Para mis padres, yo soy el ejemplo perfecto de buena hija. Siempre diez en la escuela, siempre sobresaliente en danzas clásicas, en mis clases de portugués y de inglés, mis relaciones familiares y con amigos, y que sea tan solidaria con la parroquia de nuestra ciudad. Ignoran, por descontado, que soy una zorra incurable, una putita hambrienta que no reconoce límites, y que necesita saciar su sed de sexo a como dé lugar. Cuando cumplí los 15, más o menos pasados unos cinco meses, mi padre decidió contratar a Pedro como mi chofer personal.
¡Pedro te va a traer y llevar a donde necesites ir! ¡Para tu mamá y yo, es importante tu seguridad! ¡Ya sos una señorita, Nahir, y no tolero que viajes en colectivo, rodeada de gente sucia, normal y corriente! ¡No quisiera enterarme que alguno te robó el celular, o te tocó la cola, o te miró lascivamente los pechos! ¡Así que, esta tarde lo vas a conocer! ¡Si te cae bien, bueno, le asignaremos una habitación de las que hay en el patio! ¿Qué te parece?, me dijo mi padre una mañana durante el desayuno, antes de llevarme él mismo al colegio. Al principio no estuve muy de acuerdo, porque no quería sentirme controlada. ¿Acaso yo no les había dado certezas que sabía cuidarme sola? Pero en la tarde, cuando mi padre lo hizo entrar a la sala de estar, tuve la sensación que, nuestras miradas se conectaban. Mi piel lo reconocía de alguna forma. Pedro tenía 27 años, era morocho, de espalda ancha y brazos gruesos, ojos negros y penetrantes, pelo corto, una linda sonrisa, y carita de bueno. Hablaba correctamente para su atuendo de persona normal, o demasiado común.
¡A Pedro lo conocí hace mucho! ¡Yo, digamos que, le di una mano para que pueda estudiar, y luego, cuando terminó el secundario, entró a trabajar a la empresa de tu tío, por recomendaciones mías! ¡Pero, cuando tu tío se vio obligado a presentar la quiebra, por temas que no vienen al caso, Pedro se quedó en la calle! ¡Así que, ahora, por suerte, puedo darle un trabajo honrado! ¡Los dejo para que charlen un rato! ¡Si hay química, esta tarde misma firmamos tu contrato! ¿Estamos Pedrito? ¡Y vos, Nini, preguntale lo que necesites saber! ¡Jamás se va a pasar de la raya con vos! ¡Eso, te lo puedo asegurar! ¡Mirá que pongo las manos en el fuego por muy poca gente!, decía mi padre, mientras revolvía su portafolios y caminaba de un lado al otro. Hasta que nos dejó a solas en la sala. Fue un momento incómodo, porque ninguno sabía qué decirle al otro.
¿Y te va bien en la escuela, Nahir? ¿Preferís que te diga por tu nombre? ¿o Nini? ¡Vos decime, que yo me adapto!, me preguntó con ternura, mientras yo me sentaba en la mesita ratona, y sin saber por qué, le abría las piernas, mostrándole algún trocito de mi bombacha infantil por debajo de mi pollerita.
¡Sí, creo que sí! ¿Y vos vas a ser mi chofer? ¡Te digo que, más de una te va a tirar los perros! ¡Aunque, yo, a partir de ahora, soy tu preferida! ¿OK? ¡Y, te adelanto que, soy re caprichosa! ¡Cuando se me antoja algo, lo quiero ya! ¡Por ejemplo, casi siempre después del cole, me vas a tener que comprar un Milca, o algún rico helado! ¡Siempre tengo hambre! ¡Soy re angurrienta! ¡Aaah, y decime como quieras! ¡Nini, me gusta!, le solté, sintiéndome extrañamente sexy, viendo cómo le sudaban las manos y trataba de no mirar por debajo de mi pollera. Pero me sonrió, y desde entonces, sin entenderlo del todo, supe que ese morocho de corte antiguo, sencillo, caballero y complaciente, se convertiría en mi juguete predilecto. O, dicho de otra forma, en la zanahoria que necesitaba comer la conejita que vive en los adentros de mi bombacha.
Cuando cumplí los 16 fue que comencé con todos mis jueguitos sexuales a flor de piel. Una vez Pedro estaba en su habitación, preparándose para llevarme a mi clase de inglés. Como su habitación estaba en el patio, al lado de la de Mariela, nuestra empleada cama adentro, yo andaba bailoteando por allí, en remera, sin corpiño, y nalgueándome la cola. Vi que su puerta estaba mal cerrada, y se la abrí.
¡Nene, apurate que voy a llegar tarde! ¿Me queda linda esta remera? ¡Ya sé que todavía no me puse el corpi! ¡Pero, quería saber tu opinión! ¡Vos, sos hombre, y supongo que mirás a las chicas! ¡Sos palabra autorizada!, le dije, disfrutando de la sorpresa de su rostro, mientras terminaba de abrocharse la camisa. Pedro tartamudeó algo que ni él entendía.
¡Dale nene! ¿Qué murmurás? ¿Te gusta o no cómo se me ven las tetas así? ¡No creo que andes mirando pitos, en lugar de tetas!, le largué, poniéndolo incómodo. Después de todo, él no podía faltarme el respeto, y me debía obediencia. Fue obvio que reprimió muchas baboseadas, y que, si fuese por él, tal vez se apretaba el ganso ahí nomás.
¡Le queda muy bien, señorita! ¡Pero, no hace falta que me muestre todo!, intentó explicarse, retrocediendo unos pasos para alcanzar las llaves del auto, las que colgaban de un gancho de la pared. No supe cómo avanzar, y volví a mi pieza para terminar de vestirme. Al rato, los dos íbamos en el auto con rumbo a mi clase. Me dispuse a comer un chupetín, y a mostrarle cómo lo sacaba de mi boca para pasármelo por los labios, lamerlos con mi lengua y volver a saborear el caramelo, hablándole mientras lo hacía. Le preguntaba boludeces. Pero también, cosas como si tenía novia, si le gustaban los besos de las chicas, si es de mirar más tetas que culos, cómo sería su tipo de chica, si tenía hijos, si le gustaba la música, y de nuevo, si la remerita que me había puesto exaltaba bien mis pechitos.
¡Pasa que, en inglés, hay un chico que me gusta mucho, y me divierte saber que me las re mira!, le decía, mientras él me respondía con evasivas, trataba de no rozar su pierna con la mía, y desviaba el fuego de sus ojos hacia cualquier lado cuando yo me chupaba los dedos.
No pasó mucho tiempo hasta que él empezó a ponerse nervioso cada vez que me cruzaba por la casa. A veces, se le caía lo que tuviera en las manos. Así rompió al menos tres vasos, y una jarra juguera que, según mi madre valía más de 500 dólares. Pero nadie lo retaba en serio por aquellos despistes. A veces, cuando Mariela barría el patio, regaba el jardín o se ocupaba de los adornos de mi vieja en el quincho, yo surgía de la nada, siempre que sabía que Pedro se ponía a charlar con ella. me les aparecía en culote y corpiño, para decirles cualquier cosa. Por ejemplo, ¡Mari, no te olvides que, en un ratito, me tenés que hacer la leche! o, ¡Che Mari, no sé si me habrás comprado bananas! ¡Acordate que me encanta sentarme a mirar la tele con una banana en la boca! ¡Y si es más de una, mejor! O, ¡Mari, cuando tengas un tiempito, necesito que te fijes si debajo de mi cama no quedó mi bombacha roja con maripositas! ¡Pero, no le digas a mi papi si llega a oler a pichí! ¡A veces, me da miedito dormir sola a la noche, y me hago pipí, sin querer! Todo con una voz más infantil de la que ya tenía. Ella, tal vez inocente, o haciéndose la boluda, me respondía al toque, siempre afirmativamente. Pero a pedro se le desorbitaban los ojos, y se le enrojecía hasta el mentón.
