Ganitas de pija

Se me había roto la moto, y la necesitaba para salir a repartir pizzas al día siguiente. Yo no entendía nada de motores. Me enojé por la vida que llevaba, y lo poco que me pagaban en ese servicio de cuarta. Pero necesitaba tener algo de plata, mientras pensaba en qué carrera elegir. Psicología, derecho, o el profesorado de inglés. Mis viejos ya me habían dado el ultimátum, y no quería seguir decepcionándolos. Ellos preferían que largue el delivery, y encarrile mejor mi futuro. Así que esa mañana, después de tomar un par de mates, cacé la moto y la llevé a cuestas como pude. A tres cuadras de mi casa estaba el taller de Mariano, un pibe bastante lanzado y atrevido que, no solo se la pasaba piropeando a las minas. Corría el rumor de que había manoseado a un par. Yo no les daba bola a esos chismes de barrio. Pero, sí podía jurar que todas las veces que pasé por su taller, algo me decía entre dientes, o lo descubría mirándome las tetas en los días calurosos. Creo que tiene unos 30 años, y según Celia, la costurera que vivía al frente del taller, tenía un hijo pequeño, pero estaba divorciado.

Cuando le llegué, le golpeé el portón porque, había un papel pegado en el timbre que decía “No anda”. Adentro se escuchaba un tema de viejas locas, y eso, por algún motivo me hizo sentir bien. Siempre me gustó el rock nacional, y en especial las bandas rollingas. Volví a golpear, un poco impaciente, porque la moto ya me pesaba, y el sol ya calentaba demasiado.

¡Pará un cachito hey! ¡Toy ocupado! ¡Ahí va!, escuché que me gritaba desde adentro la voz grave de Mariano, mientras bajaba el volumen de Todo sigue igual. Y cuando al fin apareció, lo vi con una remera de La 25, con un short manchado de aceite, en alpargatas y con todos los rulos desordenados. Él, me re miró las tetas, y me dijo: ¿Qué necesitan las chicas? ¡Naaah, un chiste! ¡Qué le pasó a esa moto? ¿Vos sos Belén? ¿La hija de la turra de matemáticas?

¡Hey, pará! ¡Sí, creo que soy esa! ¡Pero, no te zarpes con mi vieja! ¿La tuviste de profe?, le pregunté, mientras trataba de arreglarme un poco la remera. Ni me había dado cuenta que me había puesto una de Guasones que me quedaba enorme, y que tenía un escote tan ancho que se me re veía el top, y algunos trocitos de piel de mis tetas.

¡Obvio! ¡Me la hizo parir a la materia! ¡Bue, pero, yo fui el bobo que no le daba bola! ¡Igual ya fue! ¡Pasá che, que hace calor! ¡Yo te entro la moto! ¡O lo que quieras!, se ofreció servicial, aunque bajando la voz al final. Yo me mordí el labio cuando me miró, y le dije: ¡No te hagas el gracioso, que ya tengo una vaga idea de tu prontuario!

¡No sé qué querés decir! ¡Pero parece que te hacés la misteriosa, como tu vieja! ¡A esa siempre le gustó relojear a sus alumnos! ¡A mí no me daba ni cavida, porque era un salame! ¡Así que, ni idea lo de mi prontuario!, decía mientras se ocupaba de entrar la moto, y yo lo seguía detrás, poniéndole cara de culo.

¡Bueno, en el barrio se comenta de todo! ¡Por ejemplo, que sos medio mano larga con las chicas! ¡Y, que les decís guarangadas!, le largué, observando que su remera se le subía por el esfuerzo, y que su espalda ancha me regalaba un escalofrío. También le había mirado el pecho y los abdominales. Estaba un toque gordito, pero había firmeza en esa piel curtida por el trabajo fuerte. Entonces, dejó la moto apoyada en la pared, al lado de un par de bicicletas desarmadas, y enfiló para cerrar el portón, quejándose porque no le funcionaba el cierre automático. De vuelta me clavó los ojos, y le hizo una radiografía a mis tetas. No pude decirle nada. Y él, sin dejar pasar el momento me balbuceó: ¡Son todas boludeces! ¡Posta Belu! ¿Cómo voy a manosear a las pibas? ¡Son clientes! ¡Aunque, a vos, te dejaría mis huellas dactilares por todos lados!

