Sometiendo a la niñera

No tenía nada de extraño. O al menos al principio para mí, ni para Germán. Algo sucedió desde que Denice comenzó a trabajar en casa. necesitábamos una niñera, porque mi esposo y yo trabajábamos afuera, y teníamos dos niños. Un bebé de 8 meses, y una nena de 3 años. Al menos para que esté en las mañanas, hasta que mi madre se ocupe de ellos al mediodía. Pero, con el tiempo, Denice, o la Colo como le decíamos por su extensa cabellera colorada, fue haciéndose cada vez más necesaria. A mi marido, le gustaba verla; y a mí, sin comprender el por qué, me satisfacía ese detalle. Por lo que optamos por contratarla para que se ocupe de las tareas del hogar. Así que, de lunes a viernes, de 8 de la mañana a las 5 de la tarde, ella se las ingeniaba para hacer de todo. Es una pendeja de 19 años, con unas tetas suculentas, y un culo para un aplauso sostenido de teatro. A mí, me calentaba saber que, por las noches, o las tardes, cuando Germán me garchaba, pensaba en sus tetas, o en su culito bien parado. Incluso, cuando lo sorprendía mirándola con descaro, me le hacía la enojada, pero le guiñaba un ojo, y lo alentaba a seguir. Una vez, al frente de él y todo (Aunque mi marido estaba con auriculares trabajando con su notebook) le dije a la Colo: ¡Nena, agachate bien cerquita de Germi cuando le lleves el café, y acercale todo lo que puedas las tetas a la cara! ¡Sabés que, te voy a pagar más por eso!

La Colo ni me discutía. Algunas veces, le tiraba unos pesos extras para que se haga la tonta y se muestre ante él con la remera mojada, o con la calza bien perdida entre esas manzanitas, o para que Germán se haga la película con el dibujo de su bombachita en los shores ajustados que yo misma le solicitaba que se ponga. Pero, con el tiempo, a mí también empezaba a calentarme mirarla. ¡Y ni hablar olerla de cerquita! Le miraba la boca, y me la imaginaba alrededor del glande de Germán. Fantaseaba con verla succionar la mamadera de mi bebé mientras yo le hacía monerías, y después verter esa misma leche sobre mis tetas. Alucinaba con que mi marido pueda apoyarle el bulto en el culo mientras ella lavaba los platos inocentemente, o le cambiaba el pañal a nuestro niño, con una cancioncita de cuna en los labios. ¿Me estaba volviendo loca? A veces, no se sabía si la Colo olía más a pichí que mi hijo. Pero, hasta ese detalle descuidado, acaso por usar bombachas berretas, me excitaba. ¿Cómo podía hacer para controlarme? ¿Quería hacerlo realmente? ¿Tendría que comunicárselo a Germán? Bueno, él no opondría resistencias en cogérsela ante mi humanidad, si se lo pedía. ¿O sí? ¿Necesitaba ayuda psicológica? ¿O prefería seguir ratoneándome con esa nena, hasta conocer el verdadero aroma de su intimidad? ¡Encima, por lo que le saqué entre mate y charla, andaba sin noviecito! ¡Y pensar que, nosotros podríamos ser sus padres, porque le doblábamos la edad!

Le conté a mi mejor amiga de mis elucubraciones. Me dijo que estaba del tomate. Pero que, tampoco estaría mal si la sobornaba para meterla en nuestra cama. Incluso, a ella le fascinaba la idea de que yo misma le pida a la pendeja que, caliente a mi marido, sin sospechar que también encendía mis propias hormonas.

¡Vos sabés Norita, cómo son estas muertitas de hambre! ¡Por unos manguitos, se visten de lo que quieras! ¡Además, a tu marido se le debe derretir la verga cuando la ve! ¿Tener a ese terroncito de nena en la casa, y solo ocuparla para cambiar pañales? ¡No nena! ¡Por favor! ¡Tenés que tomar la decisión de, no sé, encamarte con ella! ¡Vos, ella, y tu marido! ¡Pero, por ahí, vos podrías hacer el control de calidad primero! ¿O ya te olvidaste de tu época de lesbi poco recatada?, me decía Érica mientras tomábamos un té con unas masas de nueces y crema moca que trajo para romper nuestras dietas. Además, Denice andaba baldeando el patio, y la ventana estaba abierta absolutamente, como para que nuestras palabras lleguen a sus oídos sin ningún tipo de aduana, o de respeto. Por eso, no me sorprendió cuando al otro día, mientras ella trapeaba el piso y yo pintaba unos adornos de cerámica, me dijo: ¿Es cierto que, usted, antes fue lesbiana, señora? O sea… ¿Antes de estar casada, y ser madre?

