Digamos que, una es un poco la suma de su propia personalidad, más las amistades que cosecha en el camino. Yo, por suerte, tuve las mejores amigas, las más compinches, buena onda, divertidas, únicas, cada una con sus cosas, y totalmente diferentes. Aún las conservo, con mis 34 años, y no puedo dejar de recordar cómo fue que nos fuimos enlazando. Las adoro, las amo, y las deseo tanto como al chocolate, el aire que respiro, y cada cosa que le da sentido a mi vida. Todas fueron parte importante en momentos especiales de mis años, y a pesar que por ahí tuvimos ciertas peleítas, siempre encontramos la forma de resolverlo todo. Además, siempre nos fue imposible olvidar que existía algo más que nos unía. Algo que nos encendía con solo mirarnos, olernos, rozarnos la piel, o susurrarnos boludeces al oído.
A Vane la conocí en el primario. Ya de chiquita se veía que el culo la destacaría del resto. Casi tanto como a mí me pasaba con las tetas. Teníamos 11 años, y como las dos éramos gorditas, nos veíamos más formadas. Tal vez eso hizo que nos hiciéramos amigas al toque. A ella, siempre la cargaban por tener piojitos, o por mearse encima cuando se reía mucho. Eso era terrible, porque en esos tiempos, tus padres no iban a buscarte a la escuela si te pasaba algo. Salvo que sea lo suficientemente grave como para que acudan por vos. Si no había sangre, jodete. Así que, la pobre se quedaba en el salón, todo lo que restara de clases, con frío en invierno al tener la ropa mojada, y oliendo a pis. Eso, creo que era una de las cosas que más me gustaba de Vane. Incluso, cuando nos quedábamos en casa para hacer tareas, yo le hacía cosquillas, y ella habitualmente me pedía que me detenga, cuando ya era un poco tarde. También se meaba en mi casa. Pero, por suerte yo podía prestarle bombachas y pantalones. Eso hizo que la vea desnuda muchas veces en mi pieza. A ella no le daba vergüenza, ni le incomodaba. Hasta parecía que se sentía como en su casa. Pero, una de esas tardes, mientras ella dejaba su bombachita blanca meada en el suelo y agarraba la que yo le prestaba para ponerse, (Obvio que sin lavarse ni nada), algo hizo que nuestras bocas se juntaran, y nuestras lenguas comiencen a saborear nuestras salivas, labios y cuellos. Nos reíamos como tontas cuando paramos. Hasta que ella dijo: ¿Te gustan las nenas? ¡A mí, creo que sí! ¡Me matan las cosquillitas en la vagina, mientras nos besamos! ¡Es como, si quisiera hacerme pipí otra vez! ¿A vos no te pasa eso?
No nos ocultábamos nada. Enseguida ella supo que yo también me hacía pis encima, porque me encantaba. En mi caso, yo lo hacía voluntariamente. Amaba sentir el pis caliente recorriendo mis piernas, y humedeciéndome la bombacha. Claro que, lo hacía cuando sabía que no tenía mucho en la vejiga, normalmente a minutos de haber ido al baño. A veces pensaba que estaba loca por gustarme semejante asquerosidad. Pero no me lo planteaba. Le dije que me gustaba mucho besarla, y el sabor de su lengua, y se puso roja. En el cole, empezamos a sentarnos juntas. Ella se volvió re toquetona. Le gustaban mis tetas, casi tanto como a mí su culito. Supongo que, gracias a tantas revoluciones fue que, cuando ya teníamos 12 años, una noche nos desnudamos en mi cama, nos besamos cada rincón del cuerpo, y nos entrelazamos las piernas para frotarnos las vulvas, sin sacarnos las bombachas. No sabíamos qué estábamos haciendo, pero nos hacía vibrar como nunca. Obvio que, terminamos meándonos en la cama. Fue mientras nos mordíamos los labios, y ella me balbuceaba algo como: ¡Qué rico Gabi, me encanta tu boca, y que me toques la cola!
Nos escribíamos cartitas como si fuésemos novias. Pero, a las dos nos gustaban los chicos también. Yo, de hecho, ya me había tranzado a varios, y hasta había curioseado por los baños en los recreos. Digamos que, dudé mucho en si contarle que ya me había llevado varios pitos a la boca. Pero, una tarde, mientras tomábamos un helado en un kiosco cerca de casa, se lo conté, tratando de que sea nuestro secreto. Ella me festejó tanto esas hazañas que, terminó por volcarse medio cucurucho de helado en la remerita fucsia que traía. Me pidió detalles, y yo se los proporcioné. Le dije que había probado el semen de varios chicos, que algunos me gustaron y otros no, y que, no todos me lo ofrendaban en la boca. Se puso de todos los colores cuando le confié que algunos me acababan en las gomas, y otros en la parte de atrás de la bombacha. Ella entonces me dio la idea de asistir a la escuela sin ropa interior, para volverlos más locos. ¡éramos demasiado agrandaditas para nuestros resplandecientes doce años! Pero estábamos súper movilizadas por las hormonas, el impacto visual de nuestros cuerpos, y el fuego que evidentemente ardía por igual en nuestras vulvas. Así que, a los días, la Vane me acompañó al baño de varones para ayudarme a tomar la leche, un poquito antes de la merienda. Esa vez, Diego ni se acordó de sus piojitos, ni de que se mea encima cuando le agarran ataques de risa. Ni bien ella se le colgó de los hombros para besarlo, apretándole el pito por encima de la ropa, el pibe se dejó llevar, a tal punto que le dejó la lechita en la cara, más rápido de lo que yo lo había logrado. Mientras tanto, yo estaba con Dylan, que ya tenía 16, y una pija enorme para mi boquita experimentada, pero chiquita.
¡Son re chupapijas las dos! ¡Terrible orto tenés Vane, y vos Gabi, terribles gomas! ¡Me encantaría culeármelas en la cama!, Nos decía Matías, otro pibe de cuarto año, al que otra tarde nos chapamos entre las dos. Pero ella fue la que le sacó la lechita con la boca, y le pidió que me la vuelque toda en las tetas. Ahora, no solo había que lidiar con el olor a pis de Vane en clase. Si no con el olor a semen que ardía en mis pechos. Porque, Matías no había sido el único que me los había regado esa tarde.
