Mi nombre, podría ser cualquier otro. Mi madre me puso Guillermo; pero mi abuela me decía Paco, mi abuelo solía llamarme Ernesto (que es mi segundo nombre) y los muchachos del rioba me decían mota, ya que siempre tuve el pelo con esa condición genética. Me casé y divorcié dos veces. No tuve hijos, ni perros, ni contraje deudas escandalosas, ni me metí en líos con los vecinos del edificio en el que vivo hace 30 años. Tengo 56, y creo que bien llevados. No fumo ni bebo alcohol. No apuesto, no veo fútbol ni me interesa la política. Tengo una vida rutinaria y sofocante. Ocho horas en la oficina, y luego una hora diaria en el gimnasio. Los lunes, miércoles y viernes, nos castigamos con mis compañeros de laburo en un café con interminables charlas de mujeres que jamás tendremos en nuestras camas. Pero, lo que nadie sabía, y más me motivaba, era mi actividad de los martes y jueves por la tarde. Allí era cuando me sentía libre, un ganador, un irrespetuoso gusano de la sociedad, tan repulsivo como servidor de los placeres más bajos. A eso de las 7 de la tarde, después de apurar un cortado en el bufet del palacio de justicia (que es donde irónicamente desempeño mis labores) me meto en el auto, me cambio la camisa formal por una remera manga corta negra que hace juego con mi pantalón, cinturón y saco de vestir, miroteo el celular por si tengo algún mensaje urgente, me perfumo con discreción, y salgo en mi auto importado a recorrer las calles de La Matanza con desesperación, aunque aparentando el mayor sigilo posible. Ese es mi elemento. Mis ojos empiezan a ver aquí y allá todo tipo de chicas. Mis sentidos se abstraen en mi debilidad más elocuente. Pendejas por doquier. Entonces, mi virilidad sugiere y reclama atenciones inmorales, de cualquier forma. No planeo abusar de ninguna. Bueno, aunque fuese mi fantasía más retorcida. Sin embargo, me divierte mucho más acosarlas, mirotearlas, decirles guarangadas sin que ellas las comprendan demasiado, perseguirlas a paso de hombre cuando captan el juego (Porque más de una se muestra complacida a mis designios) y, si la oscuridad o la penumbra lo permiten, hasta masturbarme frente a cualquiera de ellas. No me importan sus nombres, ni lo que hacen a esas horas de la tarde, ni hacia dónde van. Solo sus tetas, sus culos reventando los pantaloncitos o calzas que se encajan hasta el asesinato moral de los ojos más nobles, o boquitas que gestualizan y seducen más que cualquier vanidad del mundo que habitamos.
Los primeros días, solo me contentaba con incomodarlas un poco, tirándoles besos, poniendo cara de baboso, o bajando la ventanilla para preguntarles la hora, o la altura de alguna calle a cualquiera, clavándole los ojos en sus escotes. Estaba claro que me calentaba especialmente hacerlo con las que, tal vez no superasen los 20 años, y que tuviesen más de 12 o 13. Aunque, esos parámetros no se ajustaban muchas veces al desarrollo de las hembras de hoy en día.
Poco a poco, fui más al hueso. Una vez le paré con una frenada brutal a una pendeja que tomaba birra de una lata, despreocupadamente. Le pregunté si conocía alguna tabaquería, o algún buen kiosco de cigarrillos importados. Ella, mientras pensaba en el nombre de la calle de algún lugar, se quedaba viendo cómo me acomodaba la pija por encima del pantalón, mientras mis ojos le agujereaban la musculosita celeste que traía, hasta absorber extractos de la miel de sus tetas prominentes. Me dijo que era un pajero de mierda, aunque los ojitos le brillaban de picardía.
Otra vuelta, asusté a una chiquita que terminaba de franelearse con otra, contra la pared de una casa imponente. De repente su compañera entró con cierto apuro, y le cerró la puerta en la cara. Entonces, ella se topó con las luces de mi auto. Al toque vislumbró que me cogoteaba el pedazo, mientras le preguntaba por una sastrería, mirándole la boca y las tetas. Además, tenía la ropita media desarreglada.
¿Te calienta mirarnos? O sea, digo… ¿Te calienta mirar pendejas, y pajearte? ¡Yo, soy torta, así que, no me va ni me viene! ¡Pero, tené cuidado, que por acá las guachas son re guerreras!, me dijo, y a propósito se levantó la remera para mostrarme sus tetas desnudas, antes de entrar al caserón, donde una señora la esperaba con ansias.
La adrenalina que notaba en el pecho cada vez que me les acercaba, les hablaba, y ellas entonaban sus dulces cantos de sirenas en celo para mí, me llenaban de regocijo. Los huevos se me cargaban de un impulso sexual del que mi cuerpo no había tomado nota antes. Generalmente me enlechaba la ropa interior, viendo a esas dulzuras mover sus culos, agitar sus tetas, desprender sus aromas, caminar seguras como si tal cosa. Sabía que no podía quebrantar la ley, ni hacerme demasiado el boludo, ni confiar en mi suerte, que hasta aquí no me había fallado. Pero, alguna vez tenía que ser la primera de todas, y entonces sucedió.
Era jueves. El cielo parecía querer llover siglos de agua. Todo estaba denso, ventoso y repleto de noticias deprimentes. Como siempre en Buenos Aires. Sin embargo, yo me sentía ansioso, dispuesto a atacar, todavía sin saber a quién. Rodé una escuela en el auto, luego un parquecito repleto de guachos jugando a la pelota, y una plaza. Allí apareció mi presa. Estaba apoyada en un árbol, meta escribir en su celular, mirando hacia el cielo con un rostro inexpresivo. Era una morocha que no llegaba a los 18, según mi ojo crítico; delgadita, bajita, con pocos pechos y manos pequeñas. Tenía una remera rosada lisa, jogging y una campera deportiva desprendida. Ojos color miel, cierta ansiedad en el cuerpo, como si estuviese esperando algo, o a alguien, y el pelo largo teñido de colorado, recogido en una cola de caballo. Cuando me vio, hasta pareció que me confundió con alguien, porque dio unos pasos como para acercarse a saludarme. Estábamos a menos de 3 metros, y desde mi ventanilla abierta podía recibir las notas de su perfume juvenil.
