Mi nuevo padrastro

 

Estaba desnuda en mi cama, tapada con mi sábana y dos mantas de micropólar, rememorando un par de besos que me había dado en el baño de la escuela con Luciana, y un manoseo re zarpado que un boludo de segundo le encajó a mis tetas, cuando venía en el colectivo de vuelta a casa. Mis 14 años reclamaban que me frote como tantas veces lo hacía, y tal vez por eso me desnudé rapidísimo, y me acosté a dormir sin comer. A mi vieja le dije que me dolía la cabeza. A ella ni le importó, ya que veníamos llevándonos mal últimamente, por algunas pruebas que rendí como el traste. Pero, como ella estaba fascinada con, “Mi nuevo padrastro”, no se hizo mucho problema por mi salud. Además, para ella soy una adolescente conflictiva, llorona, densa, y que de paso debía bajar algunos kilos. Así que, en cuanto escuché el tintineo de cubiertos en la cocina, cerré la puerta de mi cuarto, me quedé en pelotas y me escondí en la cama. Miré dos o tres videos chanchos en mi celu, y el fuego de mi concha me imploraba que no me olvide de frotarla, penetrarla y juguetear con mi clítoris. lo hice, y tuve un orgasmo con el que ni me preocupé en bajar el volumen de mis gemidos. Total, mi madre y Mario, su nuevo novio (Y con éste ya iban seis después de echar a mi viejo a la mierda por haberle sido infiel) miraban un partido de la selección.

Al rato, mientras el calor de mis pezones contra las sábanas volvía a excitarme, pensé que sería buena idea pajearme otra vez. Pero pensé en que al día siguiente no me iba a levantar ni con una murga, y preferí acomodarme para dormir, un poco a la fuerza. Para colmo tenía un examen de laboratorio, y uno más pesado de Geografía. No había estudiado mucho, pero apelaba a mi memoria en clase. El tema es que, cuando empezaba a notar que mi cuerpo formaba parte de cada molécula de mi colchón, descubro que la puerta se abre con el máximo silencio posible. La luz no se encendió, ni hubo pasos apresurados en el suelo, ni una pregunta en el aire. Solo, un silencio pesado, y una respiración contenida. Sabía que volvería a pasar. No era la primera vez que Mario entraba a mi cuarto cuando yo dormía. Nunca se lo había dicho a mi vieja, porque jamás me hizo nada. En el fondo, me parecía que yo misma me vengaba de ella por no haber permitido que mi viejo se acerque a mi vida. y, por otro lado, me calentaba escucharlo respirar a varios centímetros de mi cama, mirándome entredormida, algunas veces en shores apretados, o con alguna calcita. Una sola vez me sorprendió en una siesta, revoleada en bombacha y camiseta. Ese día, sentí una fuerte pulsión en la vagina mientras me sentía desnudada una y otra vez por sus ojos marrones, tan desequilibrados como el alboroto que había en su pelo negro repleto de rulos. Pero esta noche fue distinta, porque yo también lo quise así, tal vez.

¡Cómo duerme la bebé!, murmuró mientras juntaba la puerta al marco con extremo cuidado.

¡Mirate la boquita, abierta y chiquita! ¡La de pijas que debés parar en la escuela cuando te la pintás de rojo!, dijo, ya en el silencio hermético de la pieza, dando pasos lentos hasta mi cama. yo estaba de costado, con uno de mis hombros al descubierto.

¿Qué pasó gordi? ¿No fuiste a comer para cuidar la cinturita, y las tetitas? ¡Tu mamá tiene razón! ¡Estás cada vez más gordita! ¿No te habrán embarazado? ¡Sos muy chiquita para andar con bebitos en la panza!, seguía murmurando cuando ya sus piernas se apoyaban en mi cama. su respiración se aceleraba, y sus manos evidentemente le rozaban alguna parte del pantalón, porque podía oír el ir y venir de sus dedos por su vaquero. Además, le tintineaba una llave en el bolsillo. Hasta que no pude fingir más que dormía, y murmuré, aún con la voz tomada: ¿Te parece entrar así a mi pieza, y hablar de mí como si no te estuviese escuchando?

Él se asustó, y del cagazo casi que se cae redondo al suelo. Me tironeó un poco la manta, intentó disculparse, y dijo que seguro entendí cualquier cosa por estar media dormida.

¡Dale, no te hagas el boludo Mario! ¡No soy tan gila! ¿Sabés? ¡Ni hablar que te escuché! ¡Y no estoy preñada! ¡Engordo porque soy re tragona, y tengo angustia oral! ¿Y a vos? ¿Qué te pasó? ¿Mi vieja no te entregó el pancito? ¿Por eso viniste a joderme?, le decía, sin mudar el tono de mi voz, bajándome sutilmente la manta y la sábana para que me vea el contorno de las tetas desnudas. Después de todo, no era la primera vez que coqueteaba con un novio de mi vieja. Así que, no me cagaba en las patas, ni tenía pensado arrugar. Todos me caían mal. Pero éste, me daba hasta asco. Lo único que me producía cierta curiosidad, era su pedazo, el que siempre le veía parado cuando mi vieja dejaba de besuquearlo, o se re apretaban antes de la cena. Sin embargo, Mario no parecía querer atreverse a más. Así que le dije: ¿Por qué no me destapás del todo? ¡Ya sé que te gusta mirarme las tetas!

