"Otros ratones": Autochupándonos

 

Escrito por el Griego

 

La primera vez que pasó fue un mero recuerdo culposo familiar. Culposo por cómo nos reímos. 

Mi sobrinito Matías tenía unos 9 años en ese entonces. Había empezado natación pocos meses antes, y estábamos de asadito al lado de la pileta. O sea que, él y sus primos nadaban despreocupadamente. Cuando salió, no se dio cuenta que se le había corrido bastante la malla, y quedó desnudo al lado de la pileta. Y todos, sin excepción, estallamos en una carcajada. Él salió corriendo hecho un mar de lágrimas, chocándose con todo lo que se le cruzara. Tuvo que ir el padre a calmarlo mientras mi hermana nos cagaba a pedos a todos para que paremos de reírnos. 

La segunda vez, y ahora solo hace unas semanas, ya era un pibe de 18 años y yo una mina de 36. Y ver su culo perfecto por casi una década de natación me generó algo desconocido, pero excitante. Yo llevaba una temporada fantaseando con la cola de los chicos. Me gustaba mirar porno gay de pibes jóvenes, o de minas con arneses. Las cogeputos les decía en mi mente. Ponía una toalla, porque yo sería buena bombera mientras cogen, separaba las patitas, ponía la notebook y me mandaba un juguetito mientras miraba, y me auto mamaba. Es que mis tetas son grandes de verdad. puedo tirar un poquito, moldearlas con mis manos como si fueran de plastilina, y chuparme el pezón. Me encanta mirar, aunque sea con un ojo, mientras miro la peli chancha, lamerme y morderme mientras me palpita la conchita. Me encanta delirar viendo como alguna chica, mientras más petisa mejor, le manda pija de goma por la cola a algún tipo, mientras más joven y alto mejor.

Y empecé a obsesionarme con la cola de mi sobri. Es que, desde atrás ese día, Matu se me había parecido una chica. No hacía los ejercicios típicos de mina en el gimnasio, pero qué culo parado que tenía. Me hacía dos o tres pajas todos los días pensando que lo cogía yo a él, con la pija de trola que me había comprado, un arnés de cuero con pito rosado. Y el otro... uno mucho más grande y negro.

A veces no me alcanzaba. A veces me imaginaba que lo hacía delante de otras personas. Al principio, actrices de las películas. Luego... su mamá y sus dos hermanas. Y alguna vez, sí, me imaginé que lo ponía a morfar pija mientras.

En el verano, su familia se fue de vacaciones y él se quedó. Y se quedó en mi casa. ¿Por qué? Nunca me lo explicó. ¿Era casualidad?  Es que, todos sabíamos: el Matu es muy nena, le da miedo quedarse solo. No se cocinaba más que unas salchichas. ¡Y la suya, debía ser deliciosa!

Yo, confieso, tenía la manía a veces de seguir tratándolo como un nene en algunos aspectos. Como en malcriarlo y hacerle todo. Así que le preparé un dormitorio en el fondo, para darle su privacidad, espacio, y un baño propio. Todo lo que un chico de esa edad con un teléfono puede querer.

El primer par de días estuvo todo bien. Fue tan normal como podíamos esperar de la relación entre tía y sobrino. El tercer día, fui a preguntarle si quería helado y, por mera inercia, abrí la puerta y entré. Me quedé de piedra. Matías estaba boca arriba, con las piernas contra la pared y la cola en el aire. El pito, bastante grande, duro. Flexible el guacho... ¡Llegaba a chupársela él solo! ¿Cómo lo había logrado? ¡Esto, me dije, era mejor que todas las fantochadas porno que veía! ¡Qué hermosa visión! Mi Matu gemía y hacía ruiditos de petera mientras se metía la cabeza en la boca para lamerla después, y pajearse el tronco despacito.

-Matu… ¿Qué hacés gordi?... -fue lo único que me salió decirle. Él se volvió de un rojo intenso de la vergüenza al verme, en pelotas, erecto, medio puto supongo y tirado así en la cama. No sé si fue reflejo o piedad, pero me di vuelta y me fui. ¿Cómo pude irrumpir así en la privacidad de mi sobrino? ¡Obvio que, él tenía derecho a hacer lo que quisiera entre sus paredes! ¿Pero, se estaba chupando la verga? ¿Se peteaba solito mi bebé? Entré a mi dormitorio como un rayo. Tenía la concha hecha un río. Ahí nomás me saqué la ropa, me tiré en el piso y me hice una paja mientras me mamaba las gomas. Cuando terminé, no estaba satisfecha. Me cubría un sinfín de posibilidades en las que Matu se atragantaba con pijas de tipos grandes, de guachos maratonistas, de nenes de la villa, de abogados y policías. Me daba tanto placer que, ni siquiera me importaba el eco de mis gemidos en la casa. Y, me hice otra, otra, y una más. Recuerdo que hasta me dolían los dedos de tanto frotarme la concha, dedearme el clítoris, y hasta de culearme toda.

