"Otros ratones": Respirando juntas

 

Escrito por Gehenna

 

Era de noche en la casa de Daniela, una luchadora profesional de la MFC, la principal representante del equipo y, además, mi novia. Ya llevábamos meses cuidando el secreto, sería difícil de llevar que nuestra relación se hiciera pública, además de ser lesbianas, la diferencia de edad de yo 15 y ella 29 no era muy agradable de escuchar y comprometería nuestra carrera deportiva. Al menos, para las mentes de los organizadores.

Entrenamos en el mismo gimnasio. Si bien estamos en categorías distintas, pasábamos casi toda la semana ahí, incluso cuando ya no quedaba nadie. El silencio del lugar, apenas roto por el eco de algún saco que se balanceaba, nos fue acercando más de lo que imaginábamos. Esas noches en que yo decidía quedarme a dormir en el gym, ella aparecía con una excusa cualquiera: que quería estirar un poco más, que necesitaba practicar una técnica… pero en realidad era para hacerme compañía. Y yo lo sabía, lo sentía en la forma en que sus ojos me buscaban en medio de la oscuridad.

Con el tiempo, esas visitas se volvieron inevitables. Entre sudor, risas y confesiones inesperadas a media voz, ahí me contó que le gustaban las nenas como yo, que llevaba mucho tiempo mirándome y que quería algo conmigo.

Ahora la mayoría de las noches me voy a dormir a su casa, pero todavía recuerdo la tensión de aquellas madrugadas en el gimnasio: el colchón improvisado en la sala de tatami, la luz tenue de la lámpara de recepción, y la certeza de que en cualquier momento alguien podría entrar y descubrirnos. Esa mezcla de adrenalina y deseo nos envolvía. Hoy era uno de esos días donde dormía con ella, a excepción de que no íbamos a dormir

- Cansada, mor? - le dije mientras la esperaba en un pijama de satín y me mordía los labios, todo el día viéndola, sudando en top arriba de otras mujeres me tenía ardiendo de rabia y aunque no quisiera confesarlo, también de calentura.

- Intentá no mirarme con tanta hambre en los entrenamientos, no sabés cuanto me ha costado contenerme de ir y comerte la boca -. Me respondió con tono pícaro, reponiéndose del cansancio de los entrenamientos.

Antes de poder decir algo ya la tenía entre mis piernas, agarrándome de la nuca y la cadera mientras me besaba. Su cuerpo era imponente, casi un metro con ochenta de altura, músculos, una cadera ancha envidiable y 106 cm de tetas en las que ahogarse y morir feliz.

- Mañana tengo una pelea importante, necesito relajarme, ¿me ayudás con eso? - Me susurraba al oído casi con su lengua pegada al lóbulo de mi oreja. Parte de su preparación antes de pelear era la noche anterior tener sexo. ¿Y cómo se lo iba a negar?

Sentí como levantaba mi top para meter su cabeza, dejando mis tetas totalmente expuestas a su boca, recorría con su lengua por alrededor de mis pezones hasta acercarse lentamente al centro.

Su tacto era suave pero constante, sabe perfectamente todo lo que me excita y es excelente haciéndolo. Mi respiración agitada y mis jadeos agilizaban sus movimientos e iba dejando mordidas y chupones en el proceso.

- ¡Dale, chupalas más! ¡Ya sentís lo mojadita que me estas dejando? - Le imploraba y le agarraba del pelo mientras me sobaba y lamía.

Mis piernas ya estaban separadas cuando sentí su mano bajando por mi ropa interior y moviéndose por adentro, todo sin dejar de trabajar en mis pechos. Pasaba los dedos por la humedad de mi vulva, frotando mis labios y clítoris ya hinchado y abriéndome para ella. Ya estaba lo suficientemente lubricada para que sus dedos se deslizaran con facilidad en mi interior.

En eso se detiene para quitarse el top y el pantalón, quedando desnuda de la cintura para arriba y con un bóxer femenino abajo, mostrando sus enormes y apretarles tetas. Aprovecho también para quitarme algo de ropa cuando vuelvo a sentir sus manos en mi bombacha, ahora arrancándomela y restregándosela con morbo por la cara para olerla y lamerla.