¡Nooo nena, ni a palos! ¡No sé por qué decís eso! ¡Tu vieja tiene razón! ¡Tás media mal del bocho vos!, decía, intentando controlar los aspavientos de sus manos que se agitaban en el aire.

¿En serio? ¿Tan loquita estoy? ¿Nunca viste a una pendeja durmiendo en bolas? ¡Porque, yo ya sé que entraste otras veces, y que me viste durmiendo en bombacha! ¿Eso te excita?, le insistía, sabiendo que sus fosas nasales no podían alimentar a su cerebro para que pueda procesar del todo mis palabras.

¿Qué buscás nena? ¡Se supone que ahora, deberías taparte, y no dejar que te mire las tetas!, dijo, sin dar un paso, aunque acariciándose el paquete. Lo vi porque tenía el velador encendido, y la lamparita mandarina que iluminaba, sólo lo hacía casi hasta los pies de mi cama.

¡Claro, entiendo! ¡Y yo, debería gritar como una histérica para que no me muestres la chota, ni me la pongas de prepo en la boca! ¿No? ¡Pero, vos me vas a dar flor de paliza si mi vieja se llega a despertar!, dije, sin temores, bajando delicadamente la sábana un poquito más. Mario chasqueó la lengua, gruñó y me dijo que estaba re loca. Yo, aniñé un poco más mi voz cuando dio unos pasos, quizás pensando en tomarse el palo: ¡Dale papi, destapame, acercate para mirarme las gomas!

El tipo se debatió entre darme una cachetada, llamar a la boluda de mi vieja, o rajarse de mi pieza. Podía oler el miedo que envolvía su miserable vida en cada mueca de su cara. Pero, al final se acercó, me quitó la manta y la sábana, y se recostó a mi lado, frente a mi cuerpo. Sentí que tenía el vaquero por los tobillos, las ojotas puestas, y una adrenalina que lo hacía agitarse más. Las llaves se le cayeron al suelo cuando empezó a sobarme el culo, decidido a frotar mi sexo contra el suyo. Solo nos separaba de la locura el bóxer rojo que llegué a chusmearle brevemente. Pero sus dedos empezaban a subir por mi espalda, a rozarme las tetas, el cuello, la boca, y de nuevo a estrangularme las nalgas con una pasión que me obligaba a gemir como una bebé en celo, mientras la dureza de su verga se apretaba fuerte contra mi vagina desprotegida.

¡Así te gusta a vos, trolita barata! ¡Te gusta dormir desnudita por lo que veo!, me repetía, jadeando sin reprimirle unos chirlos a mi cola, apretando más mi pecho contra el suyo, y abriéndome las piernas para que le abracen las suyas, haciendo que mis labios vaginales se peguen mejor a la tela húmeda de su bóxer, y comiencen a necesitar sorber aquel pedazo de pija que todavía se le negaba. Y de repente, mientras sentía que su lengua buscaba lamerme un pezón, después de babosearme una teta, separándome las nalgas con las manos, oí que sus ojotas también cayeron al piso mientras él se acomodaba boca arriba sobre mi cama, y me acomodaba sobre él, sin despegar mi sexo de su verga parada, diciéndome: ¡Si no te quedás quietita, te la clavo toda, y te hago un bebito! ¿Querés eso pendeja? ¿Eeeh? ¿Querés andar preñadita por el barrio? ¿Querés contarles a tus amiguitos que tu padrastro te infló la pancita?

¡Mirá que mi leche es peligrosa, guachita! ¿Querés que te haga un hermanito?

Esas palabras me emputecían como nunca lo había sentido. Y eso me llevaba a frotarme toda, a mojarme entera, a ponerle mis tetas en la boca, y a pedirle que me las chupe. ¡Chupame toda, comeme toda, mordeme las tetas si te la bancás!, le repetía presa de una excitación que me consumía por dentro. Mario me nalgueaba, trataba de que no elevemos nuestras voces, me pedía que dé saltitos encima de su pene, y de a ratos que me quede quieta otra vez, apretando todo lo que pudiera mi vulva contra su verga que latía como el tic tac de un reloj antiguo.

