Nunca tuve quejas importantes acerca de Luciano, mi marido. Nos llevábamos súper, y casi siempre estábamos de acuerdo con los gastos, vacaciones y destinos, la educación de nuestro único hijo de 8 años, las remodelaciones que fuimos haciendo en la casa, y con las libertades que nos prodigábamos. Él, siempre fue un dulce conmigo. Atento, romántico, detallista, comprensivo, amigo, consejero, y muy estricto con cuidarnos en las comidas. Hablábamos mucho, nos entendíamos casi al instante, y resolvíamos todo con una sencillez que, a veces me asustaba un poco. Pero, en materia de sexo, yo necesitaba más. No era su culpa. Él me cogía bien, y hacía todo lo que me gustaba. De hecho, a veces me sentía en deuda porque, nunca le agarré muy bien la mano al pete. Él jamás se quejó de mi forma de comerme su pija con la boca, o de hacerle una buena turca. Pero, disfrutaba mucho más de penetrarme. Sucedía que, yo era la que precisaba otra cosa. Quizás, desde que Marina, una de mis amigas, me contó una tarde que había discutido muy mal con su esposo, porque, según él, ella andaba coqueteando con el primo de éste. Me confesó que, después de intentar una reconciliación, de ella exponerle las mil razones por las que nunca le metería los cuernos con él, ni con otro tipo, el flaco la cazó de las mechas, la revoleó en el sillón de la casa, le arrancó la ropa y se la empezó a coger con todo, mientras le chirleaba la cola, le mordisqueaba las tetas y le metía dedos en el culo. Incluso le dejó la pollera hecha un trozo de trapo inservible. Después, se la sentó arriba y se la enterró sin aviso previo en el culo para hacerla gritar de calentura, dolor y placer. Me dijo además que, entretanto, la trataba de puta, de trolita regalada, de calientapija, de bombachita floja, y un montón de cosas más. Agregó que, ella solo podía gritar de celo, llorar, porque él se lo pedía, y aferrarse a sus piernas, por momentos haciéndole daño con sus uñas. No sé por qué, me imaginé entre los brazos de ese espantapájaros que tiene por marido, y a pesar que no es mi tipo, me excité. Al punto que, tuve que apretar las piernas para que el hilo de flujo que me humedecía la calza no me evidencie del todo. Es que, encima, esa tarde no me había puesto bombacha.
Lo cierto es que, algo había cambiado en mí, en mi calor corporal, en la determinación de mis hormonas. También empezaban a excitarme ciertas noticias de acoso, o de violaciones a pendejitas, o cualquier tema relacionado a que el marido le pegaba a la esposa, y después, como forma de recompensa, se la cogía como para demostrarle que era su hembra, y, por tanto, él, el único macho que tenía derecho a penetrarla. Supongo que, un poco por eso fue que se me saltó el fusible aquella tarde. Porque, la verdad, ni siquiera me lo había propuesto. ¿Por qué le haría algo semejante a mi gordo?
Mi hijo Germán pasaba unos días en casa de sus abuelos, y mi esposo no volvería hasta la noche. Del trabajo, se iba directo al ensayo con su banda de rock. Así que, yo andaba por la casa, entre un quehacer y otro, con musiquita en la cocina, y riéndome de los mensajes que nos mandábamos con mis amigas. Entonces, Marina me escribió por privado, que el marido volvió a someterla sexualmente en el taller mecánico que tiene en la casa. Esta vez, fue porque supuestamente ella tenía olor a perfume de hombre en el cuello. A pesar que ella le juró que no había estado con nadie, me contó que al flaco se le puso tan dura la pija que, la obligó a chupársela en la entrada de la casa durante unos minutos, con la puerta de la calle abierta, y sin importarle si alguien los veía; y luego, la llevó de los pelos al taller, mientras la dejaba en corpiño y calzones, para después arrinconarla contra la pared, y matraquearla con todo, mientras le gritaba en el oído que era una turrita calentona. Esta vez, y como estaba en casa, no dudé en frotarme la chuchi sobre el vestido. ¿Por qué me calentaba tanto lo que el pelotudo ese le hacía? ¡Después de todo, Marina la pasaba mal! ¿Realmente era así? Bueno, cuando se lo pregunté, ella me dijo que, le encantaba la situación, porque se sentía deseada, amada, una mujer completa, aunque la humille, la basuree, la trate de forma ruda, o la insulte.