Pensé en levantarme y darle una cachetada, por desubicarse al preguntar, y por escuchar cosas que no debía. Pero, me pareció que sería mejor idea ponerla un poco nerviosa.

¡Mmm, más bien, me parece que tu pregunta esconde algo! ¿Andás con ganas de probar vos? ¡No te tapes la cara, que no está mal que tengas curiosidad! ¡Esto, es una charla, y no va a salir de acá! ¿Te ratoneás con mujeres? ¿O te chuponeaste con alguna?, le tiré de una, observando cómo buscaba un orificio por el que darse a la fuga de mi casa. entonces, me levanté lentamente, haciéndole creer que escogería un pincel más delicado de mi armario personal, mientras ella balbuceaba algo como: ¡No señora, nunca hice nada de eso! ¡Pero sí tuve alguna fantasía, con una profe de la escuela! ¡Solo eso!, me le acerqué por detrás, le quité el secador de las manos, que cayó al suelo inevitablemente, la presioné contra todo mi cuerpo, le apoyé bien las tetas en la espalda y le corrí el pelo para buscar su cuello. Se lo lamí, olfateé, y le dejé restos de saliva al besuquearla casi en silencio. Ella se aflojaba y tensaba a la vez. No podía hablar, porque apenas gastaba energías para respirar. Y, como no me oponía barreras, y su aroma se intensificaba en espiral por la casa, le amasé las tetas. Primero por encima de la remerita, y sin perder tiempo por debajo de su corpiño ínfimo. Le pellizqué los pezones, y ella tiró la colita hacia atrás, fregándomela en la vulva prácticamente.

¡Para ponerte esto, no te pongas nada mi cielo!, le dije, desabrochándole el corpiño, que apenas se sostenía de dos broches adelante. Y al toque la manoteé del culo, separándome de la confusión de su cuerpo, y mientras le decía: ¡Dale, quedate en tetas, ya! ¡Quiero verte!, le subía y bajaba un dedo por la rayita del orto, hundiéndoselo un poquito en cada pasada. Ella se sacó la remerita. Pero yo tuve que quitarle el corpiño, porque la boluda se había quedado en shock. ¡Me volvió loca verle el corpiño desprendido, con los pezones visiblemente parados! Apenas lo tuve en mis manos se lo hice oler, y lamer; y no me limité más. La agarré de la cintura con una facilidad que me asustó un poco, la senté en la mesa, derribando uno de los adornos que estaba pintando, tomé sus tetas con mis manos y me las refregué con impudicia por la cara y el cuello. Se las olía con desesperación, se las palpaba como una ginecóloga impaciente y le mordía los costados para hacerla suspirar, y gemir suavecito.

¡Aaaaah! ¡Al final, te gusta nena! ¡Tus tetas son suaves, ricas, y huelen a nena que tiene ganitas de, otras cosas! ¡Así que, no te resistas, porque puede ser peor!, la amenacé entre el besuqueo que le tatuaba en el cuello y las tetas. Las juntaba en mis manos, y le lamía los dedos cuando ella intentaba tocarme, o que la suelte, o vaya a saber qué.

¡Me excitan las pendejas que limpian, con olor a trapo de piso, a guantes de látex, o a transpiración en el pelo! ¿Sabías? ¡Bah, en realidad, ni yo sabía! ¡Ahora, me excita olerte así! ¡Tus manos huelen a látex! ¡Tu pelo, a sudor! ¡Pero, tus tetas, huelen a chicle, pendejita sucia!, le decía, bajando con mi boca sedienta de su contacto por su abdomen, y subía para comerle las tetas casi que a mordiscones. Cuando le rocé el pupo con la lengua, arqueó la espalda hacia atrás, articulando un sexy “Aaaay, qué hija de puta”, que no me dejó otra alternativa que, chupetearle los pezones para soltarlos indefensos al aire, con mis restos de baba lujuriosa, y tocarle los labios calientes con mis dedos. También bajé a sus muslos para rozarle la piel desnuda con la punta de mi lengua, ya que traía un shortcito rosado, que no era mini, pero casi.

¡Se, señora, o sea, mire que, puede llegar su marido!, intentó alertarme, creo que teniendo más miedo de sus sensaciones que otra cosa.

