Pijamada con el tío de Cande

 

Cande, Lola y yo siempre fuimos amigas. Yo diría que las mejores, desde quinto grado del primario. Fue tremendo cuando nos dimos cuenta que, a los 13 tendríamos que separarnos, tal vez… porque, cada una iría al secundario que nuestros padres determinen. Sin embargo, y por suerte, terminamos yendo juntas al mismo colegio; uno estatal de Pilar, que no era la gran cosa… en el que nos divertimos muchísimo. Ahí, casi nadie se conocía con nadie. Salvo nosotras. Y, entonces, para mayo, pintó la primera pijamada en casa de Cande. Es que ella, tenía una casa más grande, y sus padres se la pasaban de viaje por sus trabajos, o saliendo a comer a restoranes caros. Lola vivía en una casa más chica que la mía, y su madre había tenido 4 pibes más. En mi caso, era un garrón, porque vivía con mis abuelos, mis padres y mis dos hermanos varones. Menos privacidad, imposible.

Ya en abril nos mandamos la primera de muchas. Pero, la mejor de todas, fue en la primavera de ese año. Es que, Cande no era taaan buena estudiante, y tampoco lo disimulaba como Lola, que era súper atrevida y trolita; aunque a la hora de estudiar, hasta se sacaba dieces. Así que, sus padres no tuvieron inconvenientes en que nos quedemos a rancharla en su casa. Ocurre que, más o menos desde el mes de agosto, su tío Enrique empezó a vivir en la casa. la verdad, el tipo ni nos molestaba. Tenía más de 50, era gordo, barbudo, medio pelado, tosía mucho gracias a que fumaba como una chimenea, se sacaba los mocos con los dedos, y miraba descaradamente programas de modelos en la tele, o directamente una porno sin sonido, sin importarle que estuviésemos nosotras rondando. Lo bueno era que no fumaba mucho adentro. Los padres de Cande medio que se lo prohibieron. Fue la condición para que pueda vivir en la casa, gracias a que había tenido un, “percance” laboral. A ninguna de nosotras nos cerraba mucho ese tema… pero no preguntábamos nada. Quiero decir que, para Lola y para mí, el chabón se había mandado un moco re groso. A veces, el vago se las quería dar de adulto responsable, y nos acechaba con eso de que no nos riamos tan fuerte, que no gritemos, no digamos guarangadas, o que no comamos porquerías, y mucho menos que eructemos cuando nos clavábamos un vaso de coca. Pero las tres estábamos re locas, alzadas, revolucionadas por nuestras hormonitas, las tres a punto de cumplir 14 años de puras pavadas y celo juvenil, y no le dábamos bola. Lola, de hecho, se atrevía un poco más, porque le decía que era un gordo horrible, maloliente y de carácter podrido, que por eso ninguna mujer se le acercaba. Él no mudaba el gesto, pero siempre la miraba desafiante cuando ella daba vuelta la cara. Cande se lo decía, y yo le recomendaba no provocarlo, por las dudas. Él siempre sería el adulto, y podía acusarla, o castigarla de alguna forma; y la culpa siempre sería nuestra.

¡Más le vale que ni se atreva ese! ¡Me llega a poner un dedo encima, y se le arma!, la picanteó nuestra amiga, mientras el vieji fumaba afuera, apoyado en la pared, mirándonos no tan de lejos cómo tomábamos un helado en el patio, todavía en plena tarde. Ahí fue la primera vez que las tres nos codeamos con los ojos sorprendidos, porque el tipo tenía un short no tan apretado, pero, era evidente que andaba con el pito parado. ¡Aparte, era flor de verga!

¡Che, miren eso! ¡Por favor! ¿Se imaginan todo eso en la boca?, dijo Lola, aferrada al brazo de Cande, ensuciándole toda la musculosa con su helado.

¡Lo peor es, imaginarse eso en la vagina! ¡Te rompe toda esa cosa!, dije, tratando de mirar demasiado, aunque el fuego que sentía en la concha me invadía como nunca.

¡Che, que ese idiota, es mi tío! ¡No sean asquerosas! ¡Es un viejo roñoso!, dijo Cande, furiosa con las dos, aunque tampoco apartaba sus ojitos brillantes de aquel pedazo. Entonces, Lola reparó en que Enrique tenía unos auriculares, y seguro estaba escuchando un partido. Así que, nos permitimos hablar un poco más fuerte. Lola, ni siquiera supe bien por qué, de la nada me dio helado de su cucurucho, y me hizo chuparle los dedos, diciendo: ¡Imaginate que es el pito del vieji nena! ¿Cómo se lo chuparías?

¡Hey, che! ¡No nos zarpemos! ¡Esas, no son cosas de las que hablan las nenas!, dije, estúpidamente, sintiéndome más ridícula y caliente a la vez. Las dos se me rieron, y yo las acompañé. De inmediato nuestras risitas nerviosas derretían al sol de la tarde, mientras Lola decía: ¡Callate nena, que vos serás una nena! ¡Pero bien que pensás en cosas sucias! ¿O no querés chaparte al preceptor de la escuela?

¡Claro nena, no seas pava! ¡Aparte, te apuesto que ahora se te re mojó la bombacha mirándole el pito a mi tío!, dijo Cande, antes de que las tres empecemos a dar saltitos boludos, medio que franeleándonos risueñas, pegoteándonos con helado. Yo, le chupé los dedos a Lola, y después Cande me chupó los míos, y al toque, medio que entre las tres nos lamíamos las cucharitas, y Lola, se re zarpó cuando me tocó las tetas.

