Mi nombre es Antonella. Pero mi segundo nombre es Milagros. Esto hizo que, desde que Ivón y yo nos hicimos amigas, en sexto grado del primario, ella comenzara a llamarme Mily. Me gustaba, porque solo ella me llamaba así. Y, como para mí, siempre fue muy especial, me parecía lindo. Incluso hasta romántico. Y es que, cuando empezamos a cursar primer año del secundario, luego de miles de cosas compartidas, desde cumples hasta pijamadas con nuestro grupo de amigas, tarea para la escuela, ejercicios físicos, actividades en el club, torneos y competencias colegiales, secretos, películas y millones de pavadas más, algo empezó a crecer, y no podía ni sabía frenarse. Al menos, en lo que a mí respecta. Ivi se había convertido en la depositaria de todos mis sueños eróticos. ¿Cómo pudo pasarme? ¿Acaso me confundí? ¿Podía seguir diciendo que éramos mejores amigas, si yo soñaba con partirle la boca de un beso? No. Evidentemente algo andaba mal. Ella me hablaba de chicos, del profe de informática, del pibe que atendía la heladería que teníamos a la vuelta de casa, y yo por dentro sufría. Aunque, me calentaba imaginándola cogiendo con ellos, o rodeada de pitos. Sí, pero, enseguida me consumían los celos, la vergüenza, y una ira que no sabía manejar. Sin embargo, una noche, a dos días de cumplir mis 14 años, y mientras jugábamos a una especie de ahorcado con palabras sexuales, nuestras manos se juntaron, y ella, inesperadamente para mis ensueños, me la besó.
¿Qué onda Ivi? ¿Eso por qué fue?, se me escapó decirle, sintiendo que me llovían gotas de lava hirviendo en la espalda. Ella se rio, volvió a besarme, y acto seguido me pasó la lengua por todo el dorso de la mano, y luego, lamió mis dedos.
¡Tenés olor a papa frita en la mano! ¡Y, aparte, nada, no sé qué onda, ni por qué fue! ¡Pero, hace días que no sé muy bien qué corno me pasa amiga! ¡Siento que te lo tengo que compartir! ¡Ayer a la siesta, soñé que me tocabas las tetas, y que me querías oler el cuello!, se abrió a confesarme, mientras yo soñaba despierta, y flotaba en su habitación. Generalmente me quedaba a dormir en su casa, porque Ivi solo vivía con su padre. Su mamá, digamos que se habían separado cuando Ivi era chiquita, y ella, tenía muy poco contacto con ella. Recuerdo que no supe qué decirle, ni cómo mirarla a los ojos. Pero sí que le miraba las piernas, porque tenía puesto un short apretado, al igual que yo. Quería saltarle encima y arrancarle la remerita para olerle el cuello, y manosearle las tetas, tal vez como en su sueño. Me sentía en blanco, incapaz de dejar de recorrer sus piernas, incluso hasta el bollo que formaba su vulva en su pantaloncito. Hasta que ella, me empujó sobre la cama que teníamos cerca de su mesita, en la que jugábamos al ahorcado y comíamos unas papas con Sprite, se me tiró encima, y me comió la boca. ¡Así que, si ya me sentía confundida, ahora no había palabras para explicar el desboque de mis sentimientos, y mi calentura!
¡Ya Fue Mily! ¡Acá, nadie nos ve! ¡Si te gusta esto, lo hacemos siempre! ¡Yo te guardo el secreto! ¡Aunque, bueno, sos muy obvia amiga! ¡Se te nota que me mirás las tetas, y la boca! ¿Te gusto? ¡Porque, vos, a mí, sí! ¡Por eso sueño con vos! ¡Pero, ojo, porque, también me gustan los pibes!, me decía, de forma pausada y susurrante al mismo tiempo, mientras me daba pequeños piquitos, me pasaba la lengua por los labios, pegaba sus tetas a las mías, frotaba sus piernas sobre las mías, y buscaba estrujarme una nalga con una de sus manos. Su perfume, el olor de su piel, su calor, el aliento de su boca dulce por la gaseosa, la textura de su remerita suave, y su pelo derrotado sobre nuestros rostros, más el peso de su cuerpo que no me permitía pensar, era el paraíso que jamás pude haberme imaginado. así que, al ratito, las dos estuvimos acostadas en su cama, en bombacha y en tetas, recorriéndonos con las manos y las bocas, lamiéndonos, oliéndonos y saboreando trocitos de nuestros cuerpos que, no sabíamos que nos pertenecía. Esa noche, Ivi estuvo a punto de probar los jugos de mi concha. Pero, ninguna de las dos se animó a tanto; al menos en esa noche. Es que, entre tantos besos, caricias, palabras mudas y suspiros seductores, Ivi me confesó algo que, al principio no se lo creí. Incluso me reí en su cara cuando terminó de contármelo, porque, pensé que era una de sus bromitas, o acaso, alguna de sus fantasías. Ivi conservaba muchas fantasías sexuales, de las cuales algunas eran imposibles de realizar. No iba a culparla por eso, ya que yo también atesoraba mis chanchadas. Aunque, no era tan valiente como ella para confesárselas todas.
¡Así que, ahora ya lo sabés! ¡Digo, por si notás algo raro! ¡Mi viejo y yo, bueno, a veces tenemos sexo! ¡Pero, generalmente, sexo oral! ¡Yo a él, y él a mí! ¡Supongo que, nos hacemos un favor! ¡él, hace mucho que no está con una mujer! ¡Y yo, bueno, ya sabés amiga, lo calentona que soy!, terminó de afirmar, como si estuviese hablándome de una nueva banda de KPop. Pero, cuando vi que su cara no se relajaba del todo tras mi carcajada, tal vez un poco hilarante, la miré profundamente.