A Angie la conocí cuando ya tenía 14 años. Ella trabajaba en un locutorio que tenía algunas computadoras, cuando ya escaseaban los syvers. En casa no tenía internet, y mucho menos una compu. Por lo tanto, muchas veces imprimía trabajos para la secu, o sencillamente, entraba a ciertos chats para boludear con pibes, arreglar algún encuentro si se daba, o para mandarnos fotitos sexuales. Vane a veces me acompañaba. Pero en ese momento, ella atravesaba por unos días muy difíciles. Su padre había muerto de forma repentina, y su madre había caído en tal depresión que, sus abuelos tuvieron que hacerse cargo de ella y sus hermanos menores. Angie tenía 28 años, y siempre me sonreía cuando me veía. Me regalaba chicles, caramelos o alfajores, y siempre me cobraba menos. Me decía palabras lindas, me pedía que me cuide en la calle si salía muy tarde, y me recomendaba libros. Una vez me dijo que la literatura erótica podía interesarme. Creo que esa fue la tarde que me advirtió, mientras me cobraba 4 horas y dos paquetes de papas fritas: ¡Gabi, tené cuidado con esos pomelitos por la calle! ¡No sé cuántos años tengas! ¡Pero son terroristas! ¿Nunca te lo dijeron? ¡O sea, tenés cara de nena, pero unas tetas que rompen la tierra en mil pedazos!
Me sentí rara, como emocionada. Le miré la boca, y algo me punzó el abdomen como si me dieran ganas de ponerme a saltar, y de sacarme la ropa.
¿Te gustan los chicos? ¡Mirá, por las dudas, llevate esto! ¡No te los cobro! ¡Pero, si te llegás a calentar por ahí con algún pibe, pedile que se ponga esto! ¡Si te llega a embarazar, sería una cagada nena! ¿Sabés cómo se usan?, me dijo enseguida, poniendo en mis manos una caja de forros de marca. Me acuerdo que pensé que era una entrometida, una descarada, y que hasta quise gritárselo. Pero ni me animé. Al otro día, cuando yo buscaba info acerca del último censo en Argentina para Historia, ella se me acercó con una coquita en lata y la dejó servicial al lado del Mouse que mi mano cliqueaba con ansias. Pero, no conforme con eso, me dijo: ¡Tomá Gabi, para que se te calme un poquito el fuego de allá abajo! ¡Ya vi que estuviste viendo cositas chanchas! ¿Tanto te emocionan los pitos en las bocas de esas rubias mal teñidas?
Era cierto que antes de ponerme con las cosas de la escuela, había buscado videos de peteras. Quería aprender a no atragantarme con el vello púbico de los chicos, y creía que esa era la mejor forma de aprender. Viendo videos. Ella seguía mis pasos, y mis búsquedas muy de cerca. Yo le pedí perdón por semejante descaro.
¡No pasa nada bebé! ¡Vos podés buscar lo que quieras! ¡Solo que, me parece raro que una chica de 15 años esté buscando videos de sexo oral, a varones! ¿Todavía no lo hiciste?, me dijo, como una caricia sutil al centro de mis peores temores. ¡Ya me imaginaba siendo echada a patadas en el culo por asquerosa! Entonces, tras adivinar la magnífica sonrisa que me dedicaba, quizás sin quererlo, o avergonzada de sí misma, me abrí totalmente, y le conté todo de mí. Empecé con el primer pete que hice en el baño de la escuela cuando tenía 12, de cómo poco a poco mi amiga Vane se sumó, de nuestros juegos lésbicos precoces, de mis primeros chapes y tranzas, y de las cosas que vivía en casa, con mis primos, y de todo lo que me calentaba. En ese tiempo, hasta me excitaba ver a un perro cogiéndose a una perra. Ella se reía a carcajadas, pero me miraba seriamente, como prestándome toda la atención que mis relatos ameritaban, tal vez. Seguro me tomaba por una chiflada, una pendeja exagerada, o una perversa. Pero, para mi sorpresa, y aprovechando que no había nadie en el syver, cerró la puerta con llave y volvió a sentarse a mi lado. Tomó mis manos en las suyas, me miró la boca, después las tetas, y me abrió la latita de coca.
¿Cuánto pesás Gabi? ¿Sabías que a los adolescentes les calienta mucho las gorditas atorrantas como vos? ¡No te sientas rara, ni mal, ni sucia! ¡Sos distinta, especial, y re cochina! ¡Eso te va a abrir muchas puertas en el futuro! ¡Imagino que gozás mucho cuando tenés un pito en la boca! ¿Te gusta sentir cómo crece? ¿Cómo de a poquito ocupa todo el espacio de tu boquita, y cómo te babeás la carita cuando empieza a no entrarte? ¿Te mojás la bombacha cuando lo sentís bien duro en la lengua?, me preguntaba sin acusarme, temblando ligeramente. ¡Me calentaba mal la forma en la que me hablaba! Tomé un trago de coca, y ni me acuerdo que le respondí. Solo sé que ella dijo, tal vez cuando sentía cada gota de sudor en mi piel como besos profundos: ¡Me gustaría conocer a esa tal Vane! ¿Se tijeretean ustedes? ¡Bueno, lo que quiero preguntar, si es que no te jode responderme, claro, es, si juntan concha con concha en la cama! ¿Se besan? ¿Se lamen? ¿Les gusta olerse?
¡No sé mucho cómo decirte todo lo que hacemos! ¡Es de todo, al mismo tiempo! ¡Pero sí, nos olemos, frotamos todas, nos mordemos las tetas, y nos metemos dedos en la vulva, y en la cola! ¡Bue, ella tiene un culazo! ¡Creo que te súper caería, re bien! ¡Es re copada!, dije, muerta de vergüenza, pero decidida a contarle mis cosas a una extraña que, se me hacía tan de siempre. Me miraba sin juzgarme, y hasta se sonreía de mis acotaciones.
