"Otros ratones": Chancheando en el baño



Escrito por La Gorda Nati

 

Ahora tengo 19, y hace un año que no arranco para ningún lado. No estudio una carrera, no trabajo, ni hago nada importante. solo atiendo la verdulería que tienen mis viejos en casa. Solo veo porno, leo relatos eróticos, busco informes de cosas referidas al sexo, y sigo viendo porno, de lo que sea. No me acompleja ser gordita… pero, sé que en esta sociedad cada vez más cruel, nunca seré la primera de las opciones. No me importa, y no me representa un karma, ni tres pelotas. ¡Es más! Dicen que las gorditas somos calentonas, buenas peteras, súper pajeras, que sabemos gemir, que apretamos súper bien todo lo que tengamos entre las tetas, que nos meamos de calentura si andamos muy quenchis, que nuestros pubis saben sonar cuando cabalgamos, y que nadie se resiste a nuestro buen humor. No sé cuánto carajos habrá de cierto en eso. Pero, a mí me gusta ser gordita, que lo primero que me rocen en el colectivo sean las gomas, o que me miren el culo. incluso, miles de veces fui a la escuela sin bombacha para comerme el pantalón con el culo, y para sentir todo contra lo que me frotara. Todavía sigo fregándome contra los peluches que tengo, como cuando era chiquita, en mis primeras pruebas pajísticas. Sin embargo, la primera vez que Romina, una morochita medio pankita de tercer año me sorprendió fumando en el baño, tuve unas tremendas ganas de arrancarle la ropa, y apagar mi cigarrillo en sus tetas perfumadas. Quiso delatarme a la preceptora. Me acuerdo que la manoteé de la chombita, le saqué la lengua y le dije: ¿Vos me buchoneás, y yo te asfixio con mis tetas! ¡Aparte, como si vos no te porrearas con la otra coloradita con cara de pedo!

Me miró con terror, y gimió como si le hubiese picado una avispa, con un gritito que me excitó hasta las nubes.

¿Qué bicho te picó mami? ¿Te dejé mudita? ¡Bueno, yo no seré la Sofía de cuarto, que tiene mansos melones! ¡A esa sí que la mirás!, le dije, presionándola contra la pared del baño, sintiendo que había perdido sus músculos. Abrió la boca, pero no me dijo nada.

¡No me tengas miedo, guachina! ¿Le vas a decir a la conchuda de la preceptrola?, la apuré, tocándole el labio inferior con el meñique, ya que todavía tenía el pucho prendido.

¡Zafá boluda! ¡No le voy a decir nada! ¡Dejame ir, y hacé la tuya! ¿Quién te creés que sos?, me habló al fin, mirando hacia la puerta principal del baño, tal vez buscando algún salvataje. Pero nadie entró.

¡No me creo nadie nena! ¡Y no te creo, porque vos sos re buchona! ¡Tenés fama de buchona, y de peronista!, le dije. Lo último la hizo reír, y allí fue que le tanteé la entrepierna. Le sobé el bollo de la vulva, y noté que se la aflojaron las piernas. Gimió, a pesar del forcejeo que intentó para librarse de mí. Entonces me acerqué a su oído y le dije, señalándole el cubículo que había tras de mí: ¿Querés hacer pichí? ¡Si querés, te metés ahí, y te ayudo a bajarte la bombacha!

La fatalista quiso escupirme. Así que, le mandé más mano a su concha, y le refregué la cara en lo poquito que tenía de tetas. Ni sé qué me inspiraba a hacerle lo que le hacía. Nunca hasta esa tarde había hecho algo con una chica. Siempre que no se tenga en cuenta los piquitos que nos dábamos con mi prima cuando teníamos 12 años, adentro del ropero, jugando a las escondidas con el resto de nuestros primos. Y de golpe y porrazo, la fui metiéndola en el cubículo, justo cuando entraron dos guachas riéndose porque una de ellas se había manchado el pantalón con la puta menstruación. Ahí, apretaditas, ya habiendo apagado el pucho, volviendo a manosearle la concha para ver cómo le brillaban los ojitos de incomodidad y placer, me subí la chomba para mostrarle y ponerle las tetas en la cara, diciéndole: ¡Calladita mamu, y olelas! ¡Chupalas si querés, así después se las chupás a la Sofi, y la derretís con tu lengua!

La piba quiso empujarme. Pero cuando se dio cuenta que no había a dónde, me pellizcó una teta para intentar separarme de su cuerpo. Sé que una de mis piernas empezó a abrir las suyas, y a fregarse contra su concha, y ahí sí que su boca atrapó uno de mis pezones hinchados como el glande de un adolescente, y empezó a sorbetearlo como el helado más delicioso que probó en su puta vida. o de eso quería convencerme. Me salió decirle: ¡Chupá bebé, me encanta que las bebitas chetas como vos me chupen las tetas! ¡Comele todas las tetas a esta gorda alzada, que se te nota en los ojitos que te calientan!

Ella quiso cachetearme, pegarme, o putearme. Pero solo mamaba, pellizcaba, y me sobaba los costados de las tetas como para sacarme leche, por momentos mordisqueando mis pezones. Uno más que el otro. Es que, ni esperó a que le diga que también podía chuparme el otro. Directamente se sirvió, me los baboseó, mordió y hasta se atrevió a usarlos de micrófono para jadear sobre ellos, o para decirme: ¡Sos una mogólica, gorda culeada! ¡Pero, amo chuparle las tetas a las gordas piojosas como vos!