¿Y vos creés que mi marido no sabe que yo a veces, me acuesto con una mujer? ¡Mejor, calladita, y bajate el short! ¡Quiero que ese culo, y la bombachita que traigas, se apoyen bien en la mesa donde comemos todos! ¿Escuchaste? ¡No quiero repetirlo!, le dije, preposterándola con su corpiño en la mano, como si fuera a pegarle en la cara con él. Ella ni se movió. Así que, yo misma volví a acercarme a su cuerpazo, le abrí las piernas y le palpé la vulva sobre la ropa, para que se dé cuenta de lo empapada que debía estar. Apenas gimió, le desabroché el cintito que rodeaba su cintura, y le bajé el short para drogarme con el aroma de su sexo a mi total disposición. Tenía una bombacha blanca que le brillaba de la cantidad de flujos que le goteaban de la concha. Y su conchita, se dibujaba como un presagio imposible de no admirar en esa tela húmeda. Le metí los dedos por encima de la bombacha, y al oír el jugoso crujir del acto, la atravesé por el costadito para que esos dedos prueben el fuego de ese oasis felino. Fue tal el calor, la cantidad de jugos, y lo divino de su gemidito en cuanto moví mis dedos, que no dejé de hacerlo, buscando su clítoris como una loca, como si esa concha fuese un tamiz de oro fundido. Acercaba mi cara poco a poco a su pubis, sabiendo que la ponía más ansiosa. Y, cuando le agarré la bombacha con los dientes, y le murmuré: ¿Querés que, tu patrona te chupe esa concha hermosa? ¡Estás empapada bebé! ¡Parece que te measte la bombacha! ¿Te la chupo? ¡Te vas a emputecer como una perra!, ella hizo tronar sus dedos y deslizó el culo para atrás, como con vergüenza, mientras decía: ¡Aaay, señora! ¿Cómo me dice eso? ¡Yo, no sé, pero, no quiero perder el trabajo! ¿Vio?

Yo ignoraba sus palabras; seguía con mis dedos en su huequito que hervía más con el correr de los segundos. Tenía unos vellos preciosos, no del todo largos, pero mojados y tentadores para arrancárselos mientras mi lengua le mimoseaba el clítoris. Entonces, le abrí las piernitas a lo bestia, le corrí la bombacha y le recorrí los labios con la lengua, con mi dedo chapoteando ágil y caprichoso entre sus jugos. Los probé, sorbí, paladeé y tragué. ¡Qué rica era esa pendeja! También lamí los jugos que había en su bombachita, antes que se evaporen. Me desprendí la camisa, restregué mis tetas en sus muslitos, y tomé impulso para, primero recostarla completamente sobre la mesa, y luego para abrirle los labios de la concha, y ahora sí hundir mi lengua y dedos como tanto lo deseaba. O, al menos desde que se me había vuelto irresistible.

¡Aflojá nena, dale, tranquilita, que tenés una buena jefa, re chupaconchas, y capaz de hacerte acabar! ¡Ahora, vos me vas a tener que descontar horas de trabajo, cerdita!, le decía cuando sus jugos se reproducían como mariposas en mi boca. empecé a palanquear su clítoris para frotárselo mejor, a lamer cuanta estrella se le derramaba de la chuchi, a sorber los ecos de suspiros que se le juntaban en los vellos, y a sobarle esos muslos carnosos con los dedos mojados de su propio elixir sexual. Y en el momento en que mis besos se descontrolaron, y mis succiones parecían querer poseerle hasta el alma, la mocosa dio un grito que no me asustó, pero hizo temblar a todos los retratos de la casa, mientras su vagina apenas le alcanzaba para expulsar a sus demonios convertidos en jugos. Se retorcía, apretaba la mandíbula y respiraba fuerte. Mi boca sorbía sus líquidos; un poco saboreaba y tragaba, y otro poco se lo escupía en la panza, o le tocaba la boquita con mi lengua caliente por la indecencia a la que me condujo su belleza, y su osadía al preguntar cosas que no debía. Aún así no le di tiempo a nada.

¡Levantate Denise, por favor! ¡Limpiá el enchastre que me dejaste en la mesa, con tu remera, y con tus tetas! ¿Me escuchaste? ¡Y después, te ponés una camperita! ¡Sos una privilegiada conmigo! ¡Te pago para que trabajes, y de paso, te hago acabar! ¿No soy la mejor jefa de tu vida?, le dije, tratando de rebajarla con la mirada, aunque por dentro las entrañas me reclamaban llevarla a la cama ya mismo, y hacerle de todo. Sin embargo, a los diez minutos llegó mi marido. Por suerte la pendex logró dejar todo impecable, aunque su cuerpito olía a flor recién regada, polinizada y a la espera de nuevas flores. Por suerte, no hubo que esperar demasiado para que eso sucediese.

