Amigos al palo

Pilar y yo viajamos el mes pasado a Buenos Aires capital por la grabación de un disco, ya que ella es una cantante de jazz extraordinaria, y yo, además de ser su reciente esposo, soy su guitarrista. Mi mejor amigo Pablo y su novia en ese entonces, Priscila, nos hospedaron en su humilde departamento del barrio de Belgrano, con la alegría de recibirnos, ponernos al día de nuestras vidas, y por qué no, para estar al tanto de la grabación de dicho álbum, para lo que tendríamos que quedarnos como mínimo dos semanitas. Los temas estaban súper ensayados; por lo que las sesiones de grabación no serían tortuosas ni muy largas. Además, Pablo colaboraría con un set de percusión en tres temas.

La primera noche pintó pizza, birra, porrito en el balcón, y una buena guitarreada, ya que Pablito es un músico polifacético, y tan fanático del rock nacional como yo. Pili y Pri hablaban de chabones, de tragos dulces, de cómo hacer una verdadera chocotorta sin que sea empalagosa, y de las diferencias de vivir en la capi respecto de San Luis, que es de donde nosotros veníamos. Pablo, en un momento aportó en la charla, mientras yo canturreaba un tema de Estelares: ¡Che, pero, posta que las puntanas tienen tremendas curvas! ¡Vos Pili, y tu hermanita, son fieles testigos de eso! ¡Terribles tetas tienen las dos! Perdón amigo! ¡Bue, ya saben que me tomo una copa, y descarrilo! ¡Pero, viejo, que sea rock!

Pilar lo miró con desconfianza. Priscila se rio con ganas, y le sirvió más birra en su vaso ploteado de River. Tal vez, la diferencia más grande que tenemos. Pablo eructó, volvió a disculparse, y yo observé que no evitó mirarle las tetas a Pili. Ella también tuvo que haberlo notado. Entonces, Pri abandonó su silla para sentarse en las piernas de su novio y tranzárselo como si no hubiese público. Acaso, intentando marcar su territorio. Él le dijo, sin limitarse en absoluto: ¡Parece que este osito tiene hambre! ¿Hace cuánto que no te riego la selvita nena?

Pili se escandalizó con su comentario, aunque sabíamos perfectamente que Pablito solía hacer esos “Chascarrillos”. Yo me reí, tomé más birra, y al toque les mostré un tema que había compuesto en el viaje rumbo a capital. Eso pareció cortar un poco con el desenfreno sexual de mis amigos, y Pili, que siempre fue bastante tímida, lo agradeció.

Esa noche, terminamos acomodando todo para acostarnos, como a las tres de la madrugada. Pili dormiría en un sillón, y yo en un colchón inflable, cerca de la ventana que da al balcón. Obviamente, Pablo y Pri en su dormitorio. Y ya esa primera madrugada, hubo algo que me llenó de una adrenalina desconocida, pero más que excitante. Cuando ya no se oían los autos, ni alarmas o cualquier otro motor de la ciudad (Señal que ya estábamos entrados en la plenitud de la madrugada) Pablito se levantó al baño, y una vez que volvió, pasó a la cocina para buscar una botella de agua fresca. Ahí fue que lo oí detenerse a pocos pasos del sillón, en el que Pili respiraba pesadamente, vaya a saber soñando con qué, y le murmuró: ¡Qué globitos tenés guacha! ¡No sabés, cómo te los regaría con birra! ¡Te los chuparía hasta hacértelos más grandes!

Creí que tenía el cerebro aturdido de tantas birras, o que al fin me había dormido, y la realidad se me distorsionaba. Pensé en romper el silencio, pero no se me ocurría cómo. Hasta que balbuceó de nuevo: ¡Fooo, no sabés lo dura que me la ponen esas gomas mi amor!