¡No sé Karla! ¡Me calienta que me trate así! ¡Vos, por ahí deberías probar! ¡Hacete la puta con el Lucho! No sé… mostrate escotada, que se te vea la tanga cuando salís a comprar papas, o hacete la come hombres, ¡o provocalo con celitos tontos! ¡La verdad, a mí ni siquiera se me ocurren las cosas! ¡cuando me cela, se pone loquito! ¡Además, me encanta que me cague a palos! ¡O sea, que me cachetee las tetas, la concha, o que me deje la cola toda roja! ¡No seas tonta! ¡Hacelo enojar, y que te someta, te monte como una verdadera perrita, amiga! ¡Te va a volver loca!!, me escribía Marina, mientras un millón de pulsaciones me desbocaban el pecho, imaginándome cada postal que me relataba. No sabía siquiera cómo seguirle la charla. Pero, mi clítoris estaba absolutamente de acuerdo con ella, sus innovaciones y recomendaciones. Sin embargo, y a pesar que me moría de ganas de pajearme toda, preferí castigarme un rato. Lo que me mantenía más alzada que las gatas que andaban por las noches por los techos de mi casa. le corté el mambo a Marina, para ponerme a lavar ropa, regar un poco las plantas y pensar en limpiar las tres bibliotecas que Luciano posee en su estudio. Y así fue que, metí un lavado de ropa blanca, luego preparé mi parlantito con Bluetooth para llevarme al patio, y encendí la canilla, dispuesta a refrescar a mis pobres plantitas. En eso estaba… tarareando temas de la Sole, regando aquí y allá, haciéndome la bailarina, y con el cerebro repleto de zumbidos por lo que habíamos charlado con Marina. Escuché unas voces llamando a Luciano. Me fijé que eran las 5 de la tarde. Era imposible que alguien viniese a buscarlo. Y de inmediato pensé en el pesado de mi vecino. Omar siempre lo requería para que le ayude a pagar cuentas, o le dé una manito con algún trámite. Como a mí me caía como el culo, y di por sentado que era él, seguí con lo mío, y ni salí a recibirlo. Por lo que, seguí regando, arreglando algunas macetas, y colgando alguna ropa que me había quedado por tender en un fuentón.
De repente, ya no era solo una voz la que insistía con Luciano. Eran al menos dos, ¡Y, parecían resonar en el eco de la cocina! Eso, ya me pareció extraño. ¿habrían entrado unos chorros? Rememoraba si le había echado llave a la puerta de calle, y no lo podía recordar. De pronto tuve miedo, y al mismo tiempo, una corazonada poco convincente. Y entonces, me quedé paralizada al verlos.
¡Che, cuñadita! ¿No escuchabas que llamábamos al nabo de mi hermano?, dijo Emilio, el hermano mayor de mi marido, asomando con su cara de buen tipo por la puerta del patio.
¡Y bue, qué querés, si la pobre anda escuchando música al palo! ¡Si por lo menos fuese una cumbita para mover el esqueleto! ¡Pero no! ¡Escucha bachata la loca!, agregó Ulises, un amigo que tenían en común los hermanos, que siempre los seguía para todos lados. No supe cómo moverme, ni qué decirles. Tenía un broche en la boca, un par de medias y un corpiño húmedo en la mano, y una adrenalina tremenda.
¡Perdón chicos! ¡Posta, ni los escuché! ¿Entraron por la puerta?, pregunté, sonriéndoles como una colegiala estúpida.
¡Y, quisimos mandarnos por la ventana! ¡Pero, como encontramos la puerta sin llave, nos pareció que era mejor dejar los vidrios intactos!, bromeó Milo, mirándome con suficiencia, mientras yo no sabía a dónde esconderme. Es que, andaba con unas sandalias comunes, todas mojadas, un vestido corto ajustado al cuerpo, azul oscuro y de tela de Morley, y una tanguita blanca. ¿Por qué corno no me encajé un corpiño por las dudas? Para colmo, toda la parte de abajo del vestido se me pegaba más a la cola por estar mojado de tanto salpicarme con la manguera. Yo me disculpé por no escucharlos llegar, les expliqué que Lucho no llegaría hasta cerca de la medianoche, y les pregunté si querían tomar algo. Milo no podía hablar de tanto que me miroteaba las tetas. Ulises ensombreció al sol con su piel morena a pocos centímetros de mi cuerpo revolucionado, y me dio un beso tímido en la mejilla para saludarme.
¡Che, te agarramos en cualquiera! ¿No? ¡Vos no estás para ponerte a regar plantas! ¡Tenés un cuerpazo, como para ser camarera, o modelo, o no sé, algo en lo que no te quemes tanto la piel! ¿Te ponés bronceador, loquita? ¡Digo, porque los rayos UV están fatales!, recitó de un tirón Ulises, alejándose de mis desatinos enjaulados, por el momento. Milo se rio con ganas, y también me estampó un beso más ruidoso en la otra mejilla. Los dos traían botellitas con agua helada. De hecho, Ulises me apoyó una de ellas en el brazo para sorprenderme.
