Escrito por Diablito
Si habré pataleado con haber elegido el comu. Me quise cambiar al pedagógico más de una vez. Pero algo me llamaba a quedarme. Claro, no era por más que una calentura de pendeja. Aunque, considero que está bien a esa edad hacer boludeces.
El profe de Teorías de la Comunicación era alto, medía casi 1.80, tenía manos grandes, pies grandes ergo. O sea, todo en él era grande. Sin embargo, las veces que me las ingenié para relojearle el bultito, no parecía enorme, sino, todo lo contrario. Pero, tampoco me importaba. Entendía que, no estaba en situación de exigir. Era rubiecito, ojos celestes, usaba lentes negros de marco fijo, camisas abiertas y por sobre todo, tenía mucha, mucha cara de papá de nenas. Eso me mataba. Me lo imaginaba poniéndole límites, dándoles de comer en la boca, inspeccionando si se habían lavado los dientitos, oliéndolas para saber si se habían bañado, y me derretía. A sus 43 años poseía ya una pancita birrera, y se ponía unos sacos largos oscuritos que invitaban a acurrucarse con él. Sí, cosas que nota una virgen. Virgen en serio. Una que sueña, idealiza, se ratonea y se moja con todo lo que la mente proporciona. Nunca había estado con un pibe. Ni siquiera había dado más que un pico por un reto, y todo eso porque yo no quería. Tenía un cuerpazo de mujer desde chiquita, porque me vino temprano, y mis caderas y muslos anchos sugerían que sería una buena mamá. Los tipos, más grandes que yo, más chicos, del cole, del gimnasio… todos se morían por mí. Pero a mí me gustaban así, papitos, profes, médicos…siempre con imponente figura de autoridad, que me doblen (o tripliquen) la edad y podamos jugar mucho, sin olvidarme que yo ya tenía 20, casi 21.
Lo volví a ver cuándo caí de sorpresa al cole, en ambo, porque después me iba a la facu a cursar terapéutica. Él siempre fue un mimoso empedernido conmigo. Creo que me jodía en el fondo que lo sea con alguna otra alumna. Pero esa vez, después de meses largos sin verme, me abrazó y me alzó de la emoción contenida. Supongo que en la calle a nadie le pareció raro que, aprovechando, le dé un besito re rico bien cerca de los labios, pero aún en el cachete. Sentí su barbita incipiente de recién afeitado, y me encantó. Quería quedarme a vivir en su perfume. ¿Él habrá sentido mi piel blanca, suave como la de una bebé, y habrá sentido cosas también? ¡Seguramente! Así que fuimos caminando hacia su coche que estaba a unas cuadras y, como ya no había tapujos -¿por qué deberíamos tenerlos?-, después de hablar de mis notas de la facultad, nos calentamos, y todo fue muy rápido. Se dio con la naturalidad que al menos yo no imaginaba, o me costaba recrear. Por lo que, preferí dejarme llevar, y ya. Me dijo que siempre notó cómo lo miraba en clase, pero no ofendido, sino curioseando. Supongo que nunca se imaginó gustarle a una pibita, que debería salir con un guacho de 20 como ella, o a lo sumo, de unos años más. Yo le conté que pensaba todo el día en él, que nunca me interesaron los pibes de mi edad, y que me gustan más grandes, protectores, y de vuelta, "más papá". Recuerdo que sonrió como si se hubiese enterado de que iba a ser padre. O al menos, con la felicidad que yo imagino que los hombres reciben semejante noticia.
No fue que terminamos en el telo. Uno que queda cerca de la facu, y siempre llamó mi atención. Me empujó a la cama, así de una, y me pidió que me desnude toda, mientras él miraba nomás. ¡Qué chanchito resultó el profe! Y fue paciente, eh. Se sentó en una silla, con las manos sabias sobre las piernas, y mientras yo quedaba en un conjunto de corpiño y bombachita negro, él se amasaba la pija sobre el pantalón de traje. Algo en mi cabecita inexperta me hacía pensar que ese pito tan duro le dolía, pero no quería tomar la iniciativa, quería que él me enseñe y me domine toda, por puro fetiche de sumisión nada más. Por otro lado, no tenía ni idea cómo encarar la situación. (yo fantaseando con nuestros roles de papá y nena, eso nunca lo olvidaba, lo tenía presente siempre y era la chispa para estar con él).
El profe ayudaba porque tenía esa cara de loco, degenerado y pajero que tuvo siempre, pero cuando se subió encima de mi cuerpo tembloroso, me agarró la cara con las dos manos y me entró a chapar con amor. Claro, él, y yo trataba de llevarle el ritmo, sin saber nada de besos. Ese era un buen momento para decirle, mientras jugaba con los pelitos de su pecho: Soy virgen, profe. Me guardé para vos, ¿viste que te quiero? ¡Te lo decía de verdad eso en el cole!
Le brillaron los ojos de deseo, de fuego. Su pija dio un saltito, aún guardada, contra mi conchita cubierta. Me costó admitirlo porque había escuchado que a los hombres les da miedo estar con vírgenes, y yo pensaba que preferían una petera que sepa hacer todo. Solo una amiga me dijo que, a muchos tipos les vuela la cabeza el olor de las vírgenes, sus temblores, reacciones, tensiones, inexperiencias y titubeos. Nos ven frágiles, rompibles, fáciles de dominar, satisfacer, y hasta educar. Eso quería… que me haga lo que quiera, y como quiera. El profe se bajó la bragueta, desesperado. Me pidió que me baje la bombachita, y recién después de observarme la concha un buen rato, depilada, mojada, y rosada, me dijo: - Ufff, ¡qué conchita de nena tenés!!
