Ese día fue tan heavy que, no sé si puedo arrepentirme, o decir que estuvo como el orto lo que pasó. Seguro que sí, estuvo pésimo. Pero, ni yo podía controlar el ritmo de la gira que me traía y llevaba por la vida. llegué a mi casa como a las 5 de la madrugada, escabiado y con una línea de merca encima. Hacía tres días que no volvía a mi casa, y mi banda de rock seguía tocando y rodando, imparable por el conurbano bonaerense. Ese sábado, habíamos tocado en Morón, y tuvimos que volver a Pilar re apretados en una camioneta destartalada. Manejaba el piojo, que era el baterista de la banda. Se comió todos los semáforos. Incluso, de pedo no atropelló a un par de ciclistas. Cuando llegué a mi casa, tenía un palo tremendo. Estaba aturdido, merqueado, con mis 23 años convertidos en puro salvajismo, y con la verga hecha un cascote. Me había franeleado con un par de minitas en el bar, y chapado con otra en la camioneta, antes de cargar los instrumentos. Entré, y el silencio me apuñaló por la espalda. Pensé en bañarme, y clavarme una pajota en la ducha. Tenía la boca acartonada y seca. La sed me presionaba los pulmones. No me quedaban cigarrillos, y el efecto del alcohol me empezaba a dar sueño. Pero la merca todavía tiraba un par. Y de repente, vi que mi hermana estaba tirada en el sillón, tapada con una manta. Seguro se quedó dormida ahí, después de ver alguna peli. Me hice el boludo, la destapé, y al verla tan solo en bombachita blanca, no se me ocurrió otra cosa que agacharme, y olerla. Su bombacha olía a jabón, pero su vagina, a pis. Creo que hasta eso me movió el piso. Tenía sus tetas desnudas frente a mis ojos desquiciados, y mi lengua quería servirse de ese manjar. ¡tiene 18, y recién cumplidos!, me repetí un par de veces. Sin embargo, el impulso me ganó. Pelé la chota, le corrí la bombacha y le metí un dedo en la concha, mientras empezaba a pajearme, sin temor a que mis viejos pudieran alertarse, o aparecer de repente. Ella, no dijo nada; hasta que volví a meterle el dedito allí, y lo hundí un centímetro.
¿Qué hacés tarado? ¿Me bajaste la bombacha? ¿Y qué hacés con la pija en la mano, pajero? ¡Andate, si no querés que me ponga a gritar!, me dijo, medio que, manoteándome la verga, porque casi se resbala del sillón al intentar incorporarse, o subirse la bombacha.
¡Perdoná Flopiy, pero, es que, vine re al palo del show! ¡Y vos, encima, te quedás acá, en bolas casi, y, nada, me tenté! ¿Te gusta mirarme la pija? ¡No te creo si me decís que no! ¡A todas les gusta mirar pijas! ¡Aunque, sea de su hermano! ¿O no?, le dije sin poder controlar la soltura de mis palabras, sabiendo que se venía un cachetazo esplendoroso. Pero ella, me clavó los ojos en el pito, sentándose en el borde del sillón, y me dijo: ¡Shh! ¡Bajá la voz, nabo! ¡Tas hablando muy fuerte! ¡Sí, tenés un re pedazo! ¡Pero eso, nada más! ¿Y a vos? ¿Te calentó que estuviese acá? ¿O mirarme las tetas?
Yo, sin entender por qué me preguntaba eso, esperando otro tipo de reacción, le dije: ¡Me calentó verte en bombacha, y olerte!
¿Me oliste, pajero? ¿Cómo que me oliste?, me dijo, levantándose de golpe, encajándome un codazo. Le dije que sí con la cabeza, y ella me dio el sopapo que esperaba. Pero no se movió.
¿Qué hago entonces?, dijo luego, apoyando una de sus tibias manos en mi hombro.
¿Qué? ¡Nada nena! ¡Te pedí perdón!, atiné a decirle, olvidándome de guardarme la chota en la ropa, sin demasiado apuro que digamos.
¡Dejate de joder nene! ¿Querés pete? ¿O concha? ¿Me saco la bombacha o no? ¡Y no me mires así! ¡Sé que no da! ¡Pero, te miré la verga, y me alcé mal! ¡Y vos estás alzado!, dijo, como en ese tipo de programas que muestran las cosas que no te podrían pasar en tu puta vida. como no le dije nada, ella me empujó con bastante fuerza para sentarme en el sillón, y me dijo al oído: ¿Pete? ¿O conchita? ¡Igual, debajo de la manta! ¡Y nada de chuparme las tetas, porque no me pinta!