Una mañana, decidí entrar a la pieza de Pedro, sabiendo que mi viejo lo había mandado a hacer unos trámites para al fin ponerlo en blanco. Como yo no tuve clases, no ofició de mi chofer. Ni siquiera sabía bien lo que tramaban mis intenciones. Me senté en su cama bastante ordenada, olí un bóxer que encontré sobre un montoncito de ropa que había en una silla, y esa fragancia cegó mis sentidos de inmediato. Una de mis manos se introdujo de una bajo mi short, y mientras apretaba ese bóxer contra mi nariz para aspirarle cada pintita bordó que lo adornaba, dejé que mis dedos rocen mi clítoris, que profundicen en las humedades de mi vulva, y que al fin comiencen a convertir en música a cada envestida que me hacían en la concha. Incluso me bajé pantalón y bombacha para frotar el culo sobre su cama, a esas alturas pegándome con ese bóxer en las tetas, fregándomelo en la cara y en las piernas. ¿Cómo podía ser que me estuviese calentando tanto el hecho de pajearme en su pieza? Recuerdo que me desprendí el corpiño, lo froté en mis tetas, y lo dejé sobre su cama, debajo de su almohada, y que, tuve todo el cuidado de dejar todas las cosas como estaban, una vez que me acabé encima, subiéndome la bombacha y el short para no mojarle el acolchado, y al fin huir como una niñita muerta de miedo de allí. En la tarde, cuando yo leía un apunte para historia en el patio, Pedro apareció, casi sin anunciarse. Me tocó el hombro, y empezó a buscar las palabras para decirme, lo que yo intuía que sucedería.
¡Señorita, a lo mejor, hubo un error, y, bueno, este corpiño fue a parar a mi cama! ¡Se lo dejo, esperando que no me mal interprete!, me decía, con mi corpiño temblando en sus manos, ofreciéndomelo.
¡Uuuuy, pudo haber sido Mariela! ¡Perdonala! ¡A veces anda media distraída, con tantas cosas de la casa!, le decía, sin despegar mis ojos de los apuntes, riéndome por dentro.
¡Bueno, o, por ahí, fuiste vos! ¿Sabés de quién es este corpiño? ¡Pensá bien la respuesta! ¡Si acertás, no le digo a mi viejo que, anduviste robándote corpiños del tender de la ropa! ¡Porque, en una de esas fuiste vos, y querés acusar a Maru!, edifiqué rápidamente en mi cerebro la forma de ponerlo incómodo.
¡No señorita! ¡No se equivoque! ¡Yo, le juro que estaba en mi cama!, se defendía, dando unos pasos hacia atrás.
¿De quién es? ¡Respondé, y no te hagas el tonto!, lo apuré. Sus ojos volvían a mirar hacia otro lado. En un momento me pareció que hasta me puso carita de puchero, y sentí que podría llorar si lo presionaba un poco más. Pero, al toque respondió, aunque sin mirarme a la cara: ¡Estoy casi seguro que, es suyo, señorita Nini!
¡Mmm, puede ser! ¡Pero, yo que vos, me aseguraría! ¡Olelo, y si tiene mi perfume, es mío!, improvisé, sabiendo que mis palabras le inmovilizaban los pies.
¡Dale nene! ¡Olé ese corpiño! ¡Agradecé que no es una bombacha!¡Bah, capaz que esperabas oler una bombachita! ¡Metele, o le digo a mi viejo!, lo apuré mientras abría mis piernas sin expectativas, pero más caliente que una pava. Y fue peor cuando lo vi acercarse mi corpiño a la cara. Primero lo olió de lejos, y cuando su mirada se encontró con la mía que lo amenazaba gravemente, se lo pegó un poquito más a la nariz.
¿Y? ¿Te gusta, cochino? ¿Ya sabés de quién es?, le iba diciendo mientras me ponía de pie para quitárselo de golpe, encajarle un corpiñazo en la cara, y casi sin darle reacción, para bajarme el escote de la remera, bajo la que no había nada más que el fragor de mis tetas. Creo que esa tarde fue la primera vez que me dolieron los pezones de tanto que se me habían parado. También, la primera vez que un hombre me las miraba largo rato, sin hablar, aunque sus ojos me las devoraban. Y de golpe, pedro, se metió rapidísimo a su habitación, jurándome que era inocente. Le dije que le creía, siempre sin hablarme, pero que aún así, me había encantado verlo oliendo mi corpiño. Entonces, cerró la puerta, y no volví a verlo hasta el lunes siguiente, cuando tuvo que llevarme al colegio. Estuvo distante, frío y serio conmigo. En el fondo, buscaba eso; que se vuelva loquito, me cele, me desee, que se le pare la verga con mis tetas. Que se muera de ganas de violarme, pero que se contenga, al menos, hasta que yo lo decida.
Cuando ya transcurrieron unas semanas, un mediodía subí al auto de Pedro con Santino, un compañero de mi curso con el que me re chapaba en el baño del colegio. No éramos novios ni nada de eso. Digamos que los dos nos sacábamos la calentura con puros chupones, y cuando teníamos chances de estar a solas en su casa o la mía, yo lo peteaba, y él me regalaba tremendas chupadas en las tetas, o en la concha. Pedro ya lo conocía, porque varias veces nos llevó a casa por temas de la escuela. Sin embargo, cuando ya nos habíamos acomodado en el asiento trasero, ni bien Pedro tomó la ruta para dirigirnos a casa, me subí en las piernas de Santi. No tenía un plan preciso. Así que primero me lo empecé a tranzar a full, y después, se me dio por hacerme la enojada con él, en teoría porque me había tocado el culo en la escuela. Yo, le hacía caída de ojos para que me siga el juego, y el muy pajero lo hacía a la perfección; Cosa que no me sorprendía, porque los varones a esa edad, hacen todo por complacer a una pendeja. Pedro nos miraba por el espejo, y se ponía en tensión. Incluso, llegó a decirnos: ¡Chicos, por favor! ¡Compórtense, y no hagan esas cosas, al menos si estoy yo! ¡Aparte, espero que no haya sido cierto eso, señorita! ¡Porque voy a tener que reportárselo a su padre!
¡Vos, calladito Pedro! ¡Sí, este tarado me tocó el culo! ¡Pero, no me importa! ¡Ahora, estoy calentita con él! ¡Aparte, al chancho le gusta tocarle la cola a todas las chicas! ¿No cierto, taradito?, le dije yo, llenando mi voz de caramelo sexual, mientras mi boca se abría para que Santi me entierre su lengua, y me haga sentir la dureza de su chota en la cola.
¡Igual, no creas que esto va a quedar así! ¡Tu novia se va a enterar que me manoseaste el culo, pendejo chancho!, le decía a Santi que sonreía como embobado, agradecido por la chuponeada que nos pegamos en el auto; la que continuamos un ratito más, tan solo para que Pedro pierda el control. Obviamente, Santi no tenía novia, ya que eso también se me ocurrió para agregarle más condimento a la cosa.
A los días, Santino volvió a subir conmigo al auto. Pero esta vez, me zarpé aún más. Empezamos a chuponearnos un rato antes de que Pedro tome la ruta, y no tardé mucho en bajarle un poco el pantalón y el calzoncillo para empezar a pajearle la pija, diciéndole: ¡Mirá cómo la tenés guacho! ¿Se te puso así por mí? ¿O por tu novia? ¿No cogieron ayer? ¡Ella me dijo que tenía mansas ganas de pegarte una garchada en su casa! ¿Qué onda? ¿Se pinchó todo al final? ¿O no le llevaste chocolates como te aconsejé?