¡Bueno, y vos, unas tetasas! ¡Así que, no te hagas la humilde! ¿Te las muerde ella? ¡Ya estamos en confianza Gabi! ¡Y, solas, por si no lo notaste! ¡No, no te asustes, que no te quiero acosar! ¡No soy torta! ¡Bue, en realidad, me gusta mucho la pija! ¡Aunque, tuve sexo con chicas! ¡Podés preguntarme lo que quieras, que, si te puedo ayudar, acá estoy! ¡Podemos ser amigas! ¿O, bueno, también podemos ayudarnos! ¡Se re nota que estás calentita!, me dijo luego, prendiéndose un cigarrillo importado, mientras yo reprimía un eructo por el gas de la coquita, la que apuré sin darme cuenta.
¡Hey, pará un cacho! ¿Cómo sabés esas cosas? ¡Yo no estoy caliente!, le mentí sin el mínimo éxito.
¡Mirá, por empezar, te brillan los ojitos! ¡No parás de abrir y cerrar las piernas! ¡Tenés las mejillas rojas, y, se te notan los pezones parados! ¿Andás sin corpiño? ¡Aaah, y, además, tenés olor a bombacha!, me dijo, acercándose cada vez a mi oído derecho, mientras al fin eructaba, y ella me festejaba semejante desatino.
¿Qué? ¿Olor a bombacha? ¿Qué es eso? ¿De dónde lo sacaste?, le pregunté, sintiendo cómo me ardían las palmas de las manos, y como que la silla se me volvía de nubes de plumas doradas bajo mis glúteos. Ella suspiró, y mientras exhalaba humo de sus labios me dijo: ¡Olor a bombachita nena! ¡Cuando las adolescentes se excitan, les huele la bombacha, porque andan con la vulva cargada de flujos, y porque se hacen pequeñas gotitas de pis, todo el tiempo! ¡Es como si, por cada palabrita sucia que digo, o vos quieras decir, o con cada roce, te mojás la bombacha, y la tela se te calienta, bien pegadita a tu concha! ¿Entendés? ¡Te meás todo el tiempo nena, como si fueses bebé! ¡Y eso, es porque las hormonas te lo piden!
Yo me reí, y mis manos instintivamente buscaron las suyas. Pero todo fue tan extraño, rápido y certero que, ni sé cómo llegamos a eso. Angie me tocó una teta, me la apretó, y mientras me decía: ¡Mmm, una nena sin corpiño! ¡Tenés los pezoncitos duros! ¡Y me juego la cabeza que, también la bombacha empapada!, me miraba la boca sacando la lengua. Fue cuestión de que se me escape un suspiro para que nuestros labios se junten, y su mano atrevida atraviese el umbral de mi remera. Sus dedos hicieron contacto con mis pezones, y su lengua me lamió los labios, la nariz y el mentón. Después, su otra mano me sobó la concha, y mis piernas prefirieron ponerse de pie. Ella me empujó de prepo nuevamente, y me chistó para que me calme.
¡Las nenas de tu edad suelen tener la boquita caliente, y la lengüita dulce, llena de baba! ¡Me encantás pendeja! ¡Vení, despacito, y sentate acá!, me dijo, luego de acariciarme las gomas por adentro de la remera, la que ya lucía colocada de cualquier forma, mientras mis pezones desnudos se reflejaban en el vidrio de una de las ventanas. ¡Menos mal que tenía la persiana cerrada! Me levanté confundida, después que ella volvió a pegarse en la pierna, invitándome al confort de sus brazos. Ni bien me senté, ella me instruyó como hacerlo. Una de sus piernas terminó entre las mías, cada vez más separadas, y entonces, mientras nos besábamos, lamíamos y mordíamos los labios, y ella me amasaba las tetas, su muslo comenzó a dar pequeños saltitos, al mismo tiempo que una de sus manos me presionaba del culo para que me mueva hacia atrás y adelante, cada vez con mayor velocidad. Los gemidos se me empezaban a salir del corazón, y el aire se me empequeñecía. Ella me pellizcaba los pezones, y uno de sus dedos intentaba clavarse en el centro de mis nalgas. Cuando lo hizo, me pidió que me quede quieta, con la concha bien pegada a su pierna, y agarrando uno de mis pezones con su boca. Luego me dijo: ¡Sentilo bebé, sentí ese dedo en el culo, y la humedad de tu bombacha! ¿La Vane te muerde las tetas? ¿Le gusta tu olor? ¡Porque, te juro que olés re rico, guachita sucia! ¡Tenés un olor a bombacha, a sexo, y a ganas de coger que mata!
Empecé a temblar con todas mis fuerzas, a babearme incontrolable, a decir cosas que ni yo me entendía, y a buscar su lengua como una loca. Me encantaba el sabor a cigarrillo en su aliento, que meta su lengua y recorriera todo el interior de mi boca con la brutalidad con la que lo hacía. Me bajó el pantalón y me nalgueó el culo unas 4 o 5 veces, con fuerza. Me tironeó la bombacha hacia arriba, y oí como que se descosió un pedazo. Pero no me importaba nada. Y menos cuando empezó a decirme: ¡Dale nenita, saltá, montá como la yegüita que sos, movete, saltá así bebé, con esa conchita en mi pierna, cogete mi pierna nena, dale, mojate, babeate la carita, y pedime lo que quieras! ¡Hacé de cuenta que tenés un pito adentro! ¿Así te movés con los varones, putona? ¡Aaah, te gusta que te diga putona! ¡Sos re putona, sabelo guacha, la nena más putona, y con olor a bombachita caliente más rico que entró a mi negocio! ¿te metiste pitos ahí abajo? ¿Te regaron las tetitas? ¿Estas tetas de hembra salvaje?