¡Peteame nena, dale!, le largué, aún sin creer en mi suerte. No sabía por qué me hacía esto, mi hermana, con quien siempre me había llevado como el culo. sin embargo, ella ocultó su cabellera rubia bajo la manta, buscó a oscuras mi pija con su boca, y mientras apoyaba sus manos en mi pierna, empezó a lamerla, darle besitos y dejar que algunas gotitas rueden por mi tronco. Me olió los huevos, gimió despacito cuando le acaricié la cabeza, y deslizó su lengua desde la punta a la base de mi tronco, exhalando el calor de su aliento como para calmarme. Entonces, la oí decir un sincero: ¡Qué rico pito me voy a comer!, y luego engulló mi glande con sus labios para no volver a soltarlo durante un largo rato. Su cabeza subía y bajaba lentamente, mientras sus dientitos rozaban la piel de mi sexo, su garganta por ahí resonaba, y se esforzaba por toser muy despacito.
¡Flopy! ¿Posta, estás bien vos? ¡Mirá que, nada, es manso flash esto boluda!, le dije, tras unos minutos en los que mi pija se deshacía con sus sorbetones, lamidas y besitos dulces. Ella la soltó, solo para decirme: ¡Lo hubieses pensado antes de olerme la bombacha, y de mostrarme la verga nene! ¿Te gusta cómo te la chupeteo toda?
Le dije que sí, y le pedí perdón una vez más por olerla. Ella carraspeó su garganta, me mordió la punta del pito, y dijo: ¡Entonces callate! ¡Porque, no solo me oliste la bombacha! ¡Me metiste un dedo en la zorra! ¡Tan boluda no soy!, y regresó a sumergir mi pene en el calor de su boquita ponzoñosa tantas veces conmigo. Entonces, su garganta parecía abrirse más y más, y yo no podía evitar algunos suspiros, o decirle: ¡Qué rico la chupás bebé! ¡Si sabía que lo hacías así, te la mostraba antes!
Ella me clavaba los dedos en la pierna para que baje la voz, y me decía, con la boca ocupada y bajo la manta: ¡Si sabía que eras tan fácil, te dejaba olerme la bombacha mucho antes!, y de nuevo, unos largos minutos en los que solo se oían sus engulles, besitos, su propia saliva y mis jugos absorbidos por su boca, y algún que otro golpecito que se dio con mi pito en la cara, cuando lo sacaba todo babeado para respirar un toque.
Y de repente, apoyó sus manos en el sillón para impulsarse con todo el cuidado del mundo, y aterrizó en mis piernas, ya sin la bombacha. Lo que hizo que mi pija baboseada se frote unos segundos contra su colita tibia y suave, ya que ella se movía a un lado y al otro, como acomodándose. Hasta que encontró mi oído, y me dijo: ¿Ahora querés concha? ¡Me re alzaste pendejo! ¡Y ya me saqué la bombacha! ¿Querés olerla ahora?
Manoteó la manta para cubrirnos, me acercó su bombacha tibia a la cara, y buscaba posiciones con su vientre sobre mi pubis, mientras me pellizcaba el brazo para que no jadee en voz alta. Olí su bombacha, en el mismo momento en que la punta de mi chota se rozaba con la entrada de su vagina húmeda y caliente.
¿La querés? ¿Querés meterla ahí? ¿Me querés garchotear toda nene?, me preguntaba sin dejar de moverse para impedir que mi verga le separe la concha en dos, y me abría la boca casi que con las uñas para meterme trocitos de su bombacha. Yo sentía que no podía tener la pija más dura, y que el calor que emergía de su sexo, me la empalaba todavía más. Le di una nalgada ruidosa, y ella por poco me tritura las costillas para que no haga ruido. Me serenó el olorcito de su bombacha, y dejé que ella misma, muy despacito acomode sus caderas para que mi glande se haga lugar entre los labios de su concha, y entonces, sí que empecé a darle con todo. Solo se oía la penetrada de mi verga, sus jugos, su aliento empañándome la cara, y mis olfateadas a su bombacha.