¡Señorita! ¿Qué está haciendo? ¡Imagino que no es lo que creo! ¡Por favor, no, no haga eso! ¡Y usted, joven, trate de calmarse también!, nos decía el pobre, tratando de dominar el coche, sin perderse detalles de cómo mi mano derecha le presionaba la verga a mi amigo. Entonces, casi que, sin pensarlo, primero me desprendí la camisita, mordisqueé mi corbata ante los ojos atónitos de Santi, y luego de mostrarle un pedacito de mi teta derecha, me agaché para rozarle el pito con los labios. Luego le di un besito, después otro, y al toque una chupadita que resonó en el hermético auto de Pedro, que esta vez frenó sin control, acaso a punto de chocarse a alguien. Después de eso, y tras disculparse, manejó tranquilo por la ruta, aunque sabía que me miraba, y que reprimía un millón de sermones morales. Es que, al fin mi boca empezaba a rodearle el glande a Santi, y la calentura me condujo a no querer soltarla. Quería tragármela toda, que me la clave en la garganta, olerla, mordisquearle las bolas, y sentir esa dureza abriéndome la concha, con toda mi baba colgando de su tronco grueso y cortito. Y, cuando quise acordar, ya estábamos entrando al garaje de mi casa, una vez que Pedro hubo accionado el control para abrir el portón. Y el Pobre Santi bajó a las apuradas conmigo, medio que guardándose el pito en la ropa para correr a mi pieza. Ahí, Pedro no pudo entrar. Pero para mí no fue tan emocionante sacarle la lechita sin la presencia de ese hombre que imponía respeto, moral, y un montón de boludeces de los adultos. Así que, a la tarde siguiente, invité a Santino a mi casa, con la excusa de que necesitaba sus explicaciones para esa mierda de los polinomios. Nos pusimos a estudiar en el patio, y como yo sabía que a eso de las 7 de la tarde Pedro se ponía a preparar el auto para ir a buscar a mi viejo a una de sus reuniones, ni bien lo vi salir, volví a mis andadas. De un solo tirón dejé a Santi en calzoncillos, y me puse a mordisquearle el pito sobre la tela, hasta extraerlo por completo con mi boca, y empezar a hacer todos los ruiditos de una petera glotona. Me atragantaba, le decía cosas chanchas sin sentido con la boca llena de gárgaras, tosía, me pegaba con su pito en la boca, y se lo escupía. Además, le decía: ¡Agarrame del pelo nene, así me cogés bien la boquita! ¡Dale, que en un toque el chofer tiene que ir a buscar a mi viejo! ¡Es más! ¡Ya nos está mirando!
Santino me obedecía entre agradecido y cagado en las patas. Y pedro se quedaba inmóvil, con su portafolios en la mano, el celular en la otra, y los ojos recorriendo la escena, mientras decía: ¡Señorita! ¿Otra vez usted? ¿No, no le da pudor hacer esas, esas cochinadas? ¡Mire que, se puede enterar su padre! ¡O su, su madre!
¡Pero vos no les vas a decir nada! ¿No amor? ¡Además, ya sabés que yo siempre tengo hambre, y que, si no hay bananas en casa, me llevo el pito de mis amigos a la boca! ¡No es justo que me quede sin bananas, o sin leche!, le decía, poniéndole carita de puta, con la pija de mi amigo apoyada en los labios, como si le hablara obscenamente a un micrófono de carne. Luego, volvía a petearlo, a tragar y sorber sus hilitos de líquidos en celo, y a pegarme con esa cosita en la boca entreabierta. Hasta que, me desprendí toda la camisita, y dije en voz alta, pero sin sacarle ese tono de putería que solemos emplear las pendejas cuando nos quema la concha, y bajo la mirada tenaz de Pedro: ¿Querés que te refriegue las tetas en el pito guacho?
El tema fue que, en cuanto lo mencioné, y mis tetas tomaron contacto con su piel babeada por mi boca desesperada, el lechazo de Santi salió como una estampida para ensuciarme las tetas, mojarme la camisita y el corpiño todo corrido, y para hacerlo gimotearme cosas como: ¡Fuaaa, qué putita lechera que sos amiguitaaaa! Pero, mi chofer lo había visto todo, y no podía dar un solo paso. Yo también lo había notado. ¡Tenía un tremendo bulto en el pantalón que le imposibilitaba pensar, tomar una decisión, o regañarme como me lo merecía! sin embargo, luego de relojearme una última vez las tetas bañadas en semen, salió del patio para cumplir con su deber. A mi viejo no le gustaba la impuntualidad. Santino aprovechaba mis bondades, y también disfrutaba del morbo de ser descubierto por Pedro.
Desde ese día, me convertí en una mariposa molesta, acaso odiosa, seductora, y hasta cruel para mi pobre chofer. Siempre que mis padres no estuviesen en casa, o por las noches. Es que, me comportaba de acuerdo a la calentura que le tenía, a él y a cualquiera que tuviese una pija entre las piernas. De modo que, al otro día de lo que pasó con Santi, lo esperé en la puerta de su pieza, con una musculosa roja y un mini short, en teoría, para pedirle disculpas por lo que hice, y para jurarle que no lo repetiría. Es más, me puse a llorar para pedirle perdón, y me crea. Él, para que mi vieja no me escuche, me hizo entrar. Momento en el que aproveché a sentarme en su cama, abriendo bien las piernas y tironeándome la remerita para que las tetas me la exploten, mientras le decía: ¡Es que, no sé qué me pasa! ¡Tengo ganas todo el día, a cada rato! ¡Es cierto que tengo hambre todo el tiempo, y que los chicos me pueden! ¡Bueno, más precisamente, sus pitos! ¡Por ahí, a ustedes no les pasa eso! ¡O, bueno, como vos sos más grande, lo controlás! ¡Qué sé yo! ¡En la escuela, todas me dicen cosas feas! ¡Que soy una putita, una trola, una reventada con cara de ladina, de petera, y que merezco que me agarren entre varios pibes y me hagan doscientos hijos!
A él le daba cosa mi sollozo, mis hipidos y la carita de buena que le ponía. Estaba nervioso, y no sabía si abrazarme, consolarme con palabras, o manosearme las gomas. Recuerdo que murmuró algo como: ¡Pero, usted no les haga caso! ¡Y no deje que le digan esas cosas! ¡Se entiende que, por ahí, a su edad, sienta esas ganas locas! ¡Pero, tenga paciencia!
¿Qué paciencia decís? ¡Tengo ganas de coger todo el día Pe! ¡Y, a veces no me alcanza con pajearme en la cama! ¡Pero bueno, parece que vos tampoco me vas a entender! ¡Mejor, me voy! ¡Por ahí, me agarra la loca, y me encierro a pajotearme toda, y me saco fotitos! ¡Y se las vendo a mis compañeros!, le dije, haciéndome la dramática, levantándome de la cama para irme, y dejarlo recalculando. No sin antes esconder una de mis colaless bajo su almohada, en el momento que miraba para otro lado. La llevaba en el bolsillo, con la idea de perpetrarle mi esencia, y que me desee cuando la encuentre, ¡Porque, obviamente estaba usada! Así que, después de la cena, me encerré en mi cuarto, le mandé un reel de consoladores a mi amiga, otro de un gatito muy tierno a la densa y rescatista de mi prima, y me empeloté para revolearme en la cama, dispuesta a pajearme. Y, casi sin saber por qué, ni cómo se me ocurrió, tomé mi celular y le saqué una foto a mis tetas. La miré varias veces, y se la envié a Pedro, con una carita de gata babeando, y un textito que decía: ¡Miralas bien, que todos los hombres son chanchos!
Al toque mi chofer me respondió, con un signo de pregunta. Le envié una lengüita, y una foto mejorada de mis pezones duritos. Él me advirtió que posiblemente me estaba equivocando de destinatario, y me recomendaba no mandarle esas fotos a nadie, por mi bien.
