"Otros ratones": Abriéndonos de celo

 


Escrito por Gehenna

 

Desperté temprano por la mañana. El sol resplandecía sobre la llanura pampeana, que se extendía hasta perderse en el horizonte. Vivía en la vieja casona de campo, de paredes encaladas y techos bajos. Mi familia se dedicaba a la agricultura extensiva con sorgo, aunque teníamos animales en caso de que necesitáramos subsistir en alguna emergencia, sin poder apelar al mercado local. Yo era la única que ayudaba en el negocio porque mis hermanos nunca le dieron ni 5 de pelota a mi viejo cada vez que hablaba del futuro, la prosperidad y todo eso. Mi rutina era sencilla; caminar entre los cultivos, reparar lo que hiciera falta, llevar el control de la producción en general, atender a los animales que teníamos; y, si hacía mucho calor me bañaba abajo del surgente. Pero aquella tarde, el sonido de un motor rompió la calma habitual de la siesta tardía. Un Mercedes se detuvo frente al portón, levantando polvo. De él bajó Lucía, una chica de capital que iba a quedarse un tiempo con nosotros, con un top sin hombros que enseñaba la mitad de su corpiño, auriculares colgando del cuello, un jean corto que no lograba contener el orto que se cargaba y una mochila posiblemente llena de pavadas que no iba a usar nunca. Fue muy gracioso verla buscar un timbre, y caer en la cuenta que debía golpear las manos tan fuerte como pudiera, al otro lado de la tranquera. Su andar despreocupado contrastaba con la sobriedad del lugar; parecía traer un pedazo de otro mundo. Así que me enseguida me imaginé porqué la hacían quedarse acá, en el medio de la nada, sin Wifi, ni comodidades, shoppings cercanos o bares repletos de tragos ampulosos.

La observé desde la galería con los brazos cruzados, examinando su silueta de detrás del polvo. No me alegraba muchísimo ser usada para dar lecciones de vida. Lucía, en cambio, sonrió como si todo fuera un juego, sin medir demasiado las distancias. Fue en ese instante, entre el polvo suspendido y el silencio expectante, que nuestras miradas se encontraron por primera vez. Quizás su presencia no sería tan mala después de todo.

¡Mis ojos están acá arriba! Le reproché al ver como mantenía su mirada fija en mi pecho. La diferencia de altura era notoria, pero podía disimularla.

¡Lo sé! ¡No puedo evitar verte las tetas!, dijo con voz de tontita.  Se me torció el rostro. La piba esta iba a quedarse supuestamente a aprender lecciones de humildad. Nuestras madres eran amigas entre sí, por lo que mi vieja se prestó a la idea de hospedarla, y no me quedaba de otra que aceptar. Aunque si le podía enseñar alguna cosa o dos. La piba estaba en primer año de agronomía, y de eso, sí que yo no cazaba una. Al parecer, necesitaba contacto con el campo, los suelos, y bue… de paso, con quienes lo habitamos.

Lucía inspeccionaba cada rincón de la casa como si se tratara de un lugar turístico. Se arrodilló en la chimenea a leña a investigar cómo se veía por dentro. Ojalá se hubiera quedado ahí atrapada. La vista que me ofrecía era exquisita, pero hubiera sido un cliché porno demasiado quemado.

¿Qué? Preguntó al sacar la cabeza y notar mi expresión.

¡No podés ser tan boluda! Me lamenté entre las carcajadas, porque había limpiado las cenizas de un mes entero con la cara prácticamente.
¡Vení, vamos afuera así te lavás! ¡Y, si querés, después comemos algo! Dije, dirigiéndola al surgente de agua, pensando en decirle “Nos comemos”.

