Romi, Sole y Vero

A mis 68 años, nada me importaba más que dar rienda suelta a mis instintos más bajos. Había vivido mucho tiempo aparentando felicidad, estabilidad emocional, afectos, objetivos y boludeces. Debía realizar mi papel de padre y esposo ejemplar, imponer postura, dogmas, límites y conceptos; cosas para las que me preparé como pude. Como juez de la nación, tenía licencias para lo que se me cantaba. Solo que, no las aprovechaba, ni me servía de ellas con tanta animosidad. Me habían preparado y educado para hacer las cosas bien. Hasta que un día, telefoneé a mi hermana Raquel, quien ya estaba jubilada como asistente social. Pero trabajaba en una casa-hogar, o casa-cuna como voluntaria, en la que muchos niños no tienen opciones, ni posibilidades, ni otra realidad que la de aquellas deprimentes paredes. Durmiendo todos juntos, hacinados, en camas húmedas, suelos irregulares, comiendo sobras, o comida estatal, tomando leche en polvo, y vistiendo lo que se pudiera. Fui claro con ella. le pedí a tres nenas. Tenía muchas ganas de divertirme, de esclavizar a chicas sin futuro. Obviamente, luego de dos, o tal vez tres días, les daría una suma importante de dinero a cada una, documentos nuevos, y una vida acomodada para el resto de sus miserables existencias. Tenía contactos hasta para sacarlas del país si quisiera. No sabía cómo iba a resultar. Pero, desde luego que Raquel quiso también una buena tajada por la osadía de robarse a esas tres chicas de la institución, y por su silencio. Entonces, lo armamos. Hasta inventamos a una familia sustituta que, sin ningún tipo de reservas, estaba dispuesta a adoptar a tres criaturas, sin importar sus expedientes, situaciones legales, salud, o lo que sea.

Así fue que una mañana de un marzo repleto de pésimas noticias, en la que debía firmar una sentencia para un acaudalado hijo de puta que fraguó números, desvió fondos públicos para su beneplácito, y además robó otra cantidad de dinero de una caja chica del ministerio de salud, al fin recibí un mensaje de Raquel.

¡Paulo! ¡Todo como lo planeamos! ¡Las tres guachas van a estar en una hora en la puerta de tu casa! ¡Yo las acompaño! ¡Creo que, son las que marcaste, en las fotos que te mandé! ¡Verónica, Soledad, y Romina! ¡Llevo sus legajos, para que eches un vistazo! ¡Por ahora, arreglé que las nenas tienen un fin de semana de vínculo con sus nuevos padres! ¡Los papis, Marisol y Fernando, están con nosotras! ¡Avisame, ante cualquier novedad!, decía mi hermana, un poco a las apuradas. Y, en efecto, a la hora llegó un auto, del que descendieron las tres pendejas que había seleccionado, y Raquel. Dos hombres de mi guardia personal escoltaron a las cuatro hasta el interior de mi mansión, porque, desde luego que, en estos barrios privados, nadie entra ni sale sin mi estricta autorización. Y así debe hacerse siempre.

Una vez en la amplísima sala de estar de mi casa, Raquel dejó carpetas y otros papeles sobre la mesa. Yo, inspeccioné desde lejos a las chicas. Eran ellas. No había dudas, ni errores. A la derecha, de pie y con cara de nada, estaba Romina, con 12 años. Tenía un jogging gris, una remera trucha de Nike, y unas zapatillas deportivas desteñidas. Tenía el pelo ondulado lleno de caspa, los ojos inexpresivos pero negros, y olorcito a peligrosa, con un aspecto de machona al caminar. En el medio, parada sobre sus piernas abiertas, quizás con una leve sonrisa en el rostro, estaba Soledad: tenía 14 años, ojos verdes, y ganas de comerse las uñas. Es una gordita de pelo castaño claro, que en esa oportunidad vestía unas zapatillas converse, una calza negra con agujeritos, y una remera cortita por la que le asomaba la pancita. Traía el pelo en un rodete con un flequillito desordenado en la frente, y olía a pis de varios días. A la izquierda, un poco más relajada, y tal vez más acostumbrada a las salidas de la casa-hogar, estaba Verónica, con sus 15 años repletos de desafiantes formas de escapar. Tenía una pollera de jean, una remera simple y blanca de algodón en la que no se sostenían sus pechos abundantes, y unas zapatillas Topper, más usadas que los segundos de un reloj antiguo. Era flaquita, de rostro duro, dientes blancos y mirada torva. Pero esta olía a jabón, y a crema de enjuague berreta.

¡A ver, vos, Vero! ¡Levantate un poquito la pollera! ¡Me interesa saber qué bombacha tenés!, le gruñí a la flaquita, sintiendo que una erección violenta amenazaba con romperme los esquemas. Verónica lo hizo, y entonces advertí su colaless roja, así como también un brillo especial en el bollo de su vulva, ya que escogió levantarse la parte de delante de la pollera.

¡Ahora vos nena, vamos, date vuelta, y bajate un poquito la calza!, le ordené a Soledad, que pareció no captar mi mensaje a la primera.