Cuando salí de la pieza, me encontré con que Matu no estaba. Lo busqué en su cuarto, el patio, el baño, y nada. ¿Me habría escuchado pajotearme? ¿Se habría escandalizado por dentro? Volvió a la noche, para la cena y se metió en el dormitorio. ¿Vamos a estar así una semana y media más? me dije. ¡No! Así que fui, y tomé el toro por los cuernos. Le golpeé la puerta. No le quedó otra más que dejarme pasar por la forma en la que insistí. Ni me miraba. Me le senté al lado. Le dije re claro que yo no soy boluda.

-Mati... los pibes de tu edad son pajeros. No voy a esperar que seas menos pajero que tus amigos, como no voy a esperar que seas menos argentino, ¡ni menos pelotudo!, le dije con calma.  Ahí sí me miró.

-Sí, pelotudos somos todos -agregué-. ¿Listo? ¡Tu tía también! ¡Es pelotuda, y pajera!

Volvió a bajar la mirada, avergonzado, como si lo estuviese retando. Siempre fue bastante tímido.

-¿Sabés qué? ¡Te propongo algo! Vamos a quedar a mano -le dije-. ¡Esto no sale de acá! ¡No le voy a contar a nadie lo que vi! ¡Y para que sepas que yo también soy una pelotuda... te cuento que me hago más pajas que vos y me chupo las tetas sola, mientras le prendo mecha a la paja! ¡Sí gordo, me autochupo las gomas! ¿Listo? ¿Podemos dejar de fingir que es el fin del mundo? ¡Además, toy re segura que, que me escuchaste! Digo… me escuchaste gemir, y todo. ¡Bueno, cuando no gemía, era porque me mamaba las gomas! ¡Ya casi no tenemos secretos!

¡Bingo! Me miró confundido. Al pobre Mati no se le había ocurrido que una mina con buenas gomas, podía ser capaz de chupárselas. Se le leía en los movimientos de su cerebro, y en la revoleada de ojos que me dedicó, en cuanto me enderecé para darle todo el panorama de mis tetas, a esa altura de pezones hinchados. Estaban casi desnudas bajo la transparencia de mi bata de noche. Y yo tengo buenas tetas. Estoy un poco pasada de peso, pero no soy gorda. Creo. Al menos, mis amigas me convencieron de eso.

-¡No me mientas, tía! Te mandás cualquiera -Me dijo con petulancia, y bajó la cabeza de nuevo, como restándole importancia a mis habilidades. A esa a altura ya me daban ganas de cagarlo a palos.

-Mirá, bobo, y aprendé!, le susurré.  Me abrí la bata, saqué una teta del corpiño, la escupí y me la chupé un poco. Prácticamente le mostré cómo uno de mis pezones entraba de lleno en mi boca.

-¿Ves? Más respeto con la chancha de tu tía, que vos no sos el único que, se la puede chupar -le dije… y Matías me observó. Y ahí sí que se le paró la chota al guacho. Para colmo, se le veía esplendorosa en ese short de tela liviana que traía… tanto que hasta podía contarle las venas del tronco. Me reí. Y él se puso rojo de nuevo. Y no supe qué hacer. ¿Me había mamado las gomas para consolarlo, para calentarlo, para demostrarle que yo también tenía mi magia, o para después decir "bueno, ya llegamos hasta acá, y dejarlo todo empalado..."? No lo tenía bien claro, ni lo supe después. Ni estoy segura de si me arrepiento o no. Sin embargo, ahí mismo le comí la boca y la apreté el bulto.

