Ese día hacía un calor de perros. Era un sábado común de verano, en el que yo había ido a visitar a mi vieja, ya que hacía por lo menos un año que vivía en lo de mis abuelos. Todo bien con ella. Y con mis hermanos, la mejor. Solo que, me quedaba más cerca el laburo desde allá, y aparte, salía con una pibita de por aquellos lados. Mi vieja preparó unas milanesas, y después de huevear un rato con mis hermanos menores (Nicolás de 18 y Ciro de 15) me fui a comprar cigarrillos. Mi vieja me encargó unas cervezas para festejar que estábamos todos juntos, y sugirió la idea de meternos en su pieza a mirar una peli, como en los viejos tiempos. En parte, porque su pieza era la única que tenía aire acondicionado, y no había ventiladores para el resto de la casa. Además, porque a la loca le dio mansa paja, y quería echarse a darle al Netflix, porque estaba re enganchada con un drama coreano. La cosa es que, cuando volví, ya habían levantado la mesa, guardado lo que sobró, y hasta barrido el piso. Ni yo me había dado cuenta que había tardado tanto. Es que, había cola en el kiosco, y encima me puse a pelotudear con el celu. Llamé a mi vieja, y a los pendejos desde el comedor.
¡Tamo en la pieza Iván! ¡Guardá las birras, y traé los puchos! ¡O mejor, traé todo, que tenemos sed!, dijo la voz de mi vieja, amortiguada por la puerta cerrada de su pieza. Entonces, me mandé para ahí, le di los puchos a mi vieja, abrí un par de latas de birra para repartir, y me quedé una yo. Me senté en un silloncito que había cerca de la cama (Porque mi vieja se había sentado en el centro con los ojos fijos en la pantalla, Nicolás a los pies, y Ciro a la derecha de mi vieja para robarle algún pucho) y me puse a charlar de boludeces con mis hermanos. Nico quería comprarse una moto, pero su padre no estaba ni ahí con eso. A Ciro le iba como el culo en el colegio, pero no quería ir a maestras particulares de nada. Después, Nico dijo que últimamente le pintaba más tomar vino que cerveza, y luego mi vieja nos pidió que hablemos más bajo. No sé para qué, si leía el subtítulo.
¡No hagas eso, cochino!, le dijo luego a Nicolás cuando eructó al terminarse la latita de birra. Entonces, vi que cuando Nico se dirigió a ella, le re contra miró las tetas. Y no se lo podía reprochar. Nuestra madre tenía unas tetas tremendas que le asomaban por arriba de su bikini triangular amarilla. Estaba descalza en la cama, atesorando el control para que no se lo choreemos, con un short de jean desflecado encima, el pelo castaño oscuro recogido en un rodete con hebillita de mariposas, y re concentrada. Estaba bastante bien para pisar los 42 años. Rellenita, piernuda, caderona, de poca cola pero, como dije, con terrible delantera, piel trigueña y unos ojazos negros de ensueño.
¡Dale ma, no seas ploma! ¡Miremos algún fulbito! ¡Creo que juega el PSG en un toque!, dijo Nico por enésima vez, poniendo a prueba el humor de mi vieja.
¿Por qué mejor no miran otra cosa? ¡Siempre fútbol, fútbol y más fútbol! ¿Es lo único que tienen en la cabeza? ¡Antes mirábamos películas de animalitos, o de las galaxias, o de acción! ¿Se acuerdan?, nos decía, mientras yo veía que Ciro trataba de acomodarse el ganso, también mirándole las tetas a mi vieja. Aunque él las tenía más cerca.
¡Sí ma, pero, ya fue eso! ¡Ya crecimos! ¡A lo sumo, podemos ver pelis de minas en bolas!, dijo Nicolás, abriendo otra lata de birra. La última que nos quedaba.
¡Che, compartí esa lata, pendejo! ¡Después te toca a vos ir a comprar! ¡No te hagas el choto!, le dijo mi vieja al Nico, que se acercó para que ella se hidrate un toque, y ella se la pasó a Ciro, que seguía embobado a su lado. Entonces, advertí que Nico le rozó una teta y que ella no le dijo nada. Y, además, que Ciro tenía una mano prácticamente adentro de su pantalón náutico celeste.