Se reía, con la típica impronta del que cree que todas las charlas son chistes para pasar el rato, o romper el hielo. Preparé la mano para darle una cachetada; pero de inmediato el calor de mis pezones me aconsejaba que no lo echara todo a perder, tan pronto.

¡Mirá, mejor, cambiemos de tema! ¡Necesito saber si me podrías arreglar la moto para mañana! ¡Creo que es la bugía, o algo de eso! ¡Además, larga olor a aceite cuando la prendo! ¿Vos decís que podrás? ¡Mañana tengo que laburar, y la necesito!, le solté, apoyando uno de mis pies en un banquito para atarme el cordón de la zapatilla. En ese instante, descubro que tengo tremendo tajo en el short, y que comienza un poquito antes del pubis. ¡Es decir que, Mariano me re había visto la bombacha! Así que, cuando me encontré con sus ojos vivarachos, no tuve forma de no sonreír cuando me dijo: ¡Sí Belu, obvio que te la arreglo! ¡Y si querés, te coso el pantalón también! ¡Digo, no es bueno que la hija de la profe ande mostrando la bombacha!

¡Uuuy, perdón! ¡Soy una pelotuda! ¡No te la puedo creer! ¡Posta que, salí rápido de casa, y ni me fijé! ¡Igual, vos no tendrías que andar mirando, chancho! Entonces… ¿Me arreglás la moto?, le dije, haciéndome la desesperada para no pegarme treinta tiros, o abollarle la cara a cachetazos.

¡Si me esperás un toque, te cambio la bugía, le pongo aceite nuevo, limpio todo, armo, y la probás! ¡Lo hago en un toque! ¡Vancame unos 20 minutos, que termino de ponerle esta rueda a la bici! ¡Y mientras, te puedo prestar algún pantalón de mi hermana! ¡A veces viene por acá, y bueno, deja ropa! ¡Ella también es mecánico! ¿Sabías?, me dijo, sin apartar sus ojos de mis tetas, zarandeando una rueda de bici, y rascándose la cabeza, tal vez por el calor.

¿En serio? ¡No sabía! ¿Y se banca el oficio?, le pregunté, como para seguir la charla por otro lado que no sea mi pantalón roto.

¡Séee, es una genia la guacha! ¡Sabe más de motores que yo! ¡Yo sé un poco más de gomas! ¡Pero eso, no es algo que le cuento a todo el mundo! ¡Y vos, tenés unas gomas de altísima calidad! ¿Te lo dijeron alguna vez?, me dijo, mientras empezaba a trabajar con la bici, sin mirarme, pero con todas las ganas en el cuerpo de dirigirse hacia mí.

¡Che, no te preocupes por el pantalón! ¡Total, vivo cerca! ¡Una vez que termines con la moto, me subo y me las pico, rapidísimo!, le aclaré, mientras intentaba leer un WPP de mi mejor amiga. ¿Por qué me pedía el currículum justo ahora?

¡Aaaah! ¡Y de paso todo el barrio se entera que te pusiste una bombacha blanca! ¡Si querés, mientras te arreglo la moto, vas a tu casa, y te cambiás! ¡Bah, es una idea nomás!, dijo con cierto fastidio, y yo lo pensé un par de segundos. Ni siquiera entendí por qué no tomé esa opción, que era lo más lógico de todo lo que me había dicho hasta entonces. De hecho, le dije con una voz que no parecía la mía, o más bien habría sido la voz de mi concha si ella pudiera hablar: ¡Pero vos no querés que me vaya, me da la sensación!

¡No Belu, ni vos, ni tu bombachita, ni esos melones hermosos! ¡Pero, si se te resfría la cachu, estás al horno con fritas!, se animó a decir, riendo de su propia gracia. Yo también me reí, y tuve que cerrar la boca para que no se me escape una estrellita de saliva. ¿Qué carajos me pasaba?

