"Otros ratones": Soy toda de mi papi (PT 2)




Siempre pegadita a papi.

Escrito por diablito

 

Pudo haber quedado en esa única vez, y nadie tendría que enterarse de nada. Pero nos ganó el morbo. Qué se le va a hacer. Nos calentaba mucho revolcarnos en la cama, y cogernos como animales, sabiéndonos padre e hija. Y, lo peor... descubrimos que las miradas, toquecitos y besos enfrente de la familia, nos excitaban más que el sexo per se. Al fin y al cabo, y tal vez por suerte, no éramos tantos. Somos tres hermanos, papi, la abuela (la mamá de él) y yo. Algún día, algo, iban a ver. Era inevitable. Pero no, fueron VARIAS cosas. Y nosotros lo hacíamos adrede. Voy a contar algunas, porque nos gusta no solo ser incestuosos, ¡si no también exhibicionistas! Y claro, son cosas de las que nos fuimos dando cuenta mientras las experimentábamos.

De mañana, por lo general, solo está la abu tejiendo en casa. Mi viejo toma su café habitual; yo, como no suelo comer nada, para no sentirme pesada para disponerme a estudiar, me quedo pegadita a él para que se ponga loquito con mi perfume, y el olor de mi piel. Apoyo la cabeza en su hombro y me quedo medio dormida. A veces, repasando algún sueño chancho con él, o con alguno de sus amigotes. No se los comparto. En ese estado, igual puedo sentir que su mano sube por mi muslo hasta mi conchita, intensificando su respiración. Luego se mete bajo el shortcito rosa. Sus dedos gruesos bailan de lo mojada que estoy. El muy atrevido hasta me mete la puntita (aunque sabe sin reservas que no me gusta que me abra con sus dedos; y eso es porque mi vulva solo vive enamorada y chorreada por su pija). Entonces, Abro los ojos: "Paa...". siempre se lo digo con suavidad. Nos reímos de nuestra travesura, y le pido un beso en la boca, con lengua. Esa vez nos vendió el tremendo ruiderío que hicimos, entre chuponcitos, "mmm", dedos chapoteando. La abu nos gritó desde el living: "Luis, no la malcriés tanto. Ya no es una criatura… es una mujer de 21 años. Mirá cómo se te pega... parecés su novio, no su viejo. Controlate un poco che”.

Papi no sacó la mano. Mantuvo el amor y la paz que lo caracterizan, y dijo: "Ma, si ella quiere estar pegadita a su papá, y yo la quiero tener pegada... ¿qué problema hay? Como dijiste… ya somos grandes”.

La abu bufó, pero no insistió. Luz verde. Vamos que nos vamos.

Más tarde, en la pieza de papi, nos cambiamos para salir. Yo en remerita y bombacha (sin corpi), y él en cuero, solo con ese calzoncillo camisero que me encanta que use. Papi ya es un hombre grande. No le pido slips ajustados ni bóxers estampados. Lo amo así: macho viejo y muy papá. Su ternura me erotiza demasiado cuando me trata como si aún tuviera pocos añitos.

"A ver, ¿qué ropita le voy a poner a esta bebé recién bañadita?", me decía casi siempre, oliéndome el cuello, chasqueando la lengua mientras me apoyaba le pito en la cola, o me abría los cachetes con dos dedos, o me abría la boca para que le toque los dedos con la lengua. Esa vuelta, mientras fingíamos mirar el placard, metió una mano debajo de mi remera y me agarró una goma, apretándola suave, pellizcando el pezón. Me apoyaba toda, como si fuera un pajero en un bondi lleno hasta las tuzas.

"Papi... qué rápido se te paró el pito", le dije riéndome bajito, sintiendo cómo su pija daba estirones ricos y saltitos tiernos, en su desesperación de meterse dentro mío, buscando hacer contacto con mi humedad evidente, y sin importarle en absoluto que yo fui hecha con eso mismo, con ese pedazo hermoso de verga. El contorno del tronquito ya se dibujaba más prominente en la tela, y la puntita amagaba a asomarse cuando Luis me dijo: "Sos tan chiquitita mi nena, toda de papá”.

Nos quedamos franeleando un toque, así, casi en bolas los dos; con la puerta de mi cuarto entreabierta. La abuela María pasó por el pasillo arrastrando sus pies, y vio a Luis con una mano debajo de mi pupera, tocándome las gomas y con una carpota en el bóxer, con la que me punteaba la cola. Además, yo no me dejaba hacer, sino que lo buscaba activamente, le sobaba la puntita con dos dedos, y un poquito con mis nalgas, y lo besaba con babas impacientes.

"¡Luis, ¿qué hacés en calzoncillos tocándole las tetas a tu hija?!" rezongó María en medio de una tos impaciente. Papi se rió, sin sacar la mano del todo. Miró a la abu con cierto fastidio, y susurró: "Mamá, la nena no llegaba al ropero. La estaba ayudando a bajar una cosa. ¿Qué querés que haga? ¡Viste lo despelotada que es!"