¿Dale gorda chancha, saltame en la pija, mojame con tu juguito de nenita! ¡Me encanta que duermas desnudita, con las tetas suavecitas que tenés! ¡Mostrame la lengüita, dale, y tirame tu alientito en la cara!, me pedía con un morbo que me inquietaba los pulmones, y yo le hacía caso, sintiendo que me mojaba como una loca. Hasta que, en un momento, me apretó bien fuerte a su cuerpo, restregando mi vientre sobre su dureza, jadeando como si pudiese graznar como un cuervo ansioso, al tiempo que me recorría los labios con un dedo, me metía otro en la nariz, y repetía: ¡Aaaaah, chiquita, me acabo todoooo, te doy la lecheee! ¿Decí que tengo el bóxer, que, si no te preño toda, por calentona, bebé asquerosa!

y luego de eso, me revoleó en la cama, me pellizcó ambos pezones y me tapó solo con la sábana. No sé si había escuchado la voz de mi vieja. Pero, levantó las llaves del piso, se arregló la ropa, y me dijo, antes de convertirse en una sombra: ¡Y calladita la boca, gorda chancha!

Al toque palpé mi sexo, y me encontré con la viscosidad de los restos de semen que su bóxer no pudo almacenar. Empecé a saborear lo poco que podía atesorar con mis dedos, mientras me dedeaba el clítoris, más alzada que antes, haciendo un verdadero río con mis jugos en la cama. pero, esa no sería la única noche de aquí en más. De hecho, no pasó ni una semana. Esa noche, también yo dormía desnuda, en sábana, y con un matete en la cabeza con el que al otro día tendría mi examen de Matemática contable. Estaba tan cansada que me dormí al toque. Aunque, me despertaron los gemidos de mi vieja, y los ruidos de su cama contra la pared. Era evidente que Mario la estaba sacudiendo con ganas. Me reí, me los imaginé cogiendo, y me enojé conmigo por excitarme de esa forma tan mediocre, primitiva y decadente. Pero ya no pude volver a dormirme. Y menos cuando, a la media hora de semejante traqueteo en la pieza de mi vieja, escucho mi propia puerta abrirse con sigilo. Sabía que Mario, o bien se había quedado con las ganas, o necesitaba un postre apetecible. A lo mejor había discutido con mi vieja por alguna pavada. Así que, me hice la dormida, y esperé.

¿Estará desnudita la gordi? ¡Ahora lo vamos a ver! ¡Despacito gordo, a no levantar la perdiz, que si se despierta… no siempre todo sale bien!, iba diciendo el cretino, mientras levantaba la sábana sin demasiado cuidado. Como estaba boca arriba, primero contempló mis tetas, y luego, agachó un poco la espalda para apreciar mi sexo expuesto, libre, y discretamente húmedo.

¡Uuuuy, mirá, por ahí hace pipí la gordita chancha esta! ¡Mirá qué rosadita la tiene! ¡Cómo le gusta dormir en concha a la nena!, decía con todo el libreto de un viejo verde en potencia, respirando cada vez más cerquita de mi vulva. Yo no movía un músculo, porque disfrutaba de que me desee, que me crea dormida, que me presienta inocente. Y entonces, cuando supe que su boca podía tocar la hendidura de mi conchita de un momento a otro, tiré el zarpazo. Le manoteé los rulos con fuerzas, e impacté su cara contra mi sexo, diciéndole: ¡Ahí la tenés, puerco, asqueroso! ¡Oleme toda, que por ahí hacemos pis las gordas putas como yo! ¿Te gusta olerme la concha? ¿O te gusta más cómo huelen mis bombachas? ¿Te pajeás con mi ropa vos? ¡Dale, fregame bien esa barba en la zorra, así te queda mi olor a hembra en la cara!

¡Uuuuf, bebéeeé, qué chanchona sos, qué hembrita regalada resultaste, gordita hermosa!, me decía, cuando su lengua lamía la superficie de mi vulva, sus bigotes se enredaban con los vellos que no me había depilado por vaga, y su olfato me instruía nuevas formas de restregar su cara de viejo pajero en mi intimidad. Era un perro revolcándose en la osamenta, o un gatito cabeceando a su amo para que le dé de comer. Le abrí las piernas, y con un dedo comencé a estimularme el clítoris para expulsarle mis jugos en la cara. Le pedía que me agarre del culo y me sacuda, que me exprima la concha como una naranja, y que me pellizque. Entonces, en otro arrebato oí el típico sonidito de una señora paja, y deduje que se estaba manoseando el pito.