¡Mirá las tetas que tiene la Zoe! ¡Che, te re crecieron guacha! ¿Sabías?, dijo Cande, estirándome el top y subiéndome la remera, mientras Lola volvía a señalarnos el bulto de don Enrique, que se prendía otro cigarrillo, y puteaba a vaya saber qué jugador del partido que seguía.

¡Y sí, eso es porque, porque te las manoseás, chancha! ¿Ustedes se pajean mucho chiquis?, nos preguntó Lola, poniendo un tono de seriedad. Al toque nos sacó la lengua, le subió la musculosa a Cande, y se acercó a sus tetitas para mordisquearle el corpiño. La Cande casi se muere de la vergüenza. Pero, sin mediar silencios, las dos arremetieron con mis tetas, y me las tocaron, mientras Cande le decía a Lola que era una cochina por sugerir que nos pajeábamos.

¡Che, pero, no se hagan las bebés, que se re tocan ustedes! ¿O no? ¿No se meten dedos en la zorri? ¿En el baño? ¿O en la cama?, dijo nuevamente ella, sin dejar que yo me acomode la remera para apartar ese par de manos de mis tetas. Me sentí rara. Notaba que se me mojaba la bombacha, y me encantaba el olor que despedía la boca de Lola cuando suspiraba. Pero, el hechizo volvió a sacudirnos cuando Cande murmuró: ¡Chicas, chicas, por dios! ¡Miren, miren cómo se acomoda el chorizo ese! ¡Es un degenerado mi tío! ¡Voy a tener que hablar con mis viejos!

Lola le apretó un brazo, y mientras me pellizcaba una teta sin querer le decía: ¡Ni en pedo nena! ¡No nos podés hacer eso! ¡No hables con nadie, porfa! ¡No seas mala onda! ¿Qué otra chance vamos a tener de ver semejante verga? ¿En serio, no te hace picar la concha cuando se la mirás? ¡Dale Cande, no te hagas, que seguro te re meás! ¡Además, pibis, eso, por lo menos mide unos 25 centímetros! ¿Qué opinan?

En eso, las tres empezamos a saltar nerviosas, a pegarnos, empujarnos, decirnos que éramos unas taradas, que necesitábamos un pito urgente, que no podíamos ser las únicas virgas de nuestro curso, y que era hora de aprender de verdad a chupar una buena pija. ¡A mí me encantaba que le midiese eso, si es que Lola tenía ojo para esas cosas! y, entre tanto manoseo y empujones, Cande logró sacarme la remera, y nuestros grititos de excitación llegaron a los oídos de Enrique, que se arrancó los auriculares, apagó su cigarrillo con un pie, y nos miró largamente, pensando en cómo reprendernos.

¿Qué hacen, pendejas? ¡Ojo eh, a lo que andan jugando! ¡No se comporten como mocosas villeras! ¡En un rato se me mandan pa’ dentro, que ya se vienen los mosquitos! ¡O se ponen repelente!, dijo al fin, mirándonos con sus ojos inyectados de lujuria. Lola también observó que el viejo me re miró las tetas, culpa de estas dos huevonas. Cande le dijo: ¡Sí tío, ya vamos!, y lo vimos una vez más acomodarse el paquete. Pero, ese día no sucedió nada más digno de ser contado.

A la semana siguiente, un sábado medio pasadita la siesta, nosotras volvíamos a estar en el patio, haciendo unas tareas para matemáticas. De paso aprovechábamos a tomar una coquita, comer papas y doritos, mientras Enrique regaba las plantas y algunos árboles nuevos que había en el jardín inmenso de la madre de Cande. Esta vez, el horrible de Enrique estaba en cuero, más barbudo que antes, y con una bermuda un poco más suelta. A mí me parecía que estaba más panzón. Lola, cada vez que podía, intentaba mirotearle el paquete, para ver cómo lo tenía. Nosotras la pinchábamos con lapiceras para que se rescate. Hasta que, a mí se me escapó, después de que pasó por al frente de nosotras: ¡Chiquis, no puede ser! ¿Lo vieron? ¡Lo tiene parado de nuevo!

¡Sí Zoe, trancu, que mi tío es re pajero! ¡No la pone nunca! ¡Y se la pasa viendo modelitos, o videos chanchos en ese celu berreta que tiene! ¡O en la compu de mi viejo! ¡Ese también, creo que se hace el choto, y no le dice nada!, dijo Cande en voz baja, aprovechando que la presión del agua de los aspersores era súper violenta. Además, el tipo había quedado medio sordo por tanto trabajo en fábricas. Así que, era casi imposible que nos escuchara.

¿Y vos? ¿No mirás videos chanchos? ¡Dale nena, decime la posta!, dijo Lola, mordiendo una lapicera, haciéndose la sexy. Nos reímos, y al final cande contó que justamente la noche anterior había visto el video de un tipo con un pito re gordo, metiéndoselo a dos chicas vestidas de ropa de escuela privada. Lola casi vuelca los vasos de la emoción por querer chocar su puño con el de Cande, repitiendo una y otra vez: ¡Sos una de las mías! Y entonces, vimos otra vez a Enrique, con un tremendo coso abultándole la bermuda, como si quisiera traspasar los botones y darle un besito a su ombligo peludo. En un momento, vi que el asqueroso me re miró las tetas, y se sobó la verga. Se lo dije a las chicas, y desde entonces, Lola empezó a fastidiarme para que me haga la boluda.