María bufó fuerte, miró un segundo más y dijo: "¡La vas a confundir, hijo, con tantos besos y manos encima!"

Se fue murmurando, pero no hizo nada más. "Solo" retarnos por apretar estando casi en pelotas, repitiendo que la familia no debería hacer esas cosas y eso. Cerramos la puerta, pero el morbo ya empezaba a sernos necesario para disfrutar.

Después coincidimos en el baño. Yo me lavaba los dientes cuando él entró a hacer pis. Esa vez pusimos la llave. Le dije bajito: "Yo te la tengo, pa... ¿Me dejás? ¿te acordás cuando me daba miedo ir sola al baño y me acompañabas a hacer pis?"

Él se rió con una ronquera que manaba pura calentura, mientras decía: "¿A mí me gustaba más sabés qué? Cuando te hacías pipí en la cama de papi, ufff, qué nenita sucia."

Agarré su pija caliente y apunté al inodoro para que haga lo suyo. Aunque le costaba, evidentemente, porque, se le ponía más dura en mi mano a medida que rememorábamos cosas. Y, se le hacía difícil mear con el obelisco hacia arriba, cada vez más tenso. Para colmo, yo me estiraba un poco para lamerle trocitos de sus mejillas.

"Mirá cómo se paró... así, papi no puede hacer pis, mi bebé. No me la calientes tanto con esa manito de gata en celo”

Pero, al fin, logró hacerlo, salpicar toda la tabla, como siempre me excitaba que hagan los varones, y gimoteando divertido, acariciándome una teta con cierta dificultad. Mientras papi terminaba, y yo se la sacudía, se oyeron pasos afuera. Mi hermano del medio, Alex, pasó por la puerta, y nos dijo extrañado: "¿Los dos encerrados? ¿Qué hacen?"

Papi respondió tranquilo, confiado en su basta experiencia: "La nena se lavaba los dientes, Alex."

Alex murmuró: "¿Y vos la escoltás, viejo?"

Se fue. Nosotros nos reímos bajito. El recuerdito ese nos había calentado bocha a los dos. Resulta que me hice pis en la cama, a mis 5, porque papi y mami discutían por cosas que yo no podía entender; y la voz de Luis, grave y enojada, me asustó. Lo perdoné porque vino rápido a darme mis mimos; e incluso dormimos juntos esa noche. Quizá ese momento fue clave para que yo empiece a ser la nueva mujer en su vida

Ya de tarde-noche, todos estábamos listos en la mesa para comer algo. Yo de frente a papi. Subí el pie descalzo por su pierna hasta su bulto. Lo froté despacito con la planta. Papi murmuró bajito: "Cortala."

Yo le saqué la lengua, y presioné más mi pie, sintiendo cómo le latía el pedazo:

"¿Me vas a pegar?", lo increpé con la cara, aunque mi voz emergió como una brisa suave. Lionel, el mayor, levantó la vista, y se animó a preguntar: "¿Qué se dicen? ¿Qué les pasa a ustedes?"

Papi se rió, y luego le guiñó un ojo, y le habló entre dientes: "La nena, que me pide el postre."

Yo agregué inocente: "Ay, sí... estoy re antojada Lio. Algo grande y calentito quiero."

La abu bufó: "Ay, Dios...". Seguramente pensando que era una pendeja alzada. Y sí, lo soy. Pero solo con su hijo, que es otro degenerado hermoso. Solo que ella aún no lo sabía. Como mucho lo intuía

Mi pie siguió frotándose y presionando, hasta que papi se tensó un toque. Sentí humedad en su pantalón, y entonces bajé rápido mi pie, antes que se notara demasiado.

Aprovechando la volteada del postre, y que ya estábamos vestidos con ropa de calle, salimos al kiosco. Volvimos con unos alfajores derretidos por el calor que igual estaban bárbaros, y una cajita de forros que mi viejo dejó en la mesada de la cocina. Alex la vio:

"¿Forros?, preguntó el pibe. Mi viejo sonrió, mirándonos a todos con cierto aire de superación en el rostro, y susurró: "Para la nena. Tiene un noviecito más grande que se pasa de vivo. Hay que ser precavidos. ¡No quiero llantitos, ni pañales tan pronto!”.

Alex, acaso el más ágil de la familia, deslizó que papá y yo nos acostábamos cuando dijo: “¿Ah sí, pa? ¿Y es canoso como vos?"

Papi no se rió esta vez, capaz pensando que se deschababa. Pero le gustó jugar con fuego. Lo advertí por la forma de suspirar, segundos antes de gruñir: "No te hagas el gracioso, Alex. Sí, el noviecito es canoso... y grande. Ya lo vas a conocer. Además, no quiero que ande calentando a tu hermana, y después ésta le abra las piernitas, y el quía le llene la pancita de huesos."

Yo sí me reí para mis adentros, y le susurré: "Viejo, te conoce ya. Sos el papá."