Mordiendo mi bombacha, me tomó de la cintura y me puso la cara entre sus muslos, estaba empapada en fluidos que quería saborear, le frotaba el clítoris ya endurecido con el pulgar mientras daba lamidas por sus labios desesperándola más y más.

- ¡Ay! Chupame toda nena! - Me decía entre gemidos, espasmos y temblores que hacían que me presionara la cara con los muslos y yo gozaba cada apretón, cada incitación de hundir mi cara contra su vulva me llevaba al paraíso y me deleitaba con su dulce sabor. La aprensión y la adrenalina del momento hacía que se sintiera tan prohibido y exquisito al mismo tiempo.

Mi lengua ya se movía por la entrada de su vagina mientras yo me masturbaba escuchando sus gemidos y exhalaciones profundas. Estaba por acabar en mi boca cuando me detiene y de un movimiento preciso vuelve a ponerme abajo suyo, agarrándome con una mano del cuello, inmovilizándome parcialmente, sus pechos se apretaban y rozaban con los míos que estaban babeados, sus besos me recorrían la clavícula e iba dejando mordidas cada vez con más fuerza, solo podía dar gemidos ahogados cada vez que hundía sus dientes en mi carne.

Mi cuerpo respondía ansioso a cada uno de sus estímulos, en el momento que más quería no me dejaba tocarme, entrelacé mis piernas alrededor de su cadera buscando más de ella, ¡y funcionó! Su vulva se frotaba contra la mía a un ritmo cada vez más acelerado y caliente, sus manos pasaron por debajo de mi espalda y me levantó continuando con la intensidad de los movimientos, hasta que con una sincronización ideada por los dioses del placer alcanzamos el clímax juntas.

Habiendo pasado el orgasmo, era obvio que no iba a dejarme descansar todavía. Era su nena, y estaba ahí para ella, como ella para mi intensidad sexual al borde de quemarme por dentro. Volvió a tirarme en la cama y siguió frotando con su mano, sujetando mis tobillos para evitar mis temblores violentos y mis intentos por quitarme, aunque no le iba a perdonar que se detuviera. Cuando por fin se me pasó la hipersensibilidad post-orgasmo me soltó se tiró al lado mío, me besó y así desnudas nos dormimos.

A la mañana siguiente comenzaron los preparativos para su gran pelea, ganar el título impulsaría su carrera en el mundo del MMA de forma impresionante y traería bastante reconocimiento y una buena compensación económica para el gym.

Llegamos juntas y ella se puso a entrenar. El gimnasio estaba cargado de electricidad, como si cada golpe contra el saco anunciara lo que vendría. Yo la miraba mientras ajustaba sus guantes, y no podía evitar que mi mirada se detuviera en la curva de sus labios y bajara recorriendo cada parte de su cuerpo, en la forma en que mordía apenas la boca con una concentración feroz. Me pregunté si ella sabía que la estaba mirando.

Sentí un calor recorrerme, una mezcla de orgullo y deseo que no podría quedarme así todo el día, necesitaba sentirla de nuevo, mi sed por su cuerpo era incontenible.

Cuando se inclinó para estirar, su cuerpo se tensó como un arco listo para disparar. Yo me acerqué, casi sin pensarlo, y el roce de mi mano en su hombro fue suficiente para que me regalara una mirada rápida, intensa, que me dejó sin aire. Tenía esa habilidad para ponerme nerviosa con pequeños gestos.

El ruido del gimnasio desapareció cuando se puso de pie frente a mí. Estábamos tan cerca que podía escuchar el latido acelerado de su corazón, esperé que nadie nos viera, y me pregunté si era por la pelea o si estaba a punto de hacer algo. Tal vez por ambas cosas. La tensión era insoportable, pero deliciosa: el deseo de besarla y llevármela a donde no nos vieran se mezclaba con la certeza de que esa misma noche estaría luchando por demostrar su potencial y no podía interferir con mi calentura en eso, por mucho que mi cuerpo lo deseara.

