piedra, supongo que, al notarme distinta, reprimiendo gemidos, y unas terribles ganas de mandarme un dedo en la concha. Fue muy difícil concluirle aquel cuento. De hecho, ni recuerdo cómo fue que lo terminé. Solo que, al toque me hice flor de paja, sentada en el baño, recordando que me había jurado nunca pajearme con los cuentos que yo misma le inventaba a mi hermano.

Otra tarde, Gabito y yo estábamos en el patio de casa, jugando al Preguntados. Él, comiendo una ensalada de frutas, y yo con un Gancia con limón. Mi madre dormía la siesta, y trataba que nuestro hermanito de 9 meses se duerma, o se calme un poco, ya que andaba con algunos dolores de panza. Hasta que, se le ocurrió decirme, con sus ojitos de perrito mojado: ¡Mejor, Pauli, mejor contame un cuentito! ¡Mami duerme, y no va a saber, no sabe que me contás esos cuentos de tetas, culos! ¡Dale, porfiii! ¡Además, soy un queso con este juego!

Lo pensé. Le pedí que baje la voz, y que se coma toda la ensalada, porque le haría mejor que las papas fritas. Los dos estábamos uno al lado del otro, en distintas reposeras. Él, en musculosa, y con un short que no podía evitar que se le note que tenía el pito parado. Aunque, no tanto como cuando iba por la mitad de mi nueva historia, la que al fin decidí inventarle, ya que todavía no le había regalado nada para sus 15.

¡Eran dos ninfas preciosas! ¡Dos chicas de unos 20 años, que corrían descalzas por un desierto lejano, y parecía que flotaban! ¡Una de ellas tenía el pelo que le pasaba la cola! ¡Estaban desnudas, y el sol ni les quemaba las pieles! ¡Había dos animales gigantes que las perseguían! ¡Ellas no tenían miedo, a pesar que las bestias, no dejaban de olerlas! ¡Es que, las chicas, tenían muchas, pero muchas ganas de sexo!, le explicaba, convirtiendo mi última frase en un susurro.

¿Sexo? ¿Esas chicas? ¡Pero, no pueden, porque, son chicas! ¿O no?, dijo entre colorado y sorprendido. Yo, luego de terminarme el vaso de Gancia le recordé: ¡Gabito, no te hagas el tonto, que no sos ningún tonto! ¿Te acordás que el otro día te vi, mirando un video de chicas, que se besaban?

Él, inmediatamente se pasó una de sus manos torpes por el pito y los huevos, sin inhibirse ni un poquito. Entonces, una vez que lo vi abrir la boca para, tal vez disculparse, me le acerqué al oído y le dije, muy bajito: ¿Te acordás que esas chicas del videíto, se miraban, se tocaban, y daban besos en las tetas? ¡Bueno, así es como tienen sexo las chicas! ¡Y vos, bien que te re fijabas en las tetas de esas chicas! ¡Bueno, las ninfas, mientras corrían de sus depredadores, se tocaban las tetas, se las frotaban, y es como que, jugaban a ser bebés entre ellas, porque, también se las chupaban!

Gabi se había quedado atónito, sin palabras, y conteniendo la respiración. En cuanto me alejé, continué relatándole: ¡Y entonces, como las dos tenían un olor demasiado salvaje, fuerte y sexual, bueno, apareció un cazador! ¡Las chicas pensaban que solo portaba su arma para cazar a esos gigantescos bichos! ¡Pero, él también percibía el olor de esas chicas! ¡Es como con, los perritos! ¡Cuando la perra quiere tener cachorros, huele distinto! ¡Por ahí, estas chicas no querían bebitos! ¡Pero sí muchas caricias, besos en la boca, mimitos, y, bueno, hacer travesuras juntas! ¿Entendés? ¡Sin embargo, el cazador, de repente, tuvo que esconderse, porque uno de los animales estuvo a punto de devorárselo! ¡Mientras tanto, las chicas saltaban de alegría! ¡Una de ellas, le metió la lengua en la boca a la otra, y casi que, al mismo tiempo, a las dos les empezó a crecer aún más las tetas! ¡Olían mucho más fuerte a medida que se besaban en la boca! ¡Una de ellas parecía canturrear una canción de cuna! ¡Además, se les calentaba la piel, y a una de ellas, bueno, empezó a gotearle algo pegajoso de, bueno, de la vagina! ¡Ya sabés lo que es eso! ¡Es, por donde las chicas hacemos pis, y a donde ustedes, o sea, los varones, nos meten el pito para embarazarnos!

