Escrito con la Gatita Bostera
Lo cierto es que, cuando ese mediodía salí de mi pieza, y me encontré con que mi primo Nicolás almorzaría conmigo y mis padres, me llevé tremenda sorpresa. Hacía bocha que no nos veíamos. Ni bien lo saludé con un beso en la mejilla, varias cosas se revelaron, como en un libro de fácil lectura. Por un lado, se lo veía triste, apagado y preocupado. No había venido con su esposa, como habría sido lo normal, pero sí con su bebé de once meses. No estaba del todo arreglado, cuando él siempre había sido un tipo impecable. Y encima, el contacto de mis labios en su cara, me generó una extraña cosquillita en la panza.
Mi vieja me pidió que pusiera vasos, platos y cubiertos, y dos copas de vino, porque mi viejo y Nicolás iban a degustar un Malbec de qué sé yo dónde, y al rato nos pusimos a comer unos ñoquis espectaculares. Ahí supe que Nico estaba complicado para conseguir un lugar temporal que alquilar. Nos contó que se había separado de su esposa Nerina, y que acordaron un régimen acorde para que él pudiese estar con Marquitos, el bebote hermoso que ahora dormía en el sillón del living, inmune a todos los problemas de los grandes. Mencionó también que estaba buscando un abogado para tramitar el divorcio, y mi viejo le recomendó un par. Le puso todo el énfasis posible al hecho de que Nerina lo engañó con un pendejo 10 años menor que él (que tiene 35, y re bien puestos) y se echó la culpa por no haber sospechado nunca de ella, ni de algunas señales que tal vez, ahora sí ponía en evidencia. Los encontró garchando en su propia cama, una tarde que él llegó antes del laburo. Encima, se regodeaba contando ciertos detalles, como que Nerina tenía las tetas re chuponeadas, que lo re cabalgaba al pendejito, que le pedía la leche bien adentro, y que el pibe la nalgueaba como un desquiciado. Hasta confesó que los gritos de mi ex cuñada llegaban con toda claridad hasta la puerta de la calle. Yo, instintivamente, o quizás por el aliciente de que estaba ovulando, sentía que se me crespaban los poros de la piel, que se me calentaba la bombacha y se me aflojaban las piernas. Me compadecí de él, y me dio cosa verlo con lagrimitas en los ojos, una vez que recordó algunos pasajes de su casamiento. Mis viejos, que no se ruborizaban al enterarse de detalles demasiado precisos, enseguida le ofrecieron quedarse en el cuarto que antes ocupaba mi hermano mas grande, dejándole en claro que no le iban a cobrar ni un solo centavo, y que podía quedarse el tiempo que quisiera. Luego, siguieron sacándole el cuero a la trola de Nerina. Incluso yo me animé a expresarle que nunca me había caído bien… y recordé que en la última navidad que compartimos, al menos tres años atrás, la había visto refregarse demasiado con los amigos de mi hermano, bailando cuarteto a lo loco, y subiéndose el vestidito adrede, para que todos le relojeen el culo entangado con un hilito rojo fuego. Pero, no fui lo suficientemente valiente como para revelárselo. Al menos, no en ese momento.
El almuerzo terminó, y luego llegó una buena porción de postre borracho para todos. Marquitos se despertó, y Nico fue a prepararle una mamadera. Mi vieja se asesoró que no se hubiese hecho pis o caca, y lo llenó de besos, mimos y monerías. Enseguida me sumé, mientras mi viejo se recostaba un rato, y al ratito nomás, ya estaba sentada en el sillón con Marquitos a upa, dándole la mamadera, sin mucha experiencia que digamos, pero con todas las ganas y la ternura que ese bebé me inspiraba. Nico había aprovechado para ir al baño. Pero en cuanto llegó y me vio, me largó, tal vez de forma inocente: ¡Hey, primita, te queda re bien el bebé encima! ¿Para cuándo los tuyos? ¡Te re veo amamantando nenes!, aunque su voz tenía un dejo de inquietudes melosas. Entonces, se me vino a la cabeza el día que le miroteé el celular, hacía al menos unos 4 años, y observé que en el chat que tenía con Nerina, ella le decía que al fin logró conseguir unos buenos látigos, preservativos saborizados, y hasta un juego de ropa interior comestible.