¿Lo que me decís, es posta? ¿Se la chupás a tu viejo? ¿Y él, te come la chucha? ¡Naaaah, vos me estás re jodiendo! ¿Hace mucho que pasa eso?, le pregunté incrédula, aunque llena de curiosidad, y con más latidos en el clítoris. ¡Sí, obvio que me excitaba saber ese chisme! ¡Mi amiga le comía la verga a su papá! ¡Dios! ¡Era demasiada información para que mi cerebro procese, y mis sentidos no juzguen conveniente querer saber más!
¡Esto, pasa hace un año, por lo menos! ¡Siempre mi viejo, me dio besos en la boca! ¡De chiquita! ¡Mi vieja también, por lo que recuerdo! ¡Pero, una siesta, mi viejo me encontró en el patio, tocándome la concha, mirándo un video porno! ¡Pensé que me iba a cagar a pedos, y que se me venía flor de castigo! ¡Aparte, yo estaba desnuda, porque pensé que todavía andaba por la oficina! ¡Pero no! ¡Se me acercó, me palpó las gomas, y me empezó a comer la boca, mientras él mismo volvía a colocar mi mano en la concha! ¡Me acuerdo que me dijo, “Pajeate nena, pajeate toda, y hacete feliz”, y que yo, lo hice! ¡Y, de pronto, se agachó, y me empezó a chupar la concha!, me explicó, omitiendo varios detalles, con sinceridad, y la cara colorada. Sin embargo, cerramos la historia allí. Por algún motivo, quiso seguir hablando del tema al día siguiente, o cuando se vuelva a dar. Cosa que no ocurrió.
A la semana siguiente, cuando volví a quedarme en casa de Ivón, su papá nos preparó la cena. Era la primera vez que lo veía, después de lo que Ivi me había contado. No podía dejar de observarlo. Gustavo era un hombre normal, con ojos marrones, una mirada dulce y una voz grave, apacible y servicial. Era morocho como Ivi, tenía algunas pequitas en la cara como ella, y el pelo entrecano. No llegaba al metro ochenta, y tenía manos grandes. Según Ivi, sus manos eran suaves por su trabajo en la oficina, y sabían cómo acariciar.
¿Viste qué papu que tengo? ¿No te dan ganas de probarlo un ratito? ¡Naaah, en realidad, vos querés que él te pruebe la chochi! ¿No? ¡Querés que te arranque la bombacha, y te nalguee, como a mí!, me decía la tarada al oído, mientras Gustavo no nos oía, sacando la primera de las pizzas del horno. Le di un codazo, al tiempo que imaginaba a Ivi arrodillada en el patio, con su uniforme del colegio, atragantándose con la pija de su padre, mientras yo le sobaba las gomas, o le ofrecía las mías a ese hombre para que me las asesine a lengüetazos. Le dije que ni en pedo, que estaba re chapa, que necesitaba un psicólogo. Ella se me reía, y al toque, cuando Gustavo apareció por el living para pedirnos que pongamos la mesa, ella se le acercó, se subió la remera para que sus tetas permanezcan un buen rato al desnudo, y el hombre se las acarició. De inmediato retiró la mano y le hizo un gesto de desaprobación. Fue como si, en silencio le hubiese dicho: ¡Ahora no Ivón, calmate un poco, que no estamos solos!
¡Papi, ella es mi mejor amiga! ¡Así que, ya sabe!, empezó a decirle, como si guardar aquel secreto le pesara más que mil siglos de historia. Gustavo volvió a silenciarla, esta vez con un chirlo en la cola, y no volvió a hablarle, hasta que empezamos a comer en la cocina. En realidad, ni se refirió al tema. Solo charlamos entre los tres de cosas intrascendentes. Todavía lucíamos nuestros uniformes, porque habíamos estado toda la tarde con un trabajo para Geografía. Gustavo le llamó la atención a Ivi cuando, luego, casi se mancha la chomba blanca con helado.
¡Bueno pa, si me mancho, me comprás otra y listo! ¡A vos te gusta que yo sea media bebota!, le respondió, mordisqueando la cucharita del helado, mientras Gustavo la miraba, aunque simulaba no darle importancia. Yo, todavía seguía caliente por los picos que nos habíamos dado con Ivi en su pieza, y por la manoseada que nos pegamos en el baño de la escuela. Pero ahora, me ratoneaba con ellos, como si en cualquier momento pudieran empelotarse al frente de mí. Por otro lado, también estaba celosa. Deseaba más que nunca ser un varón para tener pija, y cogerme a mi amiga. Se me cruzaban miles de sensaciones, y no sabía cómo ordenarlas. Por alguna razón, Gustavo empezaba a calentarme, y más desde que, más tarde, cuando lo estaba ayudando a levantar la mesa, involuntariamente, o por cosas del destino, apoyó su mano delicada en mi hombro y me susurró, aprovechando que Ivi había entrado al baño: ¡No le hagas caso a tu amiguita! ¡Está media loquita! ¡A lo mejor, se anda haciendo la bebota en el colegio con algún chico! ¡Si lo sabés, contame! ¡Dale? ¡Ella no me cuenta nada!
