Por supuesto que, jamás imaginé que los acontecimientos de aquella tarde marcarían nuestras vidas, destinos, costumbres y fulgores para siempre. Todo en nuestra familia no fue igual para mi marido, nuestra hija, y para mí. Ni siquiera sé si merezco juzgarnos, o si es preciso abrir causas sobre los cuestionamientos que nunca nos haremos. Y, si eso sugiere hipotecar nuestra felicidad, ¿Lo haríamos?
Digamos que todo empezó una siesta. Yo me había recostado porque se me partía la cabeza, gracias a un calor que nos anunciaba que el verano sería tan encantador como el infierno. A eso de las 4, muerta de sed, decido bajar a la cocina para tomar algo fresco. Y entonces, descubro a mi marido, sentado en el sillón del living, mirando un programa en la tele, y dándole la mamadera a Camila, nuestra bebé de, en ese momento un año y 5 meses. La gorda estaba en pañales solamente, y él con un short que le quedaba grande, de esos estilo maya. Me causó ternura verlos. De hecho, me quedé mirándolos largo rato. Y de tanto mirarlos, descubrí que había una erección importante bajo el short de mi marido, y debajo del cuerpito de Cami. Quizás aquel fue el disparador a todo lo que empezó a desarrollarse en nuestras mentes. ¿Tan segura podía estar de eso? Bueno, al menos, sé que volvió a mi memoria mi propia yo a mis 15 años, lamiéndole el pitito a mi primo de 5. ¿Cómo había llegado a eso? Esa parte de la historia parecía haber sido dañada por un virus mortal en mi cerebro, o en mi conciencia. Solo recuerdo aquel pito gordito en mi boca, el olor a transpiración de su calzoncillo, sus risitas, y sus ganas locas de seguir con los besitos y chupaditas de mi boca en su pitito.
Inconscientemente, ya me había tomado un vaso de coca, y mis ojos no se apartaban de mi marido alimentando a Camila. Nos miramos, y él le hizo una monería a la bebé para que sonría. Escuché los sorbetones de Cami, y los sentí en mis propios pezones. Y de repente noté que los tenía hinchados, paraditos y cargados de leche. Sí, me sentía cada vez más caliente. Pero, más me calentaba mirarle la pija dura a Pablo, que, por momentos se la acomodaba con disimulo. Y entonces, fui a la carga, como una depredadora. ¿Cómo podía ser que la tuviese así de dura, debajo del pañal de su propia hija?
¡Qué tiernis se ven así! ¿Te gusta darle la mamadera a la bebé? ¡Sí papi, a mi me gusta que vos me des la lechita, y que mami me dé tetita! ¡Así papi, dame más lechita, que tengo hambrecita de leche caliente, como la tuya! ¡Y, si me la tomo toda, me vas a poder cambiar el pañal! ¡Ya me hice pichí papi! ¿Sabías?, le susurraba al oído a Pablo, una vez que me les acerqué para posar mi rodilla flexionada sobre el sillón. Pablo sonrió, diciéndome que estaba loca. Yo siempre le decía al oído lo que Cami, tal vez, pensaba o le diría si pudiera hablarle. Y, en cuanto mi mano hizo contacto con su pija, y le sobé el glande, los ojitos se le iluminaron.
¿En serio ya se meó la cochina?, murmuró, mientras Cami no paraba de chupar la tetina.
¡Sí gordi! ¿No viste que tiene el pañal calentito? ¡Además, ya teno olorcito papi! ¡Por lo menos, hace media hora que me hice pipí! ¡Pero, no dejes de darme la lechita! ¡Me gusta tomar la leche, hecha pichí!, le susurraba, sin dejar de tocarle el pito.
¿Por qué lo tenés así, chancho? ¿Te gusta tener a Cami así? ¿Te calienta darle la mema? ¡A mí me parece que sí! ¡Creo que, se te puso así de polentosa porque, tenés a una nenita en pañales en la falda! ¡Pero, tu mujercita también quiere la mema! ¿Me la vas a dar?, le decía luego, metiéndole la mano con descaro por adentro del short, observando que no tenía calzoncillo, y que su glande ya estaba húmedo de líquidos y emociones contenidas.
¡Uuupa, gordito! ¡Tenés la pija que se te explota! ¡Me parece, que yo también quiero lechita! ¡Pero de esta! ¿Me la das? ¿Querés darme a la gordita? ¿O querés que, baje, y encajarme esta mamadera en la boquita?, le decía a Pablo, presionándole el glande, sobándoselo para hacerlo suspirar, y repetirme un par de veces que estaba loca. Y entonces no me contuve. Primero me quité la remera ancha que traía, le encajé un ratito las tetas en la cara a Pablo, que no escatimó un par de chupones furiosos a mis pezones, y me agaché tan rápido como me dieron las piernas, y mi estado casi de preñez por los kilos que me había echado encima en el embarazo para bajarle el short a los tirones, y apropiarme de su pija gorda, hinchadísima y llena de tensiones. Me la metí en la boca, y él me dijo: ¡Uuuuf, qué hija de puta sos nena! ¿En serio, me la vas a chupar con la nena a upa? ¡Sos re morbosa guacha!