Creo que aquello había sido demasiado para Gabi, que exclamó un suspiro agudo, tenso y cargado de sorpresa. Lo escuché agitado, y cuando lo miré, tenía la mano adentro del pantalón.

¡Sacate la mano de ahí, chancho! ¿Querés hacer pis?, le pregunté, haciéndome la re pelotuda. ¡No podía tenerla tan parada y grandota! Me dijo que no, pero que tenía algo así como cosquillas en el pito. Le expliqué que, a veces, estos cuentos logran sensaciones extrañas, y le sugerí que la sigamos más tarde, tal vez por la noche. Pero él se reusó definitivamente.

¡Noooo Pauli, dale, contame, seguí contando qué pasó, con esas chicas, y por qué olían así! ¿Vos decís, que esas chicas, olían como las perras? ¡Qué asco!, dijo, aunque sin mucho entusiasmo. Se había sacado la mano del pantalón, y eso, me mostraba el realismo actualizado de su erección. ¡Yo no podía más! ¿Por qué tenía que ser mi hermano, y tener semejante vergota?

¡No olían feo Gabi! ¡A ver, cómo te explico! ¡Las tetas de las chicas, cuando quieren besitos, mimitos, y besos en la boca, también huelen, como, digamos para que, los chicos nos deseen! ¿Entendés?, le dije, sin andarme con chiquitas. No soportaba más el roce húmedo de mi bombacha en la concha, ni el corpiño que me aprisionaba las gomas. Como nunca fui muy tetona, Gabito no se fijaba mucho en ellas. Pero, de repente, me desprendí el corpiño, totalmente fuera de mis cabales, y me le tiré encima, poniéndole mis tetas en la cara, mientras le decía al oído: ¡Esto, es solo para demostrarte, y nada más! ¿OK? ¡Oleme las tetas, dale, que somos hermanos, y no te voy a buchonear con nadie bebé! ¡Olelas, dale, oleme las tetas Gabito, porfi! ¡Ahora, te cuento un secretito! ¡Yo, también ando con ganas de mimitos, lengüitas en la boca, y que un chico sea mi novio, para que me mire desnuda! ¿Entendés?

Gabito no se hizo rogar mucho que digamos. Su nariz exhalaba el sudor de mis tetas, y sus labios gruesos me las rozaban. Varias veces estuve tentada de pedirle que abra la boca y me chupe los pezones.

¡Yo, a mí, me gustaría verte desnuda Pau! ¡Quiero mirarte la cola, y la bombacha que tenés puesta! ¿Me la podés mostrar?, me dijo el atrevido, en el preciso momento en que mi mano derecha palpaba la dureza de su pija. le pedí disculpas, y él me seguía oliendo las tetas. Pero pronto, acaso cuando ninguno de los dos era consciente de la calentura del otro, aunque sí que la estábamos pasando de maravilla, escuchamos unos ruidos en la cocina. Inmediatamente volví a mi reposera, y le dije: ¡Gabito, si vos me conseguís un novio, yo te consigo una nena, para que te muestre la bombacha! ¿Querés? ¡Yo no puedo! ¡Soy tu hermana nene!

Y, en ese instante, sus palabras no acudieron a su razonamiento enturbiado por sus sensaciones. Es que, casi como un detonador animal, presencié que mi hermanito se acababa toda la lechita encima, empapándose el pantalón, abriendo las piernas para rozarse la punta de la pija en el bóxer, como si se lo estuviera cogiendo. Yo no podía hacer nada. Solo lo esperé a que concluya, y en cuanto empezaba a relajarse, hecho un pegote, le dije: ¡Gabi, rajá a tu pieza! ¡Te cambiás el pantalón, y el calzoncillo! ¿Dale? ¡Te, bueno, no te measte! ¡Pero es como si te hubieses meado! ¡En realidad, eliminaste todo tu semen en tu ropa! ¡Eso es lo que embaraza a las chicas! ¿Te acordás que hablamos de eso? ¡Aparte, lo viste en la escuela! ¡Dale enano, metele, antes que venga mami! ¡Y dejá la ropa en tu cama, que yo después la busco, y la lavo con otra ropa que tengo! ¡Dale, apurate nene!