¿Qué hablamos chicas? ¡Recuerden que Paulo es juez, y tiene muuuchas posibilidades de lograr que no vuelvan más al hogar! ¿Se acuerdan? ¿Te acordás Sole? ¡Vamos, hacé caso entonces!, apoyó mi hermana, tan expectante como yo. Entonces, la gordita se dio la vuelta y llevó la calza rotosa hasta la mitad de su prominente culito. Le vi la vedetina blanca, y sentí que florecían primaveras perversas por toda la casa. Además, su olor a pichí se acentuó como una esencia maligna en el aire.

¡Vamos, ya sabés lo que tenés que hacer Romina! ¡Bajate el pantalón, pero como tu amiga Sole, mostrándome la cola!, le ordené a la otra, que parecía abstraída de tanto mirar por la ventana. Cuando lo hizo, me satisfizo en grande observar que su bombacha blanca de ositos estaba manchada con caca en la parte de atrás, y con agujeritos. Me acerqué, y le di un nalgazo. Cosa que repetí con Soledad, que todavía seguía con la calza sobre sus glúteos. A Vero, le subí la pollera, y le rocé la conchita por encima de su colaless, y casi me infarto al escucharla dar un gemidito de placer.

¡Bueno, ayudalas por favor, Raquel! ¡Las quiero descalzas, mostrando las patitas! ¡Que Soledad se deje la pollerita! ¡Romina, vos llevá tu pantalón a las rodillas, ¡Y vos, Vero, ¡hacé lo mismo con tu calza! ¡Quiero que a las tres se les vea las bombachitas sucias que tienen puestas! ¡Son tres inmundas, cerdas, basuras del sistema! ¡A ustedes, no las quiere nadie! ¿Entienden?, ordenaba, fingiendo una ira que brillaba muy lejos de la casa, sintiendo que mis pies se afirmaban en un campo minado de perversiones pisoteadas por siglos de historia. Raquel accedió a quitarle las zapatillas a las tres, mirándome con fascinación, esperando nuevas órdenes.

¡Revolealas al patio, por la ventana! ¡Y después, mandate a la cocina! ¡Traé el arma del cajón!, le pedí con calma, mientras Soledad temblaba de una especie de terror que no se animaba a expresar en voz alta. A Romi sí se le cayó una lágrima.

¡No tengan miedo, cagonas! ¡Vamos, Sole, levantate la pollera, y vos Romina, arrodillate para oler a tu amiga! ¡Olele la concha, y vos Verónica, hacé lo mismo con su culo! ¡Quiero que la huelan, sin tocarla! ¡Estamos?, les pedí. Por lo tanto, durante unos minutos observé cómo las borregas me obedecían, poniendo carita de asco, apretando los ojos, y en el caso de Romina, tragándose los mocos. Pero las tres en silencio.

¡Ahora, parate vos en el centro Romina, y ustedes se agachan a oler a su compañera! ¡Vos, Sole, mordele la bombacha!, les exigí, justo cuando Raquel reaparecía en la sala con el arma en la mano, en corpiño, radiante sobre sus tacones, con una sonrisa morbosa en los labios. Se me acercó para morderme la boca, mientras me murmuraba un tímido: ¿Qué les vas a hacer a las bebitas? ¿Son muy chiquitas! ¡Una de ellas, tiene olor a pañal, y a yuyo en el pelo! ¡La Romi!

Como respuesta, le pellizqué el culo, le di un beso al arma que ella me acercó gentil, y le pedí que me traiga a Romina, que ella misma me la siente en las piernas, una vez que me hubiese ubicado en el sillón más grande de la sala. Romina rezongó. Pero mi hermana le apoyó el caño de la pistola en la panza, y enseguida se sosegó. Dejó que sus manos la levanten del suelo como a un trapo sucio, para al fin depositarla en mis fervientes deseos de tenerla encima. Al principio, solo me dediqué a olerle el cuello, la remera, las manos, el pelo pajoso, la cara, y la boca. Luego, empecé a pegarla a mi pecho, a apretar mi verga contra su culito, y a sacarle la calcita, apresuradamente, mientras Raquel apuntaba a las otras dos, quizás para infundirles miedo. Aunque, no hacía falta.

¡Sole, acercate, y lamele los piecitos a tu amiga! ¡Mientras tanto, te voy a manosear la chochita Romi! ¿Querés? ¿La tenés peludita? ¿Te meás en la cama vos? ¡Creo que, las borregas, en ese piringundín en el que viven, andan como animalitos! ¡Olés a pichí nena! ¿Sabías?, le decía, sin dejar de aferrarla de la cinturita para frotarla en mi pija, a esa altura desnuda y pegajosa de juguitos seminales, cuando la otra pendeja le babeaba los pies, le besuqueaba las piernas, y dejaba que Raquel le abra los cachetes de la cola, le entierre la bombacha allí, y le tironee las mechas cuando se reusaba a seguir lamiendo, o chupando. En un momento, se había metido casi todo el piecito derecho de Romina en la boca, al tiempo que su culito inocente ya saltaba sobre las mieles de mi hombría.