¡Vos, dale la lechita a ella, que yo te saco la que me corresponde!, le dije, y comencé a desatar mi repertorio de lamidas, atragantadas a fondo, escupiditas, sorbetones y aperturas de garganta, para que todo ese trozo de carne se deslice con facilidad. Empezaron a escucharse mis toses, ahogadas y eructos. Mientras la bebé sonreía, Pablo me apretaba la cabeza para que se la chupe con más ganas, y mis tetas producían chorros de leche tibia. En un momento se me dio por juntar mis tetas a la pija de Pablo, exprimirme los pezones para chorrearle el pubis con mi sabia, luego lamerlo todo, mordisquearlo y chuponearlo como una loca, mientras el olorcito a pichí del pañal de la bebé me desconcertaba. Pero más me calentaba escuchar a Pablo decir cosas como: ¡Así chiquitita, tomate la leche, así le damos también a mami! ¿Querés? ¿Te gusta la lechita que te da papi? ¿Y a vos, putona sucia? ¿Te calienta tomarme la leche, mientras la nena se mea a upa de papi?
Recuerdo que, esa tarde Pablo me acabó en la boca, en cuanto mi lengua comenzó a frotarse contra la punta de su glande, y mis palabras le repetían: ¡Sí papi, lechita queremos las dos, toda la lechita, toda la mamadera queremos, así nos llenás bien la pancita, y después nos cambiamos los pañales! ¡Danos leche papi, queremos leche, muuucha leche!
Sé que en cuanto estuve segura que no le quedaba ni una gotita de semen, subí a su pecho para comerle la boca, y que de esa forma pueda saborear de su misma acabada, y que le mordisqueé la nariz a Camila. También le di un piquito en los labios, mientras le abría las cintas del pañal, y le prometía que en un ratito nos iríamos los tres a la cama, para seguir jugando. Pablo quedó en shock por un momento. No supo qué decirme, ni como retomar el curso de sus impulsos neurológicos, después de lo que acabábamos de vivir. Y todo gracias a la generosidad de mi calentura desmesurada.
Pero, en la mañana del sábado siguiente, una vez más le tocó a Pablo darle la mamadera a Cami, porque yo tenía que salir de compras, ya que le había prometido prepararle unos fideos con estofado. La cosa es que, cuando llegué, el vago recién estaba comenzando a darle los primeros traguitos, porque se había quedado dormido. Le pregunté si necesitaba ayuda, mientras ordenaba las verduras y frutas en la heladera. Y de repente vi que Camila estaba una vez más en pañales, con un babero rosa, y que mi marido permanecía en bóxer, bajo el que nuevamente su pija resplandecía en llamas.
¿Qué pasó mi gordi? ¿Querés que te haga un pete, mientras seguís dándole la lechita a la beba? ¡Otra vez se te puso durita! ¡Para mí que te calienta tener a Cami a upa, y en pañales! ¿Te excita ella? ¿Ya te imaginás cómo podrían ser sus tetitas?, le dije al oído, mordisqueándole el lóbulo de la oreja, y sobándole la verga. Él decía que no empiece, que después no sabía cómo parar las cosas, y que no diga boludeces. Pero dejó que, en primera instancia vuelva a ponerle las tetas en la cara, y que luego le quite la mamadera de las manos para lamerla yo. Recuerdo que le pasé la tetina por la carita a Cami, y que, mientras le comía la boca a mi marido, mordiéndole los labios, le decía: ¡Calentate con las dos amor, dale, excitate con tu hijita, que también te necesita, y quiere leche, toda la leche! ¡Ya vas a ver que no le va a alcanzar esta mamadera! ¡Y va a querer esta, esta pija, igual que yo!, sin dejar de apretársela, pajeársela afuera del calzoncillo, y fregándomela en las piernas. Y de repente, ya mi conchita empezaba a comerse esa dureza caliente, en movimientos cortitos, mientras él le seguía dando la mamadera a Camila. Yo medio sentada sobre él, y la beba un poco entre nuestros cuerpos alterados. Hasta que, sin darnos cuenta, quizás, le sacamos el pañal, y empezamos a besuquearla toda, entre los dos. Así que, a los ruidos de esa pija entrando y saliendo con crudeza de los jugos de mi vulva, se le sumaban nuestras babas resonando en la piel semi desnuda de Cami, de no ser por su babero, y las mediecitas rosadas que tenía.