¿Que? ¡Yo? ¡No, ni ahí, no tengo pareja ni nada!, le Dije media nerviosa, atontada, sintiendo las mejillas coloridas por el halo de sus palabras. Nunca me había imaginado siendo mamá, y entonces noté que era la primera vez que lo veía como a un hombre, y no como el primo con quien solía correr y jugar a las escondidas en casa de la abuela, varios años atrás. No era el único de mis primos varones que jugaba conmigo, pero sí el mayor de todos, y el mejor buscándonos… a mí, y al resto de mis primis. Me acuerdo que siempre me encontraba antes que a los demás, pero no me delataba. Se quedaba un tiempo más escondido conmigo, haciéndome cosquillas. Conocía los puntos exactos… el cuello, en mis costillas, pero sobre todo en la cadera. Siempre que me rascaba ahí, yo me reía como loca, tratando de apartarlo a los empujones, y terminábamos revolcados en el piso de baldosas frías, los dos agitados, muertos de risa, con mi vestido todo arremangado, y él encima de mí, fingiendo que no podía controlarme. Corríamos todo el riesgo de ser encontrados gracias a mí; por lo que muchas veces me tapaba la boca, ¡Y eso me gustaba el doble! En ese entonces yo tendría unos cinco años, o tal vez seis, porque él me lleva diez de diferencia. Diez años que ahora, de repente, se sentían como una brecha cargada de algo que no sabía nombrar, pero que me traía ciertos sentimientos de cuando era adolescente.
Nico se sentó junto a mí en el sillón, que era algo grande, pero se sentía chiquito ahora que estábamos a solas, ya que mi madre había ido a contestar el teléfono. Su rodilla rozando mi muslo, el que mi short de dormir apenas cubría la mitad, y su perfume flotaba en el aire para que mis mariposas en celo lo atrapen para mi deleite. Él se río escandaloso como siempre porque a Marquitos, que estaba a upa mío, bien acomodadito contra mi pecho, se le escapaban chorritos de leche por la comisura del labio, mientras yo le daba la mamadera, y terminaban en mi remera, haciendo un angostito caminito hacia mis tetas. Sentía que se me iba humedeciendo cada vez más, y eso me ponía más nerviosa, regalándome unas cosquillas que no podía controlar en el centro de mi vagina. Apreté mis piernas más de lo necesario; Nico no dejaba de mirarme de una forma extraña, atento a cada movimiento que hacía con su bebé entregado a mis brazos.
¡Te falta práctica nena!, me dijo de repente de una forma casual, y se acercó más a mí, con un cuidado que pocas veces le reconocí, ya que siempre fue más bien medio bruto. Me acomodó a marquitos mejor, más inclinado, y corrigió la postura de mi mano con la que lo alimentaba. Lo sentía cerca, a centímetros de mi cara, como si algo fuerte nos conectara, y me llené de ternura. Y de pronto, le sacó la mamadera al gordo que se había dormido, dejándola en la mesita del living.
¡Si lo ponés tan apoyado en tus tetas, y no tenés un buen pulso para darle la mema, es obvio que te vas a ensuciar toda, chancha! ¡Dejámelo a mi, y si querés, andá a cambiarte rápido, porque la leche es pegajosa.! ¡Aparte, medio que ya se duerme!, me dijo de una forma tierna, como si le estuviera hablando a una nena, pellizcándome el cachete, sacándome al gordito de los brazos y dejándome sentada y tiritando, como una tonta. Noté que, si me levantaba, se me iban a desarmar las piernas. Encima, tenía la sensación que se me había volcado leche hasta en la bombacha. De repente mi vieja apareció comentando que ya tenía la habitación preparada, para Nico y para el gordo, y yo me dispuse a cambiarme la remera en mi cuarto, intentando calmarme. Estaba colorada, agitada y flotando, con la sensación en el pecho como si yo de repente fuese su hija pequeña, y él pudiera retarme o enseñarme algo; como si fuera aquella nena a la que veía muy poco. Eso también le hinchaba las bolas. Le había costado mucho criar a Mila que ya estaba por cumplir los 15. Sobre todo, porque nació de un embarazo no deseado con una chica con la que se había enfiestado de guacho. Creo que esa piba se llamaba María. Sin embargo, esa nena es la luz de sus ojos; aunque le diera malos tragos, y le expropiara la poca paz que mi primo podía conseguir. A la gordita le gustaba mucho salir con amigas, la joda nocturna, y decirle papi a los distintos padrastros que tuviese. Cuando intentó que viva con él y Nerina, la casa fue un verdadero caos. Nerina no se la bancaba porque era súper desubicada. Decía que era una pedigüeña infumable, celosa, malcriada, bastante reacia a la higiene y al orden, y re burra en el cole. Además, a menudo le hacía comentarios fuera de lugar a mi vieja, sobre todo si Nico no estaba presente.