¡Che, boludo, te estoy escuchando! ¡Te tomaste hasta la presión, amigo!, le dije en voz baja, tal vez sin esperar que me oiga verdaderamente. Pero Pablito se dio la vuelta, y entonces vi el pedazo de verga que le estiraba el bóxer rojo con rombos, mientras me decía: ¡Sí guacho, me tomé todo! ¡Pero ésta, se ve que de gurisa le tomó toda la leche a la madre! ¡No puede tener las gomas que tiene!

¡Y la tuya, el culazo que se carga! ¡Boludo, hoy la vi, y creo que adentro de la calza andaba sin bombacha! ¡O se la re comía con el culo!, le dije, sin pensar demasiado en las palabras, sintiendo que la verga se me revelaba en una suerte de capricho insolente.

¡Y, a veces, la enana, no se pone nada! ¡Es re conchuda! ¡Yo la dejo! ¡Boludo, posta, si querés, andá y mirale el totó a la Pri! ¡Ahora está re mosca, y casi siempre duerme con el oso para arriba! ¡Pero, dejame mirarle las tetas a la Pili, que son una obra de arte! ¡Tremenda hembra tenés amigo!!, me dijo el turro, sobándose el bulto con descaro, mirando a Pili de reojo.

¡Te juro que no le hago nada! ¡La miro nomás, y, de última, por ahí me lleno de leche el bóxer, y ya fue!, agregó, como si todo aquello fuese un mal chiste, o un sueño inducido por un demonio hambriento. Yo me tenté de risa, y tuve que apretar los dientes para no despertar a Pili, evidenciar a Pablo, y de paso, avivar a Priscila. Le dije: ¿Pero vos sos boludo? ¡Estás mirándole las gomas a mi esposa! ¿En serio te, te vas a pajear mirándola?

¡Sí boludo, si está para infartarse de leche esta hembra! ¡Pero, tá todo Good amigo! ¡Yo, te dejo que vayas a ver a Pri! ¡De paso, me contás si se puso bombacha! ¡Daaale man, si es una paja nomás!, me dijo Pablo, incapaz de renunciar a la vista de las tetas paradas de Pili, que para colmo se acomodaba en el sillón, abriendo las piernas. Entonces, repuse que dormía con un camisón de entrecasa, sin corpiño, y con un short que se le caía un poco. Ella siempre prefería dormir con ropa suelta. Entonces, impulsado por vaya a saber qué sentimiento en concreto, me puse de pie. Miré a mi amigo como para encajarle una trompada. Pero me desconcertó que Pili tuviese los pezones parados, la serenidad en el rostro, y la tranquilidad que la sumía en un sueño seguro, mientras el quía seguía adornándose las pupilas con sus tetas.

¡Boludo, debo de estar loco para hacerte caso!, le dije, temblando sobre mis pies descalzos. Él me dijo: ¡Andá amigo, que, posta, tu bebé está en buenos ojos! ¡Te juro que no la voy a tocar!, palmeándome la espalda con la mejor de las ondas. Así que, me abandoné a la aventura que se cernía sobre nosotros como un manto de absurdos fetiches inconclusos, y me mandé a la pieza de mis amigos. En el centro de la cama, Priscila dormía medio de costado, con el culo hacia afuera, sin nada en el torso, y apenas con una bombacha azul estilo colaless, súper extraviada entre esos encantos blancos y redondos. Se me paró la chota al toque, y una de mis manos se atrevió a acariciarle una nalga. Entre eso, oí que Pablo volvía a suspirar, y entre tanta cosa, que se sacudía el ganso con impaciencia.

¡Che gordi, si me querés tocar el culo, tocameló bien!¡Nalgueame si querés, así te escucha la Pili! ¿Te gustaría que esos dos nos escuchen coger? ¡Me quedé dormida esperándote! ¡Estoy calentita amor!, decía Pri, desperezándose a sus anchas, con la voz angelada de celo, sacando aún más el culo hacia afuera de la cama, tratando de frotarlo contra mis piernas desprovistas de ropa, ya que estaba en bóxer. Luego gimió al notar el contacto, el roce de mis dedos temerosos, y el chicotazo que me animé a hacerle con su propia bombacha, mientras susurraba: ¡Dale gordi, que este osito tiene hambre! ¿Viste la carita de putona que puso Pili cuando me dijiste eso? ¡Para mí re que se muere por garchar con Diego, ahí en la cocina! ¡Dale, pegame en la cola, así Pili se despierta, y se le tira encima a Diego! ¡Quiero que nos escuchen coger, gordo! ¿Vos no?