¡Así papá, oleme toda! ¿Mirame, que estoy en bolas, en conchita, porque me sacaron el pañal! ¡Y eso que ni siquiera me hice pis, ni caca! ¡Oleme papi, mientras le das la leche a mami! ¡Babeame toda pa, así no me da frío!, le decía a Pablo, imitándole la voz de una nena boba, mientras los dos seguíamos besuqueando a la gorda, y yo propulsaba que los labios de mi marido desciendan por sus muslitos, sus nalgas, y su vulvita. Él, la olía como un loco, dándome duro, con mayores energías, y agarrándose de mis tetas, exprimiendo gotas de leche que, entre los dos saboreábamos. Hasta que dejamos a la nena en la cama, y nos abandonamos a un orgasmo terrible, ensordecedor y angustiante. Al punto que, Cami empezó a llorar del susto. ¡Habían pasado meses desde que Pablo no me llenaba la concha de leche así!
A los días, él entró a nuestro dormitorio, mientras yo le daba la teta a Cami. Estaba medio nervioso por unos asuntos del trabajo. Me acuerdo que le pedí un Tafirol, y en cuanto se me acercó para dejarlo en mi mesa de luz, le metí mano a su paquete, por encima de su pantalón de oficina. El que rápidamente reaccionó, como me tenía acostumbrada.
¿Nos extrañaste papi? ¡Mirá, ahora toy tomando la teta de mami! ¡Ella dice que te podemos dar un poquito de leche! ¿Querés?, volví a simular que Cami le hablaba a su padre, mientras el muy tarado se evidenciaba solo, porque, me decía que todo era una locura… pero comenzaba a sorber del pecho que Cami no usaba. Hasta que, en un momento, le dije: ¡Agarrá la teta que está tomando la Cami, y pasale la lengüita por la boca a la nena! ¡Mientras ella me la chupa! ¿Te animás?
En cuanto Pablo adoptó mis palabras al pie de cada sílaba, una pulsión insolente me prendió fuego por dentro, y me empapó la concha con un tsunami que no supe acallar. Me puse de pie como una tormenta de verano, al tiempo que me deleitaba viendo cómo la lengua de Pablo le abría la boquita a Cami, y su voz congestionada decía: ¡Qué rica la babita de mi nena!
¿Chi papi? ¿Te gusta mi alientito de bebé? ¿Te gusta mi salivita con leche de las tetas de mami?, le decía, mientras yo misma lograba sentar a mi marido en la cama, donde antes estaba yo, y le ponía a la gordita sobre la falda. Le bajé el pantalón y el bóxer, y le pajeé esa verga que ya estaba enfierrada, caliente y húmeda. Al mismo tiempo, intentábamos juntar nuestras bocas con la de Cami, y yo le decía: ¡Cómo te pone la pija la baba de tu nena! ¿Te calienta su boquita con leche? ¿Eee? ¿Estás seguro que tenés la pija así por mí, y por ella? ¿No es por ninguna putona de la oficina, mi pajerito hermoso? ¡Dale, meteme la mano por adentro de la calza, y colame los dedos si podés, puerquito!
Pablo empezó a sobarme la concha, mientras nuestras lenguas le lamían la carita a Cami, y cada tanto, mientras se reía, movía las piernitas y hacía algún que otro provechito, también sacaba la lengua para volvernos locos de placer. Hasta que, en otro de mis arrebatos, dejé a la nena desnudita de la cintura para abajo, y la senté con las piernitas abiertas, colocando la pija hinchada de Pablo entre ellas. De inmediato me agaché, y mientras empezaba a besuquearle el glande, a darle chuponcitos y mordiditas, también besaba y olía a mi bebé.
¡Pegala bien a tu cuerpo, así te como bien esta pija! ¡Mirá cómo la tenés, hijo de puta! ¡Les voy a limpiar, a vos la pija, y a ella la conchita! ¡Tu nena tiene olor a pichí, porque seguro se calentó cuando le chupaste la boquita!, empecé a decirle, mientras me embriagaba el olor a bebé de la piel de Cami, y el aroma de mi macho en celo, mientras ya me ocupaba de mamarle la pija, de besuquearle el culito a la nena, y de tragar, saborear, respirar con dificultades demasiado felices para ser ciertas. Aquella mezcla de olores tan diferentes y naturales, me rompía cada partícula de moral. Los líquidos de Pablo parecían borbotear de una fuente serena, pero cargada de calentura y fuego. Me agarraba del pelo, apretaba a Cami contra su pecho, y le daba besitos en las mejillas. También le abría la boquita con un dedo, y ella se lo succionaba. Además, yo me aseguraba de apretarle la pija con las piernitas morrudas de la nena, cada vez que mi boca la soltaba un ratito para cambiar el aire. Y, de pronto, me incorporé del suelo, como si hubiese descubierto algo súper novedoso. Le di unos sorbos de mis tetas a Pablo, y luego a Cami, que seguía abierta de piernas, con la vulvita apoyada en el tronco de su padre.
¿Te gusta tenerla así? ¿Cómo se siente que tu nena te apoye la conchita en la verga? ¡Me encantaría comerte la pija, así, y la conchita a Cami, con tu pija adentro! ¡Mataría que justo ahora, así como está, se haga pichí! ¿No?, murmuraba en el oído de Pablo, dándole la teta a Cami, y pajeándole la pija, haciendo todo lo posible para que sus pieles no se despeguen de sus pasiones más prohibidas.