¡No sé, para mí, a esa pendeja le pica la chuchi hace rato, y por eso anda en las piernas de su padrastro! ¡Pero su hijo no lo ve!
¡Es una descocada! ¡Le gusta calentar la silla en la escuela, y los pitos de sus compañeritos!
¡Si fuera por ella, va sin bombacha a la escuela! ¡Aparte que ni se las lava!, le decía Nerina a mi vieja, que se escandalizaba cada vez más. Pero la gota que rebalsó el vaso fue cuando insinuó que, seguro el vecino de su casa ya se la había empomado, porque ella se le hace la linda todo el tiempo; así que no teníamos que asombrarnos si aparecía con el bombito lleno. Mi vieja le pidió que no hable nunca más así de su sobrina, con un cuchillo en la mano, y con la mirada desencajada. Creo que esa fue la última vez que Nerina pisó nuestra casa. La tarde se había vuelto tensa, y yo intentaba calmar las aguas con boludeces. Incluso le pregunté a Nerina si ella tendría un bebito con Nicolás, ya que aún Marquitos no había nacido. Nerina se sonrojó, y entonces Nico entró en la cocina, relajado y sonriente, luego de fumarse un pucho. Como había escuchado mi pregunta, dijo que, si era por él, se lo hacía ahora mismo, porque a él le salen bonitos los bebés. Mi vieja se ablandó, y yo, mientras veía cómo Neri y mi primo se abrazaban para luego besuquearse, sentí que necesitaba comprobar la eficacia de su semen adentro mío.
Recordaba todo aquello, tirada en mi cama, sintiendo la leche pegajosa en mis pechos, y el roce de la rodilla de mi primo en mi muslo. Me quité rápido la remera, y sin pensarlo tiré de mis pezones afiebrados. Chupé apenas mis dedos, y masajeé la parte de mis pechos donde había caído la leche para luego llevarla lentamente a mi boca. Me imaginé siendo una bebota, a upa de él, tomando la mema, refregando mi culo en su pija, sintiendo que la leche se me escapaba de los labios. Necesitaba que me encuentre ahora mismo, así como estaba, con la tanga sucia de la acabada de la noche anterior. Cuando me di cuenta que estaba gimiendo muy alto, saqué rápido los dedos de mi boca y me enderecé. El espejo que estaba frente a mi cama me reflejaba con el pelo largo lacio revuelto, los labios gorditos, los ojos húmedos de la excitación, el lunar al costadito de mis labios. Mis tetas gordas, los pezones duros, agitada, colorada, recordando como me gustaba Nico cuando era chiquita. Un día se lo dije, casi tartamudeando. Él se rio, me acarició la cara, y hasta el día de hoy nunca mencionó nada.
Cuando niños, éramos una familia unida. Mi abuela había tenido 6 hijos, y todos ellos tuvieron hijos. éramos muchos nietos, y sobrinos. Había una larga lista antes que yo; pero el primero era Nico. Él siempre fue quien peleaba a los más chiquitos, pero nosotros teníamos un trato diferente. Me daba chocolates en la boca, me favorecía en los juegos, retaba a quien me peleaba… incluso me defendía de mi hermano menor que, conmigo era insoportable.
Cuando estaba tomando unos mates con mi vieja, a eso de las seis de la tarde, Nico apareció por la puerta del patio. Me aceptó un mate, me miró la boca y las tetas, digamos que sin reservarse nada, y murmuró: ¡Veo que te cambiaste la remera! ¡Pero, yo que vos me pondría corpiño si vas a tener al gordo a upa! ¡Digo, porque te va a querer chupar las tetas! ¡Ahora duerme!
Mi vieja largó la carcajada, y yo tuve una nueva punzada en el clítoris que no comprendía. Después, cuando mi vieja nuevamente atendió el teléfono, Nico me acarició el pelo y luego la cara, preguntándome si me sentía bien.
¡No sé primi, estás como cabizbaja, o tristona! ¿Necesitás mimitos vos?, me dijo, llegando con uno de sus dedos a mis labios. Yo, quizás a modo de juego, saqué un toque la lengua, y se lo lamí. El guacho me susurró un tierno: ¡Aaah, bueno, parece que a vos también te voy a comprar un chupete! ¡Justo voy a buscarle uno al gordo! ¡Y pañales! ¿Te traigo también?, mientras me miraba las tetas una vez más. Ahora tenía una remera amarilla, media viejita, y como pensé que Nico saldría con mi viejo, ni me puse corpiño.