¿Vas seguido a ver recis? ¡Yo, el otro día fui a ver a Guasones! ¡Estuvo de puta madre!, le tiré cuando empezó a canturrear un tema de Callejeros que sonaba en su teléfono. Él terminó de ajustar la rueda de la bici, y se dio vueltas para mirarme con una sonrisa auténtica, y me dijo: ¡Ni hablar! ¡Cada vez que puedo voy! ¡A Guasones no lo vi en vivo todavía! ¡Pero a los Gardeles, La Mocosa, al Piti, y a la 25, bocha de veces! ¡No te hacía rollingona che! ¡Qué masa!

¡Sí, de chiquita que me gusta el rock! ¡Amaba a Juanse, y a Viejas locas! ¡Si te pinta, y no me mirás tanto las gomas, por ahí podemos ir a ver juntos a Guasones! ¡Tocan la otra semana en Quilmes! ¡Yo puedo conseguir entradas!, le dije, observando cómo le brillaban los ojos por mi ofrecimiento.

¡Hem, no te lo puedo garantizar! ¡Y menos, si usás pantalones con tajos! ¡Mirá si ese día te olvidás de ponerte la bombacha!, me largó entre divertido y ansioso, ahora acercándose a mi moto para inspeccionarla.

¡Vamos mal otra vez Mariano! ¡No te zarpes conmigo che, que hace mucho que no la rockeo!, se me escapó revelarle, sabiendo que no podía leer mi doble sentido. Pero, claramente me equivoqué, porque enseguida giró su rostro plagado de enigmas, y me soltó, de nuevo fotografiándome las gomas: ¿Posta me decís? ¿No te sacuden hace mucho?

¡No quise decir eso, zarpado! ¡Quiero decir que, hace mucho que no voy a un reci! ¡Sos re mal pensado nene!, me le hice la ofendida; aunque él ya no me tomaba tan en serio. De repente se levantó para poner “NENA, ME GUSTAS ASÏ”, de Viejas locas, y se puso a cantarla medio entre dientes, buscando algo en uno de sus cajones.

¡Esa soy yo! ¡Aunque, no ando con pelos de ninguna perra en el pantalón, porque tengo una gata! ¡Pero, por lo demás, es como si, ese tema me describiera a mí!, le aseguré, balanceándome hacia los costados al compás de la canción, mientras él sacaba una bugía de una caja y la revisaba. Ya le había sacado la que estaba quemada a mi moto.

¡Yo creo que, tendría que decir algo así como que, te gusta mostrar la bombacha!, se despachó con una sonora carcajada, mientras algo en mi cerebro zumbaba como si un enjambre de abejas lo hubiesen tomado por asalto. Al mismo tiempo, abría las piernas como una tonta, sentada en el banquito, y sentía que los pechos se me calentaban solos; y ahora no era el culpable el calor, porque en el taller había aire acondicionado. Pensaba en que hacía dos años que no cogía con nadie, y me sentí miserable. A lo mejor, esa era la razón por la que me comportaba como una gata alzada. Pero, tal vez ya no me importaba demasiado.

¡Che, pero, si no tenés con quién ir a Quilmes, me re prendo! ¡Yo, banco el escabio, y el bondi! ¡No sé si da para ir en moto hasta allá!, me sinceró con su voz más amable que antes. Me sentí protegida. Entonces, cuando volvió a mirarme se sorprendió porque, se me había caído el celu, y al agacharme, mis tetas quedaron casi expuestas, ya que la remera se me corrió para cualquier lado.

¡Perdón! ¡Esta remera es de mi primo! ¡Me queda inmensa!, intenté disculparme para no quedar tan regalada. Pero él me ayudó a levantarme, y mientras yo volvía a sentarme en el banquito, él me agarró una mano y me frotó las tetas con ella, mientras me decía: ¡Si querés, cuando vayamos al reci, no te pongas corpiño, ni bombacha! ¡Andá así, con esta remera, y el pantalón que tenés! ¡Y nada de arreglarte el tajo!

