La nena -y el nene- de papi
Escrito por Diablito
Se nos fue de las manos. Ya no nos bastaba con que nuestra familia nos mire con asco, resignados, y dedicándonos los peores augurios que se les pudiera ocurrir. Queríamos asquear a más gente. A tal punto que fuimos a un restorán de noche, en un barrio muy nocturno de la Ciudad. Estábamos en una mesa que daba a la calle, papá en saco largo negro y un pantalón beige, muy masculino, y yo con una remerita manga larga blanca, como tejidita, y un jean roto. Se notaba que éramos padre e hija. Por eso no tardó en aparecer una señora bastante metiche que nos señaló con el dedo y a viva voz nos dijo: Hay que ponerle babero a este papá… con la nena hermosa que tiene. Y vos chiqui, ¡sos re papera! ¿No?
Yo me sonreí, y como siempre papi resolvió hacer algo que poco correspondía en público, pero nos excitó muchísimo. En algo que podría catalogarse como regresión infantil, me agarró, me sentó en sus piernas (no en sus rodillas, si no dejando mi conchita sobre su bulto) y, rozándome la naricita con la suya, me habló con voz melosa, como juega cualquier padre con su hijita: ¿De quién es esta nena?
A la doña le cambió la expresión. Pasó de hacerse la graciosa a estar horrorizada en cuestión de segundos.
¡De papá, soy toda de papá!, dije, con voz de tontona. La perdimos pronto de vista, sin antes reparar que se iba diciendo algo bajito, como “qué terrible”. Ahí apareció el mozo, que, como era un tipo grande como papi, no se hizo el sorprendido, si no que se regocijó internamente de la situación, e incluso nos dijo: ¡Disfrute, padre! A mí me tocaron varones. Si no, con una nena así, ¡la tendría encima todo el día!
Sí, nosotros estábamos todo el día encima. Incluso, cuando venían de visita los amigos de él, a casa. Se supone que yo no tendría que estar, porque iban a hablar de deportes, negocios, gatos y eso. Cacho en especial lo cargaba a Luis por no salir con esos gatos en cuestión. Le decía que estaba cada vez más putonizado y que temía estarlo perdiendo. Ahí aparecí yo, un poco enojada de que hablen así de él, y ninguneen su hombría que tan bien conocía, y me le senté a upa. Sentía que debía marcar mi territorio.
Che, pa, después viene Ayelén a hacer algo de la facu, ¿te jode?, le pregunté, ante la atónita mirada de sus amigos. Papi me llenó de besos toda la cara (cuando digo toda es toda) y me dijo que haga lo que quiera, que yo soy la reina de la casa. Le robé un piquito a papá como agradecimiento, y me iba a levantar de sus piernas para irme cuando Rubén, el más filoso, atacó: ¿Esos son besos de papá e hija? ¿O está practicando para cuando traiga el noviecito, Luis?
Callate, negro, ¿querés? Con mi hija hago lo que quiero”, le gruñó mi viejo.
¿Sí, lo que querés? ¿Ya le enseñaste para que sirve eso que le apoyás en la cola?, retrucó el otro. Y yo, no me aguanté más. Me senté al lado de papi, le agarré la pija por encima del pantalón de vestir, y cuando marcó ese pedazote grueso, largo y cabezón para darles envidia, les dije a los tres, haciéndome la valiente: Sí, ya me enseñó. Todos los días cogemos. Nadie lo hace como papá”
Los 3 que tanto cacarearon, se quedaron calladitos, pero no menos calientes. Damián, que era ese tipo gordo que se hacía el decente por ser psicólogo, se arrimó más en la silla, y tiró con carita de cerdo: Sí, tocale rico a tu papito, nena. ¿Te calienta sentirla crecer en tu mano? ¿Cuándo te tocó por primera vez? ¿Eras muy chiquita? ¿Qué te gustaba más, Luis? ¿Cuándo no tenía tetitas o ahora que es re gauchita y te la mama?