¡Heeey, Zoe, dale nena! ¡Es solo, subirte la remera, y mostrarle las tetas! ¡Por ahí, cuando te mire a vos, después, yo me doy vuelta, y le muestro mi alta burrita! ¡Dale, guacha, usá esas tetas, al menos, para que tu amiguita debute! ¡Tendríamos que debutar todas con él! ¡Aunque, bueno, la Zoe y sus tetas, se van a quedar con todo! ¡Ya van a ver, cómo esta turra se come a todos los pibes!, decía Lola, pegándome en la pierna, haciendo chicotear su mano en mi piel desnuda porque, solo tenía un mini short, y arrancándome el pelo para que, según ella, deje de hacerme la interesante. Cande ni me defendía. De hecho, se cagaba de risa.

¡Che, pará Loli, que, después no nos va a prestar la tarea esta guacha! ¡No la cargosees tanto!, dijo Cande al fin, aunque, las tres veíamos que Enrique caminaba lento hacia un nudo de arbolitos, dejaba la manguera colgada de una especie de ligustrina, miraba hacia un lado y otro, y trataba de internarse lejos de nuestras miradas. Al toque, vimos que algo hacía con su pantalón. Yo pensaba que buscaba un cigarrillo, o el encendedor. ¡Y entonces, desde lejos, vimos que se corrió un toque la bermuda para pelar el pito, y mear despreocupadamente! No podíamos ver mucho, aunque nos estiramos en silencio. Pero, a pesar de todo, veíamos que la tenía dura, parada hacia arriba, y que tardaba en hacer lo que se proponía, si es que buscaba eso. Lola, hasta se mordió el labio cuando quiso decir: ¿Se la está manoseando?, porque las tres vimos cómo se apretaba el pito, como buscando calmarse, o, ¿quería pajearse? Y, al toque, casi sin entender cómo lo hizo, observamos que empezó a hacer pis, a mojar las raíces de esos pobres árboles, a canturrear algo parecido a un tango, o algún folklore del año del pedo, y, a sacudir ese pedazo de pitardo, tal vez para limpiarse con el aire, o para seguir meando.

¡Chicas, por dios, quiero eso en la boca, ya! ¡No puede ser! ¿Miren ese pitoooo, por favooooor! ¡Creo que, ni me importaría si me mea toda!, decía Lola, eufórica, arrodillada a mi lado, y nalgueándose la cola. Cande la chistaba para que baje la voz.

¡por favoooor, loca! ¡Estás re caliente pendeja! ¡Si te escucha, cagamos las tres!, le dije, más asustada que otra cosa.

¡Dejate de joder Zoe! ¡Si el vieji ni nos escucha desde allá! ¡Cande, decile a tu tío que, necesito que me riegue como a ese arbolito!, dijo Lola, rozándose las tetas, mordiéndose los labios para juntar los hilitos de baba que se le caían solitos.

¡Andá y decile vos, asquerosa! ¿Querés que te mee mi tío? ¡Estás re loca nena! ¡Aparte, dejá de tocarte el culo che!, le dijo Cande, tratando de levantarla del suelo para que siga con los ejercicios. Entonces, Lola dijo, sin ningún titubeo: ¡Chicas, no me digan que estoy loca! ¿Por qué no se fijan si no se mojaron como yo? ¡Les apuesto cualquier cosa que, las dos tienen re mojadas las bombachas!

¡Fuaaa! ¿Lo que sea? ¡Yo estoy re sequita nena! ¡No me atrae ver a mi tío meando como un borracho! ¡Te habría ganado un montón de guita!, dijo Cande, y dejó que Lola le meta la mano por adentro de su calza negra. Lola, la miró desafiante, con decepción y enojo. Por suerte no llegaron a apostar nada, porque habría perdido. ¿Y quién se la bancaba después? Pero, conmigo no fue tan bondadosa. Me obligó a pedirle algo si yo ganaba, y si yo perdía, tenía que darle un beso en la boca, ¡Con lengua y todo! Le dije que estaba loca. Pero, Cande ayudó a sujetar mi cuerpo contra el banco en el que estábamos sentadas, y Lola hundió su mano por adentro de mi short. Me re tocó la vagina, y estiró mi bombacha hacia arriba, hundiéndomela en la cola. Cuando sacó sus dedos de mi intimidad, se regodeó de su premio, relamiéndose los labios, diciendo entre saltitos: ¡Cande, tu amiguita se hizo pis por tu tío! ¡Tiene la bombachita empapada la puerca!

No me había meado. Pero sí que me estaba prendiendo fuego por dentro, de tanto verle ese paquete al tipo, y de tanto soportar a la calentona de Lola, y a los aportes de Cande, que, de paso aprovechó a meterme la mano adentro del short para echarle más cargadas a mi estado sexual. Así que, mientras Lola me acercaba la boca para que nos besemos, Cande insistía con que, si me resistía iba a ser peor.