El lunes siguiente, ella estuvo rara conmigo. Parecía distante, con pocas ganas de hablar, y de mirarme a la cara. Disipé todo tipo de dudas al preguntarle si tuvo un problema en casa, o si le había venido, o se sentía bien de salud. Al fin dijo, mientras tomaba el café que le había preparado: ¡Pasa que, lo del otro día me da vueltas por la cabeza! ¡Pero no se confunda doña! ¡Lo que digo es que, por ahí, no quiero que las cosas se vayan al carajo, y yo me quede de patitas en la calle! ¡Si usted quiere, yo le termino este mes, y ya fue!

¡Mirá nena, si hubiese querido que te vayas, te lo habría comunicado! ¡Y obviamente, no habrías ingresado a mi casa, a cuidar a mis hijos, ni nada! ¿No te parece? ¡Sacátelo de la cabeza, chiquita! ¡Ya te dije, que yo te pago esas locuritas! ¡No te quejes, que no creo que la hayas pasado mal! ¿O, te gustó tanto que, no sabés cómo volver a pedirme que te chupe la conchita?, le dije, suavizando la última frase para incomodarla, ya que además me le acerqué al oído. Ella se puso en tensión, y se quemó un dedo con algunas gotas de café. Yo le quité la taza, le lamí el dedito quemado, le manoseé las tetas, y en cuanto se le escapó un gemidito le ordené: ¡Hagamos algo, antes que me empieces a calentar! ¡Andá a mi pieza, quedate en tetas, y cambiale el pañal a Franquito, que seguro ya se hizo pichí! ¡Hay pañales nuevos en el ropero, en el cajón derecho! ¡Y apurate, que no quiero que se paspe! ¡Pero, sobre todo, te quiero con las gomas desnuditas! ¿Escuchaste? ¡Enseguida voy para allá!

Denice desapareció de mi vista como avergonzada, o incapaz de contener su calentura. Yo tenía que resolver un tema con un crédito bancario, para lo que debía hacer un par de llamados, y debía aprovechar la mañana. Aunque no podía dejar de pensar en la niñera en tetas, cambiando a mi bebé, en mi propia cama. Entonces, luego de hablar al fin con el gerente del banco Patagonia, y más o menos encarrilar el problema financiero, leo que mi marido está a 5 minutos de casa. cuando vi el celu, ya habían pasado cuatro. Así que, como si poseyera una mente criminal, me imaginé de todo en un segundo. Le abrí a Dardo, me lo re chapé con fervor en la puerta que da a la calle, sorprendiéndolo por completo, y le planteé que estaba preocupada por Denice.

¿Últimamente, no sé qué le pasa! ¡El otro día, la vi regando las plantitas del patio, y estaba con las tetas al aire! ¡Y, el viernes, tendía la cama de Valentina, también, casi en tetas! ¡Yo creo que, huele mis bombachas, y tus bóxers, antes de meterlos a lavar! ¡Un día la encontré en una actitud sospechosa, con nuestra ropa interior en la mano, en el lavadero!, le explicaba, mientras me lo tranzaba, sentada sobre sus piernas movedizas, palpándole el bulto caliente, cada vez más hinchado y deseoso por más noticias chismosas.

¡Y, no sé! ¡A mí, también a veces, medio que se mi insinúa la loca! ¡Me muestra las gomas, y, al menos, yo noto que me menea la cola! ¡Yo creí que vos te dabas cuenta! ¡De hecho, te lo iba a decir! ¡Aunque, tenemos que tener cuidado de acusarla! ¡Si todo esto es un mambo nuestro, la vamos a acusar injustamente! ¡Después, se nos viene el sindicato de las empleadas encima!, me decía, intentando que el aire le llegue a los pulmones gracias al chape que nos seguíamos propiciando. Además, yo ya le ponía mis tetas encorpiñadas en la cara, y él me las mordisqueaba como podía.

¿Y a dónde está ahora?, preguntó al fin. Le dije que, en nuestro cuarto, cambiando a Franquito. Y de golpe me levanté del refugio de su sexualidad al palo, diciéndole: ¡Aguantame que ya vengo! ¡Me olvidé de alcanzarle pañales nuevos!

Entonces, corrí hasta la cocina, agarré la mamadera con leche tibia que debía calentar para el gordo, y se la llevé a Denice. Entré rapidísimo, y le ordené en voz baja, mientras mis ojos se enamoraban de sus tetitas desnudas: ¡Estás hermosa bombona! ¡Cuchame, yo ya vengo! ¡Acostate ahí con el gordo, y dale la mamadera! ¡Y, mejor, dejalo en pañales! ¡sacale esa remerita, que hace un calor de perros! ¡Dale la leche, que yo todavía tengo que seguir llamando a los putos bancos! ¡Y no te muevas de acá! ¡OK?

