Creo que la suma de progesterona y estrógenos alborotados, el calor, el fuego ardiendo en mis pezones gracias a los recuerdos sexuales que me agolpaban la mente, el peso de seis meses de embarazo en mi vientre, y las desatenciones con mi hijo Luciano y su adolescencia poco problemática pero efusiva, me llevaron al callejón sin salida en el que, me vi envuelta. ¡Y todo por subestimarme, o no darle importancia a las intimidades que debían respetarse! Pero, en definitiva, ¿Podría culpar a mi hijo por lo que sucedió? ¿O, culparme por no agarrar las riendas del conflicto a tiempo?
Ese día, luego de haber almorzado a las apuradas una pata de pollo con ensalada con Luciano, hablé con él respecto a su problema de controlarse con el uso de su celular. No parecía prestarme atención. Por momentos le levantaba la voz para que reaccione.
¡Las notas del colegio por el piso! ¡No ordenás tu habitación! ¡No te lavás las zapatillas con barro que andan dando vueltas por el patio hace más de una semana! ¡No me escuchás cuando te hablo, porque te clavás los auriculares! ¡Dejaste de ir a guitarra! ¡Y no parás de jugar, boludear y chatear con pibitas, con esa porquería! ¿Me estás escuchando Luciano? ¡Dejate de joder nene! ¡Yo no puedo con todo! ¡Tu hermanito, encima, cada vez patea más!, le decía sin alterarme demasiado, pero con voz clara y precisa. Entonces, noté que me miraba las tetas. ¿O era mi imaginación? ¡Sí! Seguramente tenía tantas ganas de tener sexo que, aluciné con la posibilidad de que alguien me mire las tetas, descaradamente. Pero, de alguna forma lo había resuelto. Lo dejaría pasar. ¿Qué podría decirle? Después de todo, pudo haber sido sin querer. Además, está en la edad justa de mirar tetas. Un escalofrío delicioso me recorrió la piel, y desde entonces, solo pensé en correr a mi cuarto, desnudarme y masturbarme en soledad, como venía haciendo hacía seis meses. Es que, el papá de mi futuro bebé decidió dejar nuestro último encuentro sexual como “Una aventura desacertada”, y jamás lo volví a ver. En el fondo, no me importaba. Yo no estaba enamorada de él, ni tenía intenciones de atarlo a mi vida con mi bebé. Aunque, también es cierto que me sorprendió enterarme que estaba embarazada. ¡Nunca me había fallado la inyección anticonceptiva! Pero, tampoco tenía mambos con rotularme como mamá soltera.
¡Lu, por favor! ¡Levantá la mesa, por lo menos! ¡Me voy a recostar un ratito! ¡Cuando me levanto, lavo! ¡Prefiero que vos te ocupes de arreglar tu cuarto! ¿Puede ser? ¡Y aprendé a controlar el celular! ¡O te lo estampo contra el piso! ¡Y sabés que yo no amenazo al pedo!, le dije al ratito, levantándome de la mesa, con un desconcierto de sensaciones en el cuerpo. Él se puso a juntar platos y cubiertos, mientras yo me alejaba de la cocina. Aunque, me sentí extraña cuando lo miré por última vez. Es que, un bulto prominente le complicaba los pasos, y se le re marcaba en su short de Nylon. Por dentro pensé: “Mi nene también necesitaba pegarse flor de paja”. Así que, consideré no molestarlo durante la siesta, ni exigirle más de lo que ya le había pedido. Pasé por el baño, ordené un poco los últimos libros que había leído, y me recosté en mi cama. jugué un rato con mi celular al ahorcado, al preguntados, y le seguí la corriente a una amiga que está loca de remate con eso de hacerse vegana. Y entonces, me pareció atisbar unos ojos detrás de la puerta semi abierta de mi pieza, en el momento en que comencé a cambiarme para ponerme a lavar los platos. Ya habían pasado casi dos horas, y no me apetecía seguir acostada. Es que, cuando estás con el bombito hinchado, cualquier postura te parece una mierda. Sin embargo, fantaseé con la idea de que algún hombre invisible me estuviese mirando, y me hice la sexy, mientras revoleaba la bombacha blanca que tenía al suelo para ponerme una tanguita roja de encajes. Luego, me puse un solerito corto con breteles finos y estampado con flores, obviando toda existencia de corpiño, y unas ojotas rosadas. Cuando salí con toda la paja de mi cuarto, me pareció escuchar unos pies descalzos que se apresuraban por algún lugar de la casa. Como si corretearan. Y, cuando llegué a la cocina, descubrí a Luciano con cierta prisa en la mirada, sentado en un sillón, con la vista clavada en la pantalla de su celular. Había olvidado el detalle de cubrir sus partes nobles. O, al menos de no evidenciarme que tenía el pito re parado bajo su short deportivo, y eso, volvía a desencajarme. Lo saludé, y él apenas me balbuceó un suave: ¿Dormiste algo ma?