¡Sos una enferma nena! ¡Estás loca, y estoy que se me revienta la verga! ¡Me encanta la conchita de la bebé en la pija! ¡Sos una puta de mierda, y me encantás, guachita! ¡Pajeame todo, sacame la leche putitaaaaa!, empezó a vociferar, tal vez cuando mis uñas habían comenzado a surcarle la espalda, sus manos apretaban el torso de Cami contra su pecho, y mi otra mano estimulaba ese pene de los dioses, más inflamado y venoso a cada estruje de mis dedos. Cami no lloraba, ni se quejaba, ni parecía estar molesta. Más bien sonreía, y me chupaba el pezón con ganas, cuando la palma de Pablo me frotaba la concha, y mis dedos, al fin, lograban lo que tanto ansiaban nuestros nervios de aceite y carbón.
¡Tomá chiquita de papiiii, ahí tenés, toda la lecheee, te largo la leche en la conchaaaa, culpa de tu mamáaaaa!, exclamó Pablo, en medio de una ola de jadeos, sacudidas, gotas de saliva por el aire, estremecimientos y pellizcos a mis nalgas. Seguro que también pellizcó a Camila, o que le hizo algún tipo de algo, porque ella dio un gritito; aunque tampoco se fastidió. Más bien, pareció estar esperando, ¿lo que sucedió al fin? La pija de mi marido explotó en un arco iris de semen que le embadurnó las piernitas, la panza, el pechito, y obviamente toda la vagina a Camila. También alcanzó para pegotearme los dedos, y para que mis labios saboreen los restos que el destino quiso ofrecerme, en medio de tanto alboroto. Yo, sentí que estuve al borde de desmayarme, gracias a un orgasmo que me nubló la vista por un momento, y fue casi que al unísono con la lecheada de Pablo. Pero, entonces, la realidad nos golpeó con el peso de los siglos pasados, y los que estaban por venir. Nos miramos a los ojos, desconcertados. Él quiso hablar. No parecía querer reprocharme. Yo no quería disculparme. Ninguno entendía lo que habíamos hecho. Incluso unos minutos después, cuando vimos a Camila, desnuda sobre la cama, bañada en semen, y sonriéndonos. Recuerdo que nos comimos la boca contra la pared, justo cuando los dos intentamos dar unos pasos inciertos, y que, de la nada su pija se anidó en mi concha. Cogimos de parados, esta vez gimiendo y apretujándonos como lobos en celo, golpeándonos con la pared, y oyendo las risitas de Cami, que ahora jugaba con un peluche, en pañales sobre nuestra cama.
¡Parece que, el post embarazo te pega fuerte! ¡Me encanta cogerte toda así, y que la nena nos vea cogiendo!, me decía Pablo, arremetiendo una y otra vez en mi sexo, sin cuidados ni distracciones, aunque con toda la dulzura que me dispensaba.
¿Sí? ¿Te gusta que nos vea? ¡Todavía, tengo que bañarla! ¡La enlechaste toda! ¡Sos un chancho! ¿Cómo le vas a hacer eso a tu nena? ¡te apuesto que, más adelante, me vas a cambiar por ella! ¡Seguro que, cuando empiece a salirle tetitas, culito, y a ponerte carita de gata, la vas a mirar! ¿O, te gusta más ahora, en pañalines? ¿Querés que mañana me compre pañales?, le decía yo, totalmente sin filtros ni pudores, mientras sus besos me abrazaban los pezones, y su pija comenzaba a descargar tensiones, semen y más semen en el interior de mi vulva insaciable.
Los días pasaron. y los meses. Cami empezó a gatear, a intentar sus primeros pasos, a revolear las cosas, mencionar sus primeras palabras, a pegarnos con su chupete, a dejar los pañales, o al menos intentarlo, y a mearse todo el tiempo. Nosotros no teníamos problemas en dejarla en sus primeras bombachitas por la casa, en los días de calor. Ya había cumplido su segundo añito, y cada cosa que hacía era para nosotros un nuevo logro, de ella, y nuestro. Y entonces, una tarde en la que Pablo y yo andábamos chuponeándonos en la cama, tal vez a punto de hacernos el amor, descubrimos que Cami se había hecho pis al ladito nuestro, y que se fregaba inocentemente un peluche entre las piernitas, que para colmo se trataba de un cóndor majestuoso. Esa vez solo tenía una bombachita rosa, una remerita para dormir, y unas medias de la Sirenita.
¡Che, parece que el pajarraco ese le quiere limpiar la conchita a la Cami! ¡Ya se meó, la puta madre!, dijo Pablo, mientras una de mis tetas le acariciaba los labios. Yo le abrí la boca, me exprimí la teta para verter un buen chorro de leche allí, y nuestro besuqueo se intensificó, al tiempo que yo le decía que se olvide de Cami, y que me coja. Total, no era la primera vez que garcharíamos sobre la cama mojada. durante unos deliciosos minutos, la verga de mi marido penetró mi sexo con furia, casi que haciéndome saltar sobre su pubis, quizás poniendo en peligro la seguridad de la bebé, que seguía a nuestro lado, jugando y riéndose. Hasta que sus palabras tuvieron que romper la magia para desatar la locura, apenas balbuceó: ¡Gorda, por lo menos, sacale la bombacha a la Cami! ¡Se va a paspar toda!