- ¡Eli, vení acá, y dejá de desconcentrar a la entrenadora! - Todo ese revuelo de pensamientos y sensaciones fue cortado de golpe y tuve que ir con mi grupo a entrenar, despidiéndome con una mirada cargada de deseo.

El resto de la mañana trascurría con relativa tranquilidad, a excepción de mis pensamientos y la necesidad de mi cuerpo de soltarme. En uno de los descansos fui al baño para acallar el fuego que ardía en mi interior.

No iba mucha gente, por lo que me metí a un cubículo y ahí me quedé relajándome, toda la tensión que se sentía ya me había excitado hasta el borde de lo que mi vagina podía contener. Mis pezones estaban erectos, en cada pellizco que les daba solo se sensibilizaban y endurecían aún más. Me escupí las manos para manosearme. Apretaba y soltaba explorando las sensaciones sumadas a la adrenalina del momento.

Mis dedos ya resbalaban por debajo de mi ropa llegando al deseado y húmedo destino. Acariciaba mis muslos, mi vientre, subiendo y bajando mis manos sin dejar lugares de mi piel sin tocar. Mordía mi remera para ahogar los inevitables gemidos. Rozaba mi clítoris con las yemas de mis dedos y sentía unas cosquillas recorrer todo mi cuerpo. La entrada y salida de mis dedos era cada vez más rápida me dificultaban callar mis gemidos y en algunos momentos, me dejaba llevar de más y pensaba en Dani.

Mantuve el ritmo elevado, quería tomarme el tiempo de disfrutarme, pero tenía que terminar rápido antes de que fuera sospechoso todo el tiempo que me fui, o lo que pudiera tardar. Cuando finalmente mis fluidos explotaron y acabé me puse mi remera con una cantidad notoria de saliva que tendría que limpiar ahora. Acomodé mi ropa y salí.

- ¡Mirá qué nena calentona resultaste! ¿En serio no notaste que estuve acá todo el tiempo? - Me delató Dani, no tenía cara que poner ¿Que haría si fuera otra persona la que me hubiera estado escuchando masturbándome?, no tenía palabras ni cara para ponerle. Intenté balbucear alguna excusa y salir, pero me impidió el paso, me tomó de la cintura y sentí como me susurraba al oído - "invitame para la próxima" “Si necesitás que alguien te baje la bombacha para encontrar un poquito más de placer”-.

Ella salió mientras yo me quedé arreglando mi ropa e intentando recuperar la compostura para que nadie notara todo lo que había pasado, y también hacer algo de tiempo para que no se viera como si saliera junto a Dani del baño. Apenas salí, me llamaron con urgencia, teníamos que salir hacia el estadio para llegar con un buen margen de tiempo a la pelea.

El estadio vibraba con un murmullo constante, un mar de voces que se agitaba cada vez más fuerte, todos sabían lo que valía esta victoria. A pocos minutos de que la llamaran, yo estaba a su lado en la sala de calentamiento. El olor a sudor y a sus hormonas se mezclaba con la adrenalina, y cada golpe que daba contra las manoplas parecía retumbar y vibrar dentro de mí. La veía moverse con precisión, pero también con esa intensidad única en los ojos.

Me acerqué para ajustarle las vendas, aunque sabía que no lo necesitaba. Fue una excusa para rozar sus manos, para sentir su piel caliente bajo la tensión del momento. Ella me miró de reojo, y en ese instante el ruido del estadio desapareció. Solo quedábamos nosotras, atrapadas en un silencio que decía más que cualquier palabra. Su respiración era rápida, la mía también, y por un segundo pensé que, si me inclinaba un poco más, la pelea empezaría antes de entrar al octágono.

El anunciador ya estaba preparando su nombre, y yo sentía que el tiempo se deshacía entre mis dedos. La tensión era insoportable: quería besarla, quería reclamarle por haberse quedado escuchando como me masturbaba, pero también quería verla entrar ahí y demostrar lo que era capaz de hacer. Ella me tomó la mano, fuerte, dominante, mi cuerpo dejó de sentirse mío, tanto secretismo, el estrés de sus entrenamientos y mi celo incontrolable no me dejaban pensar con claridad.