¿Posta me decís? ¿Querés que vaya en gomas, y con la concha al aire? ¡Sos re pervertido nene!, le dije… pero ya no pude contenerme más. En un impulso felino acaso, me levanté del banquito, me le colgué de los hombros y empecé a franelearme con su cuerpo, mientras con una de sus manos buscaba palpar el tamaño de su bulto. No se lo había querido mirar hasta entonces por respeto, o para no crea que me tenía a sus pies. ¡Incluso, le gemí al oído cuando lo encontré, y envolví su grosor con mi mano, que sobre la ropa estaba tan caliente como los jugos que ya sentía que inundaban mi bombacha!

¡Sí nena, te lo digo posta! ¡Y, además, me parece que andás con ganitas de pija! ¿Cierto bebé? ¡Sos una piojosa hermosa! ¡El otro día te vi con una remenra de los piojos, y te la quise dar toda! ¡Estabas ahí, parada en el kiosco de don Mario! ¡Cómo movías la cola nena!, me decía ahora, aceptando mi franeleo, apoyándome el bulto en las piernas, y agarrándome del culo para intentar hacer contacto sexual entre su glande y mi vulva.

¿Y a vos qué te parece? ¿Se nota mucho que quiero pija? ¿Y si me das pija, no me cobrás el arreglo de la moto?, le dije, sonriéndole y dejándome arrinconar de a poco contra una pared, mientras le mordía el mentón, le lamía la cara y me estiraba la remera hacia abajo para que mis tetas parezcan más altas. Él se encargó de dejarme el top en el cuello, y de hacer revotar una y otra vez mis tetas contra su rostro. Me las olía, decía chanchadas sobre ellas, y atrapaba mis pezones con sus labios. Era como si me los mordiese con ellos.

¡Chupalos nene, dale, chupame las tetas!, le dije gimiendo como una bebé hambrienta. Él me pellizcó el culo, me mordisqueó las tetas, y desató una tormenta de besos ruidosos en mi cuello, dejándome cada chupón tatuado, como el inicio de un buen rocanrol.

¡Si te doy pija, no solo que no te cobro el arreglo de la moto bebé! ¡Te hago lo que quieras! ¡Al final, yo era el zarpado! ¡Mirate ahora, hecha una putita en mi taller! ¿No era que yo soy un mano larga, o un desubicado?, me decía, sin dejar de frotar fuertemente su bulto contra mi concha, llenándome las tetas de succiones y besos babosos. Yo seguía gimiendo, abriendo las piernas para no perderme ni un centímetro de esa dureza imponente. En medio de todo eso, le di una cachetada que, luego fueron varias, mientras él se quedaba quietito, y yo subía y bajaba el pubis para frotarme más contra su verga, diciéndole: ¡Yo no soy una putita! ¿Entendelo! ¡Solo soy una pendeja alzada, que quiere pija! ¡Tengo ganas de pija! ¡Y, vos me re calentás! ¡Amo a los tipos que se babosean con las minas, y que, si pueden, las manosean! ¡A mí, muchas veces me dijiste cosas! ¡A mí, y a mis tetas! ¡Dale guacho, mamame bien las tetas!

Pero de golpe, mi panorama cambió rotundamente. En un momento me lo pidió, pero yo seguía hecha una furia, dele frotarme y frotarme. Hasta que repitió en mi oído, ya sin mucha paciencia: ¡Sentate ahí, y peteame bebé, dale, que necesitás la leche! ¡Cucháaa, cuchá que temazo!

En ese momento sonaba “ME GUSTAS MUCHO” de las Viejas, y él empezaba a cantarla, mientras mi culo se apoyaba en el suelo mugriento y frío del taller, y el short de Mariano caía en sus tobillos, junto con un bóxer negro, bastante ajustado para su cuerpo. Ahí fue cuando su tremenda poronga se chocó con mi cara, y mi nariz se enloqueció al reconocerla como a la de un macho tan caliente como yo.