¡Hey, flaquita! ¡Estoy buscando a Solange, mi sobrina! ¡Me dijo que iba a estar por acá! ¡Es medio bajita, así como vos, y tiene rulitos, como yo!, le grité desde la ventanilla, observando que no pasaba nadie, ni por la calle ni la vereda. Ella se dio vuelta, como creyendo que mi voz saldría de algún otro sitio. Entonces, le silbé para que vuelva su atención a mi auto. En ese interín, supe que el jogging no podía contenerle un culo tan perfecto, abundante y bien paradito. Eso ya comenzaba a germinar un morbo exquisito en mis testículos.
¡Che, no, ni idea quién es Solange! ¿Sabés a qué escuela va? ¡Igual, no conozco a nadie que se llame así!, me dijo la morocha cuando se acercó a mi auto, mientras guardaba su celu en su pantalón, y me sonreía en el retrovisor.
¿Posta tenés sobrina vos? ¿Y la andás buscando? ¡Mirá que, por acá es medio turbio a esta hora! ¡Bah, digo por tu auto, y por cómo andás vestido, te van a chorear mal!, me alertó, quizás como para marcar un territorio en el que no debía entrar. Pero la guacha seguía sonriéndome. Nunca le tuve miedo, ni vi peligro en su cuerpo. Su perfume, ahora más cerca de mis fosas nasales, lograba que la pija se me ponga tan dura y expectante como el cielo sobre nuestras cabezas.
¡Che nena! ¿Y vos no tenés miedito? ¿Querés que te lleve a algún lado? ¡Digo, porque estás solita, y, creo que no llegás a los 18 años!, le largué, sobándome el glande sin disimulos sobre mi pantalón.
¡Tengo 16, y, no soy miedosa! ¡Corté con mi novio hace un rato, y, pensaba encontrarme con una amiga! ¡Ella vive a 9 cuadras de acá! ¿Posta me llevás?, dijo, atropellándose las palabras, cada vez más echada sobre la puerta de mi auto. Le dije que sí mientras le quitaba el seguro a la puerta del acompañante, y casi en menos de lo que imaginé, la bebota estaba a mi lado, quitándose la camperita.
¡Che, capo, igual, no tengo nada para pagarte! ¡Ni siquiera me quedan puchos!, me dijo, apoyando su mano izquierda en mi pierna, cuando ya había arrancado el auto.
¿Así que, tan chiquita, y fumando? ¡Tranqui, que, mirándote esa boquita, y esos pechitos, ya me doy por bien pagado!, le dije, riéndome como un idiota. No sé por qué, pero estaba seguro que esa nena no se inmutaría ante mis provocaciones. De hecho, lo confirmé cuando dijo: ¡Sos un zarpado chabón! ¡Te mantenés re bien! ¡Tu sobri, se debe re calentar con vos! ¿O no?
¡La verdad, si tuviera una sobrina linda como vos, me gustaría que se caliente conmigo! Pero… ¿Por qué decís eso?, le largué, manejando despacito sin un rumbo fijo. Ella ni siquiera me había dicho en qué dirección vivía su amiga.
¡Aaaah, bueee! ¡Sos un chamuyero! ¡No tenés ninguna sobrina! ¡Vos, sos uno de los que se pajea mirando pendejas! ¿No? ¡Me pareció que te vi acomodándote el pito!, dijo, con una auténtica sonrisa, aunque bajando cada vez más la voz.
¡En parte, adivinaste! ¡Te vi ahí, solita, regalada, y me dije, bueno, esa nena no puede ser que ande sin novio! ¿Dónde vive tu amiga?, intenté hilar la conversación. Pero ella estiró su mano hasta mi bulto, y me lo sobó despacito.
¡Nena, mirá que, esas cosas no hacen las chiquitas como vos!, le dije entre dientes, intentando no chocar ni aumentar la velocidad de golpe.
¿No me digas chiquita, que ya sé qué es lo que les gusta a los pajeros como vos! ¡Primero, llevame a un lugar, así te pago! ¡Dicen que soy buena haciendo petes! ¿Te gusta que las pendejas te mamen la verga?, dijo la guacha, estirándose la remerita hacia abajo para que las tetas se le suban. Me daba ternura que las tenga tan chiquitas, aunque con sus pezones visiblemente duritos. Sin embargo, me sentí abrumado. Por momentos conducía sin saber a dónde ir, ni por qué había subido a esa nena a mi auto. Pero de repente, estábamos estacionados en una canchita de fútbol abandonada, cerca de una escuela primaria, muy cerquita de un camión desmantelado, repleto de grafitis. Me pidió que detenga el auto mientras desprendía mi cinturón y la bragueta de mi pantalón, tomó aire y exhaló su aliento sobre mi cara, estiró la tela de mi bóxer hacia arriba y rodeó mi glande con sus dedos índice y pulgar para subir y bajar con la suavidad de una perversa caricia, mientras hacía ruiditos raros con la lengua.
¡Tenés el pito re duro para ser un pendeviejo! ¿Te cogiste a muchas guachas con esta cosita?, me decía, al tiempo que me acercaba las tetas a la cara, invitándome a olerlas y chuparlas. Pero, ni bien mi nariz rozó uno de sus pezones, se perfumó con el calor de su piel, y mi lengua se atrevió a tocar el contorno de su teta calentita, la tomé de su cola de caballo, y al tiempo que tiraba la butaca hacia atrás y reclinaba el respaldo, acercaba su boca a mi bulto sin escatimar brutalidades, ni concederle disculpas. Era como si dispusiera de sus facciones como una franela contra mi paquete. La frotaba, y mientras sentía que la verga se me salía del bóxer cada vez más, la tomaba de las sienes para golpearle la nariz y la boca contra mi hombría. Ella apenas articulaba palabra. Solo decía: ¡Qué hijo de puta! ¡Te gusta así, romperle la boquita a una nena como yo! ¿Te cabe que te la escupa, como una babosa?
Entonces, en el exacto momento en que la bebé se metió mi glande en la boca, hurgué entre sus piernas, y más rápido de lo que canta un gallo di con su bollito acalorado, cubierto con una bombachita lo suficientemente empapada como para mojarme los dedos.