Cuando escuché su nombre retumbar en los parlantes, sentí un escalofrío recorrerme. El público rugía, pero yo solo podía fijarme en ella. Caminaba hacia la jaula con paso firme, todos la alentábamos consumidos por la energía del momento. Me miró de reojo antes de entrar, buscando mi atención, aunque ya la tenía, no podía despegarle la mirada de su pecho subiendo y bajando con agitación intentando calmarse.

La pelea comenzó dura, con su rival presionando desde el primer segundo. Cada golpe que recibía dolía al equipo. Yo la seguía con los ojos, atrapada entre la angustia y la fascinación por la agilidad de su cuerpo. En medio de la tormenta, ella buscaba mi mirada con picardía entre rounds aun en esas circunstancias no se desconectaba.

El tercer round fue un infierno. Ella sangraba un poco en la ceja, pero seguía avanzando y se lamía la sangre tan malditamente sensual que yo quería saltar la valla solo para celarla. Y cuando la campana sonó y lo había logrado, las gradas explotaron, el equipo saltaba de alegría. Había ganado, por fin todo había pasado y ahora solo quedaba festejar.

Con el equipo, fuimos a un bar cercano. El ambiente era eufórico: risas, música alta y botellas de alcohol que ya ni siquiera sabía que eran. Todos la felicitaban, la abrazaban, y yo la miraba desde mi rincón, con una mezcla de orgullo y celos. Cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos, sabía que luego tendríamos nuestro momento.

En un instante de perplejidad, se acercó con dos vasos en la mano y me los tendió. Me extrañó que estuviera tomando, nunca la había visto haciéndolo, pero no iba a darle muchas vueltas tampoco, así que me relajé y nos integramos con el grupo.

En unas horas comenzamos a ver quiénes ya tenían más alcohol que sangre en su cuerpo y de las formas que actuaban, algunos lloraban rememorando exparejas, otros solo decían frases sin sentido, y hasta una de las entrenadoras terminó besándose con uno de los estudiantes nuevos.

La celebración en el bar se había desbordado. Entre brindis y risas, ella perdió la cuenta de los vasos. Yo la miraba con una mezcla de ternura y preocupación, yo conocía mi límite en cuanto a lo que podía tomar al ya estar acostumbrada, algo bastante distinto para Dani. Cuando ya no podía sostenerse del todo, un amigo del equipo nos ofreció llevarnos a su casa. Yo acepté sin dudar, porque lo único que quería era salir de ahí.

El trayecto fue silencioso, apenas interrumpido por sus murmullos confusos y mi mano sujetando la suya para que no se sobrepasara frente a nuestro amigo. Al llegar, la ayudé a entrar, y mientras se dejaba caer en el sofá, la miré con el corazón acelerado. Había algo extraño en verla tan vulnerable que me provocaba como nunca, pero debía controlarme, no quería hacerle nada que no fuéramos a disfrutar juntas.

Me incliné hacia ella, le acomodé el cabello acariciando su mejilla y le susurré con firmeza: ‘No podés excederte así. Te necesito entera, no destrozada por una noche de copas, borrachita.’"

Ella me miró con los ojos entrecerrados de una forma suplicante que no había usado nunca, una sonrisa cansada dibujándose en sus labios. Me incorporé, pero me detuvo.

- No vas a dejarme dormir sola después de todo lo que pasó hoy... - Me decía de forma entrecortada metiéndose una mano por debajo de la remera. Volví a acercarme a besarla, su olor mezclado con el de las bebidas era inefable. Bajé sin calma de sus labios directo a su cuello, y ella ya estaba gimiendo como si fuera su primera vez, estaba confundida, pero me encantaba verla de esa forma tan sumisa.

- ¡No te detengas, seguí nenita… haceme completa tuya! - Me susurraba temblorosa, algo que nunca me esperé. Me acomodé entre sus piernas y recorrí su tórax con besos, lamidas y algunas mordidas suaves que fueron volviéndose más marcadas mientras la excitación de ambas aumentaba. Me detuve en su top, el rico olor de sus tetas que sin importar qué era tan distintivo y lo conocía tan bien.