¡Hey, zanguango! ¡Sacate la mano de ahí! ¡O mandate a la pieza si te querés acogotar la gallina!, le dije al pendex, que se asustó un poco… pero no retiró la mano de allí.
¡Dejalo Iván! ¡Sabés cómo son los varones a su edad! ¡Están en la edad del pavo, y de apretarse el pomito a cada rato! ¿O vos no te acordás que también lo hacías?, dijo mi madre, mientras se prendía otro cigarrillo. Algo no me cerraba del todo. Sabía que mi madre era bastante permisiva, directa en su lenguaje, y curtida por tener tres hijos varones (Los tres de distintos padres, y con esos tres hombres lejos de nuestras vidas). Pero: ¿Por qué permitía que Ciro se manosee la tripa delante de ella, y de nosotros? ¿Y, por qué no le decía nada a Nicolás, que le comía las tetas con los ojos?
¡Che ma, igual, yo era un poco más respetuoso que estos bandidos! ¡Eso no me lo podés negar!, dije, como para ganar tiempo y aclarar mis ideas, si es que lo lograba.
¡No digas pavadas hijo, que tus sábanas eran el mismo enchastre que las de estos dos! ¡Se la pasan haciéndole el amor a sus manos!, dijo Ale, como siempre le decían estos dos a mi madre, y se rio escandalosamente, antes de ahogarse con una pitada de su cigarrillo berreta (Porque no estaba dispuesta a gastar por buenos puchos).
¡Gato, pasa que, mirá las tetas que tiene!, me tiró el Nico, justo cuando mi vieja volvía a prestarle atención a los coreanitos. Yo se las miré, y luego examiné a mi hermano como si estuviese gravemente enfermo. Sin embargo, no tenía razones para negarle el hecho de que con esas tetas podía amamantar a todos los pendejitos del barrio.
¡Aparte, hijo, vos estarás bien, porque salís con esa morochita infernal! ¿Lucía se llamaba? ¡Pero estos, están alzados, y no le hacen a ninguna chica! ¡Al menos, acá no trajeron a ninguna todavía!, dijo mi vieja, sin contexto en la charla, pero acertando al punto de una fiebre que empezaba a apoderarse del cuarto.
¡Sí ma, Lucía se llama, porque no se murió! ¡Pero, escuchá lo que dice este tarado! ¿No te da pudor que hable de tus gomas, así nomás?, dije, un poco impresionado por mis palabras. Le recibí el último trago de birra al Nico, mientras veía que Ciro directamente movía su mano adentro del pantalón. Pero mi vieja fue más rápida al observar, con bastante mielcita en la voz: ¿Qué pasa nene? ¿Ya se te anda parando? ¡Ojo con no pegotearte todo!
Ciro se estremeció ante ese comentario, y tal vez, mientras me caía la ficha de que algo raro se cocinaba desde mis cinco meses de ausencia en la casa, también noté que la verga se me estiraba, presionando la piel de mis testículos que se cargaban de una ansiedad que no me correspondía. Sin embargo, no tuve agallas para repreguntar, o interferir de alguna forma. Por lo que preferí levantarme en busca de más cervezas al kiosco de en frente. Mi vieja quiso darme plata; pero le dije que mejor pagaba yo, que tenía efectivo y necesitaba quemarlo.
Casi que no tengo noción de lo que tardé en comprar las birras, ni si pagué correctamente, ni si fui educado con la señora que me las vendió. Por un lado, no quería volver a ese cuarto extraño, y por otro, me carcomía la cabeza el contorno de las tetas de mi madre, su carita de pícara cuando miraba a mis hermanos, y hasta la forma que tenía de tomar birra de las latitas. Y de pronto, ya estaba con ellos otra vez, secándome el sudor de la frente, repartiendo latas y acomodándome en el sillón. El drama que veía mi vieja había cambiado por una serie yanqui que yo ni conocía. Aunque, lo que llamó mi atención fue que Ciro estaba prácticamente al lado de mi vieja, con su remera blanca de cuello redondo, descalzo, y con un bóxer blanco. Nadie le daba bola, y él no les sacaba los ojos a las tetas de Alejandra.