La cajita quedó ahí toda la noche. Total, usamos solo cuando ovulo. Si no, siempre piel con piel. Todo adentro de mí, o sobre mí, o en mi ropa. No podemos ni nos satisface de otro modo a estas alturas.

Ya de noche, solos en el living, le liberé la pija. Estaba venosa, coloradita y babosa. Me arrodillé y me la metí toda a la boca. ¡Ham! Fue un bocado maravilloso, ruidoso y cargado de una sed infinita. Luis me guiaba la cabeza: "Eso, hacé arcaditas, nena. Dale, que yo te hago provechito. Comela así bebé, que este es el postre que le gusta a la chiquita de papi”.

La baba y su presemen unían su pija y mi boca con un hilo, que iba cayendo en mis tetas. Algunas lagrimitas también se sumaban lujuriosas al mismo destino. Papá me cargaba mientras me sobaba la espalda y hacía un sonoro plop cuando su glande abandonaba abruptamente mis labios: "Te voy a tener que poner un babero, hijita."

Le dije: "En la boca la quiero, pa... yo quiero... quiero ahora... quiero lechita rica, lechita caliente, como la que le dabas a mami, para que después nosotros nazcamos, de tu lechita papi… ¿Me la vas a dar? ¿Me atragantás toda de leche pa?"

También lo premiaba con preguntas tontitas, como las que le hacía de adolescente, del estilo de: "¿Si me tomo la leche, ¿voy a crecer grandota y fuerte? ¿O ya no papi? ¿No me hacés un bebé si me la das en la boquita, ¿no? ¿Estás seguro? ¿Y, si me ensuciás la cola con leche? ¿Tampoco? ¿Y, si me entra en el agujerito de la cola? ¿Y si me hago pis, mientras un chico me quiere meter su pito en la vagina?"

Él tenía los ojos en blanco. Le encantaban esas idioteces de pendeja con las que salía, solo porque le hacían pensar que era más chica. Ese morbo de los tipos de que la mujer sea lo más pequeña de cuerpo y edad posible... tan así que apretaba el cubresillón mientras se la pajeaba, mirando su cabecita descubrirse y esconderse. Sabía que, si papi suspiraba cuando le bajaba el cuerito y le lamía el frenillo, el semen no podía ser retenido en sus bolas mucho más tiempo. Él me reconocía que los petes más ricos se los hice yo, y eso que de joven era un galán alto, de ojos claros y musculitos. Nunca iba a dejar de chuparle la pija a mi papi, pensaba en ese momento. Tenerla en la boca era lo que más me gustaba. Me hacía sentir que era totalmente de mi propiedad, y que yo era su hembrita. Sentía que lo complacía, y a la vez tenía todo el poder. El poder de decidir si iba a ser rápido, cosa de sacarle la leche y chau, o bien mirarnos, decirnos cosas chanchas y estirar esa lechita lo máximo posible, como ahora. Salvo esta vez, en que no pudimos premeditarlo, porque la abu gritó desde su pieza: "Luisito, ¿Podrás alcanzarme la pastilla de la noche? ¡Hoy pretendo dormir bien!"

Papi se asustó y me largó todo en las tetas.

"¡Daa pa, qué malo que sos, yo la quería en la boquita!" me quejé.

"Shhh, ¡callate pendeja! ¿No escuchaste a tu abuela? Te juro que, me encantaría que te vea así, en tetas, lecheadita, o con mi verga en esa boquita.", intentó serenarme. Como fue él quien me hizo así de caprichosa desde chiquita, no le quedó otra que untarse propia leche en los dedos y metérmelos en la boca para que se los chupe hasta dejárselos empapados con mi saliva.

"¿Estaba rica? Dale. Provechito y vamos.", zanjó la situación, antes de pellizcarme una vez más el pezón derecho. Eructé con olor a lechita y me cayó un poquito por el mentón desde la comisura de los labios. Es verdad, debía usar babero.

"¡Qué lindo eructito, bebé lechera! Por ahí, la abu te escuchó, y se pregunta qué le pasa a la bebé. ¡Le voy a decir que te tomaste una chechona, a esta hora! Vas a ver cómo se pone de cargosa”, susurraba entre que se guardaba rápido la pija, y corría a darle las pastillas a la vieja. No sin antes, hacerme un chaschás en la cola y mandarme a la pieza. Sí vimos que se manchó el sofá, pero nos volvimos a hacer los boludos, en especial yo. Papi algo siempre resolvía. Así, exhibirnos se volvió rutina. Nos pescaban, poníamos una justificación berreta y ya está, sabiendo que con el tiempo todo se olvida. Las familias siempre prefieren esconderlo todo bajo miles de alfombras. Pero había algo que no. Y bue, era inevitable, que alguien terminara viendo algo más de lo que debía.

 

Comentarios

  1. Anónimo7/7/26

    Síiii, por dioooos, el sillón manchado de semen, y con el olor de esa pendeja súper chanchísimaaaaa! Re banco esta parte! Voy a leer la otra Diablito! Y seguí así, que se me esplota la bombachita bebé!
    Besotes, de la gorda Nati...

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