¿Por qué, en vez de tocarte la chota, no me pegás con ella en la concha? ¡Dale, dame pijazos en la concha, y te vas a dormir! ¿O querés que te mee la carita? ¡Seguro te calienta eso, porque estás zarpado en cochino pajero!, le decía apretando los dientes, presionando su cuero cabelludo con bronca para que no deje de lamerme, a pesar que lo hacía con torpeza, y le abría más las piernas, sintiendo que se me doblaban los deditos de los pies. Entonces, Mario se bajó el calzoncillo gris que traía, acomodó sin una pizca de cariño mi cuerpo en el borde de la cama, y empezó a golpearme la concha con su pija gruesa, no del todo parada, pero lo suficientemente babosa como para salpicarme la panza con su cremita. Quería que me la encaje adentro ya, que me trate como a una perra, que me haga doler, llorar y gritar con esa pija. Aunque sabía que no me sería sencillo, puesto que solo había tenido sexo dos veces, y con un ejemplar de verga que no se parecía en nada a la monstruosidad que tenía en frente. Sin embargo, Mario empezó a refregármela en la panza, a pajearse en la orilla de mi ombligo, y a escupirme las tetas. Eso no estaba en mis planes, ni se lo había pedido. Así que, lo cacé del pelo y le di varias cachetadas, increpándolo con un fingido odio, aunque sin escatimarle desagrado: ¿Qué hacés forro? ¿Qué escupís la concha de tu madre? ¡Pajeate en la panza de esta gorda cochina, pero no me escupas, tarado de mierda! ¡Yo no soy mi vieja que te deja que le hagas cualquier cosa! ¡Dale gil, pajeate, y ensuciame la panza de lechita, que es para lo único que servís!

Entre tantas cachetadas, escupidas (Porque él hacía lo que se le antojaba) fregoneadas de su chota en mi panza, y algunos dedos que intentaban penetrar mi concha sin éxito, porque yo le rasguñaba las manos, finalmente un estallido de leche surgió de su hombría desaforada, histérica y sorprendida por las reacciones de mis acciones. Ni yo sabía de dónde me nacían esas locuritas; pero estaba radiante de felicidad por dominarlo, maltratarlo, herirlo de alguna forma. Pero su semen salió como un disparo explosivo, con el que me bañó las tetas, la panza, el cuello, y hasta la cara. Entonces, ni siquiera lo dejé recuperarse de tamaño gasto de energía. Al toque empecé a revolearle almohadas, la ropa que encontraba, mis zapatillas, mientras le decía: ¡rajá de acá, forro, ordinario! ¡Sos un violador de pendejas! ¡Rajá si no querés que empiece a gritar, y se entere todo el barrio que me llenaste de leche, que me escupiste las tetas! ¡Tomatelás, forro, hijo de puta! Y a él no le quedó otra que salir de mi pieza, aún sin arreglarse el calzoncillo, jadeando y con mis cachetadas, rasguños y olores en la piel. Así se lo mandaba a mi vieja, para que reconozca que su propia hija se divertía con su nuevo macho. Aunque, ella, con tal de seguir teniendo esa pija entre las piernas, prefería hacerse la boluda, ignorarlo todo, y pasar por alto cualquier cosa que alguna amiga le quisiera hacer ver.

Pero mis jueguitos y provocaciones no quedaban ahí. Otra noche, entró a mi pieza como a las 4 de la madrugada. Esa vez dormía en bombacha, en tetas, y no lo escuché entrar. Cuando quise acordar, lo tenía encima, apoyado con sus manos y piernas, sin tocarme con el cuerpo, pero sí rozándome el culo con el bulto. O, mejor dicho, con la punta de la pija, ya que la tenía parada. Era como si quisiera correrme la bombacha con ella. Yo, de inmediato le agarré un dedo y se lo mordí. Él, me dio una cachetada con la otra mano, reprendiéndome con un apretado: ¿Qué hacés, putita de mierda? Y yo, empecé a subirle la cola para que su chorizo caliente se restriegue contra ella, mientras le decía: ¡No me saques la bombachita, porfi, que soy chiquita, y ese pito me va a hacer doler! ¡No me la metas, por favor, no me viole señor, no sea malo conmigo! ¡Aparte, tengo la bombachita sucia, porque me hago pis a la noche, porque sueño con violadores como usted! Todo, con una voz escandalosamente aniñada, suplicante y solloza, mientras él intentaba despegarse de mis locuras. Pero era inevitable la fricción de su glande en mis nalgas, el calor que mis piernas despedían, el ardor que me rodeaba los pezones, y los chupones que mi boca le regalaba a sus dedos gordos que olían a cigarrillo. No quería que me penetre, pero me moría de ganas de sentirla. Ya no me importaba si era en la concha o en el culo. Es que, sentía que los cachetes de la cola se me abrían solos, repletos de cosquillas y de imprudencias. Al punto que, le pedía como una loca: ¡Agarrame de la bombacha y tironeala, así se me entierra en el culo, y no me la ensuciás con tu pija cochina!

Él lo hacía, además de rozarme la vulva por arriba de la tela, siempre que yo le abriera las piernas, o no le mordiera algún trozo de su cara. Amenazaba con hacerle pis en la mano, con dejarle los dientes marcados en la nariz, y con arrancarle las tetillas. Él retrocedía, y yo volvía a traerlo a mis perversiones con tirones de pelo, o con más arrimadas de mi culito a su pija, que ya parecía desbordarse de tensiones. Así que, en un momento sublime, me escapé del refugio de sus brazos, me saqué la bombacha, metí la cabeza debajo de su cuerpo, y mientras le hablaba como una nena estúpida, le agarré el pito con una mano y empecé a castigarme la boca entreabierta con él.