¡Che nene! ¿Qué hacés en calzones?, dije tímidamente, mientras en la pantalla empezaba una balacera.
¡Dejalo Iván! ¡El pantalón le apretaba un poco! ¡Viste que, cuando a ustedes se les para el pito, bueno, pasa eso!, dijo mi vieja, casi sin darle importancia. Entonces, vi que Ciro tenía el pito a punto de salírsele del bóxer, y que acto seguido, mi vieja le sacudió una pierna diciéndole: ¡Tranquilo Ciro, y mirá la tele! ¡O te vas a toquetear a tu pieza, y te cagás de calor!
Nicolás, al tiempo que se esforzaba por explicarme un poco el hilo de la estúpida serie. Pero, en un momento los dos nos reconocimos con la mirada rodeándole los pezones erectos a nuestra madre. Además, las tetas medio que se le salían del bikini. Noté otra punzada en los huevos, y de nuevo vi que Ciro se rozaba el pilín con un dedo por encima del bóxer, haciendo que se le pare más y más. Y de repente, se sacudió para todos lados, intentando no abrir los ojos. Nico también lo había visto, y él fue quien lo expuso.
¿Qué pasó pajerín? ¿te saltó la lechita? ¿O te hiciste pis? ¡Dale, andá a cambiarte, cochino!, le dijo en voz baja. A esa altura, creía que se me subiría la presión hasta las nubes, y que tendría que reanimarme un batallón de hospitales.
¡Qué malos que son con el pobre Ciro, mi chiquitito! ¡Vos no te vas a ningún lado! ¿Sabe mi amor? ¡No me importa si te llenaste de semen! ¡puede pasar!, le decía mi vieja al toque, llenándole la cara de besos, apretujándolo contra su pecho, y, para sorpresa mía, al menos, le sobaba el pitito y se olía la mano. Nico, me miró como diciéndome: ¡No llegué a decírtelo!, y acto seguido acudió a la derecha de mi vieja, cuando lo llamó. Luego le dijo: ¿Y vos, andás con el pitito como el de un nene? ¡Digo, porque le decís a tu hermano, y me parece que vos estás peor que él!
Lo más loco fue que ella también le tanteó el bulto, y Nico le arrancó los pezones con los ojos. Yo no cazaba una. ¿Tan calientes podía ponerlos las cervezas? ¿Por qué mi madre permitía todo esto? ¿Y, cómo había llegado a manosear a mis hermanos? ¿Ella sabía que los calentaba con sus tetas? ¡Porque, estaba claro que no era la primera vez que pasaba! Así que, cuando recuperé el habla, la miré a los ojos levantándome del sillón como un lunático, y le dije: ¡Ma! ¿Te parece normal todo esto? ¿En serio te parece bien que Ciro se acabe al lado tuyo? ¡Y, tocarles las vergas?
Alejandra me miró como con pena, y casi sin tomar una pizca de aire, liberó sus tetas del bikini, y se lo bajó.
¡Iván, dejate de joder nene! ¡Los tres son mis hijos! ¡Y acá, nadie se pone celoso! ¡No está mal que miren un par de tetas, ni que se manoseen los pitos! ¡Igual, lo harían en privado, o en el baño, o intentarían espiarme de alguna manera! ¡Al menos estos dos, que están hechos unos pegajosos, lecheros y calentoncitos! ¡Aparte, como si vos no me estuvieses mirando las gomas desde que llegaste, chancho!, se despachó mi madre, todavía palpándole el paquete al Nico, que aprovechaba a mandarle una mano a las tetas. Ciro seguía quietito al lado de ella, con las mejillas ardiendo por el besuqueo que se había ligado, y de nuevo con un dedo en el pito. Estuve a punto de irme a la mierda, o de tomar una decisión drástica. Pero no encontraba cuál podía ser aquella fuga para tantas tensiones que me suprimían los sesos. Y de pronto, mi vieja le metió la mano por adentro de la bermuda verde repleta de bolsillos, y exclamó con felicidad: ¡Guaaau, otra vez Niquito, sin calzones! ¡Y con esta cosota toda dura, y calentita! ¿te calientan mucho las tetas de mami? ¿O pensabas en las tetas de otra chica?