¡Sí, me pongo bronceador! ¡Pero, la verdad, todo eso del cuerpazo, Naaaah, ni ahí! ¡No me gusta modelar, ni atender a gente que solo piensa en mamarse!, dije, recobrando un poco de mi personalidad. Pero Ulises encendió la llama de la aventura cuando susurró: ¿Y el Lucho sabe que, su mujercita, anda regando sin corpiño por la casa?
¡Hey, no te hagas el boludo, que es mi cuñada chabón! ¡Te prohíbo que le mires las tetas!, le previno Emilio sin demasiados argumentos, porque él también me las miraba. Al fin colgué las medias y el corpiño, terminé de regar unos jazmines que crecían felices bajo la ventana que da al cuarto de nuestro hijo, y volví a mirarlos. Ellos, parecían ocultarme algo, o ser cómplices de una travesura de la que no debía enterarme.
¡Che! ¿Y a qué debo el honor de su interrupción en el patio de mi casa?, les dije, una vez que apagué la canilla y me apoyé en un árbol, cruzando las piernas. Milo terminó de enrollar la manguera, y Ulises me ofreció un trago de su botellita, mientras decía como con aburrimiento: ¡Vinimos a buscar una amoladora, unos pinceles y unos electrodos! ¡El Lucho nos dijo que pasemos en la tarde! ¡Lo único que necesitamos, es la llave del galpón de los cachivaches! ¡El lucho se habrá olvidado de avisarte para que nos esperes! ¡Qué colgado!
¡Y, por lo que veo, acerté en no avisarte! ¡Mirá cómo te encontramos!, dijo Emilio, apareciéndose por detrás para darme un chirlo que, me hizo gemir, involuntariamente. A Ulises se le encendieron los ojos, y Milo murmuró algo como: ¡Aaaah, mirala vos che! ¡Le gusta que le peguen en la colita a mi cuñi! ¿El lucho te la castiga seguido?
Yo estaba acostumbrada a los chistes de Milo. pero siempre los hacía en presencia de Luciano, y jamás ante cualquier otro amigo. Por eso, me confundió al principio que Ulises sea partícipe, o testigo de esas licencias. Quise responderle, pero al toque me dio otra nalgada, y otra más.
¡No, el Lucho no me pega seguido, ni nunca! ¡La verdad, a veces siento que me merezco una buena tunda! ¡Algo así como, chirlitos que vayan de menor a mayor! ¡Creo que no lo hace porque, no me porto mal! ¡Por ahí, tendría que ser una chica mala!, dije, como si mi lengua no tuviera miedo a las represalias de sus actos. Los dos me miraron como analizándome a través de rayos x. Yo me sentía presa de mí misma. Además, poco a poco esos dos ejemplares de hombre me oprimían el pecho, la mente, y todas las fortalezas que pudiera tener como mujer.
¡Faaaa, Mirá si el loco te escuchara decir esas cosas! ¡Ojo nena, porque, nosotros somos nosotros! ¡Pero otro tipo, te mal interpreta ahí nomás, y te va a querer llevar a la cama!, dijo Milo, tal vez leyendo tramos del celo que, seguro se me escapaba por los poros de la piel. Me sentía atrapada en mi cuerpo, con mis 30 años como una flama de necesidades, con los pezones duros, mi tez tan blanca como transparente, la cola rugiente por unos chirlos cargados de desprecio. Evidentemente gemí sin darme cuenta, y enseguida me corregí diciéndoles: ¡Ustedes son los que me mal interpretan chicos! ¡La verdad, no quiero que me lleven a la cama! ¡Puede ser en cualquier lugar! ¡Hasta, apretados en un baño público! ¿O arriba de la mesa!
Observé que a Ulises se le abultaba tremendamente el bulto en su short deportivo de licra, y que no hacía ningún esfuerzo por ocultarlo. De hecho, arqueaba un poco su cuerpo curtido de gym para que no me queden dudas. Hasta, daba la sensación que no llevaba calzoncillo. Me fijé por primera vez en sus ojos café, sus casi dos metros de altura, en las pequeñas entradas que lucía su pelo negro, y en cómo se le marcaban los abdominales, aún debajo de su musculosa gris de algodón, ¡Y empezaba a calentarme como una pava!