¡Olé mi bombachita forro, dale, que te calienta la nena de tu esposa! ¿No? ¿Te gusta entrar a mi pieza, agarrarme dormida? ¿Qué onda si no me despierto? ¿Te subís arriba mío, y me la metés hasta llenarme de leche?, le decía, pellizcándole pedacitos del cuero, babeándole el glande, y poco a poco metiéndomelo en la boca. Tenía un sabor que, no podría afirmar que me gustara demasiado. Pero, oírlo oler mi colaless, escucharlo gimotear mi nombre, prometerme lechita en la boca, pedirme que se la chupe despacito como a un heladito, y jurarme que siempre sería su gordita cochina, me instaba a mamársela con felicidad, a succionarla y tragarla con deleite, y a regalarle unas arcadas que, no era capaz de reprimir. Y, supongo que fue cuando le dije algo como: ¡Dame la lechita Mario, que soy una villerita muerta de hambre, que anda con la misma bombacha todo el día, por pobre, y por sucia!, que las venas de su verga monstruosa comenzó a querer desintegrarse en mi boca, mientras un chorro blanco de semen espeso, agrio y caliente me inundaba la garganta, me hacía toser y respirar más ahogada que la mierda, y lloriquear de supervivencia. Mario, enseguida se levantó de la cama, revoleándome la bombacha babeada en la cara, y corrió a preguntarle a mi madre si necesitaba algo, porque, al parecer lo había llamado desde su pieza. Claramente, yo no estaba en condiciones de escucharla.

En la noche siguiente, no esperé a que fuera a visitarme a la camita. Ni bien terminamos de cenar, y mi madre decidió darse una ducha, seguro que, para esperar a Mario limpita, sexy y perfumadita en la cama, quizás pensando en tener sexo, yo reuní valor para someterlo, una vez más. Él miraba una película medio policial, revoleado en el sillón más ancho de la casa, tomando una lata de birra, mientras yo terminaba algo para matemáticas en la mesa de la cocina. Lo veía observarme de vez en cuando, tal vez creyendo que en cualquier momento podría mandarlo al frente con mi vieja. Era como si de repente me tuviese miedo, o no supiese cómo actuar si me tenía cerca. Así que, todavía con algunas cuentas por terminar, cerré la carpeta, me levanté impulsada por una fiebre que me aturdía, me bajé la calza y caminé hasta donde estaba Mario para sentarme en sus piernas. Ambos oíamos que el calefón se encendió, y que mi vieja tarareaba un tema de Arjona en el baño, mientras el agua caía con estrépito. Y me calentó aún más que se estuviese bañando con la puerta abierta. Mario quiso echarme, pero no podía gritar, ni persuadirme porque, mi vieja lo escucharía. Así que, empecé a refregarle el culo en la pija, metiéndome la bombacha en el centro de las nalgas, y a rozarle los labios con los dedos con los que yo misma me exprimía la vulva, diciéndole en voz baja, cerquita del oído: ¿Te calienta tener a una gordita en bombacha a upa? ¿Te gusta apoyarme la cola así, chancho? ¡Dale, apoyale la colita a la gorda, mientras su mami se baña! ¿Querés que me baje la bombacha, así te la pongo más dura?

Él intentaba quitarme de encima un poco a la fuerza; pero su poronga reaccionaba a mis estímulos, empezaba a hacerse presente en cada tramo de mi cola, se elevaba y endurecía con determinación, y sus dedos no se resistían a retorcerme los pezones, en teoría para que me duelan y al fin me baje de sus piernas. Me decía: ¡Estás loca pendeja! ¡Si tu madre te ve, me revienta, y a vos te acuchilla! ¡Bajate, y dejá de boludear nena, que no entendés nada! ¡Sos chiquita para andar putoneando así!

Pero, en cuanto empecé a correrle el short berreta que traía para liberar su verga y colocarla de alguna forma entre mis piernas, se quedó sin argumentos. Solo me abría la boca con su lengua, me tironeaba la bombacha para que mis glúteos se la devoren, y temblaba incrédulo cuando entonces me decidí a pajearle la cabecita de la verga, apretándosela con las piernas. Mi vieja seguía cantando, de vez en cuando diciéndole a Mario: ¡Preparate gordito, que apenas la nena se duerma, soy toda tuya! ¡Y, si te portás bien, tenés premio!

Él le respondía con cada vez mayores inconvenientes, porque mi mano lo hacía gimotear, aunque se mordiera hasta los dientes para que mi vieja no sospeche nada. Seguía acariciándome las tetas, aunque si me pellizcaba, me encargaba de rasguñarle la mano, o de pellizcarle la pielcita del escroto, o el prepucio. Me repetía: ¡Pajeame nenita, así, quedate con mi lechita en la mano, asquerosita! ¿Eso hacés en el colegio vos? ¿Vos, y las atorrantas de tus amiguitas?