Fue tan repentino como inesperado. En medio de nuestro besuqueo, me las arreglé para sacarle la bombachita a Cami, revolear su peluche, y de alguna manera sentar a Pablo en la cama, privándole del calor de mi conchita. Ni sé cómo lo hicimos; pero en un momento, los dos nos sosteníamos de las mechas, lamiéndole al mismo tiempo la vagina a Camila, abriéndole las piernitas, y mordiéndonos las lenguas cuando las encontrábamos, ebrias de un placer inequívocamente delictivo.
¿Para esto querías que le saque la bombachita, asqueroso? ¿Te gusta olerla toda? ¡Dale, comeme la boca, hijo de puta, y lamele la vagina a tu nena! ¿Querés lamerle el culito también?, le decían mis palabras imperfectas, repletas de saliva y océanos de calentura, mientras yo misma me frotaba la bombacha empapada de Cami en el clítoris. nuestros gemidos se ahogaban en esa piel tersa, húmeda de bondades, y nos pervertía hasta el abismo más bajo; sobre todo cuando yo le separé las nalgas a Camila para que la lengua de Pablo recorra su canal, su agujerito y el pequeño tamiz que se acerca una vez más a su vulva. Luego, volvíamos a besarnos sobre su pancita, mientras yo le estrangulaba la pija, pidiéndole que me ensucie la mano con su leche, y que no pare de husmear en el aroma de nuestra bebé. Y, casi de forma automática, mi mano, la sábana y las piernas de la beba se vieron inundadas de su amor seminal, en medio de una catarata de jadeos, puteadas apretadas, respiraciones angustiosas y más lengüetazos a mi boca incrédula. Tuvimos algunos segundos para recapacitar sobre lo que habíamos hecho; y ahí fue que nos dijimos que habíamos llegado demasiado lejos. Aunque, ¿Nos sentíamos saciados de morbo y lujuria?
Supongo que, la noche nos esperaba con resabios de la siesta que no supimos terminar de resolver. Pablo y Cami estaban en la cama, mientras yo terminaba de completar unas planillas para comenzar natación en el club que teníamos a unas cuadras de casa. además, esperaba la llamada importante de una amiga. Así que, justo cuando pensaba en mandarle un SMS para decirle que mañana hablábamos, si no era tan urgente, puesto que la llamada no llegaba, al fin el teléfono sonó, justo cuando terminaba de firmar los papeles. Estaba nerviosa. Necesitaba regresar a nuestro cuarto para saber en qué andaban pablo y mi bebé. Mi cuerpo ardía incomprensible mientras Eliana me explicaba algo de una estafa que le hicieron a sus padres, y se ponía contenta que al fin nos veríamos en la pile del club. pero, entonces se me ocurrió ir a la pieza, mientras ella seguía hablando en mi oído, ¡Y entonces, vi que Pablo tenía a Cami acostada sobre su pecho, y que le fregaba el bulto en el pañal! No tuve palabras siquiera para cortarle a Eli. Solo le dije a Pablo: ¡Nene, espero que tengas el bóxer puesto al menos, si vas a tener a la nena en pañales, encima!
Eliana ni prestó atención a lo que había dicho. Por lo que, en medio de sus charlas, y mis muy poco convincentes “Claro, obvio nena, Más vale”, y el fuego que me desbordaba la concha, empecé a juguetear con el pito de Pablo, mientras le pedía que me mame las tetas. A Eli, le dije que Cami tenía hambre, y que me perdone si por ahí escuchaba que había ruiditos, pero que, necesitaba darte la teta. Es más, en un momento se me escapó un gemido, y de lo caliente que estaba a esas alturas, dije: ¡Sí nena, perdón, pasa que, a Pablo también le gusta sacarme la lechita de las tetas! ¡Nena, perdón, pero, mañana te llamo! ¡Ando demasiado caliente como para prestarte atención! ¿No te enojás?
No supe si Eli se impresionó tanto como debería. Sé que cortamos la llamada, que dejé el celu en la cama, y que me di a la tarea de bajarle el bóxer a Pablo para mamarle la verga durísima como la tenía. Noté que el pañal de Camila estaba pegoteado de su presemen. Por lo que le pregunté, mientras jugaba con mi lengua en la entrada de su prepucio caliente: ¡Te pajeaste con la nena? ¿Le comiste la boquita? ¿O solo le apretujabas la pija en el pañal?