¡Maso! ¡La verdad, no estoy cómoda ni en la cama! ¡Por suerte, vos sos varón, y no te vas a embarazar! ¡Voy a lavar los platos! ¿Querés algo de tomar? ¿O hacemos unos mates cuando termine?, le pregunté, poniéndome lentamente a la tarea de organizar todo lo sucio para lavarlo. Él optó por lo segundo. Así que, decidí poner algo de música en mi teléfono para lavar con otras vibras, y alejar cualquier estímulo extraño en mi mente. Y a eso me dedicaba con sinceridad… cuando descubro que Luciano pasa por detrás de mí con toda la pachorra, estira un brazo y recoge un vaso que acababa de lavar para servirse agua. No lo había oído aproximarse porque estaba descalzo. La cosa es que, sentí que una cosa dura se apretó en mi nalga, y que luego, se frotó lentamente. Me hice la boluda. ¡No podía estar pensando en lo que pensaba! ¡Es un nene, me repetía! ¡sus pecas, su mirada tierna, su pelo colorado y su piel blanquísima por no ver una gota de sol, le daba hasta menos edad! ¡Pero, lo que había sentido en la cola, no parecía algo digno de un nene! Y, de nuevo, una vez que se terminó el vaso de agua a las apuradas, volvió a dejarlo en la mesada, haciendo exactamente lo mismo. Solo que, esta vez, dio la sensación de querer durar un ratito más pegado a mi espalda.
¿Qué pasa Lu? ¿Andás medio mimoso hoy?, le dije, muerta de vergüenza, pero con una vitalidad que no me cabía en las venas.
¿por qué ma? ¡Es que, bueno, últimamente te hago renegar, y no te pido perdón!, dijo con la voz de un niño temeroso, o tal vez intrigado. Y entonces lo dejé que me abrace la espalda, que me masajee los hombros, me acaricie la panza, y que, mientras decía que podía contar con él para todo lo referido al bebé una vez que nazca, me apoye aquella cosita dura en el culo con mayor tenacidad.
¡Bueno Lu, te agradezco mi amor! ¡Pero, no sé si, si te das cuenta de algo! ¡Me estás clavando algo, hijo!, lancé a la desesperada, creyendo que se apartaría. Al fin, lo hizo porque el escape de una moto ruidosa lo sobresaltó. Y entonces, nuestras verdades quedaron expuestas.
¡Uuuy, perdón ma! ¡Es que, bueno, perdón! ¡Viste que, a esta edad… ¡Ya fue, soy un boludo!, se defendió, retrocediendo unos pasos.
¿Y por qué me pedís perdón, bobo? ¡Es normal Lu! ¡Dejate de hinchar! ¡Imagino que, encima que hace calor, el pitulín se te pone así hasta con el roce del pantalón! ¡Lo único, no apoyes así a una chica, porque, lo puede tomar mal!, le dije entre aturdida y sonriente, lo más natural posible. Él también se rio con ganas.
¡Sí, puede ser! ¡Pero, también le puede gustar! ¡El otro día, la Lurdes me lo dijo! ¡Es una compa de la escuela! ¿Te acordás que te conté de ella? ¡No tiene padres, y vive con su abuela! ¡Es re boca sucia, y le va re para atrás en el cole! ¡Pero, igual, no se me puso así por el roce del pantalón, ni por el calor! ¡Bueno, eso creo!, dijo atropelladamente, como si quisiera zanjar el tema de inmediato. Pero sus pies no se movían. No lo llevaban al sillón, ni lo alejaban de mi cuerpo.