¡Sos un cerdo nene, un alzado de mierda! ¿Ahora te calienta más oler mi bombacha? ¡Sos un asqueroso, y tenés la verga re dura, nenito pajero!, me susurró al oído. Pero enseguida me mordió la oreja para que ni se me ocurriese pronunciar palabras. Siempre me pasa que cuando me escabio, hablo fuerte, sin importarme la hora, o si alguien dormía en la casa. entretanto, las tetas de Flopy revotaban en mi pecho, y sentía que los huevos se me empapaban de la baba de su vulva carnosa. La aferraba del culo para clavársela más, y que la sienta toda. Ella, se mordía los labios y me pellizcaba para no gritar. en un momento, hasta me dijo que no sea tan bruto, porque la iba a romper como a una muñequita. Esas palabras me empalaron todavía peor, si eso era posible.
¿Te tranzaste a muchas guachas en el show? ¡Me parece que sí, pero ninguna te dio la concha, ni la boca, ni el culito! ¿No cierto? ¡Qué dura la tenés guacho, qué alzado viniste! ¡Nunca imaginé, que, aaaay, que, síiii, asíii, cogé más, penetrame toda la zorrita, asíii, bien fuerte, hijo de puta!, me decía ella, agarrándome de los pelos, asfixiándome con su bombacha, apretándome la cintura con sus rodillas, y asiéndose con ritmo sobre mi verga para sentirla hasta el esófago. Ahora su boca era una cortina de baba y gemiditos, y sus tetas me calentaban el pecho. Pero no dejaba de subir y bajar, de frotarse y de putearme.
En un momento, oímos el crujido de la escalera de madera que conduce a los cuartos, y acto seguido la voz de mi viejo diciendo desde lo alto: ¡Flopy! ¿Todavía estás ahí? ¡Necesito tomar agua! ¡Tengo una sed que me muero, y me olvidé de subirme agua al cuarto!
¡Sí pa, bajá! ¡Pero no prendas la luz del living, porque estoy en calzones, y en tetas! ¡Se me volcó coca, y me manché la remera! ¿Puede ser?, dijo mi hermana, que al toque puso musiquita en su celu. Enseguida agregó: ¡Termino de leer una cosita del libro, y ya me acuesto! ¡Total, mañana es sábado!
¡Sí Flor, tranqui, que bajo, me sirvo agua y subo! ¡Pero, tapate con algo si podés! ¡Por las dudas!, decía la voz de mi viejo, mientras sus pasos descendían por la escalera, y poco a poco se internaba en la cocina. Al mismo tiempo, mi hermana se movía muy suave sobre mi pubis, sin importarle el ruidito de los jugos que nos empapaban los sexos. Seguíamos cubiertos con la manta, y ella ni siquiera se había movido un centímetro. Mi viejo se sirvió agua sin mirar al living, lo bebió y exhaló al terminar, mientras Flopy subía y bajaba despacito, balbuceando en mi oído: ¡No puedo bajarme de tu pija, porque, me acabé dos veces ya, y quiero más! ¡Me re alzaste! ¿Qué pasaría si papi me ve con la pija de mi hermano, clavadita en la concha?
Yo no podía sostener el aire un segundo más. Dejaba que ella se balancee, se frote y me muerda la oreja, sintiendo que la pija se me agrandaba más y más en el fuego infernal de su vagina prohibida. No le hablaba, pero le pellizcaba la cola, le amasaba las gomas y le olía el cuello como un loco, intentando no delatarme. Pero, por suerte nuestro padre se fue, con un suave “Hasta mañana Flor”, y entonces, mientras lo escuchábamos subir las escaleras con parsimonia, empezamos a aumentar la velocidad y la altura de nuestras arremetidas. Es que Flopy se impulsaba para que la pija se le salga de la concha, y vuelva a atraparla para sentirla en el fondo una vez más, repitiendo con los ojitos cerrados: ¡Aaaay, asíiii, que me entre todaaaa! ¡Qué verga neneeeee! ¡Qué pedazo tenés, hijo de puta! ¿Por qué no acabás? ¿Te merqueaste?