¡Dale guacha, dejá que la Loli te coma la boca! ¡Al final, te chorrea la babosa por el tío de la Cande, chancha! ¡Necesitamos que la Zoe le mire el pito desnudo a ese tipo! ¿Sabés qué? ¡Ahí, te va a ladrar la conchita nena! ¿Vos se lo prestás, Cande? ¡Total, es un ratito! ¡Bue, y a mí, también prestameló un toque! ¿No sabés cómo quiero esa cosota dura en la boca! ¡Porque, si nos la mete en la chocha, nos parte!, decía Lola, mientras paseaba su lengua sobre mis labios cerrados. Y al fin, le abrí la boca para besarnos como dos tontas, saboreándonos quizás más de la cuenta. Lola pensaría que yo quería sacarme el trámite de encima. Pero, la verdad, lo estaba disfrutando demasiado. Solo que no se lo podía blanquear así nomás. Cande se nos reía, y se quedó sin el celular porque Lola se lo revoleó al piso en cuanto quiso sacarnos una foto. Cande y yo, jamás le contamos que, nosotras dos, sí que nos chuponeábamos cuando yo me quedaba a dormir en su casa. Y, entretanto, cada una se tocaba a sí misma. Aún no habíamos ido más allá. Además, teníamos 13 años. Por lo que, preferimos que ese sea nuestro secreto. Lola, a veces era muy celosa, y no estábamos dispuestas a bancarla denseándonos.

Y, en ese momento apareció Enrique, ¡Justo cuando Lola volvía a meterme la mano por adentro del pantalón! El tema es que, a Lola se le veía el culo porque, cuando se incorporó del suelo, no se arregló la pollerita, ¡Y tenía su tanga negra re enterrada!

¿Qué está pasando acá? ¿Les parece bonito lo que están haciendo? ¡Señorita, usted, arréglese la pollera, si no quiere que hable con sus padres!, dijo Enrique, poniendo una cara de malo muy poco creíble. Nosotras, de inmediato nos acomodamos en el banco, y tratamos de no llevarle la contraria. Pero ese mismo día, por la noche, hicimos la pijamada en el living. Enrique, nos hizo unas pizzas, y en cuanto cenamos, le dijimos que íbamos a mirar una peli, y que luego nos acostaríamos a dormir.

¡Tranqui tío, que, la pijamada la vamos a hacer en la pieza!, le advirtió Cande, una vez que levantamos la mesa, ordenamos un poco, y le prometimos que no íbamos a gritar. Entonces, esperamos a que enrique se vaya a la habitación que ocupaba en el patio, y, seguras de que no volvería a entrar al living, bueno… Cande se quedó en top y bombacha, Lola se dejó la pollera para que sus pequeñas tetas nos seduzcan como nunca lo habíamos imaginado, y yo, bueno, me quedé en corpiño, aún con el short, pero sin la bombacha que me había mojado de tanta calentura. Al principio, solo buscamos videos chanchos en el celu de Cande, tomamos coca, hicimos un pequeño torneo de eructos, jugamos a un ahorcado con palabras sexuales, y empezamos a flashearla con el pito de Enrique.

¡Tendríamos que ir despacito, gateando, y apoyar las tres nuestras bocas en ese pedazo de pija chicas! ¡Total, alcanza para las tres!, dijo Lola, revoleándole un almohadón a Cande, que entretanto le decía: ¡Pará, asquerosa! ¡Es horrible mi tío! ¡A mí, creo que también me gustaría que me la dé un tipo grande! ¡Pero no ese viejo fiero!

¡No sé chicas, con las ganas que tengo yo de que, algún chabón me toque las tetas, creo que, no me importa si es un viejo horrible!, dije yo, asombrada de mis propias palabras, antes de volver a eructar con fuerza. Es que, me había bajado un vaso de coca. Lola se me acercó, y mientras me decía: ¡Ahí la tenés a la cochina, bien facilita y regalada!, me acarició las tetas. Cande la miró como para decirle: ¡Hey, no la toques mucho! Pero, prefirió acercarse, darle un par de nalgadas a Lola, y sumarse para toquetearme las tetas.

¿Y te gustaría que ese viejo, te las pellizque?, dijo Lola, acercando demasiado su boca a mis pezones. La verdad, ni yo entendía cómo me habían salido semejantes tetas con 13 años.

¿En serio, dejarías que el cerdo de mi tío te toque Zoe? ¿Y que, te vea desnuda, que te baje la bombacha, y te pegue con ese pito en la concha?, dijo Cande, ronroneando como nunca antes la había escuchado. Y, en el momento en que Lola le tocó los labios con la lengua, las tres nos empezamos a reír, a perseguirnos por todo el living, y a pegarnos con las manos, almohadas, ojotas, y hasta con las dos botellas vacías de coca. Sobre todo, Cande y yo le dábamos a Lola en el culo, levantándole la pollera. Además, gritábamos re enloquecidas, como si fuesen las 3 de la tarde. Ni escuchamos que Enrique abrió la puerta.

¿Qué hacen las nenas? ¿Por qué tanto alboroto? ¡Candelaria, por favor, ya es la madrugada! ¿Así se portan tus amiguitas en el colegio también? ¡Desde mi pieza las escucho gritar como gallinas! ¿Y, dónde están los camisones? ¿O los pijamas? ¡No sabía que las pijamadas se hacían, medio desnudas!, empezó a decirnos, mientras nosotras, no sabíamos a dónde meternos.

¡Y sí don, hoy, los tiempos cambiaron! ¡Entre chicas, no nos da vergüenza mostrarnos las bombachas!, dijo Lola, siempre resuelta, adelantada y suspicaz. Yo sentía que me ardía la cara. Y peor cuando las tres nos quedamos atónitas, con los ojos clavados en el bulto que el viejo degenerado tenía en su pantalón de dormir.