¡Me acuerdo de Lurdes! ¡Tiene una carita de vivaracha tremenda! ¡No me gusta esa chica para vos! ¡Así que, ojito, que no la quiero de nuera!, le dije, y él enseguida puso cara de asco, murmurando un despectivo: ¡A esa, no la toco ni con un lápiz! ¡Esa vez, porque viajábamos re apretados en el bondi, y la re apoyé!
¡Bueno che, no seas así con la pobre chica! ¡por ahí, ella sí gusta de vos!, lo cargoseé, como para que se relaje un poco, y al toque le largué, sin vacilaciones: ¡Y, con lo del pilín, no sé hijo! ¡Si no fue nada de eso, entonces, no mires videos de chicas chanchas! ¡O hacelo, y después, bue, ya sos grandecito! ¡Sabés cómo se arreglan esas cosas! ¡Lo hablamos hace un tiempo! ¿Te acordás?
¡Sí, obvio que me acuerdo! ¡Pero, tampoco fue por los videos! ¡Sé que, está re horrible lo que hice! ¡Pero, na, dejá, ya fue!, empezó a decir, alejándose de a poco con toda la intención de enfrascarse en su celular otra vez.
¡Aaaah, noooo! ¡No me vas a dejar con la intriga nene! ¡Vení acá! ¿Cómo es eso? ¡Ahora, desembuchá! ¡O no te hago milanesas esta noche! ¡Pensaba hacértelas fritas, para que no te quejes con que al horno me salen duras!, le decía, empezando a corretearlo a mi ritmo, teniendo en cuenta mi condición avanzada de preñez, y apoyándole las manos mojadas en la cara. Él se reía, trataba de cubrirse con los brazos, y repetía que no diría ni una palabra. Encima me verdugueaba con que había dejado la canilla abierta, y derrochábamos agua. Hasta que terminó cayéndose en el sillón, y entonces, todo fue confuso, desordenado y con todas las imprecisiones del mundo. Fue en el instante en que intentó no aplastar su celular que una de sus manos torpes me rozó una teta, y al mismo tiempo, yo buscaba lo mismo; y mi mano, sin querer rozó su entrepierna. Él se estremeció y se puso más colorado de lo que tiene su cabello. Yo, temblé por dentro al notar que su short estaba caliente, y su pene, durísimo. Medio como que, nos pedimos perdón al unísono, y nos reímos. Nos miramos largamente, o tal vez unos simples segundos. Y casi que sin proponérmelo me senté a su lado, sin esperar la recompensa que el destino me tenía preparada.
¡Ma, no te enojes por lo que te voy a decir! ¡Pero, el pito se me puso así, porque hice algo que no debí hacer! ¡Igual, al Diego le pasó lo mismo hace unos días! ¡Solo que, no se lo dijo a su madre! ¡Pero, ya fue, te lo tiro así, de una! ¡Pasa que, te vi cuando te cambiabas! ¡No es tu culpa! ¡Justo, yo pasé por tu puerta, y me llamó la atención! ¡Solo eso!, se despachó al fin, no tan seguro como trataba de mostrarse, pero decidido a soltarse.
¿Cómo? ¿Qué hizo ese pendejo? ¿Y, qué decís? ¿Cómo es eso que, me viste, cambiándome? ¿Qué te llamó la atención? ¡Sos un atrevido mi pendejo! ¡Pero, no te confundas nene! ¡Me parece que, a vos, te anda faltando una chica! ¡O, bueno, un lindo rato de tocarte el pilín en la pieza!, le dije, más que sorprendida, pero llena de cosquillas.
¡No ma! ¡Con lo que veo en casa, ya me alcanza!, me dijo con picardía, sacándome la lengua.
¿Qué pavadas decís Luciano? ¡Dejá de tomarme el pelo! ¿Querés? ¡Estoy hecha una vaca, gorda, fea, ojerosa, con las tetas hinchadas, y cada vez más mala onda!, le decía, quizás sintiéndome sexy por primera vez en meses. ¿Qué podía atraerle de mí a este púber inexperto? ¿Otros hombres me mirarán como él por la calle? No tenía nada de atractivo, pensaba. Soy una mujer normal, de ojos marrones claros, de piel blanca, con el pelo rubio ondulado (últimamente descuidado), petiza por decirlo de algún modo, con los pechos cargados de leche, y la cola, las caderas y piernas macizas. Bueno, tal vez era eso… mis tetas. Me había parecido que me las miraba en el almuerzo. ¡Y no me equivocaba del todo!