¡No, mejor traeme una birra, y unas papas! ¿Te quedás a comer hoy?, le dije, sintiendo que me ponía roja de nuevo. Y entonces, el gordo empezó a llorar. Le dije que si quería yo me fijaba, así no le cerraban la farmacia. Él no tuvo inconvenientes. Me preguntó si podía prepararle otra mamadera, porque seguro tenía hambre, y que, si se había meado o cagado, quedaban dos pañales en la mesita de luz. Así que fui a su pieza, y Marquitos al toque dejó de llorar. De hecho, hasta sonrió de alegría al verme. Me fijé, y tras comprobar que estaba limpito lo alcé y me lo llevé a la cocina. Nico ya no estaba. Le pedí a mi vieja que caliente un poquito de leche para la mamadera, y me senté con él en el sillón para mimosearlo, jugar con él y sus muñequitos, cantarle un ratito, y para hablarle incoherencias, como suele hacerse con los bebés. Y de pronto, le di la razón a Nico, porque Marquitos empezó a tocarme las tetas, y a babearse con dulzura.
¡Qué atorrante que sos bebote! ¡Te gustan las tetas de tu primita! ¡Pero, vas a tener que esperar mi amor! ¡La abu ya te trae la leche! ¡Yo no tengo para darte!, le decía con la voz empequeñecida, aunque dejaba que me las toque, y que me babee la remera. Mi vieja me trajo la mamadera, y me dijo que saldría al súper para comprar pastas, aceite y algunas otras cosas. Yo me dispuse a darle la mamadera al gordo, aunque él seguía pendiente de mis tetas, y yo no podía reprochárselo. En el fondo, tal vez podía oler el celo de mis hormonas, y eso le gustaba. Así que, ni bien mi vieja cruzó la puerta de calle, como si fuese una travesura, o un secreto entre nosotros, saqué una teta por arriba de la remera y coloqué mi pezón hinchado de calentura en la boca de Marcos. Él empezó a sorberlo y babearlo, tal vez esperando alguna recompensa. Como no salía nada, medio que se fastidiaba. Entonces, le daba un poco de la mamadera, y luego volvía a ponerle mi teta en la boca. él se reía, como sabiendo que era un jueguito. Y de pronto, Nicolás llegó justo cuando el nene me chupaba la teta, sobre la que había vertido algunas gotitas de leche.
¿En serio prima? ¿Le estás dando teta a Marquitos? ¡No sabía que tenías leche!, me dijo mientras dejaba la bolsa de la farmacia en una silla, y me miraba.
¡Boludo, tenías razón! ¡empezó a tocarme las tetas, y a babearse! ¡Así que, nada, lo retaba medio en chiste! ¿Encontraste todo?, le dije, un poco aturullada.
¿Te gusta que te chupen las gomas primita? ¡Creo que cualquiera se babea con tus tetas! ¡Aaah, después compro unas birras! ¡Y tranqui, que no te traje chupete! ¡Pero sí un chocolate!, dijo, mientras extraía un Block relleno de maní. Sacó un pedacito del paquete, se sentó a mi lado y empezó a introducirlo en mi boca, mientras yo le daba la mema al gordito, todavía sin guardarme la teta.
¿Te acordás que te daba chocolate en la boca cuando eras chiquita? ¡Ahora, tas grandecita primi, y te sigue gustando el chocolate, y mostrar las tetas!, murmuró, mientras mi lengua le limpiaba el chocolate que le quedaba en el dedo. Al mismo tiempo, con la otra mano me dibujaba formas indefinidas sobre el muslo, ya que seguía con el mismo short.