¡Che, cuñadita! ¿No te parece que se te van demasiado los ojos? ¡Andás mirando demás, si no me equivoco!, intentó devolverme al mundo terrenal Emilio, aunque, se me acercaba sigiloso, como si en breve me propinase un mordisco, o un zarpazo. Y, entonces, volvió a darme un chirlo en el culo ni bien me separé del árbol, diciéndome: ¡Y encima andás con el vestidito mojado! ¡Te vas a resfriar bebé!
Esas palabras ya me sonaron a viejo verde. ¡Pero contribuyó al fuego de mi vulva endiablada! Y Ulises, terminó de rematarla cuando dijo: ¡Che, algo te picó a vos! ¡No solías estar tan, lanzadita!
¡Y bueno, los tiempos cambian! ¡La verdad, no sé cómo decirlo, sin que suene como el orto! ¡Pero, si quieren, les cuento por qué ando media, bueno, media rara! ¡Ya fue chicos! ¡Somos adultos! ¿Quieren saber por qué ando re calentita? ¡No es con ustedes! ¡Así que, no se emocionen mucho!, dije, casi como si estuviese firmando mi sentencia de muerte. Sabía que no había marcha atrás. Por lo que, empecé a contarles lo que Marina me confió de su relación con su esposo. A veces, gestualizando demás. Es que, no podía evitar rozarme una teta, o abrir las piernas, o entrecerrar los ojos cuando decía alguna palabra chancha.
¡Imagínense mi cara cuando la loca me dijo que, el flaco se la tuneaba contra la pared, y le cacheteaba las lolas! ¡Era como si, el chabón fuese un pulpo! ¡Seguro que, conociéndola, la vaga gemía como para que se entere todo el barrio! ¡Y, aparte, por lo que sé, tiene un pedazo importante! ¡Vieron que, las chicas hablamos de esas cosas!, les dije, sintiéndolos cada vez más cerca de mis palabras.
¡Bueno, sí, las minas hablan de pijas, como nosotros de tetas! ¡Y, con Milo hablamos muchas veces de las tuyas!, dijo Ulises, rozándome el hombro casi desnudo con su botellita.
¡Y, además, vos estás dele mirarle el paquete al Uli! ¿Andás alzada cuñadita?, dijo Milo, que no pudo con su genio, y al toque se quitó su remera de los Ramones. Cuando me trajo hacia él y me acarició la cola, solo escuché que me dijo: ¡No le vamos a decir nada a Lucho! ¡Si te portás bien, y nos dejás que, te cacheteemos las tetitas! ¿Querés bebé?
A partir de allí, los dos empezaron a meterme mano por encima del vestido. Me pellizcaron las piernas, las tetas, la cola, la panza, y, en especial Ulises me olía el cuello. Empezaron a apretarme contra sus cuerpos, quizás cuando ya no pude impedirle a mi mano que haga contacto con lo que había entre las piernas de Uli, ni mi cuñado podía controlar a las suyas, que ya me sobaban las tetas por adentro del corpiño.
¡Uuuy, perdoná Uli, que te toqué el pito, sin querer! ¡Lo tenés, re grande nene!, me escuché decirle con voz de nenita boludona.
¡Uuuuf, qué cosita mi cuñadita, que no le alcanza la plata para comprarse corpiños! ¿Así salís a la calle vos? ¿En lolas? ¿Eeee? ¿Con las tetas bamboleándose en tu vestidito mojado?, me decía Milo, ahora mordisqueándomelas sobre la tela del vestido. Ulises me agarró la mano y me la empezó a fregar a lo largo y ancho de su verga, mientras me decía: ¡Sí nena, la tengo re grande, para que te pongas en la piel de la chancha de tu amiguita! ¡Ando con ganas de culearme a una tetona como vos! ¿Vos te la vas a aguantar? ¿O te vas a mear encima?
Creo que fue allí donde fui más rápida que su pensamiento, y hundí mi mano adentro de su pantalón, ¡Y efectivamente comprobé que andaba sin ropa interior! Le dije algo como: ¡Mmmm, ¡qué chancho el chico fitness, que no se puso ni un bóxer!, y empecé a pajearle el glande gordo y caliente, mientras Milo empezaba a mordisquearme el mentón, la nariz y la boca, diciéndome: ¡Qué rica estás, putona! ¡Y me calienta más que cojas con mi hermano! ¡Sos una pendeja casada, y mal atendida bebota! ¡Mirá cómo se te paran los pezones! ¡Parecés una vaca con las tetas llenas de leche!