Tenía miedo de hacerle daño. ¡Nunca había hecho eso con Vanesa, ni con ninguna otra chica! Pero no podía dejar de frotarme, saltar, gemir y moverme como una desquiciada, poniéndole mis tetas gordas en la cara. Ella, entretanto lograba clavar su dedo en el agujero de mi culo por encima de mi bombacha, y atrapaba mi lengua con sus labios para succionarla. Hasta que de repente me separó de su cuerpo, me sentó arriba de la mesa, haciendo que el teclado y el Mouse de la compu queden colgando de sus respectivos cables, y se sentó frente a mí, solo a contemplar la confusión de mi cara, mis temblores, y la desnudez de mis tetas baboseadas. Hasta que me dijo: ¡Bajate el pantalón nena, así te miro la conejita! ¡No te asustes, que te la voy a dejar sequita! ¿Se chupetean las conchas con tu amiguita?
Yo asentí con la cabeza, sintiendo cierto remordimiento porque, a Vane no le terminaba de gustar la idea de hacérmelo. Sin embargo, yo se la llenaba de besos, de baba y de cariño. Aunque ni sabía cómo hacernos acabar. Angie me sonrió, y me lo volvió a pedir. Entonces, me bajé el pantalón, y ella se levantó como una tormenta para impedir que me baje la bombacha. Ella lo hizo por mí, llevándola hasta mis rodillas, y me abrió las piernas.
¡Uuuy, mirá cómo te llora la pochola mami! ¡Uuuuf! ¡Tenés el calzón re meado bebé! ¡Y la tenés peludita! ¿No te depilás? ¡Igual, no me jode! ¡Por eso, es posible que huelas más a pichí! ¿A ver? ¡Abrí más las piernitas, así te saco esa calenturita! ¡Aprovechá, que no te voy a cobrar por esto! ¿Alguna vez imaginaste que una simple empleada de un locutorio, podría ofrecerse a chuparte la chucha?, me decía entre divertida, docente, extasiada y admirada de mi vulva hinchada.
¡Quedate sentadita ahí, pero abrite los cachetes de la cola con las manitos, que yo te voy a tocar esa cotorrita! ¡Mirá qué chiquita y gordita la tenés! ¡Faaa, con razón a los nenes les gusta cogerte! ¡Es un bollito de carne, calentito y húmedo, que huele a bebé!, me decía mientras posaba sus dedos largos en mi vagina y me abría los labios. Me chuponeó una teta, volvió a morderme los labios mientras me decía: ¡Qué linda cotorra tiene la gordita petera de la escuela!, y de repente, sentí que tironeó mi bombacha hacia abajo. Acercó su cara a mis muslos, me olió desesperadamente unas cuantas veces, me sobó las piernas, balbuceó algo indescifrable, y luego sopló directamente mi vagina, mientras me separaba los labios con dos dedos. También me tiró un par de vellos, diciéndome: ¿Te duele bebé? ¡Los tenés pegoteados, mojados, y calientes!
Luego me miró a los ojos, sin separar su mano derecha de mi vulva, me tocó el mentón con la lengua, y me dijo: ¡Ahora tranquilita, que vas a sentir algo de lo que no te vas a poder olvidar tan fácilmente! ¡Seguro vos te metiste los deditos! ¡Pero esto, te va a emputecer!
Sin darme tiempo a nada, hundió algunos dedos en el interior de mi concha, y con otro más ágil y escurridizo empezó a frotar una zona que me hizo gemir al instante, y enseguida, también chillar como una gata en celo. Era como si la velocidad que le daba a ese puntito me dejara sin aliento, pero aun así no quería que se termine. Se me tensaba y aflojaba el cuerpo, me llenaba de cosquillas, lágrimas, saliva y jadeos. Mi piel olía distinto mientras Angie manipulaba su dedo contra aquel endemoniado pedacito de mí, palanqueando, frotando y exasperando a cada partícula de mi sexo hambriento. Además, oía un chapoteo como de succión, goteo, sorbos, y fricciones extrañas, como si metiera los dedos en una gelatina no del todo rígida.
¡Así nena, dejate llevar, que te estoy endureciendo bien el clítoris! ¡Así se llama esta cosita que tenés acá! ¿Sabías? ¡Acá es donde los machos te tienen que tocar, y es donde se frotan los pitos que te meten, y lo que tiene que chuparte tu amiguita! ¡Y vos también a ella! ¡Vanesa también la tiene peluda? ¡Mirá cómo te mojás! ¡Pero tranqui, que no te estás meando! ¡Abrite más putona, bien abierta te quiero! ¿También se hace pichí esa bebé?, me gruñía su voz de pucho y trasnoche, enfermándome con su dedo insistente en mi volcán sagrado, y los otros haciendo que se escuchen todos los jugos de mi conchita. Le dije que Vane solía depilarse, y que tiene la piel re suavecita, y luego, me recuerdo frotando el culo con furia sobre la mesa, como si un shock eléctrico hubiese impactado de lleno en mi columna vertebral. Fui consciente de los arañazos que me hice en las muñecas con mis propias uñas, del dolor de mis pezones hinchados, de la saliva que me chorreaba por el mentón, y del olor a sexo que emergía de mi concha aturdida, tan repleta de gemidos y agradecimientos como yo, y de los líquidos que goteaban en el suelo. No me había meado, pero sí tuve la certeza de haber acabado como nunca. Pensé en Vanesa, y en que necesitaba hacérselo. Sin embargo, de pronto me sentía mareada. Al punto tal que, Angie tuvo que ayudarme a ponerme la bombacha, el pantalón, y los colores en la cara. Me sentí rara, estúpida, tan niñita y sucia como sexy, capaz de cogerme a todo el mundo, y más caliente que antes.
¡Bueno Gabi! ¡Tu madre está afuera, esperándote! ¡Son las 12 de la noche! ¡NO te preocupes que no te voy a vender! ¡Espero que te haya gustado! ¡Y no digas nada! ¡Esto, me lo pagás el día que me traigas a esa Vanesa! ¡Por ahí, también hay que enseñarle! ¡Lo único, me dejaste con la argolla prendida fuego, putona! ¡Sabelo, chiquita! ¡Eso, no te lo voy a perdonar!, me decía al oído, segundos antes de abrir la puerta, y de conocerse personalmente con mi vieja. Ella sabía que yo amaba internarme en el Syver, y estaba segura que, al menos allí tenía una amiga. Lo que más la tranquilizaba a mi madre, es que Angie fuese adulta, responsable y no del todo simpática. Quizás, confiaba en que ella pudiera ayudarla a ponerme los límites que no recibía en casa.
