"Otros ratones": Soy toda de mi papi

 

Escrito por Diablito

 

Lo cuento porque no nos interesa en absoluto lo que piensen los demás. Está mal? Que mi viejo y yo nos demos besos en la boca y durmamos juntos a mis 21? (A alguna edad hubiera estado bien, después de todo?)

Desde que Luis se divorció, se convirtió en ese dilf cheto que cualquier gurisa querría agarrarse para ganar en la vida. De hecho, la mayoría de mis amigas se baboseaba con él. Pero era mío. Mi papá. Alto, de pelo abundante y blanco, ojos celestes como faroles y vestido con chombas, suéters, lino y demases. Su olor a hombre grande a sus casi 70, y el de la colonia cara se fusionaban cuando él se metía a mi cama, o yo a la suya, luego de que volvamos a casa, para "hablar de nuestro día". Claro que eso era cosa de unos 10 o 15 minutos; y luego a lo nuestro: mimos, besos, tocaditas -por encima de la ropa-, donde él me agarraba las gomas o me acariciaba la vulva, y yo le apretaba el tronco de la pija en el jean. Una de las cosas que más se la paraba era cuando yo le fregaba las gomas en la cara, y él me olía enceguecido. También cuando me sentaba en la mesa de gambas abiertas, y él se servía de mi sexo para olfatearme pantalón, calza, bombacha, o lo que tuviera. Le calentaba que a veces viniera con olor a pis de la calle.

Todo empezó cuando, yo siendo más chica, le dije que quería chapar con un pibe del cole, Jano, y que no tenía ni idea de cómo hacerlo. En ese momento pensaba en que lo peor que podía pasarme era quedar como una boluda. No quería que las otras pibas se rían de mí, de que no sabía lengüetear, o que los pibes no quieran tranzarme por no saber. Eso fue en una de esas noches en nuestra camita compartida. Él me dijo que me iba a enseñar, porque era mi padre, y el hombre de la casa se ocupa de esos asuntos. Así que, sin nada de vergüenza, ni asco, ni límite moral alguno, me agarró la carita de nena y me empezó a besar los labios. ¡Sí, mi papá!! No habrá medido la consecuencia de sus actos, porque me dejó flasheando mal. Me tiritaba todo el cuerpo. Mi lengua quería más, y se me llenaba la boca de saliva cuando le veía los labios. Al punto que, luego de eso Jano solo fue un pelotudito más para mí, uno del montón. No podía parar de pensar en Luis. Incluso, en la escuela, cuando recordaba sus besos, me picaba la conchita, me daban ganas de salir corriendo para que me toquetee, me chuponee, me amase como a un pedazo de plastilina.

Lo veía volver de su estudio de arquitectura cansado, oyendo que iba sacándose el cinto y aflojándose la corbata, y lo espiaba. Lo miré bañarse muchas veces, viendo cómo su pija colgaba "semi", ni dormidita ni parada, y de ella chorreaba el agua de la ducha. Sus huevos peludos y canocitos, acaso un poco arrugados, me llamaban mucho más la atención que una verga nueva, de pendejo, siempre parada e impecable

Él tampoco se quedaba atrás. Creo que ese beso que me dio, y todos los que siguieron luego, lo marcó para siempre. A tal punto que jamás se buscó una mujer de su edad, o menos, o más. Hasta escuché que le dijo a un amigo que ni  pensaba en casarse de vuelta.

-Tengo que cuidar a la nena, que me necesita-, repetía una y otra vez a quien le preguntara sobre su vida amorosa. Se quedó solito, o al menos eso pensaba la gente, que no sabía que el cuerpo de mujer y la cara de bebita de su hija le despertaba emociones más que nadie

Cuando cumplí los 21 quiso él un regalito especial por ser el papá más baboso del mundo. ¿Y quién soy yo para no ponerme esa bombachita rosa de dibujitos, con una remera larga, y abrazarlo? Él me apretó los cachetes de la colita, y cuando quise darme cuenta, me había dejado desnuda. Mi conchita que siempre la creí tan cerradita, lo era, pero también se sentía más capaz de abrirse y estirarse que nunca, con el fin de que pueda entrar la pija de mi papá

Él era el indicado. ¡Sí, a los 21, todavía era virgen! Sabía que con él no me iba a doler, y si me dolía, si me ardía, si me pinchaba un poquito, incluso si sangraba, él me iba a cuidar, lo iba a hacer despacito, disfrutando de mis apretadas a su tronco gordito lleno de venas, y a su cabecita roja. Su viagra natural era el cuerpo de su nenita que creció para ser su mujer. Y sobre todo, mi perfume virginal, los olores de mi ropa, mi lengua, mis tetas, el sabor de mis pezones… porque, no me la había metido, pero me vivió calentando durante toda mi adolescencia, con manoseos, chapes indiscretos, apoyadas, roces, sobadas, y hasta nos acabábamos encima solo con frotarnos los cuerpos, y su pija contra mi concha, aunque siempre vestidos. Como mínimo yo en bombacha y él en bóxer.

Cuando me dejó abrirle el cinto y bajarle la bragueta, me sonreía como una tarada y me mordía los labios para no gritar de emoción. Ya había visto su pito, sí… pero esta vez era para mis agujeritos. Se lo saqué y me senté encima por orden de él. Quería agarrarme de las caderas, de mi cola gordita y verme los pechitos rebotar mientras me marcaba el ritmo. Ni siquiera usamos forro, porque hacía unos días atrás me había venido, y las chances eran nulas. Lo que más me gustaba era quedarme quietita y sentirla bien adentro, llenarme toda, abrirme, y apretarla con todas mis fuerzas. Eso lo volvía loco. Me decía que estaba re estrechita. Yo le pedía que me acabe adentro cuando él me tiraba esos chorros espesos, bien blancos, que me hacían pensar tenían muchos espermitas ágiles para embarazarme. Era una fantasía que teníamos los dos, pero no la íbamos a cumplir. Aún.      Fin 

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