-Mostrame -le dije-. Mostrale a la tía como te chupás el pitito solo como un nene grande, mi amor. Dale, que la tía ya te mostró, y alguna que otra cosita, ya vio -Le dije, endulzándole la voz para animarlo. Me empecé a desvestir lentamente, y cuando me quedé con la tanga azul y nada más, al fin, Matías activó su neurona de animal alzado. Se bajó el short, sacó la pija y se inclinó con pausa. Se la sacudió, apretó la base y se pellizcó los huevos. Eso hizo que se le pare aún más. Se la pajeó unos segundos tras mandarse un par de escupidas abundantes, y entonces, empezó a petearse solo. Y yo solita, empecé a mamar mis gomas. Me pajeaba mirándolo. Por momentos me estrujaba la tanga para que se me entierre en el culo, mientras mis dientitos atrapaban y soltaban mis pezones babeados. Nos mirábamos nuestras mutuas pajas perversas, con un gozo en la piel que, poco tenía que ver con la charla que, tal vez había intentado mantener con mi sobrino. Pero, ahora mis ratones correteaban por toda la casa, mientras observaba cómo se cacheteaba la cara con el pito, cómo se lo metía en la boca, lo mamaba, lo cubría de babas, recargaba el ambiente con sus ruiditos al petearse, y hasta gemía como nena. Y luego, cuando ya no lo soportaba más, y advertía que se estaba por acabar, apenas tras unos minutos, le pegué una cachetadita con una mano, luego con una de mis tetas, y me arrodillé. Sin esperar invitaciones de su parte, puse su verga entre mis gomas y le hice una turca repleta de babas, suyas y mías.

-Mirá nene chancho, y mirá bien -le ordené. Él obedeció

-¿Querés llenarme las tetas de leche? - Él asintió.

-Entonces admití que sos un mariconcito chancho. Admití que te gusta tener una pija en la boca, putito goloso -lo humillé, sin saber cuán lejos podía llegar, o estaba dispuesta a hacerlo.

-¡Soy un maricón! ¡Soy un maricón que se petea todo el tiempo! -gritó, mientras me llenaba las tetas de su lechita, agitándose, sudando feromonas, exhalando de sus propios fluidos, y clavándome los dedos en la espalda en el afán por bañarme las tetas todo lo que pudiera.

Lo recosté en la cama y me lamí su semen de las gomas, dándole un poquito más de espectáculo. Tenía miedo que se me inhibiese otra vez, así que le di un pico y lo tomé de la mano. Yo, siempre improvisando, fiel a mi estilo.

-Vení, mi amor. Vamos a bañarnos -le sugerí mientras me incorporaba de la cama, confundida y transpirada… pero feliz. Nos bañamos juntos. Lo besé, abracé y manoseé. Esa cola, por favor, ¡esa cola! Nos secamos mutuamente. Casi no nos hablábamos. No era necesario, ni importante. Noté bastante rápido que le gustaba tocarme las tetas. Pero él no me dejó, en los pocos intentos que le mostré, tocarle el pito. Entonces, al fin, fuimos a cenar. Él se vistió un poco. Yo me quedé con la bombacha nada más. Esta vez, una blanca estilo colaless. Y hablamos. 

-No, tía -dijo-. O sea... no sé si me gusta la pija o nada más me gusta cómo se siente. No sé si me gustan los pibes... pero... tampoco sé bien qué soy... yo no quiero tener tetas, pero quiero un vestido... no sé... no sé qué soy en el fondo. ¿Me entendés? ¿Igual, yo tampoco lo entiendo! -dijo entre molesto y evasivo, porque evitaba mi mirada. En un momento me pareció que, casi se larga a llorar.

-Pelotudo -le dije-. Eso sos: pelotudo. ¿Te calienta la ropita? ¿Un vestidito? ¿Una bombachita? Bueno, boludo, eso sos: un chico que le gusta la ropa de mina. ¿Cuál es? ¡No es grave, ni dramático!

Me miró confundido, pero, quizá, con un poco de paz. Quizá las crisis de identidad se resuelven diciéndole a la persona que es pelotuda y que todos lo somos. Aunque, tampoco es que irradiaba seguridad en mis observaciones.

-Esta noche dormís conmigo -le dije-. En tanga. ¿Te cabe?

él asintió y se puso a lavar los platos. Generalmente, se dormía tipo 4 de la mañana, navegando por internet. Pero en esta ocasión, eran las 10 y ya se quería ir a dormir. “¡Sí, Mati! Estoy segura que no tenés ni una pizca de sueño; que solo es la promesa de mi tanga”, pensaba, mientras en los pasillos de mi mente rodaba su culito dividido con alguna tela suave que huele a mujer. Ya en la oscuridad tenue de mi cuarto, le elegí una bombacha rosada, más chiquita que un culote. Lo tiré en la cama y lo vestí yo misma.

-A ver... da una vueltita para la tía -le dije suavemente. Él hizo caso, ya un poquito más suelto. ¡Qué linda cola, por favor!, pensaba mientras le metía un pico medio baboso.

-Tenés una colita de nena hermosa Mati, terrible cola de nena -le dije al oído-. Te queda divina la bombachita, mi amor. Vení... vení a dormir con la tía

Nos acostamos y le hice cucharita desde atrás, así le tocaba un poco el culo mientras me dormía. Y no dormí mucho, creo que una hora. Y me desperté de patas abiertas, la tanga corrida y la lengüita de mi sobri chupándome la concha. Lo miré en medio de la penumbra que nos envolvía. Pero más bien sentía cada lametazo como un shock de felicidad.