Nos empezamos a descubrir a sus 8. Pero siempre fue chanchita esta nena con su papito. ¿O no que me pediste verme la pija de chiquitita? Cómo me gustaba cuando eras planita. Y ahora que te puedo hacer un guacho también, ¡pendeja!, se explayó el guacho, comenzando a palparme las tetas. Jamás imaginé que papá iba a quedar como un incestuoso degenerado en frente a sus amigos, pero lo hizo. Mientras les contaba toda nuestra historia, se bajó la bragueta y me la encajó en la boca. Sé que le pidieron que me levante la remerita para verme las tetas, pero no lo permitió. Él decidía qué, cómo y cuánto exhibir de mí, y de nosotros. Igual, verme con la boca rebalsada de la leche que me tiró mi viejo después de petearlo, habrá sido suficiente show para esos pajeros frenéticos. Todos se fueron con el pantalón explotado, pero ninguno nos saludó. Estaban colorados, y hasta el día de hoy, ninguno volvió a escribirle a mi viejo. Aunque él no lo lamentaba. Lo último que pudo pronunciar alguno de ellos, fue: Che, nena. ¿Te gusta más la pija de papi que la de cualquier pendejo de la facu? ¿O ya probaste y volviste porque la de papi es más rica?
Esa tarde noche cayó Aye como prometió. Era mi amiga de 27 de la facu. Ella tenía muchas más acostadas que yo, y eran con varios pibes, más grandes, más chicos, de natación y del barrio. Cuando la hice entrar nos sentamos a la mesa con las notebooks, y papi me despidió para irse a trabajar. Me dio un beso en la boca, cortito pero dulce, y acto seguido saludó a Ayelén, como si aquello hubiese sido lo más natural del mundo.
Bueno, las dejo. Cualquier cosa, estoy en el estudio, me llaman, o mensajean”, concluyó mi viejo, llevándose un café. Aye me miró traumatizada, y en cuanto se recuperó del shock me dijo: ¡Boluda, te lo re tranzaste!
Yo me reí, pensando, “¡qué ingenua que sos Aye!”
Nah, boluda. ¡Fue un besito de hija nada más!, le dije, sin omitirle una buena frotada a mi vulva apretando bien las piernas.
No, nena, ¡yo no me chapo a mi viejo así! ¡Igual está re lindo tu papito! ¡Tiene pinta de que es buen cogedor, mmm!, se me atrevió la zorri.
¡Es mío, eh! ¡Yo no comparto mis juguetes, amiguita!, le aclaré, asesinándola con la mirada.
Ahh, ¡te pusiste celosa celosita! ¿Hicieron algo?, preguntó en voz baja. Lo pensé. No quería contarle nada sin pedirle autorización a papi; pero, me podía el morbo, ¡y aparte papi también nos expuso! ¡De última, él empezó primero!
Hace meses que cogemos… Me encanta, boluda. No estuve con ningún tipo más. Solo con él. Y él, no tiene otra mujer, solamente a mí… y, sí, ¡es re salvaje cogiendo!, le desembuché al fin. Aye se llevó las manos a la boca. Estaba asombrada y excitada en partes iguales. Ella siempre fue una cerda igual que yo. Le gustaba sacarse fotos zarpadas, los tríos y hasta las mujeres. Siempre pensé que le atraía yo, hasta ahora que supo que tenía dueño.
¡Quiero ver! ¡Sabés que no voy a decir nada boludita! ¿Me hacés la onda, y me convertís en tu espía secreta?, me decía, lamiendo la cucharita del café que le había preparado. A su petición le respondí que se esconda detrás de la puerta del estudio, y se quede bien calladita la boca. A Aye le temblaba todo de la emoción, ¡estaba re morboseada con verme garchar con mi papá! Sabía que ella era esa amiga que puede conocer tus secretos. Le toqué la puerta a papi, y él estaba ahí, expectante, dispuesto, con sus planos, cansadito y enojado de tanto romperse la cabeza.
¿Unos mimos, papi?, le susurré, sorprendiéndolo de todas formas.