Además, me pasaba la lengua por toda la cara, y empezaba a frotarme el bulto en las piernas, mientras a Ulises se le caía del todo el pantalón, ¡Y ahora sí que mis ojos presenciaban la monstruosidad de ese pene desnudo, cargado de venas, viril, grueso y tan potente como la calentura que me obligaba a babearme toda! Ciertamente, Milo no era mi tipo. Delgado, pelo corto y rubio, ojos color miel, una estatura normal, y sin ningún otro atractivo. Pero, que me estuviese diciendo esas cosas, me hacía desearlo tanto como a Ulises. Entonces, cuando se separó de mí para quitarse el pantalón de gabardina con bolsillos a los costados, y revolear sus zapatillas negras, vi que tenía la verga a punto de explotarle el bóxer de algodón que llevaba. Ahora los dos se me hacían peligrosos, y no sabía cómo detenerlos.
¡Mirá loco, vení, que a Esta la tenemos que poner en su lugar!, dijo mi cuñado, mientras me cazaba de la parte baja del vestido, y me lo subía.
¡Fuaaa, mirá la tanguita que se calzó la guacha!, murmuró Ulises, que se acercaba para nalguearme la cola, para tironearme la bombacha, y olerme el cuello, incluyendo algunas lamidas deshonestas.
¿Sí? ¿Me van a poner en mi lugar? ¿Me van a cagar a palos también?, dije, dándoles más valor del que ya tenían. Allí fue que me empezaron a nalguear con todo, a morder las tetas, la cola, y a pedirme que les chupe los dedos, como si fuesen pijas. Además, ya me clavaban dedos en el culo sobre el vestido, y me refregaban sus vergas por todos lados. Me dieron algunas patadas, me pisaron los pies, me pellizcaron lo que quisieron, y me lamieron desde las manos hasta los hombros. También me dieron bultazos en el culo, y eso, yo sentía que detonaba en los disparos de flujo que emergían de mi vulva. Tanto que, temía haberme meado encima.
¡Dale guacha, ponete a cuatro patas en el suelo! ¡Ya! ¡Y hacé caso, porque te va a ir peor que a tu amiguita! ¡Cómo le gusta que la bombeen fuerte! ¿No?, decía Milo, luego de haberme hecho una zancadilla para que me caiga estrepitosamente al suelo. Ni bien me puse como me pidieron, Milo me agarró del pelo y me llevó gateando hasta donde Ulises se había sentado. Me agarró de las sienes y me refregó toda la cara por la pija de su amigo, mientras me decía: ¡Dale guacha, dale que se la vas a chupar toda! ¡Atragantate de verga Karlita! ¡Dale, que te encanta petear! ¿No? ¿Te gusta mucho hacer petes bebé? ¡Llenate la boquita de pito, dale!
Una vez que todo mi rostro estuvo empañado por el sudor de la intimidad de Ulises, Milo me empezó a pegar en el culo con alguna de los ojotes de su amigo, mientras mi boca empezaba a lamer, saborear y succionar ese ejemplar de pija. no me entraba ni la mitad. Pero Ulises me presionaba la cabeza, y mi garganta se colmaba de babas, gargarismos, toses rotas por mi propia glotonería, y de sus propios vellos.
¡Comé chiquita, así, dale, abrí la boquita, que te entre toda la mema bebé! ¡No sabés cómo me la puso tu olor a puta! ¡Las minas que tienen ganas de coger, andan con olor a putita en las tetas!, decía Ulises, cuando yo sentía que no tenía más espacio en mi paladar, o cuando me pedía que le chupetee el escroto y le pajee la verga para después volver a incrustarla con todo en mi garganta, cada vez más profunda. Milo, entretanto, me mordía la cola, me olía el culo, me castigaba las nalgas con más ojotazos y chirlos, y me rompía el vestido después de tanto tironearlo. También me enterraba la bombacha en todos mis pliegues, y me rozaba la vagina con un dedo, diciéndome: ¡Parece que te hubieses meado! ¡Son todas iguales ustedes! ¡Se alzan, y se mojan, se mean, y se abren como para diez mil pijas!
Y entonces, Ulises le dio la primera cachetada a mi teta derecha. Luego llegó otra, y otra más, y muchas al mismo tiempo, mientras mi boca no podía abandonar las succiones que le estrujaban la verga. Me emputecía demasiado que me dijera: ¡Así bebé, te cacheteo las tetas, porque son malas! ¡Son muy malas estas tetas! ¿Sabés por qué? ¡Porque les paran la verga a los tipos! ¡Porque huelen a puta, a tetas de una puta!