¿Bajate el pantalón pendeja, y metétela bien adentro, que seguro te encanta! ¿Te tragás la lechita vos?, le dije, sintiendo que sus dientitos marcaban mi piel sensible, cada vez más acostumbrada al fuego de su lengua. Ella, como pudo se bajó el pantalón hasta las rodillas, y mis ojos se embriagaron con el movimiento de mis dedos intentando abrirle los labios de la conchita, bajo una tanguita roja incapaz de contener una gotita más de jugos. Abrí mejor mis piernas para que su lengua también pueda lamer mi escroto, para que sus labios se sirvan de mis huevos con la genialidad con la que lo hacía, sorbiéndolos y soltándolos cubiertos de su baba, y para que al fin su garganta se convierta en el tobogán perfecto para los bebitos que nunca procrearé con ninguna mujer. Ella, tragaba, lamía, eructaba, succionaba y olía mi pija con devoción, mientras apretaba sus piernitas como para destrozarme la mano con la que continuaba estimulándole el clítoris. cada tanto retiraba mis dedos de su vulva para olerlos y saborearlos con mi paladar extasiado de tanta hembra entregadita en mi auto. Era el néctar prohibido más delicioso que pude haber probado jamás, y no quería soltarlo, ni verter mi leche tan pronto en la boca de esa pendejita. Pero, su saliva, sus arcadas insistentes, sus palabritas incompletas por la sed de sus ansias, y la forma que tenía hasta de mordisquearme el bóxer me llevaban a un estado que no podía controlar, ni siquiera qué parte del cuerpo le pellizcaba. Sé que hasta le metí algunos dedos en el culo en el momento en que mi acabada comenzó a expandirse como una onda insufrible en la garganta de esa nena endiablada. Ella, sin embargo, gemía histérica, me pedía más pellizcos, que le revuelva la concha y que no pare de darle toda la lechita. Sentí que se me separaba el tórax del pubis, que mi verga se deshacía en su lengua, que sus dientes debían masticarla hasta convertirla en polvo, y que sus toses podrían hacerla convulsionar si mi semen seguía inundándole la garganta. Su asiento también se embebía de sus jugos, y mis dedos se enredaban con torpeza a su bombacha cuando todavía sus piernas me trituraban la mano, y mi verga cabeceaba en su boca para convidarle de mis últimas balas de semen. Y de repente, todo lo que se oía en mi auto eran sus jadeos, sus hilos de baba y semen confundiéndose en nubes de vapor que se inscribían en los espejos, mi respiración agitada, y alguna palabra sin demasiado sentido práctico.
¡Si me llevás a lo de mi amiga, te prometo que viajo así, hasta que lleguemos! ¡Sin subirme el pantalón, así me mirás la bombacha todo el viaje! ¿Querés? ¡Por ahí, te tentás de nuevo, y me das más leche!, me dijo enseguida, una vez repuesta de la terrible mamada que me había obsequiado. Entonces, ambos cumplimos nuestras promesas. Aunque no insistí con darle más lechita. Creí que me estaría aprovechando de mi suerte como un angurriento demente, y eso, jamás me había conducido a nada fructífero. Sin embargo, me deleité como un enfermo con el dibujo de sus labios vaginales comiéndose esa bombachita diabólica, mientras ella paseaba su lengüita lechera por su boca, y se manoseaba las tetas para que la vea darse placer. por suerte para ella, la casa de su amiga estaba a quince cuadras de aquella canchita abandonada hasta de Dios, aunque no de los pervertidos que necesitamos un albergue en el que ofrecerle lechita a pendejitas tan procreables, cogibles y comestibles como ella.
Con mariana, digamos que fue distinto. Cuando un jueves nuboso y cargado de hojas descoloridas en el suelo salí de Tribunales, fui a la playa donde me aguardaba mi auto. Entonces, vi que dos mujeres discutían encarnizadamente junto a la puerta de un Nissan metalizado. No entendía las palabras, y mucho menos los motivos. La mujer adulta parecía al borde de las lágrimas, y la más chica, daba la sensación que podría largarse a reír con ganas. En definitiva, la mujer subió al coche y se fue, dejando plantada a la chica en mitad del estacionamiento. Me acerqué con el auto y le pregunté si necesitaba ayuda. Ella me miró, negó con la cabeza, y salió de la playa, sin sonreír, ni lamentar aquel episodio. Pronto yo también reaparecí en el caos de las calles, y tomé el camino de siempre. Pero se me dio por parar en un kiosco a comprar una botellita de agua, y tal vez algunos chicles. Allí, mientras esperaba mi turno, volví a ver a Mariana, parada frente a la vidriera de una lencería muy cheta, como embobada. Tenía un culo difícil de esconderse bajo su jean enterito hasta los tobillos, y un buen par de tetas que desafiaban a su remerita blanca manga corta. Pero por lo demás, parecía una rubia insípida de rulos, con un lunar arriba de la boca, delgada, aunque incómoda por su silueta (a juzgar por cómo se acariciaba el abdomen) y con cara de poco disfrute. Un pibe pasó por detrás, le rozó el culo con su celular, y entonces la rubia sonrió. Eso me dijo bastante de su personalidad. ¿Sería tan abordable como daba a entender? Así que, una vez que aboné mi agua y mis chicles, me acerqué con sigilo a la vidriera de la lencería. Mariana observaba unos conjuntos onda cosplay de distintos animales, muy seductores. Le pregunté la hora, pero me dijo que ni en pedo sacaba su teléfono en la calle frente a un desconocido; pero que seguro no eran más de las 7. Su voz parecía la de una malcriada infumable; pero entonces su mirada se atenuó bastante. A lo mejor cuando le dije: ¿Te sentís bien vos? ¡Te veo media paliducha! ¡Si necesitás, nada, tengo el coche acá nomás!