¡Sí gorda, me estaba pajeando en el pañal de la nena! ¡Me dejaste los huevos re calientes, guacha!, me dijo, antes de besuquearle la carita a Camila, al tiempo que yo subía y bajaba con mi garganta por toda la extensión de su tronco venoso, duro como un fémur milenario. Seguí mamándosela, chupándole las bolas, y rozándole las piernitas a Camila con su glande ensalivado. Hasta que, me levanté hecha una perra malvada, acomodé a la nena sobre su pecho, y le pedí que le chupe los piecitos, y que pegue su nariz a su pañal. Yo, entretanto lo pajeaba, y le daba la teta a Cami para calmarla, por si acaso se pusiera nerviosa. Todo hasta que, Pablo empezó a decir que le iba a saltar la leche si lo seguía pajoteando así, y que le re calentaba el olorcito de la nena.
¡Dale, levantate nene, ya! ¡Y nada de largar la lechita! ¿Me escuchaste?, le decía luego, habiéndole quitado a la nena de los brazos. Aunque me costó que me obedeciera, una vez que Pablo estuvo de pie, acosté a la gordita en la cama, y yo misma fui dirigiendo su pito parado, angelado de latidos y humedades a la cara de la bebé, mientras le decía: ¡Dale papi, tocale la carita con el pito! ¡Asíii, la boquita, la naricita, los ojitos, el pelito! ¡Toda la carita rozale con esa verga! ¿Te pajeo? ¿Querés largarle la lechita en la cara? ¿Te calienta eso? ¿Le bajo el pañal, así le mirás la conchita?
En ese preciso momento, Pablo empezó a frotar fuertemente su verga en las mejillas sonrosadas de Cami, dándole paso a una volcánica explosión de semen, inevitable, cargado de deseos, mareos y alucinaciones vehementes, mientras yo le rozaba el agujero del culo con los dedos, le exprimía chorros de leche de mis tetas en la espalda, y ele decía, como si fuese la nena: ¡Cuánta leche papi, me diste toda la lechita en la cara! ¡Ahora, voy a tener mi babita y tu semen en la boca pa! ¿Me la puedo tomar?
Además, yo me aseguraba que su glande se refriegue perversamente en la boca de la nena, mientras el enchastre de semen le hidrataba hasta el cuero cabelludo a la misia pancha, que se reía como si estuviese viviendo la mejor de sus aventuras. Y de repente, yo la tenía en los brazos, llenándole la cara de besitos, lametazos y sorbetones, mientras me frotaba el clítoris con una bestialidad con la que podría haberme hecho daño. Me acababa como una desquiciada, saboreando el semen de mi marido de la propia piel de nuestra creación, y sería que nos merecíamos el infierno por igual. Otra vez nos dijimos no volver a reincidir. Pero siempre el nunca era demasiado poco.
A los tres días más o menos, Pablo llegó del trabajo, y yo estaba amamantando a Cami, mirando una película coreana. Ni siquiera tuvimos tiempo de razonar nada. Nos besamos, en principio como dos amantes que se deseaban mucho, y enseguida empezó a mamar de la teta que Cami no sorbía. Me bajé la bombacha y le pedí que me pajee. Yo misma le desprendí el pantalón para manosearle la verga, y en cuestión de segundos, yo estaba en cuatro patas sobre la nena, encajándole la teta en la boca, y recibiendo la pija de Pablo en la concha. En el trayecto de la cogida que nos regalábamos, yo iba desnudando a Cami, para en definitiva bañarla con mi leche, mis ríos de baba, y para aturdirle la piel con mis gemidos. Entonces, un rato antes de que los dos pudiéramos concretar uno de nuestros mejores orgasmos, decidí levantarme, sentar a Pablo en la cama, acomodarle a la nena en las piernas, y colocar su pija gorda entre la bombachita y la vagina de mi nena. Ahí empecé a morderle la pija, a decirle cosas como: ¡Largá la leche guacho, dale, bañale la concha a tu hija, meala toda si querés, y manchale toda la bombacha!
Pablo acabó finalmente cuando le clavé las uñas en el tronco, cegado por el aliento de la boca de Cami, enloquecido por el calor de su vulvita y la humedad de mi saliva en su bombacha, y con su glande súper pegado a su sexo aún indefenso. Además, yo también me las ingenié para frotar mis tetas en su pene, para bañarle el pecho con mi leche, y para escupirle la cara, diciéndole que era un asqueroso, un alzadito de su hija, y miles de cosas absurdas que no hay forma de recordar.
Cami cumplió los tres, luego los cuatro, y seguía siendo nuestra única prioridad para todo. Incluso en nuestras reuniones con amigos, ella era la que se llevaba todas las miradas. Justamente, en una de ellas, Andrés, que es el padrino de Cami y el mejor amigo de Pablo, se quedó a dormir en casa, una vez que todos se habían ido, porque al otro día era jueves, y los trabajos reclamaban atenciones. Y, la cosa fue que, en un momento, yo empecé a darle la teta a Cami, que estaba inquieta. Andrés no se sorprendió, teniendo en cuenta que, a los cuatro años, las nenas ya no toman teta.
¡No sabés lo que cuesta que, al menos se entusiasme con la mamadera! ¡Quiere teta, upa, cosquillas, y mimitos todo el día la grandulona!, le explicaba a Andi, que se reía de las caritas de Cami, y me miraba las tetas.
