Escrito por Andrés
Bienvenido Andrés! es su primer relato en el blog, pónganse cómodos y disfruten.
Era entre idílico y excitante. Una mezcla de erotismo picante con miel de uvas silvestres. Tal vez el olor de su piel fuera como el de las uvas, los damascos, o el sol del atardecer. En realidad, no me importaba darle un nombre a ese sentimiento. Simplemente, la veía por la ventana de mi casa, y eso era suficiente. La observaba cambiarse la ropa, el vaivén de sus tetitas pequeñas, bonitas, con los pezones rosados, y la cortina de su pelo iluminándole la espalda. Podía imaginarme los roces de su blusa en los hombros, o la presión de sus breteles, o las marcas que le hiciera alguna tanga en la cintura. Ella es un poco hippie, teniendo en cuenta la música indie que a veces se oía desde su cuarto, y fuma mucha hierva. En las tardes un poco menos que por las noches. Y, justamente por las noches, siempre que sale a la ventana mira hacia mi habitación. Quizás sea una casualidad teñida de presagio. O tal vez, el destino nos concede una mueca generosa, como una probadita de un dulce especialmente inalcanzable.
Es rubia, con una rasta pequeña. Sus ojos, seguro que ocultan secretos prohibidos. Parece valiente, decidida y caprichosa. Aunque, cuando fuma, expone halos de timidez, sonrisas cantarinas y algunas poses tan sensuales como el Jazz. En su habitación tiene un mandala gigante detrás de la cama, que me hipnotiza, como los misterios de su cuerpo. Algunas veces, cuando se cambia de ropa, mira por la ventana con carita de aventura; pero nunca se anima a traspasar la cortina. Es como si supiera que la miro, y disfrutase de enseñarme su cuerpo pequeño, limpio, suave al tacto de los dedos de cualquiera que la desee, y de mis labios sedientos.
Un día cualquiera, creo que un fin de semana, a las 2 de la mañana me desperté gracias a unos inconfundibles grititos. No podían ser otros que los de una hembra copulando, o dándose placer de algún modo. Era como si un proyector comenzara a poner imágenes en mi cabeza, las que yo no solicitaba, pero que mi pene agradecía sinceramente. Y entonces, una descarga del cuerpo, la carne y el músculo me despegaron de la cama. Me acerqué a la ventana, sin saber si el mundo pudiera detenerse. Lucía estaba teniendo sexo con un hombre. Oí también su respiración, y que le insistía con darle algo. Seguro se trataba de una suculenta ofrenda seminal. Lo bueno es que ellos, esos amantes expuestos para mí, tenían su ventana abierta, luminosa y amplia. No dejé de mirar lo que podía, mientras presionaba mi glande, humedecía mi bóxer, y también las ansias de sumarme, en las sombras. Las siluetas se movían, ejemplificando a la perfección a las llamas del placer contenido. Ella en un momento miró a la ventana, y sonrió, relamiéndose los labios, acariciándose una teta, quizás con la ilusión de verme allí, disfrutando con ella, de sus gemidos, el bamboleo de su pelo y los saltitos de su pecho, mientras el tipo la envestía. Yo quería ordeñársela con los labios. Lucía lo cabalgaba, apretaba los ojos y los dientes, salivaba de a ratos, y abría las piernas, al mismo tiempo que yo seguía y seguía masturbándome con fuerzas, empañando mi aliento en los jadeos que libraba al pronunciar su nombre; tal vez hasta que ambos terminamos. Sí, ella empezó a desmoronarse poco a poco en los brazos de ese suertudo, mientras yo me pegoteaba las manos, la ropa interior, y algunos rincones de la cortina de mi ventana. Es que, sentí una conexión tan fuerte con ella, que hasta me hacía sentir que era mi verga la que le llenaba la concha de semen, o le decoraba trazos de esperma en las tetas, o que le servía litros de leche candorosa a su boquita radiante.
Otro día, una tarde de semana, la oí hablar a la mar de feliz con una amiga, con la que se probaba ropa. Hasta llegué a escuchar que la fulana se sonrojaba tras contarle que la noche anterior, un tipo mayor que ella le había bañado la carita con su semen abundante, como si fuese una lluvia torrencial de invierno. ¡Que gusto verlas mirándose, quitándose las camisetas, los pantalones, y nalgueándose los culos! Se miraban las tetas y se las comparaban. Lucía se mostraba ansiosa por tocarlas, y en un momento, oí unos chillidos que, no eran los de mi vecina. Imaginé que la amiga disfrutaba de la lengua de Lucía en sus pezones, y nuevamente mi verga renacía para que mis manos la atiendan con el fuego sagrado que merecía. Para colmo, cuando me fijé en la ventana, las dos miraban hacia la mía, se reían y cuchicheaban acerca de un alguien que tenía ojos invisibles. Yo me mantuve sereno, aunque con todas las ganas de multiplicar semen entre las bocas de esas dos golfitas despreocupadas.
En septiembre, a eso del mediodía, de repente llegó un camión a la puerta de su casa. Vi, medio escondido, que ella con otra gente (Tal vez su familia) metía sus cosas dentro, desde valijas hasta mochilas repletas de libros, y que luego ella subió al camión. ¡Se había marchado! ¿Cómo? ¿Habría decidido irse a otro país? ¿Por qué? ¡No podía ser que la musa inspiradora de mis mejores pajas, dejara de pertenecerle a mis espionajes más proféticos!
A la semana me la encontré por la calle, le di dos besos y hablamos de forma cordial, como si nos conociéramos de toda la vida. Que tal todo, cuanto tiempo sin verte, cómo va el trabajo. Ambos sabíamos todo lo que había pasado este tiempo, lo que vimos del otro, y acaso hasta lo que sentíamos al observarnos. Aunque, claramente yo la espiaba más a ella que al revés. Pero mencionarlo, ninguno. Además, ella advirtió que yo miraba por entre sus jeanes, porque un trocito de bombacha se asomaba por la cintura, mientras me comentaba distraídamente que se marchaba a Australia, por motivos de trabajo. Nunca la volví a ver, durante un año. Por más que todas las noches miraba hacia la ventana, con la ilusión de verla semi desnuda, o pintando, o fumando hierba posando como una gatita en celo. En mi pecho, y en las mejores pajas que aún le dedico, Lucía huele como una mujer desenfrenada, me pide que le empape las tetas con mi leche caliente, y luego traza líneas en los cuadros que sus dedos recrean una y otra vez en mi mente, mientras sueño con su voz, el tacto de su lengua, y las ganas de volver a verla. Si eso sucediera, prometo que no dudaré en pedirle que nos echemos el mejor polvo de nuestras vidas… aunque sea ventana por medio. Fin
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