Yo, le dije que sí con la cabeza, y le sonreí, sin saber cómo reaccionar. Y de golpe, Ivi y yo mirábamos una peli en Netflix, súper desparramadas en el sillón. Eran como las 2 de la madrugada, y como al otro día era sábado, no había necesidad de alarmas. Además, Gustavo tenía que trabajar en su escritorio. Mientras tanto, nosotras no desaprovechábamos la posibilidad de besarnos, masturbarnos la una a la otra, y chuparnos las tetas. Nos habíamos dejado las polleras, porque estaba prendido el aire acondicionado, y nos daba frío en las piernas. Pero de repente, me desperté en el sillón, y estaba sola, con la tele apagada, y cubierta con una manta. Me desperecé, pensé en Ivi, y noté que la luz del baño estaba apagada. ¿A dónde se habría ido? ¿Qué hora sería ya? La segunda duda fue despejada rápidamente, porque vi la hora en mi celu. Las 3 de la madrugada. Y fue entonces que oí algo parecido a un gemido, y al toque nomás, la voz de Ivón, diciendo algo como: ¡Pero ella no va a decir nada pa! ¡Aparte, nada, nosotras, bueno, somos amigas! ¡Y, aparte, nos hacemos chanchadas! ¡Tiene unas lindas tetas! ¿O me vas a decir que no se las miraste?
Me sonrojé, sentí celos, me excité, tuve frío y calor, me encabroné, me sentí feliz, y quise ir a pegarle. Todo eso al mismo tiempo, mientras me levantaba lentamente del sillón, en busca de su voz. ¿Por qué le contaba todo eso a su padre?
No me costó trabajo encontrarlos. Lo que no pude descifrar tan rápido, fue lo que mis ojos le informaban a mi cerebro. Estaban en el patio de la casa. Ivi, sentada en una mesa de jardín, en la que miles de veces comimos panchos, helados y golosinas, o tomamos la leche. tenía las tetas al aire, para que Gustavo pueda amasárselas a voluntad y placer. Él, yacía agachado, con su cara oculta bajo su pollerita gris de la escuela, evidentemente comiéndole la vulva, a juzgar por la dulzura de los gemidos de mi amiga, que aún conservaba sus zapatos Kicker, y sus medias hasta las rodillas. Me acerqué un poco más al ventanal del living, y vi que ella apretaba los labios, que a veces los abría para gemir y eliminar hilitos de baba, y que sus ojos parecían complacidos. Sus piernas se movían, y su culito se frotaba enardecido en esa mesa. También vi que Gustavo tenía en una de sus manos la bombacha celeste con corazoncitos que tantas veces le vi puesta a ella. ¡El papá le sacó la bombacha a su hija, y le comía la conchita desnuda! Obviamente que, no dudé en masturbarme suavecito con todo lo que veía. No era justo. ¿Por qué Ivi no me despertó para contarme que se iría a darle de su sexo a su padre? Además, el guacho la hacía gozar cuando se incorporaba del suelo para chuparle las tetas, con una mano inteligente, siempre debajo de su pollera. Ahí era cuando Ivi gemía con mayor desenfreno, y cuando él intentaba bajarle el volumen con algún beso de lengua, o alguna mordidita en el cuello. También le pegaba con su bombacha en la cara, o en las gomas cada vez más cubiertas de su saliva. Y de repente, vi que ella empezaba a arquear la espalda hacia atrás, que su pubis parecía resbalarse solo de la mesa para aterrizar directamente en la boca de ese hombre que, se bebía todos sus jugos, y que gemía sin poder dominarse. Era cuestión de tiempo que los dos vuelvan a entrar a la casa. ¡No podían encontrarme allí, con una mano adentro de mi pollera, y la otra pellizcándome las tetas! De modo que, cuando Ivi regresó al sillón, y en cuanto estuve segura que Gustavo cerró la puerta de su cuarto, la increpé con besos, caricias y manoseos.
¡Te vi nena, vi cómo tu viejo te la chupaba! ¡Y te sacó la bombacha! ¡Qué hija de puta que sos! ¿Te calienta cómo te la chupa?, le decía, tatuándole una cortina de besos babosos por todo el cuerpo. Ya estábamos desnudas bajo la manta, y ella, estaba tan húmeda que, me impresioné al principio. Y, esa fue la primera vez que, entre besuqueo, mordisquitos y frotadas, juntamos nuestras vulvas para chocarlas, fregarlas, dedearnos y sentirlas tan calientes como nuestros deseos de libertad. Gemíamos, y buscábamos nuestras bocas para seguir gastándonos los labios. Nos decíamos chanchadas al oído, y nos nalgueábamos. Yo, a veces ponía la voz grave, como si fuese su padre, y ella se hacía la bebota, recreándome una voz más infantil.
El tiempo fue pasando. Nuestra relación, por momentos se volvía un poco tóxica, y en otros, lográbamos que reine una serenidad que nos hacía más que bien. Por desgracia, ella no pudo venir a mi cumple de 15, porque tuvieron que internarla por una apendicitis. Ella, decidió no festejar su cumple, e intercambiarle aquello a su padre por un viaje a España, en el futuro. Y, cumplimos los 16. Esa vez sí nos mandamos un flor de picnic con amigos. Estuvo buenísimo. Hasta que encontré a Ivi besuqueándose con un pibe bastante desagradable. En realidad, yo sé que el pibe ni le gustaba; que solo lo hizo para hacerse ver, y eso era algo que detestaba de ella. desde entonces, estuvimos casi dos meses sin hablarnos. Hasta que, en el cumple de 16 de una amiga en común, que lo hizo en el club, ella me trajo una cerveza, y me dijo que quería bailar conmigo. Le acepté ambas cosas, y en medio de tanto baile, nos reconocimos tan en celo como necesitadas de nosotras mismas. Nos besamos al frente de todos, y nos pusimos re mil coloradas cuando todos nos verdugueaban por tan tremendos chupones. Incluso, nos pedían más piquitos, y que nos tiremos cerveza en el escote para después chuparnos las tetas. Mi moral no me lo habría permitido jamás. Pero, Ivi sí que se atrevió, ¡Y me vació media jarra de birra en las tetas, para luego sorber las gotas de mi vestido, de mi corpiño, y hasta de mis propias gomas! ¡Y al frente de todos los pibes y pibas! Esa noche, volví a quedarme en su casa, y a dormir en su cama. esa noche, fue el reconocimiento perfecto para nuestras lenguas, porque al fin, cada una probó la conchita de la otra. Estábamos tan calientes que, ni nos importó detener nuestros gemidos cuando, Gustavo nos golpeó la puerta de la habitación, queriendo averiguar si estábamos bien.