¿Afuera? Preguntó como si la fuera a mandar a una misión espacial de SpaceX. Yo le sonreí, y hasta le rocé el culo con un dedo mientras ella tosía por las cenizas que le decoraban las fosas nasales. La tomé de la mano, arrastrándola con una confianza que no esperaba tener.
El agua fría erizaba su piel. Lo que era solo lavarse la cara se convirtió en empaparse a cuerpo completo. ¡Y menos mal que estaba caluroso! La fina tela de su top transparentaba el corpiño negro de encaje que llevaba debajo

¡Pero está helado esto! Se quejaba insistentemente de lo fría que estaba el agua.

¡Dejate de quejar! ¡No es para tanto! Le dije metiéndome bajo el agua con ella. La blusa se me pegó al cuerpo.

¡¿No estás usando corpiño!? Fue lo primero que dijo al despegar sus ojos de mis tetas. Había olvidado que, en el campo, yo no conocía la vergüenza.

¡Si te jode me pongo uno cuando entremos! ¡Aunque no parece que te desagrade! Me reí.

Salimos un rato a caminar, le enseñé cosas básicas que parecían sorprenderle, aunque su atención estaba en otro lado. Los suaves rayos del atardecer acariciaban nuestra piel y secaban lentamente nuestras prendas. Las chicharras no tenían paz, y algunos mosquitos comenzaban a dar sus primeras excursiones. Nuestras miradas iban y venían, cada vez más evidentes. Los roces y los chistes subían la intensidad. Esta pibita sabía lo que quería. Al punto que en un momento se me escapó decirle: Che Lu… ¿Vos venís a hacer un trabajo de campo? ¿O a mirarme demasiado las gomas?

Ella no me respondió, pero se hizo la muy actriz para matarme un mosquito que tenía en el hombro, y allí aprovechó a rozarme las tetas con sus dedos perfectos. ¡Me estaba volviendo loca! Hasta que llegó un punto donde no me pude contener más y simplemente la tomé de la cintura para besarla. Después de confesarme que me miraba las tetas, de rozarnos, y de toda la tensión que nos rondaba, no pensé que estuviera siendo yo la que iba rápido. Su respuesta fue aún más intensa, como si por fin todos sus intentos de provocarme hubieran fructificado. Nos quedamos así, flotando, besándonos de tanto en tanto, dando pasos lentos sobre el césped, suspirando como nenas. Ella me olía el pelo y me rozaba con sus uñas trabajadas. Yo también la olía, le gruñía como si le fuese a comer un pedazo de goma, nos reíamos, y volvíamos a besarnos, mientras duró la luz del sol, y mi vieja no me necesitó.  Al anochecer volvimos a la casa que, gracias al casamiento de un primo lejano, toda la familia estaba en el rancho de don Celedonio. A mí no me invitaron porque yo tenía una pésima relación con él.

Apenas cerré la puerta, y nos supimos a solas, Lucía se abalanzó sobre mí besándome en los labios desesperadamente, haciendo que dirija mis manos a su cintura. Chocamos con la mesa de la cocina mientras seguíamos dedicándonos besos.

¡Perate! ¡Creo que va a ser más cómodo arriba! ¡Se ve que tenés hambre, cachorra! Me dijo Lucía apartándose por un momento y refiriéndose mi habitación. Subimos las escaleras casi tropezando. Al llegar a la puerta, la cargué estilo princesa y la tiré sobre la cama, colocándome encima de ella y sosteniendo su cuerpo con las manos en el colchón. Ninguna soltaba palabra alguna. Solo disfrutábamos de este momento.