Sí, mi cielo… Ya necesitaba”, habló, mientras le vibraba el celu, ignorándolo con sabiduría temporal. Me senté abierta de piernas en su escritorio; no sin antes sacarme el shortcito y la remerita. Quise hacer esa pose para que Aye aprecie su verga grandota cuando él se pusiera de pie de perfil a ella. Cuando se bajó el pantalón hasta los tobillos y se levantó la camisa para poder darme, con una mano en la cintura para marcar el ritmo, pude notar los ojitos de Aye brillar al lado del marco de la puerta. Se sonreía sobándose las gomas, y me decía sin hablar “¡qué pija!”. Yo gemía más alto que nunca esa vez, y le ponía las manos a papi en mis tetas, sus manos grandes y velludas, que casi me cubrían todo el torso. Ahí se me ocurrió regalarle algo a Aye que no podría olvidar. Nuestras típicas charlitas con papi, inventadas, fantaseadas, en medio del sexo:
Pa, hoy en el cole me fue re bien, la seño me felicitó porque pinté muy lindo
¿Sí, mi amor? Qué linda mi nena. Papi está orgulloso de vos. ¿Te portaste bien con tus compañeritas? ¿Te lavaste las manos todas las veces que fuiste al baño?
Sí, papi. Después la seño nos dio la merienda. Pero yo quería volver a casa para que me prepares la mema
Claro que te preparé la mema calentita, hijita. Con mucha lechita calentita, como te gusta. ¿Querés que te la dé ahora? ¿No te importa que tu amiguita te vea tragarte la lechita?
Sí, papá. Dame la mema. Pero no en el vasito. ¡Quiero tomarla directo de la pija de papá… y, no me importa que Aye me vea! ¡A ella le gusta mucho la leche! ¡Pero esta, es solo mía papi!
Mi chiquitita, mi hembra, mi todo. Te amo
Yo también te amo, papá
Era lo último que decíamos mientras acabábamos los dos, al mismo tiempo. De más está decir que no usamos forrito, y que mi conchita se contrajo toda como chupando esa lechita que le entraba, como ordeñando esa pija a más no poder, sin importarle de quién era, si era de un novio o si era de mi papá. Para ella era una pija y una leche. Aye se fue ese día re contenta. Ella sí me volvió a escribir, y lejos de cualquier histeria moralista, creo que luego de eso, fuimos más unidas que nunca. Hasta se animó a cogerse al primo, inspirada por mí. Yo la cargaba con que nunca me iba a superar en morbo. Padre hay uno solo, en definitiva.
Y entonces pasó lo que tanto fantaseamos. Se ve que se me corrió la fecha, o inconscientemente lo buscábamos. El caso es que una mañana me hice el test, y aparecieron las dichosas dos rayitas rosadas. Estaba embarazada. Cuando salí del baño y le mostré a papi, me abrazó fuerte, me dio un beso en la pancita aún plana y me dijo, con la voz temblorosa, entre emocionado y lleno de morbo: Mirá lo que te hice, bebita. Te puse un bebé adentro.
Nueve meses después nació el guachito. Gordito, sano, morocho de unos ojos celestes, igualitos a los de papi. Cuando lo vi por primera vez en brazos de papá, sentí un amor inmenso y un morbo que me recorrió todo el cuerpo. Papi lo sostenía con cuidado, mirándolo como si fuera un milagro. Después me miró a mí, con los ojos llenos de lágrimas y deseo, y me dijo bajito: — Es igual a mí cuando era bebé.
Y sí, sentí un nudo en la garganta. Porque, algún día, cuando sea grande, ¿le vamos a contar la verdad? ¿Le vamos a decir que el abuelito que lo crio con tanto amor es en realidad su papá? ¿Que su mamá es la misma nena que su papá crio, y que ahora es la mujer que duerme con él todas las noches? No lo sabemos todavía. Pero mientras tanto, en esta casa, todo sigue quedando en familia.

Comentarios
Publicar un comentario