¡Sí, tranqui viejo, que la Mily y yo nos estamos haciendo cosquillas! ¡Pero no entres, que estamos desnudas!, le gritó Ivón, mientras mi lengua se adentraba en su conchita y mis dedos le pulsaban el clítoris para que su piel brille de felicidad.
¡Ojo por donde se hacen las cosquillas ustedes! ¡Y, viejo, es Perón nena! ¡O Sarmiento, o cualquiera de esos ancianos decrépitos! ¡No me digas viejo, si querés seguir comiendo postrecitos!, le respondió el padre, pegando la boca a la madera de la puerta, o acaso a la cerradura, mientras la concha gordita y nutrida de vellos de Ivi vertía toda su sabia de hembra fogosa en mi boca, y su garganta se esforzaba por no gemir tan fuerte. Yo, ya había acabado, cuando su lengua rozaba el agujero de mi culo, y sus dedos me revolvían la panocha como sin control. Sentía que se me iba a despegar el corazón del cuerpo cuando empezaron los temblores en mi vientre, y se multiplicaron en mi cerebro como bombas en medio de la más terrible de las guerras. Estaba exhausta, sucia, transpirada, con olor a sexo, y aturdida por las boludeces que decía Ivi. La gran mayoría, indescifrables para mis oídos. Aunque recuerdo que me decía que era una putita comeconchas, que nadie le había sacado la lechita como yo, y que necesitaba urgente que me crezca una pija para partirla en mil pedazos.
Al otro día nos peleamos por una boludez. Otra vez mis celos se manifestaban, porque una chica le mandó un par de fotos de sus tetas a su WhatsApp. Así que, de nuevo estuvimos un tiempito sin hablarnos. Hasta que coincidimos para un práctico de historia, y fui a su casa para que lo resolvamos juntas. Esa tarde se hizo de noche entre besos, sanguchitos de miga, coca y mate. Por supuesto que, aprovechamos el momento en que Gustavo salió a comprar cigarrillos para, hacernos una pequeña demostración de lo que nos esperaba por la madrugada, lamiéndonos las conchitas por encima de nuestras bombachas húmedas. La cortamos cuando ella insinuó que yo olía a pichí, porque empezamos a reírnos, acordándonos de una vez que, yo me hice pis en su cama mientras nos hacíamos cosquillas, nos mordíamos las bocas y frotábamos las tetas, ella haciéndose la futbolista, y yo la botinera. Le gustaba que halagara sus gemelos magníficos, y sus piernas súper atléticas. Además, Gustavo había regresado, tan silenciosamente que, nos asustó verlo en el reflejo de la ventana del living.
¡Así que la Mily anda con olor a pis! ¡Qué raro, tan grandecita y con la bombacha sucia! ¡Pero, no me extraña! ¡Yo, cuando iba al secundario, había un par de chicas que, mamita querida!, se expresó, exponiendo que nos había escuchado. Aunque, no pudo habernos visto, porque, acababa de entrar a la cocina. El tema es que, yo me ruboricé. Pero Ivón le respondió, mientras yo me sentaba con los nervios de punta: ¡Y sí pa, una no siempre tiene tantas bombachas para cambiarse! ¡Las chicas nos mojamos mucho a veces! ¡Y esta, se moja hasta con el vieji de historia! ¡Imaginate! ¡Hay que conseguirle un novio! ¿O preferís una novia, amiga?
Ya en la cama perfumada de Ivón, le reproché el hecho de mandarme al frente ante su padre. Pero ella me calmaba con unos chupones de muerte, unas estiradas a mis pezones que me hacían alucinar, y con su forma de jugar con mis labios vaginales que, no podía más que sonreírle, embobarme con su vocecita de Venus en llamas, y abrirme toda para que su lengua me arranque un suspiro tras otro. Sin embargo, en algún momento de la madrugada volví a despertarme en soledad, húmeda y desnuda, perdida en las mieles de nuestro romance. Ivi, seguro estaba en el baño, pensé… y decidí esperarla un rato. Hasta que oí voces en el living. Me puse el short que encontré, y salí a hurtadillas para descubrir lo que sucedía, aunque tal vez debí imaginármelo.
¿Pero te gusta esa chica? ¡Yo, creo que tiene unas tetas divinas!, decía Gustavo, acaso con un vaso cerca de los labios. Aún no había llegado a divisarlos del todo.