Mis besos seguían acelerados, solo que ahora iba descendiendo de a poco por su cuello hacia su pecho, apartando con las manos la ropa. Lucía estaba con la mirada en el techo de la habitación. De vez en cuando sentía que miraba hacia abajo para verme trabajando en su cuerpo. Se sentía irreal, y a la vez, notaba que me mojaba más que en el surgente del patio. Me senté encima de ella para poder quitarme la ropa, que para ese entonces ya estaba de más. Me quedé en ropa interior e hice lo mismo con Lucía. Fui quitando lentamente cada prenda que estorbaba a mis caricias, hasta que por fin ambas quedamos en prendas menores mirándonos sonrojadas. Me recosté encima de ella dejando un pequeño beso en sus labios para después apoyarle las tetas sobre el rostro. Lucía, por instinto empezó a besar la piel tensa de estas, y acercarse lentamente al centro, dejando marcas y chupando con unos sorbetones que emocionaban a mis tímpanos. Siempre había esperado que una mujer me chupe las tetas así. Se quedó un momento apreciando esa parte del cuerpo que tanto deseaba tener para ella. Se me dibujó una ligera sonrisa; disfrutaba de verla anonadada y con el rostro completamente rojo. Cuando empezó a chupar y jugar con la lengua en mis botones, mi expresión cambió… no podía evitar soltar suspiros y pequeños gemidos. El olor de su piel parecía endulzarla más, y el de su sexo, me extasiaba.

Tomó ambos pechos con las manos y fue aumentando la intensidad. Se sentía completamente exquisito. Esta chica que no sabía de qué planta venían las aceitunas me estaba provocando tantas sensaciones que nunca había experimentado antes. Al liberarme de su amarre, hice lo mismo, y quité su corpiño de encaje, a este punto súper ansiosa por saborear lo que resguardaba. Mis movimientos fueron más suaves a comparación de los suyos. Quería disfrutar el momento, la suavidad y el perfume de su cuerpo. Iba profundizando la forma en la que movía la lengua y labios, generándole una ola inmensa de placer que me demostraba con sus gemidos.
Lo que también aumentaba al sentir sus pechos húmedos tocando la piel de su abdomen. Fue delicioso escucharla decirme: ¡Guaaau, ¡cómo chupan las tetas las chicas en el campo! ¡Me vas a sacar leche si seguís así, nena chancha! ¿Eso querés?

Con el pasar del tiempo fui deslizando mis besos más abajo, pasando lentamente una y otra vez por ese abdomen ligeramente marcado que me volvía loca. Al llegar por fin a esa zona cubierta por la tela, me decidí a dejar suaves besos por encima de su bombacha. Lamía y disfrutaba de estar en esa situación. Por fin abrió sus piernas, deleitándome con las vistas. Yo le dije, furiosa de celo: ¡Y esta leche también quiero!

Lucía se sonrojó avergonzada. Retiró lo único que le quedaba de ropa. Deslicé las yemas de los dedos por su sexo para verificar que también estuviese disfrutando, rocé lentamente la lengua por la zona más sensible que tenía, provocando que esta soltara un gemido ahogado y cerrara los ojos. Noté que estaba empapada, lo que solo me excitó aún más. Volví a pasar un dedo por su vulva caliente, una y otra vez mientras besaba un poco más arriba. La tomé por los muslos para abrirla un poco más y subir el volumen de las cosas. Al tener las piernas tan separadas dejaba al descubierto ese punto en especial que la haría retorcerse de placer. Empecé a succionar su clítoris, dar vueltas con la lengua y besando justamente donde sabía que más le gustaría. Lucía me tironeaba del pelo para moverme la cabeza, ya gimiendo a todo volumen, sin importarle si alguien pudiera escucharnos. Verdaderamente estaba en las nubes y no quería que terminara. Al ver que estaba lo suficientemente lubricada, fui metiendo dos dedos dentro de ella, haciéndola soltar un pequeño grito. Se estaba poniendo cada vez mejor. Aceleré el movimiento de sus dedos, entrando y saliendo fuertemente mientras succionaba y mezclaba mi saliva con sus fluidos. Lucía soltaba gemidos sin parar. La estaba volviendo completamente loca. Incluso me dijo, en medio de un río de jadeos babosos: ¡Si hubiese sabido que te gustaba todo esto, lo hacíamos en mi casa! ¡Pero me calienta más hacerlo en tu cama, en la cama de una campesina cometetas!