¿Qué miran? ¡Me parece que, no están en edad de mirar cosas raras ustedes! ¡Vamos che, se me visten, y a la camita! ¡Ya hicieron bastante barullo! ¡No querrás que hable con tu padre, Candelaria!, nos dijo, haciendo todo lo posible por sentarse en la mesa y mostrarnos como se le marcaba el pedazo en el short. Pero, de repente se levantó, buscó algo en un aparador, y nos dijo: ¡Bueno, para que no crean que soy un ogro, me voy a mirar una peliculita, o algún partido! ¡Lo que encuentre primero! ¡Les voy a dar un ratito más! ¡Total, recién son las 2 de la mañana! ¡No hace falta que se vistan! ¡Total, voy a estar en la cocina!

Nos sorprendió tanto que, ninguna supo qué responderle. Hasta que Cande le dijo: ¡Gracias tío! ¡Posta, sos un groso! ¡Y, te juro que, en un ratito me las llevo a mi pieza a estas chifladas!

Enrique se sirvió un vaso de whisky, y se sentó en la cocina a mirar un partido viejo. Además, estaba jugando a vaya saber qué juego choto en la compu del padre de Cande. Entre la cocina y el living había una pequeña puerta corrediza que, no cerraba del todo. Así que, no teníamos tanta privacidad. Pero, aducíamos que Enrique estaba en la suya. Aún así, nosotras bajábamos la voz para hablarnos. Cande seguía imaginándose cómo sería besar a su chico ideal. Hablamos del preceptor de la escuela, del padre de Sofía (otra amiga que teníamos) del profe de gimnasia de los varones, de un par de pibes de quinto año, y del vecino de Lola.

¿Les juro que ese viejo es re chancho chicas! ¡Siempre me mira el culo cuando ando en la bici! ¡Y, si me ve en el kiosco comprando algo, me re mira! ¡A veces, yo me le agacho un poquito! ¡Y, vieron que hay días que no me pongo bombacha!, confesó Lola, divertida y sonrojada a la vez.

¡Estás re zarpada nena! ¡Mirá si se le ocurre tocarte, o no sé!, le dije, sintiendo que me moría de ganas por estar en sus zapatos.

¡Che Zoe, pero a vos, seguro te miran las tetas! ¡Tenés unas tetas de gata de 17 años! ¿No te hacés la bandida con ningún tipo?, me preguntó Cande, después de decir que tenía muchas ganas de comerse al chabón que atiende el bufet del colegio. Yo le dije que no, que no sabía cómo hacerlo, y que de todos modos no estaba tan desesperada como ellas dos.

¡Claaaaro! ¡Decile eso a tu bombacha! ¡Bueno, a la que tenías, porque te la mojaste toda con el tío de ésta!, dijo Lola en voz alta, riéndose al unísono con la traidora de Cande. yo las chistaba para que se callen un poco, y Enrique no nos eche a la mierda.

¡Síii nena, reconocelo! ¡Sos una chancha! ¡Te measte por el pito de mi tío! ¿Te calentó cuando lo viste hacer pis? ¿O cuando te miró las tetas?, insistía Cande, sin olvidarse de atenuar su voz, a esa altura codeándonos entre las tres. En un momento, casi por un instinto sexual, cada una le tocaba las tetas a la otra, y en cuanto nos dimos cuenta, nos reímos con más júbilo. Encima, Lola volvió a eructar prolongadamente, y después le seguí yo.

¡Provechito nena! ¿Así vas a eructar para seducir al tío de la Cande?, dijo Lola, mientras empezábamos a corretearnos otra vez por el living para pegarnos con las botellas.

¡Pero, chicas, no sean malas conmigo! ¡Ustedes también le miraban la pija! ¡Ahora mismo, o hace un rato cuando apareció, y se apoyó en la mesa, tuve las re ganas de saltar y mordérsela! ¡No se hagan las gilas!, me desaté, mientras Lola hacía de cuentas que se sentaba en el pico de la botella, con la pollera levantada. En eso, y después de intentar calmarnos, Lola fue a la cocina para buscar otra botella de coca, y le dijimos que nos cuente en qué andaba Enrique, porque, a Cande le había parecido escucharlo roncar.

¡Hey, señor! ¿Así se queda dormido usted?, escuchamos que Lola le decía, después de cerrar la heladera, ya con la botella en la mano. El hombre se desperezó, o simuló hacerlo, y le dijo: ¡Sí, trato de dormir! ¡Pero, ustedes son tres cotorras!

¿Y por eso se pone a mirar videos chanchos? ¡Igual, no se asuste, que yo no soy bocona!, lo apuró Lola, mientras el hombre la chistaba como para que no hable tan alto, suponiendo que nosotras podíamos escucharla.

¿Cómo es eso? ¿Quiere decir que no vas a chusmearle a tus amigas, nada?, dijo, tal vez algo alterado el hombre, pero siempre en voz baja. Solo que, como hablaba grave, y la noche estaba silenciosa, se le entendía  todo perfectamente.

¡Le juro que, no van a saber que lo vi con el pito casi afuera del pantalón, y que, por lo visto, se lo anda manoseando, mirando pelis cochinas!, dijo Lola, y de inmediato, se oyó todo junto. El arrastre de una silla, un gritito ahogado de Lola, algo como unas cachetadas, unas apretadas, chistidos, y un jadeo. Al toque el tipo dijo: ¡Calladita bebé, que esto, es mucho más complicado de lo que parece!