¡Vos nomás decís esas cosas de vos ma! ¡Y, sí, por ahí tenés razón! ¡Pero, nada, que sepas que estás re perra! ¡Y más con esas tetas!, se reveló entonces, con las manos inquietas, como si les urgiera algo imposible de posponer. Y sin más, le pregunté: ¿Y, cómo era eso de que, me viste?
¡Y, bueno, vi cuando te ponías la tanga, te nalgueabas la cola, y cómo después te ponías el vestido! ¡Ya te salen gotitas de leche ma, de las tetas! ¿Eso te pone de malhumor? ¿Por eso andás sin corpi?, me dijo, como queriendo incrustarse en las profundidades del sillón. Entonces, mi mano que reposaba sobre una de sus piernas, le rozó voluntariamente el pilín, y un gemidito le brotó de los labios. Eso me impulsó a quebrarme por dentro, y por fuera.
¡Sí, ya me sale leche de las tetas! ¡Les pasa a todas las embarazadas! ¿Y vos, querés un poquito? ¡Dale, ahora no seas miedoso! ¡Tocalas, que no muerden!, le dije suavecito, tomándole una de sus manos temblorosas para posarla en mis tetas. Al mismo tiempo, mi otra mano le acariciaba el pito, que le latía debajo del short.
¿En serio, te las toco ma?, preguntó, recordándome que todavía era un guachito vergonzoso.
¡Sí Lu, te estoy dejando! ¡Y, vos, a vos, también ya te sale lechita de acá! ¿No? ¡Creo que, por cómo dejás tus sábanas, le das duro a veces!, le decía, cuando su mano aún no se atrevía a mucho más que acariciarme la teta derecha. Y de pronto mi vestido cedió ante el descalabro de nuestras acciones inmorales. O, más bien a que los breteles estaban agrandadísimos. Entonces, le subí un poquito su remera blanca de algodón, le hice cosquillas en la pancita, y enseguida se la regué con algunos besitos babosos, sin percatarme demasiado que mi mano seguía sobándole el pene, y que su mano continuaba en mi teta, ahora estirándome un poquito el pezón. En un momento dijo, como esperanzado por un milagro: ¡Maaa, tenés leche, posta! ¡Mirá, se me mojó el dedo! ¡Y, a vos, el vestido!
Creo que allí fue que exploté. Le quité la remera, le hice saltar un par de jadeos cuando le rocé la boca con mis dedos, y casi sin tener otra alternativa, le metí la mano adentro del short, con la clara idea de sacarle el pito para afuera.
¡Aaaah, bueno! ¡Mi Luchito no se pus o calzones hoy! ¿Qué pasó hijo? ¿Los ensuciaste todos? ¿Te acabaste en todos los calzoncillos, bebé?, le dije al oído, y él gimoteó con mayor vehemencia. Y fue cuestión de un solo movimiento para que mi teta desnuda se estrelle contra su cara, y mi voz le ronronee al oído, como un puñal afilado: ¡Dale, chupala si querés, que ya me las chupaste bastante cuando eras bebé! ¿No querés tomar la leche de tu mami ahora? ¡Dale, si vos, todavía tomás chocolatada mi amor, como un nene bueno!
Me oí hablarle como una colegiala, mientras sentía que la vulva se me desquiciaba en jugos imposibles de no admitir, cuando al fin sus labios apresaron mi pezón derecho, y lo succionaron.
¡Sos un chancho, que espía cómo se cambia su mami! ¿Por qué no me dijiste que querías teta?, le dije, alucinada y enrojecida de candores imprecisos, al mismo tiempo que me maravillaba con el tacto de su pito endureciéndose en mi mano, calentándose como un fósforo de carne y humedades. Se lo apretujé un poquito, y sus suspiros se acrecentaban al igual que sus chupones a mi teta.