¡Toy bien, gracias! ¡Mi tía tenía razón! ¡Es un perno salir con este calor, y encima embarazada! ¡Pasa que, ahora no está tan pesado como a la siesta!, me confió, mirándome escuetamente, y luego se tomó lo último que le quedaba de una botellita de Aquario de pera. Miró otros conjuntos más recatados, y entró al local. Dudé en si comprarle otra botellita de pera y esperarla allí, o volver a mi auto y perseguirla. ¡Cómo podía ser que estuviese embarazada! Bueno, al menos estaba claro que tenía sexo… aunque no parecía estar encamotada con alguien. Entretanto, elegí la segunda opción. Pero, justo cuando estaba a dos pasos de subirme, la veo saliendo con las manos vacías, haciendo pucherito y los ojos disconformes. A pesar que estaba en una calle súper concurrida, me sobé la verga sobre el pantalón, apoyado en el auto. Ella me vio, y se mordió el labio inferior. Le tiré un beso, y ella hizo el gesto como que se lo colocaba en la goma derecha. Ahora que la veía de perfil, tenía unas tetas en las que ahogarse y volver a resucitar de tanto chupárselas, tenía que ser un puto banquete obligado para todos los que adoramos las tetas. ¡Y encima, me maquinaba con la idea de que tuviese lechita ensuciándole el corpiño! Volví a ofrecerme a llevarla a donde quisiera. Ella vaciló, me miró una vez más el bulto, que reaccionaba irresponsablemente al jueguito de miradas y gestos, y se acercó como una brisa fresca a la puerta del conductor. Le abrí, y de inmediato el auto celebró cada partícula de su perfume. Arranqué, puse musiquita suave, le pregunté si prefería las ventanillas abiertas o el aire acondicionado, y tras elegir la segunda opción, susurró: ¡En realidad, quiero ver cómo te tocás la pija! ¡Ahora!
¿Qué? ¡Pará, primero, no sé, decime tu nombre, tu edad, o algo! ¡A dónde vas, por ejemplo!, le dije, sin ponerme nervioso, pero demostrándole ciertas reservas, mientras desandábamos algunos tramos de la calle abarrotada de autos.
¡Me llamo Mariana, tengo 17, soy soltera, de virgo, tengo dos gatos, y estoy preñada de 5 meses! ¿Te alcanza con eso? ¡Dale, mostrame cómo te tocás, mirándome las tetas! ¡Pero tratá de no chocar!, recitó acomodándose mejor en la butaca, clavándome los ojos en el paquete, y moviendo sus tetas con las manos desde abajo. Tatareaba el tema de Oasis que sonaba en la radio, sonreía con ternura y sacaba la lengua cuando yo me tapaba el bulto de alguna forma, intentando atender al volante con lo que me quedaba de los sentidos atolondrados. Me la imaginé lamiendo mis tetillas, y sentí que iba a perforar el pantalón del estirón que pegó mi chota; y ella lo notó al toque. Me regaló una sonrisa cargada de lujuria mientras se subía la remerita, manoteaba la botellita de agua que había dejado entre ambos asientos, la abrió, tomó unos tragos y dejó que algunas gotas le mojen el pantalón y la pancita, por momentos al descubierto.
¡Permiso se dice! ¿No? ¡Digo, esa botellita era mía! ¡Pero tomá si querés! ¡por ahí, el bebé te pide agüita! ¡Pero, no te mojes la ropa, chanchona!, le dije, sabiendo que no la intimidaba en lo más mínimo.
¿Y vos qué sabés si el bebé me pide? ¡Yo tengo sed! ¡De agua, y de lechita! ¡Por ahí, el bebé necesita leche también! ¡Y encima, vos, con ese pedazo de cosa ahí!, dijo, luego de tomarse unos tragos más, acariciándome el paquete con una mano temblorosa. De inmediato se le pusieron rojos los cachetes, y se le abrieron las piernas.
¡Guau, nena, qué halagos! ¡Pero, sos menor de edad vos! ¡No te hagas la loca, porque, podemos terminar en problemas!, le largué, medio confundido, observando cómo se sobaba la vulva con el culo de la botellita.
¿Qué decís? ¡Vos me subiste a tu auto! ¡Aparte, zafá chabón, si ya tengo 17, y tengo un baby en la panza! ¡Ya sé coger! ¿O no se nota?, estalló mientras soltaba una risita salvaje, se subía aún más la remera y disfrutaba de exhibir su corpiño blanco en forma de triángulo pequeño. Entonces, le pregunté a dónde quería que la alcance, obviando todo lo demás.
¡Llevame a donde quieras, pero primero pelá esa chota, así te la veo bien! ¡Me re calientan los viejis zarpados, como vos! ¡Bah, salvo que te dé cosita mostrarle la verga a una menor de edad, embarazada, y con la bombacha mojada!, decía, mientras su mano trataba de desabrochar mi cinturón, y yo de no comerme de frente a una señora que cruzaba sin mirar. Aceleré al borde de cometer un manicidio con esa nena entre mi verga y el volante; le pellizqué una pierna para que se calme, le aclaré que no tenía intenciones de aprovecharme de ella, y le miré la pancita, cosa que a ella le encendió aún más la inspiración.
¡Yo quise, y vos también! ¡Dale chabón, sacame la calentura, que no cojo hace mucho! ¡Necesito verga! ¿Entendés?, dijo resuelta y confiada, mientras llegábamos a un nuevo baldío alejado del centro, cerca de una gomería, una bicicletería que estaba cerrada, y un viejo cabarulo que, tenía una luz encendida.
¡Si habrás venido acá vos, pillín!, me dijo, prácticamente pajeándome la verga sobre el bóxer, una vez que logró desprender mi pantalón, y yo estacionaba de cualquier forma el auto entre un ramerío infernal. Se quitó la remera, me encajó sus tetas en la cara y me pidió que se las mordisquee por encima del corpiño. Yo se lo desabroché, abrí la ventanilla y lo revoleé hacia el basural que teníamos al frente. Ella se rio con ganas, y ahí sí que me fregó las tetas por toda la cara mientras yo ahora le desprendía el pantalón, y comprobaba que tenía la bombacha como si se hubiese meado.