Le di un chirlo que debió llegar a los oídos de Pablo, y Pri gimió más fuerte. Pero también oímos la voz de Pili escandalizarse de pronto, mientras Pablo la chistaba para calmarla.

¿Qué hacés mirándome las tetas? ¿Dónde está Diego? ¡Pero qué boluda! ¡Me quedé dormida así! ¡Sos un pajero, y un pelotudo!, decía Pili bajo los seseos de Pablo y el ruido impertinente del sillón en el que tal vez estuviese acomodándose para no exponerse más.

¿Diego? ¿Sos vos? ¡O sea que… Pablo, está con la Pili! ¿Pablo le está mirando las tetas a tu esposa? ¿En serio?, dijo Priscila, con la voz cargada de irritación y delirio a partes iguales. ¡No podía entenderlo! ¿Cómo es que a Priscila no se le saltaron los fusibles y me mandaba la mierda? ¿Y por qué Pili, más allá del primer intento de ahuyentar a Pablo, no fue capaz de decir nada más? Y, como respuesta a mis atribuladas preguntas, la mano de Pri se estiró hasta mi pubis, palpó mi pene erecto, rozó mi tronco sobre el bóxer con sus uñas, y sentenció: ¡Claaaro! ¡Vos no sos mi gordo! ¡Le conozco muy bien la verga a mi novio! ¡Vos sos Diego! ¡Y el otro hijo de puta se está calentando la chota con las gomas de Pili! ¿Y vos lo dejaste? ¡De él, no me sorprende que te mande a mirarme! ¡Mirá cómo se te puso esto! ¿Te la pajeo? ¿O preferís apoyármela en el culo? ¡Porque, así como la tenés, sería una pena desaprovecharla!

Y desde ese momento, todo fue tan rápido, inverosímil, impresionante y dantesco que, no podría ordenar bien los acontecimientos. Sé que intenté explicarle algo a Priscila, y que ella no parecía interesarse en mis balbuceos inútiles. Empezó a sobarme la verga, a masajearme el glande y a percibir que los latidos de mi tronco necesitaban del calor de una hembra desbocada como ella. A tal punto que, pronto rodeaba mi verga desnuda con una mano, mientras se escupía la otra para ayudarse con su baba, y entonces lubricarme aún más. En el momento en que ambas manos me pajeaban, le dije que siempre me había gustado su cola, pero que debía ser un secreto entre nosotros.

¡Sí, claro, un secreto! ¡Casi tanto como el de tu amigo, que se enloquece con las tetas de Pili! ¿A dónde me la vas a meter? ¿Querés que te abra la boca? ¿O las piernitas? ¡Ahora la tengo toda babosa!, dijo rematadamente, sin detener la paja que me hacía, y pellizcándose las tetitas al aire. Se las toqué, en el exacto momento en  que la boca de Pili farfullaba algo como: ¡Dieguiiii! ¿Estás con Pri? ¡Tu amigo, me está mirando las tetas! ¿Y, tiene el pito en la mano!, con la mejor voz de bebota que jamás le habría imaginado emplear al frente de un amigo.