¿Me escuchás gordo? ¿O te quedaste dormido viendo esas películas aburridas? ¡Mirá que me falta poquito! ¡En un ratito, te espero en la cama, y con las piernas abiertas! ¡Vos fijate qué me hacés!, le decía mi vieja, tal vez preparándose para salir de un momento a otro del baño, envuelta en algún toallón, o desnuda. ¿Y si se aparecía por la cocina? Entonces, presa del pánico, empecé a acelerar la pajita que le hacía, mientras le presionaba el tronco con las piernas. Hasta que se me ocurrió dar saltitos, cruzando las piernas con todas mis fuerzas, atrapando su glande hinchado entre el elástico de mi bombacha, mi culo y mis muslos, para de esa forma simularle una concha. Como yo subía y bajaba, a él se le endurecía todavía más la chota, y sus manoseadas a mis tetas eran más peligrosas. De hecho, yo gemía, me babeaba y le mordía la mano con la que trataba de silenciarme. Me sentía más puta, más sucia y pegoteada por todos lados. Sobre todo, desde el momento que empezó a decirme: ¡Uuuuf, te ensucio toda nenita trola! ¡Sos digna hija de tu madre! ¡Aaaah, mirá cómo me sacás la leche, atorranta! ¡Apretame más, asíii, bien la verga apretame guacha! Ahí noté que sus zamarreadas a mi cuerpo eran más feroces, que sus dedos se incrustaban en mi piel como agujas, y que mis piernas se llenaban de su abundante acabada, al mismo tiempo que su saliva me salpicaba el pelo, la remerita y la dignidad. Para cuando el muy turro terminó de verter su semen en ese hueco que le había creado, en medio de mis saltitos y palabritas sucias, mi madre había salido del baño, y se dirigía a la pieza, desde donde le decía: ¡Ahora sí papiiii, vení, haceme tuya, que estoy desnudita para vos!, y yo me bajaba de sus piernas para mirarlo a los ojos, diciéndole: ¡Mirá cómo me dejaste guacho, toda enchastrada, con tu lechita! ¿Te gusta hacer cornuda a mi mami? ¡Pobrecita! ¡Creo que no se lo merece! Y acto seguido me agaché para morderle la punta de la pija, justo cuando se la había guardado en el calzoncillo. ¡Y menos mal que se la mordí por encima! Porque ya lo había hecho putear y lamentarse en voz alta. Entonces, antes que pudiera arremeter contra mi humanidad, corrí a mi habitación, desde donde al rato lo escuchaba cogerse a mi madre, tal vez pensando en mis tetas, o en cómo le había apretujado la verga entre mis piernas y mi bombacha. Imaginaba que en la corrida que me pegué hasta mi cama, había dejado un caminito con las gotitas de semen que se me caían de la bombacha, y eso me llevó a pajearme, mientras Mario hacía gemir a mi madre, y ella le preguntaba por qué tenía esos arañazos y mordidas en las manos.

Imaginé que mi descaro no quedaría impune. Por eso, supongo que a la noche siguiente dejé que el destino hiciera lo que quisiese conmigo, aunque yo le proporcioné las armas. Esta vez me acosté en tanga, y con el pelo mojado. A Mario siempre le gustó el olor a champú en las pendejas. Se lo escuché confesárselo a uno de sus gordos y borrachos amigos. Ahora llovía, mi vieja miraba Gran Hermano en la tele, y por alguna razón que la lluvia no me permitía entender, discutía con Mario. Hasta que alguno puso fin a tanta histeria, mientras el viento golpeaba ventanas y ramas contra los techos, y entonces, Mario entró a mi pieza, murmurando algo como: ¡Mirá cómo duerme, toda entangadita la bebé! ¿No querés que te dé la mamadera chiquita? ¡Me parece que ayer te quedaste con ganas!

No le contesté, ni le di señales de estar despierta. Noté que me destapaba, lo oí silbar bajito al verme la tanga, y sentí que sus dedos rozaron mi cola, ya que estaba boca abajo con la cara hacia un costado. Y eso, me valió que en breve la punta de su verga primero acaricie mi mejilla, mientras él me ronroneaba: ¡Mirá, mirá cómo te quiere mi pito, mi gordita calentona! ¡Te acaricia la carita y todo! ¿Viste?

Después, me la pasó por la nariz, y su olor a macho consumido por el cigarrillo y el alcohol me relajó los músculos, aunque por dentro me dio algo de asquito. Sin embargo, cuando apoyó su glande en mis labios, lo dejé que me los abra suavemente, tocándome la nariz con un dedo, y acariciándome el pelo con la otra mano, mientras decía: ¡La nena se acostó con el pelito mojado! ¡Qué rica gordita! ¡Qué garchada te pegaría si no supiese que te voy a embarazar la argolla bebé! ¡Vos, seguro ni te cuidás pendeja!