Cuando volví al comedor, le pedí a Dardo que me acompañe a nuestro cuarto, porque tenía las pruebas definitivas para acusarla. Aunque los dos pensábamos en resolver las cosas de otro modo, él no sabía con qué se iba a encontrar. Caminamos despacio los últimos pasos que nos llevaban a nuestro cuarto, mientras la oíamos canturrearle algo a Franquito, hablarle para que tome la leche y reírse junto a él. Dardo se ponía nervioso, teniendo en cuenta que estaba con el nene. Yo lo calmaba con un dedo en la boca, y con la otra acariciándole el tremendo pedazo que tenía. La puerta estaba entreabierta. Así que, yo entré primero, descalza y con todo el sigilo del mundo. Denice ni se inmutó. Detrás de mí, Dardo abrió los ojos como un signo de interrogación desesperado, pero lleno de lujuria al verla en tetas, con una de sus manos sosteniendo a Franquito, y con la otra firme en la mamadera que lo alimentaba.

¿Se puede saber qué esto, señorita? ¿Así trabaja usted como niñera? ¿Se queda en tetas, y se acuesta en la cama de sus jefes para amamantarlos? ¿Usted le cambió el pañal a nuestro hijo?, dijo Dardo con la voz pausada, sin enojos, pero con cierta autoridad. Denice se sobresaltó, y en ese raudo movimiento se salpicó gotas de leche en el cuello, y la teta derecha.

¡Señor Dardo! ¡Perdón! ¡No es lo que usted piensa! ¡Ella, me dijo, o sea, su mujer me pidió que me quede acá, y que me saque la remera, y el corpiño! ¡Le juro que, yo, solo le daba la mamadera al niño! ¡Solo eso!, empezó a suplicar Denice, sin lágrimas, pero con una angustia palpable en la voz y en sus ojos claros. Dardo se acercó lentamente a la cama, mientras le murmuraba: ¡No te creo una palabra chiquita! ¡Vos, me parece que andás buscando tomar una buena mamadera! ¡Por eso te quedás en tetas en nuestra cama! ¿Cierto? ¡Y, por eso me mostrás las gomas, y me meneás la cola cada vez que tomo café en la cocina! ¡O, me dejás que te vea esas bombachitas berretas que usás! ¡Además, mi mujer sería incapaz de pedirte algo así! ¿O, ya te dejaste chupar las tetas y la concha por ella?

Acto seguido tomó a Franquito de la cama para recostarlo en la cuna que había a la derecha. Le hizo unos cariñitos, le encendió un muñequito que tenía una musiquita con la que él no paraba de sonreír, y luego se sentó en la cama, una vez que yo cerré la puerta con llave.

¡Sos una mentirosa Denice! ¡Jamás te pediría que te entetes en mi cama! ¡Y encima, le perreás a mi marido! ¿Y le mostrás las tetas? ¡Noooo chiquita! ¡Eso no se hace! ¡Te portaste muy mal nena!, le decía, observando que todavía tenía la mamadera en la mano, y que toda ella temblaba, mientras Dardo le acariciaba las piernas, y la desposeía de sus sandalitas de plataforma, diciéndole: ¡No sé para qué querés verte más alta, si sos una enana! ¡Te faltó tomar mucha leche a vos!

Entonces, cuando Denice se sentó en la cama, tal vez advirtiendo cierto peligro, mi marido se anticipó a cualquiera de sus acciones. Se le sentó al lado, le quitó la mamadera y se la dio en la boca, hablándole como a su hija, mientras yo tenía licencias para agarrarle los piecitos y besárselos.

¡Abrí bien la boquita nena, y chupá! ¡Dale, tragá la lechita! ¡Tomate la leche de mi nene, asquerosa! ¿Te gusta cambiar pañales? ¿Eeeeh? ¿Te gusta la leche de mi bebé? ¡Y no sabés cómo te vas a poner con la lechita del papá! ¡Dale, tragá pibita! ¡Y pobre de vos si se te ocurre acusarnos de algo, o denunciarnos! ¡Ya sé que te gusta provocar bebé!, le decía Dardo con la voz empequeñecida, mientras mis besos subían por las piernas de esa pendeja que forcejeaba bastante para no tomarse la leche, escupiéndose un poco el mentón y las tetas; pero por otro lado tenía un brillo asesino en la mirada que la delataba. Y esa mirada se transformó en una fogata de nubes silvestres cuando mi marido le agarró una mano y la colocó exactamente adentro de su pantalón de vestir, para pedirle con descaro: ¡Apretá nena, dale, apretá bien esta mamadera, que también tiene lechita! ¡Ni se te ocurra hacerme acabar, porque, te la vas a tragar toda por la boca! ¡Dale guacha, tomate toda la leche, y sobame bien la verga, cochina!