A Anahí la conocí en el secundario, a los 15. Empezó a cursar con nosotros desde mitad de año. Nadie la incluía, solo porque era de otra ciudad. Además, era rubia, demasiado cheta para nuestra escuela, súper tímida, híper estudiosa, y de buen carácter. Parecía que a ella no le afectaban las burlas de los pibes, los comentarios insidiosos de las pibas acerca de una reputación que le habían inventado, ni la mala onda de los rebeldes de siempre. A Vanesa no le caía bien del todo. Aunque, a veces se ponía celosa cuando yo hablaba un poco demás con otras chicas. Sin embargo, una de las borracheras más grandes, y no solo de alcohol, fue con ella. Bueno, fue en su casa, y casi que por casualidad. Sus padres viajaron por trabajo, y ella, me invitó a quedarme para que podamos terminar unos mapas para la escuela, y una maqueta del sistema solar. Ya teníamos 16, y todas las ansias del mundo de ver una peli porno juntas. Ella me juró que jamás había visto una. Pero, la suerte, o las coincidencias del destino, o que las dos ese día hubiésemos estado tan en celo, nos convirtió en protagonistas de nuestro propio film.
Fue raro. Yo estaba cortando pan para hacernos unos sanguchitos, cuando sonó el timbre. Ella atendió, y de pronto hubo varias voces en la puerta de entrada. Y al rato: ¡Gabi, te presento a Tomi, a Lucas y a Cristian! ¡Ellos dos son, amigos del barrio… y Cristian, mi primo!
Anahí parecía nerviosa. Pero los chicos la miraban de una forma extraña. Como si quisieran decirle algo de mí, o a mí algo de ella. Es que, Ani tiene unas tetas impresionantes, ¿Y como salió a atender así nomás, ni siquiera se había puesto la remera encima del topcito azul que traía! Y yo, no me quedaba atrás. Como estábamos solas, andaba con una remera ancha, sin corpiño, y con un short apretado, el que permitía ver al que estuviese atento que no llevaba bombacha. Los saludé haciéndoles puñitos con las manos, como un varón distraído. Cristian era un morocho de unos 20 años, y parecía el más desconcertado. Los otros dos, no paraban de mirarle las tetas a Ani. Y, de repente, mi amiga recobró el fervor de sus cuerdas vocales cuando anunció: ¡Bueno chicos, si quieren, acomódense en el patio! ¡Hay banquitos y reposeras! ¡Nosotras, ya vamos! ¡Tengo birra en la heladera! ¡Roja y rubia! ¡Cris, llevalas vos, y convidales a los chicos! ¡De última, después pedimos pizzas! ¡O, unos patis! ¡Hay bocha de delivery por acá!
Tuve que hacerlo, un poco invadida por el pánico. Ni bien nos quedamos solas en la cocina le puse cara de culo, y le pedí explicaciones. Ella, enseguida empezó a suplicarme, dando saltitos como una nena picoteada por miles de hormigas: ¡Porfi Gabi, haceme el aguante! ¡Yo, tenía planeado decírtelo! ¡Soy una cagona, y en eso, las pibas tienen razón! ¡Pasa que, nada, quería aprovechar que estábamos solas! ¡No me digas que no te morís de ganas por, bueno, de que estos guachos nos peguen una violada en el patio! ¡Si, no querés, o sea, te podés ir, y está todo más que bien! ¡Pero, me gustaría compartir esto con vos! ¡Quiero que las dos hagamos nuestra porno, en el patio de mi casa! ¿Qué me decís?
Creo que me iba aflojando con cada palabra que decía. Sin embargo, no era una situación tan cómoda para mí. Le dije que al menos la acompañaría con las birras, y que después veíamos qué onda. Ella me sonrió, y me comió la boca. Fue un beso hermoso, dulce y con el atrevimiento de su lengua fresca. Supongo que eso terminó por derribar a mis pobres defensas. Por eso, en cuestión de minutos, ya estaba sentada en el patio, frente a los pibes, al lado de Ani, charlando de una boludez más boluda que la otra. Las latitas de birra se iban vaciando, el sol se alejaba en la profundidad del cielo, y el calor no nos abandonaba. Hasta que, Lucas empezó a contar chistes de sexo, y todos nos reíamos eufóricos. Tomás no pudo evitar ponerse colorado cuando Ani le dijo que, si me seguía mirando las tetas se le iban a secar las pupilas. Lucas murmuró algo como: ¡Bue, es que, posta, las dos tienen unas cositas hermosas! ¡Y encima, tu amiguita anda sin corpiño! ¡Se le re nota! ¡Ta más fácil para meter mano!
¿Ah! ¿Sí? ¡¿Y por qué no venís, y me las manoseás? ¡A lo mejor, también me olvidé de ponerme tanga!, lo desafié, hablándole un poco más alto de lo que me hubiese gustado, de pie, y emputecida por dentro. No entendía por qué no supe controlar a mis impulsos que me pusieron en pie, sin que mi cerebro procesara esa información. Ani se sorprendió de la forma en que fulminaba con la mirada al pibe. Pero le abría las piernas al Lucas, y se frotaba una latita de birra en la chocha. Al punto que Cristian, que también me miraba las gomas, murmuró: ¡Hey, primita, qué amiguita te echaste! ¡Es obvio que andan alzadas las dos!
Al toque, yo ya estaba sentada sobre las piernas de Tomi, con sus manos adentro de mi remera, y con las manos de Cristian acariciándome las piernas, manoseándome la concha sobre el short, y empezando a jugar con mi lengua en las bocas de ambos pendejos. La forma con la que me tocaban, era como si quisieran deshacerme entre sus manos, y sus chupones, que pronto empezaron a rodar en mi cuello, brazos y hombros, me hacían gemir como una tonta. Ani, ya estaba arrodillada, con la verga de Lucas en la boca, tosiendo y apretando los ojos, escupiendo y llenándose el paladar de arcadas que sonaban en los ecos del atardecer. Cuando uno de ellos comenzó a besuquearme la panza, creí que me derretiría en los brazos del otro, que me bajaba el short, y vociferaba algo como: ¡Es verdad guachis, la Gabi no se puso tanga, ni culote, ni pañales, ni nada! ¿Te gusta andar en conchita nena?