No voy a negar que, en cuanto Gabi se cambió y se puso a andar en bici por el patio, corrí desesperada a buscar su ropa. ¡Qué hijo de puta! ¡No podía acabar esa cantidad de leche! Recuerdo que, antes de meterlo todo al lavarropas, olí y lamí su semen de su bóxer, me pellizqué las tetas, y luego, ¿Sí, me fregué aquel calzoncillo pegoteado en la concha! ¡Así acabé, con su semen todavía calentito fregoneándose en los jugos de mi vulva ardiente! ¿Qué me estaba pasando? ¡Yo era la única que podía, y debía parar toda esta locura!

Hubo muchas noches, y algunas siestas en las que, yo continuaba regalándole cuentos a Gabito. Pero, nunca más esperé a que se me salte el fusible de la perversidad, aunque me muriera de ganas. Y no fue hasta el renacer de sus 16 años que, otro cuento sexual nos volvió a encender. Y esta vez, no iba a reprocharme nada, ni a prohibirle más cosas a Gabito, más de lo que ya la vida le limitaba. Era otra noche de lluvia, en la que había llovido durante todo el día. Pero esa vez no pude hacerle sus tortas fritas. De modo que, después de comer, y luego de ayudarlo a tender su cama con sábanas limpias, lo esperé a que se acueste, y le dije: ¡Gabito! ¿Querés que te cuente otro cuentito chancho?

Él, emocionado, me dijo que sí, y de la misma euforia tiró un vaso de agua que había sobre su mesita de luz. Resuelto aquel estropicio, esperé a que lo único que habitara a la noche sea la lluvia, y me senté a inventarle la historia de dos chicos que estaban enamorados de la misma chica.

¡Además, ella los seducía a los dos! ¡Les decía que los quería como novios, y les prometía ricas comidas! ¡Solo que, a uno de ellos, solo le ofrecía su boca! ¡Y, el otro, tenía derecho a mirarla desnuda! ¡Hasta que, entre los dos idearon un plan, para estar juntos con ella! ¡La chica no sabía que ellos se conocían!, le contaba, mientras no podía evitar acercarme a su cama para escuchar el ruidito de sus manos en su pito, a pesar de la intensidad de la lluvia.

¡Así que, la chica se preparó para encontrarse con Luciano, uno de ellos! ¡El otro chico, ya se había despedido de ella, y corrió a esconderse, para esperar a que llegue Luciano, con flores, y un pote de helado!, le iba contando, justo cuando un trueno sonó como un petardo, y él me preguntaba: ¿Y era tetona la chica?

¡Sí bebé, tenía unas tetas hermosas, perfumadas, suaves, y siempre bien paraditas! ¡Usaba linda ropa, bombachas con detalles, y se maquillaba poco!, agregué, una vez recuperada del susto, en el momento exacto en que se cortaba la luz. De todos modos, nosotros permanecíamos a oscuras. Lo supimos porque se apagó el farol de la calle. Y entonces, Gabito dijo, aprisionado por un suspiro extraño: ¡Como vos Pau, que usás bombachas re lindas! ¡Ya sé cuáles son las tuyas, y las de mami!

¿Qué decís, pendejo chancho? ¿Cómo sabés cuáles son mis bombachas?, le dije al oído, al tiempo que me apretaba una teta, y descubría un poco por aproximación del tacto de mi cuerpo sobre el suyo que, sus manos yacían en su entrepierna. Él tartamudeó, y pareció ponerse nervioso. Pero al fin dijo: ¡Las tuyas son más chiquitas, y tienen lindos colores, y lindas formitas!

¿Escuchame nene, creo que, antes de mirarme las bombachas, deberías dejar de tocarte el pilín! ¿Otra vez tenés cosquillas?, le dije entonces, absolutamente perdida en mis revoluciones, porque llevé una de mis manos hasta su pubis, donde me encontré con sus manos, ¿Y su pija re contra dura y babosa!