¡Nos conocimos, acá en el taller! ¡Tu boca se abría, la sabías mamar!, le cambiaba la letra a la canción, mientras el muy turro me ponía el glande en la boca y me lo quitaba en cuanto estaba lista para darle el primer bocado.

¡Dale nena, pedila, pedime la lechita, ya que andás con un tajito en el pantalón! ¿Así eras nen la escuela también? ¿Le ibas mostrando la bombachita a tus profes? ¡Dale, abrí esa boquita de nena rollinga que tenés!, me dijo, y desde entonces empecé a atragantarme como una enferma de la pija. sorbía, olía, lamía, chupaba, mordía y tragaba cada gotita de presemen, sudor y adrenalina que emergía de su pene. Me la refregaba en la cara, y me esforzaba por pegarme en las tetas con ellas.

¡Eeeso, hacé que mi pija conozca a esas gomis hermosas que tenés! ¡Que me gustas mucho, guacha! ¡Me gustas mucho, perra!, canturreaba tramos del tema, y se agachaba un toque para manotearme las tetas y colocar su verga en el medio. Ahí empezaba a moverse, sabiendo que su glande daba directamente con mi boca, o mi lengua.

¿Escupí bebé, dale, limpiame la pija con esa salivita! ¡Qué putita resultaste mi Belu! ¡Pensar que, siempre soñé con ponértela toda! ¡Te la quiero enterrar nena, posta! ¡Quiero acabarte adentro! ¿Me dejás? ¡Total, ni tenés que bajarte el pantalón! ¡Y, esa bombachita, te la agujereo toda bebé!, me decía, mientras mi cara ya era un pegote de sudor, mi saliva, sus jugos, y de todas las salpicadas que se generaban cuando él me daba chotazos hasta en la nariz. No podía decirle mucho, porque él no dejaba de garcharme la garganta, y se emocionaba al escucharme al borde de vomitar por momentos, o eructar cuando me la sacaba unos segunditos, o toser cuando me ahogaba con algún pelito de su pubis. Su pija medía al menos 20 centímetros, y era bastante ancha. Yo no estaba tan familiarizada con una pija así; pero no quería soltarla por nada del universo. Hasta que sentí que mi cuerpo tembló, y una sacudida me devolvió los pies al suelo. Me mareé, pero no tuve tiempo de pensar en ello. Ni bien estuve de pie, pensé que me había meado encima, porque sentía que las piernas me chorreaban. ¿Y si realmente lo hubiese hecho? ¡Qué vergüenza!

¡Mirate la carita bebé! ¡Estás toda pegoteada! ¡Tenés el pelo todo revuelto, y las tetas hechas un enchastre! ¡Amo ver a las minitas así, sudadas, calientes! ¡Vení, dale, que no aguanto más!, me dijo, apoyando su mano pesada en mi hombro. Yo estaba inmóvil, sin entender demasiado. Su pija seguía firme y erecta. Ahora se la podía ver mucho mejor, porque un sol extraordinario se filtraba por la ventana que daba a un patio pequeño.

¡Hey, boluda, no te measte! ¡Estás re empapada, porque te re calentaste! ¿Eso te bajoneó? ¡Dale, metete los deditos por el agujerito, y tocate la concha!, me dijo luego, sentándome sobre otro banco, un poco más alto que el que estaba cerca de la puerta de la calle. Yo lo hice, totalmente entregada al placer. De hecho, sentía que tenía ganas de llorar, y de pedírselo de una vez.

¡Dale guacha, abrite más ese tajito, rompé el pantalón, todo, dale, y abrite bien de piernas!, me pidió, acercándose a mí, sin perderse detalle de la tarea de mis dedos, ni de los temblores de mi cuerpo.

¡La verdad, soy una boluda! ¡No sé por qué te hago caso nene! ¡Mirá cómo me hiciste romper el pantalón! ¿Y ahora, cómo me vuelvo a casa?, le decía, sin dejar de meter y sacar uno y otro dedo de las profundidades de mi vagina. Al principio, con bombacha y todo. En un momento tomó una de mis manos, la olió y me la lamió. Luego me la devolvió para que siga haciendo lo mismo.