Le quité el top como pude mientras las escupía y babeaba para dejárselas bien mojaditas, amasárselas, dando pellizcos y apretones que la estaban enloqueciendo, Mi lengua se paseaba por sus pezones hinchados, moviéndose de uno al otro, acompañándose del juego de mis manos que intentaban bajar suavemente a su vientre haciéndole unas pequeñas cosquillitas

Me quité a las apuradas la ropa del entrenamiento, quedando solo con una tanga que no debería haber estado usando, y vendas para mis pechos. Vi a Dani tapándose la cara, estaba sonrojada y sus intentos por disimular no ayudaban, me recliné para continuar los besos y sentí sus uñas marcar mi espalda de forma sutil pero cargada de un deseo indescriptible.

Mis manos bajaron con confianza hacia su cadera, pasé los dedos por encima de la tela empapada de su ropa interior, la cara interna de sus muslos estaba chorreada en sus fluidos. Quité lo poco que le quedaba de ropa, su cuerpo desnudo debajo mío era una exquisita vista que no solía apreciar muy seguido, quería grabarme a fuego cada una de sus curvas, sus respiraciones agitadas y como ante cualquier movimiento sus tetas saltaban y se movían de un lado a otro.

Me dispuse a acariciarle el culo, pensé que me diría que pare, pero me pidió que la pellizcara y nalgueara, y yo cumplí encantada. En su piel blanca se marcaban mis manos en un rojo vivo y el sonido retumbaba fuerte en su sala mezclándose con sus pequeños quejidos de dolor y placer.
Me terminé de desnudar para que quedáramos iguales, sus nalgas ya estaban calientes y en un tono casi carmesí. Mi atención se puso de nuevo en su vulva, separé sus labios para poder apreciar toda su intimidad, con la yema de los dedos daba vueltas alrededor de la entrada de su vagina hasta que finalmente estuvo lista para introducírselos. Su cuerpo respondía más receptivo y abierto, me succionaba con ligereza, con un pedido enfático para que no dejara centímetro sin recorrer.

El espectáculo húmedo que me estaba dando era irresistible, sentía mi boca llenándose de baba que debía verter por todo su cuerpo. Acomodé mi lengua entre sus piernas sin sacar los dedos, lamiendo y sintiendo el sabor de su dulce néctar, acariciaba con la punta de la lengua su clítoris para luego dar lamidas desesperadas, mientras sus jadeos se convertían en gemidos cada vez más agudos, temblorosos, acompañados de su respiración que cada vez se volvía más pesada. Sus muslos apretaban mis cachetes como cada vez que estaba por venirse.

Sus fluidos explotaron en mi boca y no desperdicié ni una sola gota, estaba teniendo uno de los squirts más intensos y yo sentí que de solo verla podría venirme también, verla recibiendo tanto placer y moviéndose por más me fascinaba casi de la misma forma que me encantaba que ella me masturbara a mí. Subí para besarla y taparla con una frazada, así nos dormimos en el sillón.

La luz de la mañana entraba por la ventana, iluminando el desorden de ropa de la sala. Ella se movió lentamente en el sofá, con la cabeza entre las manos, y yo la observaba en silencio. No era común verla así, parecía no terminar de asimilar lo de anoche y la verdad yo tampoco entendí como pasé de enojarme por su descuido con los tragos a terminar devorando sus zonas prohibidas. Por eso, al abrir los ojos y encontrarse conmigo mirándola, bajó la mirada de inmediato, como si la vergüenza y el no tener explicación le pesara.

—No suelo beber… —murmuró, con la voz ronca, volviendo en sí—. No sé qué me pasó anoche, aunque sí lo repetiría estando más consiente. ¿Y vos? -.

Con eso seguimos la charla, entre un desborde de emociones y una anécdota con la que podía burlarme de todo su perfil dominante. Fin.

Comentarios

  1. Anónimo13/3/26

    Diooooos! Qué pedazo de historia! Piñas, relax, sexo, tragos, chupadas de tetas, bombachas en la cara, lujuria y tensión! ¡Te re mil felicito mamasa! Porque, creo que sos una chica. Por acá, la gorda Nati! Herrr-Moooo-Sooooo!

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