¡Dale guacho, quiero que me digas que te vas a tocar el pito, con mi foto!, le escribí, luego de mandarle otra foto. Esta vez de mis tetas, aunque puse una colaless autorregulable sobre ellas. Él seguía evadiendo mis mensajes, aunque estaba en línea, y me leía. Así que, le mandé otra fotito en la que me agarro las gomas con una mano, y otra más, luego de verter gotitas de saliva sobre mi piel. Además, le escribí: ¿Se te para cuando me las mirás? ¿O te gusta más mi cola? ¡Dale nene, respondeme, que no es pecado! ¡Cada uno está en su pieza! ¡Yo, desnuda, y tocándome! ¿Vos?
¡Señorita, no me provoque así, porque no es bueno! ¡Usted, es menor de edad!, decían sus letras aburridas. Entretanto, todo eso me calentaba todavía peor. Así que le mandé otra foto chupándome un dedo, y le escribí: ¡Soy menor de edad, pero no soy una nenita, ni uso pañales, ni me como los mocos! ¿Sabés? ¡Dale, quiero que me digas si te calientan mis tetas! ¿Por qué no me mandás una foto de tu pija? ¡Seguro la tenés re dura!
Al toque, me mandó una carita babeando, corazones, y el sticker de un demonio saboreándose. Pero eso fue todo lo que pude avanzar esa noche. En la mañana, cuando me llevó a la escuela, intentó por todos los medios no mirarme a la cara. Se sonrojaba si yo le hablaba, y ponía la música más fuerte de lo habitual. En la tarde, cuando me lo encontré tomando un vaso de agua, me le acerqué y le pregunté si le gustaba mi perfume. Él, apenas exhaló un poco de mi aire, y dijo que le parecía exquisito. Pero yo, inconformista y sedienta, me pegué a su pecho, y le dije al oído: ¡Oleme las tetas, que ahí se concentra un poquito más!, mientras me bajaba un toque el corpiño. Él intentó rechazar mi contacto. Pero una de sus manos rozó mi teta derecha mientras me olfateaba casi sin ruido, y yo le pegué en la mano, diciéndole: ¡Sos un asqueroso nene! ¡Me tocaste una teta! ¿Tanto te gusta? ¿A cuántas nenas se lo hiciste?, y me fui corriendo al patio, para que mastique la bronca de mis jueguitos perversos.
Un ratito más tarde, mientras bailoteaba una cancioncita en el cada vez más estrellado patio, boludeando y haciendo videítos para mis amiguis, él apareció con una botella de coca, y la viandita que le había preparado Mariela. Entonces, simulé que perdía el control y me caía ridículamente sobre el césped. Inmediatamente Pedro corrió en mi ayuda. Le extendí una mano para que tire de ella, y en el momento en que estuve a un paso de ponerme de pie, sentí cómo su paquete se apoyó sobre mi culo. No tenía más que una calza media viejita, y una remera de tela fina, sin corpiño, y estaba descalza. Entonces, me ayudó a sentarme en una sillita de jardín, y él se sentó al frente de mí, preguntándome una y otra vez si me sentía bien. Yo, en un momento le pedí que me ayude a estirar uno de mis pies, porque se me había armado un calambre. Otra mentirita piadosa; porque, en cuanto me limpió la planta del pie y comenzó a estirarlo, yo me las ingenié para rozarle el bulto con él, y a ponerle carita de gata. Él se ponía nervioso, sudaba y hasta le tiritaban las manos. Daba la sensación que no quería abrir los ojos.
¡Bueno, me parece que ya se le pasó el calambre! ¡Y, trate de no, de no llegar hasta ahí señorita! ¡O voy a pensar que lo hace a propósito!, se expresó, aunque no retiraba mi pie de sus piernas.
¿Nunca te imaginaste tocarle así tan fácil el pie a una pendejita como yo? ¡Dale, estiralo más, que todavía me duele un poquito!, le dije, dejando que me chorree un hilito de baba por los labios. Y, entonces, después que lo dejé acariciarme el pie, en un impulso volví a frotarlo en su entrepierna, diciéndole: ¡Me gusta el calorcito que tenés acá! ¡Esto me calma también! ¡Solo que, espero que no te dé cosa que, se me vea un poquito la bombacha! ¡Creo que se me rompió la calza cuando me caí! ¡Soy una tarada!
Eso tampoco era cierto, ya que esa calza tenía un tremendo tajo hecho adrede por mí, con esa única intención. Algunas veces fui a educación física con esa misma calza, y las lesbianitas se ponían insoportables. Él, a pesar que seguramente no quiso, le echó una mirada asesina a mi vulva gordita, palpitante y húmeda; y yo, encima le dije: ¡Hey, che, te dije que no mires! ¡Al final, sos re baboso Pe! ¿Ya viste de qué color es?
¡Sí, es roja señorita! ¡No quise mirar, perdón!, dijo, y bajó mi pie de su pierna para levantarse, abrumado y pálido de vergüenza. Lo vi meterse en su pieza, luego de manotear su vianda y la botella de coca. Le costaba caminar, y mi pie sabía el por qué. ¡se le re contra había parado la pija!
Al día siguiente, antes que él vuelva a entrar a su dormitorio, una vez que llegamos de mi colegio, recuerdo que le gané de mano para dejarle un corpiño sobre la cama. Sabía que tal vez, no me diría nada de la bombacha que distraídamente olvidé bajo su almohada. Pero un corpiño… Bueno, nunca se sabe. Y entonces, no sucedió nada, hasta la tarde que escuché una charla entre él y Mariela, ambos en el quincho mientras mateaban en su tiempo libre. Yo, fingía estudiar en el patio, con mis auriculares puestos, sin reproducir nada de música.
¡Entiendo Pedro! ¡Pero, no podés enamorarte de ella! ¡Es una adolescente! ¡Además, si el jefe sospecha, te raja a la mierda! ¡Y, no me mires así, que es re obvio que te gusta! ¡No sólo te calienta!, le decía ella, sin preocuparse por bajar la voz. Incluso Pedro la chistaba, y ella se le reía.
¡No seas exagerada mujer! ¡No estoy enamorado! ¡Sólo que, la miro, y se me paraliza hasta el pelo!, le confesaba él con la dulzura con la que siempre me trataba.
¡Sí, dale nene! ¡Se te para todo, y se la querés poner hasta mañana! ¡Pero, además de eso, te brillan los ojitos, y hasta se te ilumina la cara! ¿Por qué no le dijiste que tenés una bombachita de ella en tu pieza? ¡Y no me digas que no, porque la vi! ¡La conozco! ¡La vi un millón de veces en su pieza! ¡Y no sabés el concierto de bombachitas usadas que deja la guacha en el suelo!, le decía Mariela, cada vez más divertida. Yo, por un momento tuve ganas de matarla. Pero, me re morboseaba que hable así de mí, de mis tangas, y frente a él. Aunque, cuando él le sugirió: ¡Aaah, joya! ¡Entonces, me podés traer alguna! ¡Supongo que ni se da cuenta si le falta una!, ¡Ahí sí que casi decido aparecerme frente a ellos para cachetearlos! Pero, permanecí quietita, abriendo y cerrando los muslos para no desbordarme en una paja que ya necesitaba como el aire para mis pulmones. Así que, al día siguiente, cuando Pedro estaba aspirando el tapizado del coche de mi viejo, me le aparecí para dispararle en la espalda con una pistolita de agua. Alguno de mis primos se la había olvidado. Él se estremecía, porque no hacía tanto calor como para recibir chorros de agua sobre su remera. Me miraba con ganas de matarme; y entonces descubrí el brillo de sus ojos que mencionó Mariela. Me pareció que era un signo de debilidad. Por lo que le di unos tiritos en la cara para que me insulte, o me mire como el orto aunque sea. Pero él solo murmuraba: ¡No señorita, por favor, no lo haga, que es molesto! ¡Si me llega a entrar en el ojo, no voy a poder manejar! ¡Basta Nini, por favor!