¡Asíiiii atorranta, chupale las patas a esta nenita sucia! ¡Sacale la bombachita, y encajásela en la boca! ¡Quiero tu culito bebé! ¿Me lo vas a dar? ¡Dale, saltame en la vergota nena, dale, que te gusta, y para eso sí que servís!, decía, cada vez más enceguecido, con la pija desnuda, peligrosamente hundida entre esas nalguitas. Entonces, ni bien la Sole le sacó la bombacha y se la metió en la boca, mi glande agradeció el calor de su agujerito negro, y mis dedos la humedad de su vagina tan pura como abierta. De hecho, me sorprendió que tuviese los labios tan separaditos. Fue una conmoción inapelable, un impulso incorregible e impropio de mi edad, el que me llevó a clavarle la pija en el culo con tanta brusquedad que, la nena reprimió un gritito, ahogándose con su propia bombacha. Le estallaron un par de lágrimas en el mismo instante que mi semen comenzaba a fundirse en sus intestinos. Se la metí con tanta fuerza que ni me importó si le hacía daño. Sentí que las paredes de su culito me apretaban el tronco, y que mi glande ardía de tanto eyacular allí. Gisela seguía lamiéndole los pies, y ahora gimiendo porque mi hermana le pajeaba la cotorrita ruidosamente.

¡Asíiii, te estoy orteando toda nenita, y te lleno bien de leche, putita sucia, culito cagado! ¡Asíii, llorá bebé, llorá, y mordé tu bombachita!, le gritaba al oído mientras me deshacía adentro de ella, al borde de enterrarle los dedos de una de mis manos en los muslos, porque con la otra seguía estimulándole la concha, o dándole cachetadas en la cara. Todo hasta que Raquel se alejó de Soledad, le pidió a Verónica que se saque la bombacha, y al fin exclamó con alegría: ¡Chicos, ya es hora de ir a comer! ¿Te parece hermanito? ¿Por qué no llevamos a las chicas al comedor? ¡Tendrían que lavarse las manos primero!

Inmediatamente Romina se levantó de mis piernas, sollozante y todavía con su calzón en la boca. Soledad gemía, a esa altura solo con su bombacha toda enterrada en el orto, de pie en medio de la sala. Verónica se acercó a Romina y le acarició las nalgas, sin reprimir un beso tibio sobre su teta derecha.

¡Aaaah! ¡Así que a la señorita le gusta mamar teta!, dije con algarabía mientras salía del asombro de haber derramado tanto semen en ese culito afiebrado, levantándome para seguir las instrucciones que Raquel y yo nos fomentamos. Sin embargo, a la media hora, y una vez que las mocosas se lavaron las manos, los cinco nos sentamos a la mesa, a disfrutar de un exquisito pollo relleno. Ellas, parecían no haber comido jamás semejante plato. Vero era la que mejor lo hacía. Las otras dos, ni sabían cómo usar sus cubiertos. Raquel y yo no le facilitamos dicha tarea, porque nos divertía verlas complicarse para comer. Además, a las tres les pusimos un guardapolvo escolar con botones al frente, tableados y con bastantes manchas de tinta; a Vero y a Sole, una bombachita celeste, y a Romi, una rosada. Entretanto, Raquel me leía algunos tramos de los expedientes de las chicas. En especial, las faltas, castigos recibidos, cuestiones referidas al poco estudio; y todo bajo la insidiosa presión del arma que tenía en su mano derecha. Ellas, asustadas y nerviosas, solo comían, o asentían si Raquel se los solicitaba.

¡Romina Camargo! ¿No? ¡Acá dice que, tenés una conducta espantosa en lo que se refiere a tu higiene personal! ¿Te castigan por no bañarte? ¿Te obligan a dormir en el patio? ¿Es cierto que te dejás oler la vagina y la cola por los perros del hogar? ¿Y que no te importa si te lamen?, le preguntaba Raquel, con una sarcástica sonrisa en los labios, antes de tomar un sorbo de vino.

¡A ver! ¡Soledad Teresa Blanco! ¡ocho castigos en lo que va del mes! ¡Casi todos, por ser descubierta practicándole sexo oral a los varones en los recreos, y por mostrar las tetas en los pasillos! ¡También por mojar la cama! ¡Sí Pedro! ¡Al parecer la nena se hace pichí en la cama todavía! ¡Hay un video de una de las cámaras de la habitación 4, que alberga a 8 chicas! ¡Ahí, se la puede ver, teniendo sexo con un chico, y, se le escucha claramente! ¡Largame todo el talquito adentro, dice la bebé! ¿Puede creer, señor juez?, concluyó mi hermana, golpeando la copa vacía en la mesa, mirando a las tres cachorras con deleite.

¡Y bueno! ¡La vero, o la Peta, como le dicen! ¡Verónica NN! ¡Fue abandonada, y su nacimiento es un misterio! ¡Tiene castigos por robar, por masturbarse en el patio del establecimiento, comer a escondidas, amenazar a las nenas más chicas, e, incluso, por penetrar a una de ellas con zanahorias, reiteradas veces! ¡Esa nena hoy tiene 12 años, y es ciega! ¿Te gusta aprovecharte de esa nena ciega, que se mea en la cama, porque aún usa pañales, y totalmente indefensa?, reprendió Raquel a la susodicha, que apenas la miraba, metiéndose más pollo en la boca para evitar responder. Los dos nos miramos, y, en cuanto apareció Nancy, nuestra mucama de confianza para retirar platos, copas, cubiertos y sobras, otra vez todo se volvió a desmadrar.