-¿Lo hago bien, tía? ¿Soy buena? ¿Te gusta cómo te choponeo la chocha?, dijo en cuanto me supo despierta. A. ¡Lo dijo con A! ¡Buena!

-Sí, mi amor... chupale la concha a tu tía, ¿si no, ¿cómo vas a aprender a ser una buena putita?, le dije entre gemidos que se me escapaban por los poros de la piel. Me apreté las tetas hasta que me dolieron. La lengua de Matías me frotaba el clítoris y lo chupaba con imperfecciones, pero me hacía arder de celo. A veces lo mordía despacito. Hasta que arqueé la espalda dando un gritito y le acabé en la cara. Empecé a hiperventilar. EL se acercó entre confundido y esperanzado, buscando aprobación tal vez.

-¿Me das un beso, tía?, murmuró al fin. Le metí un chupón tremendo, cargado de fuego y jadeos destrozados, y tuve que activar de inmediato. Me senté como pude en la cama, le agarré las patas y lo hice ponerse en posición de auto chupada de pija. Le corrí la bombachita

-Peteá -le dije-. Peteá, bebita. Chupate el pitito… peteate todo para la tía, que lo tenés re duro… se te va a explotar el pito bebé!

Él, claro, hizo caso. Ni siquiera se lo pensó. Al toque empecé a ver cómo se le calentaba la piel, cómo se babeaba íntegramente, y a escucharlo atragantarse, gemir y saborearse. Me llenaba de morbo verlo así, con la bombacha rozándole el agujerito del culo, contorsionándose para devorarse la verga. al punto tal que me chupé un dedo y se lo mandé por el culo, sin pedirle permiso. Y entonces me enteré que mi sobri tenía sus secretitos, porque le entró súper fácil.

-Ay... qué pasó acá? ¿A la nena también le gusta por la cola? ¿Te metés cositas? ¿O te las meten? ¿Hace cuánto, pajerito?, le gritaba, mientras llegaba más profundo con mis dedos, y con la otra mano lo nalgueaba. Con toda la cara roja, él asintió; aunque aclaró que él mismo se dedeaba el orto. Le mandé otro dedo, y ni se inmutó.

-¿Qué otras cositas te metés?, lo increpé, mientras retiraba un dedo para babeármelo y volver a penetrarlo.

-Lo que encuentre. ¡Cosas de la casa!, me hablaba como le salía, con su glande entre los labios. Yo, entretanto, le pajeaba la cola, ya con tres deditos, y unos groseros lametazos, mordiscos y chupones a su escroto y huevos.

-Entonces todavía no sos una nena auténtica, putita y hambrienta, bebé -le decía, con la boca llena de sus bolas-. No todavía. Ya te vas a ganar el título de hembrita chancha… ¿Sabés cómo? Con pija. Mañana mismo te empiezo a entrenar. ¿Le vas a chupar la pija a la tía, putito?

-Sí... sí... tía, sí... -respondía el guacho, con la bombacha cada vez más empapada de babas, sudor y presemen.

-Mirá que tengo dos, ¿eh? La pija de trola, y mi gran porongón negro. Y esa cola se va a acostumbrar bien. Y si sos buenita... te llevo a comprar ropita linda -lo entusiasmaba, sin dejar de sentir cómo se le estremecían las piernas y el cerebro, llenándolo de chupadas, y de dedos en el culo. y, al parecer, mi propuesta le gustó. El guacho se acabó como si cada músculo le gritara en los huesos. Le salía leche por las comisuras de los labios, al mejor estilo burbujero para chicos.

-Las buenas putas no desperdician ni una gota, ¿Entendido?, le grité, mientras le propinaba flor de chirlo. ¿Qué más iba a hacer el pobre? Se la tragó de un solo sorbo largo y estentóreo. Yo estaba embriagada por el morbo. Llevaba bastante tiempo con hambre de cola de nene. Y, específicamente, de la cola de Mati. Y él me daba eso y más. Así que, para recompensarlo, le comí la boca, una vez que tragó, para sentir el saborcito de su lechita de puto. Me quedé abrazada a él. Y entonces sí, llegó la hora de dormirnos. ¡Había que recuperarnos para el día siguiente!     Fin

¿Continuará?

Comentarios

  1. EL GRIEGO21/3/26

    Hay que sacarle los signos de interrogación. Dudo que exista mucha literatura como esta, diría que hay que continuarlo, ¿verdad? ;)

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