No me negué a nada, ni me resistí a esos dos bombones, como bien los había etiquetado mi amiga. De repente estaba sobre las piernas de Cristian, con su pija adentro de mi concha, moviéndome cada vez más endiablada, y con la pija de Tomi en la boca. No podía gemir ni hablar, porque todas mis energías las usaba para petear a ese nene como se lo merecía, para refregarle mis tetas en la verga, y volver a atraparla con mi boca, y de nuevo conducirla al tobogán caliente de mi garganta. Ani sí que gemía, y gritaba cosas, a cuatro patas en el suelo, con sus manos sobre uno de los banquitos, y con la pija de Lucas vaya a saber en cuál de sus agujeros, porque, era obvio que le dolía un poco. La vi lagrimear y moquear, mientras decía: ¿Y primito? ¿Te coge bien la Gabi? ¿Tiene la concha caliente? ¡Y a vos Tomi? ¿Acabale la lechita en la garganta a la cerda de mi amiguita, que ama la leche, la verga, y que le aprieten las tetas! ¡Aaah, asíii, cogeme Luqui, asíii, rompeme toda, haceme mierdaaaa, abrime todaaaa! ¡Y vos amiguita, cogéee, tragá, putonealos bien, que, a mi primo le gustan las guachas como vos, y Tomi, cortó con su novia!
Desde entonces, fue una locura, porque las dos probamos esas tres pijas preciosas, en especial la de el chistoso Lucas, que ahora se había quedado sin palabras, ni remates graciosos. Se las chupamos, se las tuerqueamos con las gomas y los culos, los pajeamos cerquita de nuestras bocas, y nos las cogimos con las conchas. Creo que, yo no llegué a que Cristian me la meta por ahí. Y, ninguna de las dos nos animamos a entregar el culo. O, al menos yo, no tuve el valor para hacerlo. No sé cuántas veces los hicimos acabar. Pero, entre cervezas, algunos puchitos que traía Cristian, chirlos, besos de lengua entre nosotras, y una buena visión de Tomi pajeando a los otros dos, yo fui consciente de haberme tragado dos ricas lechitas. La de Lucas, y la de Cristian. Tomi, me regó las tetas cuando la loquita de Ani se dejaba penetrar por su primo, y se la mamaba al otro, que hacía girar la tanguita de mi amiga en sus dedos, y la flameaba como a una banderita, diciendo a cada rato: ¡Sos una aspiradora con esa boquita primi! ¡Qué putona te pone el pito bebé!
Ani, Angie y Vanesa permanecieron un buen tiempo a mi lado. Hasta hoy en día. Aunque, tuvimos nuestras diferencias. Por ejemplo, entre ellas no hubo química. Por eso no puedo juntarlas mucho. Cuando festejo mi cumple, es un lío. Angie jamás pudo probar a Vanesa, ni la Vane aceptó del todo mi amistad con Anahí. Sin embargo, había alguien que no tenía ni medio drama de estar con cualquiera de las chicas. Se llama Marina, y a ella la conocí cuando ambas teníamos 25, y festejábamos el cumple de Florencia, mi hermana. Ella, era la novia de la mejor amiga de Flopy, y pegó toda la onda conmigo. Nos tomamos varias cervezas hablando de música, de chicos y chicas, y de lo ridículos que se veían algunos intentando perrear en la pista de aquel pub ruidoso por demás. Bueno, es que, a ninguna de las dos nos copaba mucho bailar. Así que, las dos salimos a fumar afuera, y nos pintó ir a ver una peli a mi casa. Su novia, no le hizo ni problemas, porque estaba con toda la fiesta encima, con Flopy y el resto de sus amigas. Entonces, mientras comíamos helado en mi casa, viendo una serie en Netflix, que aparecía poco a poco en nuestras vidas, y seguíamos charlando, nos empezamos a mirar con cierta calentura en la piel. Había algo más que palpable. Podíamos respirar el hedor de nuestras hormonas disparatadas. Pero ninguna se animaba a dar el primer paso.
¡Gabi, la verdad, tu hermana está buenísima! ¡Pero vos, le re ganás en tetas! ¡Son re parecidas a las de una novia que tuve! ¡Che, igual, yo, no siempre fui torti! ¡Antes, me re cabían los penes!, se atrevió a romper el hielo, suavizando cada vez más el tono de su voz, con la cuchara de helado suspendida en el aire. Yo, sin entender el por qué, o acaso obedeciéndole a los efluvios de tantas cervezas en mi cerebro atontado, me quedé en gomas frente a ella. Marina dejó caer la cucharita sobre su calza, y se rio por haberse ensuciado, con un estúpido “ups” entre los labios. Luego, se levantó, se restregó la pierna con una servilleta, pausó la serie, tomó un traguito de cerveza de mi vaso, y me susurró: ¿Puedo probar esas chechotas? ¡Se ven suavecitas, y huelen, deliciosas!