¡Sí pa, es obvio que, no solo me gusta! ¡Me calienta! ¡Es, como de caramelo! ¡Huele rico! ¡Bueno, aunque a veces huela a pichí!, se reía mi amiga, complaciendo a los oídos de su padre, y acto seguido, un besuqueo entre ellos estalló en el aire de la madrugada nerviosa; al menos para mis sensaciones revueltas. Ahora los veía con claridad. Ivi estaba en las piernas de Gustavo, con la pollera de la escuela, y nada más que eso. Él le sobaba los pies descalzos, y la mecía hacia los lados, evidentemente refregándole el paquete en el culo. A ella le brillaban los ojitos, por más que los tuviese cerrados. Movía los labios, acaso murmurando cosas para que solo su papi las escuche, y él suspiraba, le acariciaba el pelo, le tocaba los labios con un dedo, y volvía a sobarle los pies.
¡Hija, me calentás mucho la pija! ¡Lo sabés! ¡Hace rato que quiero repetirlo! ¡Meterla ahí adentro, me vuela la cabeza!, le susurró Gustavo. ¿Cómo? ¡Ahora sí que, los secretos entre nosotras se habían quedado a medio camino! ¿A qué se refería Gustavo? ¿Se la habría metido por el culo? ¿O en la conchita? Me imaginé con ella en la cama, comiéndole el clítoris, y saboreando gotitas de semen de su padre, y me sentí una pelotuda. Aunque, también me calenté como una pava en pleno verano norteño. Al punto que, de nuevo me urgían las ganas de saciar mi sexo, mis labios y el fuego de mis pezones. Y en breve, los indicios que necesitaba, se hicieron oír en la penumbra de los grillos insoportables.
¿La querés ahora bebé? ¿Así de durita, toda adentro?
¡Sí papi, metela, dale, que te la como toda!
¿Tenés bien mojada la conchita? ¿Querés que papi te la clave?
¡Síii, daleee, meteme la verga pa, porfi, que no doy más!
¿No te alcanza con la lengüita de tu amiga?
¡No pa, quiero más, quiero tu verga dura adentro! ¿Aaaaay, asíii, más adentro, asíiii!
Gustavo y mi amiga se hablaban cada vez más agudito, en celo y agitados, mientras la silueta de Ivi comenzaba a subir y bajar por los contornos de la madrugada repleta de vanidades. Mis dedos, pellizcaban mis tetas o frotaban mi clítoris. Incluso, un dedo maniático punzaba mi orto con serias chances de penetrarlo. Es que, la piel que habitaba debajo de mi short, ardía de ganas de unirse a esos perversos. ¿Cómo podía ser posible? ¡Gustavo se estaba garchando a su hija! ¡Le manoseaba las tetas, le mordisqueaba el cuello y la boca, y la hacía saltar como si fuese de papel! También le chascheaba la cola, le decía que tenía la concha bien apretadita y caliente, y le pedía que le toque la nariz con su lengua, y que le hable de mí. Pero Ivi no podía pronunciar una palabra completa, o una frase coherente. Todo lo que hacía era gemir, chocar su pubis con el de gustavo con cada vez mayor velocidad, y darle gomazos en la cara. En un momento, él la sujetó de la pollera, y le pidió que se quede quietita, mientras evidentemente él dominaba las acciones de sus envestidas en lo profundo de su sexo. Hasta que ella empezó a decirle cosas como: ¡Dame leche pa, dale, lechita dame papi, porfiii, dale que te meo todo, te acabo, te lleno la pija de mi conchaaaaa, asíii, largámela todaaaa, reventame la concha de lecheeeee!, con una euforia y una potencia que, no entendí cómo pudo pensar que yo no me despertaría con semejante quilombo. Y, en consonancia con sus pedidos desesperados, Gustavo empezó a gruñir, a sacudirla y bombearla fuerte, rápido y al borde de caerse del sillón que los sostenía sobre esta tierra. Al fin los movimientos cesaron, y naturalmente, Ivi terminó con todo el semen de su padre navegando en los recovecos de su sexo. Ninguno de los dos se dijo nada luego. Se quedaron inmóviles, aunque se olían y se miraban como para volver a encenderse. Pero Gustavo, acaso con una cuota de arrepentimiento, le dijo mientras la ayudaba a bajarse de sus piernas desnudas: ¡Andá a dormir bebé, que dejaste sola a tu amiga! ¡Por ahí, se despierta, y si no te encuentra, va a pensar cualquier cosa!
¡Sí, como que acabo de coger con mi papá, por ejemplo!, le murmuró la muy cínica mientras le encajaba un último beso pasional en los labios, y dejaba que su pollerita de colegio se convierta en una campana para ocultar todo el pecado que anidaba en su vulva. Yo, corrí lo más rápido que pude a la cama. me saqué el short, y me hice la dormida. Ivi, al entrar helada y desnuda a la cama, me dio un chupón en cada teta, y se quedó dormida al toque, ignorando el río de flujos que me ardía en la concha por lo que le había visto hacer. Aún así, no le dije nada de todo eso, ni de las próximas veces que la vi en las madrugadas, a upa de Gustavo, fingiendo inocencias, aunque con aquella verga bien instalada en su conchita insaciable. Por más que no le perdonaba el hecho que sintiera que, conmigo no le bastaba.
A los tres meses de tanto alboroto, pasó lo inevitable. Ivi y yo nos juntamos a tomar un helado, y al fin se atrevió a confesármelo.
¡Sé que es una locura, y que me vas a tildar de retorcida, o de mala persona, o de hija de puta! ¡No sé qué pienses de mí, una vez que te lo diga amor! ¡Pero, la verdad es esta! ¡Digamos que, estoy embarazada, y, mi papá, es el padre del bebé! ¡Te juro que no tuve sexo con otro pibe en este año! ¡Y, bueno, él, ya hace 6 meses que, me coge! ¡Yo se lo permito, obvio! ¡No sé, me siento segura cuando me coge, y no puedo pensar en otra cosa que, en su pija adentro mío! ¡Con vos me pasa lo mismo! ¡Me encanta que tengamos sexo!, se explayó, dándome algunos detalles más de sus sentires, pero llevándome a un callejón imposible de cruzar hasta con la imaginación.