¡A veces ando sin calzoncillo ma, porque, me aprietan mucho cuando, cuando se me para!, balbuceó sin más, justo cuando mi locura empezaba a arrebatarme los sentidos. Entonces, sin soltar su pitulín de machito con ganas, me le puse frente a frente, para que sus ojos y los míos se incrusten en el fragor del deseo, y le dije: ¿Así que se te para mucho esta cosita? ¡Ahora, por mirar a tu mamá cambiándose la bombacha, vas a sacar la lengua! ¿Querés que mami te dé un beso en la boca? ¡Y no pongas esa cara, que ya me baboseaste toda la teta! ¡Mirá! (Mientras entonces se la frotaba por el rostro). De pronto, él sacó la lengua, y mis labios se la deglutieron como a una mariposa de pistilos prohibidos. Era como si toda su piel oliera a semen, a sexo, a perrito alzado, a pis de nene que ya deja los pañales. Su saliva me volvió loca. ¡No podía dejar de comerle la boca, saborear su paladar, de pedirle que me muerda los labios, y de recorrerle todo con mi lengua! A todo esto, seguía pajeándole el pilín. Pero mi nene, no acababa.
¡No acabás, porque ya te pajoteaste! ¿No? ¿Te tocaste viéndome en tanga, asqueroso?, le dije, aplicándole una cachetada sin dolor, pero con un repiqueteo que nos hizo sonreír por igual.
¡Síiii maaa, me re toqué el pito! ¡Me acabé todo! ¡Es que, imaginaba cómo esa tanga se te perdía allá abajo, y bueno, me saltó todo!, confesó, envuelto en nerviosismos, jadeos, nubes de baba y un sudor que no le conocía, a pesar de jurar que sus remeras chivadas eran más que una batalla perdida para mis pulmones. Entonces, le tironeé el short hasta dejarlo desnudo, le sacudí el pilín, y me dijo que estaba re caliente en cuanto le eché tres escupidas abundantes a su glande.
¿Nunca te escupís el pito, o las manos para pajearte vos? ¡Hay otros nenes que, se mean un poquito, y después se la acogotan!, le dije, compartiéndole la información que había visto en ciertos videos porno. Él se sonrió, se mordió los labios, y dejó que su pija se estire un poquito más. Yo, volví a comerle la boca, le convidé otro poco de la suavidad de mis tetas, y cuando le dije al oído: ¿Querés que mami te limpie el pilín, como hacen las perras con sus cachorritos?
Ni siquiera supe cómo pude dispararle semejante cañón de perversidades mal curadas. Pero, reaccioné, y le di una cachetada, haciéndome la ofendida en cuanto me murmuró: ¡Sí, dale ma, peteame la pija, mamame el pito mami!
¿Cómo le hablás así a tu madre? ¡Asqueroso, pervertido, pajero inmundo! ¡Sos un chancho, que anda sin calzones, y apoyándole el pito a su madre!, le grité, como si se hubiese mandado la peor de las travesuras, y el costo por repararla hubiese sido inalcanzable. Y, de golpe, casi sin proponérmelo, ya me estaba pegando con su pilín en la cara, le babeaba el glande y el tronco, se lo rozaba con mis uñas, se lo olía y lamía despacito, sin olvidarme de sus huevitos calientes, y se lo estrujaba. Luciano parecía resguardarse el semen para algo magnánimo, magnífico, impresionante. Casi lo escucho lloriquear cuando atrapé su glande hinchado en mi boca, al decirme: ¡Síii, qué chancha mami, Síii, agarrame el pito con la boca, porfiiii, y chupaloooo!
¿Síiiii? ¿Querés que Mamita se meta tu pilín en la boquita? ¡Si te lo habré visto de chiquito, nene! ¡Te encantaba que te lo tenga cuando hacías pis! ¿Y ahora? ¿Estás loquito? ¿Estás calentito mi bebé? ¡Pero esto, no se lo contás a nadie! ¿Estamos? ¡Nadie tiene que saber que yo, ahora, te la vvoy a mamar toda! ¡Chiquito Asqueroso!, le dije, y acto seguido empecé a darle rienda suelta a lo poco o mucho que supiera de hacerle sexo oral a un hombre. Subía y bajaba mi cabeza con enjundia, sintiendo que su glande rozaba la faz de mi garganta y tocaba mi campanilla. Le eructaba y tosía con dificultades, porque esa mielcita comenzaba a derramarse cada vez más en lo profundo de mi glotis. No tenía muchos pelos en el pubis, pero el calor sofocante de sus genitales no me dejaba respirar. Se lo mordisqueaba despacito, y él se quejaba con un “Aaaay, mamiii, asíii, mordeme el pitoooo”, que me nublaba cada intento por volver a la normalidad. Y al fin, le agarré las manos, mientras no paraba de lamerle la verga, de besuquearle los huevos y de rasguñarle las nalguitas, y le dije: ¡Bajame la tanga nene, ahora! ¡Dale, hacete el gallito ahora, y bajale la bombacha a tu madre!