¿Qué onda? ¿Te da impresión? ¡No me hice pichí! ¡Aunque, sea menor de edad! ¡Dale, arrancame la ropa acá nomás, y garchame!, dijo al fin, cuando mi boca se llenaba de sus tetas, mi lengua renacía en la dureza de sus pezones, y ella se arrodillaba en la butaca para que mi mano pueda trabajar en su vagina, colándole los dedos que empezó a pedirme casi como si se estuviese por largar a llorar. Entonces, recliné su asiento todo lo atrás que se pudiera, y luego de morderle las tetas, y sentir cómo su conchita se humedecía más con mis dientes, me agaché para olfatear su intimidad, para tocarle la pancita, el ombligo y apenas el elástico de su bombachita blanca, tan caliente y chorreada como mi verga expuesta, la que ya no le permitía siquiera que me la roce con el pensamiento. Sabía que, si me la miraba un poquito, me iría en leche como un adolescente estúpido.
¿En serio te cabe chupar conchas? ¡A mí, nunca me la chuparon!, balbuceó, una vez que se quitó sus zapatillas de lona para acomodarse mejor, y se bajó la bombacha.
¿Sacate el pantalón nena! ¡Dale, que ahora vas a saber lo que es que te den una rica chupada! ¡Tenés olor a putita bebé!, le largué, mientras yo mismo le quitaba el pantalón, siempre teniéndola arrodillada. Y al fin, primero le rocé el orificio de la conchita por los recovecos de su bombacha. Ella empezaba a gemir y temblar cada vez más expectante. Pero, apenas hundí un poquito mi lengua en su vulva, dio un gritito que me envalentonó. Me convertí en un perro hambriento, sediento y alzado por una perra callejera a la que todos los perros quieren montarse, sin importar las consecuencias. Me bebía sus jugos, le rozaba el clítoris con la punta de la lengua, se lo frotaba con el pulgar, le retorcía los pezoncitos, le estrujaba las nalguitas y le echaba alguna escupidita, solo para escucharla gemir, para que me arranque el pelo diciendo cosas como: ¡Aaaay, qué ricooo, asíii, escupime toda, mirame bien la conchita, así, escupila toda, más babita dame, asíiii!
Además, también le rozaba el agujerito del culo, le escupía la bombacha, se la mordisqueaba casi que a los tirones mientras seguía trabajando en su botoncito mágico, y abría la boca cuando soltaba un nuevo chorro de jugos libidinosos. Las piernas no iban a sostenerla mucho tiempo más, ni mis tímpanos se bancarían tantos agudos de sus alaridos. Entonces, mientras continuaba oliéndola como un desesperado, ingeniándomelas hasta para morderle la cola, nalguearla y escupirle la zanjita, le obedecía cuando me pidió con autoridad: ¡Meteme los dedos en el culo! ¡Daleeee, culeame con los dedos! ¡Escupime bien, y después, dame verga por el orto, que no aguanto más!
Ahí fue que, de tanto retorcerle los pezones noté que una especie de agüita comenzaba a descender de sus tetas. No era transpiración. Era claro que sus pechitos se preparaban para alimentar al bebé que ahora escuchaba todo lo que hacía su mamita, desde la panza.
¡Dale bebé, bajate, así te culeo bien culeadita!, le dije, al tiempo que descendía del auto. La ayudé a bajarse (porque estaba mareada y temblorosa) le chupé las gomas mientras le refregaba la pija en la conchita, apoyándola contra el auto, le comí la boquita y le hice sentir el incendio de mi lengua cuando le pegué flor de tranzada. Entonces, la di vuelta, coloqué mi verga entre sus glúteos blanquitos, la aferré a mi cuerpo, y mientras continuaba sorbiéndole los pezones, haciéndola gemir aún más, empecé a empujar suavecito. Notaba caer sus lágrimas, fruncir sus músculos, tiritar sus piernas, respirar con dificultad, y poco a poco, pedirme un poquito más adentro. Mi glande ya había atravesado su esfínter, y alguno de mis dedos buscaban pajotearle el clítoris cuando ella gritaba más, me miraba a los ojos, escupía al suelo o hacia sus tetas, y dejaba que su cuerpo golpee mi auto con la presteza de los ensartes que le propinaba.
¡Me vas a romper toda, hijo de puta! ¡Pero garchame más, dame verga, reventame la colita nene, asíiii, preñame el culooo!, me gritaba, ahogándose con su exceso de saliva, apretándome los trocitos de cuerpo que encontraba, y tirando el culo todo lo hacia atrás que pudiera, para que mi pija la atraviese más y más. Era un tobogán caliente, estrecho y dispuesto a endemoniarme la verga con cada centímetro de profundidad que iba ganando. Por desgracia, con todo el jueguito previo, su aroma a concha todavía en mi cara, el sabor de sus tetitas en mi paladar, la textura de su bombachita en mi lengua, sus grititos, el apretuje de su ojete en mi glande, mis huevos cada vez más pesados por su producción de leche, y el riesgo de ser descubiertos por algún chorro, vagabundo, milico, borracho, o simplemente un cualquiera oportunista que quiera hacer quilombo, me hacía estallar los sentidos. Por lo que, era cuestión de un solo estímulo más para que mi semen decida embrionar la oscuridad de ese túnel. Pensé que lo mejor era preguntarle: ¿Dónde querés la lechita nena? ¡Estoy a punto de acabarte todo! ¿La querés en el culito? ¿Eee? ¿Toda en la cola, para que no te puedas ni sentar, y te acuerdes de mí, cuando estés en tu camita, y te chorrees la bombacha?
Ella no estaba en condiciones de decidir, pensar o elegir. Así que, antes de convertirme en un surtidor interminable en su culo hermoso, la cacé de los hombros para arrodillarla sobre la mugre de ese suelo imperfecto, le puse la pija en la boca y empecé a atragantarla de ensartes, empujones y pedidos de lamidas, mamadas intensas y algunos dientes, mientras le presionaba la cabeza contra la puerta cerrada del conductor, le abollaba las gomas con mis sobadas, y le ordenaba que me mire a los ojos mientras tosía, eructaba, y volvía a la carga para seguir peteando. Y al final, justo cuando ella logró decir un tímido: ¡Embarazame la boquita, dame la lechita, que me muero de hambre, y de ganas de lechita de verga!, ahí fue que no pude impedirle a mi semen que truene, llueva y relampaguee en el interior de su boquita, escapándose por sus labios para mancharle las tetas, y que otras gotitas rebeldes consiguieran ahogarla un poquito más. Incluso, ella misma se sacudía mi pija casi vacía contra la cara para secarme por completo, una vez que mis alaridos, puteadas y estremecimientos me hicieron caer en la cuenta de lo que había hecho con esa nena. Al toquecito la subí al auto donde la vi vestirse (sin el corpiño) y la llevé a la parada del colectivo que la conduciría a la casa de su abuela, que es donde vivía. En el trayecto no me hablaba, ni miraba por la ventana. Solo gimoteaba con los labios cerrados, se acariciaba las tetitas y se acomodaba de miles de formas en la butaca. Recién cuando se bajó a unos metros de la parada me dijo: ¡Ojalá que me vuelvas a encontrar, para que esa pija me entre mejor en el culo! ¡Me rompiste toda papi!, y la vi alejarse entre la multitud de gente, como si la oscuridad se la hubiese tragado, y la claridad quisiera confundirme aún más.