Esa última pregunta había sido la clave. ¡Con razón sentía que la leche me subía como un bólido alocado, y en el momento de escupírsela toda, notaba que miles de agujas se me incrustaban en los huevos! Claro, estaba drogado, y en esos momentos me costaba mucho acabar. Por consiguiente, podría estar cogiendo un rato largo; a veces, más de dos horas. Ya lo había experimentado, y a pesar que no era del todo satisfactorio (Porque en algún momento necesitás acabar como un campeón) ahora se trataba de mi hermana, de sus tetas hermosas, de su boquita más grosera de lo que podía imaginarme, y de su conchita caliente. Aquello era estímulo suficiente. ¡Qué bien cogía la bebé! ¡Cómo me enfierraba la chota, incluso con su vocecita colándose por mi cerebro! Así que, luego de varias entradas triunfales de mi verga entre sus jugos vaginales, aprovechando los saltitos de sus caderas imparables, y luego de tocar el fondo de su sexo y hacerla lagrimear, Flopy se bajó de mis piernas para volver a buscar mi pija con la boca, ya sin el refugio de la mantita. Pero, antes que comience a chupármela de nuevo, vi que mi tronco estaba inflamado como nunca, que las venas se traslucían en la piel de mi pene, y que mi glande parecía más afuera del capullo que otras veces. Sentí un pinchazo en los testículos, y una enorme pulsión de querer terminar con todo el asunto. De hecho, yo mismo la cacé del pelo a mi hermana para que empiece a comérsela de una buena vez. Ella no se retobó, ni se puso a boludear en absoluto. Después de escupirme los huevos y babearme bien la pija, se la introdujo en la boca para subir y bajar con todo, pegando su garganta con decisión como si fuese un martillo contra mi glande, sin importarle el sonido estruendoso de sus arcadas. De hecho, yo le decía como podía: ¡Flopina, tranqui nena, que papi, o mami nos puede escuchar! ¡Te vas a ahogar bebé!
¡Me decís bebé otra vez, y te la muerdo!, me amenazó, y siguió chupando, atragantándose y sacándola de vez en cuando para cachetearse la cara con ella, escupirla y olerla. Estaba hecha una furia, ya sin la manta encima, apoyándome las tetas en las piernas, y dejando que mis manos se llenen de su suave calor, y de la dureza de sus pezones. Hasta que volvió a perder la paciencia; lo que la obligó a subirse una vez más a mis piernas para buscar que mi verga se instale una vez más en lo profundo de su conchita más caliente que antes, y mientras empezaba a darme cachetadas, saltaba histérica sobre mi pubis y me friccionaba las tetas desnudas en el pecho me increpaba: ¡Nene, acabá de una vez! ¿Te falta mucho? ¡Estás re al palo nene! ¡Estás re empijado! ¿Tanto te caliento que no te sale la leche? ¿O te da vergüenza coger con tu hermana? ¿O, te dio cosita oler mi bombacha? ¡Cogeme nene, dale, cogeme bien cogidita, que ya me hiciste acabar! ¡Aaaaay, qué hijo de putaaa, cómo la siento adentrooo, asíiii, garchame más, dame todo nene cochino! ¡Llename de leche guachito, que la tenés hermosamente dura, y caliente!
Yo casi no podía hablarle. Sentía de nuevo que la leche me subía por el tronco, que me punzaba las bolas, me ardía en cada centímetro de vena, y que se quedaba allí, como petrificada. Era como si mi cerebro le hubiese dado la orden a mi verga que siga estimulando a Flopy, que siga dura para excitarme con sus gemiditos, con su olor a hembra, con el contacto de sus tetas, y el fuego de su vagina endemoniada. La cosa es que, ella volvía a acabar, a taparse la boca para no gritar, y a mojarme entero con su catarata de jugos femeninos. Temblaba encima de mi cuerpo, se babeaba, lagrimeaba, transpiraba y me seguía alagando la verga, casi sin preocuparse por bajar la voz. Yo era ahora el que trataba de mesurarla para que nadie nos descubra. Pero, mi verga seguía dura como un monumento, como el suelo sobre el que luego caminaría nuestra inmoralidad. Era cierto que yo también, en los últimos bombazos, la sacudía como si fuese de plastilina, y eso, parecía enfierrarme aún más la chota. Hasta que, tal vez un poco incómoda, y con la concha dolorida por no lograr hacerme acabar, mi hermana buscó mi oreja derecha y me balbuceó: ¡Meteme ese pitazo en la cola, a ver si me la encremás toda de semen, pendejito alzado! ¿Cuánta merca te metiste man?
¡Aaah, nooo! ¡Vos, te volviste loca! ¿En serio, me dijiste lo que creo que escuché?, le pregunté entre asombrado y confundido. ¿No sería que estaba soñando, revoleado en la camioneta del Piojo? Pero Flopy volvió a decirme: ¡Dale nene, correte, así me pongo en cuatro acá, y me culeás! ¿Querés? ¡Ya está nene, o lo hacemos bien, o ya fue! ¡Quiero tu leche donde sea!