¡Y más grande, y re duro!, dijo Lola, que otra vez gimió, y recibió un chirlo. Las dos ignorábamos a dónde había sido. Pero Cande, casi que burlándose de mi situación de emergente alerta, me agarró una mano y me chupó los dedos.

¡Comeme la boca pendeja, que no doy más!, me dijo, y las dos nos re tranzamos, mientras ella me sobaba la concha, sabiéndome sin bombacha. Hasta que, casi sin darnos cuentas, solitas habíamos ido caminando hasta la cocina, donde vimos a Lola sentada sobre la mesa, acariciándole la verga todavía adentro del bóxer de Enrique.

¡Heeeey, mamu, te cortás solita! ¡Tío! ¿Cómo vas a dejar que esta sucia te haga eso? ¿Te gustan mis amiguis?, dijo Cande, que ya no me tocaba. Ahora las dos mirábamos con reproche a lola, y con admiración el pito creciente bajo los pies de Lola.

¡En serio Loli, sos re mala! ¡Si sabés que las tres estábamos, que no dábamos más!, dije, automáticamente, como si las palabras no me pertenecieran.

¡Sí, es cierto don! ¡Y encima, la Zoe se hizo pis por usted!, me delató Lola. No había sido cierto, pero no fui capaz de contradecirle nada.

¡Aaaah, miralas vos a las guachas! ¡Sé que me vieron meando entre los arbolitos! ¡Son unas degeneraditas! ¡Pero, para que sepan que no soy malo, Acá les muestro todo! ¡Sacá las patas nena, así tus amiguitas y vos, miran bien el pedazo que tengo, y cómo me lo ponen!, gruñó Enrique, casi tan conmovido como nosotras. Lola sacó sus pies, y Enrique se fue bajando el bóxer con lentitud, como sabiendo todo lo que nos hacía desearlo. O, al menos su pedazo de pito. Entonces, Lola saltó de la mesa al piso para tocárselo. Pero Enrique se lo prohibió. Ahí, las tres lo rodeamos, y mientras nos empujábamos, saltábamos, y casi llorábamos de calentura, diciendo cosas como: ¡Nooo, yo quiero tocarla primero don! ¡Dígale a esta que no sea tan turra, tan desesperada, que yo se la vi primero! ¡Heeey, paren, que es mi tío, y yo se lo presto al que yo quiera! ¡Correte nena, que estorbás, meona! ¡Deleee don, déjeme tocársela un poquito!, y cosas por el estilo, enrique nos paró en seco diciéndonos: ¡Se sientan las tres en el piso, y se escupen las manos, vamos!

Las tres le obedecimos, y de inmediato Enrique señaló a Lola. Le dijo: ¿Ahí lo tenés nena! ¡Dale unas cachetaditas en el glande! ¡Después, lo hacés vos Cande! ¡Y después vos, chancha! ¡Tenés terribles tetas! ¿Sabías?

Lola le dio unas cachetadas al glande del vieji, mientras él lo sostenía, subiendo y bajando el cuero de su pija; lo que hacía que su prepucio ceda para mostrarnos su cabecita cada vez más hinchada y colorada. Luego lo hizo Cande, aunque con un poquito de cara de asco. Hasta que el tío le dijo: ¡Dale nena, que no muerde, ni pica! ¡Solo, bueno, escupe un poquito nomás! Ahí sí nuestra amiga se lo cacheteó, y también le presionó el glande con sus dedos, haciendo que el hombre gima de placer. Cuando me tocó, sentí que se me dividía el culo y se me inundaba la agina de excitación. Lo hice lo mejor que me salió. Solo que, a mí me pidió: ¡Babeate más esa manito bebé, y escupite las tetas! ¡Me encanta ver cómo les cuelga baba de las tetas a las nenas curiosas como vos!

Claro que no puse objeciones. Y, tanto se ve que le gustó que, me agarró del pelo, juntó mi boca a su glande y me dijo: ¡Dale un besito a tu nuevo juguete bebé! ¡Y que no te importa si te meás, como dice tu amiguita!

Casi me muero de calentura cuando mi lengua rozó ese trozo de músculo caliente, oloroso y resbaladizo. Encima, cuando miré hacia arriba descubrí que Lola le rozaba la boca, y que ella le chupaba los dedos. Cande se metía la mano por adentro de la ropa, y cerraba los ojos, apoyada contra la heladera, y gemía despacito. Así que, en cuanto Enrique se percató de eso, le dijo: ¡Vení cachorrita, que para vos también hay! ¡Además, soy tu tío, y yo siempre voy a querer los mimitos de mi sobri!

Entonces, me corrí para que Cande se arrodille a mi lado, y de esa forma, ella le mordió el pito para después decirle que se lo iba a curar con la lengua. ¡Y abrió la boca como para manducárselo todo! ¡Pero, claramente era imposible! Así que, Enrique le dijo: ¡Cuchá Cande, agarrame el pito con la boquita, y pasáselo a tu amiguita! ¡Vos, Lolita, al piso, que te toca a vos probar un poquito! ¿O ahora no querés?

Lola, se revoleó a nuestro lado. Y, luego de pasarme la lengua por la boca, como nunca creí que sería capaz, le dijo a Cande, que era la que tenía el glande del hombre en la boca: ¡Dame la mema Cande! ¿No ves que soy chiquita, y necesito leche?