¡Hagamos esto Raquel! ¡Ponele pañales a la Romi! ¡Y vos bebé, en cuanto te dé la orden, te hacés pis y caca encima! ¿Oíste? ¡Si no vienen las ganitas, lo podremos entender! ¡Pero, esforzate! ¡Nancy, por favor! ¡Necesitamos que traigas pañales!, me impuse al silencio del mediodía. Nuestra solícita empleada cumplió con lo requerido, y luego trajo una botella de vino espumante. Raquel y Nancy, un poco a la fuerza, lograron quitarle la bombacha a Romi, y ponerle el pañal, además de vendarle los ojos, para que parezca ciega. Luego, Raquel agarró a Verónica del pelo, se descubrió el escote, y mientras le apoyaba el caño del arma en la nuca le decía: ¡Chupá teta nena, dale, mamalas bien mamadas, babealas, escupilas, mordelas! ¡Haceme lo que se te cante en las tetas! ¡Y mirala a la Romi, en pañales, con el guardapolvito desprendido! ¿Te gusta hacer de ciega a vos? ¿Roñosa? ¡Avisá cuando te mees, o te cagues!

Entretanto, yo, le ordené a la temerosa Sole: ¿Vos, acostate en la mesa, y agarrame la verga con la boca! ¡Quiero un pete de esa boquita! ¿Así que sos una mamona? ¡Tendremos que llevar mamaderas al hogar para vos, así no se te deforman los dientitos!

La guacha, al principio no acató mi orden. Pero, en cuanto golpeé la mesa con peligro, prefirió recostarse boca abajo, abrirse el guardapolvo para que mis manos le ordeñen las tetitas, y para que su boca caliente, sucia de pollo y coca cola haga contacto con mi pija. en medio de todo eso, Nancy le daba vasos de agua a Romi, y le murmuraba: ¡Haga caso, zorrita indeseable! ¡Méese el pañal, que ustedes son como animalitos! ¡Vamos, no sea testaruda! ¡Hágase pichí encima, o el patrón se va a poner impaciente!

De modo que, durante largos minutos, lo único que se oía eran los lengüetazos y atracones de Soledad con mi verga en la boca, los chupones de Verónica a las tetas de mi hermana, y las veces que Nancy llenaba el vaso de agua para dárselo a Romina. También escuchaba a Raquel que le decía bajito a Vero: ¿Y te pajeás mucho en esa cochinada de cama en la que dormís? ¿Les cambian las sábanas? ¿O huelen a concha todo el tiempo? ¿Vos, tenés olor a jaboncito! ¡Pero tus amiguitas, por favor! ¡Sobre todo la Romi, huele a pis de baño público!

Y justo antes que Nancy anunciara que la botella de agua se había acabado, Raquel sentó a Verónica en una silla, le abrió el guardapolvo y le bajó la bombacha, para decirle con firmeza: ¡Ahora, masturbate, mientras mirás a tu amiguita! ¡Y vos Romina, abrite el guardapolvo, y tocate las tetas!

Y tal vez, presa del pánico, al fin la chiquita le dijo a Nancy, medio asustada: ¡Me hice pis doña!

Aquello fue recibido con un tibio beso en la boca de mi hermana sobre mis labios, y luego sobre los de la nena, que se moría de vergüenza. Raquel, mientras la Sole seguía lamiéndome las pelotas, pajeándome y mordisqueándome la verga, primero le pidió a Nancy que prepare la piecita del fondo. Luego buscó en uno de mis cajones del modular, y extrajo un consolador largo, flexible y gordito en la punta para dárselo a Verónica, que parecía excitada, a juzgar por cómo se fregaba la vagina, con su bombacha sobre las rodillas.

¡Dale, hacele upa a tu amiguita, y ponele el chiche en la boca! ¡Se hizo pichí por vos! ¿Viste cómo la tenés? ¡Dale tarada, y bajate la bombacha, o te vas a tropezar!, le dijo Raquel, medio que zamarreándola para que se levante de sus propias confusiones. La pobre Sole ya empezaba a tener dificultades para que no se le escapen lágrimas, mocos, saliva y toses entrecortadas con mi pija cada vez más clavada en su campanilla. Pero me importaba un carajo. De modo que la tenía bien aferrada de las mechas, le pellizcaba las tetas y le nalgueaba el culo con cierta incomodidad, por lo lejos que le quedaba su culito a mis manos.

¡Tragá, cerdita cochina! ¡Dale guacha asquerosa! ¡Comeme bien la pija, que debe estar más rica que los guisos que les sirven allá! ¿No? ¿Y, vos? ¿No hacés chanchadas con otras nenas? ¿No se tijeretean en la camita? ¿Tenés piojos vos? ¿Eeeh? ¿Les pegan cuando se portan mal? ¿Se bañan todas juntitas, y se toquetean las conchas, bebita alzada? ¿Se meten el jabón bien adentro de las argollas?¡Dale, pendeja sucia, hasta el esófago bebé, asíiii, te largo toda la lechita adentroooo, y sin chocolate, asquerosa de mierdaaaa!, recuerdo más o menos que le decía a la chiquita en el clamor de mi estampida seminal, más ardorosa que una puesta de sol en pleno verano desértico. Sentía que no podía parar de acabarle, de fecundarla toda, de bañarle hasta el apellido con mi semen furioso, mientras la pobre lloriqueaba, boqueaba para tomar aire y continuaba sorbiendo cada gota que cayera en mis piernas, mis huevos, o en mi abdomen.