La manta cayó al piso, mis zapatillas y pantalones se despegaron de mi cuerpo como por arte de magia, y ella se acomodó sobre el sillón, moviendo la cola, y frotándola contra mi verga en cuanto me le acerqué. Me agaché para chuparle las tetas, y en cuanto me puso cara de culo por hacerla esperar, le di un chirlo que debió despertar a los vecinos, y empecé a ir y venir con mi glande por la verticalidad que le dividía esas dos manzanitas tentadoras. Ella me pidió que le acerque la pija a la boca una vez más, para que su saliva me la convierta en un chorizo cremoso, besuqueado y repleto de sus mordidas. Después, yo mismo me aferré a sus caderas, se la coloqué en el agujerito más febril que alguna vez el tacto de mi pija pudo reconocer, y empujé. El primer empujón fue suave, y ella gimió como si me estuviese reclamando algo más interesante. El segundo, se sintió como un temblor lacerante, perpetuo, doliente y difícil de frenar. Ella ahogó un grito largo en el almohadón del sillón, y me dijo: ¡No pares guacho, culeame fuerte, dame verga, rompeme, dame verga nene!
Yo me pegaba a su cuerpo, le frotaba la concha con una mano, le tironeaba el pelo y le daba alguna cachetada en la cara, mientras sentía que la verga se me hacía más grande, se me calentaba más, y de a ratos se me moría de sed. Aquel túnel estrecho no era tan húmedo como su conchita, pero me apretaba tan rico que, no podía parar de cogerla, bombearla, penetrarla con todo, imaginándome que, al sacarla de allí, la pobre no podría sentarse por unos días. Estábamos cada vez más cerca de mover las paredes de lugar con tanto mete y saque, porque, a pesar que ella gritaba contra la almohada, lloriqueaba y tosía para disimular tanta euforia, el sillón vibraba con el ritmo de mis ensartes, y el choque brutal de mi pubis en su culo era un eco repitiéndose en cada segundo del amanecer que nos esperaba detrás de la ventana.
¡Así nene, cogeme máaaaas, reventame toda, culeame toda, haceme sentir una puta, tu puta! ¿¿Cómo puede ser que mi hermanito tuviese semejante poronga?, me decía Flopy, temblando de emoción, clavándome sus uñas en el trozo de cuerpo que pudiera encontrar de mí, y permitiendo que poco a poco sus piernas y brazos cedan ante el galope de mi instinto animal, poseyéndola como a una perra del infierno. Cuando al fin quedó hecha una tabla sobre el sillón, y mi cuerpo se convirtió en una estampita sobre el suyo, con mi verga aún clavada en su culito, empezó a sollozarme como una nenita, diciéndome: ¡Quiero pis nene, pichí, quiero hacer pis! ¡Bajate, así voy al baño!
Pero ahora sí sentía que al fin mi semen abandonaba su capricho de mantenerme empalado, erecto y expectante. Tal vez sus palabras sucias detonaron algo en mí, o quizás el sudor que embebía mis testículos cansados de revotar en su pubis, o la forma que ella tenía de chuparme los dedos mientras yo seguía empomándole el culo… pero, lo cierto es que le dije: ¡Ni a gancho nena! ¡Vos, te quedás ahí, te meás ahí, y te la aguantás! ¡Te voy a acabar en la colita bebé! ¡Y, ahora vas a ser mi bebé, porque te vas a hacer pichí en el sillón, con la verga de tu hermanito en el culo! ¿Te va?, y empecé a sacudirla con todo, a profundizar mis ensartes como si estuviese desquiciado, sin importarme que nuestras voces se escuchen. Ella, lloraba suplicándome.
¡Nene, pará, porfi, que, ya es demasiado! ¡Si me hago pis acá, se nos pudre todo! ¿Querés que les diga a los papis que me hice pis en el sillón? ¡Pero, ni se te ocurra sacarme la pija del culo! ¡Culeameeee, daleee, que me hago piiiis, me meo por tu pija, hijo de putaaa!, me decía luego, mientras al fin su esfínter no pudo soportarlo más, porque yo la culeaba con todo, le hacía cosquillas, le pellizcaba los pezones, le refregaba mi bóxer o su bombacha en la cara, y le mordisqueaba la oreja, repitiéndole: ¡Te lecheo toda bebé, sentila toda, sentí cómo te embarazo la colita, mi Flopina chancha, que se hace pipí por la pija de su hermanito! ¿La sentís? ¡Me re calentaste la leche, cerdita sucia! ¡Me volviste loco nena! ¡Amé el olor a pis de tu conchita! ¡Ahí te vaaaaa, toda la lechitaaaaa!