Creo que, presa de una terrible punzada de celos en el pecho, y otra de calentura en la concha, me desmadejé de cualquier forma al otro lado de Denice, y empecé a olfatearle las tetas, mientras ella continuaba mordisqueando la tetina de la mamadera vacía, y apretándole la chota a mi marido, que entretanto me preguntaba: ¿Tiene olor a lechita en las tetas mi amor? ¡Todavía no sabe tomársela toda! ¿Le habrá cambiado bien el pañal a nuestro bebé?

Yo, ya le chupeteaba las tetas, le sobaba la vulva sobre su shortcito, y le arrancaba las mechas para hacerla gritar. hasta que sentí algo debajo de mi pierna, y envalentonada por las palabras de Dardo, crucé todo límite. Tomé el pañal meado de Franquito que parecía triturarse bajo mi peso, lo abrí y se lo froté primero en las piernitas desnudas. Luego en los pies. Enseguida me pegué a su oído, y mientras se lo pasaba por la cara le decía: ¿Cambiaste bien a mi bebé, cerda? ¡Olelo, dale, que seguro le miraste el pitito! ¿No? ¿Eeeh? ¡Cochina! ¡Y apretale bien el pito a Dardo, así le calentás la lechona! ¡Bien que te gustó que te coma la concha el otro día! ¡Aaah, sí Dardo! ¡La nena, vino caliente el otro día, y me dijo, que, no me cobraba un día entero de trabajo, si yo le comía la vulvita! ¿Podés creer?

Dardo pareció convertirse de repente en un toro salvaje. Se despegó de la cama, le dio una cachetada a Denice, le refregó la mamadera vacía en la entrepierna, le quitó el short de una forma tan violenta que, ninguna pudo reaccionar, y se quedó en bóxer.

¡Dale gordi, hacele morder el pañal! ¡Si a estas les encanta revolcarse en la mugre, y oler a pis!, dijo Dardo, separándole las piernas, metiéndole la tetina de la mamadera entre su bombachita negra y la vagina, mientras yo le mordisqueaba las tetas, y ella por poco se asfixiaba con la presión que mi mano le hacía al pañal contra su carita de puras súplicas, lagrimitas silenciosas, y algunos moquitos. Entonces, Dardo le enterró la mamadera, y digamos que, empezó a cogérsela de esa forma, mientras se bajaba poco a poco el bóxer, exponiendo un ejemplar de pija que Denice todavía no podía ver, porque seguía humedeciéndose la cara con el pis de Franquito, y su propia saliva. Hasta que el mismo Dardo la sentó de los pelos, le dio varios pijazos en la cara, se acercó para olerle la cara, y la miró con asco.

¡Ahora, te bajás bien despacito la bombacha, y le pedís a ella que te chupe la concha! ¡Vamos, quiero escucharte! ¿Te gusta tener olor a pis de bebé en la carita? ¿Te gusta mi pija bebé? ¡Mirá cómo te babeás! ¡Vamos, decí, “Cómame la conchita doña”!, le dijo Dardo, pasándole el glande por la boca, sin dejar que ella lo toque, ni lo atrape con los labios, ni nada. Creo que del cagazo que tenía, la pobre ni respiraba por momentos.

¡Sí, me gusta su pija don! ¡Y, quiero que ella me muerda la concha!, dijo la muy perra, mientras comenzaba a bajarse la bombacha con las dos manitos, que le temblaban como dos hojas en medio de un otoño sin mesura. Dardo le presionó el cuello y le refregó el pito en la nariz, mientras le preguntaba: ¿Querés la leche perra? ¿Querés que ella te saque las ganitas de la concha?

Su vocecita al borde del estrangulamiento pareció terminar de llevarnos al punto máximo de la locura. Dardo la soltó, le pidió que aprete bien los labios, y presionó todo lo que pudo su glande contra ellos, hasta que ya no supieron resistir tanta presión; y entonces se oyó el primer atracón, seguido de varios gargarismos. Entretanto, yo me quedaba en tanga para arrodillarme entre sus piernas. Primero le froté la concha con una de mis rodillas. Luego sí, me serví de esa fuente que borboteaba ansiedades y olores excitantes.