Entonces, acaso harto de tantos olores sexuales, de tanta tortura en mis testículos, y de tanta irrealidad que no era capaz de terminar, me levanté como un flechazo y le vociferé a Verónica, luego de tomarme el último sorbo que le quedaba a mi copa: ¡Nena, frotale el chiche en la concha a la Romi, sin sacarle el pañal! ¡Calentale la concha, que ya me la llevo para la cama!

La Vero se lo frotó, le dio unos chotazos en la cara y la entrepierna, y se lo hizo chupar después de lamerlo ella. Raquel, mientras tanto le comía la boca llena de mi semen a Soledad, que ya no se resistía, y aprovechaba a manosearle las tetas desnudas. Nuestra empleada miraba la escena con morbo, apretándose las ubres y olisqueando las bombachas sucias de las pendejas. Romina lloriqueaba de una fiebre sexual que nos enternecía; especialmente cuando la Peta  le tocaba el lóbulo de la oreja con la lengua, y le decía: ¡Te re measte tarada, te measte por mí, porque sos una bebé, que se re contra mea por las nenas!

Sabía que a mi edad no era recomendable. Sobre todo porque había bebido alcohol. Pero me clavé un viagra con un poco de jugo de manzana, palmeé mis manos resplandecientes de codicia, y pedí silencio. Luego, subiéndome al menos el calzoncillo, le pedí a Nancy que se ponga a regar las plantas del jardín, y entonces, me acerqué lentamente a Romina. Le estiré los brazos como para hacerle upa, le coloqué un chupete en la boca, y la cargué con toda la ternura que me fue posible, diciéndole a las demás: ¡Miren qué linda bebé que tengo! ¡El abuelo se la va a llevar a dormir la siesta, porque se portó mal, y se meó toda! ¿No cierto mi chiquita?

No tengo recuerdos claros de cómo fue el pasaje de aquel living que olía a mujercitas sucias y manchadas de inmoralidad a la piecita del fondo. En realidad, era una habitación amplia, poco iluminada, con un solo ropero, y tres camas de dos plazas. Yo, me acosté con Romina a mi lado, en la única cama que tenía sábanas. Le prohibí sacarse el chupete, usar las manos para cualquier cosa, patalear o resistirse de cualquier forma. Solo tenía que gemir cuando le pellizcaba una goma, le mordía la orejita, o me la acomodaba encima de mi cuerpo para fregarle mi poronga dura en las piernas, la cara o las tetas. Porque, digamos que mis manos la moldeaban como a un trozo de masa para hacer pan, cubriéndola con mantas y el calor de mi cuerpo endemoniado para frotarla a mi antojo. En la otra cama, Raquel había atado a las otras dos. Verónica estaba boca abajo, con un plug anal que terminaba en una cola de conejita, y una bombachita infantil. Estaba amordazada y con los ojos vendados. La otra gordita, yacía boca arriba, con las piernas bien abiertas, y con un terrible enchastre de crema de leche espumosa en las tetas, el abdomen, la bombacha y las piernas, regalo de mi hermana. También le había vertido una buena cantidad en la vulva. Raquel se emocionaba chupándole las tetas a Verónica, que estaba a cuatro patas, y debía menear su cola de coneja, mientras el chiche vibraba en el interior de su ojete. El pañal de Romina comenzaba a oler como yo quería, y algunas gotas de pis le mojaban los muslitos. Entonces, la acosté exactamente sobre mi cuerpo para coincidir la erección de mi pija con su vientre, y sus tetitas a mi pecho. Me hacía el que le revisaba la cabeza para despiojarla, mientras le apretujaba el ganso en el pañal, presionándole las nalgas contra mi humanidad, y le metía la lengua en la boca, por el pequeño resquicio que me permitía su chupete. Continuábamos tapados, cada vez más agitados, y atentos a lo que pasaba en la cama de al lado, que solo tenía un colchón pelado, rotoso y chato. Por lo que se advertían claramente las tablas de la cama.

¡Qué linda nena que sos bebé! ¡Tenés el pelo como el de una muñeca piojosa, y estás a upa de un viejo vergudo, meada, en pañales, con un chupetito en esa boca sucia, a punto de quedar embarazadita, en cualquier momento! ¿Sentís cómo me ponés el choto? ¿Eeeh? ¿Te imaginás con un bebito pateándote la panza? ¡Contestá pendeja, aunque tengas el chupete!, le decía, sintiendo sus globitos de baba salpicándome la cara en sus intentos de hablarme, ya que mis pellizcos y zamarreos la forzaban a dar grititos ahogados, o palabritas sin forma. Hasta que la levanté en mis brazos, diciéndole que le tocaba tomar la merienda, y la senté al lado de Soledad, que prácticamente era una montaña de crema de leche. Le saqué el chupete de la boca, lo unté en las tetas de Soledad, y se lo di para que lo chupe. Primero a la nena, y luego a Soledad. Repetí esto varias veces. Pero sin nada de amabilidad. Podría decirse que les ensuciaba la cara con crema, les daba cachetadas cuando ellas lamían el chupete, o se los introducía casi que por completo en esas boquitas groseras. Y, a nuestro lado, Raquel le arrancaba las mechas a Vero, obligándola a desflorarle sus pezones con aquellos dientes y lengua repleta de pobreza. Al mismo tiempo, la nalgueaba, le introducía el plug cada vez más adentro del culo, y le palmoteaba la concha, diciéndole que se estaba humedeciendo toda.