Cuando Lola se la chupó, puso cara de gata, y ya n quería seguir convidándonos de ese elixir extraño. Y entonces, cuando quisimos acordar, las tres le mamábamos la verga, porque alcanzaba para que entre todas se la colmemos de saliva, besos ruidosos, más cachetadas, sobaditas, apretadas y pellizcos. él le pedía especialmente e Lola que le pellizque las bolas y las piernas. Y, de golpe nos asustamos cuando Enrique se incorporó de su silla destartalada, casi que haciéndonos caer hacia atrás. Ahí fue cuando me alzó en sus brazos, me olió la panza y la vulva por sobre el short, y me puso patas para arriba. Colocó mis piernas a la altura de sus hombros, y así me llevó hasta la mesa donde él se sentó, y dejó mi boca a expensas de su verga hirviendo.

¡Alguien que me ayude a sacarle el pantalón a esta bebé! ¡Quiero oler conchita de nena pendeja! ¡Y, si es verdad que te measte, con más razón!, dijo Enrique, cuando ya mi boca empezaba a lamerle el pito, los huevos, y a sorber los líquidos que manaban de su interior, mientras otras manos se las ingeniaban para sacarme el short. Entonces, Enrique me tuvo expuesta para él.

¡Aaaaah, y encima, la bebé se olvidó de ponerse la bombacha! ¡Mmmmm! ¡Mejor todavía! ¡Chupá bebé, asíiii, dale, agarrame la pija con esa boquita! ¡Y ustedes, ayuden si quieren, que no le entra toda, pobrecita!, dijo Enrique, segundos antes de arremeter con su lengua en los albores de mi vulva caliente. No sabía cómo hacer para no atragantarme con los gemidos que no podía contener, mientras mamaba, roía, lamía, olía desquiciada y tragaba lo que se me permitía. Además, las chicas también me mordían los labios, me nalgueaban, y me presionaban la cabeza para ahogarme de pija. y de repente, estaba en el suelo, en cuatro patas, chorreando baba de la concha, y presemen de la boca. Ahora se le había invertido el cielo a Lola, que le pedía más lengua en la concha y el culo, mientras sus palabras no eran comprimidas por el pete furioso que nuestra amiga le hacía. A ella la nalgueó fuerte, le pellizcaba las tetas, y le decía que ella olía más a pis que yo. Cande y yo nos reímos, y eso nos llevó a comernos la boca. Lola no podía vernos. Pero Enrique dijo, casi sin importarle el volumen de su voz: ¡Vos sabés que me parecía que ustedes dos se toqueteaban en la camita! ¡Se tijeretean también? ¿No son muy chiquitas para eso? ¡Dale vos, borrega, comete todo ese chorizo, así aprendés a no calentar a los tipos grandes! ¡Si no te la vas a bancar, o te vas a mear la bombachita, primero pensalo mejor! ¿Escuchaste?

A Cande no le hizo lo mismo que a nosotras. Primero la sentó sobre la mesa, la palpó toda, y luego de pedirle que se quede en bombacha, se la sentó a upa. Colocó su pija por detrás de su culito, y medio que, estirándole la bombacha hacia adelante, empezó a moverse, como si se la estuviese cogiendo.

¡Vengan chiquitas! ¡Vengan a comerme la pija ahora, que está escondida en el calzón de esta chancha!, nos pidió con la voz melosa, como si estuviese enamorado. Nosotras, empezamos a rozarle ese capullo oculto en la tela manchada de Cande, y solo le rozábamos el glande con las uñas, para calentarlo más. Cande Gemía. En un momento me dijo: ¡Zoe, mordeme la concha amiguita, dale, que quiero tu lengua!

Enrique le tiró del pelo para pedirle que se calle, y entonces, las dos empezamos a mamarle la pija una vez más, liberándola de la bombachita de Cande. yo, aún así, llegué con mi lengua a la fiebre de mi amiga, y le rocé el clítoris. eso la hizo gemir re agudito y hermoso. Pero, ahora teníamos que sacarle la leche a este hijo de puta. ¡Y parecía ser insaciable!

Luego, casi sin saber cómo fue que llegamos allí, estábamos las tres acostadas de cualquier forma sobre el sillón. Enrique nos repartía pijazos fuertes en la cara y las tetas, y cuando quería, agarraba del pelo a alguna de nosotras, y nos la calzaba en la boca, tratando de llegar a nuestras gargantas, mientras nos puteaba, y nos decía: ¡Vamos puercas, gánense la leche, vamos, o las meo todas, las lleno de semen, y les embarazo las gargantas!

A Lola, en un momento se la encajó en la boca mientras le retorcía los pezones, y a mí, me dio varios chotazos en la vagina mientras le pedía a Cande que me chupe las tetas.

¡Lola, vos que sos la más agrandadita, la sabionda, la más chancha! ¡Agarrame la pija, y pegale con ella en la cara a Zoe! ¡Vamos!, le pidió, luego de que las tres nos sentamos, o él nos sentó de prepo. Lola lo hizo, y encima me ligué una cachetada por sacar la lengua para intentar lamerle el glande.

¡Ahora, te toca a vos, Zoe! ¡Pegale con mi verga en las tetas a Cande!, me ordenó. Cande estaba a punto del llanto de tanto que le chiflaba la concha. Pero, aun así, le dijo: ¡Tío, pará, que soy tu sobrina! ¿Cómo le vas a pedir eso?