Entonces, cuando estaba re confiado que dormía, y que su presencia aún no me incomodaba en absoluto, activé mis manos para bajarle el calzoncillo, manotearle la pija y comenzar a pegarme con ella en la cara, sorprendiéndolo por completo. Y al toque me prendí a mamársela, babearla toda y darle algunos mordiscos ensañados de fiebre y pasiones en la puntita, con los que él buscaba retroceder, disculpándose con absurdos que no le entendía.

¡Callate viejo pajero, si vos viniste a ver cómo dormía! ¿Te gusta verme entangada? ¡Callate, y dejame que te la chupe, por forro, y por malo con mi mami! ¿Mirá si ella entra y te ve, con el pito en la boca de su nena?

Sabía que eso no iba a pasar, porque mi vieja era re fana de Gran Hermano, y aquel día se transmitía la noche de gala, o algo así. y Mario disfrutaba de mis engulles, lamidas, atracones y besitos en su glande cada vez más caliente y empapado. Hasta que me acomodé boca arriba, me corrí un poquito la tanga y empecé a colarme un dedo en la vagina, abriéndomela mientras lo miraba y le pajeaba la verga con una mano, diciéndole: ¡Dale, subite y garchame, así me hacés un bebito! ¿Cómo era eso que no me cuido? ¡Para tu información, tomo pastillas, idiota! ¡Salvo que, me dejes ponerte un forrito con la boca!

Pero él no era capaz de obedecerme. De hecho, negaba con la cabeza, me decía que estaba más loca que una cabra, y miraba insistentemente a la puerta, por si acaso. Así que, yo lo amenacé con gritar si no se me subía y me la metía de una putísima buena vez. Incluso empecé a nalguearme bien fuerte, cosa de generar más ruidos, desafiando a la lluvia de afuera. Y de repente, Mario apoyó su rodilla en mi cama, me olió el pelo, me pidió que le abra la boca para llenarse los poros de la piel con mi aliento, y en cuanto lo hizo, y yo le mordí la nariz, terminó de subirse del todo. Su cuerpo no parecía querer fundirse en el mío. O, más bien el cagazo que tenía no consideraba que aquella fuese una buena idea. Por eso tuve que ayudarlo a bajarse el calzoncillo de una vez, a que se acomode entre mis piernas, y a que al fin decida apoyar su glande en la entrada de mi vulva mojada, tal vez a punto de mearse toda de felicidad. Ahí recuerdo que busqué su oreja para empezar a balbucearle entre gemiditos: ¡Dale, violame toda, abrime la conchita perro, dale que estás re caliente conmigo, con esta gorda, y la querés embarazar! ¿No? ¿Cierto que me querés hacer bebitos? ¡Cogeme ahora, dale, que mi mami está viendo tele, y yo acá, con la conchita re caliente! ¿Te gusta cogerte a mi mami, con mis chupones en el cuello? ¿Y qué pasa si se da cuenta? ¿Le vas a decir que te cogés a una guacha de la calle?

Mario ponía el cuerpo rígido, como impidiendo que aquella proeza pueda ser el inicio de un verdadero disfrute para los dos. Yo acercaba más la concha a su verga para que la sienta, se presione contra ella, y de tanto probar e insistir, al fin noté que la cabecita traspasaba lentamente ese orificio carmesí que ya no aguantaba más tamaña espera. Sentí un dolor intenso cuando se hundió un poquito más, y eso me condujo a clavarle las uñas en la espalda sobre su camiseta que olía a algo añejo. Él me chistaba para que los grititos que se doblaban en mi laringe no se atrevan a precipitarse en medio de la lluvia. Sin embargo, yo seguía balbuceando en su oído, aunque con lágrimas de dolor y algunos mocos de tanto soportar la dureza de su pija: ¡Daleee, abrime más, haceme doler, rompeme, rompete a una nenita alzada como yo, que lo único que piensa es en tu vergota! ¿Yo te caliento papi? ¿te la paro más que mi mami? ¿Te aprieta mi conchita? ¿Se siente chiquita mi vagina de nena? ¡Dale, calentame guacho, que quiero que me cojas todos los días! ¡Quiero que me cojas mirando tele, o en tu auto, o en el patio! ¡Un día, me voy a meter en el baño, cuando estés meando, y te la voy a mamar! ¿Querés?

Mario tomó nota, y empezó a sacudirme, zamarrearme, apretarme el cuello para que no le hable ni lo torture más con mis pavadas, a penetrarme con un ritmo que se ajustaba a los quejidos de mi camita, y me abría la boca para beberse mi aliento. También me pedía que le escupa la cara, que le refriegue la lengua en el cuello, y me decía: ¡Gozá pendeja, sos una hembrita caliente, que quiere verga, todo el día verga, y pija hasta por los ojos! ¡Olés a putita bebé! ¡Me calienta tu conchita! ¡Y verte en bombacha, cuando te hacés la dormidita, pero me abrís la boquita cuando te traigo leche!