Recuerdo que al toque le dijo a Ciro: ¡Venga mi bebé, y deje que la mami lo apapache un ratito!, aferrándolo con un brazo hacia sí, para darle chirlitos en la cola, hacer que su cara se frote en sus tetas, y bajarle lentamente el bóxer. Cuando lo hizo, murmuró con unas emes apretadas en los labios, y lo olió, para entonces mofarse de Nico al retrucarle: ¡Es lechita nene! ¡No se hizo pichí tu hermano! ¿Sabés? ¡Así que, ahora le pedís disculpas!
¡Perdoná boludo!, dijo Nicolás, disfrutando del calor de la mano de mi vieja en su pene. Recién en unos segundos pude ver cómo subía y bajaba por su cuero, ya que el pantalón se le iba cayendo poco a poco. Y, tal vez, lo más hilarante de todo, hasta ese momento para mis oídos negados a comprender, fue cuando ella me miró desafiante, y me detuvo en seco, justo cuando había puesto la mano en el picaporte de la puerta para tomármelas: ¡Iván, los tiempos cambiaron! ¡Los tres son míos, mis machitos, mis varones hermosos! ¡Sé que los tres, ayer, hoy, o en algún momento se alzaron conmigo! ¿Te acordás que vos me buscabas la boca para besarnos? ¡Eso era porque me mirabas las tetas! ¡Sí, tenías 12, y eras re mamero! ¡Me seguías a todos lados! ¡Y yo, siempre te mostraba las tetas, y te comía la boca! ¡Bueno, a Nico también! ¡Y a Cirito, más vale! ¡Este pendejo siempre fue más tierno que ustedes! ¡Así que, pensalo bien! ¡Es solo sexo, contacto, sacarnos las ganas, y listo! ¡Después, cada uno con su vida! ¡Si vos no querés, nadie te va a decir nada!
Entonces, me senté un toque en el sillón para mirar cómo Alejandra revoleaba el bóxer de Ciro, y escuchar los gemiditos de Nico que intentaba no caerse con la paja de mi mami en su pija. Ciro, ya le lamía las tetas, porque ella lo inducía con su dulzura materna, susurrándole, sin dejar de nalguearlo y acariciarle el culo: ¡Tomá la tetita nene, así chiquito, que a vos costó sacártela! ¡Dale bebé, que después te limpio el enchastre que te hiciste en el pilín!
Y en cuestión de segundos pesados como un planeta, Nicolás se quitó la chomba verde y las zapas de lona que traía, y se inclinó un poco sobre la cama, para que i vieja comience a marcarle besos en el tórax, deteniéndose en sus tetillas, mordisqueando y sorbiendo, sin dejar de apretarle el pito ni de sacudírselo, aún con Ciro prendido de una de sus tetas. Hasta allí pude controlar mi rol de espectador. Recordé aquellos besos en la boca que nos dábamos, y las veces que encontraba sus bombachas usadas en el cesto de la ropa, y las pajas que les dejaba tatuadas en cada trazo de esas telas que olían a hembra. Me levanté sin hacerle caso a mis pies entumecidos por la sorpresa, caminé hasta ellos, me quité la musculosa, pateé una lata de birra para debajo de la cama, y observé que Ciro se arrodillaba lentamente al lado de la cabeza de nuestra madre. Ella abrió la boca como para exclamar un profundo augurio de satisfacción. Pero la voz se le entrecortó, y su cuello rotó impreciso y ansioso hacia el pubis de mi hermano. Lo olió como reconociéndolo de su propiedad, le pasó la lengua por el glande, respiró fuerte, y sin quitarle atenciones a la verga de Nicolás, empezó a devorarse ese espécimen de macho emergente que volvía a endurecerse. Dije algo como: ¡Permiso, manga de gatos!, y mi vieja me sonrió.