¡Vamos Cande, ahora, vos te arrodillás entre ellas, y te metés los deditos en la zorra, mientras me la chupás un ratito! ¡Vamos pendeja, esmerate, si querés sacarme la leche con tus amiguitas! ¿No buscan eso?, le dijo a su sobrina, que cumplió con creces. De hecho, parecía que se le iban a explotar las mejillas de tanto succionarle el pito, de puro traccionar con sus dientes y lengua, y de tanto babearse.

¡Ahora, las tres me la van a escupir!, nos pidió, señalándonos las bocas con su pija siempre dura. Las tres desatamos una tormenta de escupidas direccionadas a su glande, a sus bolas y su abdomen.

¡Y ahora, entre las tres me la van a pajear bien pajeada! ¡Vamos! ¡Y si necesito más saliva, me vuelven a escupir! ¿Estamos?, nos exigió. Esta vez, volvimos a delirar, gemir, a oír nuestras voces calientes, tras unos momentos de silencio, y a pajearlo con todo, haciendo resonar sus jugos y nuestras babas, su piel ardiente y nuestros dedos entumecidos. Estuvimos así un largo rato, escuchándolo decirnos que éramos unas conchas calientes, que teníamos las bocas sucias, que merecíamos llenarnos de hijos, y muchas pavadas más. Hasta que nos privó de su verga para increparnos: ¿Quién va a ser la primera en meter su lengüita cochina en el agujerito de mi chota?

Lola fue la que se animó primero, y, en cuanto lo hizo, el hombre nos cazó de las mechas a lo bruto, diciéndonos: ¡Ayuden a su amiguita, que me viene la leche, putas de mierda!

Fue tremendo ese momento de confusión y caos porque, las tres le chupábamos lo que encontrábamos de su pija, y las tres llegamos a meterle la lengua en ese especie de anillito repleto de caldo seminal. Le chupábamos los huevos, le gemíamos y besuqueábamos la pija, se la apretábamos y marcábamos con las uñas, yo incluso llegué a apretársela con las tetas un rato, y nos pegábamos con ella en las bocas, o en la cara, mientras nuestros gargarismos y arcadas lo volvían loco. Y de repente, con los ojos desorbitados, el cuerpo cada vez más débil y los pies sobre arenas movedizas, nos dijo: ¡Empiecen a comerse las bocas, perras, pendejas alzadas, vamos, que quiero ver cómo se hacen el amor con las lenguas!

Ahí fue que primero se oyó un crujido, luego una exhalación vibrante, y enseguida la voz de alerta, mientras nuestras lenguas buscaban nuestras bocas, sin abandonar el contacto con esa verga majestuosa, súper caliente y mojada. un segundo más, y el grito de un animal herido nos mostró el camino.

¡Aaaaaaaah, ahí les vaaaaaaaaa, putasaaaaas de mierdaaaa, cochinaaaaas, sucias, guachitas calentonaaaas! ¡Ni una gota quiero que se pierda! ¿Tamos? ¡Se la toman todaaaa, asíiii, vamoooos, abran bien las bocaaaas! ¡Ya van a abrir las piernitas por todos lados, las conchas bien de sus madres!, empezó a decir Enrique, mientras su pija ahora se convertía en una manguera vital, desparramando semen por nuestras caras, en medio de nuestro besuqueo, manchándonos las tetas, los rostros y las vergüenzas, si es que nos quedaba apenas un poco. Cuando cada vez empezaba a salirle menos, el tipo nos abría las bocas y acababa un poquito más allí. A mí fue a quien más me dio, y la que más alzada terminé con él. No entendía por qué me calentaba tanto que me trate mal, que me apriete toda, que se ría de que me hubiese meado por él, aunque no fuera cierto, y que me mire tanto las tetas. El disparo de leche no parecía querer terminarse. Incluso le tiró unas gotitas en la entrepierna a Lola, y le dijo que la próxima, en vez de reírse de mí, se fije si tenía la bombachita limpia.

¡Bueno chiquitas, se terminó por hoy! ¡Bueno! ¡A no ser que, quieran tomar la lechita mañana a la mañana! ¡O, si no, les puedo enseñar a hacer pis entre los arbolitos! ¿Qué prefieren?, nos dijo, mientras se separaba lentamente de nosotras, recuperando algo del color de sus ojos y sus movimientos, aunque aún no coordinaba del todo sus pasos. Lola estaba muda, extrañamente. Yo, no podía sacarle los ojos a su pija que, cedía ante el terrible lechazo que nos había regalado, pero aún era imponente.

¡Tío, si querés, mañana llevanos a los arbolitos! ¡Y, no te pongas calzoncillo! ¡Nosotras, vamos sin bombacha! ¿Querés?, dijo Cande, cuando don Enrique estaba por traspasar la puerta de la cocina, tal vez pensando en tomarse otro Jack Daniels, como el que había en la mesa.

¡Mejor, sigan con la pijamada, que todavía tienen mucho que aprender, pendejitas! ¡Pero, bueno, si se portan bien, mañana les preparo una lechita entre los arbolitos! ¡Y, por ahí, jugamos a los perritos! ¡Descansen, y si quieren, dense una ducha! ¡Pero no hagan quilombo!, dijo Enriqe, ahora sí desapareciendo de nuestras miradas repentinamente enfadadas. Olíamos a semen, y necesitábamos más. ¡No podíamos esperar hasta mañana!    

Fin

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