En ese preciso instante, mi semen pareció explotarme el glande, como si fuese un pomo de salsa atascado por un tapón imposible de abrir. Noté un sordo PLOP que emergió como un latigazo, y que pronto las paredes de su culito sediento empezaban a humedecerse copiosamente. Sentí que la pija se me quebraba en mil pedazos, que el culo me aplaudía de tanto ejercicio y sudor acumulado, que mi hermana era un río de baba, pis, transpiración, gemidos, tosecitas nerviosas, lagrimitas incontenibles, promesas que nadie entendía, y que nuestras pieles se desintegraban en ese sillón mal trecho, empapado de nosotros, de nuestro pecado, pero también de una calentura que no supimos ni quisimos detener. Cuando al fin me levanté de su cuerpo, y retiré mi verga del interior de su culo, todavía chorreando leche, se la refregué por toda la espalda, haciéndole notar que aún no se me bajaba ni un poquito. Ella se sorprendió por ese detalle.
¡Estás imparable nene! ¡Tenés una pija de cemento!, me dijo, riéndose con sinceridad, tiritando y acariciándome una pierna.
¡Cuchá boludín! ¡Si querés, ordeno acá, limpio, me doy una ducha, y voy a tu pieza! ¡Me parece que vos, todavía no te vas a poder dormir!, me dijo, tratando de ponerse boca arriba sobre el sillón, mostrándome de esa forma que tenía la conchita colorada, y las tetas machucadas por mis manos y el peso de su cuerpo y el mío en acción.
¿Posta me decís nena? ¿Qué bicho te picó? ¡Nosotros, siempre nos llevamos como el culo!, le dije, sintiendo que flotaba por los aires, y que no me importaba vestirme, al menos para evitar cualquier imprevisto.
¡Dale nene, corré a tu pieza! ¡Y, ya sabés que fue tu bicho el que me picó! ¡Me encanta esa verga! ¡Así que, qué sé yo! ¡Quién te dice! ¡Por ahí, desde ahora nos llevamos bien! ¿Qué hago? ¡Voy? ¿O no?, me decía, mientras escuchábamos que sonaba el despertador de mis viejos, y que mi vieja lo apagaba, puteando por el sol que ya se colaba por su ventana.
¡Dale, te espero! ¡Pero, no te duches! ¡Me gusta que tengas olor a pichí, bebé!, le dije, apoyándole el pito en la cola cuando se agachó a levantar la manta del piso. Antes de eso, mis ojos se perdieron en sus nalgas empapadas en sudor, y en el hilo espeso que le goteaba del culo, cayéndole por las piernas. Sentí que la verga se me volvía a llenar de cosquillas, y que los huevos empezaban a quemarme de la excitación. Ella me dio una cachetada, me dijo que era un asqueroso, y desapareció de mi vista. Tenía que llevar los almohadones meados al patio para lavarlos por la tarde.
Fin
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Qué pedazo de relato nena! Sos la octava maravilla, o el octavo pecado capital! Les diste vida a esos hermanitos como nadie. ¡Cómo se la cogió ese waso! Y, olvidate... merqueado como estaba, se la podía bombear todo el día si quisiera! ¡No cambies nunca!
ResponderEliminarLeandro, gracias por tus observaciones. Pero, creo que es demasiado lo que me decís. Jejejeje! Bueno, me encanta que hayas disfrutado de estos hermanitos calientes. Y, en efecto, trataré de no cambiar, aunque sí de ofrecerles siempre lo mejor de mí! Besos!
ResponderEliminar¡Qué lo parió! ¡Cómo le dio ese chango a la hermanita! ¡Y seguro que en la pieza la partió al medio! ¡Qué lindo es encontrarse a una guacha así, tapada con una mantita, y en bombacha!
ResponderEliminarWoooooooooow! Me re calentó la concha este relato AMBIIIIIII! pobre nena, con un pito así, tiene q hasta haber mariconeado de lo lindo! Dioooos, me re, pero re, pero reeee cabió!
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