¡Tenés la lengua calentita, Tati! ¿Qué anduviste haciendo nena? ¡No me digas que mi primita ya anda comiendo pija por ahí! ¡Sos muy chiquita para eso me parece! ¡Aparte, me tenés que pedir permiso! ¡Dale, comete el chocolate nena!, me decía cada vez más pegado a mi. Su aliento ya formaba nubes espesas en mi cuello, mientras sus dedos cada vez más profundos en mi boca simulaban penetraciones juguetonas, y con su otra mano me rodeaba como para hacerme sentir que era de su propiedad. Hasta que fue a parar a mi teta desnuda, la que seguía en la boca de marcos, que a esa altura lloriqueaba por no poder extraer ni una gota. La apretó, me la masajeó como si fuera un trozo de masa para hacer tortas fritas, y con dos dedos, con la parte de los nudillos estiró mi pezón, como si algún hilo de leche pudiera aparecer mágicamente. Sin contenerme empecé a gemir bajito. Las piernas se me querían fugar del cuerpo. Me sentía afiebrada, y como que un torrente de flujo renovado manaba de mi conchita para empapar más mi pobre bombacha. Nicolás se pegaba cada vez más a mi, aunque no había espacio ya entre nosotros. Deslizó la punta de su lengua por mi cuello, lentamente hacia mi cara, oliéndome el pelo, mordiendo despacio en el camino más con sus labios que con sus dientes, y respirando con precipitación. Hasta que comenzó a tirarme de una oreja para entonces introducir su lengua por entre sus recovecos, mientras retiraba con parsimonia sus dedos empapados de mi boca, haciendo un nuevo puente de saliva desde mi boca hacia mi pecho, yendo hacia mi otra teta qué estaba guardada. La sacó de su escondite suavemente, y comenzó a masajearla mientras intentaba callar mis suspiros, jadeos y palabritas sin sentido. Me pedía que abra los ojos, y me olía las tetas, incluso con la boca del nene contra una de ellas. No podía entender cómo se movía tan rápido, de dónde le surgían manos, dedos y roces para mi cuerpo… ¿o acaso era que yo tenía los sentidos totalmente extraviados? No podía pensar, paralizada por la excitación que crecía cada vez más en mi ser. ¡Hacía tanto tiempo que no me tocaba un hombre! Y que ahora, quien lo hiciera fuese el primo con quien tantas veces soñaba que me poseía, y me pajee enloquecida por él, parecía un sueño del que tarde o temprano despertaría con la cama mojada, tal vez de pis por no interrumpir el hechizo siquiera para ir al baño.
Ahora Nico estaba entre mis piernas, acomodándose como podía, para ir directo a chuparme la teta que tenía guardada, con unas ganas terribles, aunque su lengua parecía contenerse. Entretanto, inconscientemente yo le sacaba mi otro pecho a Marquitos para encajarle la mamadera. ahí Nico aprovechó y se prendió a chuponearme la que tenía toda babeada por su nene, mientras con la otra mano me apretaba la otra, o sujetaba a Marcos. Me temblaba todo cuando él succionaba tratando de arrancarme la vitalidad, y se pasaba ambas tetas por la cara, tironeándome los pezones, casi ordeñándolas como a las de una vaca. Cuando las soltó como si fueran dos globos de cumpleaños, se me acercó bien a la cara, apretándome los cachetes como cuando era chiquita y mordiéndome la nariz, y me dijo con la mandíbula rígida por la fragancia de mi piel: ¡Es un desperdicio primi, que tengas las tetas tan gordas, y de ninguna salga leche! ¿no te gustaría que te chorree un poquito? ¡Andarías pegajosa todo el día vos, porque no dejarías de apretarte las tetas! ¡Pero yo no dejaría que desperdicies ninguna gotita! Te la tomaría toda mientras, en una de esas vos… cabalgás un poquito. ¿Aprendiste a hacerlo mejor? ¡Porque, no sé si te vas a acordar que, cuando tenías once, me pedías que te ayude con los caballos del abuelo! ¿O era una excusa para refregarme el orto en la poronga primi? ¡Porque después me la dejabas toda dura, chancha! ¡Y no te hacías ni cargo!
Me lo soltaba todo sin respiro, como si hubiese esperado siglos para volcar su calentura sobre mí. Cuando al fin se calmó en cuanto le rocé el bulto, haciéndolo estremecerse por un segundo, me golpeó el pezón con un chirlo que me arrancó un nuevo gemidito.
¡Shhh, no seas sucia Tati! ¡Calmate! ¿O querés que el gordito se entere de que te calentabas por tu primo? ¡Yo me daba cuenta que te mojabas la bombachita por mi, cuando me pedías upa todo el tiempo, me tocabas el ganso sin disimulo adelante de la abu, o me pedías que te hiciera caballito y te pasee por la casa! ¿Te acordás? ¡Estabas deseosa de tener la mema todo el tiempo en la boca! ¿La querés ahora primi? ¿Ahora que ya tenés edad para meterte cosas en la boca? ¿Querés la mema? ¡Yo te la doy!, me decía mientras me sacaba al gordo casi dormido de los brazos para acomodarlo mejor en el sillón que teníamos al frente. Entonces, con todo el cuidado manoteó la mamadera que Marquitos había dejado por la mitad, y me la encajó en la boca, conduciendo mi cuello hacia arriba, empujando la tetina bien adentro de mis labios para empinar mejor el recipiente, mientras farfullaba cosas como: ¡Comé bebé, dale, achí, tomá la chechita, primita cochina! ¿A ver cómo traga la bebé?