¡Aaaaah! ¿Ahora también querés tetita vos? ¡Al final, a todos se les calienta el pito cuando ven a una mujer medio en bolas, y ni importa si es tu mamá!, dijo Alejandra, antes de devorarse definitivamente el pito de Ciro, de hacerlo gimotear y de ridiculizarlo por su olor a semen. Yo, que hasta ese momento no sabía qué carajos hacer, recibí un manotazo de mi madre en la pija, y entonces decidí bajarme el pantalón para exponerle mi situación. Ella, se sorprendió por lo dura que la tenía, y por lo grande que se mostraban mis bolas peludas. Nada que ver con las de mis hermanos.
¡Uuuuh, nooo, pará chiquitín! ¡Sentate un ratito ahí, que tengo que mirar bien lo que me trajo el Iván! ¿No te enojás mi amor?, le exclamó a Ciro, incluso abandonando la paja que le hacía al Nico. Allí se quitó definitivamente el short para arrojarlo a cualquier parte, y se sentó en la cama; Momento que Ciro aprovechó para mamarle una teta, casi sin palabras, y con un río de saliva evaporándose de su boca perversa. Nico rezongó algo que, de inmediato fue reemplazado por una exclamación de sorpresa. Es que, mi vieja me agarró el pito tras bajarme el bóxer rojo de un tirón, me la pajeó dos segundos, y se la metió a la boca de una forma casi poética, asquerosa y determinante. Sentí el calor de su boca, el borbotón de su saliva caliente, la suavidad de su lengua movediza, y las ansias de su garganta que se abría a mis pistilos que maceraban desde que entre a ese cuartucho de la perdición. Nico se puso a mi lado, de pie y transpirando adrenalina, y le empujaba la cabeza cuando ella profundizaba sus sorbetones a mi verga que, se inflamaba con el fuego de miles de antorchas. Ciro seguía mamándole las tetas, y buscaba meterle una mano en la concha por algún hueco de su bikini. Mi madre volvió a manotearle el pito, y empezó a pajearlo; a él, y a Nico que, comenzaba a repetirle que tenía la leche en la puntita, y que no iba a soportarlo mucho más. Entonces, mi vieja se recostó de nuevo en la cama, aunque esta vez, al contrario; es decir, acomodando el lado horizontal de su cuerpo al vertical del colchón.
¿Quién quiere chuparme las tetas?, nos preguntó con un dedo en la boca, y oliéndose las manos con las que pajeaba a mis hermanos. Yo, tropecé con la ropa de andá a saber quién, y me dispuse a mordisquearle una goma, mientras Ciro volvía a encuclillarse para ponerle el pito en la boca.
¡Dale bebé, hacele pis en la boca a tu mami, así estás más relajadito, mi nene cochino!, le dijo al pendejo, antes de atragantarse con una furibunda acabada de mi hermano, que gemía con la voz tan agudita que, no se sabía del todo si era un nene o una nena. Mi vieja se tragaba todo, me apretaba la cabeza para que le mame las tetas con mi mejor repertorio, y seguía endureciéndole la pija al Nico con las manos. Hasta que me empezó a decir con verdadera sed de peligro: ¡Escupime las tetas guacho, dale, escupime toda, dale, que ahora soy una hembra cualquiera! ¡Olvidate que soy tu madre, que te parí, y que cogí para traerte al mundo! ¡A vos, y a estos pajeritos!
Esas palabras me inquietaban el cerebro. Al punto que, no podía hacer otra cosa que obedecerle con honores. Así que, luego de babearla toda, de morderle los pezones, el cuello, las tetas, la barriga, y hasta el mentón, Alejandra se sentó en la cama, y manoteó a Nicolás de las nalgas para que éste le aparque la verga entre las gomas. Ahí empezó a friccionarse, moverse, dar saltitos, gemir y apretarle las piernas con las suyas, diciéndole que quería toda su leche de pendejo vago y arrastrado en las tetas, que no se las limpiaría nunca más si se las bañaba con su leche, todavía con restos de semen de Ciro en los labios. Yo, que no daba crédito a tanta demencia vuelta realidad en el puño de un reloj, le acerqué la pija a la boca, y mi madre me la empezó a mamar nuevamente, sin restricciones ni ataduras.