¿Y todavía te sale leche flaca?, me preguntó, con un tono sugerente en la voz. De inmediato confirmó que sí en cuanto le mostré, y Pablo lo cargaba con que, a lo mejor él andaba buscando tomar leche de alguna mina. Y, de repente, Cami empezó a señalar a su papi con un llantito bastante manipulador. Así que, no me quedó otra que llevarla a su falda, y seguir dándole la teta allí. Y entonces, seguíamos charlando los tres, animadamente, de cosas triviales, de series, tragos y de fútbol. Hasta que Cami se hizo pis. De inmediato, le saqué el shortcito y la bombacha para ponerle otra que encontré rápidamente sobre la cama. En el living las cosas parecían aumentar de temperatura, y no sabíamos qué, o cómo se tomaría nuestras costumbres el padrino de la nena. Sin embargo, una vez que le puse la bombacha a Cami, y que volví a darle la teta, Andrés se sentó al lado de pablo, hablando de lo linda que es su ahijada, de lo grande que es para tomar la teta, y de que ya no debería hacerse pichí.
¡Vos tenés que decirle a mami cuando querés pis, o caquita, Cami! ¿Le decís vos? ¿O te gusta que te cambien la bombachita meada?, decía Andrés, con una levísima curiosidad en el rostro, oyendo los sorbetones de Cami, y tal vez observando que con una mano le sobaba el pito a Pablo.
¡A la gorda chancha de tu ahijada le gusta mearle la ropa al papi!, dijo Pablo, totalmente enajenado a sus propios sentires, antes de doblegarse a unos besos con lengua y todo que yo misma propicié entre nosotros. Andrés nos miró como diciendo “Bueno, mejor me voy”. Pero ni se movió del sillón. Al contrario. En un instante de lucidez susurró: ¿Y, le das la teta mientras te lo tranzás? ¡Cómo me calienta eso chicos! ¡Perdón, me fui al pasto!
Pero yo, que estaba más alzada que una docena de gatas sobre los techos, estiré una mano y le palpé la pija a Andi, que no hizo el mínimo esfuerzo por privarse de mis sobadas, apretaditas y pellizquitos a su bulto hinchado.
¡Uuuy, mamita, cómo te gusta cogotear el pedazo! ¿Le das teta a la bebé porque te calienta que te muerda los pezones? ¡Seguí así guacha! ¿Me la prestás Pablito?, dijo Andi, totalmente entregado al jugueteo de mis manos, mientras la cara de Cami se enchastraba con mi leche, y Pablo se bajaba el pantalón para que se me facilite aún más la tarea de pajearle la verga. Él sostenía a la nena para que mis manos libres puedan alimentar al pecado que tanto nos fascinaba. Andi también le miraba las piernitas a Cami, y la bombacha. Y más cuando yo misma coloqué el pito de su padre entre ellas para pajearlo, hacer unos ruiditos hermosos con su glande al tensar el cuero y salpicar sus juguitos, y al gemir suavecito. Y de pronto, mi mano estaba apretándole el pito a Andrés por encima del calzoncillo, y su boca intentaba llegar a mis tetas.
¿Querés lechita padrino? ¡Si querés, le digo a mami que te preste mis tetas!, dije, emulando la voz de Cami, que aún sonreía, me tocaba las tetas y se hamacaba en las piernas de pablo. Andrés olvidó todo recato, y sin el permiso que tampoco le hacía falta, empezó a mamarme la teta derecha, mientras mi mano seguía masturbándolo con ganas, y Pablo deliraba de fiebre con el contacto de su nena en su pija, al frente de su amigo.
¿Te calienta verme en bombacha padrino? ¿Te gusta que mi papi me meta la pija ahí? ¡Antes, mi papi me apoyaba el pito en el pañal, mientras mami me daba teta!, insistía mi voz como la de una niñita sucia, calentándolos por igual, y sabiendo que todo podría desmadrarse aún más.
¡Ponésela en la cara amor, dale, que le saque la bombachita!, dijo Pablo, que parecía no querer separarse del tacto de la vagina de su nena. Pero yo, tomé las riendas y le obedecí. De modo que, muy despacito, acomodé a Camila sobre las piernas de Cami, teniéndola paradita sobre él, para que su nariz husmee peligrosamente el sexo de Cami, y sus manos le bajen la bombachita de a poco. Andrés ya tenía la pija al aire, y Pablo se pajeaba viendo la escena. Así que, una vez que Cami estaba con la bombacha por las rodillas, y que Andrés balbuceó algo como: ¡Tiene olor a pichí la nena!, yo la senté sobre sus piernas, coloqué su verga entre las de Cami, procurando juntar su tronco todo lo que pudiera a su vulva, y me arrodillé para petearlo, sin omitirle besos a la pancita, las piernas y la cola de Camila. Andrés estaba en la puta gloria, tratando de arañarme las tetas, mirando desencajado hacia cualquier lado donde hubiese una respuesta lógica. Pero mi boca engullía su glande, sus bolas, lamía trozos de su abdomen, y le decía cosas como: ¿Qué rica pija neneeeee! ¿A vos también te calienta la nena! ¡Te gusta que le dé la teta, y que la tenga en bombacha a upa! ¿Cierto? ¿Te calentaba mirarla en pañales también? ¿Fantaseabas con encremarle la cola con tu semen?