A la semana siguiente, mi cuerpo necesitaba más acción, adrenalina pura, combustión con otra nenita facilonga, volver a la cacería. Y esa tarde en particular, fue quizás la más improvisada de todas. Me había estacionado en la puerta de un gimnasio, sin un destino aparente. Y de golpe la vi: una guacha petisita, blanca de piel, con cara de culo, pelo ondulado castaño, ojitos marrones, media rellenita, vestidita con ropa de gimnasia de la escuela. Tenía un chupetín en la boca, pero miraba con odio hacia los adentros del gym, como esperando encontrarse con alguien para mandarlo a la mierda. Mientras tanto, yo observaba como sus pezones se le marcaban en la chomba con bordes azules en las mangas, mordisqueando el chupetín, moviendo la cola al ritmo de lo que sonara allí adentro, y cómo se reía luego de un pibe que casi se cae de su bici por relojearle las tetas. Le dijo algo, pero no llegué a escuchar su voz. Entonces bajé la ventanilla apenas unos centímetros, y sentí que la verga empezaba a reclamar contacto con lo que sea. Vi que la pibita se sentaba en el escalón del gym, que abría las piernitas y se sobaba la chuchi. No entendí si lo hacía porque le picaba, porque se estaba haciendo pis, o algo la había excitado. Eso contribuyó a que mi mano rebusque en las ansiedades de mi sexo y comience a frotar mi glande hinchado. No era capaz de moverme, porque la gordi también bailoteaba moviendo las tetitas, y jugueteaba con su lengua y el chupetín, exponiéndose a miles de ratones que la habrían bañado de besos babosos. De tanto jugar y seducirme sin saberlo, el chupetín se le cayó al suelo, y los ojitos se le entristecieron unos segundos. Pero al toque se metió un chicle en la boca, y mientras la gente iba y venía, ignorándola, ella comenzaba a hacer un globito tras otro, ensuciándose los labios carnosos con el colorante rosado. Y, para mi sorpresa más absoluta y delirante, descubrí que la pendeja me hacía ojitos cada vez que yo le sonreía en el retrovisor. Hasta que al fin se puso de pie, más rápido de lo que tardé en pestañear, y se le fue al humo a un pibito de por lo menos unos 20 años. Lo sacudió de la mochila, le dio una cachetada bien puesta, le escupió el chicle en la cara, y cuando el pobre consiguió apartarla de sí, ella le escupió: ¡Y conmigo no te hagas el poronga, turrito del orto! ¡Vo so manso gil amigo! ¡Bah, o eso creí que éramo! ¡Porque, no tené lo’ huevo’ para cogerme otra vez! ¿No? ¡So re cagón! ¡Ni siquiera para chamullar servís nene! ¡Y sí, poné la carita de pelotudo que quieras! ¡Pero so tremendo forro! ¡Y a la guacha esa que te cogé, se lo voy a decir! ¡Tomate el palo, gato puto gil!
El flaco la miró con pena, pero no fue capaz de consolarla de ningún modo, ni de retractarse, o defenderse. Solo siguió su camino. La chica luchó en vano por no llorar, y dio un par de vueltas por la misma cuadra, mirando a nadie en particular. Hasta que volvió a mirarme. Le pregunté si estaba todo bien, como para que me lea los labios. Ella me miró la boca, se dio la vuelta, y ante mi incredulidad desmantelada, se tamborileó la cola con las palmas abiertas. Se habrá dado unas 4 palmadas con cada mano, y entonces regresó a ofrecerme el perfil de sus tetitas. El pantalón de jogging azul de acetato me había obsesionado con esa cola perfecta, comiéndose algunos trocitos, porque al parecer, o le quedaba chico, o su culo era demasiado como para cualquier pantalón. tenía más cara de nena a medida que se acercaba más al auto. Su voz, cuando le gritó al mocoso que algún daño tuvo que hacerle, advertía peligro. Sin embargo, cuando apoyó sus manos en la puerta, y le vi todas las lagrimitas en la cara, le dije: ¡Che, quedate tranquila, que, si me encuentro al flaquito ese, lo paso por arriba! ¿Querés?
Ella sonrió con cierta tristeza, se sonó los mocos, y me dijo: ¡Es manso gato ese payaso! ¡Nadie lo pela! ¡Pero, a mí me calienta! ¡Es más grande que yo, pero me la soba! ¡Ya garchamo’, y no sé qué onda que no me quiere garchá otra vez!
¡Eee, aguantá che! ¿Cuántos años tenés vos? ¡Creo que, por lo que imagino, ni te hacés la cama, ni te lavás la ropa, ni sabés cocinar!, le dije, más para molestarla que otra cosa. Ella, como era de esperarse, me miró como el culo.
¡Cheee, cambiá la cara, que te estoy cargando! ¿Querés tomar un helado? ¡Te invito! ¡Y no me mires, que no te voy a hacer nada!, le dije, estirando mi mano para abrirle la puerta del conductor. Ella, enseguida me dijo: ¿Y por qué no me querés hacer nada? ¿Te parezco fea? ¿Toy muy gorda o algo? ¡No te pongas en orto conmigo, que ya me dijiste que soy una sucia!