¿Y, si no quedabas embarazada, no me lo ibas a decir? ¡O sea, te garchás a tu viejo, y también jugás a ser mi novia, mi amiga, mi chonga! ¡No sé Ivón, no te entiendo boluda! ¿Y qué vas a hacer?, le dije con los ojos llorosos, la impotencia en la garganta, y unas terribles ganas de arrancarle la ropa y cogérmela ahí mismo, arriba de la mesita pegoteada de helado.
¡Supongo que, tenerlo, si a eso te referís!, me anestesió, sin una pizca de expresión. Miró hacia otro lado cuando busqué su mirada, pero reaccionó cuando le acaricié la pierna por adentro de su pollera.
¡Yo no sé qué sea lo mejor! ¡Pero, yo te amo, y estoy re caliente con vos! ¡Creo que, podría aceptar que, tengas relaciones con Gustavo! ¡Pero, solo con él! ¡No me bancaría que, salgas con otro tipo, o me cagues con una mina!, insistí en mi papel de enamorada. No entendía todo lo que pasaba por mi mente, ni sabía poner en palabras todo lo que me borboteaba por dentro. Así que, la tomé de la cara y le mordí la boca, para luego continuarlo todo en un besuqueo feroz, en el que logramos que varias personas nos miren con desagrado, porque nos asesinábamos a chupones, con lengua, y apretaditas a nuestras tetas, ahora ella sentada sobre mi falda.
¿Y, también te calienta que esté embarazada? ¿Te gusto igual? ¿Me querés coger igual, puerca? ¿Te excita saber que tu novia, tiene semen de su papá, haciéndole un bebé?, me decía Ivi, desvergonzada y más lanzada que antes. Incluso había logrado meter una mano por adentro de mi bombacha para pajearme toda. Recuerdo que esa tarde, llegamos a su casa, y nos desnudamos tan rápido como nos dio la cordura. No dejamos ni un solo rincón de nuestros cuerpos sin chupar, lamer, morder y saborear. Esa fue la primera vez que logré un squirt, con su lengua en mi clítoris, un chiche en mi culo, y sus dedos endiablados deshaciéndose en el magma de mi vulva.
Pero cuando las dos ya teníamos 17, Ivi ya transitaba su sexto mes de embarazo, los preparativos del colegio se cargaban de la fiebre del viaje de egresados, Gustavo lograba un ascenso en su empresa, y mi mamá al fin se jubilaba de su puesto administrativo en la municipalidad de Lobos, sucedió lo que jamás planifiqué, ni se me cruzó por la cabeza. Tal vez lo único que podía dolerle sinceramente a Ivi. No lo habíamos hablado. Pero yo estaba convencida de eso. Fue otra madrugada. Esta vez llovía, y Gustavo llegó cerca de las 2. A esa hora, Ivi se había quedado dormida en el sillón, en el que ambas veíamos una peli de terror. Inmediatamente la cubrí con una manta, tras intentar de todo para despertarla. Pero, como estaba con dolor de panza, preferí que descanse allí, bien tapada y cómoda. Así que, una vez que saludé a Gustavo medio que, de pasadas, fui a recostarme a la cama de Ivi. Me senté un ratito a mirar los mensajes atrasados que tenía en el celu, vi algunos reels, y pensé en pasarme una cremita por la cara, cuando escuché la puerta abrirse, y luego cerrarse. Miré hacia todos los lados, y no había nadie. Creí que estaba medio sugestionada por la película, y entonces decidí acostarme. Recuerdo que me saqué la pollera pantalón de la escuela, y caí rendida casi que de inmediato. Ni siquiera llegué a taparme. El ruido de la puerta volvió a sobresaltarme, aunque no lo evidencié.
¿Estás dormida Mily? ¡Perdón que te joda, pero, estás destapada!, dijo la voz cálida de Gustavo, y cada poro de mi piel pareció electrizarse.
¿Qué comió la boba de tu novia? ¡Acordate que, a veces la salsa de tomate, no le hace bien! ¿Comieron pizzas?, insistió, al notar que no le respondía.
¡Gus, no, no comimos pizza! ¡Hicimos unos panchos! ¡Pero, ella dice que, con esto del embarazo, no siempre la comida le cae bien! ¡Preferí que descanse en el sillón, que está más cómoda!, le dije, mientras sentía que una de sus manos acariciaba mis piernas, aún con las medias del colegio.
¡Y sí! ¡Se ve que este colchón está bastante usado ya! ¿Tienen sexo seguido ustedes? ¡Tranqui, que mañana, si se siente mal, la llevo a un médico!, decía, aunque sin atención en las palabras, ya que seguía acariciándome ahora ambas piernas. Yo, me sentí atraída por sus manos, el sonido de su respiración, y el timbre de su voz. Incluso, noté que se agachó, y que olió mis pies. También me los acarició, y volvió a decirme bajito: ¿Y? ¿Mojan mucho este colchón? ¡Vos decime, así les compro otro! ¡A veces, las escucho gozar! ¡No te das una idea de cómo se escucha!