¡Perdón, pero, ese es problema tuyo nena! ¡Yo, solo arreglo motos! ¡Y les doy pija a las nenas que tienen ganitas de pija!, me dijo levantándome de golpe de los brazos, una vez más pegándome a su cuerpo para luego meter él mismo sus dedos en mi vulva, moverlos y revolverme toda, incluso rozando mi clítoris; lo que me hizo gemir todavía más.

¡La tenés peludita mi nena! ¡Diooos, cada vez más ganas tengo de metértela! ¿Querés que te la meta? ¡Querés que te llene esa bombachita de leche? ¿Eeeh?, me decía, apurando los movimientos de sus dedos, caminando conmigo apretada en su cuerpo hasta una pared. Ahí, e agarró del pelo y me dijo: ¡Bajate el pantalón, pero dejate la bombachita ahí nomás!

¡Ahí me tenés pervertido! ¡Ahora, violame, haceme lo que quieras!, le grité mientras le daba vueltas la cara de una cachetada que sonó en todo el taller. Desde entonces, sentí que su pija transgredía el costado de mi bombacha que, parecía enfriar sus jugos contra mi piel, y se acomodaba sin ningún impedimento sobre la puerta de mi conchita en llamas. Fue un único empujón el que nos hizo jadear y transpirar. Él me apretaba con todo contra sí, me mordía las tetas y la boca, me pasaba la lengua por todos lados, me decía que tenía una selva prendida fuego en la concha, y me la abría más y más, llegando con facilidad al tope de mi sexo.

¡Dame pija, dame verga nene, sacudime toda, como a las guachitas que te debés coger acá! ¡Seguro tenés un arsenal de bombachas sucias en algún cajón!, le gruñía mi voz pendiendo de sus ensartes cada vez más frenéticos.

¡Obvio nena, este es mi cogedero! ¡Las pibitas que usan remeras para que se les vean las tetas, o andan mostrando la bombacha, yo me las cepillo! ¡Qué calentona que sos nena, sos re putita, una putita rollinga! ¡Siempre quise cogerte nena, sabelo! ¡Siempre me calentaste la verga!, repetía una y otra vez Mariano, haciéndome gritar cada vez más sacada con las penetradas que me marcaba en la piel. Sus dedos se incrustaban en cada célula de mi ser, su saliva se multiplicaba en mis tetas, y uno de sus dedos buscaba asilo en el agujerito de mi culo. ni se lo cuestionó cuando le dije: ¡Culeame con el dedo hijo de puta, dale, meteme un dedo en el culo, y rompeme la concha! ¿Le acabaste adentro a muchas guachitas ya? ¡Dale, acabame adentro, y la otra semana, me garchás en el reci! ¡Siempre quise que me cojan en un reci!

Al rato empecé a petearle los dedos de la mano con la que no me colaba dedos en el culo, a morderle las tetillas, y a clavarle mis uñas en la espalda, diciéndole: ¡Culeame nene, dale, enlechame toda, llename de verga, reventame bien guacho, haceme tu puta, y embarazame si querés!, mientras él me bombeaba con violencia, sin sentido común, y desoyendo a los golpes que cada vez parecían con mayor peligro en la puerta de entrada. Supongo que fue cuando le dije: ¡Si me acabás adentro, me saco la bombacha y me voy a mi casa con el pantalón roto, mostrando la concha, con tu lechita adentro! ¿Te pinta, pajerito de mierda?, que el fuego de su sangre guerrera no pudo sostenerse más en batalla. Un suculento empellón de fuerza bruta arremetió con mi cuerpo, y su verga pareció volverse de hierro adentro de mi sexo. Mientras su boca me puteaba, me juraba litros de leche y millones de oportunidades para hacerme el culo hasta con la luz apagada, su pija ardía en mi interior, escupiendo una tonelada de semen tan caliente que, tal vez hasta la pared pudo haberse incendiado. No queríamos despegarnos, ni soltarnos, ni dejar de clavarnos los dedos. Mi concha no quería que su pija deje de expulsar leche, y ni mi bombacha podía contener el río de flujos que surgieron de mí, porque, el orgasmo que este hijo de puta me había hecho tocar con las manos, me sorprendió en el mismo momento en que su semen empezó a fecundarme toda.