¡Sacá las manos de ahí nene, que te voy a ayudar! ¡Vos, en vez de mirar videítos chanchos, necesitás que alguien te ayude a, calmar esta cosita! ¿Te ayudo a que te salga la lechita nene? ¡Vos, dejame, que, si te gusta lo que te hago, se te van a ir las cosquillitas! ¡Y, si me dejás, mañana, te muestro como me queda puesta la bombacha que vos elijas! ¿Querés, mi gordito hermoso?, le dije, más melosa que un panal repleto de primaveras, y le puse mis labios sobre los suyos, mientras mis manos se aferraban a su pene majestuoso, grueso, hinchado, lleno de latidos como una procesión e pasos ansiosos por un milagro.

¡Gabi, hacelo, dale, besame! ¡Comeme la boca nene! ¡Mirá qué pitazo tenés bebé! ¡Diooos! ¡Cómo puede ser! ¡Se te pone así, porque tenés mucha lechita! ¡Creo que, te hacen mal los cuentos de chicas desnudas!, le decía, antes que al fin sus labios torpes realicen lo más parecido a un beso. Yo lo continué, y fui dirigiéndolo, al mismo tiempo que le masajeaba el tronco de la verga, le sobaba el glande, le subía y bajaba el cuero cada vez más rapidito, y presionaba en los lugares donde más se le contracturaba ese hermoso ejemplar de pija. Recuerdo que con mi otra mano me bajé el short y la bombacha. Estaba dispuesta a subirme encima de mi hermano, y comerme esa pija tremenda con la concha. Sentía que se me prendía fuego desde los pezones hasta el agujero del culo, y no podía explicárselo a Gabito.

¡Yo, solo quiero que mi hermana se desnude, y me deje olerle sus tetas, otra vez! ¡Siempre me toco el pito, pensando en tus tetas, Pauli!, balbuceó mientras nuestro besuqueo nos humedecía de babas inconclusas, y mi mano comenzaba a pegotearse del sudor y los jugos de su pija cada vez más imponente. Al fin, le froté mis tetas en la cara, y le dije: ¡Mi bebé necesita saber a qué huele la concha de una hembra! ¡Si te portás bien, también te voy a mostrar mi vagina! ¿Sí? ¡Ahora, acá las tenés! ¡Olelas otra vez guacho, oleme las tetas, y calladito, que ya te va a saltar la leche!

Gabito empezó a mamarme las tetas, ni bien las liberé de mi remera ancha de dormir, y mi mano seguía masturbándolo con todo mi poco repertorio. Hasta que, le susurré al oído: ¡Gabi, porfi! ¿Me dejás que, me tome tu leche? ¿Puedo darte besitos en el pito? ¿Querés que, te lo lama, que te huela, como a un perrito? ¿Me das tu leche en la boca? ¡Pero, de esto, nada a mami! ¿OK? ¡Sé que te va a encantar!

Gabito no respondió con palabras, pero sí su cuerpo daba señales de no poder sostenerse un segundo más en la gravedad que lo oxigenaba. Así que, bajé hasta su pubis, con mi cabeza por debajo de su sábana, y arribé a su bóxer que olía a pis y a transpiración. No me importó en lo más mínimo. Solo recuerdo que le olí la verga, que la atrapé con mis labios, y que lo escuché gemir. Me dijo algo como que, era una asquerosa cochina. Yo, le metí la lengua en el pequeño agujero de su prepucio, originando un terremoto en su vientre. Sus nalgas se separaron un poco de la cama, y su pija fue empujada hacia los adentros de mi boca. De modo que, empecé a mamarla, succionarla, llevarla hasta el tope de mi garganta, y a sacármela un ratito para respirar, olerle y lamerle las bolas, y volver a la carga por más de ese sabor alucinógeno. Pero, en cuanto comencé a meterla y sacarla rapidito del anillo que le creé a su glande con mis labios, Gabito empezó a gimotear, a querer levitar en el aire, y a decirme cosas que no le entendía. Entretanto, su semen fluía como una copia fiel de la lluvia que afuera llovía incesantemente, casi todo adentro de mi boca, y en la piel alucinada de mi cara. Yo sorbía cada gota, lo saboreaba, tragaba, tosía y volvía a saborear, tragar y lamer. Me encantaba lamerle el pito, aún cuando comenzaba a perder su forma. Cuando salí del encierro de sus sábanas, fui consciente de que casi me asfixiaba de celo, y del vapor que tanta efervescencia logró entre su verga y mi boca. Me acerqué a su oído, y mientras le ponía sus manos en mis tetas para que me las manosee, le decía: ¡Me encanta el sabor de tu semen Gabi! ¡Es re rico! ¡A las chicas que les quieras dar tu pito, les va a encantar! ¡Pero yo no te presto! ¿Escuchaste? ¡Ese pito, es solo mío, solo de tu hermana! ¡Si no, no hay más cuentos! ¡Aaah, y cambiate el calzoncillo, chancho! ¡Tenés olor a pis! ¡No querrás que mami lo descubra!