¡Piliii! ¡Tu Dieguito está conmigo! ¡Todavía no sabe a dónde meter su pitulín! ¿Lo dejás amiga? ¿Me lo prestás? ¡Y vos, ojito con calentar mucho a mi gordo con esas gomas! ¿Cuchasteeee? ¡O te las corto!, gritó Priscila, mientras optaba por sentarse frente a mí, abriendo exageradamente las piernitas para mostrarme la humedad de su tanga, y me agarraba el bulto con las manos. No tardó en olfatearlo, fregárselo en la cara, dejar sus restos de saliva y gemidos en mi bóxer, ni en bajarlo a las apuradas para introducirse rapidísimo mi glande en la boca. luego se lo sacó y me la pajeó bien pegadito a su nariz. Desde el living, oíamos que Pablo jadeaba con su voz grave y cervecera, que algo golpeaba contra la piel de alguno de los dos, y que Pili no paraba de decir: ¡Qué pedazo nene, qué pedazo guacho! ¡Así, bien en las tetas pegame!

¿Escuchás? ¿Pili está dejando que tu amigo le llene las tetas de verga!, dijo Pri, unos segundos antes de rodear mi glande con sus labios calientes. No quería creerle; pero los ruidos eran tan significativos y realistas que, no había lugar a dudas. Supongo que, por eso, entre celoso y excitado, la tomé de las sienes para clavarle mi pija en la garganta y hacerle dar las arcadas más asquerosas que había tenido la posibilidad de presenciar.

¡Qué hijo de puta! ¿Todo esto se come la Pri? ¿y se la das por el culo también? ¡Sos un asesino! ¡Dale, pegame más en las tetas, forro!, decía la voz de Pili, consustanciada con sus ansias, mientras Pri me miraba a los ojos con cierto vértigo y pánico en el rostro. Es que, mi verga parecía querer quedarse a vivir en las profundidades de su garganta. Ella, por otra parte, seguía sorbiendo, mamando y babeándose como una mocosa incurable, aferrándose de mis glúteos con sus uñas temblorosas, y sonriendo cada vez que oía a Pili decirle algo a Pablo, o a él gruñirle cosas imposibles de traducir, aunque se captaba la esencia a la perfección.

Y de golpe, oímos movimientos en el living. Pili pareció negarse en principio. Pero luego se la oyó decir, sin un ápice de vergüenza: ¡Pero, si me mirás la bombacha, no hay vuelta atrás!

Y, lo peor de todo fue que Pablo le respondió, también con naturalidad: ¡Mirá nena, seguro que la Pri le está deslechando la verga al tuyo! ¡Y es buena con la boca! ¡Así que, metele, mostrame la bombacha, te acabo todo en las tetas, y me voy!

Supuse que la ira me consumiría, y que Priscila me haría la segunda, subida al fuego de un escándalo pasional. La imaginé puteando, echándonos de su casa, o intentando cortarle la hombría a mi amigo con la guillotina que reposaba en su escritorio. Pero la petiza retiró mi verga de su boca, tomó aire como para gritar, y dijo con suavidad, aunque absolutamente audible hasta para el vecino de al lado: ¡Sí perra, mostrale la bombacha, así te ensucia las tetas! ¡Yo, mientras tanto, me voy a sentar a upa de Dieguito, así me la clava en la concha! ¿Quieren eso?

Y entonces, yo mismo la alcé por el aire, me senté en la cama con ella encima de mis piernas, le amasé y babeé las tetitas un buen rato mientras le corría la tanguita, le colé algunos dedos en esa concha perfectamente rebalsada de una lava volcánica criminal y se los puse en la boca para que me los chupe, y se saboree a sí misma. Pero, en medio de todo ese remolino de manoseos, chupones y gemidos, un correteo sostenido y desordenado se intensificó en el ambiente; y cuando quisimos acordar, Pili y pablo habían entrado a la habitación. Pablo con el bóxer por las rodillas, y con la verga a punto de explotar, o de quebrársele por la mitad. Pili, estaba con la cara colorada, despeinada, con las tetas húmedas y moreteadas, descalza y en bombacha blanca. La parte de atrás se le perdía en el culo, y el bollito que se le hacía adelante, parecía desbordado de humedades inmanejables.

