-Para mí, sería un gusto que orinaras en mi boca, y la colmaras hasta que la orina tibia se derrame y salga fragante por las comisuras de mis labios- te dije, y tu sonreíste, mostrándome cómo se te paraban los pezoncitos. ¡Ummm!
Y al fin, casi sin proponértelo, muerta de deseo, te subiste la falda, hiciste a un lado tu bombachita blanca, y orinaste en mi boca, como si fuera un capricho incierto, desesperado. Mientras la orina brotaba de tu pequeño agujero, me pegué a tu sexo y bebí de él, aferrando tus nalguitas para que tus labios vaginales y los míos se disuelvan de felicidad… hasta que me diste toda tu esencia de mujercita. Luego, arrodillado frente a tu pequeña silueta, sostenía el caldo tibio en mi boca y lo paladeaba; mi lengua estaba sumergida en él, y mi mente necesitaba someterte, demostrarte que ya no eras una niña llorona, una gatita que tiembla de frío por las noches, ni una bebé que juega con su chupete llamando la atención de su madre. Eras una nena, sí… pero con olor a hembra, sabor a hembra, y gusto a hembrita salvaje. Abrí la boca y te mostré lo que me habías dado: tu orina. Tú sonreíste, y un brillo asesino ardió en tus pupilas.
-Mira, lo tengo en mi boca- putita», pensaba, y luego te lo dije. Tu cuerpito se estremeció al oír que te llamé “Putita”. Me pediste que te lo vuelva a decir, y entonces, rodeaste el orificio de tu vagina tibia y sin pelitos, como la de una bebé, me miraste con ternura, y dejaste caer un hilito de saliva, como necesitando un chupete, o una mamadera, acaso. ¡Qué lindo tener una vecinita tan zorra y caliente!
La orina se movía de un lado a otro e intentaba escapar por las comisuras de mis labios. Erosionaba mis dientes, calentaba mis mejillas y estimulaba mi paladar con sabor.
Una gota se deslizó por mi barbilla y cayó al piso. Viste su recorrido y sonreíste, como una niña inocente. A pesar de lo que habías hecho: esa dulce travesura… estabas satisfecha al ver como las gotas se deslizaban por mis mejillas.
Al tratar de sostener lo que me habías dado, una parte de ese líquido amarillento pasó por mi garganta y me quitó la sed, pero sin querer, exacerbó mi deseo: las ganas que tenía por meter mi pene en tu pequeña vagina. Tú mirabas mi pene erguirse, hincharse y latir, porque, yo me había desnudado primero. Aún conservabas tu bombacha corrida a poca distancia de tu sexo. Por señas te indiqué que, lo mejor sería quitártela. Tú te diste la vuelta, y me mostraste las nalgas, y un dedo insurrecto cruzó de arriba hacia abajo por el canal de la perdición. Luego te la palmeaste dos, tres, y hasta cinco veces. En ese momento, nuestras miradas se cruzaron peligrosamente. Con la libertad dispuesta y las ansias firmes, me puse de pie y fui hacia ti. Nuestros corazones se aceleraron. En un segundo, en un parpadeo, nuestros labios se rozaron.
Un beso, amable y cariñoso, entre dos amigos. Bueno, yo, tu vecino, y tú, la niña que desordenaba mis sueños húmedos por las noches. ¿Qué más nos daba? Ahora, todo lo que nos atravesaba eran besos, dulces y lujuriosos, acompañados con el sabor de tu orina. Bebimos ese delicioso licor mientras se derramaba y humedecía nuestras prendas. En especial, tu musculosa lila, y mi remera de Nirvana. Tibio, dorado y brillante, avanzó hacia el borde de nuestras gargantas y, sin resistencia, desembocó con fervor en nuestros estómagos.
De pronto, la temperatura subió, para los dos. Con ganas de sentir el calor de otro cuerpo, nos rozábamos. Casi al punto de apretarnos. Tus gemiditos infantiles me desesperaban. Nadie nos oía. ¿Y qué si alguien lo hacía? Al fondo, el zumbido del ventilador parecía disipar nuestros temores. Entonces, algo más tranquilos quizás, relamimos nuestros labios, mientras sentíamos la suave caricia del viento en las mejillas. Tu cuerpito temblaba, pero también estaba decidido. Olías como un animal que buscaba aparearse, pero no sabía cómo hacerlo. Me mordías la boca como si quisieras silenciarme, pero tus gemiditos y jadeos presionaban el recelo de mis tímpanos, con la misma euforia con la que tu saliva me empapaba el rostro. Las caricias erizaban nuestra piel, los rasguños nos revolucionaban, y las bofetadas resonaban no solo en tu mejilla. Sí, es que tú querías que nos demos cachetadas, mordidas y hasta tirones de pelo. Me decías a cada instante que debía aleccionarte, ser tu papi, pegarte por malcriada, olerte por sucia, por hacerte pis tan descaradamente, y sobre mi boca. Yo te recordaba que te lo había pedido, y que no era tu culpa. Pero ese jueguito nos excitaba a raudales. La mezcla de caricias y heridas nos dejaba atrapados entre la pasión y una extraña necesidad de satisfacer nuestros deseos. Mi pene, duro y erguido, te pulsaba con torpeza. Sus fibras descansaban en tu hueco cargado de un celo virginal que aturdía, y su cabeza se resbalaba el borde de tu braguita y tu ombligo. Te la habías acomodado como si no hubiese pasado nada, y eso me morboseó aún más. ¡Tu bollito cubierto con tu bombacha blanca, meada y calentita! Deslizaste tu mano por tu vientre, y apretaste mi glande. Sonreíste y te mordiste el labio al notar mi reacción. Bajaste el forro de piel que lo envolvía y lo sacudiste, una y otra vez, hasta que se hinchó en tu pequeña manito, repitiéndome: ¿Te gusta mi olor a pichí? ¿Te para el pito mi olor a nenita?