En un momento me arrebató la armita, me dio unos tiritos en las tetas y en la cara, y paseó su mirada risueña en mi remerita mojada. entonces, me le pegué al cuerpo, haciendo que se junten sus piernas al auto, y ni bien se le cayó la aspiradora al suelo le apoyé el bollo en el bulto para empezar a frotarme, mientras me bajaba la remerita, haciendo que se me vean bien las tetas, y le decía: ¿Te gusta que mi conejita se frote en tu zanahoria? ¡La tenés re dura Pe, y eso, me pone re putita! ¿Te gustan las conejitas? ¿O preferís las gatitas? ¡Esas, hacen pis en todos lados! ¡Son unas sucias inmundas! ¡Pero, las conejitas son suaves, peluditas, escurridizas, y aman las zanahorias! ¡Uuuuf, y, según mi conejita, vos querés darle de comer! ¡Te confieso que, hasta ahora no probó mucho la leche! ¡Sólo, unas poquitas veces!
Además, le hablaba cerquita de la boca, y él olía mi aliento, temblaba y respiraba con agitaciones cada vez más peligrosas. ¡Se moría por atragantarme con su lengua, ensartándome toda! Pero, justo cuando sentí que empezó a sobarme una nalga con su mano, le mordí la nariz, y salí corriendo, riéndome en clara señal de burla. Sí, yo estaba re alzada. Pero, a él, ¡lo dejé con la verga a punto de lechearme entera!
¡Señorita, se lo tengo que decir, porque, creo que si esto no para, habrá problemas! ¡Yo entiendo que, a su edad, tenga ganas de jugar un poco! ¡Pero, no se olvide que yo no soy de piedra, y que no es bueno que me provoque como lo hace! ¡Perdone si le ofendo con lo que le digo!, me dijo al otro día, mientras volvíamos en su auto a mi casa, luego de una jornada doble de clases de inglés. Yo viajaba a su lado, y mientras me hablaba, le tiraba mi pierna contra la suya, subiéndome la pollera. Además, me hacía la boluda al arreglarme la remera. En realidad, trataba que las tetas se me escapen un poquito del corpiño.
¿Qué carajo? ¡Hey! ¿Estás insinuando que soy una pendeja calentona? ¡Ojito eh! ¡No creas que, porque no te digo nada, no me doy cuenta que estás re alzado conmigo!, le largué, viendo cómo le palidecía el rostro, apenas tomando el control del volante. Me pidió disculpas en un susurro, y yo, estiré mi mano para sobarle el paquete, mientras le decía: ¡Ni siquiera lo podés disimular! ¡La tenés re dura! ¡Le voy a contar a mi viejo, que se te endurece el pito de mirarme las tetas! ¿O es mi cola? ¡Y aparte, sé que tenés un par de ropitas mías en tu pieza!
Ahí sí que casi chocamos con un micro de larga distancia. Él, en el afán de frenar con todo, y de protegerme, me empujó prácticamente de las tetas contra la butaca, y me retó por no haberme puesto el cinturón de seguridad, con una cara de malo que daba miedo. Me dijo: ¡Nahir, portate bien bebé! ¡Sos vos la que, se está mandando cualquiera! ¡Aparte, no sé a qué te referís con eso de tu ropita!
¡Uuuy, me dijiste bebé! ¿Te gustaría sacarme la ropa, y echarme talquito en la cola?, le dije, chupándome un dedo, cuando ya el auto volvía a afirmarse en la ruta con tranquilidad, habiendo pasado el susto del casi choque. Entonces, sabiendo que desviaba su mirada de mi ser a toda costa, concentrado en los autos y motos, le dije: ¿Estás seguro que no tenés una bombachita mía? ¿Y un par de corpiños? ¿No me voy a encontrar con nada de eso, si te reviso la pieza?
Yo sabía que le había dejado mis ofrendas usadas en la pieza, y no solo aquella bombacha. También un top, dos corpiños, una calza y una remerita lila que me quedaba chiquita. Así que, era obvio que no quisiera evidenciarse. Pero, una vez que llegamos a casa, fue que se me ocurrió, tal vez la primera apuesta fuerte de todas; la que le daría curso a otras tantas. Me metí al baño, una vez que me quité el uniforme, y luego de sentarme en el inodoro para hacer pis, fingí que me había golpeado feo. Grité, pedí ayuda, y golpeé adrede el lavatorio para llamarle la atención a Pedro, ya que sabía que no había nadie en casa, más que nosotros. Mariela andaba de compras por el súper. Él acudió de inmediato, quizás creyendo que me había torcido el tobillo, o caído en la ducha, o golpeado con algo. Primero llamó a la puerta con la voz desesperada. Pero, en cuanto fingí un llantito acongojado, la abrió, y se quedó de piedra; ya que me vio en gomas, estirando mi bombacha rosada con mis rodillas, y chupándome un dedo, todavía goteando pipí de mi vagina en llamas.
¡Pero, Nahir, no te pasó nada nena! ¡Me pegué un julepe bárbaro! ¿Por qué gritaste tanto?, balbuceó con un hilo de voz, bajando el tenor del susto, cambiándolo por pura admiración.
¡Yo no grité! ¡Bueno, puede ser que un poquito! ¡Solo quería, que me veas! ¿Te gusto? ¡Por ahí, haciendo pichí, no te gusto mucho!, le dije, justo cuando mi mano babeada le rozaba el paquete. Él ni se podía mover.
¿Querés que me saque la bombacha, y te la llevás?, le largué enseguida, mientras Pedro intentaba sacarme la mano de su verga dura, aunque parecía no encontrar fuerzas. Tenía fuego en las mejillas, y sus ojos no se separaban de mis tetas. Así que, en un arrebato poco normal en mi vida, me levanté rapidísimo del inodoro, sin limpiarme ni subirme la bombacha siquiera, me le colgué de los hombros, haciendo que su cuerpo cierre la puerta del baño gracias a que mi ahínco lo empujó, y le froté las tetas en el pecho, y la conchita húmeda en el pantalón. un poco en las piernas, y otro en el bulto, mientras le decía: ¡Así papi, tengo que limpiarme la conejita! ¡Limpiame toda, secame toda, que me hice pis de tanto mirarte la boca! ¿Por qué no te zarpás conmigo, y me chuponeás bien las gomas? ¡Qué durita la tenés! ¿En serio, no me la querés poner hasta el fondo? ¡A mí me gusta la mamadera!
Ni siquiera sé cómo fue que nos separamos, ni si él me decía algo. Solo recuerdo que me dio un par de chirlos, los que tal vez intentaban serenar el fuego de mi conchita, sin los resultados que esperaba. Pero, ese mismo día por la noche, me lo encontré solo, sentado en un banco del patio, fumando un cigarrillo. Cosa que habitualmente no hacía. Me sorprendí, y le pregunté por qué fumaba. No me respondió, y me desvió la mirada. Aunque, me re miroteó las lolas, ya que andaba con una remerita sin manga, y sin corpi.
¡Te hice una pregunta! ¡No seas mal educado conmigo! ¿O, te da vergüenza mirarme, después de haberme limpiado la chuchi con el pantalón? ¡Qué chancho que sos Pe! ¡No sabía que tenías esos fetiches!, le dije, para incomodarlo aún más. Como no rompió el silencio, me fui acercando despacito, y en cuanto estuve a pocos pasos de su presencia, di un saltito y me le senté en las piernas, como si fuese una felina necesitada de los mimos de su amo. Él intentó no mostrar sorpresa. Apagó el cigarrillo, me miró a los ojos, abrió y cerró la boca, como carburando lo que decirme, y dejó que me tironee la remerita hacia abajo, para que mis tetas resalten un poco más. Incluso, casi se me escapaban y todo.