¡Vamos Romi, ahora, vas a lamerle toda la crema a tu amiguita! ¡Incluso, la que tiene en la concha! ¡Le corrés la bombacha, y se la comés! ¿De acuerdo?, le dije a la bebota, mientras la colocaba en cuatro patas sobre la cama, bien en el borde para que sepa que en cualquier momento podía caerse.

¡Hacelo con cuidado nena, porque si te caés, te pego una hermosa garchada, y te hago un millón de bebitos! ¿Entendiste?, le decía, presionándole el cuello con la cuerda de su chupete, el que seguía restregando en el cuerpo de su amiga. Y cuando al fin Romina terminó por bajarle la bombacha a Soledad, yo mismo le agarré la cara para frotársela con vehemencia en su vulva cremosa, con algunos pelitos, y con más fiebre de la que pudiera medirse en siglos de epidemias.

¡Escupile la concha a esta gorda boluda! ¡Vamos, metele la lengua, que yo te la abro más, así de paso le lamés el orto! ¡No creo que sea tu primera vez! ¿A vs te lo chuparon bebé? ¿Te metieron una pija en el culo? ¿Eeeeh?, le gritaba ahora, palmeándole el culo para que el pis que acumulaba su pañal salpique como botones de llovizna incurable, le presionaba la cabeza contra el sexo de la Sole, y le abría las piernas a la otra. La lengua de Romina se hacía oír por entre los gemidos de Soledad, los sorbetones de Verónica a mi hermana, los jadeos estentóreos de Raquel, y los chirlos que ésta le tatuaba, ya no solo en la cola. Hasta que mi hermana le arrancó el juguete del culo a su presa, y luego de obligarlo a chuparlo como el mejor de los caramelos, el más novedoso y apetecible, la vi quedarse en pelotas de la cintura para abajo, fregarle su calzón a lunares a Verónica en la trompa, y de Paso a Soledad, y casi sin darle tiempo a imaginarse nada, se trepó a ese culo preparado para empezar a montarla. Al principio apenas se movían. Raquel la aferraba de las tetas, se las cacheteaba y escupía con violencia. Pero no la desataba, ni dejaba de palmotearle la vagina. Y, de repente, luego de gritarle: ¡Sos una putita, de mierda, cochina, que solo sirve para coger, y coger, y coger!, ahí fue donde verdaderamente la cabeza de Verónica comenzó a impactar con peligro contra el respaldo de la cama, o la pared. Raquel parecía impulsada por un rayo malévolo, y no mostraba intenciones de rendirse hasta hundirle su consolador en el culo, tal vez hasta lograr separarle las piernas del cuerpo. La penetraba, repitiéndole como una loca: ¡Te cojo toda, putita, te hago el culito, te rompo el culo, te cojo bien esa colita, para que sepas bien lo que es coger! Verónica chillaba, lloriqueaba, rasguñaba el colchón, y hasta llegó a darle unas cachetadas a Soledad, que seguía a su lado, siendo devorada por Romina, y a esas alturas, también por mí. Cuando la boca de esa nena y la mía se encontraban, nos re chuponeábamos junto a las tetas de la gorda, o sobre la concha, o en su propia carita repleta de babas, crema y estupores.

¡Dale Paulo, sacale el pañalín a esa chiquita, y penetrala, que se le va a paspar la cotorrita! ¡Dale, mi amor, violala como me violabas a mí! ¿Te acordás?, me decía Raquel, ahora comiéndonos las bocas, mientras ella seguía profundidad e el culo de Verónica, y Romina me mamaba la verga, prácticamente sentada sobre las tetas de Soledad. Ese cuadro duró bastante tiempo, porque, además, a la Sole le pedíamos que se pajee con el chupete de su amiga, y que no pare de olerle y mordisquearle el pañal.

¿Usté se garchaba a su hermano, doña?, preguntó Verónica, cada vez más transpirada y movediza. Raquel le dijo que sí, le escupió la cara, y luego continuó besándome, mientras la chiquita me chupaba las bolas y me pajeaba. Todos estábamos de cualquier forma sobre la cama crujiente y recelosa de tanto placer acumulado.

¿Quién querés que te saque el pañal, bebota? ¿Querés lechita de la pija de mi hermano? ¿O lechita de mi concha?, le dijo Raquel en el oído a Romina, mientras la sujetaba fuertemente del pelo, todavía penetrándole el culo a la Vero. La nena no respondió, y eso enfureció a Raquel, que me rezongó: ¡Llevala a la cama, desnudala y cogetelá, hasta que se cague encima si es necesario! ¡Tomá el chumbo! ¡Amenazala!