¡Chupá perra, chupá, negrita culo cagado, que para eso servís! ¿¡Te calienta cambiar pañales! ¿No? ¿Te calienta darle la leche a un bebé en pañales, y estar en tetitas?, le gritaba Dardo, atragantándola de pija, ordeñándole las tetas hasta que sus lagrimales comenzaran a producir líneas de aguas saladas en sus mejillas. Mi boca se llenaba de sus líquidos, y sus vellos eran arrancados por mis dientes, de a uno, o más a la vez. Ella trataba de gritar; pero la pija de Dardo le traspasaba la garganta, y su cabeza se aplastaba contra la fría pared de la habitación.

¡No te ilusiones, que no te vas a tragar la lechita nena! ¡Te voy a coger toda! ¿Querés? ¿Te gusta más que te llene de bebitos? ¡Seguí así, calentándome bien la lechita! ¿Olés a pis bebé, y me re empala la verga eso!, le decía Dardo, mientras mis jadeos se colmaban de su olor a conchita caliente, y los suyos parecían prohibidos. Salvo cuando Dardo le ofrecía unos segundos para oxigenarse un poco. Entonces, escuchamos que el bebé se ponía un poco impaciente. Había revoleado al demonio aquel muñeco con musiquita. Sacudía los piecitos para todos lados, y se chupaba los deditos. Esa era una conducta muy propia de él cuando se meaba.

¡Chicos, parece que el bebé necesita un cambio de pañales!, les dije, justo cuando Denice le pajeaba la verga a Dardo, le chupaba los huevos, y le repetía bajito, una y otra vez: ¡No me lastime don, no me haga daño, que yo se la chupo toda si quiere! ¡Pero no me embarace!

¡Traé al nene gordi, que yo me voy a sentar a upa a esta trolita!, dijo Dardo, imperativo como siempre en esos momentos. La asió de la cintura, se la sentó encima con toda la facilidad del mundo, y le deslizó la pija en la concha casi sin tomar aire. Pero no se movió, ni la dejó moverse ni un ápice. Al menos, hasta que yo volví con el gordito en brazos, para depositarlo con suavidad en los de Denice. Franquito, enseguida buscó las tetas de nuestra empleada. Eligió una, y se puso a succionar de su pezón. Eso, creo que nos calentó por igual.

¡Vos, quietita nena! ¿La sentís adentro? ¿Eeeh? ¿Y te pica la conchita? ¿Te gusta que el bebé te chupe las tetas? ¿Sabés por qué lo hace? ¡Porque tenés olor a lechita, y a su pipí! ¡Gordi, vos, sacale el pañal, y fijate si se meó! ¡Dejalo desnudito!, me ordenó, mientras se esforzaba por no moverse. Sabía que, si lo hacía, no podría detener las envestidas a esa vulva en llamas. Le dije que prefería que se la coja así, con el bebé en pañales, prendido de sus tetas. Él, esta vez no tuvo reparos, y comenzó a bombearla, a presionarla fuerte con sus brazos, a pellizcarla, pedirle que le dé la teta al nene, y a que no renuncie ni un segundo a chuparle los dedos.

¿Te gusta coger nenita? ¿Te gusta que te la claven entera? ¿Así? ¿Eeeh? ¡Gozá perrita, así, que te hago mamita en dos bombazos! ¡Te voy a llenar de semen bebota! ¡Flor de sueldito te vas a llevar!, le decía, sin detener los furiosos embates a su sexo, mientras yo le ponía mis tetas desnudas en la cara. Un ratito a cada uno. Hasta que volví a llevar a nuestro niño a la cuna, sin importarme que se hubiese meado de nuevo; y en cuanto me incorporé a la batalla, Denice ya estaba en cuatro patas sobre la cama, con la pija de Dardo instaladísima en su conchita, sacudiendo sus ubres como dos banderitas al viento. Yo la cacé del pelo, y la obligué a fregar su cara en mi concha, y luego a lamerla, aunque ni siquiera supiera cómo hacerlo.

¡Chupá nenita! ¡Dale, que mi marido te va a sacar las ganitas de andar jugando a la mamá! ¡Comeme la concha, y tragate todo mi juguito, pendeja asquerosa!, le gritaba, mientras Dardo le martillaba las caderas, el culo y el útero con sus penetradas insoportablemente crudas, impregnadas de pasión y adrenalina. Además, no se responsabilizaba por los chirlos que le hacía restallar en las nalgas, ni por los dedos que le marcaba en el cuello al ahorcarla sistemáticamente. Ella, me olía como una perra, y trataba de usar su lengua como podía. Yo le pedía deditos, y ella solo me ofrecía una de sus manos, tal vez por el temor a resbalarse de la cama y hacerse pomada contra el suelo. Volví a refregarle el pañal en la cara, y me di vueltas para que me muerda la cola, mientras yo me pajeaba con todo, y Dardo seguía empomándosela con una energía vital que, por momentos me reanudaba los celos que sentía en el pecho. Hasta que empezó a gritarle: ¡Ahora sí bebé, te la largo toda! ¡Agarrala bien gorda, que se la entierro hasta los huevos! ¡Se le van a acabar las ganas de trolear a ésta! ¡Y, más vale que la próxima, le chupes el pitito a mi nene cuando lo cambies! ¿Estamos? ¡Ahí te va guachaaaa, abrí bien la cajeta pendejitaaaaa!