¡Nahir, tenés que portarte bien! ¡Yo, soy un empleado! ¡Tu viejo, si te llega ver conmigo, a mí me arranca la cabeza! ¡Y, por ahí, también te castiga! ¡Y no quiero que pase nada de eso!, decía, con algunas lagrimitas en los ojos mientras terminaba de apagar el pucho con el pie sobre el suelo. Eso, me calentó todavía más. Empecé a dar saltitos sobre su falda, a frotarle la cola y a mover mis tetas, cantando un tema de Tini, creo que uno que se llama 22, y trataba de tocarle la cara con las manos. Él me las apartaba, pero no podía impedir mis movimientos, frotadas y bailecitos. Hasta que, le rocé el pito con una mano, y se lo sobé. Él gimió suavecito, y al toque pegué mis labios en los suyos, diciéndole: ¿Te lo aprieto nene? ¿Tenés la lechita caliente para mí? ¿Te pajeás oliendo mis corpiños? ¿o te gusta más mi bombacha? ¡Yo te dejé mi ropita en la pieza! ¡no fue la Mari! ¿Sabés? ¡Dale, oleme la boca, que estás re loquito!
Y esa vez, ni sé cómo me las ingenié para meterle la mano por adentro del pantalón de gimnasia que llevaba. Pero enseguida noté que el glande se le salía del bóxer, y empecé a regalarle una pajita suave con mis dedos en forma de anillo. Yo misma le decía: ¡Dale, cogeme la manito nene, que es lo único que vas a poder coger hoy! ¿Hace cuánto que no garchás con una pibita? ¿Te gusta así, suavecito? ¿O querés que te lo haga más rapidito? ¿Te gusta que te toque la pija, chancho? ¡Mirame las tetas, y olelas si querés! ¡Pero nada de tocar! ¿OK?
Era la primera vez que tocaba la verga de un hombre. Era distinto. Tenía todas las ganas de sentirla adentro, de saborearla, lamerla, metérmela en el culo, de que me la refriegue en las tetas. Amaba los ruiditos de sus jugos en mis dedos, y de su respiración agitándose. Y, lo esperado y obvio sucedió. Justo cuando las dos tetas saltaban desnudas sobre mi remerita, y mientras mi mano le presionaba el tronco, y mi boca seguía pegada a su cara, Pedro soltó un lechazo terrible, caliente, abundante e inacabable, en medio de un jadeo de dientes apretados, ojos extraviados, y un río de sudor que se le juntaba en la frente.
¡Nena, bajate ya, dale, que, dale que, me vas a hacer explotar! ¡Te voy a ensuciar toda! ¡Correteeee!, intentaba decirme mientras eyaculaba semen y más semen en mi mano, su bóxer, y sobre su propia vergüenza. Pero no se esforzaba por bajarme, ni alejaba su nariz del perfume de mis tetas. Yo, estaba que ardía por dentro. Pero, en un nuevo impulso de putez de mi parte, me bajé de sus piernas, le saqué la lengua, me limpié toda la leche que me dejó en la mano sobre su pantalón, y corrí a mi pieza para clavarme flor de paja. Obvio que, también me saboreé la mano enlechada, y los restos que me había dejado en el shortcito, justo en la parte de la cola. Pensaba en él, en cómo seguir calentándolo, y en el día en que al fin no pueda soportarlo más, y se arrodille para suplicarme que lo deje cogerme toda; y eso, me hacía acabar como una trola. Incluso, esa nochecita, Mariela golpeó la puerta de mi habitación por los grititos que se me escapaban. Ni siquiera me importó decirle: ¡No pasa nada Maru! ¡Me estoy haciendo la paja, nada más! ¡Tranqui que, bajo a cenar, apenas acabe! ¡Y, después, cambiame las sábanas!
Durante esos meses, seguí coqueteándolo con todo lo que tenía a mi alcance. Le mandaba fotitos a su WhatsApp, a veces de mis tetas, o de mi cola con la bombachita adentro, o corrida, o lamiendo el único pito de juguete que pude comprarme, o videítos haciendo gimnasia. En casi todos les escribía que tenía hambre, que necesitaba lechita, o que últimamente nadie me daba mimitos en las tetas, o que nadie me chirleaba la cola. Cuando me lo cruzaba, siempre sabiéndome al resguardo de las miradas de mis viejos, le sacaba la lengua, pelaba las tetas frente a él, o le perreaba en el patio. Él, se ponía colorado, o se le caía lo que tuviera en las manos, o tartamudeaba de repente, o carraspeaba la garganta. Pero no volví a tener contacto con él. Pedro había adoptado la postura de hacerse el frío, el indiferente conmigo. En especial si estábamos a solas. En el fondo, ambos sabíamos que eso era peor. Mariela, una tarde me habló en la cocina, después de preguntarme si tenía novio, y si en algún momento pensaba en dejar de regar tanto las sábanas. A mí, ni me daba vergüenza que la pobre descubra los resultados de mis orgasmos en la cama, o las gotitas de pis que se me escapaban, o la saliva en mi almohada.
¡Es que, hay un solo chico por el que me hago pipí Maru! ¡Y, encima, es más grande que yo! ¡El otro día, soñé que ese hombre me embarazaba! ¿Podés creer?, le decía, elevando un poco la voz, ya que sabía que Pedro daba vueltas por el patio, y la ventana estaba abierta de par en par.
¡Pero, Nahir, tené en cuenta que, por ahí, si es muy grande podés meterte en problemas!, me decía ella, tratando de secretearme sus cuidados y preocupaciones.
¡La verdad, me encantaría meterme una pija grande en la boca! ¿Ya sabés Maru, que yo vivo caliente por él! ¡No me importa si se enamora! ¡Solo quiero que me desee, que se toque por mí, que le explote el pito cuando me tiene cerca!, le confiaban mis palabras cargadas de lujuria mientras me tomaba un licuadito de frutillas. Pero aún así, no volví a petear a ningún otro chico en el auto cuando Pedro me traía a casa, ni le daba motivos para que me cele. Solo quería que me mire, que se babee con mis tetas, que se derrita con mi perfume, y que se imagine cómo me mojaba por él. Aunque, le hice un par de escenitas boludas cuando noté que le miraba la cola a un par de taraditas del turno tarde.
A dos días de mi cumpleaños, al fin la magia puso las cosas en su lugar. Yo había tenido una juntada con tres compañeros en el patio de casa, con el único objetivo de tomar coca y hablar al pedo. Siempre me calentaba rodearme de varones que, para colmo se fijaran en mí. Aunque, a esa edad, los pajeros de mis amigos le habrían dado a cualquiera que estuviese con poquita ropa y les encaje unos besos en el cuello. Esa tarde Pedro no estaba en casa, o tal vez andaba con mi viejo por algún lado. Mariela sí, y fue la encargada de hacernos unos patis, de rellenar las hieleras, traer más coca y encendedores. En un momento, me enganchó justo cuando me había arrodillado para mamarle la pija a Juani, el más lindo de los tres. Aunque eso era decir mucho, porque los tres eran bastante normalitos.