¡Belu, dale, ya está! ¡Ponete el pantalón, que, parece que llegó gente! ¡Igual, ya te arreglo la moto! ¡Solo me falta, poner aceite, probarla, y ya está! ¿Dale? ¡Aaah, y promesas son promesas! ¡Quiero tu bombacha! ¡Así que, ya sabés! ¡Mandate para el baño de última, te la sacás, y te ponés el lompa! ¿Dale? ¡Este tipo, entra, me deja un repuesto y se va!, me recitó de un tirón, mientras yo me sostenía de la pared, como si de esa forma pudiera evitar que la leche me gotee menos de la concha. Por supuesto que fui al baño, me saqué la bombacha, me puse el pantalón roto, y esperé a que la voz del tipo desapareciese del taller. Cuando salí, Mariano estaba subido en mi moto, con el motor encendido. Me le acerqué, le di mi bombacha, y él mismo la olió como un desesperado. Me agarró del pelo, me comió la boca y me mandó una mano por adentro del pantalón roto para colarme un par de dedos en la concha.

¡Me encanta tu olor a zorra nena! ¡Amo tu bombachita! ¡Además, tiene olorcito a nena buena, pero que está loquita por más pija! ¿Sabías?, me dijo, una vez que apagó el motor, me comió la boca con mi bombacha entre nuestros rostros, y me nalgueó el culo. De nuevo la puerta sonaba con cierto apuro, y esta vez no me quedó otra que recibirle mi moto reparada a Mariano, que me decía: ¡Es mi vieja! ¡Cuchá, si la motito tiene algún problemita, me la traés! ¡Tamo? ¡Aaah, y arreglá bien lo de Quilmes, y avisame, que después de lo de hoy, te sigo a todas partes bebé! ¡Y, tu bombachita, ahora es mía! ¡Sabés? ¡Andá bebé, y andá rapidito, antes que se aviven que, anda una zorrita suelta arriba de una moto!

Para todo esto, la madre de Mariano había entrado, y puso mala cara porque, escuchó las últimas palabras de su hijo. A mí me miró como el culo. seguro pensó que yo era una más de esas pendejas que culeaban con él en su negocio. Pero no me importó. Incluso, hasta me excitó un poco. Yo me subí a la moto, la arranqué, saludé a la señora, y distraídamente me metí un dedo en la concha para luego lamerlo, solo para que Mariano me vea hacerlo. Él me sacó la lengua, y se palpó el bulto. Ese era el cierre de nuestro trato. Todavía sigo esperando que vayamos juntos a un recital, porque el de Guasones, lamentablemente se suspendió.    

Fin

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Comentarios

  1. Anónimo20/9/26

    Quiero ser ese tocayo!

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    1. si lo deseás, lo serás! La fantasía es así! Jejejeje!

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  2. Alfred Perla22/9/26

    Hermoso! Me imagino a esa mina con el pantalón roto, mostrando un trozo de su bombacha. ¿Cómo no se le va a parar hasta el cerebro a ese pobre mecánico? Seguí así pendeja, que escribís con magia en tus dedos de ramera fantasiosa!

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  3. Fanny29/9/26

    Noooooo! Me re meé en la cama, posta, leyendo este relato. soy re esquirtera, y amo hacerme pis, además de frotarme fuerte el clítoris. te amo Ambiiiiiiiiiiiiiii!!!!!!!!!

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    1. Jajajajaja! Espero que hayas cambiado las sábanas amiga! Gracias por leerme, y espero que te gusten las nuevas historias que se vienen. ¡Besoooteee!

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