El tronco de su verga quedaba cada vez más empapado de mis jugos, y mis nalgas se frotaban con rudeza en la sábana mojada, mientras mis tetas eran sorbidas por sus labios gruesos como si quisiera tragárselas. Sus codos se hundían en el colchón a medida que su pija me entraba más y más, se hacía más gorda y violenta, y me golpeaba con una locura que todavía no había vivido. Sabía que, desde ahora en adelante, solo querría cogerme a tipos grandes. Hasta que, en un preciado momento, quizás cuando debía pasar, a pesar de las ganas de ambos, su estallido seminal empezó a borbotear de sus testículos directo al interior de mis entrañas, mientras yo me llenaba de calambres, cosquillas, ahogos, fiebres que ardían como mil infiernos, y de la voz de mi vieja que llamaba a Mario por el patio, diciéndole que ya estaba todo bien, que podía volver a la cama si quería. Pero, como obviamente Mario no le respondía, porque estaba fecundando a la pequeña zorra de su hija, entró a la casa para buscarlo en el baño. Entonces, el muy turro se levantó de las brazas en las que se había convertido mi cuerpo, escurrió las últimas gotas de leche por cualquier parte de mi piel, me puso la pija en la boca un ratito para que se la limpie, se subió el calzoncillo, se acercó a mi oído para decirme: ¡Ahí tenés mi lechita bebota, toda cogidita te dejé, y enlechadita, como querías!, y se marchó, cual perrito faldero tras la inclemente voz de mi madre. No le dijo nada cuando se encontraron en la puerta de mi pieza. Él, en un intento de justificarse le dijo: ¡Vine a ver a la nena, por si se le llovía la pieza como el otro día! ¿Te acordás? ¡Hay una gotera al lado de la ventana! ¡Ya puse un valde!

¿Y a ella? ¿La viste dormida? ¿No te calentaste el pitito mirándole la cola entangadita? ¡Porque ya sé que se hace la viva, y se entanga toda! ¡Pero, mientras yo me siga entangando para vos, todo va a estar bien! ¿No cierto, mi macho hermoso? ¡Así que, ojo con mirarle el culito a la Pipi! ¿Estamos?

Acto seguido empezaron a besuquearse ahí mismo, mientras los pasos los iban conduciendo al sillón del living, donde empezaron un round sexual que hacía delirar a mi madre, y a mis fantasías que no tenían límites. La pobre ignoraba que solo a unos metros de ella, el semen de Mario comenzaba a engendrar la semilla de la venganza, la discordia y el caos. Para colmo, por lo que podía escuchar, a Mario no se le paraba del todo, o se le embobaba la pija en el mejor momento. Supongo que allí empezó a conectar cabos sueltos, porque en un momento le largó, quizás sin demasiadas intenciones de acusarme: ¿La pipi te anduvo calentando papi? ¿Eeeh? ¿O querés que te la traiga, así le mirás las tetas, le bajás la bombacha y la chirleás por portarse como el culo? ¿Te gustaría chirlearla toda, mientras yo te la mamo como una petera de la villa? ¡Yo te dejo que la cagues bien a palos, y le pegues con esta verga en esa carita de zorrita que te pone! ¡A vos, y a cualquier tipo grande! ¿O preferís que ella te petee?

Claramente, Mario y yo empezamos a cuidarnos durante algunos días, después de aquella noche. Pero yo le juré que no lo iba a dejar tranquilo, que no iba a parar hasta que me la meta en la cola, o me acabe en la boca. Él se hacía el boludo, me ignoraba y ponía cara de asco cuando me le acercaba. Pero, también desconocía que la semilla de aquella noche de lluvia empezaba a germinar en lo profundo de mi vientre. Se hacía realidad una fantasía estúpida. ¡Yo, preñada de mi padrastro! ¡Imagínense cómo le cayó la noticia a mi pobre madre!    

Fin

Recordá que este, o cualquier otro relato del blog, podés pedírmelo en audiorelato, a un costo más que interesante. Consultame precios y modalidades por mail.

Este es mi correo ambarzul28@gmail.com si quisieras sugerirme o contarme tus fantasías te leeré! gracias!

Acompañame con tu colaboración!! así podré seguir haciendo lo que más amo hacer!! 

Cafecito nacional de Ambarzul para mis lectores nacionales 😉

Ko-fi mundial de Ambarzul para mis lectores mundiales 😊 


Te podes enterar a través de X de todo lo nuevo que va saliendo! 🠞 X

Comentarios

  1. Excelente, muy bueno. Gracias por el aporte

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Erik, por escribirme. Espero que sigas leyendo!

      Eliminar
  2. Gatita bostera5/7/26

    Uyyy cuanto hace que no pasaba por acá, imagínate como le habrá chupado las tetas llenitas de leche! Ufff

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola amiguiiii! Síii, hace mucho no aparecías! Hey, sí, seguro que probó la leche de sus tetas. Y, por ahí, también se las dio de probar a otros padrastros que, quizás tuvo más adelante. Al parecer, la madre de esta niña, era bastante inquieta con los hombres! Jejejeje!

      Eliminar

Publicar un comentario