¡Pero vos, tenés novia nena! ¿Te gusta cuernearla a la pobre? ¡Mirá que, la conozco, y la vi muchas veces! ¡Tiene un culo que raja la tierra!, le dije, mirándola a los ojos, agarrándome las gomas con las manos para pararlas bien. Nos reímos, y de inmediato su lengua fresca por el helado de frutillas a la crema hizo contacto con mis pezones, y me los empezó a deglutir, saborear, estirar y chupetear con una paciencia que me encendía hasta las lágrimas. Sentí una emoción única, inexplicable. Yo misma le presionaba la cabeza contra mi pecho para que ni se le ocurra abandonarme, como una madre que no quiere soltar a su cachorra. Y, cuando metió una de sus manos por adentro de mi vestido con la clara intención de tocarme la concha, y la escuché decirme: ¡Si tuviera pija, te cojo esas tetas hasta que no puedas más bebé!, ahí yo tomé el control de la situación. Sé que me levanté de golpe, que la revoleé de un solo empujón sobre mi sillón, y que la dejé en tanga y corpiño para devorármela a besos, mordidas, lengüetazos groseros y audaces, para meterle manos y dedos por donde se me antojó, y para luego, hundir mi cabeza entre sus piernas, y hacerla acabar casi al toque, en cuanto me puse a trabajar con su clítoris, sin sacarle la tanga, pero arrancándole unos gemiditos que me daban a entender que acertaba con la forma de dedearla, pajearla, succionarle ese botoncito salado, y de abrirle las nalgas. Me acuerdo que las dos nos reímos como locas cuando se le escapó un pedo, en medio de mis labores masturbatorias, y que, sin más, volvió a pedirme más lengua, dedos y saliva. Sin dudas fue la mejor lechita femenina que probé, y la más abundante. Después, una vez recuperadas de las tensiones de su sexo, le aseguré que, si alguna vez le urgían las ganas de hacer pis mientras yo le estuviese lamiendo la chuchi, que ni se detenga a pensárselo, y que me mee toda. Ella estalló en una carcajada morbosa, y enseguida agregó: ¡Tu hermana una vez me dijo que, ustedes, tuvieron sexo! ¡Y, me acuerdo que, también nos confió que le gusta eso de que, le meen la carita! ¡Estaba media borracha igual la tipa! Pero… ¿Es verdad eso?
Como respuesta, dejé que ella me haga acabar con su lengua, y con sus pezones contra los míos, y luego contra mi clítoris en llamas. Yo la envalentonaba diciéndole cosas como: ¡Dale putita, me encanta que le metas los cuernos a esa piba conmigo! ¡Contale que yo te la chupé, y que te re acabaste en la boca de una guacha que te invitó a tomar helado en su casa!
Hoy, Marina tiene una nena de 5 años, y claramente rompió con la rubia teñida, ex amiga de mi hermana. Nunca me interioricé del todo en lo que pasó, ni ella me dio los detalles. La cosa es que, Maru quedó embarazada mientras salía con otra chica, y ese fue el fin de aquel intento de relación. Aunque, durante el tiempo que estuvo esperando a la gordita, nosotras nos acompañábamos mucho; y tengo que decir que, jamás imaginé que la leche materna tuviese ese sabor entre morboso, dulce, atrevido y excitante. Mi hermana de hecho, una vez nos encontró, mirando otra serie, mientras mi boca se entretenía con sus pezones hinchados, y mis dedos con el fuego de su conchita. Por supuesto que, ya estaba acostumbrada a mis incursiones sexuales.
El día que cumplí los 33, junto a Marina, Vanesa y Soledad, una de mis últimas amigas, festejamos en casa. Nada hacía suponer que habría fiesta, porque yo no estaba pasando un buen momento. Habían matado a mi gatito en la calle, resultado de algún auto que pasó a las chapas, enfrentaba unos temitas de salud de mi madre, y tenía pocas suplencias en las escuelas como profe de música. Me focalizaba expresamente en conseguir trabajo. Sin embargo, Vane y Sole se encargaron de comprar empanadas, cervezas y muchos alfajores. Nosotras, no éramos las únicas invitadas. También estaba mi hermana, Nicolás, (Uno de los chongos de Sole), el Pitu, uno de mis amigos más leales, y Sebastián, (una especie de amigovio de Flopy).
A Sole, bueno, a ella la conocí en el colectivo. La verdad es que, las dos nos mirábamos las tetas, sin discreción, en uno de esos tórridos días de verano. Ambas en musculosa, sudando, paradas con los brazos extendidos para agarrarnos de los caños. Ella, me tocó la cola, y enseguida, cuando me di vuelta con cara de asesina, pensando encontrarme con el que, tal vez intentaba robarme el celular, me dijo al oído: ¡Tenemos que hacer competencia de tetas mamu! ¡Sabés la cantidad de pijas que nos podrían ensuciar! ¡A vos, se te deben ver bonitas, todas bañadas de semen!
Me hizo reír, y ni siquiera dudé en si esa mujer sufría de alguna enfermedad paranoide, o de algún retraso. Me había excitado su voz, la sinceridad de su comentario, y por supuesto, sus tetas, y el olor que manaba de ellas. Al rato, las dos comprábamos en un kiosco. Ella, unos chicles, y yo, una latita de coca. Hablamos todo el camino hasta la veterinaria a la que ella se dirigía, y luego de esperarla en la vereda, terminamos mateando en casa. Obviamente, reconociéndonos las tetas con las manos y las lenguas, para después despacharnos con unas chupadas de concha que nos hizo delirar, chillar y acabarnos como regaderas en celo. Desde entonces, nos hicimos amigas, y siempre cómplices si, alguna de las dos tenía ganas de coger.
Volviendo al día de mi cumple. Recuerdo que, en medio de la gustada de las empanadas, mientras Flopy y la Vane bailoteaban algo de Britney Spears, decidí ir a mi pieza para cambiarme las chatitas por un calzado más cómodo. Y, cuando volví al living, tanto la Vane como mi hermana estaban en gomas, ¡Y Sebastián tenía en sus piernas a Sole! El Pitu miraba la escena azorado, y Marina no paraba de hacerle ojitos a Nicolás, que se manoseaba el paquete como diciendo “Acá la tenés bebota”. ¡No entendía nada! Pero no pude evitar excitarme. Peor cuando mi hermana dijo: ¡Dale Mamu, que solo faltás vos! ¿Qué tenés ganas de hacer? ¡Mirá los bombones y bombones que vinieron a tu cumple!
Enseguida, casi sin darme cuenta, noté que Nico me agarraba de las caderas para sentarme sobre sus piernas, y que Marina se nos acercaba. Hubo un momento en que nos franeleábamos, yo sintiendo la dureza de su verga en mi culo, y él manoseándome las tetas, mientras Maru me ponía las suyas en la boca, diciéndome: ¡Dale bebé, tomá la tetita, que te re gustaba tomar la lechita de mi gordi! ¿Te acordás? ¡Y vos, apoyala bien!