Pero la adrenalina, la excitación y las pulsiones nerviosas que nos atravesaban, el significado de lo turbulento y doloso que representaba todo lo que hacíamos, y el fuego que nos quemaba los sesos, logró que Pablo se levante como una flecha del sillón para acercar su pija hinchada a la cara de la nena. Al mismo tiempo Andrés me aferraba del pelo, apretaba el cuerpito de Cami contra el suyo, y le acariciaba la cola, oliendo la bombacha que le había sacado antes, que estaba profundamente meada.
¡Diooos, una nena desnudita, con olor a bebé, y a pis! ¡Dioooos, cómo la chupa tu hembra amigoooo! ¡Le voy a llenar la trucha de leche, y a tu nena, le voy a mojar la conchitaaaa! Decía Andrés, momentos antes de estremecerse como un rayo incompleto, esperando que algo más suceda, que alguien le prohíba algo, o lo arranque de sus decisiones. Pablo, que solo decía: ¡Mojala loco, dale, mojale la conchita a la gordi, dale leche, y si querés mearla, meala!, sacudía peligrosamente su pija cada vez más cerquita de la cara de Cami. Hasta que lo inevitable sucedió. Andrés casi tira a la guacha al diablo cuando un empujón de su pubis cargado de histeria lo obligó a desatar un torbellino de leche. la que saboreé en gran parte, y luego escupí sobre el pecho y la panza de Cami. Otra parte, le embadurnó hasta el culo a la gordi, que seguía sonriendo, y sacaba la lengua para que cuando Pablo expulse la suya, al fin pueda saborear un poco. Pero su papá empezó a largar una copiosa lluvia de leche sobre la cara de Cami, una vez que Andrés dijo: ¡Fuaaaaa, nooo, ¡qué rico por dioooos! ¡Mirá cómo te la dejé! ¡Me pajeé con tu nena! ¡Me la imaginaba desnudita en la cama a esta gordita, y a tu mujer dándome la teta! Mientras eliminaba las últimas gotas de leche, y no paraba de oler la bombacha y el pantaloncito de Cami.
Ahora, volver a la realidad sería más difícil. Nunca hubo un intruso entre nosotros. A Andrés le costó recobrar la cordura. Aún cuando yo llevé a Camila a su cama, por supuesto que, sin bañarla, ni ponerle otra cosa que la bombachita que ya le había traído, Andrés parecía absorto en una magia desconocida. Entonces, Pablo dijo, como para probar si todo funcionaba en sus engranajes cerebrales: ¡Che, muñeco! ¡Cuchá, esto, bueno, queda acá! ¡Nosotros, jamás le hicimos un daño a la nena! ¡Es más, pensamos en cortar esta onda! ¿Viste? ¡Pero, no sé qué pasó hoy! ¡La gorda se calentó cuando te vio cómo le veías las tetas!
¡Sí Andi, me re alcé cuando te vi! ¡Aparte, nada, te vi mirándole la bombacha la nena!, agregué, no del todo segura en intervenir. Andrés nos sonrió, tomó lo que quedaba de whisky en su vaso, y mientras volvía a pelar la pija dura y me la mostraba, murmuró un suave: ¡Es hermosa esa bebé! ¡Podemos, si ustedes quieren, bueno, divertirnos con ella! ¡Obvio que, cada vez tenemos que ser más cuidadosos! ¡Pero, amé acabar en su cuerpito, su olorcito, y mirarla desnuda!
Claro que, esa noche no nos fuimos a dormir tan rápido. Terminé cogiendo con los dos, mientras los obligaba a oler la ropita meada de Cami, dándoles teta, conchita y culito. Esa vez, sin embargo, fue la última vez que metimos a Camila en nuestros asuntos de adultos. Aunque, seguimos cogiendo los tres con Andi, y jugando con la ropita de Cami, que con siete años se hace pichí cada tanto, y eso enloquece a su padrino.
Fin
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Hola Abar, espero aun te acuerdes de mi, que gloria volver a leerte, te superas, no puedo explicarte lo que siento al leerte.
ResponderEliminarGracias
Hoooola Marceeeee! Obvio que me acuerdo de vos! Graaaaaciaaaaaas, por volver de tus vacaciones! Jejejeje! Y por seguir proponiéndome cosas chanchas para escribir! Cuidate mucho!
EliminarEsas nena pide pito, talquito por todos lados, y andar sin pañales! Pero, por sobre todo, que esos papis la mimen, y que la malcríe el amigo de Pablo. Ese va a ser el que la desvirgue! Y ojalá!
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