¡Boludo, nunca nos contaste que mami te tranzaba de guacho!, me recriminó Nico, entre los jadeos que la tremenda turca de mi madre le hacía a su chota.
¡Yo tampoco sabía! ¡A mí, siempre me mordía el pito, cuando llegaba de la escuela, y me retaba si me había meado el calzoncillo! ¡Y, si me ponía a llorar, me lo llenaba de besos!, dijo Ciro, que intentaba abstraerse quizás de todo lo que vivía, aunque tocándose el pito nuevamente, sentado al lado de mi madre.
¡Ustedes, tampoco me contaron todo eso! ¡Vos, mamu, estás hecha una puta! ¡Comete mi verga! ¡Imaginate que sos Lucía si querés! ¡Esa guacha sí que sabe petear!, se me ocurrió decir, sin pensarlo ni un segundo. Estaba volando con la verga en las fauces inmorales de mi vieja, y el olor a sexo que manaba de su cuerpo ya me instaban a pegarle flor de cogida. ¡Pero, es tu madre, idiota!, me decía, tal vez para aplacar el deseo. Como si todo lo que estábamos viviendo no fuese demasiado.
¡Yo, cada vez que le pedía que me muestre la bombacha, ella me la mostraba, y me agarraba el pito para que se la mire cada vez más de cerca! ¡Tomá putitaaaaa! ¡Te largo toda la lecheeeee, por putonaaa!, empezó a estremecerse Nico en medio de sus confesiones, al mismo tiempo que mi vieja se apretaba contra su pubis para recibir el polen que recompensaba su dedicado trabajo. El ruidito del enchastre, las frotadas y hasta los pedos que se le escapaban al Nico mientras expulsaba sus chorros de leche, me pervertían aún más. Y se ve que a mi vieja también, porque se atragantaba con mayores ansias, como si hubiese más espacio en su garganta de fuego. Me chupeteaba las bolas, me pajeaba casi que adentro de sus fosas nasales, se pegaba con mi dureza en la cara, se la pasaba por el pelo, volvía a meterla con todo en su boca para que se le inflen los cachetes, y me decía: ¡Qué bien la debe pasar esa nena! ¿Le abrís bien la concha? ¿Te chupa la pija tu novia? ¡Enseñale, que tiene que hacerlo! ¡Tiene que ser una hembra bien puta con vos! ¡Y, ustedes, tienen que buscar mujeres bien putas, zorras, bien peteras como mami! ¿Me entendieron?
Nico, a medida que iba perdiendo fuerzas en sus envestidas sobre las tetas de mi madre, recuperaba los colores. Pero no perdía rigidez en la verga. Cosa que a mi vieja le fascinaba. Y de repente, casi sin darme opción a que pueda decidir si prefería semejante ultraje a mi humanidad. Alejandre se levantó de la cama, me empujó con una mano fuerte sobre el pecho para que me derrumbe boca arriba sobre la cama transpirada, y se me subió encima. Sentí que frotó su entrepierna contra mi verga, y que se esforzaba por correrse la bikini, mientras Nico y Ciro le nalgueaban el culo, le decían que era una putita de mierda, y le hacían chupar sus dedos. Ciro ya tenía otra vez la pija dura. Lo supe porque se lo repetía una y otra vez a mi madre, e insistía con que necesitaba que se la chupe, urgentemente. Y de golpe, como si un volcán se hubiese derramado en mi piel, sentí un calor incomparable en mi glande, y el desliz perfecto hacia un canal cada vez más ardiente. Mi vieja había logrado correrse la ropa, y mi verga le había atravesado la concha. Ella también lo notó, y gimió buscando mi boca para besarme. Pero, en lugar de eso, atrapó el pitito de Ciro para mamárselo con todo, diciéndole que era un bebote hermoso, y a mí, pidiéndome que se la clave todo lo profundo que pudiera. Estaba extasiada con mi verga, y me juraba que la sentía inflarse, calentarse y abrirla toda.