¡Dale, subí, y charlamos adentro! ¿Te va?, le dije, mientras ella tomaba la decisión de rodear el auto, y finalmente subirse. Ni bien lo hizo se metió un dedo en la boca, se lo chupó, y me dijo: ¿Me vas a llevar a tomar un helado? ¿O me vas a dar la mamadera tuya? ¡Me gusta más la leche que otra cosa! ¡No sé si te diste cuenta!
Le froté la pierna como para indicarle que no sea tan lanzada, y ella tomó mi mano para posarla en su entrepierna. El pantalón estaba húmedo y caliente. Era el perfecto presagio de que algo excitante se avecinaba.
¡Che, pero, estás hecha un fuego nena! ¿Sabías?, le dije, una vez que arranqué el auto.
¿Posta? ¡Sí capo, estoy re alzada! ¡Quiero verga! ¡Pero ese gato maricón se fue con la rubia teñida esa que tiene de novia! ¡En realidad, es porque tiene toda la teca! ¡Yo soy una tirada de mierda!, concluyó con un dejo de resignación, presionando las piernas para no permitirme retirar mi mano de allí. Le dije que necesitaba ambas manos para manejar. Ella me miró poniendo cara de mala, y murmuró: ¡Manejame esta también! ¡Dale, sobame la concha, que ya te dije que estoy re alzada!
¡Mirá, primero, el vaguito ese se lo pierde! ¡Pero, por lo que vi, es más grande que vos! ¿A dónde te llevo después? ¡Porque, obviamente, algo te voy a hacer, guachita!, le dije pellizcándole la chuchi, haciéndola suspirar un poquito, y hasta babearse. Ella dijo: ¡Dale, que no puedo tener 15 y andar así de caliente! ¡Haceme lo que quieras, y después tirame en una parada de bondi! ¡Yo me arreglo!
Entretanto se quería sacar la remera. Pero la frené porque íbamos por el medio de una venida híper transitada. Y de golpe, estábamos en otro de los atajos malolientes de la ciudad, en el que empezamos a besarnos desaforadamente. La lengua chiquita de esa mocosa era fuego puro. Su saliva sabía a chocolate, y sus tetitas olían a pistilos reproduciéndose en el vientre de una nena virgen (Aunque estaba clarísimo que esta no tenía de pura). Nuestras manos también empezaron a echarle candela a nuestras pieles, y en cuanto mis dedos llegaron a sus pezones pequeños, ella me balbuceó en la oreja: ¡Pellizcame las tetas, y haceme doler! ¡Quiero que me violes, que me pegues una buena garchada! ¡Mirá el pedazo de pija que tenés!
Las suyas, por supuesto, habían llegado a la erección de mi verga deseosa de penetrarla hasta por el ombligo, y habían logrado liberarla de mi ropa, aunque no sabían demasiado qué hacer con ella. Así que, mientras la iba dejando con su corpiño gris para mordisqueárselo todo, le pedía eufórico: ¡Apretame la pija nena, dale, que vos sabés apretarla bien, como si fuese un pomito! ¡Dale, que ahí tenés toda la lechita que necesitan las nenas alzadas como vos! ¡Mirate vos, cogiendo con pibitos más grandes, y con 15 añitos, solita por la calle!
Ella, aprendía rápido. En poco rato ya tenía la manito embebida de mis jugos preseminales, y sus dedos presionaban donde había que hacerlo, subiendo y bajando la pielcita, rozando mi glande cada tanto y sacudiéndola con ansias; mientras mi lengua atrapaba y soltaba sus pezones, recorría su torso en completitud, lamía su pancita y se encallaba en su ombligo tan diminuto que daba ternura. También le mordisqueaba el elástico del pantalón, le enterraba los dedos que podía en el culito, se lo nalgueaba y sobaba, embriagándome con sus gemiditos cada vez más desesperados. Pero el incendio de mis huevos me llevó a tomar medidas drásticas.
¡Vamos a ver cuánto sabe la nena! ¡Acomodate ahí, y fregame las tetas en la verga! ¡Pajeame con esas tetitas de bebé chancha que tenés! ¡Se ve que ese gato gil ni siquiera te las chupaba!, le dije, siendo consciente de lo apretado que estábamos en el auto. Aún así, hubo espacio para que mi glande se embelese con el tacto y el calor de sus tetas, cuando me las restregó hasta por las bolas, y me cacheteó la verga con ellas. Hasta que, en un arrebato desesperado y animal, sentí que una guerrilla seminal amenazaba con dejarme sin pulso cardíaco si no hacía lo que debía hacer, y, en definitiva, llevé a cabo. En lo mejor de los sonidos de tetas contra verga, la tomé de la quijada y le encajé el glande en la boca. le grité: ¡Abrí esa boquita de petera nena, y tragate la lechona, daleeee, que te empacho esa pancita que tenés!, y entonces, Delfina empezó a ahogarse, toser, lagrimear y regalarme los mejores gargarismos que pude escuchar en una hembrita de su raza. No solo que se tragó todo lo que consintió su poca experiencia. Si no que dejó que varios chorros de leche le bañen la cara, el pelo, le salpiquen las tetitas, y hasta le maquillen un poquito la naricita preciosa que tenía. Pero, para nosotros todavía lo mejor no había pasado. A esa altura, los dos estábamos desbocados, inmunes a la noche, los curiosos y los peligros que conllevaba estar indefensos en aquel horrible lugar. Entonces, una vez que me recuperé del desleche que esa nena logró arrancarme para su sed de gatita bandida, le bajé el pantalón para masturbarla de cualquier forma. Es que ella misma movía el pubis para fregarse con lo que pudiera de mi mano, devorándose mis dedos, sin dejarme llegar a su clítoris con la sutileza que yo quería proporcionarle. Estaba empapada, y su bombacha no podía contener un solo desliz de sus gemidos. Así que la arrodillé en la butaca, le abrí bien las piernas y me dediqué a comerle la conchita, por momentos con la bombachita gris y todo.