Él no lo hizo. Supongo que porque, le quedaba algo de dignidad latiendo en algún rincón de su cerebro en llamas. Así que, luego de llevar su glande a mi garganta unas cuantas veces más, me incorporé del suelo, me arrodillé en el sillón, a su lado, le tiré su celular a la alfombra tras rescatarlo de debajo de su cuerpo, y lo agarré del pelo, trayéndolo hasta mi sexo, abriéndole mis piernas, diciéndole: ¡Ahí la tenés, chancho! ¡Por ahí saliste vos! ¡Aunque, claro que, me sacaron la bombacha para que nazcas! ¿Te gusta? ¡No tengo tantos pelitos, porque, bueno, tu mami se depilaba, antes de tener este bombito en la panza! ¿Olela, dale, y tocala! ¡Imagino que no te da cosita! ¡Todas las chicas tienen una así, pendejo!
Lo escuchaba olerme con poco entusiasmo al principio. Pero en cuanto volví a la carga con las sobaditas y escupidas a su pito, no lo dudó, y corrió un poquito mi tanga para observarme la concha. De inmediato un chorro de jugos de mi vulva cayó estruendoso sobre el sillón, y eso debió motivarlo tanto como a mí, porque entonces dijo: ¡Guaaau, qué conchita tiene la chancha de mi mami!
¿Y mi nene? ¡Tiene un hermoso pedazo de verga! ¡Y no me digas chancha, que el que se alza acá, sos vos, alzadito!, le dije al oído, consiente que su respiración se acercaba al orificio de mi vagina. Me corrió otro poquito la tanga, y me tocó la concha con los dedos. Luego, me lamió la panza, y en cuanto quiso apoyar su lengua con cuidado en mi vulva, yo misma le estampé la cabeza contra ella, y le dije: ¡Chupá, nenito asqueroso, que eso también te va a gustar! ¡Uuuuuy, qué pito mi amor, cómo se te pone de duro, y caliente bebéeeeeé!
Pero, apenas pude disfrutar de un par de lametazos inexpertos en mi vulva. Es que, mi cuerpo me pedía acción, guerra, furia, épica, soltura y, apagarnos el fuego de una sola vez. Entonces, casi sin pedirle permiso, me le senté en las piernas, jugueteé un ratito con su glande en la entrada de mi concha, diciéndole: ¡Ahora me la vas a meter acá, por alzarte conmigo, y por alzarme, por calentarme así, pendejo chancho!
¿En serio mami? ¿Te vas a coger a tu hijo? ¿Chancha, asquerosa, putita?, me dijo con ternura, a punto de desintegrarse como un grano de sal en el mar.
¡Sí bebote, te voy a coger, porque vos sos el chancho, el que anda con el pito parado, y los calzones sucios!, le dije, dándole tetazos en la cara, aún con la puntita de su espada en la puerta de mi infierno.
¿Y me vas a dejar que te la largue adentro? ¡Quiero que le chupes la pija a Diego ma, y al Lucas! ¡Quiero verte cogiendo a mis amigos! ¡Y, yo, quiero cogerte con ellos, porque sos una chancha! Me encanta que seas chancha, y re puta mami!, me dijo al fin, con ojos de peligro, a segundos de exclamar como una nena, ya que su pene entró decididamente en mi concha, y un ritmo frenético nos contagió con su carnaval de puro darnos y darnos. No nos veíamos. Solo nos tocábamos, sentíamos, y él me olía las tetas. Yo le comía la boca, y le chupaba las tetillas. También le restregaba mi tanga en la cara, y lo dejaba que me arranque el pelo. También que me pellizque la cola.