Llegó un punto en el que no dio más. Sentía sus caderas temblando al ritmo agitado de su respiración. Me quitó la cara de su sexo de un tirón de pelo, aunque todavía no había acabado.

¡Ay! ¿Qué pasó que me sacás así? Pregunté agitada y con la boca llena de fluidos. Lucía sonrió.

¡Es mi turno! ¡A ver cómo es tu cara en la misma situación! Soltó sonriendo antes de, en un movimiento rápido, acostarme boca abajo en la cama y subirme las caderas.

¡Qué mier…! grité confundida, pero no llegué a terminar la frase, ya que sentí a Lucía romperme bruscamente la ropa interior. Era obvio que estaba desesperada por escucharme gritar de placer.

¡Ah! gemí al sentir el tacto de la boca húmeda de Lucía en mi flor fecunda. Sentí como esta pasaba su lengua una y otra vez por el lugar, deleitándose con mi humedad. La muy cínica me olía, lamía ruidosamente, y me daba pequeños latigazos con su lengua con toda la experiencia que, tal vez me faltaba. Yo me apretaba las tetas con fuerzas, me las pellizcaba, las frotaba una contra la otra, y me estiraba los pezones, conmovida por todo lo que su saliva producía en mis sentidos. Me sobresalté al sentirla metiendo y sacando la lengua, arqueando aún más la espalda y quedando totalmente bajo su dominio. Estaba descubriendo una nueva faceta. Me gustaba un poco que me dominen. Siempre fui yo quien lo hizo, tal vez por un tema de seguridad sexual. Pero sentir a esta chica hacer lo que quiera conmigo, me hizo dudar de mi rol. ¿Cómo pude perderme de esto tanto tiempo?

Así continuó Lucía, con sus dedos masajeándome el clítoris y metiendo sin parar la lengua en mi zona lubricada. En un momento me volteó para verme la cara. Estaba despeinada y envuelta en el placer, todavía dando suspiros, aunque ya había parado sus movimientos. Mientras chupaba, se encargaba de mirarme a la cara. Desde ese ángulo podía apreciar exactamente cada mueca y espasmo que tenía. Observaba mi boca entreabierta soltando suspiros y sonidos más graves a causa del placer que ella me provocaba. Y entonces, agarró una de mis piernas con una mano, y con la otra empezó a frotar la entrada de mi vagina de arriba a abajo, y en un movimiento brusco, adentró sus dos dedos más largos. Como yo ya era consiente, los movimientos de Lucía eran rápidos y profundos. Por lo que no fue diferente esta vez. Masajeaba en mi interior fuertemente mientras se decidió por volver a chuparme las tetas.

No quería nada más que esto continuase. Quería sentirme así para toda la vida. Las sábanas húmedas de nuestros jugos, mi almohada regada con mi saliva y la suya, oyendo sus gemidos y chupones, gimiendo como una inocente criatura depredada y con ansias de su preñez sensorial, y llena del tacto de sus tetas, y de sus labios en las mías.

Ya habíamos estado así por un rato largo. Lucía era incansable. Yo me había convertido en su actividad favorita. Me estaba llevando a la locura con todas las bondades que le hacía a mi conchita en llamas, y era muy buena haciéndolo. Sin embargo, yo sentía que no daba más, y cada uno de esos fuertes movimientos, se empezaron a sentir más profundos y cada vez más cerca del esperado clímax. Apreté fuertemente la cabeza de Lucía, tomándola de la misma forma que ella me lo había hecho, mientras gemía cada vez más, hasta que en un instante me desbordé. Al liberar un último gemido, presioné más su cabeza contra mi vulva, obligándola a que al liberarlo todo, se lo tuviera que tragar.  Lucía sonreía mientras lamía por última vez esa zona solamente para obtener todo su sabor. Al por fin acabar, se alivió toda la tensión de mi cuerpo, solté su cabeza y me tiré en la cama completamente exhausta, cerrando los ojos por un momento mientras suspiraba. Al abrirlos, crucé miradas con esa persona que supo llevarme al cielo, sonriendo complacida y secándose la boca con su brazo, como una feroz cazadora que había terminado de devorar a su presa. ¡Y esa era yo!