¡Cogeme bebé, asíii, sentime chancho, sentí cómo te coge tu mami! ¡Siempre quise tener varones, para que se alcen conmigo!, decía entre gemidos, luego del plop de la salida de la pija de Ciro. Nicolás también volvía a darle de su pija en la boca, y le pedía que le cachetee el culo; a él y a Ciro. Yo, sentía que su cuerpo se desmoronaba sobre mí, que sus tetas me quemaban el pecho, y que el sudor que nos envolvía no nos dejaba respirar. Era como si nos drogara con más placer, pasiones desmedidas y ganas de seguir penetrándonos. En un momento, vi que Nicolás pajeaba a Ciro, cuando mi vieja se la chupaba a él, y el guacho, hasta le comió la boca a mi hermano.
¡Aaaah, bueno! ¿También eso ustedes? ¿Se pajean juntos?, les dije, sonriéndoles de todo corazón. No me interesaba juzgarlos de ninguna forma. Ellos, al verse sorprendidos, solo sonrieron. Nico explicó que nunca lo había hecho, pero que, estaba tan caliente que, solo lo hizo. Mientras tanto, Alejandra se deglutía mi verga con su vulva, soportaba los pellizcos que entre los tres le regalábamos a sus ubres, los chirlos que le marcábamos en la cola, y los atracones que le propinaban mis hermanos. Incluso, hasta eructaba entre gárgaras y ahogos que no podía limitar, mientras el triqui triqui de nuestra cogida hacía temblar las paredes. La cama se corría, las latas rodaban víctimas de nuestras patadas involuntarias, y mi vieja gemía, nos pedía más leche, y nos juraba cogernos siempre que lo necesitemos.
¡Dale grandulón, llename la argolla de leche, ahoraaaa, dale que te acabo todoooo, y te re contra mojoooo! ¿Tu nena se moja cuando te coje?, decía implacable, mientras Ciro y Nico seguían dándole pijazos en la cara, o frotándoselas por todos lados. Y, al fin Ciro una vez más le largó la leche en la boca. En ese momento, le dijo: ¡Chiquitín, dale, vení, comeme la boca, así te convido tu lechita! ¿Querés? ¡Te va a gustar bebé!
En ese momento, mi verga se detuvo unos segundos para escuchar y ver cómo mi madre le abría la boca a los labios de mi hermano, y ambos se tranzaban con todo el semen y la saliva, uniéndolos como iguales, como amantes sin reglas, o como un precio imposible de alcanzar, saboreándose con deleite. Encima, Nico le ponía el pito en la mano a Ciro para que lo pajee, ¡Y el enano lo hizo un ratito! Al punto tal que, estuvo a un pelito de embadurnarle las manos de semen. Y luego, nuestro traqueteo volvió a las andadas. Ahora Alejandra se movía más histérica, golpeándome con sus tetas, pajeando al Nico que, le ponía sus nalgas para que ella se las muerda, y le roce el agujerito del culo con la lengua.
¡Dale putaaa, pajeame todooo, y chupame el orto, dale que sos re puta mamiii, y siempre estuve alzado con vos, igual que Ciro, y que este gato, aunque no lo reconozca!, decía con euforia mi hermano, fabricando tanto presemen que, las manos de mi madre no parecían pájaros en el aire. Si no, peces en aguas fecundas de lo empapadas que se oían. Al mismo tiempo, mi cuerpo iba quedándose sin restos, y mi verga llegaba al punto cúlmine. Sentía que la leche me subía, quemándolo todo a su paso, que los huevos me tamborileaban en la bolsa enchastrada por los jugos de mi madre, y que las manos no me bastaban para amasarle las tetas como hubiese querido. Y entonces, Nicolás se dio vuelta como un trompo, cazó a mi vieja de los pelos, le abrió el hocico y empezó a largarle toda la leche en la boca, diciéndole que lo había mantenido calentito todo el día, y que él nunca tendría novia si ella se la seguía mamando así. mi vieja se ahogaba, porque Nico se la dejaba clavadita allí, largando litros y litros de semen en el fondo de su garganta. Y mis envestidas, también comenzaban a zarandearle el cuerpo, a electrizarle el clítoris, a quemarle las entrañas, y a derramarle todo mi semen en la vertiente de su vulva hirviendo. Sentía que no paraba de acabar, de expulsar semen, ni de apretarle el culo con los dedos, arrancarle la bikini, decirle que era una putita mal cogida, y que jamás le iba a perdonar que antes no me hubiese sugerido echarle un buen polvo. Los dos gritamos, nos mordimos las bocas y los mentones, nos rasguñamos, y hasta consentí que me escupa la cara mientras mi leche la llenaba intensamente.