Ahí fue cuando empecé a darme cuenta que las lágrimas me brotaban solas, que me ahogaba de pija, y que no podía hacer más que mamar, chupar y petear, soportando las cachetadas a mis tetas, y las retorcidas de pezones que me regalaba Ulises. Milo, por su parte, empezaba a frotarme el clítoris, a dedearme el culo, a seguir con sus chirlos, y a escupirme la espalda. Él también me gritaba cosas, y me prometía clavármela sin anestesia en el culo. y, de pronto sentí que mis rodillas se separaban del césped, y que las manos de mi cuñado se apropiaban de mi tanguita. Ahora sí que estaba desprotegida.
¡Mirá Uli, la bombachita de la nena! ¡Cacheteale bien las teas, y la carita! ¡Dale, que llore la bebé, y se atragante! ¡Que te escupa y vomite la pija si quiere!, dijo mi cuñado, que le obsequiaba mi tanga su amigo, y mientras me sostenía de las piernas a la altura de su cintura, comenzaba a juntar su pija bien parada a la entrada de mi concha. No dudó en meterla, en bombearme rapidito, y en seguir con sus chirlos, mientras Ulises me llenaba la boca con su carne, me estrangulaba la nariz y me metía trocitos de mi bombacha en las fosas nasales.
¿Te gusta así, ramera? ¿Te calienta que te demos pija por la boca y por la conchita? ¡La tenés re caliente, y apretadita mi gorda! ¡Comeme la verga con esa zorra de putita infiel! ¿Metele los cuernos a mi hermano bebé, asíiii, y eructá! ¡Quiero escuchar cómo llorás, cómo eructás, chancha, y cómo pedís más pija! ¡Pedí pija bebé! ¡Dale, pedinos más pija, asquerosa! ¡Te vamos a cagar bien a palos! ¿Eso querés, pedazo de putona?, decía Milo, haciéndome sentir los envistes de su verga en el tope de mi canal, me nalgueaba cada vez más fuerte, y me clavaba sus dedos por cualquier rincón de mi cuerpo agradecido. Yo, de hecho, empecé a lloriquear, a babearme como una pordiosera, y a llenarme de los líquidos preseminales de Ulises, que seguía taladrándome la garganta, y me pedía que le eructase en la pija. por momentos, me la sacaba de la boca para cogerme las fosas nasales, para pedirme que se la escupa, o solicitarme que se la pajee con fuerza mientras me colmaba los labios y el paladar con sus huevos grandes. Los dos jadeaban como si se fueran a destornillar, entre ahogados de un sufrimiento que les pesaba, y un goce que los hacía calentarme más y más. Hasta que Milo, tal vez cansado de sostener el peso de mis piernas, las dejó caer al suelo con estrépito, y entre los dos me levantaron de sopetón. No sabía qué me depararía el destino; hasta que Ulises acercó el fuentón que antes estaba repleto de ropa húmeda para colgar, le dio vuelta, y me pidió con una nalgada y una mordida en la oreja que me suba, que me escupa las tetas y me las manosee mientras lo hacía.
¡Así, agarrala bien, que yo el lustro la carita con la chota! ¿Te gusta Karlita? ¿Así se lo hacía el gordo a tu amiguita? ¿Vos querés ser como ella? ¡Dale, quiero ver cómo llorás, asíii, como una maricona, una nena que llora porque le miente al marido!, decía Ulises, mientras me friccionaba la verga y los huevos por la cara, me la encajaba de prepo para que se la chupe luego de cogerme unos segundos la garganta, y me daba cachetadas en las mejillas cuando su pija estaba hinchándose aún más en la soberanía de mi fuego bucal. Milo, entretanto me sostenía, y me abría las piernas para frotarme la chota en la cola, y para colocar cada vez más astutamente su glande entre mis nalgas. Además, me amasijaba el culo y las tetas como si quisiera formar otras figuras con mi carne.
¡Ahora sí que vas a llorar, guachita! ¡A todas les encanta cuando les llenan la cola o la concha de pija!, dijo Emilio, y un dolor agudo me recorrió cada partícula de los huesos, en especial la columna, al notar que su pija había entrado como un petardo en mi culo. se me escaparon algunos pedos, y eso los motivó a apretujarme más, a frotarme más, y a Ulises, a juntar su verga a mis tetas como haciendo chispas con piedras milenarias. Grité, los puteé, los mandé al carajo, y traté de hacerles algo con mis manos libres, aunque torpes. Cuando logré rasguñarle la cara a Ulises, éste me arrancó el pelo, me escupió las tetas, y me dijo que la próxima vez no sería tan contemplativo.