Me dio una pistola que era una reliquia de una auténtica que pertenecía a una antigua colección que atesorábamos en el sótano. Total, las guachas no tenían ni idea. Así que, empujé a la nena para que se caiga al piso, y entonces ridiculizarla al decirle, apoyándole un pie descalzo en la pancita, ya que cayó boca arriba: ¡Te caíste bebé! ¿Qué te dije que te iba a pasar si te caías? ¡Ni siquiera sabés quedarte quietita, portarte bien, y chupar bien la pija!

Recuerdo que intenté meterle el mismo pie entre las cintas de su pañal, y que luego le acaricié la cara, pidiéndole que me lama los dedos, me muerda el tobillo y el talón. Entretanto, me pajeaba encima de las tetas de Soledad, que ahora estaba sentada en la cama, alimentándole las ansias a mi hermana con su boquita. Raquel estaba feliz porque Verónica se había meado encima, de tantos ensartes recibidos en su culito hermoso. Así que, desde entonces, optó por penetrarle la vagina, y verduguearla todo el tiempo con el hecho de haberse meado en la cama.

Una vez que levanté a Romina del suelo, le saqué el pesado y empapado pañal, se lo restregué en toda la cara, las tetas y las piernas, le cacheteé el culo con él, y se lo hice morder mientras también le colocaba mi glande entre los labios. En eso estábamos cuando, la voz aniñada de mi hermana apareció sagaz en nuestra cama, diciendo: ¡Permiso, permiiiisooo, que quiero probar la vaginita de esa cachorrita! ¿Me dejás hermanito? ¿Huele a pis como yo cuando tenía 12?, y le abrió las piernitas a lo bruto para revolverle la concha con la lengua, los dedos, y para hundirle el consolador con el que antes se garchaba a Vero. Romina gemía, decía que le dolía, lloriqueaba y se moqueaba toda cuando le clavaba mi estaca de carne en la garganta.

¡Amo tu olorcito a pis nena, tu olor a villa, a yuyo, a caquita, a nena puta, a nenita que de chiquita ya es re puta!, le decía Raquel, embelesada con todo lo que fluía de su fuente sexual, mientras Romi seguía peteándome como una profesional. Entretanto, al lado, las nenas se tijereteaban de lo lindo, comiéndose las bocas, y pegándose con furia en sus culos, jurándose hacerse acabar. Soledad le decía todo el tiempo: ¡Meteme dedos en la cola, mugrienta! ¡Dale, culeame con los dedos, guachoncita, que me re calienta cuando gemís!

En un momento casi de amnesia instintiva, aparté a mi hermana de la fresa de Romina, y me le subí encima para clavarle la verga y bombearla con todo, sin importarme que le doliese, le entrara bien, le pareciera muy dura, o quisiera respirar, descansar o hacer pis otra vez. La hice gritar, porque además le arrancaba los pelos, la rasguñaba, y continuaba exigiéndole que huela y le pase la lengüita a su pañal meado. Raquel, volvía a la carga con las otras dos. Aunque esta vez eligió la conchita de la gorda Soledad. La escuché primero repetirle varias veces: ¡Meame la boca nena, dale, haceme pichí en la boca, y te hago millonaria!

Al rato escuchaba que la cama volvía a galopar por el cuarto, ya que Raquel se la montaba en cuatro patas. Por los gritos de Sole, era obvio que se la estaba culeando. Y eso lo confirmé cuando, alcancé a pispear que Verónica estaba debajo de las mujeres, lamiéndole la concha a Soledad.

¡Me gusta ser su nenita puta, su nena sucia! ¡La quiero más adentrooo, quiero mearme a upa de usté, si me va a pagar más plata don! ¡Me gusta su verga duraaa!, decía la mocosa, cada vez más abierta, colorada, empapada y llena de moretones, oliendo a pañales milenarios, y abriendo la boquita buscando mi lengua. Le gustaba que le mordisquee el mentón y la nariz, y a mí, que me escupa la cara con su alientito de nena.

Los gritos de las hembras que gozaban con mi hermana ya no me significaban fotografías que pudiera definir o imaginar. Solo oía golpes, chirlos, escupidas violentas, y a Raquel que olfateaba a las pendejas. Sé que Soledad amenazó con hacerse pis en la boca de Verónica. Pero ignoro si sucedió. Yo estaba erotizado con esa nenita. Me la imaginaba chupándome la pija mientras cagaba leyendo un diario, o chupándome el culo, vestidita de bebota en el patio de mi mansión, o barriendo la vereda con un atuendo ordinario, oliendo a pis, con un chupete en la boca, y descalza, y más me aferraba al olor de su piel de barrios bajos y ranchos decrépitos. Sentía que la leche me subía por las paredes de la pija, que se multiplicaba, burbujeaba y calentaba como un rugido insostenible. Entonces, me puse al revés encima de la nena, y comencé a chuparle la conchita y el culito, mientras su boca se asfixiaba una vez más con mi chota. Ahí caí en la cuenta que era mi primer 69 en la vida. La escuchaba eructar, y decir cosas como: ¿Lechita don, lechita, deme lechita, y yo le doy mi pichí, deme su leche, que soy re chiquita, y me meo en la cama por eso, porque soy una guanaca, una cerda lechera!