Costó separarnos. Mejor dicho, a ella le costó levantarse de mi cuerpo desaforado, tembloroso, pegoteado y aturdido. Pero, en cuanto lo hizo, los tres vimos que tenía marcas de nosotros por todos lados. Incluso, le habíamos roto la bikini. Olía a semen, y lucía varios chupones en el cuello. También algunas mordidas en los hombros, y un quilombo infernal en el pelo. Un hilito de sangre le decoraba el mentón. Tenía la boca con restos de semen del Nico, solo para mostrarnos cómo lo saboreaba y se lo tragaba, con una apretada eme en los labios, poniéndonos voz de putita sexy.
¿Les gustó mis pendejitos? ¿Van a seguir alzados con mami? ¡Porque, si les gustó, podemos repetirlo! ¡Tampoco se hagan los vivos! ¡No es cuando ustedes quieran! ¿Me están escuchando? ¡Dejen de mirarme las tetas! ¡Aparte, esto, no lo planeé! ¡Se dio!, Nos iba diciendo, mientras los tres observábamos que la parte del bikini que debía cubrirle la conchita, estaba totalmente rota, y que por allí le caían gotas de mi semen.
¡Mami, estás re perra así, toda sucia, y enlechada!, dijo Nico, que se había despatarrado en el sillón en el que antes me había sentado.
¡Nunca habría pensado que, me ibas a hacer eso ma! ¡Pero, me gustó cómo me mordiste los labios con mi semen en tu boca!, dijo Ciro, que era el único que aún seguía en bolas, y una vez más con el pito duro. Mi vieja se enterneció cuando lo vio, y se le acercó para abrazarlo otra vez, mientras le besuqueaba la cara, diciéndole bajito: ¿Otra vez con el pitito duro mi bebé? ¡Sos el más chiquito, y el más alzado mi gordi! ¡Esta noche, venís a comer el postre a la cama con mamá! ¿Sí?
Yo, recuerdo que busqué mi ropa, mi celular, un cigarrillo, o alguna lata de birra llena. Estaba desconcertado, y a la vez, más caliente que una quinceañera. Así que, apenas le dije, en cuanto me encontré con su mirada agotada: ¡Cogés re bien vieja! ¡No te tenía así guacha!
Ella, se me acercó y me comió la boca, introduciendo su lengua en el celo de mis expectativas sexuales mejor guardadas, y me dijo: ¡Tus hermanos son dos sementales hermosos! ¡Pero tu pija me volvió loca, guachito pajero! ¡Así que, cuando puedas, vení, y atendeme el negocito, que desde ahora voy a tener la conchita babeando por vos! ¿Me escuchaste? ¡Hace mucho que un macho no me coge así!
Los otros no escucharon nada, porque justo alguien golpeó la puerta de calle, y tocó el timbre con insistencia. O, tal vez, nosotros recién lo escuchábamos por primera vez. Seguramente era algún vecino. Pero eso distrajo a Ciro y a Nico. Más que nada porque seguían sin vestirse. Sin embargo, no era un vecino, ni vendedor, ni un fanático religioso. Era Lucía, mi novia, que venía a buscarme para ir a ver un partido de fútbol de su hermanito menor. ¡Me había olvidado por completo! Me despedí de mi madre, pasé por el baño a lavarme la cara, las manos, y lo que pudiera de mi dignidad detonada por tamaña experiencia. ¡Tenía que lograr que Lucía no sospeche nada de lo que habíamos hecho con mi madre! ¡No podía oler a su sexo! ¡Las mujeres, son re bichas, y se percatan de todo! ¡Y, si Ciro la atendía en bóxer, bueno, pasaría por un pendejo pajero, y listo!
Fin
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