¡Cogé bebé, asíiii, metela toda adentro de mami, y largame la lechita, dale, dame lechita, dale la leche a mami, que ella te dio toda su leche! ¿Te gusta? ¿Te calienta esto? ¡Y a esos nenes, también les voy a comer el pilín! ¡Pero, cuando vos estés en casa! ¡Yo, quiero ser tu mami chancha, solo para vos! ¡Aaay, así, dame pija nene!, le gritaba, sintiendo que nuestras uñas se convertían en dagas de un mundo que latía a la par de el nuestro, que ya no nos era tan propio, ni tan habitable. La saliva se nos escapaba de las bocas, lsa palabras se distorsionaban incompletas, y su pija parecía no saciarme la concha del todo. Pero era mi hijo. El morbo de garchármelo, de haber probado su pene, de darle mis tetas y mi vulva a sus labios, de haber llegado a tanto pecado capital, me retorcía de calentura. Él me dijo que me amaba, y me bombeaba un poquito con cada vez menor intensidad. Y de golpe, una ráfaga de histeria, una orda de misiles sin misterios ni ideologías, empezó a sacudirnos por igual. Él, empezaba a gruñir cosas como: ¡Mamiiii, te acaboooo, te la doooy, ahora, así, mi lechita calienteeee!, y yo le comía la boca, le presionaba el cuello, y lo asfixiaba con mi bombacha. Le lengüeteaba toda la cara, y le mordisqueaba el mentón. También le rozaba la nariz con mis pezones, diciéndole: ¡Olé las tetas de mami, que a ella le encantó el olor de tu pito bebé!
Mi clítoris no resistía un segundo más la fricción de sus envestidas, a pesar que era yo la que dominaba el ritmo con mis caderas, sintiendo que el bebé medio que se quejaba por tanto movimiento no del todo reconocido. Era la primera vez que tenía sexo embarazada. ¿Y tenía que ser con mi hijo? Sentía, asimismo, que su semen se disgregaba por todo mi ser, que podía llegar a la cima de mi paladar, y por un momento, me odié por no pedirle que me acabe en la boca. ¡Qué ganas tenía de tragarme toda su leche! y los movimientos, los sismos que nos revelaban como a dos cuerpos desarticulados, apestados de sudor y oliendo al celo del sexo más urgente que había por obrar, comenzaban a devolvernos al living de la casa, a la canción que sonaba en mi teléfono, a la canilla abierta, al ruido de la calle, y a mis punzadas en la panza. Pero ninguno quería hablar primero. No había que romper la magia.
¡Lu, me voy a levantar, así me visto! ¡Si me da frío, después no hay quién me aguante!, le dije, tratando de incorporarme del pegoteo que eran nuestras pieles, y de sus piernas que temblaban por el peso de mi atrevimiento.
¡Bueno ma! ¡Tranqui, que te ayudo! ¡Che, y, la próxima, no seas tan chancha!, me decía, intentando darme envión con sus manos en el culo para que yo pueda pararme al fin.
¡Eeeepaaa! ¡Me parece que, el que no tiene que alzarse con mami, sos vos, chanchón!, le dije, inclinándome un poquito para comerle la boca. Entonces, le vi el pito regado con mis propios jugos, a media asta, y la piel húmeda. Me excitó verlo así. tuve una nueva reacción eléctrica en el clítoris. también me excitó encontrarme con hilos de su lechita goteando por mis muslos. Pero pudieron más mis ganas de hacer pis.
¡Luchi, o sea, esto, tiene que quedar claro mi amor!, empecé a construir lo que podía, hilando con lo que encontrara de razón en mis actos recientes.
¡Ya sé ma! ¡Somos familia! ¡Pero, yo no le voy a decir a nadie que, te vi cambiándote, y que se me para el pito por mi mami, o que me pajeo con mi mami!, me dijo irónicamente, devolviéndome la bombacha.
¡Ni tampoco, que te cogés a tu mami! ¡Ni, que a tu mami le encantó mamarte el pitito!, le dije, dándole un nuevo cachetazo para ubicarlo en su lugar.
Fin
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Me gustó . Tendría que probar con el bebé también jajaja
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