Al otro día, intenté ni acercarme a mi hermano. Había tenido una madrugada repleta de orgasmos, a solas en mi cama, pajeándome como una condenada, recordando cada gota de semen que ese nene le había ofrendado a mi boca. El tema es que, si se lo contaba a mi vieja, yo estaba más que al horno. Me consolaba el hecho que Gabi no era tan tonto como se esperaba de él. Si algo le daba placer, o felicidad, y sabía que por algún motivo era prohibido, no lo contaba. Tenía muchas pruebas de eso. Pero, ¿Y si yo lo evadía? ¡Seguro necesitaría que le vuelva a sacar la lechita con la boca!

El próximo día, Gabi estuvo re pegote conmigo. Entró como tres veces a mi pieza, para saber si me estaba cambiando. De modo que, la cuarta vez, a eso de las 7 de la tarde, directamente lo esperé en bombacha y corpiño, sentada en la cama.

¡Entrá Gabi, y cerrá la puerta! ¡Ponele una vuelta de llave!, le dije, ni bien lo pesqué mironeando por la puerta entreabierta. Él dudó. Pero al fin entró, y se quedó parado, lo más lejos que pudiera de mi cama.

¡Dale, acercate! ¿No querías verme en bombacha? ¡Bueno, hoy, te voy a contar el cuento de una chica, que tiene un hermano que, se toca el pitito por las noches, pensando en su hermana! ¡El chico la quería ver en bombacha, y saber a qué olían sus tetas! ¡Pero, como la chica ya le había dejado olerlas, ahora, había un hechizo entre ellos!, le decía, levantándome de la cama para darle una vueltita. Le mostré la cola y las tetas, y cuando estuve a pocos centímetros de él, me bajé y subí la bombacha un par de veces. Incluso me di unos chirlos en el culo, y él pareció preocuparse por si me dolían. Me reí, y le acaricié la cara con una mano, y luego con el borde de mi corpiño.

¿Andás con cosquillitas en el pilín nene?, le pregunté, y le di un beso en la boca. No me respondió. Yo misma hallé la respuesta en cuanto le palpé el bulto, adivinando que, no traía bóxer bajo su short. Era obvio, puesto que se le paraba para adelante, y parecía una palanca, o un picaporte. Le bajé el short de una, y le di unas cachetaditas en el pito. Me volví loca cuando sentí que, gracias a eso, varios hilitos de presemen salpicaron de su glande.

¡Tocame la cola nene, dale, y bajame la bombacha!, le susurré al oído. Él me obedeció, pero luego, casi que no hubo más órdenes, ni premuras, ni obstáculos. Por suerte faltaba un rato para la cena, y mi vieja todavía no regresaba del súper. Recuerdo que lo senté en la cama, que le chupé un ratito la pija, y que después, me saqué la bombacha para pasársela suavecito por la cara, la nariz, el mentón, y las tetillas. Gabito estaba en cuero, y también se puso a gimotear cosas que no pude descifrar cuando empecé a llenarle el pecho de besitos y mordiditas, sin privarle a su nariz el aroma de mi bombacha.

¿Te gusta cómo huele? ¡Está mojada! ¿Viste? ¡No es pis! ¡Es, que, me pasa lo mismo que a las chicas de los cuentos! ¡Tengo olor a sexo!, le decía, sin detener mi camino de besos en su pecho, pajeándolo despacito, y evangelizándolo con el olor de mi intimidad. Cuando supe que su lechita estaba cerca de explotar en mi mano, abandoné todas esas acciones. Me alejé de él, tiré mi bombacha al suelo, y me puse de rodillas sobre la cama.