En breve, a nuestro alrededor se había formado una ronda. Sebas seguía comiéndose la boca con Sole, y la Vane, le acariciaba las tetas a mi hermana, que gemía, y le preguntaba cosas como: ¿Es cierto Vane, que vos fuiste la primera nena de mi hermana? ¿Te gustaba cuando era chiquita? ¿O te calienta más ahora?
Vane no contestaba, pero dejaba que la Flopy le desprenda el jean, hasta dejar expuesta su bombacha blanca. Vanesa le hizo lo mismo, y todos aplaudimos al ver que la Flopy no llevaba nada debajo de su jogging deportivo. Entonces, el Pitu tomó posesión de Vanesa, le hizo apoyar las manos en la mesa y se agachó para chuparle el culo. ella misma se lo pidió, casi sin descaro.
¡Bajame la bombacha, y culeame gordo! ¡No aguanto más! ¡Ando alzada hace bocha! ¡Quiero verga en el orto!, fueron sus audaces palabras, y al Pitu no había que decirle las cosas dos veces. En un par de sacudidas, y después que mi hermana se sentó en la silla para empezar a pajearse, Vanesa exhaló para largar su primer aullido de felicidad, al que le siguieron un montón más, aunque más atenuados. Sin embargo, no paraba de pedirle verga y más verga.
Marina, había logrado bajarme la calza, y ya comenzaba a comerme la concha, mientras Nicolás, que ya había desenfundado su mástil erecto, amagaba con encularme también. Pero, yo le pedí que me la meta por la concha, para que Sole pueda comer pija y concha al mismo tiempo. Eso, supongo que hizo estallar a mi hermana, que no resistió la tentación de sentarse un ratito a upa de Nico para que al fin le empiece a bombear la vulva con su pija magnífica. La Sole, empezó a ir y venir de una pareja a la otra. A Mí me re chupó las tetas, se tranzó a Sebas, y se dispuso a morderle el culo a Marina, que comenzaba a fundir su lengua en medio de la guerra que la pija de ese nene salvaje libraba en los adentros de mi vagina. A la Flopy le escupía la cara y las tetas, como se lo pedía, y batallaba con la lengua del Pitu, que no paraba de desflorarle el culo a la Vane. Incluso, cuando esta empezó a decir: ¡Así guachooo, dame mas verga, y largala toda, así me meo todaaaa!, la Flopy le refregó su propia bombacha en la cara. Obviamente, Vanesa se hizo pis mientras el Pitu le descargaba toda su descendencia en lo profundo de su culo. Sebastián, también derramó su semen en el incendio de mi concha, y Mari terminó de limpiarle la pija en cuanto yo me separé un poco de su cuerpo. Sin embargo, el celo de mi vientre no tenía recatos. Supongo que ni mi hermana imaginaba a dónde apuntaban los misiles de mi sexo cuando, la agarré desprevenida, la senté de prepo en la silla, y me agaché para meterle lengua y dedos en la concha y el culo. Así que, la Sole ocupó el lugar, y la pija dura de Nico para regalarle unos sentones de película, con los que la silla crujía, y sus tetas revotaban con cierto peligro de fugarse de su pecho para siempre.
¿Qué onda hermana? ¿Estás segura de hacerlo acá, al frente de tus amiguis?, me dijo Flopy, mientras Marina y Vanesa intentaban mamarle la pija al Pitu. En realidad, primero trataban de hacerlo reaccionar una vez más.
¡Sí bebé, quiero tu conchita! ¡Y, tu olor a pichí! ¿Sabías que olés a pis como cuando tenías 9 añitos? ¡Amo tu olor bebé! ¡Y esta conchita jugosa y carnosa! ¡Y tu olor a culo!, le decía a mi hermana, mientras sus gemidos apabullaban a mis palabras, pero no a la furia de mis dedos, ni a la determinación de mi lengua como un sable introduciéndose en su vagina. Ella se mojaba, se retorcía y me decía que era una putona. Nicolás auguraba que su leche estaba a punto de quemarle las entrañas a Soledad, y Marina no paraba de decirle a Vanesa que era una cerda por haberse meado así en un cumpleaños, mientras ambas se compartían la pija dura del Pitu con las bocas. La Flopy acabó cuando empecé a meterle la lengua en el culo, mientras le palanqueaba el botoncito divino de su sexo, y sus jugos brotaban calientes en mi cara, justo en el momento en que le decía, ronca de celo y vergüenza: ¡Haceme pis y caquita nena, dale, meame la boca, y hacete caca si querés! ¡Acabate como una putita sucia, como una asquerosa, o meate como la Vane!
Recuerdo que, al otro día era imposible respirar en ese living, entre el olor a pis de la Vane y el de mi hermana, el humo del cigarrillo consumido, las birras, nuestras hormonas derrotadas, y el fragor de todo lo que hicimos, y no puedo enumerar con precisión. Todas nosotras olíamos a semen y a flujos, a sudor y saliva ajena. Nos despertamos más o menos a la misma hora, tipo 11 de la mañana, todos revoleados en distintos colchones, desnudos, a excepción de mi hermana que se había puesto el bóxer de Nicolás, y hambrientos de lujuria.
Sé que, mi vida no sería la misma sin los primeros descubrimientos que tuvimos con la gorda Vanesa, o sin los consejos radiantes de Angie, o sin la picardía y el cariño de Anahí, sin la predisposición de Marina para todo lo que se me ocurriese, o sin las sorpresivas ideas de Sole, como la que tuvo para mi cumpleaños. Por eso, a pesar que sean incompatibles, y que entre nosotras el sexo sea una forma de comunicarnos, jamás las voy a olvidar, pase lo que pase en el futuro. Espero tenerlas siempre a mi lado, o encima de mí.
Fin
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sos increibleeee, mira que no me calientan mucho las lesbianas pero este relato me encantó. Seguí asi besos!!!
ResponderEliminarAaaah, es que, estas no son lesbianas cualquiera! Jejejejeje! Son todas amigas, y de las buenas, sabias, y más que necesarias! Gracias por leerme siempre!
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