Y casi sin tener nociones verdaderas de cómo llegué a mi nuevo cuadro, de repente me vi caminando hacia el banco, sin voluntades ni esfuerzos, con la pija de Milo incrustada en el culo, y la boca de Ulises devorándome las tetas, mientras mi mano no paraba de pajearle la chota. Si dejaba de hacerlo, me pellizcaba rudamente, o me ligaba un cachetazo. Yo les suplicaba, lloraba, exageraba un poco mis dolores corrientes, me humedecía por dentro y por fuera, y pensaba en la carita de Luciano, mirándome desde algún hueco de la casa. Eso me excitaba todavía más.
¡Vamos nena, ahora sí llename la pija de pedos! ¿La sentís bebé? ¿Te gusta así de dura? ¿Qué apretadito culo tenés yegua! ¡Me encanta cómo me deglutís la chota con el culo! ¡Sos una turrita, una hija de puta!, me decía Emilio, haciéndome sentir un millón de sensaciones al penetrarme más, columpiándome sobre sus mismos ensartes, y manoseándome las tetas. Entretanto, Ulises empezaba a cachetearme la concha con las manos y la pija. recuerdo que me dolía un poco cuando me castigaba con ella, porque la tenía moooy dura y pesada. Pero no tardó mucho en cachetearme las tetas, cada vez que Milo las soltaba para culearme con mayor profundidad, ni en frotarme la verga por las piernas, como un perrito alzado.
¡Llorá bebé, dale, que queremos que seas nuestra bebita llorona! ¿Te duele la zorra? ¿Eee? ¿O te duele más el culo? ¡Así guachita, saltame bien en la verga, y cométela toda! ¡Me encanta culear a las hembras de mi hermano! ¡Creo que él no lo sabe! ¡Pero de pendejo, me fileteé a todas sus mocosas!, decía Milo, haciéndome saltar con denuedo, golpeando mi culo con su pubis gravemente, y acertando cada vez mejor en el centro de mi agujero (Porque a veces se le salía, y cuando me la metía me hacía delirar de placer).
¿Sí? ¿Te cogías a sus hembritas? ¿Te acostabas con sus novias? ¡Sos un hijo de puta! ¡Y ahora, me cogés a mí, a tu cuñadita! ¡Aaaay, culeame asíiii, forro, llename el orto de chota, y pellizcame, ahorcame si querés, basura!, le grité a Milo, antes que el asesino de mis intestinos atrape a las voluntades de mi rostro para morderme la boca y meterme su lengua hasta el abismo de mi inconsciente. Ulises, seguía dándome pija y cachetadas en la concha, me rasguñaba las piernas, y me moreteaba las tetas con sus sobadas violentas. Hasta que, al fin, justo cuando Milo y yo nos tranzábamos con ferocidad, me abrió bien las piernas con las suyas, y calzó su instrumento en el fondo de mi concha, con tanta vehemencia que casi nos hace caer del banco. Ahí sí que grité, que nos golpeamos las narices con Milo, y solté una catarata de lágrimas inaudita. Es que, esa pija en mi concha vibraba y se ensanchaba como un cachorro dispuesto a salir de las fauces vaginales de su madre. Me penetraba con crudeza, seguía aferrado a mis tetas, para cachetearlas o amasarlas, o escupirlas, y me levantaba las gambas del suelo para hacer aún más encarnizados aquellos ensartes.
¡Diooos, cómo le gusta el pito a mi cuñadita! ¡Te estás comiendo dos vergotas, nena! ¡Una en el culito, y la otra por la conchita! ¡Mirá si el Lucho te viera, toda chuponeada, manoseada, llena de pija!, me decía Milo, resistiendo estoicamente los sentones de mi pija, a pesar que Ulises me la clavaba con todo, haciéndome sentir que en cualquier momento podría desmayarme.
¡Síiii bebé, así te reviento la concha, te lleno de guasca nena, te voy a preñar, porque me la pusiste re dura desde que llegué! ¡Me encantó verte en tetas, y con esa tanguita en el orto, bebota chancha!, me decía Ulises, haciéndome doler las piernas, y en algunos instantes por lo fuerte que me las mantenía abiertas y separadas lejos del suelo, quedándose quieto con mi cuerpo suspendido en el aire. De esa forma, Milo aprovechaba ese instante para culearme. Luego, hacían al revés. Milo me aferraba a su cuerpo para que sienta su pija latiendo en mi culo, para que Ulises me bombee a gusto y placer, sin olvidarse de darle cachetadas a mis tetas. Y entonces, entre los dos empezaron a elucubrar el fin de mi desdichada tarde (Sólo por decirlo así).
¡Che, boludo! ¡Yo no voy a durar mucho más! ¡Me tiene re alzado esta guacha!, dijo Ulises, ahora con una de mis tetas siendo sorbeteada por sus labios grandes.