En ese momento, te arrodillaste frente mí. El biberón había sido sádicamente cargado con tus palabritas, y te apuntaba con su cabezota, mientras un líquido blanquecino brotaba de él, de su tetina ávida por el tacto de tu lengua de golosina. Con las dos manos, sujetaste su cuerpo, la base del pecado, su tronco fértil y pedregoso, calentando la leche para tu deleite, mientras yo te murmuraba: ¡Sí gatita, amo tu olorcito a pipí, me para el pito, y me calienta las bolas, y me da ganas de atravesarte, y que vuelvas a mearme todo!
Tus labios formaron un anillo alrededor de tu presa. Mi pene hinchado entre tus labios de chocolatines. De pronto, lo apretaste, y emergieron nuevos hilitos de baba. Moviste la cabeza hacia adelante y dejaste que su longitud se deslizara, hasta que entró en tu pequeña boquita. Me habría gustado decir que entró todo, mucho, o bastante. Pero, el pequeño y ardiente espacio entre tus dientitos, paladar y lengua era escaso… aunque me saboreabas rico, gemías suavecito, y al fin te bajabas la bombacha completamente. Con la carne en tu boca, ordeñabas con ganas y frescura. El biberón rozaba tus mejillas cuando lo apartaba unos segundos de tu oasis de babitas, y luego avanzaba como un ejército seminal hacia el borde de tu garganta, y tocaba tu campanilla. Cuando recibías un embate, te ahogabas, moqueabas un poco. Incluso te salían burbujitas de mis líquidos y tu saliva endiablada. Pero tu mamabas, sin tantas arcadas como pude haber presumido. Como una pequeña bebita, intentabas sacarme la leche con las dos manos, haciendo que suba inexorable por las venas de mi pene ferviente.
¡Glup! ¡Glup! ¡Glup!, era lo que oían mis obsesiones, lo que sentía mi verga caliente, lo que palpitaba en tu boca como pétalos de fertilidad. Cada tanto olía el aire, y el aroma a pis de tu sexo me erotizaba la piel. Aferraba tu cuello, y tú volvías a pedirme que te diga putita sucia, nenita lechera, y me jurabas que tenías ganitas de hacer pis otra vez. Y, en medio de ese placer extraordinario, de repente, el biberón explotó. Salieron varios disparos, uno detrás de otro. Golpearon tu frente, tu nariz y tus mejillas. Salpicaron tus labios, se enredaron en tu cabello y algunos entraron en tu boca. Tu levantaste tu bombachita del suelo, y me la arrojaste a la cara. Relamiste tus labios y recogiste los restos de mi semen, con un solo pensamiento en tu mente: ahora te tocaba montar como una amazona, o ser montada como una perrita. Tus ojos lo escribían en el hedor del aire sexualizado y perverso.
Mi pene estaba duro y erguido, untado con tus babitas, feliz de haberte dado tanta leche. Y aún apuntaba a tu vulva ni bien te incorporaste del suelo, con su cabezota. Como aún no habíamos terminado de jugar, querías orinar y defecar, como lo hacen las bebitas en su pañal. O al menos, eso esperaba que me dijeran tus palabras.
-Y, ¿qué te gusta más, bebita?- te pregunté. ¿Orinar con un pene en tu vagina, o hacer caca con mi pene en el culo?
Pero unos golpes en la puerta de entrada apagaron tu respuesta, justo cuando mi verga empezaba a frotarse contra tu vagina, nuestras bocas volvían a devorarse, y la fiebre de tus ganas de hacer bebitos nos llenaba los pulmones por igual.
-Mañana te veo, argentinita chancha… y, no te duches esta noche, así mañana hueles a pis para mí- te dije, tratando de vestirme a las apuradas, con tus huellas en la piel.
¡Mañana, quiero que me la metas, y que me pidas que me haga caca y pis, arriba tuyo! ¡Pero apurate, que, si nos encuentran, se nos pudre todo! ¡Aparte, yo estoy toda cochina!, me decías, poniéndote la pollera, pateando la bombacha sucia debajo de tu cama, y buscando alguna distracción por si a tus padres o hermanos se les daba por entrar sorpresivamente a tu habitación. Entretanto, yo atravesaba la ventana para correr a mi casa, cruzando el patio que une nuestros destinos, prometiéndote regalarte unos pañales para que te ensucies toda, solo ante mis ojos, mientras una vez más te alimento con mi leche apta para argentinas golosas, como tú. Fin

Que rico, lo leí imaginándome a una nena de 11 años mmmm
ResponderEliminar