Cuando quise acordar, a mi lengua por el culo y la vulva de esa roñosa, se había sumado la de Verónica, que parecía entusiasmada en lamer mi cara y morderle los glúteos a Romi especialmente. Raquel la guiaba, la nalgueaba y se pajeaba con fuerzas. Podía escuchar la forma en la que se escarbaba la concha, cómo se frotaba y se babeaba. Y, como si esto no fuese suficiente, la lengua de Soledad arremetía con mis bolas, mi verga y mi culo, algunas veces encontrándose con la lengua de Romi. Pero desde que halló el centro de mi culo húmedo, no paró de lamerlo, rozarlo con algún dedito, ni en dejar caer chorritos de baba. Eso, para mis estímulos había sido demasiado. Notaba que se me tensaba la piel de los testículos, que me ardía el glande, que la boca de Romina era una pava hirviendo, y que el olor de las otras guachas me enloquecía. Odié el momento en que Soledad dejó de comerme el culo. Pero me satisfizo saber que Raquel la había llamado para que le chupe la conchita un rato. Entonces, mi leche deshonesta, caprichosa y llena de abusos tan condenables como exquisitos, no pudo contenerse ni soportar una palabra más. Empecé a estallar de semen y cachetadas a Romi y a Verónica, mientras las dos me chupeteaban la pija y los huevos, y al mismo tiempo que Raquel le decía a Sole: ¡Arrodillate ahí, gorda papona, que te quiero mear las tetas! ¡Dale, así, fregalas bien fuerte en mi concha, putita chupa culos!

Luego, oí el alivio de mi hermana, la violencia de su descarga amarilla sobre la pendeja, y como resultado final, el alarido de un orgasmo que pudo haber dejado a toda la ciudad sin tímpanos. Mi lechazo disparó casi que, en todas direcciones, mojando a las guachas, pero instalándose sobre todo en la boca de Romina, que gemía y lloriqueaba más que Verónica. Tenía la certeza que, si la seguía viendo desnuda, oliendo de sus hormonas y mirándole esa conchita de bebé profanada, no dejaría nunca de eyacular en su boca. Además, la verga no se me bajaba, aunque las pulsaciones las tuviera por las nubes.

Fue una cuestión de disciplina, de rutina, o de algo que se refiere a la vida misma lo que nos hizo detener tanta locura desenfrenada. Nancy, nuestra empleada, golpeó la puerta con desánimo, como si no quisiera darnos ninguna noticia. Ella, seguro que estaba disfrutando del espectáculo a través de las cámaras que tenía en su cuarto.

¡Señora Raquel! ¡Llamó el escribano Juárez! ¡Dice que no se olvide de la reunión impostergable que tiene con él a las 8! ¡Y, ya son las 7 de la tarde!, se apresuró a decir Nancy, por un resquicio de la puerta abierta. Entonces, Raquel se vistió con ropas que fue sacando del ropero, y en cuestión de minutos ya era una empleada funcional del estado, con su cara seria, sus pocas pulgas y su bagaje de leyes bien aprendido.

¡Paulo! ¡Tenés que elegir a una! ¡Las otras dos, las confinamos, una en cada pieza, durante 24 horas! ¿Te parece? ¡Solo les damos comida, y bastante agua! ¡Nada de salir, ni al baño! ¿Con cuál te quedás para todo el día? ¡Ya sé, no me digas nada! ¡A la bebecita!, me interpeló, poniéndose algunas gotitas de su perfume francés preferido. Obviamente que elegí a Romina. Por lo tanto, las otras dos se fueron con Raquel a un cuarto en el que solo hay una cama, y una ventana con rejas. Protestaron, patalearon y nos insultaron. Pero se tranquilizaron en cuanto volvieron a ver el chumbo. Sabían que, al otro día, a las 8 de la noche iría por alguna de ellas.

Una vez que Raquel volvió conmigo, y mientras Romina se quedaba dormida en la cama del colchón pelado, me dijo: ¡Cuando se despierte, va a ser tu esclavita! ¡Aaah, y acordate que, yo también quiero que hagamos esto mismo, con nenitos! ¿O me vas a decir que te da asquito comerte los pitos de los nenes? ¡Te juro que, esos culitos deben estar tan calientes como las conchas de estas salvajes!

¡Sabés que me calienta hacer cualquier cosa con vos! ¡Y, más vale que quiero morder verguitas, y tomar leche de nenes villeritos!, le decía, mientras nos besuqueábamos contra la pared, mirando cómo dormía Romina. Mi hermana al fin se fue, oliendo a sexo, a lujuria y a perversión, mientras yo le pedía a Nancy que me prepare unas correas, una bombachita infantil, y una mamadera con leche caliente. Pensaba en que Romina, una vez que se despierte, podría ser mi perrita faldera, y acompañarme al jardín del barrio, a eso de las 10 de la noche, en bombachita, y obedeciendo mis órdenes. Obviamente, en presencia de todos los viejos que vivimos en mi barrio residencial.   

Fin

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