Yo chupaba endiablada, perdida en un rol que no había buscado, ni esperaba, ni comprendía del todo; pero por momentos me ahogaba y algo se escapaba de mis labios calientes. Por lo que él pasaba su lengua por los hilitos de leche que desperdiciaba sin querer, y me golpeaba las tetas con la palma de su mano libre, o con la punta de su lengua que seguía erectándome los pezones. En ese mar de sensaciones y desconciertos desbocados, sentimos una llave en la puerta. Más bien él se percató porque yo estaba totalmente perdida, ausente, hipnotizada, abierta de piernas, pegajosa de la leche en la piel y del flujo en mi concha, con ganas de que me clave la pija ahí nomás, de una, de comprobar si la tenía tan venosa como su mano, y de curiosear si escondía algún pirsin, o algún tatuaje cerca de ese lugar. Nico me metió rápido las tetas adentro de la remera, y antes de manotear al gordo que empezaba a despertarse con un llantito poco convincente, dejó caer un chorrito de leche directo en mi concha, mojándome el pantalón fino, cayendo un poco en la tela del sillón y susurrando alguna cochinada qué no llegué a oír. Ni bien vi la cabeza de mi vieja asomarse por el living, la voz de Nico se elevó por los aires, exponiéndome como si estuviese verdaderamente molesto conmigo: ¡Te dije Tati que si no sabias darle la mema no lo hagas! ¡De verdad no hay problema! ¡Yo se la doy! ¡Después de todo soy su padre, y gracias a mí esta acá! ¡Además, mirá cómo te enchastraste el pantalón nena!
Me retaba falsamente, guiñándole un ojo a mi madre, pero me volvía a retar, como canchereando la situación. Incluso se quejó con mi vieja, mientras le ayudaba a cargar las bolsas de las compras y ella alzaba al bebé, diciéndole que yo era un desastre, que con suerte Marquitos logró tomar algo de leche, y que por lo visto debía volver a educarme con chirlos en la cola para que aprenda mejor a comportarme como una señorita, y una futura madre. Nicolás sabía que ese castigo era el favorito de mi vieja; bajarme pantalón y bombacha para chirlearme la cola sin importar el lugar ni el público. Lo había hecho millones de veces delante de la familia, en reuniones, cumpleaños o en alguna que otra navidad. él había estado presente en unas cuantas… por lo que se enteró que alguna vez algo de pipí se me había escapado, mientras sentía el ardor en mi cola y su mirada recorriendo mi cuerpito de nena, mis miedos, y también mis inquietudes de futura mujercita.
¡Y bueno hijo, al parecer, las palizas que le di no le alcanzaron! ¡Y eso que había llegado un momento que venía y se bajaba la bombacha solita, sabiendo que se había portado mal!, decía mi vieja, antes de mecer al nene en sus brazos, con rumbo a la cocina. Me dejaron allí, sentada y mareada, mientras Nico le recordaba: ¡Aparte de la Tati, la Georgi se ligó varios chirlos! ¡Eran rebeldes las primas che!
¡sí, pero ahora Tatiana tiene 25, y ya no puedo sacudirla como antes! ¡Ahora, tendrá que aprender solita!, aclaraba mi vieja, como si yo no estuviese escuchándolos. Por lo que, empezando a enojarme sin entender los motivos, preferí ir a mi pieza. Recuerdo que hablé con una amiga por WPP, que ordené un poco la cama, leí para un examen que tenía ni bien se reanudaran las vacaciones en la facu, y me puse a viciar un poco con videos de IG. Pero no podía hacerme la boluda con el calor intenso que bajaba por mi vientre, ni con la humedad de mi bombacha. Así que me desnudé para cambiarme, me puse un vestido sueltito, una vedetina rosada, y estaba por calzarme unas sandalias, cuando escuché la voz de Nico que me llamaba desde su pieza. Al mismo tiempo mi vieja reforzó tal llamado con un quejumbroso: ¡Dale Tati, que te llama tu primo! ¡En veinte minutos están los rabioles! ¡Apurate!
Me apuré todo lo que pude. La puerta estaba entreabierta, y cuando entré, Nico estaba por ponerle un pañal al gordito, que sonreía en la cama, chupándose un dedo. Me hizo señas para que cierre la puerta, mientras decía en voz alta: ¡Aaah, Tati, necesito que me ayudes a buscar una aplicación, o algún antivirus para el celular! ¿Tendrás alguna idea de eso vos?
Pero en cuanto cerré, su cara se convirtió en la mejor y más sincera de las sonrisas, endulzada por un morbo particular.