¡Tenés olor a pichí mi bebé! ¡Me encanta que te mees la bombacha! ¿Te la measte por ese turrito? ¿O cuando te di la lechita? ¿te meás cuando tragás lechita vos? ¡Pobrecita la nena! ¡Hay que ponerle babero, y un pañal me parece!, le decía, mientras le exprimía cada pulso, cada gota, cada extracto de su esencia vaginal, introduciéndole la lengua todo lo que podía, sorbiendo y succionando cada trocito de piel de esa vulva deliciosa, y por momentos tosiendo por su intenso olor a pichí. Eso me devolvía al primitivismo más irracional que un hombre puede alcanzar con esos estímulos. Y al fin, preferí abrir una de las puertas, sentármela encima, sin bajarle la bombacha, y sabiendo que ya tenía la verga hecha un fierro caliente y apto para toda batalla, le dije: ¡Ahora, te la voy a ensartar toda en esa conchita sucia que tenés! ¿Querés, guachita roñosa? ¡Me calientan las nenas comepitos, como vos!, y no esperé a que retroceda, se arrepienta o empiece a patalear. La aferré a mi pecho, le mordisqueé y lamí los hombros, coloqué una de mis manos en sus tetas para abarcarlas inmensamente, con la otra me aseguré de calzar bien el glande en la puerta de su vagina que latía como un pez ingrávido, y entonces le ordené a mi pubis que haga su parte. Empecé a moverla, someterla, penetrarla, cada vez más rápido y profundo, a salpicar sus jugos para que se fundan con el aire nocturno que nos abrigaba, y a oír el percutir de sus nalguitas hermosas contra mis piernas húmedas de su esencia. Ella, revoleaba su pelo y apretaba los dientes, gemía y jadeaba, se cargaba de palabras inteligibles, dejaba que su cabeza se golpee con alguna parte del techo del auto cuando arremetía con violencia en su conchita, se reía cuando le soplaba los lugares que antes le lamía o escupía, y se hacía la mala cuando se dirigía a mí, mientras no paraba de moverse para sentir mi pija cada vez más adentro suyo.
¿Violame asíiii, hijo de puta! ¡Llename de verga, que te encanta cogerte a nenas sucias, que se cogen a los tipos grandes, y se mean la bombacha por pijas duras como la tuya! ¡Haceme mierdaa, asíii, dame vergaa, más pijaaa, haceme mil guachos, que no doy máaas!, me gritaba, tratando de mirarme a los ojos cuando me pedía especialmente lo de los bebés, y ella misma se agarraba de la bombacha para clavársela en las venas de lo tanto que se estrangulaba con ella, al tiempo que yo sentía que la verga se me ensanchaba en su conchita de pocos vellos, pero cada vez más abierta, resbaladiza y acalorada. Sus tetas revotaban en mis manos, y mi leche estaba a punto de migrar sin escalas al interior de su útero fértil, cuando le dije que me empalaba su olor a pendejita, y le pregunté si tomaba pastillas, porque en cualquier momento acababa. Ella, mientras seguía ardiendo en las nubes de su propia saliva, ardiendo con el traqueteo de la cogida y sus mecidas sobre mis piernas, dando saltitos con su culo sobre mí para que mi verga la llene más con sus envestidas, me decía casi disfónica: ¡Nooo, no tomo un carajo, pero acabame adentro, embarazame que no me importa! ¡Largame la lechita adentroooo, que amo eso, amo que me llenen de lecheee! ¡Dame lechitaaaa! ¡dale forro, haceme un bebé, así maduro, y dejo de andar alzadaaaaa!
¡Ah! ¿Sí? ¿Y le vas a encajar el guachito a ese gato? ¿Le vas a decir que te embarazó ese gato payaso? ¿Eso vas a hacer, putita? ¿tan putona sos? ¿Tanto te calienta la argollita ese chabón? ¡Tomá guachita, abrí bien la concha, que te hago un bebito! ¡Ojalá quedes preñadita ahora, en la primera! ¡Así, bien enlechadita mami, abrite asíii, sentila bien dura putita! ¡Dale, así, movete guachona, asíiii, enterrate bien la bombacha en el culito, mientras te lleno de leche, putita sucia!, le decían mis palabras enloquecidas, mientras un torbellino de semen agrio, ardoroso, perpetuo, condenable y repleto de vida comenzaba a convertir un puente más que natural entre nosotros, directo de mi verga al interior de su conchita rabiosa. Ella parecía gemir con cada gotita que la inundaba, mientras también se abrazaba a un orgasmo que le nublaba la vista, la hacía lloriquear, transpirar y babearse como una nena lamiendo un chupetín. No la solté hasta no asegurarme de haber vomitado la última partícula de semen adentro de ella, sintiendo aún el estremecimiento de mi sexo entre sus paredes. Recién entonces, cuando noté que se me empezaba a achicar el pito, la levanté despacito de mis piernas, como si se fuera a romper por la mitad, le arreglé la bombachita, le subí el pantalón, y le puse la remera, sin el corpiño. La ayudé a sentarse en el asiento del conductor, le pregunté si estaba lista para que la lleve a la parada del bondi, y le hice prometer que, de ahora en más se cuide con los tipos con lo que quiera cogerse.
¿No podés embarazarte de todos los chabones que te cojas! ¿Entendés nena? ¿Qué pasa si ahora yo te embaracé?, le decía mientras nos dirigíamos a la parada de micros más cercana. Ella manoteó un chicle que encontró en la gaveta, se lo metió a la boca, y me dijo, justo cuando vimos un montón de gente esperando un colectivo, a pocos metros de la plaza: ¡Si me embarazaste, joya! ¡Voy a hacerle lo que dijiste al tarado ese! ¡Le voy a decir a la novia que él me dejó preñada! ¡Total, a vos no te voy a ver más! ¿No? ¡Pero, me cogiste re rico! ¡Me encantó cómo me la chupaste! ¡Me bajo acá, así vos te vas a, no sé, con tu mujer, supongo!
No llegué siquiera a rozarla con el pensamiento de tan rápido que se bajó del auto. La vi mover el culo adrede mientras se arreglaba el pantalón, y luego acariciarse la conchita cuando se dio vueltas para mirarme por última vez, acaso por las cosquillitas del semen que se le escapaba por los labios. Y al ratito, cuando la ruta me conducía casi que, por inercia a mi hogar, pensaba en que si, mi semen fecundaba a esa guachita, sería el único descendiente de mi apellido sobre la tierra. ¡Qué rico olía esa pendejita, aunque tuviese la bombachita meada!
Fin
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