Sin darme chance de ahora yo mirar bien su pija, me aplastó un poquito más con su cuerpo grandote sobre la cama, y agarrándola, me la acercó a la entradita. Empujó, ¡todavía con todo el traje puesto! Y solo la puntita me logró entrar. Vi de refilón que estaba circuncidado, y eso me calentó todavía más. Gemí, y sentí que se me humedecían los ojos. ¡Qué cursi pensé!
- Dios, qué estrechita!! ¡¡No voy a durar nada mi cielo!!, me dijo con la voz hecha un gruñido. Lo abracé, lo apreté bien fuerte contra mis tetas a ese machazo complaciente, y ahí, en otro intento de él de que, entre toda, sentí ese pinchacito del que tanto leí en internet. Y ahí sí que me sentí llenita. Su pito era corto pero gordito, movedizo y caliente. Creo que, ideal para una conchita cerradita como la mía.
- ¡¡Profe es re gordita, me encanta!! No importa si es rápido, ¡yo siempre quise que fueras vos!, me escuché gemirle.
- Mirá si te embarazo, nena... Sos tan jovencita, y este cuerpito, debe ser re fértil, bien de mujer... ¿Te gusta eso? Vas a ser la mamá más linda, ¿sabés? Uf, ahí tenés, toda la lechita del profe, chiquita... ¡Diooos, ahí te vaaa! ¡Sentila bebé, toda, nenita virgen!, me decía salpicándome gotitas de saliva. Y luego me abrazó re dulce, más tierno que nunca, mientras sentía eso que las chicas decían no tener comparación. Su pito latía como un corazoncito entre mis paredes vaginales, muy calentito, con cada venita congestionada que me rozaba… y entonces cinco, seis, o tal vez más chorros de lechita espesa, tibia, empezaban a inundarme toda, salía para afuera, llegaban a ensuciar su pantalón gris y hacían burbujas en la superficie de mi conchita. Hasta podía oír el ruidito acuoso de tantos jugos en mi interior. Yo estaba asombrada. No paraba de admirar al tipo que fue el primero en hacerme delirar, gemir, abrir las piernas así, entregarme toda desnuda, y flotar con cada roce de sus dedos. Se dice que como mujer nunca lo olvidás, y algo en lo profundo de mi alma sabía que era una verdad imposible de refutar. Mis pezones estaban duritos, mis tetas hinchadas y, aunque fuera fisiológicamente imposible, pensaba que ahora mis caderas eran más "aptas". Me sentía fértil, más caliente, con ganas de seguir, súper húmeda, sucia, divertida, expuesta, y feliz. Él tampoco me sacaba la mirada, ni se le bajaba la pija.
- Qué pasa, bebita? Querés que papá te dé la mema?, murmuró, una vez que se limpió un poco el sudor de la frente. No lo podía creer. Había pasado de tratarme de mujer, de haberme sentido su novia, ¡a jugar a ser mi viejo y ofrecerme su pito como un chupete! ¡Comparte el mismo morbo que yo! Y sí, supongo que por eso accedió a cogerme, su ex alumna, 22 años menor. Aún así, no sabía cómo continuar. Creo que, por eso él me subió la bombachita, me hizo upa un ratito sobre la cama, y empezó a acariciarme las tetas, a hacerme una especie de provechito, y a explicarme que todo su semen había entrado en mí. Me habló de anticonceptivos y todo ese mambo, que de todos modos no me la bajaba. Me sorprendí cuando me dijo: ¿Qué pasó bebé? ¿Querés hacer pichí que te movés así? ¡Hacete pis, arriba de tu papi, que después yo te cambio! ¡Hacé pis, si andás con ganitas! ¡Eso, al menos hace que la leche salga de tu vulva! ¿Me entendés, mi cielo?
Me sorprendí, y no pude más que dejar que lo poco que había en mi cuerpo me humedezca la bombacha. Él, entonces me la sacó, me dijo que era la cochina preferida del profe, y que siempre quiso que una nena se haga pis en su falda. Luego, me acomodó sobre la cama con cierta brusquedad, y yo, mimosa, y con la carita pegada a su pija, muy resbalosa de mi conchita recién desflorada, de algunas gotitas de sangre, y sabiendo que encima se la había salpicado con mi pichí, chupé esa cabecita de honguito, perfecta, y me animé a ir un poco más hondo, solo cuando me hizo chaschás en la colita, y me dijo: - Te voy a dar chirlos en la cola, hasta que aprendas. Las nenas buenas se toman toda la mamadera, no un poquito. Malcriada del profe...
Eso último me lo dijo tironeándome suave del pelo para que lo mire a los ojos, esos ojos casi viscos y perversos, no sé cómo explicarlo.
- Sí, ¡papá!, Me salió decirle. Él se estremeció de inmediato, y pum, me tiró la segunda lechita, toda en la boquita. La tragué sin ofrecerle resistencia, y luego le mostré la lengüita vacía, a lo que él sonrió como un padre bueno y orgulloso, o como un marido ejemplar, y me sentó a upa una vez más, luego de ponerme otra vez la bombacha, para hacerme provechito y que me quede dormida en sus brazos, con él roncando, aún con su vestimenta formal del laburo. Fin

Terrible el profeeeeee... y la nenaaaaaaa... ¡Me encantó el relatito! Lo re disfruté! Ojalá me haya tocado un profe así! Hermoso! Un beso, de la gorda Nati.
ResponderEliminarYo siempre dije que hay que seguir estudiando hasta que te toque un profe de estos. Jaja. Gracias Nati, me alegra mucho que te haya gustado. Besos!!
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