¡Dale, acercate nena! ¡Mirame primi, ando con el pitito al aire! ¡Mi papi tarda en ponerme el pañal, y me empieza a dar frío en las bolitas! ¡Dale nena, movete, que no tenemos mucho tiempo!, decía Nico, haciendo la voz del nene, y eventualmente la suya. En cuanto estuve al lado de mi primo, él me metió un dedo en la boca, diciéndome: ¡Acá tu mami no te va a encontrar chupándome el dedo! ¿Te acordás cuando te enganchó tocándole el pito al perro del abuelo? ¡Ese día sí que te dejó la colita colorada! ¡Mirale el pito a Marquín! ¿Te gusta? ¡No me vas a decir que no te tienta! ¡Dale, acercate, y dale un besito! ¡Chíiii primi, agarrame el pitito con la boca, y oleme, que estoy recién bañadito!
Era cierto, Marquitos olía a perfumito de bebé, y a talquito, o algo de eso. Mi mente atribulada por mis propias sensaciones, los recuerdos de Nico y las pulsaciones de mi clítoris no me dejaban decidir por mí misma. Por eso, fue casi un trámite que Nico tome posesión de mi cabeza para juntar mi boca al pilín de Marquitos.
¡Dale chancha, lamele el pito a mi bebé, asíiii, metételo en la boca, que te encanta! ¡No sabés las ganas que tengo de que me hagas un buen pete! ¡Amé verte las tetas enlechadas, y al pendejo lamiéndote! ¡Dale bebé, comé pitito de nene! ¿Mirá si te hace pis en la boquita?, me decía Nicolás, comenzando a frotar su paquete duro en mis nalgas, aprovechándome casi arrodillada junto a la cama, sobre el piso, y con la boca ocupada en sorber y lamer el pilín de Marcos, que largaba una carcajada tras otra, miles de pataditas y algún que otro balbuceo, los que Nico traducía como: ¡Me encanta primita, así, agarrame el pito con esos labios gorditos, y chupalo todo, que te gusta mucho! ¡Y a mí, me gustó morderte la teta primita!
Pero de pronto su voz atronó el cuarto como una amenaza incoherente, merecida, plena de incomprensiones, para gritarme mientras empezaba a tironearme el vestido y a pellizcar cualquier parte de mí: ¿Qué hacés pendeja? ¿Cómo te vas a meter el pito de mi hijo en la boca? ¿No ves que es un bebé? ¿Te das cuenta que estás re loquita?
Yo lo chistaba para que baje la voz. Pero, en medio del morbo que nos igualaba, nos transformaba y enloquecía, superpuse mi voz a la suya, sin soltar el pito de Marquitos, y manoteándole el ganso a mi primo cuando le gritaba: ¡Sí guacho, le chupo la pija a tu nene, porque vos sos un cagón, y no me la das! ¿Hace rato que quiero petearte, y que me garches toda! ¡Por eso le como la verga a tu bebé!
Nicolás, evidentemente no se esperaba esa reacción. Así que, ahora él intentaba acallar mis delirios fatales con chirlos en mi colita, subiéndome el vestido por completo y bajándome la bombacha hasta las rodillas. Y se volvió loco al comprobar que, con cada chirlo que me daba, mi vagina expulsaba un chorro de calentura, o de meada, o de lo que sea. A mí ya no me importaba; pero él estaba extasiado. Incluso me separó las nalgas para olerme el culo, y me cacheteó la concha para que caigan más y más gotas pesadas de mi intimidad perturbada.
¡Mirá cómo gozás, perrita! ¡Imagino que esto, es una flor de acabada de tu conchita! ¡Ya estás grandecita para hacerte pichí! ¿O te meás todavía nena?, me decía, continuando con sus chirlos, olfateadas profundas, pellizcos, besos por mis piernas, y refregadas de su bulto por mi cara, aunque aún no se había bajado el short.
¡Sí Niquito, por vos sí me hago pis! ¡Me encantaría mearme para vos, y que me arranques la ropa, y me eches todo el talco de esta verga adentro, y me hagas un bebé!, le decía yo, soltando por primera vez el pito de Marquitos para tomar la iniciativa más esperada por mis ansias de hembra. Le bajé el pantalón y el bóxer negro a rayas para hacerle una pajita a esa verga babosa con una sola mano. Luego, cuando al fin mis ojos la observaron en plenitud, yo misma terminé de sacarme la bombacha para arrojársela en la cara. Le pedí que me coja, casi que al borde de las lágrimas. Pero él, obstinado, recuperando algo de su carácter parco, me dijo: ¡Nada de eso señorita! ¡Abrí la boca, y pelá las gomas del vestido! ¡Ahora sí que te doy la mamadera, putita! ¡Dale guachona, que te la venís buscando! ¡Y pobre de vos si te meás, porque llamo a tu vieja para que te chirlee hasta mañana!