¡Si querés, se la largamos al mismo tiempo! ¡Total, a ella le va a hacer bien! ¡Si le encanta la lechita! ¿No bebé?, decía Milo, apretándome más contra su pecho.
¡Dale, se la damos a la una, a las dos, y, a, laaaaaas, tres!, dijeron luego, apretujándome entre sus cuerpos sudados, vibrantes, cargados de alaridos y espasmos, como si mis huesos fuesen de gelatina. Entonces, casi que, al mismo tiempo, un torbellino de leche caliente empezó a quemarme el culo, mientras el glande de Milo se transformaba en la cabeza de un niño desquiciado en las paredes oscuras de mis intestinos. Ulises, parecía que me hacía pis adentro de la concha por la cantidad de semen que empezó a largar, mientras su verga se rozaba con mi clítoris, logrando que los gritos de mi orgasmo se inscriban en el cielo nuboso de la tarde. Parecía una manguera seminal que, además, no tenía ni media gana de volver a su estado original. Al punto que, Milo se levantó del peso de mi cuerpo agradecido como pudo, se puso en pie con ciertas limitaciones, y se puso el pantalón, mientras Ulises, aún con su pija adentro de mi vagina, seguía expulsando leche y más leche en su interior. Hasta que, luego de un último arresto de generosidad, me la sacó de la concha para ofrecérsela a mi boca. Ahí probé por primera vez el sabor de mi intimidad, y algunas gotas de semen que, todavía pugnaban por nutrir mi paladar. Además, mientras yo lo peteaba totalmente desencajada, el guacho seguía cacheteándome las tetas y la cara. Luego, una vez que la sensibilidad de su glande retrocedió ante mis lametazos, fue el turno de Milo. se la chupé un ratito, le lamí los huevos, y lo dejé que le propine un par de cachetadas a mi conchita empapada de leche. todo aquello había sido en el más absoluto de los silencios. ¿Acaso ahora la culpa nos quería envolver con sus miserables dedos acusatorios? ¿Qué más nos daba? Ninguno le iba a contar nada al Lucho. Nadie quería dejar de tener la vida ordenada, armoniosa y pacífica que tenía.
¡Karla, cuchame, acá, n pasó nada! ¿Estamos?, dijo Emilio, prácticamente vestido, mientras yo aún no era capaz de ponerme siquiera la bombacha. Temblaba, me tiritaba la piel, se me erizaban los pezones, y me urgían unas terribles ganas de hacer pis. Pero no podía levantarme siquiera.
¡La verdad, a mí por lo menos, me encantaría volver a cogerte nena! ¡Es una divinura esa concha! ¡Y esas tetas! ¡Aunque, creo que, por el culo, no te la vas a bancar!, dijo Ulises, intentando ponerse la musculosa, sin dejar de mirarme las tetas desnudas. Creo que, la tentación de risa que me dio su comentario fue la responsable de que al fin me hiciera pis encima, y entonces, los tres nos empezamos a reír con ganas, mientras, quizás en nuestras mentes confidenciales, buscábamos la forma de volver a repetir una tarde como esta.
¡Che, si Lucho ensaya seguido, para nosotros mejor! ¿No? ¡Lo único, tenemos que ir a ver a su banda! ¡Para que no sospeche!, dijo Emilio, segundos antes de desaparecer por la puerta de mi casa, junto con el risueño de Ulises, que no se prohibió de comerme la boca con un dedo enterrándose en los labios de mi vagina. Entonces, fui consciente de mi estado. estaba desnuda debajo de mi vestido, oliendo a sexo, a semen, a pis, a transpiración, y a culpa. Me dolía cada pellizco, moretón, rasguño, envestida, cachetada, y hasta el resabio de las palabras sucias que me decían. Además, tenía un labio mordido. ¡Definitivamente, esta noche debía pasarla en casa de una amiga! Al menos, hasta invisibilizar los daños frente a mi marido.
Fin
Recordá que este, o cualquier otro relato del blog, podés pedírmelo en audiorelato, a un costo más que interesante. Consultame precios y modalidades por mail.
Este es mi correo ambarzul28@gmail.com si quisieras sugerirme o contarme tus fantasías te leeré! gracias!
Acompañame con tu colaboración!! así podré seguir haciendo lo que más amo hacer!!
→ Cafecito nacional de Ambarzul para mis lectores nacionales 😉
→ Ko-fi mundial de Ambarzul para mis lectores mundiales 😊
Te podes enterar a través de X de todo lo nuevo que va saliendo! 🠞 X
Comentarios
Publicar un comentario