Ni me importaba que me denigre, si es que era su idea. Además, mi mano ya le tironeaba el pantalón para sobarle la conchita por arriba de su bombacha roja. Llegué a verle el color y todo. Pero, lo que más me enloqueció fue descubrir que la tenía chorreando toda su babita de zorrita caliente. Cuando le dije que se había meado la bombacha, volvió a intentar golpearme. Pero entonces, le bajé el pantalón, y ella se puso nerviosa.

¿Qué vas a hacer, conchuda?, me dijo, con miedo y calentura en su aliento. Tenía saliva en la boca, y a mí, me goteaban gotas de sus sorbetones de las tetas. La chisté para que se calle, mientras las boludas seguían riéndose en el baño de al lado, o el siguiente. Escuchamos que la puerta se abría y cerraba, que entraban y salían, y que sonó el timbre que le daba fin al recreo. Así que solo pude agacharme un toque, morderle la bombacha para tironeársela con los dientes, acariciarle el papo, nalguearle el culo, tratar de separarle las nalgas para meterle un dedo, a pesar de sus apretes de cachetes, y refregarle las tetas en la concha con vehemencia. Ella, ahora sí que gemía, temblaba, se humedecía más, y me enterraba los dedos en el peplo para sacudirme la cabeza, manifestando su fiebre sexual. Me levanté rapidísimo, le pasé la lengua por la boca mientras ella cerraba los ojos y dejaba que le manosee la concha desnuda, y luego, le mostré que era capaz de chuparme las tetas con los restos de su mermelada vaginal. Después se las convidé para que vuelva a alimentarse de mí, y de los dedos que le frotaban el clítoris, que navegaban en sus mieles espesas y le empapaban las ingles, y de mi lengua que insistía con abrirle los labios para saborear la suya. Al fin cedió la guachona, y entonces, ella me mordió la boca, diciéndome algo como: ¿Pajeame toda zorra, pajeame, y apurate, o la vamos a cagar bien cagada!

¡Calladita bebé, que de acá no nos vamos, hasta que no me mees toda la mano, perra sucia!, le dije, recordando que me volvería loca que una pendeja, o cualquier pendejo me hable así, me trate de perra, y me muerda mientras me coge. Ella cerraba las piernas, pero su vulva se abría cada vez más, y humeaba jugos de un incendio imposible de apagar. Hasta que sus jadeos se multiplicaban en el baño, sus dientes se marcaron con fuerza en mis labios, sus piernas se aflojaron, su equilibrio la obligaba a sujetarse de mis tetas desnudas, y mis dedos parecían querer ser abducidos por los portales de su vagina. Ya no podía frotarla, ni penetrarla, ni calmarla de ninguna forma. Sentí que me rasguñó una teta, que me dijo “gordita puta de mierda”, prolongando cada sílaba, y que me arrancó el pelo. Finalmente, suspiró sin gracia, pero con la lengua llena de saliva tibia.

¿Subime la bombacha, gorda tortillera!, me dijo, tratando de recuperar su arrogancia habitual. Yo le nalgueé el culo, se la subí, y le hice prometer que no le diría nada a la preceptora. Ella se arregló el pantalón, me agarró de las tetas, y empezó a decirme: ¿Ahora tocate, mientras te amaso las tetas, gorda puta!

Yo, empecé a hacerlo, sin traspasar la tela de mi pantalón, porque esa tarde fui sin bombacha, y no quería pasar vergüenza con la tilinga esta. Pero, de repente, optó por tomárselas, y dejarme allí, con su olor a conchita de nena rica en las tetas, la marca de sus dedos en las tetas, y todas las cosquillitas de su lengua en la memoria de mis tetas. Me pajeé sola, abandonada, sintiéndome tan gorda y sucia que no entraba en el eco de aquel baño que olía a mujercitas calientes. Ni sé cómo fui a la clase, ni cómo hice para disimular la humedad que debió llegar hasta las rodillas de mi pantalón. la morocha ni me miró en el aula, y la preceptora, jamás me llamó la atención por fumar en el baño. Pero, me dijo que la próxima vez que quiera tener sexo con una chica en el baño, tendría que notificárselo a mis padres.

Todavía espero que alguien más me chupe las tetas como esa taradita. Necesito que alguien me hable sucio, me huela como un animal salvaje, y que le importe que sea una gorda calentona, perversa, sexy, y prendida fuego las 24 horas del día.      Fin

Comentarios

  1. Anónimo14/6/26

    Uuuuuuy! Gracias Ambarcitaaaaa! Me subiste el relato! Estoy Felicisísima, y más que agradecida! Espero que les guste a los demás. Sabés que, mi idea es solo escribir mis propias experiencias... así que, voy a tratar de ponerme las pilas! Aunque, tampoco es que la re viví, viste?
    Te amo Ambarcita, y a todos los que escriben en tu blogazo! Soy una gorda cariñosa! Bueno, un beso, especialmente a Gehenna y a Diablito! Me encantan sus relatos.
    La gorda Nati, con cariño, y la bombacha mojada!

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    1. Diablito16/6/26

      Qué casualidad Nati que me menciones. Porque justamente estaba pensando en escribir algo sobre una de mis profes de la facu, que es una señora gordita que me trata con un cariño entre lésbico y maternal que me puede. Te mando besos a vos también.

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  2. Anónimo17/6/26

    Hola Diablito! Síiiii, me muero de ganas de leer eso! Amo a las gorditas, un poco porque yo también me amo! Jeeeeee! Bueno, Espero que te haya gustado mi relato, ya que estoy debutando por acá! Pero ojo, que ya no soy virgencisísima!
    Besos, de la gorda Nati!

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