Entonces supe que debía amarrarla bien, para que todo el esperma de mi marido la llene, le colapse el útero, que la germine como tanto lo deseaba. Le apretaba la cabeza con mis piernas, y mientras notaba que moqueaba, lloraba, reprimía gritos y puteadas, también sentía que su cuerpo explotaba en un orgasmo imposible de fingir. Me rasguñó la panza, me mordió el muslo, y hasta me enterró sus uñas en uno de los glúteos. Pero, nada de eso importaba. Dardo vaciaba su mamadera de carne en su vulva, y la dejaba repleta de su olor, de su furia sexual, de su semen, pellizcos, ahorcadas y vergazos en la cara. A él ni le importó despedirse de ella, una vez que su verga abandonó el incendio de su conchita. Se subió el bóxer, me dijo que almorzaría en casa, buscó su portafolios y bajó a la cocina. Dijo que necesitaba un café bien cargado, y relajarse un poco.

¡Gordi, ponele la bombacha, y acostala en la cama, hasta que se le pase el mareo! ¡Me parece que la reventé a la petiza! ¡Después, que baje a preparar la comida! ¡Yo voy a buscar a la nena a la guardería! ¡Aaah, y que ni se le ocurra limpiarse nada! ¡Quiero que huela a sexo, y a pis de Franquito!, dijo antes de desaparecer por completo tras la puerta, y dejarnos en medio de un silencio inquietante, apenas interrumpido por las risitas de Franco. No supe qué decirle, ni cómo hablarle. Pero, me vestí, y le prometí que ninguno de los dos haría absolutamente nada que ella no quisiera. La tranquilicé al decirle que Dardo se había hecho la vasectomía definitiva, por lo que no tenía de qué preocuparse.

¡Igual, quiero que finjas que estás asustada, por embarazarte de él! ¡Seguinos el juego bebé! ¿Dale? ¡Te aseguro que te vamos a compensar cada día mejor! ¡Che, y es cierto que olés a pichí! ¡Pero, necesito comerte la boca! ¿Me dejás, futura mamá?, le dije, una vez que Denice ya se hubo acostado adentro de nuestra cama, tan solo en bombacha, y con una sonrisa radiante, de alivio y de una excitación renovada al sentir mis labios en los suyos.    

Fin

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Comentarios

  1. Anónimo23/9/26

    "Bombachas berretas" poesia! Gracias Ambar! Admiración siempre. Mariano

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    1. Hola Mariano! Gracias por tu admiración! Jejeje! Creo que, sos vos quien me escribía por mail. Bueno, la idea de Ganitas de pija, estuvo inspirada en tu gusto por viejas locas, si no me equivoco. Espero que lo hayas leído! Jeje! Un besoooo!

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  2. Anónimo23/9/26

    Qué honor. Admirador de siempre, cobarde también. Si tan solo me dejaras y yo me dejara empezar otra vez y volver a escribir historias que suenen a Viejas Locas y Los Redondos...
    Permitime flashear que todos los relatos q tienen a alguien con mi nombre, te recuerdan a mi...salud!

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    1. Jajajaja! Digamos que, dentro de la fantasía y la imaginación, cada quien puede flashearla con lo que se le ocurra, así que, adelante. Jejejeje! Pero, ¿Leíste ese relato? Y, acordate que puedo escribir lo que gustes! Un besooooo! Y aguanten las bombachas berretas! Jejeje!

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    2. Anónimo24/9/26

      Lo lei, fijate los comentarios de ese relato :)

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  3. Aldana27/9/26

    Fuaaaa! No hay nada más lindo que hacer que tu niñera haga lo que le pidas, y se deje hacer todas las chanchadas que los patrones quieran. Jejejeje! me imagino a esa perdedora en la camita, en tetas, ensuciándose con leche, y me re pongo loca.
    Che, y vos Mariano, Pará con la Ambi, que es de todos. Pareces alzado nene!

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  4. Che, la Aldi tiene razón! Mariano está alzado con la Ambi! Ambi, decile algoooooooooo!

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