¡Parece que la señorita se aburrió de la coca, y quiere tomar otra cosa!, me ironizó, rozándome el hombro cuando apareció con la segunda tanda de patis. Y yo, como respuesta a eso, le di la primera de las chupadas a fondo a esa pija durísima. Luego de aquel episodio, Mariela prefirió no volver a reaparecer, y allí aproveché a mamarles las pijas a los tres, y a subirme encima de Mirko para frotarle la chucha, y entonces, casi sin querer, dejar que su glande me abra los labios de la concha para empezar a devorársela toda. No pude evitar que me largue toda la leche allí adentro, ni tampoco supe decirle que no al Juani cuando me acabó en las tetas. Fabricio, quería verme con su pija en la boca, y ahí fue donde vertió su semen dulce, tal vez por los litros de coca que se había tomado. Recuerdo que volví a petearlos un ratito más, y que uno de ellos me acabó una vez más en la boca. Pero, de repente Mariela apareció para decirnos que el padre de Juani había venido a buscarlos a todos para llevarlos a sus respectivas casas. Me despedí de ellos, y cuando pasé por la cocina, vi que Pedro charlaba con mi viejo, compartiendo un vino de esos caros, riéndose muy animados, y fumando un habano. Mi viejo apenas reparó en mi presencia. Mariela me dijo con su voz tierna: ¡Ahora, a dormir princesa, que ya falta poco para tus 17! Pero, en lugar de irme a dormir, me puse una bata de seda, sin absolutamente nada debajo, y salí al patio a esperar que Pedro vuelva a su habitación. Ni bien escuché la puerta, me escondí detrás de un árbol, y entonces, cuando lo vi colocando la llave en su cerradura, me le aparecí de golpe por detrás, y lo abracé, buscando su oreja con mi lengua. Recuerdo que tenía olor a vino, al humo del habano, y a puro nerviosismo.
¡Acá llegó tu princesa! ¡Se te hizo realidad tu sueño más perverso nene!, le decía, tocándole el cuello y la oreja con la lengua, mientras él no lograba darle la vuelta a la llave. Se asustó, pero no me apartó de su cuerpo.
¡Nahir, vos, otra vez!, murmuró. Pero yo había logrado inmiscuirme tras la puerta, y entré junto a él a su cuarto, que olía a encierro. Fue rápido, intenso y cegador por un momento. Le dije: ¡Mirame por adentro de la bata! ¡Dale chancho, mirame, y oleme! ¡Anduve haciendo chanchadas con los nenes! ¡Pero, ellos no me hacen feliz! ¡No me alcanza! ¡Quiero pito de verdad! ¡Quiero ver una buena pija, quiero chupar y ahogarme con una zanahoria como la tuya! ¡Aparte, ando sin bombacha! ¿Eso te gusta?, le recité, excitándome con mis palabras, mientras él no sabía si sentarse en su cama, o si echarme a patadas. Pero sí que miraba. Me relojeó las gomas, y se atrevió a pispear por debajo de mi bata. Y también me olió cuando me le paré bien pegadita a su cuerpo tembloroso.
¡Algo me dijo la Maru! ¡Dice que la vio, jugando con sus amigos, y, bueno, que hasta se atrevió, a meterse un pito en la boca! ¡Pero, usted no tiene que hacer eso! ¡Mire si la ven sus padres!, decía, aburriéndome con su discurso repetido.
¿Y qué más te dijo? ¡Creo que, igual, ella no vio todo! ¡Dale nene, sacate la remera!, le decía, tomando por asalto a sus pudores, quitándosela yo misma para comenzar a chuponearle el pecho, sorber sus tetillas y buscar su boca para jadearle en los labios, o mordérselos.
¡Ahora estamos solos! ¡Ni la Mari, ni mi viejo, ni nadie nos va a interrumpir! ¡Y, aparte, la tenés re dura!, le dije, justo cuando accidentalmente le rocé el pito con una pierna en medio del forcejeo. Al final, logré que se siente conmigo a upa, sobre su cama prolija y ruidosa. Ahí, le agarré las manos, y traté de meterlas a toda costa por debajo de mi bata, diciéndole todo el tiempo: ¡Manoseame toda nene, dale, tocame, oleme las tetas, mordeme la boca, haceme tu conejita, apretujame toda, y cogeme, rompeme la bata si querés, que tengo un montón de estas!
¿Y, si te la rompo, te puedo regalar una para tu cumple? ¡Vos sabés que soy pobre Nini, y no puedo comprarte algo como de tu estilo!, me dijo, con algunas lagrimitas empañándole los ojos. Me derretí por un momento, pero enseguida empecé a fregarle el culo aún más fuerte en las piernas y la pija, mientras le decía: ¡Vos, regalame tu leche, bañame en semen papi, inundame la concha de leche ahora, dale, o empiezo a gritar!
¿Estás segura? ¡Mirá que, hace mucho que no la pongo!, dijo, aunque se arrepentía de inmediato de sus palabras, arrancándose las mechas y puteándose en voz alta.
¡Mejor bebé, así me la ponés toda! ¡Dale, ponemelá! ¡Aunque, primero, me vas a desear! ¡Quiero que te explote la verga! ¡Este es mi regalito!, le decía, mientras me ponía de pie sobre su cama, lo arrinconaba con el pubis para que su cabeza se apoye peligrosamente contra la pared empapelada, y le hacía oler pedacitos de mi bata, a esa altura un poco húmeda de los flujos que mi vulva no sabía contener.
¡Oleme nene, dale, olé a tu conejita! ¡La tengo peludita, pero te va a poner loquito! ¡Mi conejita quiere que le entierres tu zanahoria bebé! ¿Dale, oleme la bata, mordela, pasátela por la naricita, y nada de usar las manitos, porque empiezo a gritar que me querés violar!, le decía, tomando yo misma la tela de mi bata para rozarle los labios, la nariz, los ojos, y cada tramito de deseo que habitara en las facciones de su rostro curtido. Pero al toque le pedía que me nalguee el culo, que me lo pellizque, me lo sobe fuerte, me roce las piernas con sus uñas rústicas, y que me pase un dedo por el medio de la zanjita de la cola, por encima de la bata.
¿Te gusta hacerme eso, cochino? ¿Meterme el dedo en el culo? ¿Síiii? ¡Decime que estás alzado, que sos re pajero, que te pajeás por mí, con mis tetas! ¡Y seguí manoseándome así! ¡Meteme y sacame el dedito, así, como si me estuvieras cogiendo, asíiii papiiii, abrime la cola, y olé mi bata! ¿tengo olor a jaboncito? ¿o a pichí? ¿Tenés ganas que te mame la pija?, le decía elevando la voz por encima de sus gemidos cada vez menos tímidos, sin palabras y emocionados. Me pellizcaba, sobaba, amasaba, me olía y tironeaba la bata con los dientes. Hasta que yo misma me la subí, y me di la vuelta para apoyarle el culo en la cara. Ahí fue cuando me clavé un dedo en la concha, y en el exacto momento en que rocé mi clítoris le ordené, como si no me quedara una gota de aire en los pulmones: ¡Chupame el culo Pe, dale, abrime la cola, y lameme toda, pasame la lengüita, que seguro la debés tener calentita!
Él, no lo hizo a la primera. Por eso tuve que estirar una mano y arrancarle el pelo para amedrentarlo, mientras le repetía con urgencia: ¡O me chupás el orto, o empiezo a gritar! ¡Dale, comeme el ojete nene! ¿O querés que mi papi te vea chupándole el culo a su hijita? ¿Te gustaría terminar en la calle? ¡Uuuuy, Síii, pobrecito, en la calle, y con la pija dura! ¡Dale, mamame el culo nene, ahora!
Entonces, su lengua comenzó a rozar mi esfínter, a salivarme toda, a tocar la unión de mi sexo con mi ano, y a hacerme chillar como una loquita. De hecho, él lloriqueaba para que me serene, para que intente calmar los agudos de mis gemidos. Pero la terrible paja que mis dedos entretejían en mi conchita no me permitía bajar las revoluciones. Y de repente, me arrodillé encima de sus piernas, y le puse mis tetas en la cara. Me las chupó con la boca repleta de disculpas, de súplicas para que le dé unos segundos de tregua, o vaya a saber de qué carajos. Al mismo tiempo le palpaba la pija dura por encima de su bóxer. Ni siquiera supe cuándo fue que se quitó el pantalón. pero ese pobre bóxer estaba empapado en líquidos preseminales.