Y al toque mis tetas revotaban contra su pija, o se la deglutían en apretones ardorosos, o eran estrujadas por sus manos. Mi boca le escupió el prepucio, los huevos y hasta el culo. él decía que quería mi saliva en todo su cuerpo. Y casi sin importarnos que mi vieja comenzara a llamarnos a comer, le abrí mi boca a su glande hinchado, delicioso y cargado de juguitos para que me inyecte el paladar de felicidad. Me lo llevaba hasta la garganta, me incorporaba del suelo para eructarle en la cara, y volvía a bajar para succionar y sorber cada gotita de sus líquidos abrumadores. Entretanto, yo misma me frotaba el clítoris, me pellizcaba los pezones, y le juraba que me moría de ganas por tener leche de verdad en las tetas. En un momento, Nico me pidió: ¡Metete el dedo en la concha, y ponéselo en la boquita al Marqui, dale putita, así conoce el olor a alzada de su primita! ¡Por ahí, cuando estés media veterana, te lo llevás a la camita, y le pedís que te pegue flor de culeada! ¿Te parece?
Sus gemidos me preocupaban, porque al menos a mi cerebro le hacían daño de lo fuerte que se oían. Me puteaba, me arrancaba el pelo para que me trague todo y sin decir una palabra, me apretaba la nariz, me cacheteaba la cara, me pedía que saque la lengua para darme chotazos en ella, y me agarraba de las tetas para fregarme los huevos, o para pajearse entre ellas. Y, casi en el momento en que mi vieja empezaba a impacientarse seriamente, murmuró: ¡Ahí la tenés, guachita de mierdaa, toda la salcita te largooo, toda la chechona, mariconcita chancha!, y una catarata de semen me hizo arder la garganta, la nariz y la lengua por lo caliente y espesa que fluía de su verga hermosa. Le sacudí la pija entre mis labios abiertos para no desperdiciar nada, le subía el cuero para privarlo hasta de sus últimas envestidas para mi lengua hirviendo, y hasta volvía a tragar mis hilos de saliva, mezclados con algunas lagrimitas de felicidad absoluta. ¡Al fin tenía la pija de mi primo en la boca! ¡Al fin podía saborear su lechita!
¡Tatu, vamos nena, arriba, y no llores tonta! ¡Dale, que tu vieja nos está llamando hace una bocha! ¡Cuchame, ponele el pañal al Marcos, y andá para el comedor! ¿Dale? ¿Estás bien? ¿Te ayudo a levantarte? ¡Aaah, eso sí, nada de ponerte la bombacha! ¡Andá así, en vestidito, con las sandalias, y nada más! ¡No te limpies la cara, ni las tetas, ni la vagina! ¿Entendido?, me decía Nico, mientras me extendía una mano para separarme del suelo, colocando un pañal nuevo en mi otra mano. Tenía la cara ardiente, sucia de leche, con su olor a macho hasta en el pelo, y un mareo que no lograba controlar. Y, además, tampoco dominaba la emoción que seguía haciendo que se me escapen lágrimas de satisfacción, gratitud y calentura. Estaba confundida, desconectada del mundo, con el pulso hecho un galope de caballos feroces, y apenas podía prestarle atención a sus palabras.
¿Me entendiste Tati? ¡Dale, metele antes que nos quedemos sin comida! ¡Aparte, cuando los tíos se vayan a dormir, pienso cogerte toda! ¡Ahí, en el sillón! ¿Qué decís? ¿Te la voy a enterrar en la conchita, así como estás, semi en bolas, y con Marquitos a upa tuyo! ¿Estás contenta? ¡Y ojo conmigo! ¡Mirá que, cuando le acabo adentro a una mina, le hago un bebito eh!, me dijo al oído, una vez que terminó de vestirse. Y, casi cuando ya no había tiempo para más, nos comimos la boca, al mismo tiempo que mi mano comenzaba a pajearle la verga, y alguno de sus dedos me abría los labios de la concha.
¡Esperate nena, que esta noche, vas a ser mi postre! ¡Y vos, te vas a comer la cremita por esa zorrita que tenés!, me dijo al fin, dejándome caliente, humedeciéndome otra vez, pensando en cómo carajos se le ponía el pañal a un varoncito. Fin
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