¿Qué hacen acá chiquis? ¡Qué infieles de mierda que somos! ¡Qué hijos de puta! ¿Viste cómo me tiene a upita tu amigo mi amor?, decía Pri, mirando a los recién llegados con ternura, mientras me fregaba su terrible culazo en la verga. Pili le arrancó el pelo, le presionó la nariz como si quisiera sonarle los mocos, y le dio un tetazo en la cara. Pri se mandó una carcajada nerviosa, y Pablo le puso su pija en la mano a su novia; pero ella lo rechazó.

¡No gordi, dale, dásela a ella! ¡Mirá cómo se aburre la pobre! ¡Mostranos la conchita Pili! ¡Dale gordi, correle la bombacha, o bajaselá! ¡Total, por lo que le va a durar puesta!, decía Pri, a esa altura dando saltitos con su cola en mis piernas, mientras mis manos le pellizcaban los pezones a Pili, y a la propia Priscila. Pablito, creo que un poco molesto por el corte de rostro de su novia, eligió meterle la pija en la boca a Pri, y atragantarla un ratito, mientras Pili me decía al oído: ¡Dale nene! ¿Qué esperás? ¿Penetrala a la zorra esta! ¡Quiere pija, en la boca y la conchita!

Luego de esas palabras, mi glande palpitó tan fuerte que, en lugar de sufrir un infarto seminal, opté por aferrarle la cintura a Pri, bajarle completamente la tanga y empomarle la concha de una, sin anunciarle nada. Ella gimió, luego gritó, y al toque empezó a moverse, con un fuego en la sangre que hacía peligrar a las patas de la cama. Se oía cómo su culazo golpeaba mi pubis, y el pegote acuoso de sus jugos siendo desflorados por las envestidas de mi verga como un pepino.

¡Che, pero a mí, me gusta perforar culitos! ¿Me dejás romperte el culito Pili? ¿O la querés un ratito jugueteando en la zorrita?, dijo Pablo, mientras le daba vergazos en el culo a Pili, que se subía y bajaba la bombacha, frotándose ella misma el clítoris. Priscila exclamó un gritito de sorpresa, entre que mi pija se ensanchaba y calentaba en su santuario de hembra y mis manos le moldeaban las tetitas; y enseguida dijo, agitada por tales movimientos: ¡Dale turra, abrile el culito a mi novio, que te vas a mear de celo! ¡Todas las mujeres somos putas! ¡Y más, cuando nuestros machos nos ven emputecernos! ¡Así que, ahora no te cagues, pedazo de trola!

No era Priscila la que hablaba. Tampoco era mi Pili la que de inmediato reveló: ¡Entonces, dale pendejo, haceme comer la bombacha por el culo, o bajamelá, y cogeme!

Pero Pablo no iba a detenerse, y el fuego sagrado de mi verga, menos todavía. Noté que Pili se acomodaba con las manos sobre la cama, bien pegadita a nosotros, y que Pablo le chirleaba las nalgas mientras la desproveía de su bombacha para luego agacharse, chupetearle la cola y las piernas, y sin perder el tiempo, para pajearle la conchita mientras le lamía toda la línea donde se ubicaba la entrada directa a su monte de Venus.

¿Estás lista guachina?, le preguntó, luego de un último chirlo estruendoso. Pili agarró su bombacha empapada de la cama, se la revoleó en la cara a Priscila, y le dijo que, si no se la metía ya mismo, se iba a arrepentir. Por lo tanto, mi amigo se acomodó detrás del incendio de sus caderas, y casi sin esforzarse logró introducirle el glande en el culo a Pili, que no gritó tan fuerte como me habría esperado. Aunque, a medida que se la ensartaba más, ahí sí que gritó, lagrimeó y moqueó de lo lindo. Al mismo tiempo, Priscila me cabalgaba suavecita, atenta a lo que hacía su novio con mi esposa. Les daba valor, y se burlaba del enchastre que había en la bombacha de Pili.