¡Escupime las tetas! ¡Dale, mamale las tetas a la Nini, si no querés que después ella le coma el pitito a los nenes de la escuela! ¿Te gustan, hijo de puta? ¿Te gusta el olor de mis tetas? ¿O te calentó mi olorcito a culo? ¡Dale, mamalas bien, mamame bien las gomas, y mordeme los pezones! ¡Aaaaaay, asíiii, mordé máaaaaaás, la concha de tu madre! ¡Mordeme bien las tetaaaaaas!, le gritaba, exigía y sobornaba con todas mis ansias, al mismo tiempo que mi mano sentía cómo le palpitaba la verga, y cómo la lechita le subía por el tronco. Y de repente, le pedí que me rompa la bata con las manos. Fue tan rápido y cegador que, ni siquiera supe cómo llegué a sentarme sobre sus piernas. Pero esta vez, su pija transgredió la tela de su bóxer, y se anidó de un solo empujón clamoroso en las profundidades de mi vagina. Empecé a saltar, a sudar, marcarle el ritmo y mis uñas en el pecho, a buscar sus labios para mordérselos, y sus tetillas para chupárselas, escupirlas y volver a saltar. La tenía re dura, ancha, cabezona y súper caliente. Era como si me hubiese metido un trozo de infierno en la argolla.
¿Te gusta cómo te como la zanahoria? ¡Te dije que mi conejita tenía hambre, y ganas de leche! ¡Quiero lechita Pe, mucha leche! ¿Me la vas a largar toda adentro? ¡Síiii, obvio que sí! ¡Te cago a trompadas si no lo hacés!, le decía, subiendo y bajando con mis caderas rebeldes, con la respiración turbada por la lujuria, y zarandeando contra su cara los restos de mi bata rota, inservible y húmeda.
¡Nini, basta, por favor! ¡Entendeme, que si, pasa eso, puede haber problemas!, me decía, también mencionando las bondades de mi padre al darle laburo, de su agradecimiento a la familia y toda esa zaraza; aunque no dejaba de penetrarme, de abrirme la concha, o, mejor dicho, de permitir que el celo de mi cuerpo se mueva para quedarme con cada centímetro de su poronga adentro de mi ser.
¡Si me acabás, y me embarazás, problema tuyo bebé! ¡Ahora, dame leche, o me hago pis arriba tuyo! ¡Dale, cogeme, dame pija, rompeme toda, y haceme tu putita! ¡O, vuelvo a pedirle a Santi que me acompañe cuando me traigas de la escuela, y le hago un pete! ¿Te gusta verme hecha una petera? ¡Dame más verga, uuuuf, asíii, haceme gritar hijo de puta, cogeme todaaaa, abrime máaaas, y llorá, por perdedor, por ser un tirado, y por cogerte a una chetita de plata, que tiene la concha caliente por vooooos!, empecé a gritarle desesperada, metiéndome un dedo en el culo para después ponérselo en la boca. Él no quería chupármelo. Pero, gracias al fragor de nuestra cogida, no le quedaba otra que abrir la boquita y saborearlo con su lengua que jadeaba casi tanto como el ronroneo de mi útero en llamas. Y de pronto, alguien golpeó la puerta. Yo, ni en pedo detuve la cabalgata que mi vientre desandaba sobre las piernas rudas de ese macho caliente. Él me tapó la boca, pero retiró sus manos en cuanto alcancé a morderle un dedo, diciéndole que me suelte.
¡Señorita Nahir! ¿Usted anda por acá? ¡Dice su papá que necesita hablar con usted, por un asunto importante! ¡Creo que, referido a su cumpleaños!, tronó la voz de Mariela al otro lado de la puerta. Pedro me miró con la vista desenfocada, con la verga cada vez más adentro de mi concha, y con sus manos agarrándome las tetas. Yo, zarpada y emputecida como estaba, le dije: ¡Sí Maruuuu, ya voy! ¡Decile que ya voy! ¡Ahora, estoy con Pedro, que le está dando un poquito de leche a mi conejita! ¿Sabés?, le dije con un gritito plagado de mieles sexuales, y acto seguido empecé a gemir con todo.
¿Cómo dice? ¿Anda haciendo chanchadas con el pobre Pedro?, averiguó Mariela, evidenciando una curiosidad que vencía sus dogmas morales.
¡Sí Maruuuu, ahora, me la va a dar toda! ¡Me va a empapar la coneja de lecheeeee! ¡Síiii, asíiii, cogeme Peeeeee, daleeee, dame lecheeeee! ¡Y vos Maru, porfi, cambiame las sábanas después, que me re hice pichí ayer! ¡Aaaaaay, cogeme todaaaa, reventame la conchaaaaaa!, fue lo último que creo que dije conscientemente, mientras sentía cómo la leche espesa y caliente de Pedro explotaba en un mar de violentas sacudidas, me hacía arder el interior de mis paredes vaginales, y luego comenzaba a chorrear por mis piernas. Y es que, de paso, yo también empezaba a acabarme toda, con un squirt tan salvaje que, me hacía temblar la mandíbula, me nublaba la vista y los agudos de mis grititos de júbilo, y me convertían en una niñita temerosa, ansiosa, sucia, transpirada y con tantas cosquillitas como ganas de volver a desnudarme para que ese hombre me posea toda. Creo que hasta tuve miedo de desmayarme, porque no sentía si el aire atravesaba mis fosas nasales. Pedro solo lagrimeaba, gimoteaba palabras que no puedo recordar, se disculpaba conmigo, y se culpaba por llenarme de leche, por romperme la bata, por chuparme las tetas…
¿Podés callarte, boludito? ¡Esto, es así! ¡Yo te pedí que me hagas todo esto! ¡Vos, o sea, a vos no te va a pasar nada! ¿O no te divertiste?, le dije, intentando buscar su mirada seria, impotente y aterrada por momentos.
¡Escuchame! ¡Vos, ahora vas a ser mi juguete! ¡Cuando yo ande alzada, vos me das la leche, y listo! ¿OK? ¡Si no querés perder el trabajo, digo! ¿Cuando me veas en bata, te fijás si no tengo nada debajo! ¡Eso, es señal que estoy caliente, y que mi conejita quiere leche! ¡Si, me ves en tetas, o si descubrís que me puse una bombacha rosada, también es que quiero pija! ¡Y, si tengo olor a pis, me bajás la calcita, y me retás por chancha! ¡Y, después, me das la merienda! ¿Me entendés? ¡Y, si no, hablo con mi papi, y le digo que me violaste, y listo! ¡Así que, ahora, pará de lloriquear! ¡Dale, que, quiero que me chupes la conchita! ¿O te da cosa que, tengas que probar la lechita que me dejaste?, le decía exultante, mientras volvía a ponerme de pie sobre su cama, colocando su cabeza inexpresiva entre mis piernas. Él, me olió y lamió unos segundos la concha. Solo se interrumpió cuando ambos escuchamos que la puerta se cerraba con un enérgico ¡Plaf! Entonces, miré hacia atrás, y vi a Mariela con los ojos extraviados, la boca entreabierta, y los colores del rostro casi tan ardientes como el arco iris.
¡Me parece que ahora, el que le va a tener que cambiar las sábanas cuando se haga pipí, va a ser su chofer! ¿No señorita Nini?, dijo Mariela, y me dio un chirlo en el culo, mientras Pedro seguía saboreando mi sexo.
Fin
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ufff terrible relato!!!
ResponderEliminarGracias neneeeeeee!
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