Lucía no había acabado, pero al verme complacida, tomó el acto como finalizado y se acostó en la cama con los brazos debajo de su cabeza, sin dejar de sonreír, tiritar y suspirar.

¡Ah, no, no terminamos todavía, porteñita sucia! Le dije con la idea de intentar algo nuevo. Las "tijeras". Solamente lo había visto en videos, y de unas primas que me mostraron como se hacía, aunque nunca llegamos a practicarlo. Mejor expresado, nunca llegaron a practicarlo conmigo. Algunas ocasiones tuve ganas de intentarlo. Esta era la situación perfecta, y más si lograba que se retuerza de placer, como en mis fantasías.

¿Qué hacés? Me dijo levantando la cabeza de la almohada al ver cómo me posicionaba encima de ella para juntar nuestros sexos, todavía desbordados.

¡Hay algo que quería intentar hace mucho! ¡Y no me importa si no querés! Respondí animada agarrando sus piernas, posicionándolas para iniciar la acción. Lucía me regaló una mirada cómplice recostándose de nuevo en la cama. Comencé a mover las caderas frotando vulva con vulva, al principio lento y buscando los lugares en los que nos generaba más placer a las dos. Luego fui acelerando el paso, manteniendo el control, con movimientos cada vez más profundos. Lucía solo soltaba suspiros y gemidos al sentir roces en específico. Así seguimos un rato, experimentando posiciones, ritmos y movimientos, hasta que la Lucía también llegó al ansiado orgasmo. Arqueando la espalda y con las piernas temblando, soltó un último suspiro para así sentirse absolutamente liviana y satisfecha. Al darme cuenta de esto, solté sus piernas para salir de mi posición e inclinarme a su boca para besarla, concluyendo así el acto sexual, aunque nuestras lenguas se hacían el amor adentro de mi boca, y de la suya después. Ambas seguíamos con la mente en blanco. Me recosté a su lado totalmente exhausta. Las dos lo estábamos. La abracé con una mano, y así poco a poco caímos en un profundo sueño. ¿O había sido un sueño lo que hicimos en mi cama? ¿Sería otro de mis sueños, en los que me despierto con la vulva mojada, la bombacha por las rodillas y la almohada babeada?

Pero no. Lucía era tan real como el olor a sexo, las marcas de sus besos en mis tetas, y las cosquillas que experimentaba en todo el cuerpo. A las horas, en medio de una madrugada repleta de grillos y ranas pidiendo por una lluvia reparadora, Lucía me despertó con su boca rodeando uno de mis pezones. Se había puesto mi bombacha, y volvía a servirse de mis mieles indefensas, diciéndome que tenía hambre, sed, ganas de hacer pis, y se quejó por algunos mosquitos. Pero, antes que pudiese darle alguna respuesta, me mordisqueó la oreja, susurrándome con el celo de su vientre en la garganta: ¡Hagamos el amor otra vez, campesina Cometetas!     Fin

Comentarios

  1. Anónimo14/6/26

    Uuuuuy! Síiiiiii! Quiero esoooo! Tijerita, mamar tetas, enredarme con la campesina y la chetita con olor a Shopping! Diooooos! Me acabé dos veces leyéndote! ¿Vos te mojaste entera escribiendo esta joya? Ojalá que sí, porque te imagino desnuda, chorreando y con los pezones calientes! Ups, creo que me zarpé un toco! Pero, no importa! Mil puntos a estas guachas curiosas!

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  2. Qué hermoso relato che! Ojalá escribas más historias lésbicas, para mis ojos, y para mi concha siempre ardiente! Un beso a dónde más lo necesites!

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