¡Así gordo, abrile bien la cola a esta trolita! ¡Siempre vi la picardía con la que te dejabas mirar las tetas! ¡Mirá cómo te mojaste la bombachita con mi macho, sucia! ¡Movete bien nena, pajeate, metete dedos en la conchita!, les decía, mientras mi leche comenzaba a pedirme clemencia, mis huevos se embadurnaban de los jugos de esa conchita depilada y cada vez más ardiente, y mis celos se materializaban en más manoseos a sus tetas. En un momento, Pili y yo nos comimos la boca, mientras Pablo hacía lo propio con Pri. Solo que, cada uno con la verga ensartada en esos apretados tesoros, ajenos y cargados de lujuria. Pili le pedía que la penetre más rápido, que le cachetee las tetas y le retuerza los pezones. Pri, me pedía que le escupa las suyas, que le pellizque la cola, y me decía al oído cada tanto: ¿Te gusta la conchita de la petiza? ¿Vos también me la querés enterrar en el orto?

Pero, casi que no tuve lugar a decidir, proponer o reparar en nada. Sucedió que, en el exacto momento en que Pili salió del asedio de Pablito, Pri se levantó de mis piernas para arrodillarse en el suelo. Me habló con vocecita de nena, lamiendo mi glande, y luego apretándomelo contra sus tetas. Al mismo tiempo, Pili se arrodillaba sobre la cama para mamarle la pija a Pablo.

¡Dame la lechita Diego! ¡Dale, que yo me porté bien! ¡Te presté mi conchita, pero, no puedo tomarte la lechita con ella! ¡Me vas a dejar un bebito si me acabás adentro! ¿O querés eso? ¿Querés embarazarme? ¿Y que Pili se embarace de Pablito?, decía Pri, atrapando y soltando mi pija con sus labios, escupiéndola con abundante saliva, oliéndome las bolas y frotándome las tetas en las piernas.

¿Y vos? ¿Querés acabarme adentro forro? ¿Querés un hijo conmigo? ¿Te gustaría que cada una tenga un bebé del macho de la otra?, decía Pili, que le hacía una turca tremendamente ruidosa, babosa y precisa a la verga de mi amigo, mientras éste gruñía y le pegaba en el culo. el tema es que, el morbo de esas perras endemoniadas, y nuestro celo inagotable, nos condujo a lo más irracional de todo. Ambos acostamos a nuestras compañeras de garche sobre la cama, de cualquier manera, y nos subimos encima de ellas. Las dos se manoseaban las tetas. Especialmente Pri se las endiosaba a Pili, y le decía que el día que tuviese leche en ellas, quería tomarla directo de sus pezones.

¿Segura que querés un bebito, guacha atorranta?, le gritó Pablo a Pili, mientras se le acomodaba, aferrándola con sus manos para que la pija le patine como un pececito en las profundidades de su vulva; y entonces, empezó a darle y darle, a bombearla toda, a chupetearle las tetas junto con los dedos de su novia, y a jurarle que no iba a parar hasta asegurarse de embarazarla.

¿Y vos pendeja? ¿Querés la lechita adentro? ¿Querés que te haga mamita? ¿Querés verguita guachona?, le pregunté, aunque ya le había calzado la pija en su concha estrechita, en celo y tan caliente como antes. Pili gemía, pedía más, y cuando podía me arrancaba las orejas o el pelo. Pri, le pedía a Pablo que le muerda la boca y le escupa las tetas. Yo se las chupaba a Pili, y ella me miraba con ojos de reproche. Pero ninguno detenía el columpio sexual que nos abrazaba. No podíamos dejar de penetrar a esas hembras desatadas. ¡Y pensar que todo había empezado porque Pablo le miraba las tetas a Pili! ¿Y si yo no me hubiese percatado de ese hecho?

Lo cierto es que, Pablo le acabó primero a mi esposa, gruñéndole como si se la quisiese devorar. Le olía las tetas y se las refregaba en la barba con impudicia, mientras le gritaba: ¡Ahí teneeeeéee, putita de mierdaaaa, te llené de bebitos nena!