¡Gabi, ahora, te toca a vos, olerme la vagina! ¡Dale, y, si querés, podés darle besitos! ¡Así como yo te di besitos y chupones en el pito!, le pedí, sin saber qué haría mi hermano. Pero, mi aprendiz tomó cada palabra como un juramento inquebrantable. Por lo tanto, al toque Gabi estaba arrodillado, besuqueándome la chocha, lamiéndome y oliendo mi sexo, saboreando mis jugos, diciéndome que también yo olía a pichí, y que le gustaba mucho mi concha. En el momento en que su lengua rozó accidentalmente mi clítoris, no pude controlarme más, si es que alguna vez había logrado hacerlo. Me levanté de la cama como un relámpago, le pedí a Gabito que se recueste en la cama, y al verle el pito parado, tuve la clara certeza de que estaba en lo correcto. Me subí a su cuerpo, refregué mi vulva en sus piernas, le di un nuevo beso en la boca que incluyó una pequeña batalla de lenguas, y pegué mi concha a su pija. empecé a frotarme, a gemir, babearme y morderle los labios, a medida que poco a poco su glande conquistaba la entrada de mi sexo hambriento, caliente y resbaladizo como nunca antes lo había sentido. En el momento en que su pija entró como un torbellino, grité, y Gabito se asustó.

¡No pasa nada nene, dejala ahí adentro, y quedate tranquilo, que tu hermana te coge todo! ¡Te estoy cogiendo bebé, asíii, te voy a sacar la lechita con la concha, así me llenás con tu leche! ¿Te gusta esto? ¿Te gusta que te coja así? ¡Sentí mi conchita nene, que te re gustó olerme las tetas, y la bombacha, asqueroso!, le decía, sin poder detener el galope de mi vientre en su verga cada vez más hinchada.

¡Vos sos la asquerosa, la chancha, y la perra! ¡A vos te gusta chuparme el pito!, me decía, entre disgustado, feliz y cargado de impaciencias por acabar.

¡Pero, a vos te gusta que te lo chupe, y olerme, y que te tome la leche! ¿O no? ¡Soy como esas chicas que ves en los videos! ¡Esto es sexo nene, así tienen sexo los nenes, y las nenas!, le decía, mientras sentía que sus dedos me estrujaban las tetas, y mis uñas estaban al borde de lastimarle la espalda, o cualquier trozo de piel al que pudieran aferrarse. Nos besábamos, movíamos la cama contra la pared, sudábamos y respirábamos sin poder modificar volúmenes, intensidades o grititos. Yo le pedía que me cachetee la cola, y él no medía el tenor de tales azotes. Hasta que, empecé a mordisquearle el cuello, cuando sabía que un orgasmo terrible se avecinaba en mi clítoris. Empecé a decirle: ¡Largame todo nene, matame de leche, ahogame la conchita de leche caliente, haceme pis adentro bebé, dale, meame toda, embarazame toda, acabá nene, asíiii, largame toda esa lechita rica que tenés!

De pronto Gabito comenzó a convulsionar, a marearse, a berrear como una criatura a punto de mutar de su piel, o de transformarse en vaya a saber qué cosa extraña. Mientras tanto, su semen encendía una fogata adentro de mi concha, y mis jugos atrapaban a cada uno de sus espermatozoides para obligarlos a vivir por siempre en el interior de mi sexo. Fue un montón de leche, un chorro que parecía no tener fin, ni principio. Por un momento pensé que, luego de acabar, había decidido mearse adentro de mí. Pero sabía que no podía hacerlo tan inmediatamente, y me serené. Él, no podía articular ni mi nombre. Transpiraba como un cerdo, tenía los ojos en blanco, una carita de enamorado que daban ganas de comérselo a besos, y la pija todavía entre mis paredes vaginales. Parecía no tener ni media gana en volver a su estado natural.

¡Gabito, vamos, dale que te ayudo a levantarte! ¿Estás aturdido? ¡Es normal! ¡Y acordate, que no podemos decirle nada de esto a mami! ¡Ni a nadie!, le decía mientras le extendía mis brazos para incorporarlo de mi cama encharcada de jugos, semen, sudor y saliva. Ahora sí que no estaba tan segura de confiar en el secretismo de Gabriel. Pero, no me quedaba otra, si quería seguir disfrutando de esa pija hermosa, y él, ya no solo de mis cuentos.     

Fin

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Comentarios

  1. juani29/1/26

    ufff como no lei este relato antes lpm. increible!!

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    1. Porque, lo leíste ahora! Jejejeje! Bueno, más vale tarde que nunca. La verdad, eso es una buena hermana! ¿Vos qué pensás?

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