¿Y te gusta escucharnos?, se me escapó preguntarle, sin miedo a las represalias. Él, acarició mi abdomen, me dio algunos besitos cerca del ombligo mientras balbuceaba: ¿Y a vos qué te parece? ¡Ya sé que sabés que, Ivi y yo, hacemos algunas cositas!
¡También sé que, el bebé es de ustedes dos, y no de ese pibe que, supuestamente ella nos contó! ¡Nadie abusó de ella, ni le hizo daño! ¡Sé todo Gus! ¡No me jode! ¡Lo acepté desde el primer momento que lo supe, y no la juzgo! ¡Y a vos tampoco!, le dije, sorprendiéndolo por completo, ya que, ellos dos habían inventado a un supuesto pibe que tuvo sexo con ella en una fiesta, medio que, a la fuerza entre los árboles, aprovechándose de que estaba media borracha, y que descuidadamente quedó embarazada de él. Entonces, lo escuché chasquear la lengua, suspirar, y hacer funcionar los engranajes de su cerebro. Parecía sopesar cuál sería el siguiente paso. Pensé que me iba a mandar a la mierda, o me iba a acusar de mentirosa, perversa, cizañera, o vaya a saber qué. Después de todo, mis palabras ponían en jaque a la moral y la integridad de dos personas. Pero, a diferencia de todo lo que me imaginaba, llevó su rostro a mi pubis, y me olió profundamente.
¡No sabés las ganas que tenía de volver a olerte la bombacha! ¡Ya no olés a pis! ¿Sabías? ¡Bueno, tal vez, ahora, un poquito sí! ¡Pero, no me importa! ¡Ivi también olía a pis cuando era más chiquita! ¡Sí Nena, muchas veces entré a esta pieza, solo para olerte! ¡Tu amiguita me lo permitía! ¡Solo dos veces, me chupó la pija mientras yo te miraba dormir en bombacha, y olía tus medias! ¡Dale, sacate las medias, así me acariciás la verga con los pies! ¿Querés?, me dijo al oído, mientras sus manos suaves y enormes me palpaban las tetas por adentro de mi corpiño taya 85, aunque yo tuviera 90 de pechos.
¡Daaaale bebé, no seas mala! ¡Ahora, Ivi no tiene ganas de sexo! ¡Pobrecita, está con todos los síntomas de las embarazadas! ¡Y no se lo puedo cuestionar!, insistió, dándome delicados pellizquitos en los pezones, sabiendo acaso que eso me enardecía. Tal vez Ivi se lo contó. Yo, estaba tan confundida y caliente que, no tenía las facultades pensantes a la mano. Supongo que, actué como cualquier animalito en épocas de apareamiento hubiese reaccionado. Me senté en la cama, le manoteé el paquete, que solo era preservado por un bóxer negro bastante apretadito, y empecé a pajearle la pija. él, me pedía desesperadamente que me saque la bombacha y se la entregue en la mano. Yo, me quité el corpiño, e inmediatamente anidé ese pedazo de pija babeada entre mis tetas para que me llene con su olor a macho.
¡Guaaau, qué bien lo hacés bebé! ¡Pensé que solo comías conchita! ¡Al final, sabés pajear con las tetitas! ¡Así, apretala más nena, bien apretada, así, como lo hace tu amiguita! ¿Tortillean en el colegio también ustedes? ¿Se comen la boca en el baño, mientras mean? ¡Aaaah, aaay, qué rico, apretala más, calentame la lechita nena!, me balbuceaba, mientras sus piernas le hacían tambalear el cuerpo. Y al fin, me quité las medias para cumplir con algo que, yo siempre había fantaseado cuando era más chiquita. Empecé a pajearle la verga con los pies, ni bien Gustavo se sentó en una silla. Dejaba que tome mis pies en sus manos para besárselos y escupirlos, para que luego regrese a la tarea de estrujarle el pito con ellos. Gustavo tenía una pija gorda, no muy larga pero sí bastante ancha, y con un glande perfectamente púrpura, a punto de desbocarse todo el tiempo. No paraba de segregar líquidos, latidos y temblores. Mientras tanto, yo lo envalentonaba diciéndole cosas como: ¿Y a Ivi, le hacés la cola también? ¿Te calienta verla en pollerita, cuando viene de la escuela? ¡Sí, a veces nos chuponeamos, haciendo pis en el cole, o acá, en el baño de tu casa! ¡Ivi siempre entra cuando estoy meando, y me muerde las tetas! ¿Yo te gusto más así? ¿Te gusto en bombacha, y en tetas?
Él apenas podía responder con lucidez. No abría interrogantes, ni le daba lugar a otra cosa que jadeos, muecas de goce, algunos tirones a mi pelo castaño y ondulado, o para ordenarme que siga pajeándolo así, como una bebé descalza y con la bombacha sucia. Hasta que, el vapor hechizante de ese cuarto repleto de hormonas y traiciones no pudo hacer otra cosa más que estallar en mil millones de pedazos. Y fue cuando Gustavo se levantó de la silla como un desquiciado, me agarró de los hombros, me bajó la bombacha y me dio una buena cantidad de chirlos en el culo. luego me empujó sobre la cama, se me subió encima, colocó su verga en la entrada de mi concha, y mientras me tenía agarrada de las tetas, farfullaba en mi oído: ¿La querés adentro nena? ¿Querés que te largue la lechita ahí? ¿Te excita que mi hija tome mi leche de tu concha cuando te la chupa? ¿La tenés apretadita como ella?
Yo, muerta de celo, calentura y de una fiebre que podría haberme matado si tomaba cualquier otra decisión, clavé mis uñas en su espalda, y le supliqué: ¡Rompeme toda, haceme un bebito como a ella! ¡Dale, embarazame como a ella! ¡Quiero que me dejes preñada, en su cama!