Pri, por su parte, quería lo mismo. Por eso me apretaba las piernas con las suyas, subiendo los pies casi hasta llegar a mis glúteos, mientras yo la bombeaba con alma y vida, le pellizcaba las tetas y le refregaba la bombacha de Pilar en la cara, como ella misma me lo solicitaba.

¡Dale, haceme un bebito Diego, daleeee, dale que te abro toda la conchaaaaa! ¡Que rico me cogés hijo de puta! Llename de hijos, la puta que te parió! ¡Cogeme más fuerteeee, reventame la concha de leche!, me gritaba, cuando por poco nos caíamos de la cama de tantos movimientos, arremetidas y entrechoques de pubis. Pili se había sentado en la punta de la cama, y le estaba limpiando la chota con la boca a mi amigo, cuando de pronto sentí que un espasmo de energías amenazaba con desmayarme entre las caderas de Priscila. Finalmente empecé a largar semen y más semen en el interior de su vulva, a apretujarla toda contra mí, a decirle que mis bebitos iban a ser más inteligentes, y a meterle un dedito en el culo, por puro y exclusivo pedido de su voz impiadosa. Quiso que lo hiciera en el momento en que supiera que mi semen explotaría adentro de ella. y, ella me mordió la boca, diciéndome algo como: ¡Asíiiiiii, qué embarazada me vas a dejar, chancho de mierdaaaaaa!

Hubo unos segundos de distracción, como si alguien invisible hubiese venido a barrer esquirlas de un daño irreparable. Priscila fue la única que permaneció acostada, boca arriba, desnuda y con todas las marcas de la batalla. Pili se puso el camisón, y rezongó a Pablo por haberle roto la bombacha. Pablito, se prendió un cigarrillo, abrió la ventana del balcón y se abstrajo por un momento; aunque todos sonreíamos con un intenso placer en el rostro. Yo me acerqué a Pili como para sopesar mis posibilidades. No estaba enojada, ni molesta. De hecho, ella me subió el bóxer, y me preguntó en voz alta: ¿Coge lindo la nena?

Como me puse nervioso para responder, los tres se me cagaron de risa. Priscila dijo que a ella le daba igual si quedaba embarazada, porque, últimamente estaban pensando en tener un bebé. Pablo volvió su atención a nosotros, me palmeó el culo y se sentó al lado de su novia. Pili me puso las tetas en la cara, mientras decía en voz alta: ¡Nosotros, también queríamos! ¡Y bueno, de última, nada! ¡Por ahí, no haría falta explicar muchas cosas! ¡Yo, la pasé re bien con Pablo! ¡Imagino que vos también Pri!

¡Y eso que, todavía no hicimos ninguna tijerita Pili! ¿Te imaginás? ¡Creo que te volaría la cabeza comerte a una nena como yo!, dijo Priscila, recuperándose de las agitaciones que le dejó nuestro mete y saca reciente. Los cuatro nos reímos, y prometimos volver a repetirlo. Pablo dijo que no tendría problemas en embarazar a Pili las veces que ella quiera.

¡Pará che, que no es una coneja la Pili! ¡Aparte, solo podés hacerle bebitos a ella! ¿Me escuchaste?, le decía Pri, cacheteándole la cara con su tanga, y agarrándolo del bulto.

¡Para vos, lo mismo! ¡Con ella, podés coger todo lo que quieras! ¡Siempre que estemos todos juntos!, sentenció Pili, mientras cerraba la ventana, porque una brisa fresca comenzaba a darnos frío. Además, teníamos que dormir un poco para el día siguiente. ¡Debíamos ir al estudio a grabar! Aunque, jamás imaginamos que, mientras grabábamos el disco, en ambos vientres comenzarían a gestarse los bebés de una noche de locura.    

Fin

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Comentarios

  1. Leandro2/9/26

    Qué maravilloso, embarazarle la hembra a otro macho! Y si es la de un amigo, mejor!

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