Gustavo me subió la bombacha a la altura de sus huevos, que ya clamaban por perderse en la soberanía de mi sexo, y entonces, contó hasta tres, en medio de un estrépito de jadeos roncos. Ahí fue que, sin darle tiempo a ningún presagio, me la metió, y empezó a moverse encima de mi cuerpo, a penetrarme, y a decirme que la tenía más apretada que Ivi
¡Así, cogeme como a tu hija! ¡Hacé de cuenta que soy Ivi, y que así, preñada como está, te pide que le rompas el orto! ¿Te gustaría cogerla ahora, con la pancita llena? ¿Cogeme toda, hijo de puta! ¡Largame la leche adentro!, le exigían mis palabras, mis orgasmos desaforados y las explosiones que me detonaban la concha cuando él me la perforaba más y más. Me sentía plena, llena de verdad, súper trola, una reventada por engañar a mi amiga con su padre. Pero en ese momento no me importaba un carajo. Y a él, menos que menos.
¡Así bebé, te voy a dejar la pancita llena de nenes, y nenas, así se cogen ahí adentro! ¡Así, comete mi verga nena, asíii, abrí bien las piernas, que seguro sabés hacerlo mejor, putita! ¿Hace cuánto que le comés la argolla a mi nena? ¿Querés bebitos? ¿Muchos bebitos te hago, guachita sucia?, me decía al oído, entre jadeos que salpicaban saliva, el ardiente choque repetido de su pubis contra el mío, y la sensación que su pija se transformaba en un trozo de hierro caliente, cada vez más ancho y húmedo. Su boca marcaba cada tramo de mis tetas con unos besos que me atravesaban hasta el ADN, y se las ingeniaba para pellizcarme la cola con alguno de sus dedos. Y entonces, sucedió. Creí que tendría que renacer de las cenizas, o que yo misma debía reconstruirme, una vez que su semen empezó a violentarse adentro de mi vientre. Gustavo jadeaba intentando dominar el volumen de su voz, mientras me amarraba del cuello y las nalgas, y su poronga se deshacía en chorros de semen, y yo acababa tal vez por cuarta o quinta vez. No nos miramos a los ojos, aunque sí nos mordíamos los labios. No nos dijimos nada, aunque él balbuceaba cosas como: ¡Así, toda llenita de nenes te dejé, zorrita! Le costó levantarse de las ruinas de mi cuerpo sudado y profanado por una fiebre sexual incontenible. Pero cuando lo hizo, me subió la bombacha con delicadeza, me acarició las gomas, y colocó mis pies arriba de la cama.
¡Quizás, deberías darte una ducha Mily! ¡Es raro que Ivón no haya escuchado nada! ¡Para mí, o se hizo la tonta, o decidió que lo mejor era invernar!, me dijo, con un atisbo de su habitual manera de descomprimir cualquier momento incómodo.
¡Me gustó sentirte adentro, y me gustó, también el sabor de tu pija!, le dije, sintiéndome más valiente que un ejército revolucionario. Él me silenció con un chistido, y luego me cubrió con la sábana, mientras murmuraba: ¡Primero, esperemos que no hayas quedado embarazada! ¡Después, vemos cómo seguimos! ¿Se lo vas a decir a Ivi? Digo, ¿De lo que pasó ahora, en su propia cama? ¡Mirá si su novia, espera un bebé de su padre!
Y entonces, aquel desenfreno rebelde, aquella calentura evitable pero arropada con las mieles del infierno, terminó por revelar la noticia menos imaginable. Mientras Ivi tenía a su bebé en una sala de hospital, yo me enteraba gracias a un estudio ginecológico que, estaba embarazada. No supe, obviamente, si Gustavo me embarazó esa fatídica y deliciosa noche, o la vez que me agarró en el baño y nos mandamos un rapidito, pegados contra la pared, o si fue la tarde en que me subió sobre sus piernas cuando Ivi fue al súper en busca de cervezas, o si fue la tarde lluviosa en la que llegamos empapadas con Ivi de la escuela, y no nos pudimos con tener mientras ella se daba una ducha. Lo cierto, es que jamás nos cuidamos, y yo permitía que Gustavo me acabe adentro, todas esas veces. De todos modos, Ivi supo que tuve sexo con su padre. Ese día volvimos a pelearnos, y en aquella oportunidad, hasta hubo cachetadas, rasguños y piñas entre nosotras. Yo no quería hacerle daño en su estado; pero tenía que defenderme. No me hice la violada, ni la doblegada por Gustavo. Sencillamente le conté cómo pasó todo, y me declaré como la traidora que fui en ese momento. Ese, y todos los que le confié, sin inmutarme ni arrepentirme. Ella, estuvo de acuerdo con mis propias acusaciones hacia mi persona. Por eso, tardamos 5 meses en volver a reanudar el diálogo. Seguíamos enamoradas, o calientes, o tan inmersas en nuestras propias confusiones que, no pudimos rechazar la posibilidad de ponernos de novias, una vez más. Aunque ahora las cosas cambiaron. Ella tenía un bebé de 4 meses, y yo estaba embarazada. Gustavo, seguía teniendo sexo con ella, y ahora, también conmigo. Solo que, al frente de mi amiga, para evitarnos más dolores, traiciones y malos tragos. Hasta el día de hoy, nunca tuvimos sexo al mismo tiempo con él. Y mientras exista paz entre nosotras, jamás revelaré que esa es mi fantasía más ardiente.
Fin
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